Imaginarios: Félix Pita Rodríguez

Un aventurero como Marco Polo, Félix Pita Rodríguez

Por Mercedes Santos Moray

Como de esos libros que caen en nuestras manos por azar, así llegó a mí el Elogio de Marco Polo, de Félix Pita Rodríguez, lectura que disfruté, y texto que reseñé para El caimán barbudo pero, y que sobre todo, me sirvió de llave para penetrar en el reino de aquel poeta y narrador nacido en Bejucal, hace ya cien años.

Desde entonces, como tantos jóvenes, la visita se hizo constante, y me convertí en una amiga habitual de Félix y de Carmen, al tiempo que cultivaba también la amistad con su hijo, el periodista Félix Pita Astudillo, con la nieta de Félix e hija de Felito, Lien, nombrada así como tributo al pueblo de Viet Nam al que tanto quería su abuelo, y en especial al presidente Ho Chi Minh, cuyos versos tradujo del francés al español para su edición cubana.

No había distancias, ya fuera tras la hora sagrada de la siesta vespertina o en las primeras horas de la mañana o cuando el crepúsculo caía sobre Marianao, y entonces, bajo la mirada burlona de los cuadros de su entrañable Carlos Enríquez, o de una de las gitanas de Amelia Peláez o al abrigo de los colores acres de Fidelio Ponce se establecía el diálogo, mayoritariamente un monólogo que me permitía transitar por otros tiempos, épocas y ámbitos geográficos, gracias a la memoria de Félix.

Y desde el parque de Bejucal, seguir sus relatos de piratas y corsarios, o emprender la marcha hacia Guatemala o México, e incluso compartir el ajenjo de un café del barrio latino en el corazón de París, mientras en las mesas aledañas podíamos ver a Tristán  Tzara, André Bretón, Paul Éluard o Louis Aragón.

Además, con ese aventurero impenitente que era Félix, íbamos por la geografía africana, bordeando la costa del Mediterráneo, acompañados por Carlos Enríquez, y varias copas de brandy, o remontábamos el estrecho de Gibraltar, y empezábamos a sentir la metralla, mientras los escritores se reunían en Madrid, Valencia o Barcelona, presididos los cubanos por Juan Marinello…

Y, también gracias a su locuacidad, seguíamos los bombardeos, los nervios disparados de grandes de las letras, las camisas de las brigadas internacionales, las voces de mando del Quinto Regimiento, el discurso humanista de don Antonio Machado, los poemas de Miguel Hernández, de Rafael Alberti, de Federico García Lorca, los destellos de fe y de pasión de los milicianos, la anchura de las espaldas de Pablo de la Torriente Brau, con su chilaba de moro, ver cómo en chancletas salía Alejo del refugio, mientras Marinello se anudaba la corbata…y cómo Pablo Neruda, César Vallejo y Nicolás Guillén escribían sus poemarios y cantaban la resistencia de los republicanos en la Guerra Civil Española.

Pita visto por el caricaturista salvadoreño Toño Salazar (París, 1930)>>>

Llegaban los nazis a París, Félix como Wifredo Lam y otros debían emigrar hacia América, la escala era Santo Domingo y luego Cuba, los periódicos de la izquierda como Hoy, y la emisora Mil Diez, años más tarde la televisión, tanto en Cuba como en Venezuela…y Félix escribe, parece insaciable, aunque los versos le golpean la nuca, como los cuentos…y escuchó el latido de Francois Villon…los vaticinios de Nostredamus….que se adentran en su poética, alimentada por la experimentación y la búsqueda, a veces desigual, siempre legítima y auténtica, por lo sincera que es la herida desde su Corcel de Fuego hasta Historia tan natural

Unos años después, y al preparar una antología de sus poemas, busco un título y ninguno puede ser mejor, a pesar de su paradoja implícita que Recordar el futuro…

Hay vientos de Revolución, cae Batista y Félix regresa para incorporarse, son los tiempos épicos de Girón y el Escambray, y brotan sus versos, esos que son poesía como consigna…no teme el panfleto…ni las críticas, escribe sencillamente lo que siente, porque es honrado, aunque se equivoque, mantiene su lealtad a sus principios…a veces zigzaguea…de un azafrán al lirio parece que avanza, y no se amilana ante los ripios ni tampoco se preocupa por la posteridad…no es la suya una corriente esteticista, aunque sea la belleza el alimento de su espíritu como la presencia de la mujer para su carne.

