Imaginarios: José de la Luz y Caballero



Al pedagogo, al filósofo, al patriota, al “silencioso fundador”, como le llamara Martí, dedica Librínsula sus páginas.

En el 147 aniversario de la muerte de José de la Luz y Caballero (22.6.1862) reunimos textos representativos de Martí, Medardo Vitier, Roberto Agramonte, Eías Entralgo, Emilio Roig de Leuchsenring e Isabel Monal sobre el inolvidable cubano.

 

José de la Luz

Por José Martí                        

           

Rúbrica de Luz y Caballero>>>


Él, el padre; él, el silencioso fundador; él, que a solas ardía y centelleaba, y se sofocó el corazón con mano heroica, para dar tiempo a que se le criase de él la juventud con quien se habría de ganar la libertad que sólo brillaría sobre sus huesos; él, que antepuso la obra real a la ostentosa —y a la gloria de su persona, culpable para hombre que se ve mayor empleo— prefirió ponerse calladamente, sin que le sospechasen el mérito ojos nimios, de cimiento de la gloria patria; él, que es uno en nuestras almas, y de su sepultura ha cundido por toda nuestra tierra, y la inunda aún con el fuego de su rebeldía y la salud de su caridad; él, que se resignó —para que Cuba fuese— a parecerle, en su tiempo y después, menos de lo que era; él, que decía al manso Juan Peoli, poniéndole en el hombro la mano flaca y trémula, y en el corazón los ojos profundos, que no podía "sentarse a hacer libros, que son cosa fácil, porque la inquietud intranquiliza y devora, y falta el tiempo para lo más difícil, que es hacer hombres"; él, que de la piedad que regó en vida, ha creado desde su sepulcro, entre los hijos más puros de Cuba, una religión natural y bella, que en sus formas se acomoda a la razón nueva del hombre, y en el bálsamo de su espíritu a la llaga y soberbia de la sociedad cubana; él, el padre, es desconocido sin razón por los que no tienen ojos con que verlo, y negado a veces por sus propios hijos.

¿Qué es ver la luz, y celebrarla de lejos, si se la huye de cerca? ¿Qué es saludar la luz, mientras sus rayos tibios adornan flojamente la desidiosa naturaleza, y ponérsele de cancel, en cuanto sale del caos, quemando y sanando, con el brío del sol? ¿Qué es pensar sin obrar, decir sin hacer, desear sin querer? ¿Qué es ver caer la torre deshecha sobre el pueblo amado, y tener al pueblo por la espalda, como la celestina a la novicia dolorosa, para que le caiga mejor la torre encima? ¿Qué es aborrecer al tirano, y vivir a su sombra y a su mesa? ¿Qué es predicar, en voz alta o baja, la revolución, y no componer el país desgobernado para la revolución que se predica? ¿Qué es gloria verdadera y útil, sino abnegarse, y con la obra silente y continua tener la hoguera henchida de leños, para la hora de la combustión, y el cauce abierto, para cuando la llama se desborde, y el cielo vasto y alto, para que quepa bien la claridad?

<<<Carta a Francisco Ayala. C. M. Morales t. 75. BNCJ M

Lo más del hombre, y lo mejor, suele ser, como en José de la Luz, lo que en él sólo ven a derechas quienes como él padezcan y anhelen; porque hoy, como en Grecia, "se necesita ser fuego para comprender el fuego":—o los que oyen aterrados su paso en la sombra. De él fue lo más la idea profética e íntima, que no veía acomodo entre su pueblo sofocado y crecedero —cercado de la novedad humana, y la nación victimaria, lejana e incapaz, que entrará descompuesta y sin rumbo a su ajuste violento e incompleto con el mundo nuevo— y consagró la vida entera, escondiéndose de los mismos en que ponía su corazón, a crear hombres rebeldes y cordiales que sacaran a tiempo la patria interrumpida de la nación que la ahoga y corrompe, y le bebe el alma y le clava los vuelos. Los pueblos, injustos en la cólera o el apetito, y crédulos en sus horas de deseo, son infalibles a la larga. Ellos leen lo que no se escribe, y oyen lo que no se habla. Ellos levantan, como el sabueso, al enemigo, aunque use lengua túrgida y sedosa, y descubren la pasión de virtud que se suele ocultar, para servir mejor, en el sacrificio desconocido o en el silencio prudente. Ellos, en los países de desdén y discordia, quieren, con apego de hijo, a los hombres de justicia y amor —a los que no emplean en herir a sus hermanos dispuestos a morir por su patria la energía que reservan para perpetuar en ella el poder de sus tiranos. Y así ama, con apego de hijo, la patria cubana a José de la Luz.

