José de la Luz y Caballero y La Biblioteca de la Sociedad Económica


Por Francisco González del Valle

 

(Discurso leído en la exposición de libros de Luz Caballero, en la Biblioteca Municipal de La Habana, el día 14 de julio de 1935)

Señores:

Este acto de cultura que nos reúne aquí y en el que tomo parte, gustosamente, por la deferente invitación con que ha querido honrarme el Director de esta Biblioteca Municipal, celébrase en honor de José de la Luz y Caballero y para conmemorar su nacimiento ocurrido en la Ciudad de La Habana, el 11 de julio de 1800, hace hoy ciento treinta y cinco años.

Los grandes cubanos del pasado, interesados en el progreso de su patria, comprendiendo que éste no podía ser realizado completamente sino por medio de la cultura, de la educación, consagráronse a difundir los conocimientos entre sus paisanos y a elevar su nivel moral.

El desarrollo cultural de Cuba no corría a la par del económico o material; pues mientras éste crecía de año en año, aceleradamente, aquél apenas avanzaba, haciéndose cada día más visible la diferencia entre ambos. Y, cosa singular, ese mismo adelanto material era el causante del atraso moral, debido al aumento incesante de esclavos africanos importados para las labores agrícolas e industriales, que agravaba de manera alarmante el problema cultural y social.

Fue muy difícil la situación en que se encontraron nuestros antepasados, y muy dramática la lucha que sostuvieron por el progreso de las luces. Sin embargo, y tal vez por eso mismo, todo lo más selecto de la intelectualidad cubana dedicóse, con vivo afán y noble desinterés, a mejorar el estado de nuestra cultura por medio de la educación y la enseñanza; destacándose entre todos José de la Luz y Caballero, el Maestro por antonomasia de los cubanos, no superado ni igualado todavía.

Pues bien; él, que había nacido con vocación, con alma de maestro, de sacerdote; que poseía todos los conocimientos y amaba con vehemencia a su patria, tenía que interesarse muy pronto en el problema fundamental de su tiempo, y que lo es del nuestro también: la educación.

No voy a relataros ahora su labor específica de maestro, que todos conocéis, sino la que intentó o llevó a cabo en pro de la difusión de los conocimientos, por medio de esos establecimientos de cultura denominados bibliotecas.

Apenas salido de las aulas del Colegio Seminario de San Carlos y de la Universidad, intenta fundar, en 1824, un Gabinete de Lectura, así lo llama, en unión de su amigo Silvestre Alfonso. El proyecto no cristaliza, sin que sepamos la causa.

Años después, en 1832, en consorcio con su dilecto amigo José Antonio Saco, pide autorización para fundar un Ateneo, donde “se dará a la juventud —dice— lecciones de Química, Física y Literatura y aun de aquellos idiomas que no se enseñan gratuitamente, como griego y alemán..., y clases de repaso en aquellos ramos que cursan en el colegio y la Universidad... También será —agrega— un núcleo de museo de historia natural y de curiosidades indígenas y exóticas”.

Y como no había de faltar en el Ateneo una biblioteca, ésta sería formada con sus libros y los de Antonio Casas, director del Colegio San Cristóbal o Carraguao.

“Yo paso todos mis libros al Ateneo —escribe Luz—, que con los del amigo Casas son más de 4,000 volúmenes escogidos.

A pesar de la autorización que obtuvo del capitán general Mariano Ricafort, previos los informes favorables de la Universidad, el colegio Seminario y el asesor oficial, no llegó a plantificarse el Ateneo por falta de local; pues la casa del Jardín Botánico que pidió con tal objeto, no le fue dada, no obstante hallarse deshabitada, por intrigas, sin duda, de Ramón de la Sagra, director del Jardín, que no veía con buenos ojos a Luz y que era enemigo irreconciliable de Saco.

Malogrados sus proyectos de creación de bibliotecas, al fin se le presenta oportunidad, si no de fundarlas, al menos de mejorar y engrandecer la única pública, de importancia, que existía entonces en toda la Isla: la de la Sociedad Económica de Amigos del País, de La Habana.

Al ocupar el cargo de director de la citada Sociedad, por ausencia y en substitución de José María Zamora, habla, en la segunda junta que preside (9 de julio de 1838), de la necesidad de reformar la biblioteca de la Económica y de trasladarla a mejor local, porque estaba "en un oscuro rincón de un claustro, donde ni aun reina el silencio", son sus propias palabras, quedando autorizado para llevar a efecto su idea.

