Emilio Ballagas: un arcángel con espada de lirio


Centenario de Emilio Ballagas

En el centenario de su natalicio Librínsula se suma al homenaje que la Isla le rinde al poeta inmenso, que arrancó –y arranca– suspiros, suspicacias y pleitesía en varias generaciones de cubanos. Una muestra de esa diversa perspectiva se reúne aquí apuntalada por una frase del agudísimo Raúl Roa.

Ballagas, en su centenario

Por Mercedes Santos Moray

Conmemoramos el centenario del natalicio del poeta y también periodista y profesor camagüeyano Emilio Ballagas, aunque en verdad, lo evocamos por cuanto hizo durante sus breves 46 años de vida, y volvemos al autor de un poema antológico como Elegía sin nombre, dentro de esta efemérides que ha servido para que regresemos a su obra y, en especial a su lírica, la de una de las voces más intensas del siglo XX cubano.

Al crítico Enrique Saínz debemos una nueva edición de esa producción al entregarnos, el pasado año, y en ocasión de este centenario, su compilación, también prologada por él, con el título Emilio Ballagas: Obra poética, publicada por la Editorial Letras Cubanas.

En el prólogo, que deviene un justísimo estudio exegético, el crítico señaló que Ballagas, con sus versos, “nos dejó el ejemplo de su amor a la vida, de su anhelo de trascendencia, de su refinamiento, de su irrenunciable vocación por la poesía, de su inagotable sed de claridades.”

Muchas veces, en el proceso mismo de la escritura y de la búsqueda que sufre todo creador artístico y literario, como después se suele medir desde cánones académicos, hay tanteos, momentos, secuencias de un proceso que  desemboca, como sucedió con el propio Ballagas, en la sustancia más auténtica de su poética, aquella en la que el aliento lírico, calificado muchas veces desde la preceptiva dentro de la poesía pura, expresa además de los sentidos, la emoción, y una preocupación de fuerte acento existencial, válida desde el registro más conceptual del discurso lírico de renovación de la poesía cubana hacia las vanguardias, y también hacia la construcción de su ser en sí.

Bien señala también otro estudioso camagüeyano, el crítico y académico Luis Álvarez que en la poética de Ballagas estaba “esa ambición de no renunciar ni a la sensualidad llameante de la carne ni a la entrañable voluntad de espiritualización, presagiaba el resurgimiento, en el siglo XX, de una sensibilidad que se muestra de modo germinal, a través de todo el mundo hispánico”, cuando toma como referente del cubano a los miembros de aquella célebre generación del 27 en la orilla española de nuestra lengua.

Ciertamente, y amén de aquella poesía más próxima al tono de lo popular y a la presencia de la llamada poesía negra en el conjunto de su obra poética, en la que se manifestó igualmente la preocupación social de Ballagas, véase su Antología de la poesía negra hispanoamericana (Madrid, 1935) y el Mapa de la poesía negra americana (Buenos Aires, 1946), será en el segundo período de su lírica, ya en la plenitud de su madurez estética, cuando se desbordará el poeta para traducirse en precursor de otras voces, con  obras como Nocturno y elegía, de líricos como los del grupo Orígenes que encabezó José Lezama Lima.

Álvarez Álvarez califica de neobarroca esa poesía de su compatriota camagüeyano, expresión también de otros senderos en la palabra lírica que se inserta en el proceso vivo de una poética singular y trascendente, en el autor de un cuaderno como Júbilo y fuga.

Ante la obra de Ballagas, algunos poetas se expresaron, sobre esa pluralidad de sus búsquedas y escrituras, como lo hizo Nicolás Guillén cuando escribió a su coterráneo: “Créame, Ballagas, que ese poema suyo "Elegía a María Belén Chacón" me ha impresionado vivamente. Fino, profundo y musical, me da una clara idea de la agilidad de su talento y de la aristocracia de su sensibilidad.”

Así como le diría el mexicano Octavio Paz, pero sobre otro costado de su producción lírica: “Querido Emilio: Recibí tu hermoso poema "Nocturno y elegía", en el que la edición, impecable, hace más vivo el placer de la lectura. El tono romántico, tan punzante, está diciendo a todos como, a veces, el camino más lento y difícil, el de la autenticidad, es el único.”