(…)

Patria, 17 de noviembre de 1894

Tomado de: José Martí. Obras Completas, tomo 5, Editorial Nacional de Cuba, La Habana, 1963

 

José de la Luz y Caballero


Por Medardo Vitier

 

Antes de José Martí, ningún nombre de cubano ocupó tan altamente la conciencia cubana como el de D. José de la Luz. A ninguno se le recordó tanto ni con tan creciente veneración como al maestro del colegio El Salvador, cuya vida (1800-1862) fue de contenidos edificantes para la sociedad colonial que buscaba orientaciones, ya en el pensamiento, ya en la acción.

Tan fuerte huella moral dejó Luz entre sus contemporáneos que antes del medio siglo de su muerte se escribieron tres libros en torno a su personalidad. El primero, rigurosamente biográfico, de José Ignacio Rodríguez, con excelente información; el segundo, menos obligado a biografía, ya que su autor, Manuel Sanguily, se propuso más bien un estudio crítico de la figura que siendo él niño le dejó impresiones perdurables; el tercero, de Enrique Piñeyro, es de fondo a la vez biográfico (sin rigor) y ensayístico. Se completan las tres obras. En la de Rodríguez halla el lector, puntualmente consignados, los hechos, las menudas peripecias de una Vida que Plutarco hubiera escogido para incluirla en su galería famosa. En la de Sanguily encuentra el estudioso de la Filosofía en Cuba, las cardinales direcciones de las ideas de Luz y Caballero, apuntadas con acierto, aunque el plan del trabajo no es lo mejor. Tiene este libro una nota de singular vibración: la de los recuerdos personales de Sanguily que evoca el Colegio con el más puro fervor que sintió en su vida. En esas páginas sobre "El Salvador", se exalta la imaginación del prosador y crítico al fijarse con devoción incomparable en el hombre sapiente, manso, sugestivo, que un día, sin proponérselo, hizo sentir a la juventud ansias de revolución. "Quiso serenar las conciencias, pero al cabo, las perturbó, sin embargo", es la gran frase de Sanguily a ese respecto. Claro que "perturbar" no se emplea, en este caso, sino en acepción de elevada inquietud.

Bibliografía de Luz y Caballero, de Figarola Caneda, edición de 1915>>>

Piñeyro apenas tenía cosa que agregar, después de los trabajos de Rodríguez y Sanguily. Pero esto no bastó para que se contentara con lo ya escrito, y compuso su libro —lo es en realidad— aunque forma parte del titulado Hombres y glorias de América.

¿Por qué se veneró tanto a Luz? ¿Por qué continuaron viviendo envueltos en su atmósfera no pocos de sus discípulos y algunos profesores del célebre colegio que fundó? ¿Por qué se le vio como un iluminado? ¿Por qué lo llama Piñeyro "un ser completo", y Sanguily, luego de nombrar a Dios escribe: "Se le acercó tanto cuanto fue dado al barro divinizarse"?

El propio Sanguily, en un instante en que el crítico se sobrepone al discípulo devoto, se pregunta si realmente fue Luz todo cuanto creyeron ver en él sus contemporáneos. La mente analítica de Sanguily oscila, en esa página (es de las primeras de su libro) entre el examen científico y el entusiasmo del apologista. Asómbrase de que atribuyan tanta virtud (él mismo lo estaba haciendo) a una criatura mortal, y llega a decir: "Yo no lo sé por modo indudable", y se refiere a lo complejo del corazón humano.

Lo cierto, a vueltas de estudios y elogios, es que la Luz fue la organización mental más grande que dio Cuba en el siglo XIX, con la excepción de Martí. Su saber no era sólo filosófico sino de fuerte formación científica. Muchos desconocen esto último. Su dominio del latín era pasmoso. El francés, el italiano, el alemán y el inglés le eran familiares. Su memoria era portentosa. Su capacidad filosófica le llevó a anticiparse a doctrinas que después gozaron de auge en los centros de la cultura europea. Por eso Varona lo reputó como "el pensador de ideas más profundas y originales con que se honra el Nuevo Mundo". (Primera lección de su curso de 1880).