Propone en seguida pedir auxilio al gobierno para que la Biblioteca sea trasladada a mejor local en el propio convento de Santo Domingo; que sea nombrada una comisión que haga el catálogo de las obras más necesarias que hay que adquirir; que se interese al capitán general de que ordene a todos los autores de obras y redactores de periódicos que destinen dos ejemplares para la Biblioteca; que sean invitados por la Sociedad los impresores y libreros de La Habana para que de las colecciones de periódicos y obras aquí publicadas faciliten ejemplares duplicados a la Biblioteca, y que se excite el celo de los socios para que contribuyan espontáneamente con dinero o libros. Todo lo cual es acordado por la Sociedad en su Junta de 8 de agosto de 1838.

Hacía más de diez años que la biblioteca de la Sociedad Económica no prestaba servicios al país por lo inadecuado del local, el estado deplorable en que estaban los libros y lo atrasados que resultaban éstos; de todo lo que había llamado la atención, desde tiempo atrás, el Secretario Joaquín Santos Suárez, rindió informe al cuerpo patriótico.

Decía Santos Suárez que la biblioteca carecía de muchos objetos necesarios, y que estaba en la mayor decadencia, agregando:

“Situada en un local desaseado, poco ventilado e insalubre, sin la suficiente capacidad para el servicio público, con una distribución de piezas no correspondiente a su objeto, ni colocadas las obras en el orden científico que era debido; puede decirse que no hay nada, ni aun la misma inscripción del establecimiento que no merezca una mirada compasiva de esta Junta”.

Y respecto a las obras que la componían y el estado en que estaban, se expresaba el informante así:

“… la biblioteca se encuentra hoy con un surtido considerable de comentadores y compiladores en todo género de casuistas en moral, de farraguistas en filosofía, de libros insulsos y olvidados, y apenas cuenta una obra clásica de las muchas que se han publicado de cuarenta años a esta parte, si se exceptúa la Enciclopedia, y alguna otra, y eso en un estado tan decadente que para no perderse completamente exigen una pronta reparación”.

Sociedad Económica Amigos del País (Fototeca, BNCJM)>>>

Hasta que no entró Luz y Caballero a ocupar la dirección de la Sociedad Económica, no se acomete, como hemos visto, la reforma de la biblioteca.

Puestos en ejecución los acuerdos tomados el 8 de agosto de 1838, dieron los resultados más lisonjeros. La contribución de los socios, en dinero, alcanzó la suma de $3, 141, 30, y lo colectado en libros y periódicos fue muy importante, tanto por su número como por la calidad de las obras. Los mayores donativos pecuniarios lo hicieron la Junta de Fomento, que entregó $918.00, el presbítero José Ramón de la Paz y Morejón, cura de Yaguaramas, $102.00, y Gonzalo Alfonso y Miguel Aldama $51.00 cada uno. Y en libros, los regalos más importantes fueron los de José Luis Alfonso, de los clásicos griegos, en 80 tomos; Gonzalo Alfonso, de 60 volúmenes y Lorenzo de Allo, 56 volúmenes.

Casi la totalidad del dinero obtenido por la suscripción la empleó Luz en arreglar las salas de lectura y proveerlas de estantes de caoba, mesas, sillas, pupitres, etc.

La compra de libros la hizo con los fondos de la Sociedad destinados a la Biblioteca, formados con la asignación mensual de $100, que el 30 de noviembre de 1840 ascendía a $5,609.80; pero como había otras atenciones preferentes, como la del sostenimiento de las escuelas gratuitas de la Sociedad, sólo tomó Luz la suma de $1, 959,75.

En la adquisición de los libros le prestaron muy valiosa cooperación José Luis Alfonso, en París, y José Bulnes, en Madrid, sobre todo el primero, porque fue en la capital de Francia donde se hicieron las principales compras. Se compraron libros en esta capital también, y en los Estados Unidos de América. Quisiera reproducir íntegros los párrafos de la carta de Luz de 3 de abril de 1839, a su amigo José Luis Alfonso, en París, relativos a la compra de libros para la Biblioteca de la Sociedad Económica; pero me abstengo de hacerlo por no alargar demasiado este discurso.  Mas para que sepáis cuanto amor y diligencia puso Luz en este asunto, voy a leeros algo de lo que dice esa carta. Como no podía disponer de una sola vez de sumas crecidas de dinero, advierte que “una biblioteca se puede y aun se debe formar gradualmente”.

Dándose cuenta de la función social que está llamada a cumplir esta clase de establecimientos, escribe:

“Quiero que la biblioteca llene las necesidades de todas las clases y profesiones; de modo que, desde el teólogo y el jurisconsulto hasta el carpintero y el albañil, encuentren en ella lo que busquen para ilustrarse en su ciencia o en su arte. No se diga que como la biblioteca la formaron los literatos se olvidaron de los artesanos, que es la clase que más necesita formarse, así en lo material de su oficio, como en lo moral para  la conducta”.