 Y alguien, siempre tan exigente y sinceramente crítica como Dulce María Loynaz lo valoraría, de forma lapidaria: “Jamás poeta tan genuinamente aristocrático por naturaleza, gozó de tal arraigo democrático; jamás poesía tan etérea pudo hacerse eco de todas las voces, hueco en todas las almas.”

 

Las guajiras y Ballagas
Por Samuel Feijóo

En el camagüeyano Emilio Ballagas la actitud era la del poeta “lírico” no crítico que, desde otro ajetreo, siente el verbo. Gozó de los elementos arbóreos y musicales de la isla. Se aproximó y entró al folklore en su poesía “negra”. Y en respuesta a las mismas Jiras Guajiras y al Gallo campero, décimas todas de mucho bejuco y luz rápida y alegre casi siempre, copia del Día sobre la isla, que perdurará, nos afirmaba, en 1950, al recibirlas:

“Qué bueno ser poeta campesino. Así ahistóricamente; redimiendo la expresión de toda la maldad radial que le han echado encima. Poeta fresco de mirada limpia y palabra agraciada. Un místico de la naturaleza. Pero me llaman los trinos, el sol y la primavera... Yo también he hecho poesía campesina misteriosamente en las páginas de mi Júbilo. Y nos acompañaba unas décimas sobre el tomeguín”:

Décima de Ballagas >>>

A esto añadía un elogio que por venir de quien viene y por vanidad sabrosa y por ganar galones de comandante de la autopropaganda de calidadería como poeta, y por cursilería natural, síquesí, y porque tengo ahora la sartena por la cochina manga, copiamos:

“Y no pienses que no sé discriminar al hombre un tanto indiscreto que eres del poeta esencial y generoso que nos da su lección de trabajo y de fe en el verso, que también eres...”

Buen Ballagas, que esta demencia pueda seguir...

Tomado de: Feijóo, Samuel: Azar de lecturas: crítica, Universidad Central de las Villas, Santa Clara, 1961, pp. 224, 225.

 

Inicial angélica
Por Juan Marinello

Ramón Gómez de la Serna, gran cauboy, ensarta en el hombro en punta de Juan Cocteau la responsabilidad gravísima de haber traído los ángeles. Los ángeles que Rafael Alberti ha pintado con luces de difícil y previa intimidad. Y los ángeles —la verdad sea dicha— han tragado mucho viento hasta llegar a la poesía. A la nuestra, sobre todas. Han venido con vuelo tímido, asustadizo, con las alas engrasadas para el vuelo de regreso, con tiket de ida y vuelta. Nos han rondado a distancia hasta saber que no había trampa ni ese lloro de perro perdiguero —irresistible—que paraliza la sangre de las codornices. Fue en Juan Ramón Jiménez donde empezamos a palpar la presencia angélica, que nos anunciaba Enrique González Martínez desde su México, de ángeles rebeldes. Pero ahora —en este 1931 a media edad— es que llegan con la pluma tostada del calor excesivo y el ánimo recelando de la policía machadista, los ángeles auténticos.

<<<Portada de Júbilo y fuga, 1931

Los poetas de anteayer —los que daban el ejemplo, el santo y la seña a mi generación lírica— no gozaron de la plenitud angélica. No podían gozarla. Todavía los vuelos se hacían de rumores consabidos. Al morir coleaban —como las lagartijas, que tienen manos de ángel malo— los ángeles de la imitación: a los que había que saludar con la puntualidad verbal que nos quedó de Rubén Darío e imaginar —¡imaginar!— con las plumas en filas simétricas y machihembradas, alargándose al acercarse a la punta del ala para dejar escapar mejor el mensaje de Dios en que está la virtud angélica.

