Imaginarios: Onelio Jorge Cardoso

En el 95 aniversario de su natalicio

 

Onelio Jorge Cardoso,  El Cuentero

Por José Rodríguez Feo



Una vez, por allá por Oriente, estaba oyendo a un campesino contar sus experiencias en la recogida del arroz. Estaba extasiado, verdaderamente. El que nos decía sus experiencias tenía el don de cautivar con sus palabras donde se mezclaban esos giros idiomáticos tan del pueblo y que al mismo tiempo me traían a la memoria la prosa de los clásicos españoles. Porque el habla del campesino todavía conserva esa pureza del idioma que se ha ido perdiendo en la ciudad. Cuando un campesino dice "vide" por "vi", recordamos que así hablaba Cristóbal Colón, como descubrí un día leyendo el Diario del gran navegante. Mientras oía al campesino, meditaba lo que serían esos cuentos elevados a la categoría de arte literario por uno de nuestros escritores de ficción.

<<<Onelio Jorge Cardoso, Fototeca de la BNCJM

Esta hazaña es la que Onelio Jorge Cardoso ha logrado a plenitud con estos cuentos que nos ofrece ahora en Ediciones R. Son sus Cuentos Completos uno de los libros más importantes y reveladores que se han publicado en Cuba en mucho tiempo. Tengo que confesar que nunca había leído un solo cuento suyo. Por instinto le huyo a la literatura costumbrista, pues la mayoría de las narraciones que se ocupan de lo popular tienden a caer en temas estereotipados, simplistas y vulgares. Cuando veía algún cuento suyo en Bohemia, pasaba la hoja. Confieso mi culpa, pero también la justificación está en esa literatura tediosa y hueca que nos han brindado nuestros cultivadores de lo folklórico. Ha habido muy pocos verdaderos artistas del cuento que se han ocupado de las vidas humildes de nuestros campesinos y de nuestros hombres del mar. Entre estos pocos tendremos que colocar ahora el nombre de Cardoso, si acaso no es el mejor de todos ellos.

Onelio visto por Juan David, 1962>>>

Son muchas las razones que justifican esta afirmación. Primeramente, Cardoso tiene ese don de todo verdadero cuentista: nos mete de lleno en su mundo desde el primer momento en que empezamos a leer uno de sus cuentos. Por ejemplo: "Afuera se esperaba un cielo de tinta". (“Una visión”). Aquí la palabra "tinta" nos impresiona enseguida y nos impulsa a seguir leyendo. "¡Qué viejo aquel Baltasar de los Pinos y las cosas que decía!" (“Leonela”): despierta nuestra curiosidad por saber qué "cosas" van a pasar. Casi siempre los cuentos de Cardoso "arrancan" con un acto o una conversación como si hubiese descubierto a sus personajes en un momento muy activo de su existencia. Esto también es una manera de lograr inmediatamente la atención del lector. "Yo estaba mirando la esquina de la mesa y luego tendí la vista..." (“Mi hermana Visia”). "Entre las seis y las siete de la tarde un hombre... llegó corriendo hasta el lindero..." (“El homicida”). "El hombre iba descalzo sobre su canoa" (“Donde empieza el agua”). Como en los viejos tiempos, Cardoso se vale muy a menudo de la técnica convencional del narrador que cuenta dentro del cuento sus experiencias. Así, en "En la caja del cuerpo" se comienza con las palabras de alguien a quien no se identifica hasta más tarde cuando una mosca interrumpe las palabras del narrador: el mulato. En "El cuentero" es Juan Candela el que se dedica a contar cosas por contar. Este personaje es como la glorificación de ese tipo popular que encontramos por los campos de Cuba, que se dedica a entretener a sus compañeros contándoles historias. Cardoso da a entender que Juan Candela es una especie de artista pues nos deja ver cómo ejercía una fascinación especial sobre los demás, parecida a la que sentimos ante una obra de arte verdadera. También nos da a comprender la profunda necesidad que tenemos todos de creer en algo más hermoso, en algo ideal, en el arte y la poesía que encierran las historias de Juan Candela. Cuando él no venía a contar sus historias, todos sentían que echaban de menos la "maravillosa palabra de Juan Candela". En un momento, el que estaba contando la historia de Juan (pues hay dos narradores en este cuento como en otros de esta colección) nos dice: "empezaba a comprender que Juan era eso: una cosa que tiene que ver con las estrellas, una cosa que es aunque no lo parezca. Algo fuera del tiempo, del barracón, del mundo". Y más adelante Marcelino dice: "Hay que creer en algo que sea bonito aunque no sea". Esta ansia de saber de algo que "es aunque no lo parezca" es el único consuelo de los humildes y explotados hombres de nuestro campo e indirectamente Cardoso desliza una crítica de ese mundo donde las cosas bellas están ausentes. Soriano exclama al final del cuento: "Nosotros no hemos salido de aquí ni hemos visto esas cosas". Y el narrador termina aclarando: "porque él era él, y embotaba los sentidos y tapaba el piso de tierra donde vivíamos..." El cuentero Juan, con sus fantasías, con su arte que alimentaba la necesidad de ensueños y de poesía, lograba que sus humildes compañeros campesinos realizaran precisamente eso: olvidar sus miserias, su tedio, su vida vacía de toda ilusión. Es lo que Cardoso quiere comunicarnos con esa bellísima frase: "tapaba el piso de tierra donde vivíamos".