Félix, paciente, escucha versos, décimas, cuentos, ensayos, críticas, mucho que sobrará…pero no es paternalista, sino directo, señala defectos, brinda consejos útiles, aunque siempre tiene como divisa el legítimo derecho de errar, para crecer cada cual como ser humano y como artista por su propio sendero.

<<< Sobre la vida y obra de Pita (Letras Cubanas, 1983)

La suya es una voluntad apasionada… no elude su militancia política, ni teme que lo califiquen de extremista…sencillamente sueña, como aquel Marco Polo…y escribe mientras la luz le alcanza… y luego dicta cuando la ceguera le cierra la ventana propia y depende de otros…pero jamás hay tristeza, siempre alegría, fuerza y energía, en ese cultísimo escritor autodidacto, de orígenes muy humildes, que como tantos otros se hizo a sí mismo. Ese maestro, que supera la tinta y el papel impreso…y se abre a la amistad y la camaradería, es el que siempre guardaré en mis recuerdos, como cuando estructurábamos aquel cuaderno que le dedique a su vida y a su obra, La doble aventura.

Enero de 2009

Prólogo a Las Crónicas: poesía bajo consigna

(Fragmentos)

Por Heberto Padilla

Este libro de Félix Pita Rodríguez tiene el destino de las grandes obras. En él coexisten —sin ninguna circunstancia de pugna o exclusión— el amor y la diatriba, la piedad y el anatema que están siempre vivos en el fondo de las causas por las que han muerto hombres.

Nunca he  leído un libro menos literario,  más carnal, más entrañado en su momento histórico; y, por lo mismo, más cargado de perdurabilidad. Yo sé que mañana, cuando la contingencia que inspiró estos poemas haya sido definitivamente superada, Las Crónicas continuará siendo imprescindible para la comprensión cabal de los hechos históricos que recoge; pues nadie como Félix Pita Rodríguez ha logrado trascender la pura palabra descriptiva o exaltada para alabar o condenar con tan poderosa fuerza y destreza.

He aquí al poeta verdadero vuelto al destino simple y doloroso de los hombres; he aquí el poema testimonial hecho con los materiales de cada día, comprometido en la lucha que predica y abarca, sin excluir deliberadamente nada como quería Neruda que fuese, sin aceptar deliberadamente nada; la entrada en la profundidad de las cosas en un acto de arrebatado amor.

(…)

Pita (…) modificó el prejuicio de que para llegar al pueblo es necesario rebajar la calidad poética o enfrascarse en un neopopularismo que, pretendiendo rescatar la frescura primigenia de lo poético popular, acaba por convertirse en un remedo elemental de lo que siempre seguirá siendo intransferible.

Lo popular, pues, se da en este libro de muy distinto modo. Aquí no aparecen esos esquemas neopopularistas extraídos del habla de nuestras gentes y aplicables a cualquier situación; ni la técnica viene a determinar aquí las imágenes que deben o no escribirse, las expresiones de difícil o fácil comprensión, que para eso no ha sido escrito Las Crónicas; pero hay, sin embargo, en cada poema de este libro, el estremecimiento del artista frente a una realidad política que, desde luego, lo sobrepasa, pero que impregna su obra de una especie de lealtad callada, de ternura sin énfasis; y de reacciones enardecidas contra todo lo que se opone a la realidad de su entusiasmo y su alabanza.

Poesía popular ésta, porque no ha traicionado ninguna de las virtudes eternas de lo poético; porque, nacida de una Revolución que ha transformado el destino de nuestro pueblo, la canta y enaltece con la excelencia de la mejor poesía; popular, además, porque se la siente como dictada por la misma respiración de la gente; hecha para decir, como las canciones de gesta; desprovista de dificultades a priori (no hay en el libro imaginería gratuita que agrega retórica a la retórica), de modo que pueda ser leída en voz alta y encuentre una adhesión directa e inmediata del lector; poesía popular, en fin, porque no está hecha por un hombre que dice estar solo, sino por un testigo comprometido que al cantar como suyo el sentimiento y el fervor de todos, se encuentra con que sus palabras están ennoblecidas por una fuerte y duradera nobleza.

"Tenemos una prisa tremenda —dice Pita— una prisa de sobresaltos increíbles. Nos estamos jugando nada menos que todo lo que debe ocurrir mañana..."

