Una manera de mirar el mundo

Entrevista a Félix Pita Rodríguez

Por Omar González Jiménez

Una vez dije que la poesía era la forma de decir esas cosas que nopueden ser dichas de otro modo. Ahora pienso que es esto que acabo de escribir como parte del prólogo al libro Los cantos de Benjamín, de Yolanda Ulloa. O sea, "una manera de mirar el mundo".

Desde luego, en esa "manera" está la óptica del poeta, su visión de la realidad. Esto es, si la poesía debe o no servir, estar al servicio de algo. Yo señalo la sencillez, el despojamiento, como una característica indispensable para que esa "manera de mirar el mundo" sirva verdaderamente. Si hay alambique, si hay probeta, si hay retorta, puede haber hasta belleza y con ella muchas otras cosas; pero la conclusión última es que no es por ahí por donde hay que andar, sino a través de la sencillez mayor posible, para lograr la mejor comunicabilidad. Si te pierdes en meandros, en oscuridades y en cosas subyacentes, tu poesía puede revelar cuestiones interiores del hombre, pero ya no estará sirviendo de la misma forma, ya so estará haciendo que tu óptica sea lo importante. Y como hay que pensar que, efectivamente, lo fundamental hoy, ahora, en el mundo, es hacer que esa visión tuya —y yo digo que el poeta está ahí para hacerla más clara, para revelar muchas veces lo escondido de la realidad —posea valor, tiene que ser, más que nada, comprendida. Y esto no es para justificar mi poesía última. Yo he hecho también de esas cosas que ahora critico.

Sin embargo, desde hace un tiempo para acá —no sé si debido a que se fue clarificando el ambiente y se comprendió que la poesía que se estaba haciendo era un callejón sin salida— han aparecido nuevos poetas con grandes valores desde el punto de vista de la creación. Es que se estaba escribiendo una poesía que llevaba en su esencia su propia negación: el prosaísmo. Era cualquier cosa menos poesía. Todos los elementos poéticos externos desaparecían, y, sobre todo, el olvido total del ritmo. No hablamos de la rima, eso es para la retórica, para la parafernalia esa de la preceptiva literaria, que a fin de cuenta no sirve para nada. Se pueden hacer unos sonetos estupendos y no ser poeta ni por cinco centavos. El poeta se para en la puerta y dice algo a un amigo que pasa y eso puede estar cargado de poesía. En cambio, otro se sienta, hace un soneto que le sale perfecto formalmente y resulta que no hay poesía ninguna por dentro. Pero sí hay una cosa, y es el ritmo interior: si ese ritmo está ausente, entonces la poesía anda lejos. Los poemas de Aloysius Bertrand en Gaspar de la noche, que están escritos en prosa, son poesía evidente, indiscutible. Ellos tienen ese ritmo interior de que estoy hablando.

Esto era de viejo sabido; ahora, estaba ocurriendo entre algunos de nuestros poetas, Fueron una serie de corrientes muy raras que llegaron aquí: laantipoesía, el prosaísmo, los artefactos, todas esas cosas. Eso no servía para nada: lo único que hacía era convertir la poesía, a sus creadores, en esclavos de una moda determinada. Eso yo recuerdo haberlo visto en varias revistas cubanas, donde 10 ó 12 poetas publicaban sus poemas, y cuando uno terminaba de leerlos, no se acordaba de ninguno. Todos eran iguales, todos eran lo mismo y, desde fuego, no había poesía, la poesía estaba ausente. Eran fórmulas.

