La Academia Cubana de la Lengua, más allá del horizonte de nuestro tiempo

 Aquella Academia Cubana de la Lengua que yo conocí


Por Roberto Méndez Martínez

 

En alguna otra parte he contado como, en los días iniciales de septiembre de 1976, llegué a La Habana, con una boleta de matrícula para la carrera de Sociología, una enorme maleta de cartón a rayas y muchísimos deseos, propios de un poeta novel, de conquistar la ciudad, como en otro tiempo —el novelesco— pretendiera Lucien de Rubempré en el París balzaciano.

<<< Ernesto Dihigo

En la maleta, que contaba con más edad que yo, venían las direcciones de algunos conocidos de la familia en la capital. No viene al caso la relación de esos encuentros y desencuentros que el tiempo ha ido —piadosamente— borrando, salvo en un caso. Gracias a un número telefónico, pude acercarme a una figura injustamente olvidada: Ernesto Dihigo y López Trigo, quien al inicio era sólo para mí un abogado jubilado, compañero de estudios y amigo distante de mi abuelo materno, pero en el que fui reconociendo, en sucesivas visitas a su acogedora casa de Miramar, siempre cuidada y vigilada por su esposa Caruca Larrondo, otras muchas cualidades: era hijo del profesor, filólogo y lingüista Juan Miguel Dihigo y Mestre, algunos de cuyos trabajos inconclusos procuraba continuar, además de ser un especialista en Derecho Romano, diplomático jubilado —había representado a Cuba en la Liga de las Naciones y luego, a inicios de la Revolución, fue embajador en Estados Unidos—, pero ante todo era un hombre amable, sencillo, excelente conversador, capaz de soportar la pedantería de un aprendiz de poeta que se atrevió a decirle en su cara que aquel estudio que le llevara tantos años de existencia: el inventario de los cubanismos en Cecilia Valdés, era un “asunto árido”. Una de sus virtudes era la paciencia con los jóvenes y por eso, en vez de arrojarme a la calle, me ofreció invitaciones para las sesiones públicas de la Academia Cubana de la Lengua.


Dulce María  Loynaz>>>

Así, yo, un becado con mucho apetito intelectual y gastronómico, me vi una tarde de 1977, con mi única camisa de mangas largas digna de la ocasión, en la calle 19, a las puertas de la casa de Dulce María Loynaz, para una sesión pública de la Academia Cubana de la Lengua. Confieso mi turbación ante aquel portero uniformado que parecía vedar la entrada más que franquearla, así como mi incomodidad en aquel portal donde se reunían un grupo de damas y caballeros vestidos según una indefinible moda ancien regime. Aquello, como el propio formato de la sesión, con su campanilla, el tratamiento de “excelentísimos” a los embajadores presentes y la rara mezcla de catedráticos jubilados y nobles arruinados, desde un marqués a una vizcondesa, me hicieron sentir como si una máquina del tiempo me hubiera arrojado a una época prenatal.

Confieso que de aquella primera sesión recuerdo apenas eso que cuento y que me fue presentada Dulce María Loynaz, a la sazón vicedirectora de la institución, lo que me permitió hacerle una visita privada luego… pero eso es ya otro asunto. Vuelvo a ver, como en sueños —han pasado más de treinta años y varios huracanes por la Isla— a Luis Ángel Casas —hijo del compositor camagüeyano Luis Casas Romero— con su melena de paje dieciochesco y su medalla de académico, llevada como quien lleva un Toisón, rodeado de damas que escuchaban sus boutades; la tímida sombra del profesor Tortoló, cuya labor en el terreno lingüístico sólo ahora he podido ir aquilatando; y, al poeta Arturo Doreste, quien medio siglo antes había sido amigo de mi abuela y que por entonces fungía como Bibliotecario de la institución, en un misterioso recinto de la Iglesia de la Merced, prestado al efecto.

Confieso que mi mirada a la Academia entonces no fue muy benévola. Aunque yo fuera lector inveterado de añeja literatura y no un iconoclasta rampante, había demasiadas cosas que no entendía. ¿Por qué la entidad seguía afirmando, que según un decreto prehistórico, el Poeta Nacional era Agustín Acosta y no Nicolás Guillén? ¿Por qué estaban fuera de esa institución las figuras que me parecían más respetables en el panorama nacional, desde el mismo autor de Motivos de son hasta Cintio Vitier, Octavio Smith, Eliseo Diego, José Antonio Portuondo? ¿Por qué Alejo Carpentier, tan bien conocido por Dulce María, no era siquiera miembro correspondiente? Chacón había muerto hacía una década, Acosta y Labrador Ruiz estaban ausentes en Estados Unidos —aunque sus sillones les habían sido conservados— y el resto de la membresía, salvo Dihigo y Dulce María, me parecían ilustres desconocidos.