<<<Rodríguez Feo

Otro de los aspectos más dignos de destacar es cómo Cardoso se ha ido haciendo de un estilo único, inconfundible. Su prosa es escueta, directa, poética. No abunda en descripciones innecesarias de nuestro campo, ni se detiene en bucear en el alma de sus personajes. Casi todos los cuentos se desarrollan con rapidez como si fueran, como ocurre a menudo, el relato de uno de esos campesinos parlanchines que pueblan su libro. Ese profundo respeto por el hombre humilde o la mujer sufrida lo lleva a destacar siempre las anécdotas más triviales, al parecer. Pero su extraordinaria maestría es cómo logra despertar nuestro interés, nuestra compasión, por esos pequeños incidentes de la vida diaria. Esta actitud de consideración ante sus semejantes está resumida en estas palabras: "No debiera importar una vida más o menos, pero es que no hay vida semejante sin que sea vida propia porque todos somos hormigas de la misma raza y fatiga". (“Estela”) Ese dolor que siente el autor ante tanta fatiga inútil, tantas vidas rotas en la lucha por sobrevivir en un medio de explotación, a veces se tronca en un gesto amargo e irónico como en el cuento "Los cuatro días de Mario Benjamín". Aquí se refleja la insensatez del hombre con alma de poeta que lucha en un medio cruel por conseguir un parque para los niños de su pueblo. La historia está relatada con un tono piadoso pero irónico a la vez. Cuando Mario se suicida, dándose un tiro, ante su fracaso y el engaño que ha sufrido a manos de los falsos filántropos, el narrador sólo puede exclamar ante su cadáver: "¿por qué no lo hiciste como cuando con tu escopetica, tu corcho y tu cordelito?" Porque la mayoría de los personajes de Cardoso son seres que sufren en su propia carne las consecuencias de vivir en una sociedad de explotados y explotadores. Estela muere tuberculosa por su trabajo agotador de despalilladora de tabaco; Visia sucumbe a la mala vida del prostíbulo; Mario Benjamín se suicida, desilusionado; "El hombre marinero" se ahorca perseguido por la burla de su mujer y los hombres; Lico muere a manos del explotado Juan, que en gesto de rebeldía lo golpea con una piedra como siempre hace el infeliz ante el gigante; Nino mata al guardia rural que quiere arrebatarle sus bueyes; Leonela muere en brazos del novio que no pudo salvarla del hombre viejo y rico que se la compró con su dinero. Los otros cuentos de Cardoso expresan las ilusiones de seres que viven en una sociedad donde no pueden satisfacer sus necesidades espirituales. Este es el tema de uno de sus mejores cuentos, "El caballo de coral", donde nos presenta a un hombre, que con todas sus riquezas, siente la necesidad de algo más puro en su vida. El narrador comenta al final: "El caso es que mientras más vuelta le doy a las ideas más fija se me hace una sola: aquella de que el hombre siempre tiene dos hambres".

Podríamos decir que todos los cuentos de Cardoso se tejen alrededor de ese tema fundamental: que el hombre tiene dos hambres y cuando no las satisface termina en la derrota moral y física. Es un comentario moral, profundo sobre la sociedad en que le tocó vivir a la mayoría de sus personajes: la sociedad capitalista que nuestra Revolución Socialista ha abolido para siempre en Cuba.

Mucho se podría escribir sobre estos cuentos ejemplares de Cardoso. Baste por hoy señalar que con la aparición de este libro, se enriquece de manera extraordinaria nuestra literatura narrativa.