Mi generación vio ya a los ángeles, pero cuando venían al llamado poético componían, muy juntos por el miedo y con las alas cruzadas por detrás, —tan difíciles de acomodar con elegancia— un parlamento más que un coro. Y en los ángeles —anótese— la capacidad coral es la medida de la autenticidad. Juntos en coro, es cuando se sacan del pecho ambiguo el habla milagrosa que se les ha encargado trasmitir. Esa habla de rumbos dispersos que solo los poetas de ahora anotan cabalmente. Los míos eran ángeles genuinos —¿cómo dudarlo?—. Llegaban  al amanecer, mojados de neblina. Venían los negros: ángeles de tinieblas, los blancos: ángeles de luz. Me miraban de frente, largamente, con aquella bobalicona solicitud de los querubes que tienden los manteles junto al San Diego orante del cuadro de Murillo. Pero solo los manteles se ponían. El pan de los ángeles no llegaba. Era que viles rumores se levantaban entre los ángeles y mi ansiedad. Los ángeles negros, que viajan con una reserva de malicia en el mensaje, percibían el ruido aislador, daban la voz de alarma y todos, blancos y negros, con los ojos muy redondos y las alas unidas por las puntas —nadadores listos para la piscina del aire— se disparaban con puntería divina por la ventana entreabierta.

Desde los Poemas en menguante los ángeles nuevos fueron perdiendo su esquivez. ¿Nos trajo Mariano Brull los ángeles de París, nacidos de la cabeza de Juan Cocteau? No lo sabemos. Ahora, es lo que importa, descansan las alas sin sobresalto a la diestra de nuestros poetas y no miran con el rabillo del ojo el tamaño de las ventanas vecinas. Es que nuestros poetas —¡al fin!— han entregado el mando a los ángeles. Ya están los ángeles haciendo de las suyas…


Este es un libro angélico, es decir, un libro salvado. Tiene el querer limpio, el júbilo y la fuga del niño y del ángel, el querer de Dios que está en el ángel. Porque hasta hoy los poetas —los hombres— han empedernido en flagrante traición angélica. Los ángeles quedaron en la tierra para hacerla nueva en cada mañana, para inyectar ansia auroral en cada noche. Pero los hombres, a los seis días, tapiaron el oído al aliento de Dios. Y desde el día séptimo han repetido feamente los mismos cantos concéntricos enfilando él de hoy en la carrilera dejada por el de ayer. Los hombres —¡y los poetas!— han hecho caminos con el recuerdo. Por eso todos los caminos llevan al comienzo. Y ninguno al temblor sin caminos que está antes de comenzar

Dedicatoria, Júbilo y fuga.>>>

En este libro de Emilio Ballagas se quiere sin historia:

"Soy como un niño que estrena
la pura emoción del quiero",

se andan rumbos extraviados porque extraviarse es verse en lo desconocido, crearse angélicamente la vía, hacerlo, de la resonancia que viene de la nube, nunca igual a sí misma. Se hunde el poeta en lo íntimo y en lo lejano ansia, oleaje, grupa, crin —y lo extranjero como lo entrañable, tiembla en el soplo angélico sin conciencia de su voz. El poeta clamará como entre llamas —ángel caído— su sed niña:

"Llévame, llévame, llévame
a secuestrarme en lo eterno
—ansia, oleaje, grupa, crin—
Viento de la luz de Junio."

O palpará la piel de las cosas con la ingenuidad táctil que resbala sobre ellas lujuriosamente, en un luping hacia, el tiempo sin minutero:

"Qué me envuelva un incendio de manzanas.
Qué me envuelvan —presagio de pulpa—
en ciruelas de tacto perfumado.
Qué me ciñan —¡ceñidme!—de eclípticas azules".

En este libro jubiloso hay tragedia angélica: lucha del ángel con el hombre. La pureza de estos versos —y su temperatura humana— han sido defendidas palmo a palmo. Porque Emilio Ballagas no prefiere como Eugenio Florit a esos ángeles de élitros de acero y ebonita que hacen vibrar eléctricamente el aire nadado. El ángel que le grita quiere gritar sin escalas, solo por el juego jitanjafórico de tocarse en el grito:

"Palma, clarín, ola, abril.
Verde tierno, glorimar...
¡Tierno glu-glú de la ele!"  

y el poeta quiere embridar el grito insurrecto sin perder el temblor de la garganta gozosa. Por esta pugna penetramos en el mensaje, recibimos la descarga angélica a través de la sangre de hombre contaminada, en el forcejeo, de las distancias sin inicio.

Emilio Ballagas ha noblevivido la presencia angélica y nos la ha dado desnuda. Este libro está salvado.