Volví a otras sesiones. Pude asistir a dos excelentes piezas oratorias de la autora de Juegos de agua: una dedicada a Delmira Agustini, que años después publicó y otra muy hábil desde el punto de vista de la oratoria forense: debía en ella pronunciar el elogio fúnebre de José de la Luz León, pero al parecer, tal intelectual ni le simpatizaba ni su obra le parecía notable y se valió del recurso de la digresión: resulta que éste había dedicado unas páginas a mi coterránea Carmen Zayas Bazán, la controvertida esposa de Martí, y a una extensa semblanza y defensa de ella, dedicó Dulce casi todo su discurso.

En aquellos salones entreví a figuras muy variadas: recuerdo en un balance del portal al presbítero y poeta Ángel Gaztelu, a quien nunca me atreví a abordar y también al investigador Armando Álvarez Bravo, autor de aquella Órbita de Lezama que tan importante había sido en mi formación literaria, por allí andaba también el jurista e historiador Delio Carreras, que todavía no era académico y hoy es el único sobreviviente de aquellos tiempos.

Quizá la última vez que estuve por allí fue hacia 1980. Luego supe, de manera indirecta, del fallecimiento de Dihigo, de la labor en la dirección de Dulce María, del inicio de una nueva época, en la que entraron en la institución Delio Carreras, Salvador Bueno, Luisa Campuzano, Lisandro Otero… Los tiempos cambiaban, aunque las sesiones públicas siguieran teniendo por un tiempo ese aire de celebración de otros tiempos, con aquellos brindis en que alternaban unos hojaldres en forma de mariposa y unas yemitas cuya receta nunca pude conseguir, con grandes vasos de sangría color obispo.

En realidad, durante décadas me olvidé de la Academia, me parecía algo lejano y extraño, hasta inicios de 2006, cuando su entonces Director, el narrador y periodista Lisandro Otero, me comunicó que había sido propuesto como Miembro correspondiente. Confieso que por un instante temí que me convertiría en uno de aquellos señores de otra época que detestaban la literatura cubana de su tiempo tanto como las novelas de García Márquez y Vargas Llosa y discutían largamente sobre si tal palabra se empleaba o no todavía en Cuba —aunque ellos apenas hablaban entre sí e ignoraban lo que se decía en la calle.

Mas, felizmente, los tiempos habían cambiado, ahora estaban en la Academia varios Premios Nacionales de Literatura, lingüistas de formación moderna, los aires eran otros, pero, no puedo negarlo, cuando una tarde de septiembre de 2006 fui a pronunciar mi discurso de ingreso en la Sala García Lorca, antigua cochera de la residencia de Dulce María, me pareció que asistían al acto, invisibles,  aquellos señores y señoras de antaño y que se reían, educadamente, de mí, que ahora empezaba a estar, como diría Fina García Marruz, entre “los mayores de edad, los melancólicos, / y qué extraño parece ¿no es verdad?”.   

 

 

<<<América y la lengua española, por Reimundo Lazo, La Habana 1960

 

 

Estatutos de la Academia Cubana de la Lengua, 1971>>>

  

 

 

 

 

 

 

La Academia Cubana de la Lengua


(Fragmentos)

Es esta la más joven de las Academias nacionales de Cuba, aunque es Correspondiente de la Real Academia Española, que es la matriz y en cuyos procedimientos aprendieron todas. Fue creada en 1926, cuando la Española decidió establecer las Academias regionales; pero no le fue reconocido carácter oficial hasta 1951 por el entonces ministro de Educación, doctor Aureliano Sánchez Arango. quien accediendo a la petición que le formulamos personalmente el doctor Medardo Vitier y yo, no sólo hizo que el Gobierno realizara el reconocimiento a las veinticuatro horas, sino que también logró en ese lapso, que se le asignara la misma consignación que gozan las otras Academias oficiales.

(…)


<<< Enrique José Varona


El primer director de la Academia Cubana de la Lengua fue Enrique José Varona, a  quien siguió Mariano Aramburo, después Antonio Sánchez de Bustamante, y, por último, José María Chacón y Calvo, que es el actual. Razones de índole política  obstaculizaron el   desenvolvimiento de la  Academia Cubana, que durante el lapso que va desde su fundación, hasta 1951, se redujo a muy discretas manifestaciones. A Partir  de este año, la labor ha sido intensa. Se ha publicado el Boletín, trimestral que ha hecho circular ya cuatro números,  que   integran  el primer tomo, y en los que se han incluido monografías de  sumo interés. En el referido año  1951, concurrió  una  nutrida representación de esta institución, al Congreso de Academias de la Lengua, celebrado con extraordinario lucimiento, en México, y en el que quedó constituida la Comisión Permanente que mantendrá en contacto a todas estas corporaciones, filiales; incluyendo a la Española. Allí Cuba mantuvo la necesidad  de  no excluir  como  se propuso la  colaboración  con    la  Real   Academia,  y la  intervención  de nuestros representativos se hizo  notar,  tanto en los debates como en las ponencias y en las ceremonias solemnes.  Presidió la  Delegación, el doctor Chacón y Calvo, y con él tuve el honor de compartir las labores, en unión de los doctores Vitier, Miguel Ángel Carbonell  (cuyo discurso en  defensa de la unidad con la Española hizo época), Lizaso, Fernando Ortiz e Ichaso. Recientemente,  la Academia ha iniciado la edición de la Biblioteca de Filólogos Cubanos, cuyo primer volumen lo constituye el Novísimo Pichardo  (712  páginas) conteniendo el Diccionario Provincial de Esteban Pichardo.