Tomado de: La Gaceta de Cuba, 1ro de mayo de 1962, p. 10

 

 

La voz incompartible de Onelio Jorge


Por Jaime Sarusky

Cuentan que hace unos cuarenta años, o quizás más, allá en el campo de pelota manigüero del pueblecito de Mata, en Las Villas, se enfrentaban los muchachos del patio a sus encarnizados rivales de Calabazar de Sagua. El jardinero derecho de los visitantes tenía fama de buen bateador, pero torpe fildeador. El muchacho se llamaba Onelio Jorge Cardoso. Era una tarde calurosa de un cielo intensamente azul y sin nubes. Un duelo apretado de lanzadores, pero Onelio Jorge se entretenía contemplando el vuelo alegre de un caballito del diablo con los tornasolados destellos que lanzaban sus alas. De pronto batean un flay por el jardín derecho. La bola iba cogiendo altura, cogiendo altura y Onelio Jorge seguía embelesado en los giros del caballito del diablo. Todos sus compañeros comenzaron a gritarle y la bola seguía tomando altura...

<<< México. D. F., 1945

Seguía tomando altura, sí, pero esa noche no era la bola sino la voz de Onelio Jorge Cardoso contando en la Biblioteca Nacional los recuerdos de aquel "tiempo embravecido", el azaroso de su niñez y adolescencia, el de pan con timba y guarapo para engañar el estómago, de su juventud y madurez. Y fue en aquellos tiempos, de y contra aquellos tiempos, que nace y se perfecciona el poeta que es Onelio Jorge Cardoso. Y aunque Onelio Jorge confesó aquella noche que le "quedó como bagaje de ese mundo, una atmósfera de tristeza, de vencimiento y de agonía, fiel reflejo del sistema político económico de la época", también él le robó a aquella época lo que requería para fraguar su espíritu, para penetrar con notable agudeza, a través de la poesía de sus cuentos y la original maestría de su lenguaje, al cubano, al hombre de entonces, sumergido en el universo elemental de aquella caricatura de nación.

Universidad Central de las Villas, 1958>>>

Caminante incansable, la fuente del lenguaje le viene a Onelio del campo y el campesino cubano. Pero la cosa no para ahí. Se sacude el polvo de los trillos andados y su palabra tiene el brillo de la comunicación personal, suya. No es mimetismo ni folklore sino su propio aliento e imaginación los que encienden la voz única de Onelio. Y esa es su desgracia y su suerte. No tendrá discípulos, ni hijos espirituales —y si los tuvo o los tiene son infames—. Pero en compensación, su idioma incompartible desafía al tiempo, trasciende el "tiempo embravecido" y todavía es actual en este "tiempo nuevo”. Porque en los cuentos de Onelio, en el drama de sus personajes, están la historia y la poesía fusionados, la nobleza y mezquindad de aquellos que forman nuestro paisaje.

No en balde Onelio rompe con esa tradición de campesinos estereotipados de nuestra literatura y crea personajes. Maestro de la síntesis —secreto de ese género que es el cuento— se inclina, por sensibilidad y por la sabiduría que le da su conocimiento del alma humana, por las contradicciones y la vida, y no por el menos escabroso del tipicismo estático y mortecino. De ahí que el drama de sus personajes trascienda el paisaje inmediato, universalizándolo.

<<< Las Villas, 1960

Tal vez uno de los secretos de la atmósfera poética de los cuentos de Onelio Jorge resida en esa tensión inesperada que provoca la disparidad entre el lenguaje que utiliza: terso, preciso, sin diapasón, y el grado de intensidad de los conflictos que narra.

... la bola seguía tomando altura, los compañeros de Onelio Jorge del equipo de Calabazar le gritaron sacudiendo su distracción del divertido aleteo del caballito del diablo. La bola se lo llevó en claro, probablemente fue a parar hasta la cerca y más probable aún que Calabazar perdiera el juego por aquella imperdonable marfilada de su jardinero derecho.

Aquel día negro para la pelota manigüera fue de fiesta para la literatura cubana. Gracias al ensimismamiento del poeta que había en Onelio Jorge Cardoso, persiguiendo con su mirada al caballito del diablo, se perdía un pelotero para nuestro deporte nacional y se ganaba un maestro para nuestra literatura.

