Manuel Márquez Sterling: la pluma como espada

 

Por Ivette Fernández Sosa, periodista


Manuel Márquez Sterling nació en 1872 en Lima, Perú. De padres cubanos y con el nombre original de Manuel Márquez Loret de Mola, se traslada siendo un niño a la provincia de Camaguey en Cuba. Desde esta misma tierra el joven Márquez colaboró en publicaciones como El pueblo El Camagüeyano. En 1891 matricula en la Universidad de La Habana y tres años más tarde, inspirado por la figura de Martí, se enrola en las actividades del Partido Revolucionario Cubano. 

Por sus actividades en apoyo a la guerra del 95 tuvo que emigrar a Estados Unidos. Más tarde, y durante su estancia en México en 1898, funda el semanario revolucionario La Libertad. A su regreso a Cuba, después de la intervención norteamericana, Sterling forma parte del periódico El Mundo. En 1913 funda El Heraldo de Cuba, y, en 1916, estrena el más famoso de los diarios para los que escribiera: La Nación. A lo largo de toda su vida Sterling se desempeñó como cronista de ajedrez, reportero, corresponsal, redactor, jefe de redacción y director.

<<<Caricatura de Márquez Sterling por Sirio

A pesar de haber heredado la fortuna paterna, Sterling llevó una existencia de altibajos económicos que lo hacían pasar de una posición desahogada a otra más humilde y viceversa. Su ánimo, sin embargo, nunca flaqueó, y a pesar de no contar con una seguridad financiera, se mantuvo a la cabeza de sus proyectos en pos de la defensa de la nación y sus ciudadanos. Aún bajo estas circunstancias diariamente se le veía salir, levantado apenas de fuertes crisis asmáticas, a escribir sus artículos...

Junto con el periodismo desempeñó una relevante labor en la diplomacia. Fungió como cónsul en Argentina y embajador en Brasil y Perú. Asimismo fue representante diplomático en México, también secretario del estado cubano y embajador en Washington.

Aunque de la vida personal del periodista no se sabe mucho, cada uno de los investigadores interesados en su obra reconoce que era un escritor prolijo. Aseguran, además, que guardaba con celo su correspondencia y que desposó a su prima Mercedes Márquez en 1903.

Algunos de sus títulos más relevantes fueron: Hombres de pro, Tristes y alegres, Ideas y sensaciones, Psicología profana, Burla burlando y La diplomacia en nuestra historia. Sus trabajos podían aparecer firmados bajo los siguientes seudónimos: Carlos Loysel, M. Márquez Mola y XXX.

En 1934, el mismo año durante el cual se derogara la Enmienda Platt, propósito que diera inicio a la más enconada de sus contiendas, falleció Manuel Márquez Sterling: el periodista sin miedo, el diplomático honrado, el hombre ilustre.  

 

El papel de la prensa

La relación de Márquez Sterling con el periodismo fue más que un encuentro casual. La prensa resultó ser el arma más eficaz para la mayoría de sus empeños. Muchas fueron sus batallas en pos de la causa republicana y para todas ellas se sirvió de la pluma. Quizás por este motivo le atribuía a los periódicos, único elemento informativo de amplia difusión durante su vida, importantes misiones. Visión que influyó de manera determinante en su propio quehacer.

<<< Manuel Márquez Sterling

Las funciones que debía cumplir el periodismo, para Sterling, estaban íntimamente ligadas con el contexto. El periodista, por su parte, debía velar por la concreción de los planes que el gobierno prometía a las masas. Y en vistas de que al accionar periodístico correspondía salvaguardar los intereses del pueblo, ni el apasionamiento, ni las preferencias partidistas podían nublar el buen juicio del profesional de la palabra.

“El periodista es dique a los desbordamientos del político. Ese dique es la moral pública, es la seguridad del Estado, es el respeto a  la ley, es la inviolabilidad a la Constitución. El periodista deja de serlo cuando está a merced de las tramas que inventa el político, y las difunde en contra de sus íntimas convicciones. En el triunfo llevará la menor parte. A la hora de las reivindicaciones, la culpa de un periodista funesto, será la mayor de todas las culpas cometidas”.(1)

Y estos planteamientos resultaban genuinos una vez que se percibía en su accionar cuanto predicaba en su columna. Fue así, como ante la sugerencia de una postulación para un cargo político, declara lo que antes y con otras palabras había defendido.  

