Imaginarios: Gabriel de la Concepción Valdés (Plácido)

 Plácido, el poeta


Por Mercedes Santos Moray


Se han cumplido, el pasado 18 de marzo, los doscientos años, el bicentenario del natalicio del poeta Plácido, es decir, de aquel joven peinetero que nació en La Habana, hijo de un amor secreto y entonces ilegítimo, condenado por las costumbres y prejuicios de la época, entre una bailarina española (y blanca) Concepción (Concha) Vázquez y un criollo peluquero (y mulato) Diego Ferrer Matoso, y que entró en nuestra historia y literatura con el apellido de los expósitos: Gabriel de la Concepción Valdés.

<<< Librería de la Vda de CH. Bouret, París-México, 1904

Sólo vivió 35 años, que no llegaría a cumplir, cayó fusilado ante el plomo español, a consecuencias de aquel trágico episodio que conocemos como La Conspiración de la Escalera. En su época fue sujeto y objeto de polémica entre peninsulares e integristas y también entre los criollos y cubanos, más allá de aquellas primeras décadas del siglo XIX, para devenir y vivir nutrido también por la polémica, desde el juicio que menospreciaba su escritura o que la sobrevaloraba, amén de aquellas otras valoraciones de índole política, por las que fue calificado como traidor, delator, cobarde o como mártir y símbolo de un ideario independentista.

Ciertamente, las autoridades hispanas no se equivocaron, y más allá de la torpeza y arrogancia que las caracterizó, desde Tacón a O’Donnell, al frente del gobierno colonial, ellas supieron olfatear la presencia transgresora de aquel joven de fácil verbo, que podía improvisar y que cuando escribía, y publicaba muchas veces para contribuir al modesto sustento cotidiano, sus versos en algunos espacios, como en la Aurora de Matanzas, dejaba no sólo el testimonio de su cubanía, de la que estaba por cierto bien orgulloso, así como de su propia condición de mestizo, aunque como a otros criollos, ayer y hoy, se le pudiera sumar un epíteto, por su tez, el de “parece blanco”.

La perspectiva de su mirada, incluso en las imperfecciones de una educación no sistémica, su proyección hacia el amor, el sexo y la naturaleza, más allá de los poemas que, como otros, escribió como loas y expresó su talento, aquí con mayor medianía, dentro de los compromisos canónigos de su tiempo, en aquella escritura, en la que habitaba el ritmo y la armonía, así como una fértil imaginación que llegó a ganar los elogios, posteriores, de alguien tan conservador en ideas como don Marcelino Menéndez y Pelayo, en aquellos sonetos, décimas, quintillas y redondillas y en sus romances, especialmente en el que ha sido considerado como una muestra palpable del proceso de su madurez estética, me refiero a “Jicontencal”; en toda aquella poética de Plácido estaba ya la semilla de la otredad, es decir, del cubano, de Cuba en su poesía.

Como se afirma en el primer volumen, dedicado a la literatura colonial, de la Historia de la Literatura Cubana, elaborado por el Instituto de Literatura y Lingüística, fue Plácido el más publicado, en cuanto a libros de versos, de los líricos cubanos de aquel período, con alrededor de once títulos, más incluso que José María Heredia y que su otro célebre coetáneo, José Jacinto Milanés, para constituir estos tres poetas la cima de nuestra lírica en aquellos años fundacionales de las letras cubanas.

No sólo era hábil artesano con el carey, también lo fue Plácido con la palabra, y eso lo demuestran sus poemarios, desde aquel primer cuaderno editado en 1838, hasta en aquellos otros versos, como los de “Plegaria a Dios”, que según se afirma, fueron escritos durante su prisión, y antes de su fusilamiento, mientras negaba legitimidad a la confesión que se le endosaba, por el régimen colonial, sacada según algunos, por medio del tormento, e invalidada desde sus orígenes, en la que supuestamente inculpó y comprometió a otros cubanos de la alta cultura como José de la Luz y Caballero y el no menos polémico Domingo Del Monte.

Edición matancera (Imprenta de Gobierno y Marina, 1838)>>>

Como destacan algunos historiadores —tras larga investigación— Plácido no fue ajeno del todo a aquel convulso panorama ideológico, y según sus viajes y detenciones anteriores, cuando recorría pueblos de la Isla, como Remedios, Villaclara, Sagua la Grande, Cienfuegos y Trinidad, amén de su quehacer en Matanzas y La Habana, podía haber estado vinculado a las múltiples células conspirativas, que bien sabemos estallaron en la colonia, y que fueron orígenes de movimientos insurreccionales como los Caballeros Racionales y los Soles y Rayos de Bolívar, entre otros. También se manifestaba el primer Reformismo, contrario a la trata de esclavos y deseoso de blanquear la Isla, al tiempo que de introducir medios teconológicos que permitiesen desarrollar las plantaciones y la economía de la sacarocracia criolla, pero sin esclavos, temor in crescendo por su mayor presencia demográfica entonces y con el agravante del referente haitiano.