Por otra parte la vocación de Luz para la enseñanza ha sido un caso genial en Cuba. En Europa, en otro ambiente, hubiera alcanzado el relieve de un Pestalozzi, de un Froebel. En la carrera del sacerdocio recibió las órdenes menores. No la continuó. Lo atraían las actividades educacionales. Dirigió el colegio Carraguao (1834); explicó Filosofía en el convento de San Francisco (1838-1843); fundó El Salvador(1848) que funcionó catorce años bajo su dirección, hasta 1862 y continuó abierto hasta el comienzo de la Revolución de Yara.

Luz conciliaba la firmeza de carácter con la dulzura. Nadie en su colegio; nadie antes de él; nadie después, ha ejercido una influencia tan segura, eficaz y profunda en las almas.

II

Luz viajó para estudiar. En 1828 sale de Cuba. Reside en los Estados Unidos hasta el año siguiente, en que parte hacía Europa. Regresa a la isla en 1831. En la República del Norte trató a Ticknor, alta autoridad en literatura española, y al poeta Longfellow que también era hispanista. En Europa visitó a Inglaterra, Francia, Bélgica, Holanda, Suiza, Alemania, Italia. Se relacionó con el gran novelista W. Scott en Escocia, con A. de Humboldt en Berlín, entre otros. Asistió a los cursos de Cuvier en París.

El joven viajero iba con el dominio de varias lenguas modernas para las cuales tuvo singular facilidad. Las perfeccionó, por supuesto, en Europa.

Su regreso a La Habana coincidió con la aparición de la Revista Bimestre en la que se registra el estado intelectual del país en una minoría dirigente. En aquella publicación vieron la luz extensos trabajos del ya sabio cubano, tales como sus estudios sobre el magnetismo terrestre, el cólera, consecuencias del uso del carbón de piedra en las ciudades, principios para la formación de un gabinete de Física. Nótese que los temas eran científicos. Asombra, al leerlos, la extensión y solidez de los conocimientos de Luz en materias como ésas, que en realidad no fueron las que ordinariamente enseñó. El Dr. Alfonso Páez, conocedor de esta gran figura, ha estudiado con detenimiento su cultura en ciencias físicas y naturales. De 1833 es el Informe sobre el instituto cubano, aportación pedagógica en cuyas ideas hay mucho que hoy se preconiza entre lo nuevo. No puede prescindir de ese escrito el que estudie las teorías educacionales en Cuba. Considérese este párrafo: "Sin manipular en un laboratorio no se aprende Química. Sin un buen profesor que ilustre las materias, no se aclaran ciertos puntos matemáticos. Sin la viva voz del maestro, no se pronuncia bien una lengua extraña". El espíritu de la institución que proyectaba está en el pasaje donde dice que no se propone formar académicos, sino "hombres activos de entendimiento y más activos de corazón".

Imprenta y Librería de N. Ponce de León, N York, 1879>>>

La dedicación a la enseñanza fue determinándose en él con creciente fervor. En 1834 dirigió el colegio de Carraguao. El elenco filosófico de 1835 se ha llamado también "elenco de Carraguao", importante para fijar los credos de Luz como pensador. En aquel año (1834) efectúa su matrimonio con Mariana Romay, hija del célebre médico. Por este período, que no fue largo, era nuestro educador y filósofo un hombre de energía física bien cultivada, buen tipo viril que sobresalió en la equitación. Poco a poco, los estudios intensos, la medicación, la vida sedentaria, fueron minando su naturaleza. Envejeció prematuramente.

Se le autorizó para explicar cursos de Filosofía (1838-1843) en el convento de San Francisco. Por estos años ocurre la polémica en torno al profesor francés V. Cousin, cuyas doctrinas refutó Luz con vigor dialéctico difícil de superar. La polémica empezó en octubre de 1839. En los tomos VI y VII de la Revista de Cuba puede leerse la Impugnación, que es su escrito de más aliento.

En 1840 publicó otro elenco de Filosofía. Por la fecha se advierte que correspondía a sus lecciones en el Convento. Del mismo año es su elogio de D. Nicolás M. Escobedo, el jurista y orador forense, uno de los cubanos más eminentes de la primera mitad del siglo. Por cierto, en una frase del apologista sobre Escobedo, se pinta, sin intentarlo, el propio orador. Dice, en efecto, Luz y Caballero que Escobedo estaba formado de "esa rara mezcla de hielo y de fuego que constituye las almas grandes". Y así era quien lo decía. Hielo, para contemplar con serenidad imperturbable las enormes contradicciones y perversidades del mundo; fuego, para amar enardecido los valores eternos del espíritu. Nunca se ha dado tan exacta y profunda descripción de la grandeza humana.