Tomado de: Granma, 14 de octubre de 1969, p. 5

 

Abrir o cerrar los ojos


Por Eliseo Diego



De niño, según él mismo nos cuenta, solía Onelio Jorge Cardoso perseguir las increadas mariposas —o no-mariposas o qué-mariposas— que ponían siempre como muestra los establecimientos de nuestros pueblitos de campo. Muy claramente las veía Onelio Jorge no ir y no venir, no posarse o remontar arriba de las tejas —con todo lo demás que nos relata en la conferencia sobre las peripecias de su vida. Y quien empezó mirando con tales ojos —un par quizás entre los miles del Ángel de la Muerte, que sólo los regala a sus ahijados— no va a perder nunca su extraño golpe de vista, no importa cuánto polvo le caiga encima de los caminos de la Isla, o sal de sus mares y trabajos. Por eso sus cuentos de campo y agua no tienen "color" de lugar, sino misterio de lugar, cosa bien diferente.

<<< Ediciones Manjuarí, 1969

Tomemos uno cualquiera —no ya uno de los antológicos como "El cuentero" o "El caballo de coral"— y veamos cómo cae sobre el paisaje cubano la otra luz que trae siempre el Hombre consigo —siempre, claro, que lo pensamos así con mayúscula. En "Donde empieza el agua" esa luz traspasa la laguna viniendo de abajo para configurar la traviesa impudicia de la mujer que desde la orilla juega con las ondas. En el plano de inmediata realidad por donde se desliza el pescador de campo adentro, la procaz burguesita hace justamente una aparición que cambia el registro del relato, y cuando los dos se sumergen en las aguas, ya es otro el espacio todo, y el tiempo se vuelve el ancestral, dionisiaco, de la juventud de la especie humana. Con lo que acaban soplando las flautas pánicas entre los macíos de Ariguanabo.

Por la época en que Cardoso escribió sus primeros cuentos no creo que hubiese la perspectiva necesaria para apreciar la distancia entre su punto de vista y el usual en nuestra literatura de tierra colorada. Había, por supuesto, una coincidencia, y era la denuncia o puesta al desnudo del horror rampante; pero aún entonces debió ser evidente que la de Onelio Jorge llegaba más lejos que las otras, dolía más, importaba el doble. La frialdad era tanta, sin embargo, que el reconocimiento de sus dones sólo le ganó el reclamo de los molinos idiotas de la propaganda. Entre la muela superior de la codicia y la inferior de la estupidez, los mercachifles del radio pretendieron moler en provecho propio los tres delicados sabores que ni entendían ni amaban: el trágico, el sonriente, el fantástico. Pero Onelio Jorge, cazurro, supo arreglárselas para sacarles sus cuentos de entre las uñas —esos cuentos que ocupan ya el lugar que les corresponde entre lo mejor de nuestra  literatura.

Onelio Jorge Cardoso, revista Social, junio de 1936>>>

Hoy nos ofrece una nueva colección con el título de "Abrir y cerrar los ojos", y aun cuando éste no es más que el de uno de los cuentos incluidos, paréceme hallar en él una alusión a los modos de ser de su obra, tanto de la anterior como de la presente. Pues uno ve enseguida que si bien ha escrito la mayoría de sus cuentos con los ojos abiertos —y ya sabemos lo peculiares que son—, también ha tenido la costumbre de componer algunos con los ojos cerrados, y hasta no pocos guiñando uno casi imperceptiblemente. Cuentos trágicos o traspasados por la luz que da segunda sombra, como el que mencionamos al principio o "En la ciénaga": éstos con los ojos abiertos; y cuentos para los que fue preciso cerrarlos dejando libre juego a la fantasía de adentro, o entreabrir uno con el buen humor criollo que nunca le falta, como los que dedicó a los niños o "Taita, diga usted cómo". Para mi gusto, los mejores están entre los primeros, que son, para decirlo de otro modo, aquellos en que recorre a la vez las tres cuerdas de su instrumento: la grave, la alta o de la poesía, y la risueña.

Ahora, en su nueva colección, entiendo que ha querido explorar las posibilidades de cada una, aislándolas para ver hasta dónde les llega el sonido o combinándolas de modo que, entre dos, una acompañe y la otra domine hasta el máximo de su registro. Así, yo agruparía los nuevos cuentos de la siguiente manera: I ) "Algunos cantos de gallo" con "Me gusta el mar"; 2) "Nadie me encuentre ese muerto" con "Abrir y cerrar los ojos"; 3) "Hilario en el tiempo" con "Un queso para nadie"; 4) "Los nombres" con "El pavo" y "Un tiempo para dos". Veamos si los cuatro grupos sirven o no para entendernos.