En todo ese contexto político, cultural y social se presenta Plácido, un mulato libre, al menos así creía serlo, que habitaba una colonia sostenida por miles de esclavos, en el emporio de una economía de plantaciones, sobre la base de la caña y del café, sometida a una metrópolis obsoleta en el proceso de un capitalismo que emergía y se expandía, como lo testimoniaba Inglaterra, y que complejizaba el panorama de Cuba, también dentro de un período en el que la mayoría de las colonias de Hispanoamérica habían concluido su etapa de lucha por la independencia y surgido como estados nacionales.

Sin la pasión cósmica ni la fuerza telúrica de José María Heredia, también sometido al complejo contexto de la colonia, que lo condujo al destierro y a la muerte en plena juventud; sin la subjetiva lírica de José Jacinto Milanés, que culminaría, vencida su razón, en la locura, al tercer poeta de la gran triada del primer romanticismo de la literatura cubana, a Gabriel de la Concepción Valdés, Plácido, le tocaría expresar la sustancia de lo popular en nuestra lírica, las dotes de su sensibilidad poética incuestionable, y recibir las balas para sumarse, desde el plano simbólico, al imaginario de una identidad de lo cubano en la construcción de su nacionalidad.

 

Plácido, poeta natural

 

Por Mariana Serra García, profesora de la Universidad de La Habana


Durante casi dos centurias, la vida y la obra de Gabriel de la Concepción Valdés (Plácido, 1809-1844) han generado un amplio corpus crítico predominantemente polémico. Un aspecto interesante en él, es que varios estudiosos argumentan —de una forma u otra— el criterio de Plácido como una especie de poeta natural. Creo que, a propósito de su bicentenario, esa visión amerita un comentario, aunque restringiéndolo a tres relevantes enfoques de la década del sesenta en el pasado siglo.

<<<Nueva Orleáns, Imprenta de la Patria, 1847

En su ineludible ensayo Lo cubano en la poesía, Cintio Vitier había calificado a Plácido de “juglar sencillo”. Ya sin el adjetivo, como cualidad esencial, devino título de su semblanza, en el conjunto de las dedicadas a los poetas decimonónicos (1968). En el primero de los textos mencionados, la comparación entre Heredia y Plácido llevaba implícita la contraposición de lo culto y lo popular. Inadvertido en su época, Vitier había captado un “sello de distinción oculta de este mulato hecho para la rima imitativa y fresca del sinsonte, para la improvisación graciosa y fulminante que riza las ondas del corro con risas y asombros”.(1). Después de indicar la variedad de registros poéticos de Plácido, dejaba anotado que, tras su lectura de “las quinientas páginas de Lo cubano en la poesía”, para Luis Cernuda fueron más gustosos los versos de “El veguero”, “por su naturalidad y limpidez”. Obviamente, el poeta andaluz no estaba alejado en lo sustancial de lo que describen semánticamente muchos de los adjetivos empleados por el propio Vitier. La lengua de Plácido es, para este crítico, “puro aire modulado por sílabas de destello y rocío. Con esa misma habla, metida en eco lunar y neblina de valles tocados por la aurora, dijo las sílabas que más nos fascinan de su escritura [.] en su romance al Pan de Matanzas” (2). La naturalidad aparece relacionada con la improvisación, la imitación, la frescura y la humildad.

Ediciones La tertulia, 1960>>>

José Lezama Lima, en el prólogo al segundo tomo de su Antología de la poesía cubana (1965), insistió en que “Plácido incorpora a nuestra poesía la gracia de la poesía juglaresca”, para luego sostener que: “Es innegable que en su verbo poético se expresan muchas de las condiciones de nuestra naturaleza, transparencia, juego de agua, enlaces finos y sutiles” (3). Y después: “Plácido no es un poeta en cuya formación ni desarrollo la literatura sea predominante, en realidad, forma parte de nuestra naturaleza, es fino, sensual, medido. Tiene algo de los finos valles de las provincias occidentales”. (4)

Ese procedimiento analógico recuerda el empleado por Martí cuando definió lo herédico como la distinción esencial en la obra de quien había conceptuado como el primer poeta de América. Además, la traslación de los rasgos de la naturaleza cubana a la poesía de Plácido hecha por Lezama es sumamente sugerente, porque creo que el énfasis no está puesto en la espontaneidad como rasgo asociado a lo popular, e implícito en el calificativo juglaresco. O sea, percibo cierto desplazamiento de la dicotomía culto / popular, a la de cultura / naturaleza, en la que este último concepto no aparenta una connotación peyorativa. Más aún, según Lezama, la poesía de Plácido no es como la naturaleza sino parte de ella.