Tomado de: Ballagas, Emilio: Júbilo y fuga: Poemas, La Habana, 1931. pp. 5.10.

 

En la muerte de Emilio Ballagas
Por Gastón Baquero

"Estamos con un cuerpo presente que se esfuma,
 con una  forma  clara que  tuvo ruiseñores..."
                       Federico.

Página web dedicada a Emilio Ballagas
Estar avisados sobre la inminencia de su muerte, no nos evitó la sorpresa. Pocas horas antes conservaba la lucidez; no nos parecía síntoma de muerte próxima aquella mirada un poco desvaída, despavorida más bien, ni aquellas rápidas sombras que le aparecían entre las palabras, porque Emilio tuvo siempre un cierto temor ante el mundo. Hablamos ese día —en la última conversación nuestra— al principio, de su enfermedad, y luego de temas varios, de incidencias, de anécdotas. "No me abandones, —dijo de pronto— no tardes en volver, mira que ahora sí me siento terriblemente mal". Cuando le animábamos, asentía un poco, pero comprendíamos que ya se encontraba como viajando por la niebla de la muerte". ¿No ha regresado el padre Biaín?", preguntó. Y esa misma tarde de un sacerdote; fue a verle el padre Borotau, escolapio modelo. A pesar de los estragos que la enfermedad produce en la mente cuando ha avanzado mucho —muere Emilio Ballagas de hipertensión arterial maligna, provocada por trastornos renales incontrolables—, confesó en forma que asombró al sacerdote, por la lucidez, la sinceridad, la resignación cristiana, la aceptación de la muerte. Pasó de esta vida a la otra en forma insensible, sobre las ocho de la mañana del sábado último, y puede afirmarse que dejó los cuidados y dolores de este mundo protegido por una honda paz espiritual. Aquel trémulo acento de su poesía, aquellas inquietudes y angustias de su estar entre los humanos, fueron eliminándose lentamente, Hacia el día de su muerte, Emilio Ballagas, sereno, tranquilo, dejó muy atrás todos los pesares del mundillo literario, tan estrecho, tan pobre, tan oscuro. Beneficiábase de los hermosos regalos espirituales de la fe religiosa. Es ahí, en esa frontera que separa el vivir cotidiano del eterno morir, donde mejor se siente el valor de una oración, el peso de la mano de Dios, que borra del camino humano todo lo pequeño y todo lo triste, para llevarse al hombre esencial que hay dentro de nosotros hacia el mundo verdadero. En la poesía de Emilio Ballagas hubo siempre un temblor, un sonido de corazón trémulo, asustado, como si lo acorralara el pavor de la agresión externa. Para romper ese cerco del miedo —del miedo a las estrellas, a la temporalidad, a la vida efímera, a la acción hostil de los humanos—, no hay otro refugio sino Dios, porque la poesía, vínculo sagrado que ahuyenta lo oscuro y lo que amedrenta, no puede remontarse a sus cimas cuando los hombres que circundan al poeta no dejan a éste en libertad. Paso a paso, se siente que Dios es la única libertad posible; la única poesía creada más allá del temor, es la poesía limpia de la vida subterránea, de gravedad humana. En la obra de Emilio Ballagas sentimos el afán por ir hacia lo alto, y el encadenamiento de las anécdotas minúsculas, la deshumanización verdadera que se hace en el hombre cuando algo le roba su salto hacia la divinidad. Ahora comenzaba en su verso a buscarse las otras regiones del alma, las diamantinas perpetuidades Emilio Ballagas. Se sentía cómo estaba inconforme con lo hecho, y cómo buscaba, por otros caminos, por guías nuevos, el sendero propio más gustado. La influencia de un Merton sobre él iba a dejarse sentir de un instante a otro, porque ya Emilio Ballagas volvía del primer viaje literario, de ése que se realiza bajo el imperio de la moda y de las costumbres ajenas; se concentraba en sí, se buscaba a sí mismo, mucho más lejos de la sombra efímera del éxito. Decía adiós en lo íntimo suyo a las etapas primeras, de simple comunicación, para adentrarse en el reino de la poesía fiel. Dio mucho, demasiado tiempo, a formas infecundas; pero conservó siempre un amor a la Poesía, al hecho poético, a la magia y milagro del poema, que le hacían ser un poeta verdadero, un creyente de esa otra religión según la cual todo pertenece al reino maravilloso de una creación que no termina para el hombre hasta encontrarse par a par con la pura y misma creación de Dios.