En el primero, Cardoso apoya por primera vez el humor en la fantasía pura, utilizando la farsa —en su más vieja acepción— como trama, de forma que los vínculos con lo verosímil se vuelven tan tenues, que el grotesco puede impulsar la risa libremente. Incluso el protagonista de "Algunos cantos de gallo" es ya en sí mismo grotesco, librándonos del lazo que pudiera tendernos la simpatía. No sucede así con el de "Me gusta el mar" de quien nos sentimos afines; pero en este relato ya la fantasía ha subido un tanto el tono, si bien la risa lleva aún la voz cantante. A este personaje vamos a encontrarlo de nuevo en "Abrir y cerrar los ojos", subrayando el carácter "transicional" de lo que vendría a ser una primera parte.

<<<Arte y Literatura, 1975

En los dos grupos siguientes es la fantasía quien ocupa el centro del escenario, sirviéndole ahora el humor de coro. Un humor liviano, bien llevado, de oído benévolo para "las cosas que pudieron ser y no fueron", un humor al que conviene el calificativo usual de "bueno", para los cuentos del segundo grupo; mas, para los del tercero, un humor que no le habíamos visto antes a Cardoso, y cuya aparición nos sorprende porque trae capucha negra. La fantasía se ha vuelto pesadilla, engendra monstruos —no siendo el menor, quizás, ese psicoanalista de "Un queso para nadie", pariente de los burlados médicos de Quevedo. En cuanto a las historias del cuarto grupo, escapan ya al juego de las experiencias: en ellas Onelio Jorge se recrea con la tranquila maestría de sus registros de siempre.

Hasta qué punto el éxito justifica los ensayos hechos, supongo que será cuestión más propia del gusto que del razonamiento, ya que todos proceden de la misma mano experta. Ver cómo esa mano volatiliza la realidad cubana hasta dejarla en el cañamazo de farsa que nos hace reír en el cuento del hombre que nunca ha visto el mar y se divierte soñándolo, es, sin duda, un regocijado espectáculo. Pero este cuento se explaya luego en "Abrir y cerrar los ojos", y aquí sí es una lástima que las luces del arlequín nos priven de creer en una situación que, de fundarse en la enigmática cuanto concreta realidad de "El cuentero", habría podido cuajar en otro de esos relatos cuya compañía deseamos siempre. Un reproche similar reservo para "Nadie me encuentre ese muerto", si bien lo que ahora entorpece la "suspensión temporal de la incredulidad" es lo que yo llamaría un exceso de lirismo. Contado con la sobriedad de otras veces, sería este un relato ejemplar.

Editorial Pueblo y Educación, 1990>>>

Probándonos que los escarceos de la nueva colección son legítimos ejercicios de su arte, nos ofrece Cardoso en "El pavo" una muestra de cómo ese arte alcanza ya en su madurez la dificilísima cualidad de la transparencia. La admiración del niño por la gloria del animal, cuyo reverso exacerba las alucinaciones de la madre —delicadamente veladas—, reduciéndolo a un penoso deber que no entiende, "a veces poníase el pavo a hacer la rueda y entonces una fuerza extraña, un poder inesperado, lo obligaba a uno a mirar un momento que fuera, un momento antes de azorar después"; la fatalidad que pone en su mano la muerte justamente el día en que la magnificencia de la rueda arrastra por fin a los demás, arrancándoles ese grito de una simplicidad desgarradora: "¡Muchacho, qué has hecho!"; la precisión de los detalles escogidos para las dos realidades, la que el niño imagina y la otra, la del patio o la del fino retrato de la madre —"pero ella no oía, sus delgadas manos manejaban incansablemente las agujetas y hasta se alteraban, imprimiendo un movimiento más rápido al tejido"; todo está descrito con una sencillez tal, que a su través entrevemos, sin que sepamos con certeza cuál sea— de donde, quizás, el mayor mérito del relato—, ese abismo del corazón humano —abismo de la belleza, del arte, de sus reversos ineluctables— que el protagonista resume así conmovedoramente: "un momento de asombro antes de odiar".

En resumen, sea por una razón, sea por la otra —y aún por el puro gusto de ver a Cardoso jugar con el humor negro o sonreírse bajo mano del psicoanálisis—, el libro acaba siendo la fiesta que esperábamos. Pero uno se queda con ganas de más cuentos como "El pavo" o "Los nombres" —donde también se rozan importantes secretos. Porque Onelio Jorge no debe olvidar que, con los ojos que de niño le regaló el Ángel, es en la realidad de tierra y agua nuestras donde podrá encontrarnos —lo decimos así, con agradecido egoísmo— los más fantásticos, consoladores sueños.