En 1842 tuvo ocasión de evidenciar su entereza moral en el caso del cónsul inglés David Turbull, cuyo nombre, a virtud de un acuerdo en ausencia de Luz, se pretendía borrar de la lista de miembros de la Sociedad Patriótica. Impugnó el acuerdo en un escrito memorable y salvó el prestigio de la institución. Como se sabe, en todo aquello latía la cuestión del abolicionismo.

Su salud se quebrantaba día por día. En 1843, muy enfermo, salió para Europa. Pronto interrumpió su curación, pues hallándose en París en 1844, decidió presentarse a responder a los cargos que se le hacían en la presunta conspiración de aquel año espantoso.

Funda El Salvador en 1848, y a orientar la conciencia cubana dedica el resto de su vida. A más de los elencos filosóficos mencionados, publicó el llamado elenco de El Salvador.

<<<La Moderna Poesía, 1931

No escribió libros, bien vista su producción. Un texto de lectura, alguna traducción, artículos sobre Filosofía y Física, su famoso Informe, la Impugnación a la doctrina de Cousin, los trescientos y tantos aforismos. Pudo, claro está, componer obras, sobre todo en Filosofía, en que hubiese precisado sus ideas, tan diversamente explicadas después de su muerte. No lo hizo, por consagrar todas sus energías a crear vida interior en los jóvenes que se educaban en su colegio.

No fue El Salvador una institución al uso. Se enseñaban allí las primeras letras, las materias de segunda enseñanza y superiores. Pero lo grande de aquel centro consistía en el espíritu del director que lo llenó todo de presencia, de fe en la virtud, de gérmenes para la historia inmediata del país. Apenas se concibe que del materialismo práctico de la colonia surgiera un hombre que iluminara su tiempo con claridades proféticas. A eso alude Sanguily cuando escribe sobre la muerte de su maestro: "Los que conducían en hombros su cadáver, escoltaban la escoria sagrada de un milagro". Nadie ha dicho de él cosa tan significativa y tan bella.

En Filosofía no siguió Luz las escuelas idealistas. Podía leer a Fichte, a Schelling, a Hegel, en alemán, pero no difundió las doctrinas de estos pensadores en cuya metafísica culmina el idealismo germánico. Al contrario, siguió la corriente científica del siglo. Pero esto no le llevó al descreimiento en religión. Tal es su singularidad: haber conciliado su fe cristiana, católica (aunque no de entera ortodoxia) con una filosofía de base científica. Recuérdese un aforismo suyo: "Las ciencias son los ríos que nos llevan al mar insondable de la divinidad".

De modo que para él la verdadera ciencia no forma ateos. Sin embargo no creo que llegó a Dios por ese camino. Ya de joven, en el Seminario, su religiosidad se afirmó para siempre. Después el pensador halló que la investigación científica conduce, por otras vías, a la idea, al sentimiento de Dios.

Carta a su madre. C. Manuscritos. Morales. T. 75 BNCJ M>>>

Su estado físico, su preocupación cubana, sus meditaciones de filósofo, su temperamento místico, fueron recluyendo al hombre en el recinto del colegio. La pieza ocupada por la rica biblioteca vino a ser su último refugio. Allí le visitaban sus amigos y los extranjeros distinguidos que preguntaban por el sabio de El Salvador. Y cuentan, sin descorrer cierto velo doméstico, que allí murió, dejando en sus discípulos, en los profesores del plantel y en la sociedad de su tiempo, la impresión poderosa de que habían presenciado el paso de un santo por el mundo.

El colegio continuó abierto. Cada año se conmemoraba la desaparición (más corpórea que real) del mentor. Cuando Céspedes agitó y levantó la conciencia pública en Yara, fue ya imposible mantener el establecimiento. No pocos de sus fieles marcharon a la Revolución, Sanguily el primero, que en devotísima expresión escribe sobre el lugar venerado: "Y ausente el sacerdote, rotas las aras y apagados los cirios, quedó por siempre abandonado".