Pertenece a la historia de la poesía cubana Emilio Ballagas, y son muchas las páginas de ésta que se escribirán bajo su nombre, si se quiere escribirla con justicia y verdad. El sentimiento del lirismo expresado modernamente, sin aquellas cargas de sentimentalismo que le hacían insincero e insoportable, tuvo en Emilio Ballagas uno de sus grandes cultores. Una lírica hecha de ternura por la belleza del mundo, de júbilo por la fiesta que a los sentidos ofrecen el contorno y la línea de objetos y sensaciones, fue expresada por él en versos emotivos, no siempre creadores mediante la cristalización de una forma estética elevada, pero siempre comunicantes de un espíritu capaz de alegría y de salto. Significativamente, su primer libro va a encontrarse con el último como suma y compendio de su obra mejor; Júbilo y Fuga es uno de los libros-jalones en la poesía cubana. Olvidando todo el interregno de la versificación negrista, que no significa nada en la obra poética de Emilio Ballagas, porque eso no puede significar sino difícilmente algo apreciable en la obra de quienquiera, nos deja este bueno y fiel amigo un testimonio del hecho poético, de la emoción por la poesía, de la fe en el poetizar, que mucho debe influir en nuestro ánimo a la hora de lamentar su partida, y en el ánimo de los jóvenes cuando éstos inclinen su cabeza hacia el recuento histórico en la literatura nacional.  

Pero, ¿a qué ensayar una nota estimativa sobre la poesía de un amigo tan querido, tan cercano, que recién unas horas ha echado mundo adelante? Lo que deseábamos dejar expuesto aquí era el sentimiento de pena por su ausencia corporal, y la íntima serenidad por la confianza en que nos deja a los suyos la manera cristiana, elevada, pura, en que ha sabido salir de la envoltura efímera. ¿Qué más podemos pedir para los seres queridos que un morir cristiano, fuerte, libre de estorbos de conciencia? Emilio Ballagas ha muerto en paz de alma, tranquilo, lleno de dulcedumbre y de resignación. Sabía que le esperaba la otra vida, la mejor, la que confrontada con esta difícil rutina de los que nos quedamos, es una victoria. Tuvo su poesía y su fe religiosa. Fue, como es de humanos, feliz y desdichado alternativamente; pero lo último, lo postrero, es lo que cuenta. Y su final fue digno de un poeta, y digno de un cristiano.

Tomado de: Boletín. Comisión Cubana de la UNESCO, año III, no. 9, La Habana, septiembre, 1954, pp. 25, 26, 32.

 

 

Visión de la Isla
Por Guillermo Rodríguez Rivera

A los poetas puede llegarse por muchos caminos, "No hay dos iguales y cada uno es bueno", habría dicho Walt Whitman, como de las estrellas. Lo cierto es que las circunstancias los van conformando y disponiendo para que cada uno tenga su viajero.

Mi camino a Emilio Balllagas, y estoy seguro que el de casi todos los que andamos en los veinte más o menos, fue la antología Cincuenta años de poesía cubana que en 1952 Cintio Vitier confeccionara para la Dirección de Cultura. Allí leí —leímos—“Elegía sin nombre”, “Nocturno y elegía”, los poemas negros. El camino, sin embargo, podía haber sido cualquiera.

Emilio Ballagas es uno de esos puntos a los que en Cuba se llega necesariamente si se anda por la poesía.

Ballagas nació en Camagüey en 1908. Roberto Fernández Retamar ha puesto en claro la confusión con respecto a la fecha de nacimiento del poeta. El propio Ballagas le explicó que desde que Luis Alberto Sánchez le había hecho nacer en 1910, é! se acogió al error que le hacia dos años más joven. En su ciudad natal publicó sus primeros poemas. Fue en la revista Atenas, vocero del vanguardismo camagüeyano que dirigía Felipe Pichardo Moya, uno de los nombres de aquella generación de Cuba contemporánea —Acosta, Boti, Fernando Ortiz, Roig de Leuchsenring— que tanto auspició nuestra nueva literatura.