Pero, como ya dije, ahora están ocurriendo cosas muy hermosas que me parecen un poco la reacción contra todo aquello. Una de ellas es la dedicación de los jóvenes del Movimiento de la Nueva Trova a musicalizar poesía. Ya no se conforman con una letrica más o menos coherente que escribía el propio músico, sino que van a buscar poemas a los libros y los musicalizan. Esto es, que le están dando un sentido más universal, más totalizador, a la poesía. Un poema, no importa quién lo haya escrito, si tiene, en primer término, un contenido claro (la óptica) y, después, los valores poéticos correspondientes, y suscita en otro artista el deseo de crear una obra de arte sobria, bella, se convierte en un producto bicéfalo al que comprenderán mucha gente que quizás leído no lo entendían. Se multiplica la difusión considerablemente. Llega mucho más el poema. A mí me gusta en gran medida eso que ocurre, porque lo estoy descubriendo todos los días en la televisión y voy notando también la desaparición, poco a poco, de las letras malas, de las que nunca tuvieron ni poesía ni belleza. Y como para mí ahora lo ideal del oficio poético sería hacer un montón de canciones que la gente cantara por las calles —y esto no sé si lo dijo Antonio Machado— y a la vuelta de un tiempo se olvidaran de quién las hizo —ya no tuvieran autor— y se cantaran como canciones populares. Esa sería la verdadera incorporación de la poesía al pueblo. ¿De quién sería, quién habrá escrito esta canción? Y el poeta ahí, en su tumba, con los huesos dándole saltos de alegría. Porque de verdad que ese es el gran triunfo de un poeta, que su poesía —la que recogió con su red para tratar de explicar o hacer mejor el mundo— se funda con el pueblo, la canten los obreros y la sientan como suya, aunque se olviden del nombre del autor. Con la vieja poesía anónima española ha ocurrido eso muchas veces. ¿Quién hizo el Romance de Gerineldo? Y también ocurre en Machado. Pero es que él tenía ese mismo pensamiento sin duda alguna. A veces tú no sabes si una copla de esas de Antonio Machado, por la forma en que él te la coloca dentro del poema, es la cita de una creación popular o si es una cosa suya. Esto mismo:

En el corazón tenía
la espina de una pasión.
Logré arrancármela un día,
ya no siento el corazón.

¡Qué aguda espina dorada,
quién te pudiera sentir
en el corazón clavada!

Eso podía haberlo cantado alguien una Semana Santa en Sevilla y recogerlo después Antonio Machado. Lo más lógico es que lo haya hecho él, pues tiene una perfección tremenda.

Otra cosa importante es cierto regreso a la décima, o sea, el volver a cultivar la décima, que ya se estaba olvidando y se consideraba como un género inferior, del guajiro, del campesino, como facilismo. Y de pronto, aparecen por ahí nuevos poetas que empiezan a hacer unas décimas en las que la belleza poética es extraordinaria, y donde la musicalidad de la forma clásica y el sabor son tan típicamente cubanos, tan nuestros, que tú oyes una décima y piensas que no pudo haber nacido más que al lado de una palma y bajo el sol de Cuba, que no nos puede haber llegado de España. Ahí está Osvaldo Navarro que ha conseguido cosas muy bellas, distintas de las de Florit, que sí hizo alambiques, retorta, pero que no consiguió darle el sabor cubano a sus décimas. A mí todas esas cosas que están ocurriendo me llenan mucho de alegría, sinceramente.

¿Qué decirle a los jóvenes en este caso? ¿Es o no es, como nunca, necesario seguir el consejo de Martí de hacer una literatura servicial y fuerte? Si nos ponemos a mirar un poquito lo que está ocurriendo en el mundo, sisabemos, y lo sabemos, que hay una cosa que se llama diversionismo ideológico y que es la gran estrategia del imperialismo en estos momentos: apoderarse de las cabezas de la gente, no arrancándoselas, sino llenándoselas de veneno, qué tremenda importancia tiene que los poetas cubanos luchen con su poesía contra eso. Es extraordinariamente importante porque ellos (los imperialistas) están tratando de invadir todos los campos: la música, la literatura, la plástica.

Yo quisiera tener tiempo para poder terminar esa obrita de teatro que estoy escribiendo y que se llamaría  Manzanas podridas.

 

Porque el diversionismo no es otra cosa que echar manzanas podridas en la caja de las sanas, y así querer que se pudran todas las otras.

<<<Poemas y cuentos, Bolsilibros Unión, La Habana, 1965

Por otra parte, volviendo a retomar la idea que dejé ahorita, quiero reiterar que los nuevos poetas no pueden olvidar lo importante que es ese camino de la sencillez y el despojamiento de la palabra, y que yo sé que es el más tremendamente difícil —todos los poetas lo saben; llegar al despojamiento, a la desnudez del verbo. Eso es Martí, Machado, Manrique, toda esa gente valiosa. Pero primero hay que meterse bien adentro la óptica, pues somos marxistas-leninistas o queremos serlo, y tenemos que hacer una poesía que refleje nuestro mundo. Y eso no es ni simplificarla ni esquematizarla, ni es facilismo, esa otra cosa que han inventado por ahí. ¡Qué facilismo ni facilismo! Facilista es un poeta que le chorrea la poesía. Lo contrario de ése que se encierra en un gabinete con cuatro mil libros y saca un poquito de allá y otro poquito de acá, y con eso construye un mecanismo de relojería al que luego va y lo llama poema. Puede haber un facilismo genial, como el de Lope de Vega, que era del carajo como facilista. ("Muchas de estas obras, en horas veinticuatro, pasaron de las musas al teatro"). Así es que vamos a ponernos de acuerdo acerca de lo que es y lo que no es facilismo.