(…)

Chacón y Calvo>>>


Sin duda alguna, debido a su excelente buen sentido y notoria experiencia, y a las posibilidades materiales y morales que hasta entonces no habían sido favorables a la  Academia,  ésta ha tenido su más  provechosa actividad, bajo la actual Dirección, del doctor Chacón y Calvo. Nuestra  Academia de la Lengua que cuenta  con  la  presencia en su seno de un príncipe de la Iglesia,  el Cardenal Arteaga, ha tenido pérdidas sensibles, que, ya en plena intensidad de trabajo ha de lamentar más aún, por lo mucho que a su saber y espíritu creador habría de deber: Enrique Jasé Varona.  Mariano  Aramburu, Carlos M. Trilles, Carlos de la Torre. Francisco de Paula Coronado, Juan Miguel  Dihigo y  Antonio L. Valverde.

Tomado de: “Las instituciones académicas”, por Juan J. Remos, en: Diario de la Marina, 22 de diciembre de 1953, p. 70

 

Academia Cubana de la Lengua, correspondiente de la Real Española


(Fragmentos)

 

(…)
La Academia Cubana, que no ha tenido carácter oficial hasta hace muy poco tiempo, desenvolvió su actividad en forma intermitente. El doctor Mariano Aramburo y Machado, que sucedió a Varona en la Dirección, publicó durante varios años en el Diario de la Marina unas papeletas lexicográficas, proponiendo enmiendas a locuciones corrientemente empleadas que ese maestro de la lengua estimaba viciosas.

Don Mariano Aramburo fue director de la corporación hasta su muerte (1942). En 1947 fue electo Director Don Antonio Sánchez de Bustamante. Fue director efectivo hasta diez días antes de su fallecimiento, en que la Academia lo designó su director honorario. El 6 de septiembre de 1951 mis compañeros me hicieron el honor de elegirme director de la corporación. Ya tenia un carácter oficial desde el 23 de agosto de ese año, en que por Decreto Presidencial le fue conferido.

<<<Mariano Aramburo (1870-1942), presidente de la Academia Cubana de la Lengua

En el decreto susodicho, que refrenda como Ministro de Educación el doctor Aureliano Sánchez Arango, se señala la significación de esa Academia:

POR CUANTO: Es deber del Gobierno contribuir, por medio de organismos oficiales, al impulso de la cultura nacional, como lo ha hecho y viene haciendo, por medio de las Academias de Ciencias, de la Historia y Nacional de Artes y Letras.

POR CUANTO: Ninguna de los Academias oficiales creadas tiene como finalidad expresa la contemplación y estudio de aquellas cuestiones que son privativas del acervo filológico y literario del Idioma nacional.

POR CUANTO:   Es juicioso aprovechar la organización ya existente de la Academia Cubana de la Lengua, en la que figuran altos valores de la cultura cubana, para cumplir con aquella finalidad.

POR CUANTO: Las Academias oficiales, aunque autónomas son organismos consultivos del Estado.

POR CUANTO: Es imprescindible que para el funcionamiento debido de la Academia Cubana de la Lengua, se fije en los presupuestos nacionales la consignación que le permita desenvolver sus actividades al Igual que se ha hecho con las demás Academias oficiales.

POR TANTO: En uso de las facultades de que estoy investido por la Constitución de la República y las leyes vigentes, a propuesta del Ministro de Educación y asistido del Consejo de Ministros.

RESUELVO:

PRIMERO: Le otorga carácter oficial a la Academia Cubana de la Lengua, correspondiente de la Española, y se la considera, a partir de la vigencia de este Decreto, como institución autónoma, atenida a los Estatutos por ella misma acordados; pero en los que han de constar su condición nacional y su obligatoriedad como organismo consultivo del Estado, al igual que las otras Academias oficiales existentes.

SEGUNDO: Para atender a los labores propias de la Academia Cubana de la Lengua, se fijará en los Presupuestos Nacionales Idéntica consignación que la que en los mismos se fije para las Academias de la Historia y Nacional de Artes y Letras.