Cuando aparece Revista de Avance, Emilio Ballagas tiene 19 años. Desde los 21 colabora asiduamente en ella. Precisamente en el último número aparece “Elegía a María Belén Chacón”. Era el año de 1930.

Al siguiente, Ballagas da a la prensa su primer poemario: Júbilo y fuga, con un prólogo de Juan Marinello titulado “Inicial angélica”.

El poeta disfrutaba de una gozosa gracilidad para hallar títulos eficaces. El de su primer libro es casi una poética, porque en Júbilo y Fuga hay dos líneas evidentes que presiden la creación: el júbilo sensorial, el deleitoso disfrute del "ser" y la fuga de lo lógico y de lo histórico, del "estar".

La "poesía pura", para designarla con el término con que Henri Bremond la lanzó a los mercados literarios, había llegado a Cuba en la obra de Mariano Brull, específicamente con su segundo libro: Poemas en menguante (1928). En esta línea es ubicable la poesía del primer Ballagas.

Como Brull en su Verdehalago, Ballagas se regodea en lo onomatopéyico del decir poético, afirmando ese gusto que los poetas puros —Brull, Florit, los poetas de la revista mejicana Contemporáneos, los españoles Guillén y Salinas— sentían por la palabra suntuosa.

"Tierno glú-glú de la ele,
ele espira! de! glú-glú.
En glorigloro aletear:
palma, clarín,  ola abril..."

(“Poema de la ele”)

El disfrute de lo fónico encubre el irracionalismo que llevaría a Brull a la jitanjáfora (“poesía vaciada de todo aquello que pueda ser dicho sin perjuicio en prosa", había pedido Bremond). La fuga de la lógica se completa con la fuga de la historia. Ballagas emprende lo que Vitier llama “rapto hacia la blancura virginal de lo eterno”.

Como mas tarde Brull en su libro Sólo de Rosa(1941), persiguiendo una  rosa ideal que podía ser perfectamente la Rosa platónica de la que las rosas reales no son sino pálidos reflejos; como Florit en Doble acento (1937) cantando en sus Estrofas a una estatua la felicidad de una "firme superficie de alabastro donde ya no se sueña", "desnuda de memorias y Iágrimas", Ballagas emprende la afanosa búsqueda de una realidad fuera del tiempo y de la historia:

"¡Cómo me diera a correr
driver en auto sin sombra;
ya sin amarras del hoy,
libre de ayer y mañana...
desatado, blanco, eterno!"

(“Huir”)

Pero si en Brull o en Florit hay sobre todo el volver el rostro a un posible dolor; si la fuga es un alejamiento de Mundodolido, al decir de Brull, en Ballagas se funde con uno de los constantes de su poesía: el deleitoso disfrute de lo sensorial.

"Que me cierren los ojos con uvas.
(Diáfana, honda plenitud de curvas).

Que me envuelva un incendio de manzanas
y un claro rumor de dátil y azúcar!

Que me envuelvan —presagio de pulpa—
en ciruelas de tacto perfumado...

Inundadme
en pleamar de pétalos y trinos.

Que me ciñan —¡ceñidme!— de eclípticas
[azules".

(“Sentidos”)

La sinestesia, confusión sensorial, en este caso de pleno disfrute, caracteriza la poesía de Emilio Ballagas.

Con esta misma sensorialidad abraza Ballagas la poesía negra. En 1934 aparece su Cuaderno de poesía negra.

El negrismo empezó siendo pura moda. Si en Guillén (quién diría más tarde que "la moda se había convertido en modo") se transforma en profundización de la problemática del hombre negro y mestizo, en Ballagas queda como una forma más de disfrute verbal y colorista, en el que el poeta reúne su ostentoso lujo sensorial con un dúctil acento tropical y con el ornamentado cuerpo poético de la jitanjáfora. Poemas como “Elegía a María Belén Chacón”, la misteriosa “Comparsa habanera” y la magistral nana “Para dormir a un negrito”, ilustran esta zona de la poesía ballaguiana, tal vez la más popular de todas, y todavía íntimamente ligada a las perspectivas que el mismo se trazara en Júbilo y fuga.

