Samuel Feijoo: estética

 

Por Medardo Vitier

 

Lector,  si eres académico o gramático, o escritor purista, o respetuoso de la tradición literaria más establecida, lee La alcancía del artesano, y ya tendrás de qué escandalizarte. Pero esto lo sabía el autor cuando dejaba correr la vena de su espontaneidad, y quizá se regocijaba a solas.

<<<En la Biblioteca Nacional, 1962. Fototeca BNJM

Muchos conocen a Feijóo por sus escritos en Bohemia, donde ha pintado con realismo y ternura vidas humildes de gente de campo, de mar, de brega y de pena. Se le conoce menos en su tarea de antologista de cierta línea de poesía popular, que un día atrajo la atención y hoy es mero episodio de nuestras letras.

Menos todavía se conoce a este Samuel, no muy bíblico, a pesar del nombre, en su persona misma, desentendida de tantas y tantas "formas"  convencionales de la sociedad. En ese sentido resulta antisocial, aunque gusta de la tertulia con los suyos. Da la impresión de lo desconcertante  a quien por primera vez lo vea conducirse entre la gente.   ¿Cómo? ¿Un niño mal educado? No se asuste el lector porque lo acerco a un hombre de peculiar calidad. Cuarenta años. En cuanto a "mal educado", él no refleja en sus reacciones tal o cual sistema de educación ni  académica ni doméstica. Él se las arregla con un mínimo de concesión a las "tonterías de la multitud" que dijo Darío, y desde ese respeto reducidísimo, deja fluir su ser que es íntimamente incapaz de moldes. No nos percatamos bastante de que la convivencia nos  torna  moldeables y en parte mayor o menor dejamos de ser nosotros mismos. Feijóo se decide por parecer arbitrario y hasta zafio. Es una zafiedad de puro linaje candoroso.  A veces, oyéndolo, he pensado  que todos tenemos momentos de independencia en que quisiéramos reaccionar así, con desnudez interior, con diafanidad delatora de lo profundo, con irreverencia ante el ídolo de la norma petrificada.

Tal es Feijóo, y su persona exterior da idea del extravertido. Sin embargo en sus palabras y actos espejea una luz interior que él se guarda para iluminación de sus soledades. Que el ruido no ofusque al observador. En lo oculto duermen silencios de finísima condición.

Lo apuntado sugiere quizá que este Feijóo, villareño, apegado a no sé qué "nativismo" poético, trashumante por tierra y por mar, es persona arbitraria... No está de más advertir que es de juicio claro y realiza bien los menesteres que se le confían. Disonante sí es, en su opinar estético, en su estimación limpia de las mentiras consagradas.

Ahora publica la mencionada Alcancía. ¿Novela, ensayo, poema…? Dan ganas de adherirse a la teoría que niega la existencia de los géneros literarios, la que Alfonso Reyes, tan juicioso, limitó a prudente alcance cuando dijo que conviene conservar las "nomenclaturas", al menos para entendernos.

Sí, porque Feijóo, a tono con su vertiente anárquica, apenas deja margen al crítico para que lo sitúe. Precisamente eso es lo que no quiere, situarse ni que lo sitúen, porque situar, en este caso, implica que se adoptan normas, preceptos. Enseñó Pedro Henríquez Ureña, contra la vieja Preceptiva, que la individualidad es imprevisible. Tengo por irrefutable esa tesis. Nadie podía prever la individualidad, toda veteada de irreverencias, de Samuel Feijóo.

Volviendo a la estructura o mejor, a la esencia del libro, Feijóo no permite que con aceptable razón se le incluya en ningún género. Mucho de poemático hay en esa prosa cantarina, con cierto aroma de plebeyismo, que nos dice: ¿qué pasa?

No pasa nada insólito, porque nuestro tiempo ya registra notas afines. Recuerda uno, por instantes, a Gómez de la Serna. Pero no hay por qué intentar el paralelo. Se trata, no más, de cierto aire de familia. Gómez de la Serna escribe tranquilo, como quien dejó atrás pugnas, prejuicios. Feijóo los desecha también, pero se percibe que el héroe está todavía desprendiendo las raíces del árbol derribado.

Y hay elementos ensayísticos en La alcancía. La prosa no se sosiega: está en vilo. La   diversidad temática es torrencial. La pasión por la Belleza invade cláusulas, párrafos, páginas, Feijóo habla al oído al joven y lo inicia en los secretos iconoclastas. Que florezca la rosa íntima: sin que se le enreden lianas adventicias. Eso es lo que propugna.

Las páginas 92, 93 y 94 han entusiasmado a personas de alta calidad mental, y a fe que son de virginal emoción.


<<<En el Departamento de Música de la Biblioteca Nacional, 1960. Fototeca BNJM


Consigna Menéndez Pelayo el efecto que Martín Fierro produjo a Unamuno, que reconoció en aquel canto de agros nativos americanos el acento del labriego de Castilla. Feijóo ha empedrado su prosa, de suyo muy libre, con expresiones tomadas del habla popular, las que él ha oído de labios del sitiero, del marinero, del carbonero, es decir, de la gente sin letras que halla su expresión a su modo y a veces con vigor y color.

¿Qué más? Mucho más cabe anotar en torno a un libro que es ondulación y no cuerpo geométrico. Por ese rumbo van otros publicados anteriormente. En Feijóo interesa la teoría, como en el caso de su criterio estético, pero atrae más su personalidad.

Aunque parece que predica su credo poético, no ha de tomársele como patrón guiador sino como individualidad con derecho a sus rarezas.

Tomado de: Diario de la Marina, 3 de mayo de 1958, p. 4 A