“(…) yo creo que mi deber está en no gastarme en una campaña electoral que me de un puesto al que llegue de antemano anulado, sino en luchar, desde mi tribuna, por la selección de candidatos, por la selección de los principios, por la moralización de los partidos (…)”. (2)

Sterling no tenía descanso. Su lucha seguiría siéndolo hasta tanto no se resolvieran los problemas que aquejaban a Cuba. Con el periodismo por trinchera, y en este caso, el periódico La Nación como arma, lograba hacerse escuchar desenmascarando a los corruptos, y, enalteciendo y protegiendo el noble espíritu del pueblo cubano. 

“Y en las altas esferas del gobierno, hay enemigos de la libertad y de la independencia, prohombres (así se les llama) que quieren someter al país a sus intereses y caprichos, dispuestos, ellos mismos, a someterse a la mano del extranjero, ansiosos de esclavitud. No habría lógica en el mundo, si al cabo, la prensa no les hiciera morder el  polvo de la derrota. Y si no lograse volcar la patria por sobre tamaños egoísmos y ruindades”. (3)

A Manuel Márquez lo distinguía un patriotismo auténtico. La preocupación por el destino de la nación, era, según puede apreciarse en el periódico La Nación, la mayor de sus motivaciones. El antinjerencismo y el nacionalismo dominaban su carácter y su prosa. Sin embargo, no puede decirse que permaneciera completamente neutral si de los bandos que aspiraban a la presidencia se habla. Sus preferencias partidistas matizaban parte de sus trabajos aunque no llegaran a nublar o enceguecer su juicio de manera irreversible. De ello queda constancia en sus trabajos publicados en La Nación durante 1916.  

Algunos de los artículos aparecidos bajo su autoría defendían la causa liberal, pero lo más ilustrativo de su apego a este partido, no eran precisamente las alabanzas que dispensaba a este grupo, sino las críticas al presidente cubano (Mario García Menocal) y sus seguidores conservadores. Sea como fuere, y después de las enmarañadas elecciones de 1916, el Partido Conservador había demostrado su ineficacia con creces, lo que convertía en candidato preferido al bando liberal. Quizás esto explique, entonces, la rabia y la exaltación de Sterling ante Menocal y sus halagos para con Alfredo Zayas.

“El pueblo tiene hambre ―exclamaremos nosotros― y apenas puede explicarse que los aspirantes al voto del pueblo no le ofrezcan ni carne; que los legisladores que quieren seguir legislando no propongan al Congreso, medidas económicas en pro del estómago del pueblo, y que a favor de ese mismo estómago, no haya hecho nada el presidente en los momentos en que pretende continuar presidiendo”. (4)

“Nosotros entendemos que a Cuba le conviene ahora el turno liberal; y entendemos asimismo que el gobierno ha pretendido, por arte de presdigitación, convertir en derrota el triunfo del Doctor...” (5)

Sin embargo, donde mismo aparecían estas sentencias pudo leerse meses antes: “Los conservadores pertenecen a la misma familia que los liberales; todos pertenecientes a una época de escepticismo demoledor, de mercantilismo corruptor”. (6)

Aún así, el propio Márquez tenía muy claro el papel que debía cumplir el Partido que ascendiera al poder, cualquiera que fuera.

“La República sigue en marcha, ahora, como antes, y queda en los corazones la dulce esperanza y el noble estímulo de un gobierno que reaccione contra el Tirano, que en cuatro años de inteligente rectificación, corte los estambres que sirven a su liturgia(...), y a legislar, con buen acuerdo, por la salud futura de los comicios”. (7)   

Para que comprenda la gente
El estilo periodístico de Márquez Sterling era, hasta cierto punto, novedoso. El empleo del diálogo le confería amenidad a su columna que le servía, además, para expresar opiniones propias o legitimar en voz de otros sus convicciones. Es así como en vez de una columna de opinión tradicional aparecen parlamentos cuya veracidad es imposible de comprobar, aunque irrefutables en su esencia. Asimismo se sirve de la ironía y la jocosidad, o incluso de la paradoja.