A pesar de que la Academia no tenia medios económicos de ninguna clase, contribuyó a la conmemoración del centenario de la muerte de Cervantes con el Elogio del Príncipe de los Ingenios que desde la Cátedra del Espíritu Santo pronunció su Eminencia el Cardenal Arzobispo de La Habana, doctor M. Arteaga y Betancourt, académico de número, en la mañana del 23 de abril de 1947 y con el estudio leído en el Ateneo de La Habana sobre la Tradición Cervantina de Cuba por el doctor Juan J. Remos, miembro de número de la Academia.

En elegantes opúsculos fueron impresas esas magistrales piezas oratorias. En el mismo folleto que recoge el estudio del doctor Remos, aparecen muy bellos versos sobre el Quijote de Agustín Acosta, nuestro poeta nacional La Academia ya tiene en prensa el primer número de su Boletín que publicará entre otros trabajos el discurso de Miguel Ángel Carbonell en el pasado Congreso de México, en el que abogó por el actual régimen de las Academias Correspondientes de la Española (se había propuesto su separación de la Española, la Academia matriz) y las ponencias de Remos, Lizaso y quien escribe estas líneas que versaron respectivamente sobre la necesidad de la fundación de una Academia de la Lengua en Puerto Rico, con un preciso resumen de la literatura en ese país fraterno, el próximo centenario de José Martí y el Léxico Cubano del doctor Dihigo. También aparecen estudios sobre Doña Salomé Ureña y una conferencia del doctor Raimundo Lazo sobre Sor Juana Inés de la Cruz. En suma, una nueva perspectiva se ha abierto para la Academia Cubana de la Lengua. ¡Dios quiera que pueda ser fecunda la nueva jornada!


Antonio Iraizoz, foto dedicada a Félix Lizaso en 1932>>>

 

<<< Medardo Vitier

He aquí la nómina actual de académicos de esta corporación: Su Eminencia el doctor Manuel Arteaga y Betancourt, Cardenal Arzobispo de La Habana; Agustín Acosta y Betancourt, José Manuel Carbonell, Miguel Ángel Carbonell (censor), José María Chacón y Calvo (Director), Francisco Ichaso, Antonio Iraizoz y del Villar, Jorge Mañach, Félix Lizaso (Secretario), Raimundo Lazo, Fernando Ortiz, Felipe Pichardo Moya (Tesorero), Juan J. Remos (Vicedirector), Esteban Rodríguez Herrera, Emeterio S. Santovenia (Bibliotecario). Cosme de la Torriente, Medardo Vitier.

El doctor Juan Fonseca ha sido propuesto en la vacante por la muerte del doctor Juan M. Dihigo y parece segura su elección.

Tomado de: Libro de Cuba, por José María Chacón y Calvo


Boletín de la Academia Cubana de la Lengua

http://www.uh.cu/catedras/academia_cubana_de_la_lengua/index.htm


 

 

 

Junta Directiva de la Academia Cubana de la Lengua

 

Dirección:
Calle E, 502, entre calles 17 y 19
El Vedado
Colegio de San Gerónimo, San Ignacio entre Mercaderes y Obispo, Habana Vieja.
http://www.ohch.cu/san%20geronimo/iglesia.htm


<<< Roberto Fernández Retamar, director de la Academia Cubana de la Lengua

El pasado 6 de junio fue elegida la Junta Directiva que tendrá a su cargo la conducción de las labores de la ACUL por los próximos cuatro años.
La Junta quedó integrada por:
Director: Dr. Roberto Fernández Retamar, Profesor de Mérito de la Universidad de La Habana.
Vicedirector: Dr. Rogelio Rodríguez Coronel
Secretaria: Dra. Nara Araujo Carruana
Bibliotecario: Mons. Carlos Manuel de Céspedes García Menocal
Tesorero: Reynaldo González Zamora

Algunos académicos de número por orden de antigüedad

D. Delio J. Carreras Cuevas
D. Miguel Barnet Lanza
D.ª Luisa Campuzano Sentí
D. Eusebio Leal Spengler
D. Ángel Augier Proenza
D. Sergio Valdés Bernal
D. Enrique Saínz de la Torriente
D. Roberto Fernández Retamar
D. César López Núñez
D.ª Graziella Pogolotti Jacobson
D. Pablo Armando Fernández
D. Ambrosio Fornet Frutos
D.ª Nuria Gregori Torada
D.ª Nancy Morejón Hernández
D.ª Gisela Cárdenas Molina
D. Rogelio Rodríguez Coronel
D. Reynaldo González Zamora
Mons. Carlos Manuel de Céspedes García-Menocal
D.ª Ana Margarita Mateo Palmer
D. Abelardo J. Estorino López
D. Eduardo Moisés Torres Cuevas
D.ª María Elina Miranda
D.ª Nara Neyva Araújo Carruana
D. Antón Arrufat