Tomado de: Estudios, notas, efigies cubanas, de Medardo Vitier, Editorial Minerva, La Habana, 1944, pp. 228-234

 

 

La paradoja histórica de Luz  y Caballero


Por Elías Entralgo

 

De los volúmenes de obras completas de José de la Luz Caballero que ha acopiado, ordenado y está publicando la Universidad de La Habana, el que más nos manifiesta su intimidad es éste cuyas páginas tenemos delante. Por eso yo sugerí el título que lleva. Ningún otro conjunto de lo que escribió Don Pepe nos da a conocer tanto y tal las entrañas de su individualidad. Ninguno sirve mejor para estudiar su temperamento, su carácter, su personalidad. Y todos esos datos del alma suya nos revelan que él era lo que los psicólogos de nuestros días denominan introvertido. Lo fue tanto que esta edición de todas sus obras servirá, entre otros buenos efectos, para variar el concepto en que se ha tenido su facundia de productor intelectual. Allá justamente por el mezzo del camino de su vita, raro era el día en que no llenaba un cuadernillo, el cual, para ascender a letra de libro, requería pasarse en limpio. Luz movió mucho la pluma; pero, si poseyó la afirmación de escribir, le acompañaba la casi negación de publicar, y por lo tanto tuvo más la introvertida responsabilidad del escritor que la extravertida audacia del publicista. Estos hombres que reaccionan hacia dentro, cuando son intelectuales, suelen respetar mucho a sus lectores, porque empiezan por respetarse muchísimo a sí mismos. Guardan lo que han escrito, esperando tiempos de más calma y sosiego que les permitan relecturas definitivas y retoques decisivos, con la mira puesta en la obra lograda, y la vida se les va sin que esos tiempos les lleguen. Por otra parte, sienten en lo más recóndito su innata capacidad espiritual, y no están dispuestos a subordinarla a lo práctico, a lo utilitario, a las varias formas de la propaganda y el reclamo.

En el pensar del introvertido, los hechos exteriores no constituyen el principio ni el fin, sino que a uno y otro extremo está el pensamiento del propio sujeto. Las acciones externas le sirven para ejemplificar e ilustrar los problemas y las teorías que en su mente les preceden y les siguen. La idea, plena de subjetividad, marcha a la vanguardia y a la retaguardia de los sucesos, sin que éstos puedan evadirse de su vigilancia. A veces la idea transita por las vías oscuras o penumbrosas de la imagen, pero las prefiere antes que reconocer afuera nada que no sea justificación de lo que se custodia dentro. Por eso la introversión reflexiva ahonda casi siempre, y rara vez tiende a ensancharse. Su máxima profundidad es el misticismo.

Tales signos pueden advertirse, en la conducta de Luz Caballero, a través del presente libro. Compárese lo que escribió con la atención puesta en el mínimo de projimidad, es decir, las cartas dirigidas a parientes y amigos, con lo que vertió en el papel para la recoleta, sola expansión de su alma, o sea, los diarios. En las primeras, el estilo es más cuidado y correcto; en los segundos, la emoción pura, imponderada, se precipita de los nervios directamente sobre las hojas en frases muchas veces inarmónicas, solecísticas, urgidas por el único afán de hacer constar para sí mismo un desahogo del ánimo.

En las epístolas abundan muchísimo más las comunicaciones de su existencia privada que las noticias de la vida pública. Cuando nota que ha avanzado en el comentario de las últimas, no es sino para detenerse y cortar en seco con expresiones como las siguientes: "Pero ya esto es politiquear demasiado..." Las victorias del civismo organizadas por un discípulo predilecto ocasionábanle "un silencio forzado en los labios y un alboroto en el corazón". A veces sentía deseos vehementísimos de salir a la palestra, desafiando todas las pasiones humanas, en defensa de la razón nacional y de las razones personales que asistían a un querido amigo que era a la vez un ardoroso hombre público: José Antonio Saco; pero no podía traspasar el valladar introversivo que le salía a la escritura con el pretexto pueril de no existir en Cuba imprenta libre, y a pesar de ello pretendía —contradictoriamente— que desde el extranjero pudiera leerse a Saco, cuando en el fondo lo que hacía era incitar al historiador de la esclavitud a sacar las castañas del fuego, estimulándolo por cierto con una muy introvertida sentencia del autor de Fausto: "...dígales usted y confúndalos, que J. A. Saco no toma la pluma para lucir ni para lucrar, sino como un mero instrumento para salvar la patria; que la pluma es su lengua; dígales usted, en fin, con el gran Goethe: "vosotros podréis saber lo que yo sé; pero mi corazón lo tengo yo solo". Por eso hay que acudir a esas esotéricas letras suyas para descubrir y apreciar hasta donde llegaba, bajo tales repliegues, su condenación del atraso social y su anhelo de mejorarlo, y la calidad y el fervor de sus aspiraciones patrióticas.