Otra manera de estimar a Plácido un poeta natural es la de Samuel Feijóo. Más bien lo insinuó en su nota de presentación a la antología de romances cubanos del siglo XIX (1964), donde afirmaba que en Plácido estaban los antecedentes de un movimiento que Domingo del Monte ”centra, razona y sitúa”. En las palabras finales indicaba que ese movimiento había tenido “preludios naturales, inocentes”, en los que la “decisión cubana” era germinal e inocente (5). La alusión a Plácido podría colegirse de las afirmaciones anteriores. Nótese en este enfoque el nexo entre natural e inocencia.

En ninguno de los tres enfoques comentados lo natural aparece relacionado con la sinceridad. Precisamente por lo contrario vienen a la mente postulados martianos sobre la literatura y el arte, en que natural y sincero son consustanciales, y así mismo en la validación que hizo Fernández Retamar de Martí como “escritor natural”. (6)

Por otra parte, también me remite a la predilección de Domingo del Monte hacia Juan Francisco Manzano en el paralelo que hizo con Plácido (1843), porque —entre otras cosas— notaba una expresión más sincera de los sentimientos en el poeta esclavo, que en los versos simples, aunque armoniosos, del mulato libre. Pudiera decirse que para Del Monte el poeta natural era Manzano, pues Plácido “[l]ogró más instrucción literaria” y “en sus versos, por lo común rotundos y armoniosos, no se encuentran las incorrecciones gramaticales y las faltas de prosodia que en los muy sentidos y melancólicos del pobre esclavo”. (7)

Notas

(1) Cintio Vitier, “Poetas cubanos del siglo XIX” (Semblanzas), Crítica cubana, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1988, p. 289.

(2) Ibídem, p. 293.

(3) José Lezama Lima, Antología de la poesía cubana. Tomo II, Siglo XIX. La Habana, Editora del Consejo Nacional de Cultura, 1965, p. 277.

(4) Ibídem, p. 278.

(5) Samuel Feijóo (comp.). El movimiento de los romances cubanos del siglo XIX. Editora del Consejo Nacional de Universidades. Universidad Central de Las Villas, 1964, p. 6.

(6) Roberto Fernández Retamar, “Naturalidad y modernidad en la literatura martiana”. En: Ana Cairo (comp.) Letras. Cultura en Cuba 2, La Habana, Editorial Pueblo y Educación, 1989, pp. 415-442.

(7) Domingo del Monte, “Dos poetas negros. Plácido y Manzano”. En: Roberto Friol. Suite para Juan Francisco Manzano. La Habana, Editorial Arte y Literatura, 1977, p. 227.

 

El rostro de Plácido


Por Roberto Méndez Martínez

 

El 22 de octubre de 1899, el historiador Vidal Morales y Morales dio a la luz en El Fígaro un artículo titulado “El retrato de Plácido”. El título apenas aludía al asunto de la primera mitad del trabajo, pues la segunda, mucho más sustancial, estaba destinada a polemizar con su amigo Manuel Sanguily sobre la autenticidad de las últimas composiciones del vate, aquellas escritas pocas horas antes de su asesinato legal y que el célebre orador, discípulo de Luz y Caballero, se resistía a aceptar como salidas de su mano.

<<<Gabriel de la Concepción Valdés, litografía de R. Caballero

Sin embargo, valdría la pena detenerse en la cuestión, al parecer nimia, de la imagen del autor de la “Plegaria a Dios”. Asegura el autor del artículo que por esas fechas existían tres imágenes del vate: una, debida a Ildefonso Estrada y Zenea, publicada en 1885 en el Album para todos; otra, realizada por Sebastián Alfredo de Morales para su polémica edición de los versos del escritor en 1886 y un tercer retrato, debido al miniaturista aficionado Pío Dubroq. En su artículo, Vidal ofrece los resultados de una especie de prueba testifical, acude a las personas, ya por entonces escasas, que pudieron conocer al poeta, para intentar definir cuál era el más cercano a la verdadera efigie de Gabriel de la Concepción Valdés, de quien no se conservaba un daguerrotipo directo.

Los resultados son contradictorios. Plutarco González aseguró no estar demasiado satisfecho con la obra de Dubroq, “no obstante se parece”, en tanto el de Sebastián A. de Morales “no vale en parecido”. Por su parte, las señoritas Milanés, hermanas de los escritores José Jacinto y Federico, dejan correr la vena evocadora para, a partir de esas imágenes, hacer su propia pintura:

Plácido era mejor parecido de lo que pintó ese aficionado [Dubroq]: que la frente y los ojos son los mismos del poeta, pero su nariz y sus labios eran más finos.