Lo más importante es llegar a la gente. Yo, por la parte que me toca, estoy pensando en esto a pesar de todo el amor que tengo por esa poesía que he escrito durante tanto tiempo: de profundidades, sugerencias, alusiones. Y, desde luego, esto no quiere decir que no la voy a seguir escribiendo. Pero ahora intento poner el acento en la canción, en la copla, en aquello que pueda ser fácilmente comprendido, fácilmente musicalizado. ¡Ojalá supiera tocar guitarra!

En cuanto a la narrativa, creo que no hemos avanzado tanto en este sentido de encontrar un camino mejor. Claro, nos está pesando todavía un cúmulo de vivencias que están ahí y surgen, y de las que necesariamente hay que escribir. No obstante, desde el punto de vista formal, creo que habría que tener un poco de preocupación por la claridad, por esto de la comunicación. Honradamente, hace poco comencé aleer un libro premiado y no pude seguir. Había páginas llenas de belleza, atravesadas de poesía, pero era una novela charada, una novela acertijo, de esas con las que hay que hacer un esfuerzo tremendo para leérselas.

No se trata de volver a escribir cuentos como Maupassant o Chéjov. Se pueden inventar más cosas formales que un diablo, pero sin que el lector se desespere ni se rompa la cabeza queriendo saber qué fue lo que pasó. Aquello a lo mejor le gustó, inclusive hasta puede haberle gustado mucho la poesía u otras cosas de la narración, en fin, todo lo que pueda haber en un cuento; pero llega el momento en que se desespera y no entiende lo que lee, no lo soporta más. Entonces, de pronto, se tropieza con una novela lineal, directa, y respira como si lo hubieran sacado al campo, al aire fresco, después de haber vivido un año en un cuarto cerrado y lleno de humo. Es que ya va siguiendo un hecho, una trama.

Necesitamos decir las cosas de la mejor manera posible. Sí, necesitamos experimentar con la forma y crear en ese sentido; pero que no se nos olvide que escribimos para los demás y no para nosotros o para regodeo personal.

Con esto sé que me estoy tirando disparos en la barriga, porque he escrito tantas cosas con las cuales me ha importado poco que las entiendan o no. Me ha gustado hacerlas y las he hecho. El surrealismo. Pero si vamos a colocar las cosas en su lugar, tenemos que decir esto es así aunque nos toque individualmente.

Hace falta una narrativa que nos refleje, que se cubanice, que es también un poco americanizarse. Que en nuestras obras se sienta a Cuba y con ella a América. Y si llevamos algo al extranjero, que se evidencie que es nuestro, que nos refleje a nosotros y a la Revolución Cubana.

Indudablemente, hay un crecimiento cuantitativo en la cuentística, pero hay que insistir también en lo cualitativo. Si logramos que se interesen miles de gente por la literatura a través de un ensayo personal —hacen su cuentecito, lo mandan a un concurso, etc. —, lo más probable es que ese compañero siga leyendo si se da cuenta de que no, de que eso no es lo suyo. Sin embargo, le quedará por dentro el bichito de la curiosidad literaria. Será una forma de ir creando hábitos de lectura e, incluso, de elevar el nivel cultural. Desde luego, lo deseable es que tengamos una docena de cuentistas que dentro de diez años sean clásicos en la literatura mundial. Concluyendo: lo cuantitativo como una forma de difundir la cultura, pero no de crear, que eso no se inventa.

De todas formas, creo que es bueno el aluvión de concursos que hay; siempre aparece una posibilidad de surgimiento, un valor perdido por ahí, alguien que no ha tenido manera de publicar y que a través de estos eventos se da a conocer y llega.

Y en relación con ese viejo tema de las influencias, yo diría que casi siempre funcionan como las modas. En muchos casos se quiere seguir la moda y algunos escritores se van por ahí, tras esa corriente, y ellos mismos se metan la posibilidad invencionera real del hombre. Entonces dice: esto fue un triunfo allá, esto fue un triunfo acá, vamos a hacerlo. Y resulta que no tiene nada que ver con nosotros y se les olvida que hay que lograr un movimiento más grande que ninguno otro con nuestra literatura, y que tenemos la posibilidad de hacerlo. Porque, sinceramente, aquí nunca habíamos contado con tanta gente, con tantos creadores jóvenes valiosos como ocurre ahora.

Tomado de: El Caimán Barbudo, dic. 1974, pp. 16-18