Tomado de: Unión, no. 3, año IX, septiembre de 1970, pp. 196-198

 

Conversación con Onelio Jorge Cardoso


Por Agustín Pi


En nuestro medio, es cosa bien sabida, el quehacer literario de Onelio Jorge Cardoso contiene y despliega, sin desniveles, los atributos correspondientes a una sostenida calidad y a una constancia como de gota de agua. Su insistencia al respecto es irreprochable. Porque parece que sus contingencias, desencuentros, alardes, furias, ánimos y desánimos, sus humores, en fin, son secretos e intangibles y, por tanto, no rozan lo que tenazmente nos ofrece con una gentileza muy limpia, recién sacudida de repuntes de timidez, resabiosos laberintos, más la sombra de una recóndita soberbia sellada con esmero.

<<< Letras Cubanas, 2003

En una no lejana tarde y en la UNEAC, Onelio —como quien quiere la cosa— leyó varios de sus últimos cuentos a un grupo de sus lectores que se congregaban allí, fundamentalmente, para reiterar el disfrute de lo que él regala, indemne del ruralismo, del criollismo, del sociologismo, de los ominosos fervores del teque y de los milenarios males y vicios de la literatura. Se reunían en aquel momento escritores y aspirantes a escritores —eternos y nacientes— para ejercitar la rara convivencia con un hecho poético desarrollado con el natural desenfado y la imprescindible cuota de ceremonia y solemnidad que fija un suceso cuando es evidente —el discurso del tiempo le llaman los sabios—, la legítima realidad, tan pocas veces vista, tan pocas veces vivida genuinamente desde el corazón y la fantasía del hombre.

Y en aquella singular lectura titulada Conversatorio sobre Onelio Jorge Carsdoso, Onelio contaba, navegaba en sí mismo y para los demás, como siempre, con gusto y naturalmente impávido, convirtiendo la lectura, las cuartillas y la mínima disciplina de aquella programada y bautizada reunión en puro pretexto para contar, para seguir contando, como siempre. Y así cuando aquel acto —no discutamos sobre su verdadero nombre— terminó entre aplausos y Onelio, libre ya de suaves formalismos, parecía recogerse en sí mismo para volver a contar, le interrumpimos sin desdeñar poner de manifiesto elogios y felicitaciones. Asintió ligeramente y, entre grave y zumbón, agradeció y, como hombre a quien podrá faltarle el tiempo, pero nunca la atención, contesto:

“Los años, el cúmulo de lo vivido, quitan y dan muchas cosas. Para el escritor la experiencia, que es algo de lo que los años dan, no significa nada si no es un precipitado de entrañable vinculación con la poesía, con el hecho poético que se desprende de la vida del hombre, para hacerlo definitivamente diáfano para la comprensión y el sentido. Convertir esta primicia en literatura es muy difícil. Por eso la tarea del escritor es tan ardua y sus reveses son infinitos, porque la poesía está haciéndose, madurando siempre, en la vida. Y la poesía, aunque sea una pizca de ella, no se manifiesta fácilmente; hay que descubrirla entre los resplandores de la vida misma y, además, trasladarla con suerte y gracia a la letra, a la literatura, que es la construcción del escritor, el fruto de su trabajo.

Los hombres naturales, los campesinos, los pecadores, no los textos, son mis fuentes más caras: no es difícil de ver en lo que hago, creo. Pero, ya en este rumbo, lo más importante, a mi entender, es la inclinación por el destino del hombre y pretender aportar lo mejor de uno a que ese destino fulgure de puro cumplimiento auténtico en la veracidad y la hermandad entre los hombres. Eso es lo que trato de hacer.

La Revolución es la suprema incitación para colmar de sentido, servicio y significación nuestro trabajo. Compartir los esfuerzos de la Revolución es para el escritor verdadero el además que significa el deber de expresarla, no de escamotearla con el facilismo, la apología y las imposturas que dicta, omnipresente, la comodidad.

Ahora, dentro de pocas horas, partiré hacia Moscú, donde se celebra un congreso de autores de literatura infantil y para jóvenes, materia o tarea que considero superlativamente difícil y fascinante. Estoy trabajando últimamente en una especie de reportaje sobre hombre de mar, y estoy también entre mis cuentos y en los azares y complejidades de una novela.

Me imagino que también contaré en la novela…

Tomado de: Granma, 29 de marzo de 1973, p. 2