Era Plácido, dicen, de regular estatura, aunque por ser delgado, envuelto en carnes y nada enjuto, ni flaco. Su cara guardaba proporción con su bien formada cabeza, y no tenían ni una ni otra la irregular y chocante desproporción que se observa en el retrato que ha dado a conocer el doctor don Sebastián Alfredo de Morales en el libro ya mencionado. En Plácido no se advertía aquel cuello tan largo y tan feo que allí se pinta. De frente ancha, sus entradas eran tales como aparecen en el boceto de Dubroq, pero no las que el doctor Morales le atribuye. Su cara angosta y aguileña no acababa en barba puntiaguda, y no se le señalaban los huesos de los pómulos ni los de las mandíbulas. Sus ojos hermosos y de color negro, la nariz recta y afilada, la boca pequeña y los labios delgados, formando todos estos detalles un conjunto agradable, bello y bien parecido. Su pelo era lacio y con las ondulaciones propias del que tiene ascendientes africanos. Acostumbraba usarlo largo, echado hacia atrás y ensortijado en la melena.

Las señoritas, ya entradas en años, pueden evocar en su casa matancera, a punto de concluir el siglo XIX —el suyo— “un pequeño bigote, negro como su pelo” y aún esa voz que era “de timbre argentino”. Tal vez exageraban cuando llevaban sus recuerdos hasta comparar la finura de rasgos de aquella fisonomía con “el ático semblante de Enrique Piñeyro”. Quizá ya comenzaban a confundirlo todo, pues para sorpresa del autor y los lectores, acaban concluyendo que el que más parecido tiene con el autor de “Jicotencal” es el retrato incluido en la edición de sus poesías, aparecida en 1847 en Nueva York, aunque este sea “muy imperfecto y apenas se destacan los rasgos de sus facciones”.

Edición de 1856>>>

Como ironía del destino, el imperfecto, pero medianamente fiel dibujo de Dubroq es hoy cosa de especialistas, porque el que se ha difundido en antologías poéticas, historias de la literatura, carteles y anuncios televisivos, es el tan justamente criticado de Sebastián Alfredo de Morales. Especie de triste caricatura, a la que la posteridad ha añadido o quitado, pero tratado habitualmente como “vera efigie”, así sucede aún con el relieve en bronce de la faz del mártir que Teodoro Ramos Blanco concibió para el conjunto monumental que se le encargó y fue develado en la Plaza del Cristo habanera hacia 1947.

Precisamente, el monumento de Ramos Blanco es hoy una especie de metáfora de nuestro desconocimiento de Plácido. La imagen principal sabemos que es infiel al original y no pasa de ser un estilizado clisé, mientras que las alegorías que lo rodean, gracias al polvo, la humedad, el abandono y los múltiples graffittis que manos anónimas han colocado sobre ellas, han acabado por tornar invisible el monumento o por resignificarlo como una celebración de la marginalidad o del sinsentido de la historia.

¿Qué retrato tenemos de Valdés, en pleno bicentenario de su nacimiento? Demasiados o ninguno. ¿Acaso el hombre gentil, elegante y cumplido que describen Jacinto Salas y Quiroga, Dolores María Ximeno y las hermanas Milanés, es el mismo mercenario y delator que pintan Domingo del Monte y Manuel Sanguily? Y ¿cómo relacionar cualquiera de esas pinturas con la del héroe que brota de las evocaciones de Juan Gualberto Gómez y otros autores en el periódico La Igualdad?

Todavía en vida del autor, el viajero y escritor Salas y Quiroga se queja de que: “Su clase [la de los intelectuales] lo tiene en oscuridad tal, que estoy seguro que ni su existencia será conocida a muchos de sus paisanos ilustrados”. Tras su trágica muerte, aunque algunos escritores procuraron sinceramente dar a conocer con la mayor objetividad posible al hombre y sobre todo al escritor, desde su primer biógrafo Pedro José Guiteras, pasando por Enrique Piñeyro, hasta Vidal Morales y Francisco González del Valle, la mayoría se inclina por una especie de identidad errada: todo Plácido está contenido en su relación con el Proceso de la Escalera, es decir con los meses finales de su vida y con la autenticidad o no de las delaciones que hiciera de ciertos intelectuales y miembros conspicuos de la élite de hacendados criollos. Al parecer, apenas bastaría con tomar un partido, condenarle como Del Monte y Sanguily, o rehabilitarle, al modo de José Luciano Franco, Leopoldo Horrego, José Antonio Portuondo o Nicolás Guillén, aunque entre ellos haya una inevitable gradación de matices.