Como cuestión de curiosidad literaria (y no tan solo literaria), es interesante consignar un poema que Ballagas publicó en la Órbita de la poesía afrocubana, de Ramón Guirao (1937) y que después no recogió en el Cuaderno. En él hay un acercamiento a la problemática del hombre negro y una clara visión de soluciones;

"¿Compañero yo de un blanco?
Lo dudo...
"¿Compañero yo de un blanco?
No trago...
"¿Compañero yo de un blanco?
¡Cuento!"

Y al final, una advertencia al negro:

"El que te reclama
tiene la piel blanca,
pero es hombre rojo...
Ese'e otro cantar...
—¡Ah!"

(“Actitud”).

En 1936 Emilio Ballagas publica “Elegía sin nombre” y en 1938, “Nocturno y elegía”. Ambos poemas y otros once integrarían el poemario que daría a la prensa en 1939: Sabor eterno.

Ya aquí, definitivamente, aparece otro Ballagas. Lo angélico, lo intemporal, se ha perdido. El poeta ha entrado en el mundo del amor y el dolor, en la historia, en la realidad, intensa y perecedera.

Como Luis Cernuda, como Aleixandre, en cierto sentido como Pablo Neruda —así lo señala Vitier— Ballagas emprende una poesía neorromántica, vital. Y de nuevo aparece aquí la justeza de Ballagas para titular sus libros.

El desgarramiento que lanza a Ballagas a una poesía estremecida, se da claramente en el título. Porque ya el poeta no persigue la eternidad del vocablo ni de un estadio irreal del ser. Ahora busca la eternidad de un sabor, absolutamente perecedero. Busca la eternidad vital. El poeta, en una palabra, ha encontrado de pronto su condición de hombre, susceptible al dolor y a la muerte.

La ejemplificación de esta evolución de Ballagas está dada claramente en “Elegía sin nombre” que es también el más poderoso poema del libro. Sólo un fragmento de este nuevo lenguaje de Ballagas:

"Sé que vives y alientas
con un alma distinta cada vez que respiras.
Y yo con mi alma única, invariable y segura,
con mi barbilla triste en  la flor de las
[manos,
con un libro entreabierto sobre las piernas
[quietas,
te estoy queriendo más,
te estoy amando en sombras,
en una gran tristeza calda de las nubes,
en una gran tristeza de remos mutilados,
de carbón y cenizas sobre alas derrotadas".

Este es el Emilio Ballagas de “Nocturno y elegía” y el de “Soneto sin palabras”, el hermoso poema que concluye Sabor eterno.

Creo también que es éste el Ballagas duradero, el que tiene un sitio indiscutible en nuestra literatura y en la de Hispanoamérica.

Hay después, sin embargo, un tercer Ballagas. En 1951, obtiene el Premio Nacional de Poesía con su libro Cielo en rehenes, que no sería publicado sino en la edición póstuma de las obras completas del poeta, realizada en 1955. Ya antes, en 1948 había publicado Nuestra señora del Mar.

Ideológicamente, Ballagas se vuelve hacia el catolicismo, de manera semejante al argentino Francisco Luis Bernárdez o al mejicano Xavier Villaurrutia, con quién tiene tantos puntos afines.

Del amplio versículo desplegado en Sabor eterno, se aproxima a las formas clásicas: soneto, lira, décima.

En esta misma línea son ubicadas sus Décimas por el júbilo martiano (1953), escritas a raíz del centenario de Martí y que obtuvieran el premio literario que otorgaba la Comisión del Centenario.                                     

Emilio Ballagas fue asimismo un notable estudioso de literatura (el futurismo, la poesía negra, Rabindranath Tagore, Ronsard, Gerad Manley Hopkins). Ballagas fue profesor de literatura y el compilador de la notable antología Mapa de la poesía negra americana. Poemas suyos han sido vertidos al inglés y al francés.                         

Emilio Ballagas murió en La Habana el 11 de septiembre de 1954, es decir, que hace unos meses se cumplieron diez años de su muerte.

Puede agregarse todavía lo que todos sabemos: que es un genuino timbre de orgullo de nuestra literatura.

Tomado de: Bohemia, año 57, núm. 7, 12 de febrero de 1965, pp. 30-32.