Tal vez parezca sorprendente que yo escriba las palabras de presentación para Las Crónicas, pues ni siquiera había yo nacido cuando el entonces adolescente Pita era ya un destacado renovador de nuestra literatura; pero es que, siendo de dos generaciones completamente diferentes, de dos circunstancias históricas afortunadamente opuestas, he aquí que la Revolución nos hermana sin cronologías de ningún género, y lo pone a él a decir su poesía con un fuego juvenil que supera al más bisoño y a mí a dar testimonio emocionado del hecho.

A mí me ha correspondido, además, el celebrar, con el entusiasmo de mi generación, la vuelta a la poesía de un poeta que se había alejado de ella desde los tiempos en que se preguntaba angustiosamente:

"¿Es acaso este oficio de sombra el que conviene al artesano corazón dormido?"

Desde la época de sus afirmaciones patéticas: "el hombre queda solo sobre la tierra en llanto".

"Landas innumerables,  ¿Cómo una voz tan solo lo pudiera?"

"Tal vez pueda decirte solamente esta noche... que cinco muertes antes tu mano ahondó en mi pecho, que cinco muertes antes me dijiste gimiendo lo que gimes ahora, repitiendo, gimiendo..."

Después del desconsuelo, del pesimismo, del desencanto estéril; después de un renunciamiento que había privado a nuestra literatura de una de sus voces legítimas; después de aquellas tardes en que solía preguntarle: "¿Por qué no escribes más versos, Pita?" y él ofrecerme sus amables pero inconvincentes evasivas, vuelve Pita con una poesía entusiasta, dinámica, aligerada de las preocupaciones de su juventud; hecha con "palabras que terminaron su tarea hace un momento, palabras que acaban de servir a un hombre o a muchos hombres", una poesía donde "las angustias metafísicas son laboriosas artesanos", y ya definitivamente lejos de la soledad desamparada y ciega.

Aunque Pita es un hombre dotado para la creación artística en sentido total (cuento, novela, teatro), siempre he creído que la poesía es su zona natural.

(…)

Corcel de fuego, Colección Cofre, 1948>>>

 

Los clasificadores de la literatura nacional (con excepción de Roberto Fernández Retamar que ha escrito lo justo) no le han dado a la poesía de Félix Pita Rodríguez el sitio que le corresponde. Como sus poemas andaban dispersos en periódicos y revistas y hasta en la memoria de sus amigos, y sólo tardíamente decidió el autor recogerlos en un volumen de gran importancia (Corcel de Fuego), los críticos que admitieron su indudable calidad, no la situaron en el sitio histórico correspondiente.

Yo no creo que ésta sea ocasión para ventilar asuntos de prioridades o excelencias líricas; pero afirmo que los poemas vanguardistas y posteriores de Pita Rodríguez son de los más interesantes y logrados de su momento y de los pocos que, verdaderamente, revelaban a un artista consciente de la aventura renovadora a que estaba entregado.

Ahora Las Crónicas, poesía bajo consigna viene a desempeñar, en nuestra literatura, una función histórica de la que Nicolás Guillén y Navarro Luna fueron admirables precursores.

Me agrada pensar que mañana se leerán estos poemas con la emoción que yo experimento al leer los versos de Antonio Machado o Rafael Alberti, escritos durante la heroica defensa de Madrid, o cuando repaso los poemas de Aragón y Eluard de los años de la Resistencia francesa.

Por su fuerza lírica, por su calidad total, por su entrañable amor a la causa que lo inspiró, Félix Pita Rodríguez quedará en nuestra literatura como un alto ejemplo de voluntad de servicio revolucionario y de logro poético.

La Habana, 1961.

Tomado de: Félix Pita Rodríguez, Las Crónicas: poesía bajo consigna, Ediciones Nuevo Mundo, La Habana, 1961

 

Prólogo a sus Poemas y cuentos

(Fragmentos)

Por Ángel Augier

En este volumen, se recoge lo fundamental de la obra de Félix Pita Rodríguez: es decir, lo fundamental de una obra aún en proceso y que todavía reserva fruto jugoso, tanto o más que el que nos ofrece en estas páginas. Se trata de una obra por la que circula el hombre en su conjunto de sangre y sueño. Quiere decir esto que el autor está en ella desde dentro, con su tremenda circunstancia en cada etapa de su evolución, con su músculo tenso aún en los momentos más plácidos o regocijados, con su imaginación portentosa que no es sino la forma en que la realidad se rompe en reflejos dentro de uno mismo, como un cristal estrellado que deslumbra y resuena y hiere, y hace sangrar. Una imaginación que jamás reniega de su realidad original, y que siempre se expresa en lengua excepcional de poeta. Hay aquí poemas y cuentos de Pita Rodríguez. Pero ya veremos que el poeta siempre se impone, sin mengua del narrador.

