La historia me absolverá: el triunfo de la justicia

Por María Caridad Pacheco González
Investigadora del Centro de Estudios Martianos

El 26 de julio de 1953, al amanecer, la Generación del Centenario protagonizaba, en los cuarteles Moncada de Santiago de Cuba y Céspedes de Bayamo, la acción que abriría una nueva etapa de combate contra la oligarquía y el imperialismo, que destacaría a la acción armada como medio principal de lucha. Surgía una nueva dirección revolucionaria del seno de la juventud, heredera de nuestras mejores tradiciones y comprometida en buscar una solución definitiva a los graves problemas del país y su dependencia de los Estados Unidos.

Aunque el asalto a los cuarteles Moncada y Céspedes representó un duro revés y no cumplió el objetivo de desarrollar una ola revolucionaria inmediata, en poco tiempo devino un triunfo estratégico que propició un cambio de calidad en la convulsa situación de la sociedad cubana, en tanto elevó a la escena política nacional a un grupo de jóvenes dirigentes, partidarios decididos de la acción y de la ideología revolucionarias, levantó la voluntad de acción armada como estrategia de enfrentamiento a la tiranía, puso al descubierto el carácter represivo de la dictadura y reveló en el alegato político del dirigente principal de la acción en el juicio que se siguió a los revolucionarios, el  programa de la revolución democrática, popular, agraria y antiimperialista.

En dicho programa estaban contenidos objetivos tales como el derrocamiento de la tiranía, el logro de la soberanía y la verdadera independencia del país, el rescate y ampliación de los derechos democráticos del pueblo, la abolición del latifundio, la entrega de tierras a los campesinos, la industrialización del país, la erradicación del desempleo, el derecho a la salud y la educación para todos, y la solución al problema de la vivienda.

La conducta firme y decidida de los jóvenes revolucionarios y la magistral autodefensa de Fidel, que de acusado se convirtió en acusador, convirtieron el juicio en una victoria política, y el alegato de Fidel en un programa de acción popular encaminado a transformar el panorama económico, político y social del país.

El alegato
La historia me absolverá es un alegato extraordinario, uno de los textos  más importantes de la historia latinoamericana, y las circunstancias  dramáticas en que se pronunció le conceden una particular connotación en la historia de Cuba y de América Latina.

El juicio no tiene lugar en el Palacio de Justicia de Santiago de Cuba como era de esperarse, sino en una pequeña sala de la Escuela de Enfermeras de esa ciudad. A pesar de que el propio tribunal lo considera uno de los más importantes de la historia republicana, el juicio no se celebra a puertas abiertas, sino que tiene lugar con la mayor discreción y a través de la aplicación de una censura particularmente rigurosa.


Para muchos es incomprensible el modo en que Fidel pudo reproducir su alegato tiempo después, sobre todo cuando se toma en consideración que en el momento de su defensa no pudo hacer uso de los libros que requería, ni siquiera los de Martí. Sólo se le permitió acceder a un minúsculo código penal. Pero en ello influyó mucho la cultura y extraordinaria memoria del abogado defensor, quien citó a pensadores, fragmentos de textos jurídicos y de historia, sin acudir a una lectura textual. Una vez en la cárcel, y contando con los libros que había mencionado, fue escribiendo su extensa alocución sin olvidar el más mínimo detalle.


Tal esfuerzo intelectual era imprescindible para continuar por otras vías la lucha. El revés que se había sufrido en el campo militar, no podía detener la marcha de la Revolución, que requería también de la propaganda revolucionaria y de la preparación ideológica. A estos propósitos respondían en la prisión la Academia “Abel Santamaría” y la biblioteca “Raúl Gómez García”, creadas para elevar el nivel cultural y los conocimientos políticos de los moncadistas. También a partir de estas ideas, y bajo la férrea persecución de la dictadura, se terminaron de imprimir en octubre de 1954 un total de 27 500 ejemplares de la primera edición de La Historia me Absolverá, que fue distribuida de forma clandestina en todo el país (1) y aunque recibió una limitada difusión, tiene la significación de haber creado en determinados sectores la necesidad de una acción cívica que condujera a la amnistía, y la convicción de lograr los cambios a través de una nueva estrategia de lucha.