No descuida ningún detalle, no deja de hacer ninguna recomendación provechosa a su corresponsal.

“Otro principio que debe guiarnos en la materia —dice— es la adquisición de aquellas obras voluminosas y costosas, como Atlas, etc., que no están al alcance de la generalidad... También es menester —agrega— tener cuidado de enviar algo de cada cosa, desde la primera remesa: siempre surtido: para que todos vean que se han atendido las necesidades de todos”.

Otra regla da a su amigo:

“... estoy mucho más por las especialidades u obras que traten  ex profeso y exclusivamente de una materia, que no por las grandes compilaciones o diccionarios, que suelen no ser más que empresas de librería”.

Como trataba de hacer mucho con poco dinero, "di fare il miracolo", son sus palabras, le recomienda que “será conveniente comprar la mayor parte de los libros, o todos, si es posible, al mismo librero, para lograr aun más rebaja de la que comúnmente hacen sobre el precio del catálogo”.

Y termina su carta con estas recomendaciones sobre las encuadernaciones:

“… estoy porque se hagan de pasta entera y no cartoné, ni demi reliure, pues la experiencia me ha enseñado que en este cálido país sobre todo, no sólo son más atacados de la polilla los libros así empastados sino también de la inmunda cuanto no menos devoradora cucaracha; y se trata de que pasen los libros a la posteridad…”

Cuántos detalles, cuántas recomendaciones nacidas de su interés por esa obra de cultura, por esa obra de beneficio público que acometía y de la que se consideraba el principal responsable, aun cuando actuaba autorizado por la Sociedad Económica, de la que tenía toda su confianza.

El 4 de enero de 1840 quedaron elegidos los nuevos locales del convento de Santo Domingo en que había de ser instalada la biblioteca, a cuyo logro cooperaron el capitán general Joaquín de Ezpeleta, el prior de dicho convento, Fray Pedro Infante y el director de la Sociedad mencionada. El reverendo Padre Infante ofició a ésta el 17 de enero del año aludido, pidiendo que se anotase en el acta de la Junta de enero de la corporación “la eficacia, entusiasmo y buen deseo que nuestro amigo director había procedido al logro de la suspirada localidad”.

Fue obra de Luz y Caballero el restablecimiento de la biblioteca de la Económica; fue él quien la sacó de ese rincón obscuro, desaseado, donde ni siquiera había silencio, al que nadie acudía y en el cual se estaban destruyendo los libros, y la dejó instalada en el nuevo y amplio local del segundo piso del convento de Santo Domingo, con mobiliario de caoba, buenos libros de todas clases y abundantes colecciones de periódicos.

No se olvidó del museo de historia natural, que quedó instalado en una de las salas de la biblioteca; ni de la escuela de pintura para la que consiguió importante donativo de $3,000 del capitán general Pedro Téllez de Girón, príncipe de Anglona, amigo y admirador de Luz, cuya suma fue invertida en cuadros escogidos en París por el propio donante, que era perito en bellas artes, y enviados luego a la Academia de Pintura de San Alejandro.

Aprovecha el director de la Económica cuantas oportunidades se le presentan para enriquecer la biblioteca. Escribe a su amigo Roberto Madden; comisionado británico encargado de velar por el cumplimiento del convenio sobre tráfico de esclavos en La Habana pidiéndole que gestione de su gobierno el envío de documentos y publicaciones de interés universal y particularmente de América. Conviene con el distinguido viajero Alejandro Vattemare, a la sazón en esta capital y que había exhibido en la Sociedad Económica su Álbum de pintura, el canje de muestras de minerales de Cuba por libros y publicaciones extranjeras. La actuación de Luz como director de la Sociedad Económica, cesa prácticamente en 1840, porque aunque sale reelecto para el bienio siguiente, el mal estado de su salud, agravado por la polémica sobre el eclecticismo de Cousin, le obliga a embarcarse para Nueva York en mayo del año siguiente; y cuando regresa, a fines de 1841, no vuelve más a ocupar su cargo, ni a concurrir a las juntas. Sin embargo, desde Nueva York remite libros para la biblioteca, y al retornar trae otros más que regala al propio establecimiento. Y años más tarde, en 1843, compra en París nuevas y valiosas obras que dona a la expresada biblioteca.

El entusiasmo generoso que pone Don Pepe en esa obra cubana, como en cuantas otras realiza, le nace de su ardiente y sano patriotismo, que es en él amor vehemente por la ilustración y el mejoramiento de su pueblo.

Julio 11, 1935.

Tomado de: Revista Bimestre Cubana, vol. XXXVII, 1936, 1er. semestre, pp. 77-83