<<< Pita Rodríguez, por David, 1979

(…)

Hemos advertido que el poeta genuino que hay en Pita Rodríguez, trasciende su obra narrativa. Una profunda veta poética recorre e ilumina todos sus cuentos, sin que en ningún momento el soplo lírico logre predominar sobre la línea del relato, para debilitarla —para convertirla en más poesía que cuento—- sino por el contrario, para aportarle al género un aliento de impar belleza. Es un estilo puro y limpio el de Pita, como el de agua clara, transparente, en cuyo fondo contemplamos el desfile de los rostros de hombres y mujeres con sus rasgos precisos, no sólo los físicos sino también los espirituales. Una humanidad doliente y afiebrada, hecha de carne de realidad aunque el autor la haya puesto a circular en ese pueblo surgido del sueño que es Montecallado; una humanidad que no cesa de luchar por hacer que florezcan sus mejores ramajes. Porque la mayoría de los protagonistas de Pita Rodríguez aspiran a que sus vidas resplandezcan tales como son, sin máscaras ni dobleces. Y que sus palabras sean expresión de sus sentimientos, no disfraz de su hipocresía.

Cada personaje de sus cuentos va penetrando en la sensibilidad del lector —y cada suceso y cada palabra— suave y fluidamente, como si entraran con la luz y el aire y sin embargo sintiéndoles la sustancia viva. La agonía de la vida y el soplo de la muerte se perciben en estos cuentos, en medio de imágenes y giros que hacen resplandecer esta prosa madura y fresca a la vez.

Tomado de: Félix Pita Rodríguez, Poemas y cuentos, Bolsilibros Unión, La Habana, 1965

 

Pita Rodríguez, poeta y narrador

(Fragmentos)

Por José Lorenzo Fuentes

“Alguien me preguntó una vez, cuando este libro comenzaba a nacer en mi corazón, si Montecallado estaba en realidad en alguna parte. Al principio fue como un sobresalto. ¿Qué responder? Nunca se me había ocurrido que tal pregunta pudiese ser formulada un día.” Estas palabras de Félix Pita Rodríguez, puestas a la cabeza de un relato admirable, son toda una incitación a las reflexiones en torno al quehacer de un escritor. ¿Es la realidad sólo lo inmediato, lo que está al alcance de nuestras manos o también las emociones, los pensamientos, la observación e incluso hasta la documentación trasvasadas por la sensibilidad del artista, llevadas a un punto más allá de toda referencia ordinaria? La respuesta, por suerte, la tenemos en el resultado del trabajo de los verdaderos creadores: ese resultado nos dice, que el artista no es un simple amanuense de la realidad sino un hombre que a la realidad añade su particular modo de observar cuanto lo rodea. Por eso Montecallado, el escenario de tantos cuentos de Félix Pita —existe y para siempre existirá aun cuando la geografía nos desmienta. Basta saber que allí vivió Stella, Abul y Damián, que mujeres y hombres como nosotros, desde esa tierra imposible, contaron sus angustias y alegrías y soñaron con un mundo posible: el que crean los capaces de sostener el afán de justicia frente a toda opresión y miseria.

<<<Tobías, Editorial Lex, La Habana, 1955

Junto a Carpentier, Marinello y Guillén, en España>>>

Montecallado es, en suma, la anticipación poética del mundo a que siempre aspiró Félix Pita Rodríguez, desde que, muy joven aún, conmovido por la tragedia de España, integró la delegación cubana al Segundo Congreso de Intelectuales en Defensa de la Cultura, junto a Guillén, Marinello, Carpentier y Fernández Sánchez. Montecallado, de esta forma, no puede ser más real: tan cierto es que la historia lo ve ahora a él, a Félix Pita, vestido de miliciano, alborozado en la realización de su sueño, como un personaje más de su inventada geografía.

Tomado de: El Mundo del Domingo. Suplemento del periódico El Mundo, octubre 30, 1966, p.3

 

Prólogo a su Poesía

(Fragmentos)

Por Aimée González Bolaños

La obra de Félix Pita Rodríguez constituye un momento altamente significativo en el desarrollo de las letras nacionales. En ella se destacan los logros estilísticos, su lengua literaria depurada. Hay un amplio dominio de la potencialidad imaginativa que se plasma con maestría, de forma tal que la riqueza de la fabulación y la sutileza poética resultan rasgos distintivos, pero sobre todo se hace relevante en el aspecto de su temática que progresivamente alcanza firme trazado histórico.