El Programa: un punto de partida
El rescate y divulgación del histórico alegato contribuyeron a consolidar el significado político del juicio a que había sido sometido el líder del Movimiento. La mayor parte del discurso, Fidel lo dedica a denunciar los crímenes cometidos, fundamentar la legitimidad histórica del hecho protagonizado y dar a conocer el programa económico-social que llevaría a cabo, lo cual significaba que no se trataba de un mero cambio de gobierno, sino de una transformación del sistema social vigente.

Fidel entiende por pueblo, si de lucha se trata, a los 600 mil cubanos sin trabajo, a los 500 mil obreros del campo, a los 400 mil obreros industriales y braceros, a los 100 mil pequeños agricultores, a los 30 mil maestros, a los 20 mil pequeños comerciantes, a los 10 mil profesionales jóvenes. “A este pueblo [...] no le íbamos a decir ‘Te vamos a dar’, sino ‘¡Aquí tienes, lucha ahora con todas tus fuerzas para que sea tuya la libertad y la felicidad!’. (2) Este programa tenía por objeto el logro de la más amplia unidad de las fuerzas democráticas y progresistas, y por tanto, no incluía en su concepto de pueblo o sujeto de la Revolución a los sectores acomodados y conservadores de la nación. (3)

En  su discurso predomina sobre todo el afán de justicia. Fidel comprendía el significado histórico del juicio, que no podía limitarse a la defensa y absolución de quienes habían participado en los combates,  sino que era el espacio y momento adecuados para que el pueblo cubano proclamara el derecho a luchar por la justicia social, debido a las condiciones socioeconómicas del pueblo cubano en la década del 50, caracterizadas entre otros factores, por un bajo crecimiento per cápita de la economía cubana, el declive del azúcar, una acentuada diferenciación territorial y un incremento de la marginalidad. En 1953,  la fuerza de trabajo del país ascendió a unos 2 200 000 trabajadores, de los cuales 1 350 000 (67,5%), se encontraban desempleados o subempleados (4), manifestándose una declinación de los salarios en casi todos los sectores y la prolongación de la jornada laboral a más de 8 horas en algunas industrias, y sobre todo en la agricultura. (5)

Antes de 1959 eran muy pocos los sectores obreros que habían conquistado el derecho al retiro y, en muchos casos, se les pagaba cantidades irrisorias que llegaban hasta $1.50 al mes (6). En 1958 había 154 000 jubilados y los pagos por seguridad social fueron de 105 millones de pesos. Esto significa que el Estado o las cajas de retiro pagaron $16.00 como seguridad social por cada habitante de la isla. (7)

La jubilación en el sector azucarero era de 30 pesos mensuales y, cuando la pensión se transfería a otro miembro de la familia, apenas sus beneficiarios alcanzaban los 10 pesos mensuales, mientras el presidente y los delegados de la Caja de retiro aumentaban apreciablemente sus asignaciones y sueldos. Bajo la presidencia de la Caja de Retiro del Dr. Bernardo Caramés, último Ministro de Justicia de Batista, se modificó la ley, privando del derecho de pensión a las viudas e hijos de los azucareros, así como prohibiendo a los jubilados y pensionados desempeñar ninguna labor retribuida en otro sector laboral, cualquiera que fuera el monto de su jubilación o pensión. (8)

La situación era igualmente difícil en la esfera de la salud. En 1955 un 36,8% de los médicos se encontraban en el interior del país, mientras La Habana contaba con el 63,2% de los mismos. Igualmente, la disponibilidad de camas en los hospitales era mayor en La Habana que en el resto del país, lo que pone en evidencia las grandes desigualdades entre la ciudad y el campo. (9) La mortalidad infantil era de 60 por cada mil nacidos vivos en el primer año como promedio nacional, pero en las zonas rurales esa tasa era muy superior. (10)

El alquiler de la vivienda era tan elevado que a veces representaba la mitad del salario mensual del trabajador y, como promedio, un 30% de los ingresos personales. (11)

En cuanto a la educación, el 23,6% de la población mayor de 10 años era analfabeta y la población con más de 15 años tenía un nivel promedio inferior al tercer grado. (12) Según una encuesta realizada en 1957, el analfabetismo afrontaba una situación aún más grave en el campo, con un 43% de los trabajadores agrícolas en estas condiciones. (13) En la enseñanza industrial sólo había un centro de nivel tecnológico; el resto, unos 17, sólo formaban obreros calificados, pero no contaba con la base técnico-material necesaria y su capacidad era reducida. (14)

A partir de estas premisas, Fidel revela en su discurso los factores que determinan la opresión política y las deplorables condiciones económicas y sociales por las que atravesaba Cuba, y aunque  en el texto no se hace referencia al socialismo, es evidente que la solución de los problemas enunciados, solo podía lograrse a través de cambios estructurales profundos en las relaciones de propiedad.

