Alción al fuego *

En el 80 aniversario de Roberto Friol


Por Francisco de Oraá



Si no fuera por un motivo esteticista, "poético", sólo por esas hondas relaciones que cuajan en las imágenes y símbolos consagrados por la tradición más antigua, es posible titular hoy un libro Alción al fuego, si es que éste ha trascendido ese nivel, frecuentemente medianero, en que aún nos embriaga el brillo de la palabra.

Alción, el ave solitaria que sobrevuela al fuego; la imagen en la que el hombre ha visto siempre una representación del espíritu, y la voluntad ciega de tan lúcida que todo quiere devorarlo. Pero a través de los poemas, como al paso del tiempo y de una cultura a otra, como en el oscuro fondo mismo que es el hervidero de arquetipos e imágenes, éstos se cambian uno en otro, y a buscar razones que lo  expliquen (y que no sea por aproximaciones formales, intuición de "parecidos") desborda quizá toda posibilidad humana, la nuestra al menos. Alción equiparable al ciervo, vislumbre huidizo siempre, una vez unicornio, y muy frecuente y genéricamente pájaros. Intuimos aquí una imagen de lo absoluto, que más de una vez asume la personalización de la "Poesía". Pero el ciervo, el unicornio ostentan la corona de fuego, que es ya también un símbolo del espíritu, de lo que alumbra cuando huye, de lo que adquiere su mayor fulgor en trance de muerte y desaparición, como el otoño. ¿Acudiremos a la expresión vulgar según la cual las puntas de la serpiente misteriosa se tocan? Porque el oro es también el fuego y el brillo de la sangre; porque el fuego es también la sangre.

Nada huraño hay en este ciervo que huye:
se acerca huyendo, te llama con su fuga.
El bosque es tuyo y no lo sabías:
si el ciervo no huye, no llegarás a tu alma.

Y en un precioso soneto:

Huye el recado de oro con su llama...

 

La poesía es siempre un recado de lo alto, oro en la sombra del oído. Y hay que "repetir el recado entre toscos pucheros".

El poeta recibe las visitaciones rápidas de lo absoluto en el desierto, en lo arrasado, en lo blanco, en la nada. Más que en la soledad, en confusión; sólo así comprendemos la cita de Rimbaud: "Todo se volvió sombra y ardiente acuarium" al frente de una de las secciones del libro. Quizá esta red de peces que circula en la sombra simbolice también secretamente los vislumbres de lo absoluto.

Pero el rey clama en la noche del verde,
y vuelve a su noticia el trascordado
 —oro angustiado que de nuevo salta.

Confusión de quien ignora incluso su propio rostro, y a quien la búsqueda angustiosa de su propio rostro hace que lo identifique con el rostro de lo absoluto. Podemos enumerar toda una serie de versos que lo expresa:


Ediciones Manjuarí, 1968>>>


Entre estas palabras, cuál es mi rostro...
_________

En el tiempo buscar nuestro rostro.
Lo han escondido dónde…
                 _________

… pues salimos a buscar nuestro rostro, tu rostro.

Constante diálogo con el escondido:

¡Oh impasible!: Tu mudez como un oro

 

Diálogo con el que sólo ofrece su espalda:

para el que no ha de viajar

sino en secreto por el dorso de tus manos.

 
Con el que sólo da silencio:

¿Es eso todo, pájaro que callas, mientras hablan los que no deben hablar?

Pero este diálogo es un afán solitario tendido hacia lo que no se sabe, hacia la plenitud que sólo se cumple con la muerte, flecha elástica que nunca llega a la otra orilla, esa otra orilla de las religiones orientales que con la nuestra compone la totalidad:

¿Cuál de mis versos podrá ser el puente sobre el río?
 Ninguno. Y, sin embargo, a ti sigo cantando.

Y ese rostro, ¿lo ignora o se lo esconde? Esta poesía obsedida por las dimensiones opuestas del adentro y el afuera, formalmente también hace su juego de escondidos. Esta poesía se esconde. Esconde su trato con las más altas y arduas instancias del espíritu en una forma expresiva llana, directa, a veces coloquial. Esconde su angustia en una fineza de imaginación, en una tenue y sobria voz que a nadie sobresalta o choca. Fineza, cortesía tal vez recibida del ancestro oriental que el poeta confiesa. Cortesía de quien se cree "hombre de arte menor", de quien dice a la poesía:

torpes, tan torpes para hablar,
para entender que eres tú sola quien habla.

 

*Friol, Roberto,  Alción al fuego, La Habana, Ediciones Unión, 1968, (Colección Manjuarí).

Tomado de: Revista de la Biblioteca Nacional, mayo-agosto de 1970. pp. 184-187