Su literatura se nutre de una vida plena, inquieta, difícil. Sus viajes geográficos y el viaje moral dejan marca evidente. Así el istmo de Tehuantepec, París, España, Marruecos, Viet Nam, han sido jalones de la obra. ¿Cómo concebir Montecallado sin España, Las noches sin París, Tobías sin el Istmo, Las crónicas sin la patria en Revolución, la versión justa del Diario de prisión sin la gesta del pueblo vietnamita, Elogio de Marco Polo, Historia tan natural y Tarot de la poesía sin el mucho y profundo andar?

El tiempo histórico lo forja: testigo y parte de su época.

Islas 62, Cronología de la vida y obra de Félix Pita Rodríguez>>>

Su obra se inicia en la seudorrepública de la segunda generación. La revolución antimachadista y antiimperialista ejerce influencia cuando recién ha empezado la formación. La cristalización de la vocación literaria se produce en Francia, parte ya de las tensiones del período de entreguerras. España, primera escalada del fascismo, lo alerta y concientiza, lo hace arrojar el lastre del desarraigo, constituye la piedra de toque de toda su generación. Respira la situación europea de preguerra; y, en la década del 40,  el regreso lo enfrenta dramáticamente a la asfixia política, cultural y espiritual propia de la resaca contrarrevolucionaria. La lucha insurreccional y el triunfo de la Revolución superan las formas de vida y creación conocidas. Esta experiencia nueva, esta dimensión superior se corresponde orgánicamente con la creación. La lucha frontal de los primeros años hace posible la poesía de mayor envergadura, representativa y candente: Las crónicas. La hora anticolonialista, antiimperialista, de solidaridad combativa, encuentra en su letra fondo visible, apasionado.

(…)

Tomado de: Félix Pita Rodríguez, Poesía, tomo 1, Letras Cubanas, 1978

 

Quiere decir olvido

Sobre la memoria en Historia tan natural, de Félix Pita Rodríguez

Por Desiderio Navarro

El que esto escribe sabe de los caprichos de la memoria. Sabe que la memoria es un animal salvaje, impredecible. Sabe que ella dispone sus luces y telones con libre albedrío, que no hay realidad que resista los toques  de su arte.

Y sabe también que toda realidad que ha consumido su tiempo va a parar inevitablemente a su taller de alquimia. Esos lugares comunes los conocemos todos.

Pero la memoria además de tener sus evidencias, es rica en paradojas, falacias, laberintos, sofismas. Son éstos los que Félix Pita Rodríguez explora en Historia tan natural. Este no es un libro de memorias, es un libro sobre la memoria. Pero en él nada se aprende de esa árida facultad que describen los manuales de psicología bajo el mismo nombre. Porque el poeta no cree que la memoria es la cámara fotográfica que acopia instantáneas para el álbum de un turista, no cree que la memoria es un amarillento libro de actas donde un notario asienta lo que juzga importante. Porque, por el contrario, él cree que la memoria es una pasión y una voluntad. Y si para él la memoria todavía pudiera tener algo de espejo, no se trataría de un domesticado espejo común, sería uno de esos infernales espejos hiperbólicos que se las arreglan para reflejar lo que en su lugar no mostrarían los espejos ortodoxos

El que esto escribe ha visto de cerca cómo los ardides de la memoria responden a las más apremiantes necesidades del hombre. Visitando esos lugares donde se recluye a los que han perdido brutalmente la paz del espíritu, el que escribe ha podido ver cómo, un hombre defiende de toda herida sus más descabelladas pero sinceras pasiones borrando los recuerdos de años enteros de su vida, o cómo deforma y se inventa los recuerdos para hacerse de otro pasado que le haga más soportable su presente, o cómo se asombra, maravillado, ante la más acostumbrada escena con la sensación de algo jamás visto, o cómo queda igualmente perplejo con la certeza arrolladora de que la nueva situación que tiene ante sus ojos es algo que ya ha vivido antes.

Y esto es lo que el poeta nos hace entender, que si bien el recuerdo es acicate del deseo, también la afirmación recíproca es cierta: el recuerdo es aguijoneado por el deseo. Y el recuerdo bien sabe someterse al deseo que lo despierta. Porque la fantasía, así lo demuestra Historia tan natural, no es otra cosa que el deseo retocando el recuerdo que lo convocó. La nostalgia es la primera fantasía del hombre, ella es la  fuente de todos los desvaríos de la imaginación, el motor de la rebeldía. Porque hay puntos oscuros, como vórtices o cráteres, en la vida de todo hombre, en los que el recuerdo echa raíces finísimas y profundas, tal vez sean sólo instantes o vislumbres en medio de toda una vida que bien vale la pena olvidar, pero bastan para que en ellos nazca y se alimente la nostalgia.