“Su mordacidad fue más  fue más arma de combate que instrumento de risa. Y sin salir jamás de la corrección ni caer en vulgares chocarrerías que repugnaban a su gentileza, era, a veces, agresivo, y sus golpes solían resultar punzantes. En ocasiones desliza el arañazo con fingida inadvertencia. Y otras el golpe suave es letal”. (8)

Conversaciones que el lector supone ficticias encierran, en definitiva, el sustrato de una idea que originalmente logra Sterling insinuar. Sentía preferencia por el relato y es frecuente encontrar en sus textos un pasaje narrado a modo de fábula o historia. En otras ocasiones reproduce simplemente un hecho que en verdad pudo haber acontecido.

Márquez Sterling podía atacar de manera abierta o sutil si creía que el caso o la personalidad así lo ameritaban, del mismo modo que ensalzaba a otras. La mayoría de las veces resultaba apodíctico, y por ello, inapelable. No obstante, el fin de todos sus artículos posee un denominador común: la denuncia de la corrupción de los gobernantes, la defensa de los derechos del pueblo, la salvaguarda de los intereses nacionalistas. A la postre, persistía en él la confianza en el progreso, lo dominaba un optimismo que renunciaba a toda duda, un optimismo capaz de encontrar la frase alentadora para la más difícil de las situaciones.

La confianza en el pueblo y la fe en la ascensión al poder de un poder representativo de los intereses colectivos, traspasaban cada uno de sus textos. Su estilo, era, sin dudas, dirigido a la reflexión y a la comprensión de algunos de los más tristes fenómenos que se dieron durante la República como la penetración de capital extranjero, la incapacidad del gobierno de turno, o la capacidad insospechada del propio pueblo.

Los textos de Márquez se distinguían por abordar, casi todos, una temática político-social. Su posición era de franca lucha contra la corrupción, la malversación y a favor de los intereses que convirtieran a Cuba en una nación fuerte, soberana y modelo para el resto del mundo. Dejaba traslucir, también, un nacionalismo acendrado.

Sterling era capaz de insertar, en medio de un lenguaje mayormente culto, aquellas expresiones de origen popular, de manera que su gran acervo, evidenciado en sus textos, no lo alejaban del más humilde de los lectores.

Para Enrique José Varona, Márquez no pasó de ser un literato ahogado en el periodismo. Aún así, sus contemporáneos lo consideraban un “escritor de mérito notable, poseedor de los secretos del idioma y del estilo, observador sincero y penetrante, satírico de burla fina y juguetona, pero sin hiel, maestro en una palabra en el arte difícil de prodigar sus obras sin cansar nunca al público”.  (9) 

Notas

(1) Márquez S, Manuel, Periódico La Nación, en “Dando en el clavo”, sept 30, 1916, Pág. 3.
(2) Márquez S, Manuel, Periódico La Nación, en “Por qué no será presidente nuestro director”,  Pág. 3.
(3) Márquez S, Manuel, Periódico La Nación, en “Alrededor de la prensa”, sept 4,1916, Pág. 3.
(4) Márquez S, Manuel,  La Nación, en “La miseria y la política”, mayo 26, 1916, Pág. 3.
(5) Márquez S, Manuel, Periódico La Nación, en “Dentro del frac”, dic 31, 1916, Pág. 3.
(6) Editorial Periódico La Nación, en “Todo por Cuba”, abril 15, Pág 2
(7) Márquez S, Manuel, Periódico La Nación, en “Cocina electoral”, mayo 14,1916, Pág. 3.
(8) Lufriú y Alonso, René: Manuel Márquez Sterling, escritor y ciudadano.   Imprenta El siglo XX, La Habana, 1938, Pág. 203
(9) Lara, Justo, citado en Manuel Márquez Sterling, escritor y ciudadano de Lufriú y Alonso, René, Imprenta El siglo XX, La Habana, 1938, Pág. 203