<<<De Poesías Selectas, 1930

No es extraño pues que la propia convocatoria que acaba de circular la UNEAC al Coloquio Internacional sobre la obra de Plácido, que tiene cinco párrafos, dedique los dos iniciales y de mayor extensión, en su totalidad, a la que llama, como en otro tiempo “Conspiración de la Escalera” —aunque hoy se prefiera por los historiadores el término “proceso”— en la que parece centrarse la atención de tan importante evento. Para colmo, de las interrogantes que el documento se formula, sólo una es de carácter realmente literario. “¿Era Plácido un gran poeta?”, las otras quedan en el terreno histórico y llevan implícitas en ellas las polémicas que precisamente sustraen al autor de la labor literaria que realizó durante la mayor parte de su vida:

“¿Fue un conspirador? ¿Un simple delator de sus compañeros? ¿Se proponía una república de negros y el asesinato de todos los blancos? Sus últimos poemas escritos en capilla, pocas horas antes de morir ¿son realmente suyos o los escribieron sus amigos para contribuir al “mito Plácido”?”.

De atender a estas interrogantes principales tendríamos que concluir que los estudios sobre Valdés no han avanzado un ápice en todo un siglo, desde que Vidal diera a conocer su texto en las elegantes páginas de El Fígaro.

¿Será posible sustraerse a la casi morbosa atracción de los horrores de la Escalera y atender al resto de la existencia y labor creativa del poeta? ¿Podrá a esta hora de la historia cubana tratarse con seriedad y serenidad el asunto de la “república de negros” y el “mito Plácido” para evitar las inútiles disensiones de tinte racista que dividieron a intelectuales muy valiosos en lo particular, colocados en ambos bandos, y contemplar las cosas desde el plano de la evidencia histórica, la sociología, la etnología, que es cosa muy distinta de la confrontación “racial”?

Paso con muchísima frecuencia por el Parque del Cristo. Los muchachos juegan a la pelota o tiran piedras. La basura se acumula aquí y allá. Ni siquiera los alumnos de la escuela cercana se interesan por el monumento de Ramos, como no sea para añadirle otra inscripción. Plácido no tiene rostro, sino una caricatura. ¿Cuándo vamos a leer sus odas, sus fábulas, sus letrillas y hasta la “Plegaria a Dios”, con esa atención que se dedica a los verdaderos poetas? El siglo XIX concluyó, ya no existen Vidal Morales, ni las hermanas Milanés, Plutarco González entró en el olvido y seguimos copiando con entusiasmo el retrato de Morales. ¿Hasta cuándo? Según su última voluntad, el poeta sigue confiado al juicio de Dios:

Yo no os puedo engañar, Dios de clemencia;
Y pues vuestra eternal sabiduría
Ve al través de mi cuerpo el alma mía
Cual del aire a la clara transparencia,
Estorbad que humillada la inocencia
Bata sus palmas la calumnia impía.

Mas si cuadra a tu suma omnipotencia
Que yo perezca cual malvado impío,
Y que los hombres mi cadáver frío
Ultrajen con maligna complacencia…
Suene tu voz, y acabe mi existencia...
Cúmplase en mí tu voluntad, ¡Dios mío!...

 

Una nueva invitación para el conocimiento y el debate: La exposición placideana de la Biblioteca Nacional de Cuba. (1)

 

Por Tomás  Fernández Robaina  

 

La exposición bibliográfica por el bicentenario de Gabriel de la Concepción Valdés,”Plácido” (1809-2009), inaugurada el 17 de marzo, la víspera  de su nacimiento, ha reactivado el debate de los criterios políticos y poéticos sobre una de las figuras que urge ser más conocida y estudiada, porque encarna de manera paradigmática  las esencias del poema de Nicolás  Guillén (2): “Balada de los dos abuelos”, uno blanco, con hija española; el otro negro, con hijo cubano mulato. Su poesía posee también esa característica, formalmente castellana por los géneros que emplea, pero de contenido ya cubano, por la realidad del siglo XIX que refleja; tanto  en las loas en honor de figuras y funcionarios de su momento, como en otros temas que aborda, y muy principalmente, por la cubanía que desborda, como bien destaca Lezama Lima:

<<<Cultural, S.A, Habana, 1930

“Plácido incorpora a nuestra poesía la gracia juglaresca. Nuestra poesía salía de la pesantez del neoclasicismo, para entrar en los excesos del romanticismo, entonces fue cuando llegó la gracia sonriente y el aire amable de Plácido. Es innegable  que en su verbo poético se expresan muchas de las condiciones de nuestra naturaleza, transparencia, juego de agua, enlaces finos y sutiles. Raro será  el poema, aun en los más ocasionales, en que no se encuentre un giro gracioso, una metáfora aireada y como la misteriosa penetración de los cuatro elementos en nuestra raíz. Al igual que Heredia, aunque por motivos muy distintos, Plácido es de los primeros poetas cubanos que llegó a ser gustado por los cultos y por la gente del pueblo, pues unía la espontaneidad a un refinamiento cuya esencia es constante aunque desconocida. Fue la alegría de la casa, de la fiesta, de la guitarra y de la noche melancólica. Tenía la llave que abría la puerta de lo fiestero y aéreo”. (3)

La muestra, que ocupa las vitrinas de los salones de entrada de la Biblioteca Nacional José Martí, pone al visitante a dialogar con los criterios, no siempre coincidentes  de quienes lo subestimaron por los contenidos laudatorios de muchos de sus textos, meras improvisaciones festivas, como bien se señala; pero también con sus mejores sonetos, romances,  redondillas, fabulas, y  décimas, incluidos en las antologías más abarcadoras de la poesía cubana y de la hispanoamericana en general, como bien se aprecia en la siguientes citas:

Editorial Letras Cubanas, 1980>>>

“Es sin duda, hasta la hora presente, el más notable de los poetas de color, lo cual no quiere decir que puede aplicársele lo que se dijo de Juan Francisco Manzano ′es el mejor de los poetas de color y el peor de los poetas blancos′. Blanco o negro, Plácido, aunque muy distante de Heredia, de Milanés, de la Avellaneda, de Luaces y Zenea, para no citar a otros, tiene su valor  propio y su representación en el parnaso cubano”.(4)

“Quién era así, y escribió versos,  versos de encargo casi todos, versos para comer o versos para pedir dinero —¿era un verdadero poeta, o era un versificador? ¿Era tampoco un hombre; o era solo lacayo vergonzante? Mientras tanto cantó la libertad; pero en verso de encargo también, y nada más. En vano resonaba el látigo en el latifundio cubano: el no lo oía: la Habana, emporio de la esclavitud, era para él una ciudad inocente; y Cuba, el calvario ensangrentado de negros, era para él una tierra de paz y de ventura”. (5)

También en la exhibición se dialoga con Plácido mártir, acusado de participar en la Conspiración de la Escalera; la cual, durante mucho tiempo, se consideró una invención del poder colonial para impedir el crecimiento de un sector de la comunidad afrodescendiente.

“La Plegaria a Dios” (6) ha sido tomada como una prueba irrefutable de  la inocencia de Gabriel de la Concepción Valdés y de la crueldad de la autoridad española, empeñada en descabezar las figuras más destacadas de ese movimiento abolicionista.

En la recién publicada versión de sus tesis doctoral: Plácido, el poeta conspirador (7), su autora, la doctora Daisy Cué Fernández, concatena muy convincentemente las probabilidades de su vinculación por el conocimiento que demostró tener a partir de  las declaraciones finales que hizo, al sentirse traicionado por aquellos en quienes él había confiado tanto, participantes todos en la conspiración, patrocinada por el gobierno antiesclavista británico del momento, por figuras intelectuales blancas, y negros y mulatos libres de la época. Su veracidad está ya comprobada históricamente mediante documentos de archivos dados a conocer por investigadores cubanos y extranjeros, que evidencian ese apoyo, así como  la traición de que fueron víctimas, por el mismo gobierno que los había estimulado, y por Domingo del Monte; este último, como otros simpatizantes del abolicionismo, al comprender que la magnitud de la conspiración trascendía más allá del cese de la esclavitud, al poner en peligro la permanencia del régimen colonial (8). Por tal motivo ella expresa (9): “De todo lo anterior se deriva la seguridad de que el poeta no era inocente de las imputaciones hechas por el fiscal Salazar”.

“Sin contradicciones raciales o clasistas, Plácido no sería Plácido; sin resentimientos u odios no podría ser un conspirador,  pero tampoco el patriota excelso en el que lo han transformado algunos. Al presentar  una imagen pura o, en el caso contrario, exagerar sus debilidades sin tomar en cuenta las causas originarias, solo se ha escamoteado su legítima personalidad, su verdadera tragedia. Su muerte sirvió para poner de  manifiesto la terrible suerte de un grupo étnico, dentro de una sociedad dividida en clases sociales y por el color de la piel. De ahí que muchos negros lo vieran con posterioridad como un símbolo y trataran de elevarlo a sitiales históricos mucho más altos  de lo que en realidad le correspondía, sobre todo porque  no había llegado aún las épocas de las definiciones independentistas”.