Se dice que la nostalgia es el deseo de volver al pasado. Pero el poeta no lo entiende así. Porque si bien todos los hombres son asaltados por la nostalgia, hay unos que renunciando al presente se irían tal como están a acariciar en su tiempo el objeto de su recuerdo, otros, los que saben que cualquier tiempo pasado fue peor, se esfuerzan por traer sólo a ese objeto en medio de su presente o su futuro. La misma diferencia que hay entre naufragar y rescatar. Y el poeta no es de los que deja su aguja extraviada en el pajar.

Si el recuerdo es cabalgado por el deseo, entonces el tiempo lineal queda abolido. Será posible así que Félix Pita Rodríguez nos hable del recuerdo de cosas que aún no han sucedido, de una nostalgia del futuro. Pero si toda nostalgia, todo rumiar una imagen incierta, esconde lo trágico, también su contraparte, el olvido, guarda una profunda angustia. Porque el olvido, nos dice el poeta, es un mal necesario. El olvido es una herramienta para moldear nuestra realidad. Rebelde herramienta. Pero el poeta sabe de los caprichos de la memoria. Sabe que la memoria del hombre propone y el olvido dispone. Sabe que todo recuerdo es un drama en un acto. Que hay recuerdos que ocultan un olvido.

El que esto escribe dice finalmente que los poemas de Historia tan natural persiguen algo que se nutre de olvido. No digo que no fuera ni digo que es posible.

Tomado de: La Gaceta de Cuba, junio de 1971, p. 31

 

 

Proceso contra el hombre de las mil vidas
(Sobre una idea del adusto fiscal Eliseo Diego)

(Fragmentos)

Por Waldo González López

El fiscal Eliseo Diego acusa al gran impostor

De la obra actual del llamado Félix Pita Rodríguez no nos ocuparemos aquí: los poemas de Corcel de fuego  (1935-45), los cuentos de Tobías (1954), las Crónicas (poemas, 1960), y el reciente Tarot de la poesía (1975) pertenecen ya a la historia de la literatura latinoamericana y sobre ellos se ha escrito mucho y se escribirá; mas ¿qué piensa ese otro lector ni escrupuloso ni ingenioso sino meramente tonto? ¿Qué clase de impostor se figura que es éste con quien nos la habemos? Dejemos, repito, a un lado cuanto corresponde a su papel de ahora. Pero El Elogio, Las Noches e Historia tan natural  (¡"natural" nada menos!) deben permanecer sobre la mesa: son piezas de convicción, pruebas aportadas al proceso (...) ¿Así que el mentado Félix Pita Rodríguez se dispone a celebrar su cumpleaños número setenta con cierta cocodrílica melancolía? ¡Vamos!

<<<Bohemia, marzo16,1979

Setenta veces setenta sería quizás un cálculo más aproximado. ¿Y por qué dice entonces, con un desparpajo que nos deja atónitos: "y soñando con vivir otra vez?”

Pero, en fin, el condenado impostor es simpático y no sólo magnifico y benévolo. A fin de cuentas, no queda más remedio, quieras o no quieras, que dar una gran voz diciendo: ¡Felicidades, Félix Marco Francisco Proteo Pita! ¡Sigue soñándote, para disfrute nuestro!"

 

 

Salvador Bueno, testigo, exonera al acusado

Letras cubanas, 1985>>>

Queremos darte las gracias, querido poeta, por los regalos maravillosos que has entregado, con la dimensión más ferviente de tu ser entero, a la poesía y la narrativa cubanas. Tus poesías y tus prosas, mágicas, musicales, límpidas, que nos han acompañado a través de muchos años de muy diverso carácter. Esos personajes tuyos —con su real perfil de sueños— han estado a nuestro lado, con nosotros y dentro de nosotros, y hemos podido tener como amigos entrañables a Fiorella, a Cosme y Damián, a Nina y Alarico, así como también a Félix Faustino Ferrán, miliciano de la Patria, con su fusil 5767, y a esos niños de Viet Nam que son ejemplo del mundo y heraldos del mañana".

Tomado de: Bohemia, 16 de marzo de1979