El triunfo de la justicia
La estrategia y táctica de lucha revolucionaria empleadas por Fidel y el Movimiento 26 de Julio, la unidad de todas las fuerzas revolucionarias  y el programa enarbolado en La historia me absolverá, contribuyeron a la victoria del 1ro de enero de 1959.

El triunfo de la Revolución significó el triunfo de la justicia en Cuba, que se instituyó como norma y concepción del proyecto social cubano. Junto a las conquistas del poder por el pueblo se fueron reconquistando valores humano-universales, no olvidados por la tradición nacional, pero que las prácticas del poder no dejaban legitimar como derechos del individuo.

La Revolución Cubana consumó una ética y una perspectiva de la política con fuertes raíces de la tradición patriótica y revolucionaria que tuvo su punto de maduración y síntesis en la praxis martiana, con lo cual la idea de la democracia estaba ligada a la consecución de la justicia social, de la autodeterminación y la unidad nacional y del desarrollo de formas participativas directas.

La realidad fue más fuerte y dinámica que los proyectos, las medidas revolucionarias se sucedieron borrando siglos de injusticia.  El Gobierno Revolucionario puso en marcha en los primeros años la tarea de hacer cumplir el Programa que Fidel había esbozado en su histórico alegato. La Ley de Reforma Agraria, las nacionalizaciones, la ley de Reforma Urbana, y la Campaña de Alfabetización, fueron algunas de las leyes y medidas que favorecieron al pueblo y tenían como objetivo lograr el consenso y la unidad popular.

De este modo la Revolución Cubana dio lugar a una nueva forma de enfrentar la historia y rescató  aquellos referentes éticos consustanciales a nuestra identidad consciente. Para la Revolución triunfante “el bien es el bien común, […]; hacer el bien es hacer lo que es bueno para la comunidad, no abstracta sino viviente, formada por individuos que se realizan en cuanto contribuyen desinteresadamente a la realización de los otros;[…](15),  y a esa magna obra contribuyó de forma decisiva esa pieza ética de primera magnitud que es La historia me absolverá.

Notas

(1) Instituto de Historia del Movimiento Comunista y de la Revolución Socialista de Cuba. Historia del Movimiento Obrero Cubano. 1935-1958. Editora Política; La Habana,  1985, Tomo II, p. 280.

(2) Fidel Castro. La Historia me Absolverá. Editora Política, La Habana, 1964,  p.74-75

(3) Ibídem, 73

(4) Jacinto Torras. “El desempleo en la economía cubana”. En: La última Hora, La Habana, No 14, 21 de abril de 1953, p. 60

(5) Severo Aguirre. Ponencia presentada en el intercambio de opiniones entre teóricos agrarios marxistas celebrado en julio-septiembre de 1960 en La Habana y Bucarest. En: La cuestión Agraria y el Movimiento de Liberación Nacional, Editorial Paz y Socialismo, Praga, 1964, p. 297

(6) Trabajadores, La Habana, 22 de febrero de 1979, p.2

(7) Ibídem

(8) Noticias de Hoy, La Habana, 20 de enero de 1959, p.4

 

(9) Jacinto Torras. Obras Escogidas, Editora Política, La Habana, 1985, Tomo II, p. 474

(10) Fidel Castro. Informe Central al I Congreso del PCC. En: Primer Congreso del Partido Comunista de Cuba. Memorias. DOR del CC del PCC, La Habana, 1976, p.136; Granma, La Habana, 10 de mayo de 1977, p.2

(11) Trabajadores, La Habana, 22 de febrero de 1979, p.2

(12) Fidel Castro, Ob Cit, p. 116

(13) Agrupación Católica Universitaria (ACU). Encuesta de Trabajadores Rurales. 1956-57 (documento). En: Economía y Desarrollo, La Habana, No 12, julio-agosto de 1972, p. 206

(14) Fidel Castro, Ob Cit, p.117; Gonzalo Rodríguez Mesa. El proceso de industrialización de la economía cubana. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1985, p.156

(15) Cintio Vitier: Ese sol del mundo moral. Para una historia de la eticidad cubana. Editorial Siglo XXI, Buenos Aires, Argentina, [2002], p. 191.