Editorial Letras Cubanas, 1985>>>

Por lo tanto, no es posible continuar hablando, como a veces suele ocurrir, de la falacia de la conspiración. Ella fue un hecho real, y las severas medidas que se tomaron tuvieron la finalidad de evitar en un futuro que dichas figuras y los sectores comprometidos con ella, reanimaran acciones similares. Llama la atención que no pocos de los negros y mulatos implicados poseían propiedades, recursos financieros, y seguramente eran tomados como figuras paradigmáticas de dicha comunidad. Ejemplos no convenientes en una sociedad esclavista en cuyo seno las leyes de la dialéctica ya habían comenzado a generar las fuerzas que destruirían el sistema colonial y esclavista.

Y si bien es cierto, como afirma Walterio Carbonell (10), que en aquel momento dicha clase no significaba económicamente un peligro para el poder colonial, su existencia era una muestra del proceso de los cambios cuantitativos en cualitativos, de la unidad y lucha de contrarios, y de la negación de la negación, y por lo tanto, era inadmisible que los descendientes de africanos pudieran tener un espacio, sin que el poder tratara de limitarlo, de abolirlo, como manifestación objetiva de las fuerzas negativas de un período histórico en particular.

Evidentemente, el debate se ha desplazado y toma fuerza hacia la inocencia o no de Plácido. No hay duda que su “Plegaria a Dios” es el mejor documento para justificar, y apoyar esa posición. Pero no es menos cierto que los argumentos aportados por la Dra. Cué no pueden ser ignorados, por lo que uno de los méritos incuestionables de la exposición de la Biblioteca Nacional radica en facilitar a los interesados los documentos, y fuentes bibliográficas para que mediante su lectura y análisis cada cual llegue a sus propias conclusiones. 

<<<Daysi Cué

No se puede pasar por alto que más allá del partido que tomemos en cuanto a su vinculación con la conspiración, Plácido fue y ha sido el símbolo de la injusticia colonial, por su origen social, por los limitados privilegios que disfrutó en virtud de su talento y uso poético, y por su mulatez.

Por lo tanto, agradezcamos, una vez más, a nuestra Biblioteca Nacional esta sencilla, pero oportuna exposición que contextualiza la vida y obra del poeta, con algunos de sus contemporáneos y con los carteles de varios de los filmes cubanos que abordan la presencia de los africanos y de sus descendientes en nuestra historia y cultura.

Notas

(1) Además de la exposición, el 18 de marzo  se celebró una mesa redonda con la participación del Dr. Eduardo Torres Cuevas, director de la Biblioteca Nacional, y también de la Institución, el Lic. Tomás Fernández Robaina, así como las Dras. Ana Cairo y Daisy Cué,  de la Universidad de La Habana y de la Universidad de Oriente respectivamente; la Dra. Cué es la autora del libro: Plácido, el poeta conspirador (2006), presentado por la Dra. Cairo una vez concluido el debate y respondidas las interrogantes de varios de los asistentes.

(2) Nicolás Guillén. “Balada de los dos abuelos”. – En su: Obra poética. —3.ed. —t.1. / Compilación, prólogo, cronología, bibliografía y notas, Ángel Augier. —La Habana: Letras Cubanas, 1995. 

(3) José Lezama Lima. “Gabriel de la Concepción Valdés (Plácido)”, pp. 276-279, En su: Antología de la poesía cubana. Tomo II, Siglo XIX. —La Habana. Consejo Nacional de Cultura, 1965.

 (4) 1893  Marcelino Menéndez y Pelayo.  “Sobre Plácido”,  pp. XXXIII-XXXVIII. En su: Antología de poetas hispanoamericanos. Tomo II. —Madrid: EST. Tip. “Sucesores de Rivadeneyra, 1893

(5) 1894 Manuel Sanguily--...  “Una opinión ascendereada” HOJAS LITERARIAS  Tomo 5, No. 3, noviembre 30, 1894:411-429
Ver para reimpresiones más recientes –Acerca de Plácido, 1985.

(6) Gabriel de la –Concepción Valdés.  “Plegaria a Dios”, pp.290-291
En: Antología de la poesía cubana. / José Lezama Lima, antologador. —Tomo 2. —La Habana: Consejo Nacional de Cultura, 1965.

(7) Daisy Cué. Plácido, el poeta mártir. —Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 2006

(8) Ver los textos de:
a) José Manuel de  Ximeno. “Un pobre histrión (Plácido). – En: Primer Congreso Nacional de Historia, tomo II. —La Habana: Impr. Del Siglo –XX, 1943.

b) Robert L. Paquette. Sugar is made with blood: The Conspiracy of La Escalera and the Conflict between Empires over Slavery in Cuba.—Wesleyan University Press, Middletown, Con. 1988

c) Rodolfo Sarracino. Inglaterra y sus caras en la lucha cubana por la abolición.La Habana: Editorial Ciencias Sociales, 1989.  

Con anterioridad Sarracino había dado a conocer: “Inglaterra y las rebeliones esclavas cubanas: 1841-1851, en la Revista de la Biblioteca Nacional José Martí No. 2 mayo-agosto de 1986.

Ver también el texto de  Rodolfo Sarracino.

(9) Daisy Cué. Op.cit. pp.101, 107

(10) 1987 Walterio Carbonell. “Plácido, ¿conspirador?” Revolución y Cultura, No.2, febrero 1987: 53-57

 

Plácido en la Biblioteca Nacional


Por Ana Ofelia Diez de Oñate


Tal como merece una de las personalidades más descollantes en el ámbito de nuestra cultura nacional, la Biblioteca Nacional de Cuba José Martí celebró el bicentenario de Gabriel de la Concepción Valdés, Plácido, entre los días 17 y 18 de marzo.

<<<Inauguración de la Exposición

Diversas manifestaciones artísticas concurrieron para conmemorar este hecho, que se inició con la exposición “Plácido: un poeta de leyenda”, inaugurada por el director de la Biblioteca, Dr. Eduardo Torres Cuevas quien cedió la palabra luego al Historiador de la Ciudad, Dr. Eusebio Leal Spengler para que, con el verbo que lo caracteriza, rindiera homenaje a este poeta “que no debe ser olvidado”.

Eduardo Torres Cuevas>>>

La excelente exposición está integrada por documentos, fotos, libros y mapas, que brindan tanto la diversidad iconográfica de Plácido, como su obra y lo que sobre su persona ha sido escrito, y también el contexto geográfico-histórico-social en el cual se desenvolvió su corta vida. Igualmente se exhiben carteles de películas cubanas relacionados con ese contexto, como La primera carga al machete, Cecilia y Cimarrón, entre otros.

<<<Carilda Oliver, Guillermo Rodríguez Rivera y Nancy Morejón

No es posible recordar o rendir homenaje a este poeta, sí/no conspirador, sin la participación de la poesía, y de esto se encargaron figuras como Carilda Oliver Labra, venida desde su Matanzas para esta ocasión; Nancy Morejón  y Guillermo Rodríguez Rivera, quienes acudieron gustosos a declamar poemas nada “plácidos”, como ese “Plegaria a Dios” que recitara el poeta camino a la muerte y declamado “de memoria” por el también profesor de la Universidad de La Habana, Rodríguez Rivera, quien confesó haberlo aprendido desde su juventud.

Esta primera jornada incluyó además la voz de la destacada intérprete Marta Valdés,  la cual, al verse imposibilitada de acudir a la invitación, pero queriendo dar su contribución en este homenaje, envió la grabación de su canción dedicada a Plácido.
Como colofón se proyectó la película biográfica que, con el nombre del poeta, realizó Sergio Giralt.

El día 18, el panel “Plácido en la encrucijada de la identidad cubana”, integrado por Eduardo Torres Cuevas, Fernando Martínez Heredia, Tomás Fernández Robaina, Ana Cairo y Daysi Cué, abordó la vida y obra de Plácido, así como el entorno socio cultural en que se desenvolvió el poeta.

El Dr. Torres Cuevas sentenció que definitivamente “Plácido nos perteneció desde el momento en que lo fusilaron”, destacando la importancia del poema “Plegaria a Dios” que considera el segundo Himno Nacional, después del “Himno del Desterrado”, de José María Heredia, autor por demás de quien Plácido se declarara hijo intelectual. Ambos himnos, preludios inevitables en una época de forja de nuestra identidad que tuvo su más álgido signo el 20 de octubre de 1868 en la ciudad de Bayamo.

Detalles de la participación de Plácido en la llamada Conspiración de la escalera, sobre si estuvo o no implicado, así como sobre su vida y sus valores poéticos, fueron expuestos ampliamente por Daysi Cué, autora del libro Plácido: el poeta conspirador,  quien reconoció entre las fuentes principales para su investigación, el texto de Rodolfo Sarracino, aparecido en las páginas de la Revista de la Biblioteca Nacional, lo más completo publicado sobre el tema hasta entonces, y que ella pudo enriquecer a la luz de nuevos rastreos e investigaciones.

Cumpliendo la promesa hecha a su autora hace dieciocho años, el libro fue presentado por la destacada profesora universitaria y ensayista Dra. Ana Cairo, quien lo considera el texto más interesante y serio que sobre una personalidad cubana se haya presentado en los últimos tiempos.

Entre los asistentes se encontraba el Ministro de Cultura Abel Prieto, quien felicitó a la escritora y a la Biblioteca Nacional por la feliz iniciativa.