Fue un viajero "curioso" y "preguntón"; pero si en el extranjero cambió las lecturas nocturnas por la asistencia a teatros y paseos, si mudó el estudio de los libros por el de la sociedad, fue porque la información ajena le valía para la reformación propia, le servía para alterar ventajosamente los hábitos personales.

Su salud, tan precaria en lo físico como en lo psíquico, atacada por la dispepsia y la psicastenia, no le impidió ser un observador constante, un estudioso sin descanso, un trabajador infatigable. La muerte de la única hija, arrebatada de la existencia a la temprana edad de dieciséis años por una epidemia de cólera, lo sumió en intensa melancolía; y, como Jeremías, atribulado, desolado, abatido, los ojos convertidos en raudales de lágrimas, conságrase durante las horas insomnes de la noche y la madrugada a ir anotando sus lamentaciones en un manuscrito. Entonces, el introvertido vuélvese obseso unilateral que alcanza, con creces sobre otros momentos, el grado del misticismo; y es en tal estado donde aumenta el desarrollo del fenómeno a que me referí en el segundo párrafo, pues las cosas más comunes de la vida cotidiana van envueltas, etiológica y teleológicamente, por el recuerdo de la inconsolable pérdida  filial.

Llenaría ese vacío de su existir, luego aumentado por la falta de calor conyugal, con tres grandes y conmovidos cariños: la amistad, la educación y la infancia. Por causas similares, fueron ellos también tres crecidos amores del otro prócer transmutador de nuestro sentimiento de patria y nuestra conciencia de nacionalidad en el siglo XIX: de Martí. Los dos quisieron a los amigos con aquellas efusiones propias del Romanticismo, ingenuas en los conceptos y en las palabras, comprensivas en las significaciones, cálidas en las protestas, superlativas en los epítetos, dóciles a los requerimientos, espontáneas y generosas en la adversidad, compenetradoras en todos los tiempos.

La ingénita e ingente vocación magistral de Luz era más centrobárica y se mantuvo en dirección más centrípeta que la de Martí. Por las cartas que en este libro se recogen sabremos una vez más —pues ya quedó definida su fundamental concepción pedagógica en más de un luminoso aforismo— que no quiso limitarse a instruir sino que se propuso mejorar a sus discípulos. Estos componían, para él, una comunidad de personas dilectas, con una sola superestructura jerárquica: los predilectos.

Si la infancia fue manjar espiritual de excepción, dulce exquisito, trato de visitas, en el vivir andariego de Martí, constituyó pan suyo de cada día, contacto de residencia, en el existir casero de Luz. Las criaturas eran, para éste, interés supremo, entusiasmo cordial, enternecimiento constante, indagación inmediata desde la mañana hasta la primera noche, lance doloroso y contristador cuando las circunstancias negativas de la desobediencia y la inaplicación le forzaban a imponerles una pena, siempre dilatada todo lo posible por el amonestamiento.

Hay otras dos afinidades entre el maestro del Informe sobre el Instituto Cubano y el apóstol del Manifiesto de Montecristi. Una es la seriedad en la vida y en la obra. Muy extraña vez aparece la vena humorística en la producción fecundísima de Martí, y quizás solamente se halle en las notas de viaje por Guatemala que escribió para los hermanos Valdés Domínguez. También como salida extraordinaria se manifiesta el humorismo en la prosa abundante de Luz, y acaso sólo se le encuentre en su misiva a José C. Silvera fechada el 27 de septiembre de 1828. ¡Cuán significativo resulta que nuestros dos graves engendradores de revoluciones, el indirecto y el directo, fueran siempre tan serios! ¿No incita a curiosa meditación ese hecho de que nuestros dos Pepes fundadores cultivaran tan señeramente el choteo? Dejemos a la política seguir sosteniendo que el genio es representación; pero convengamos con la cultura, ante estos dos casos cubanos, que es excepción. Y recojamos la lección de que el cubano realiza los acontecimientos de entidad y escala las alturas del grande hombre cuando se pone serio. La otra analogía consiste en que, como casi todos los redentores, ambos fueron incomprendidos en el hogar, negados en la vida pública, y reverenciados por la posteridad.

<<<Obras. La Habana, La Propaganda Literaria, 1890

Por entre el escritor epistólico que únicamente desea comunicar sus impresiones con franqueza, no puede contenerse el pensador, y saltará y resaltará en conceptos de propensión aforística, como éste: "El tiempo es un gastador que todo lo va redondeando". Las ideas generales acogidas por su mente, no dejan de asomar por aquí o por allá. Tomándolas y poniéndolas en orden podríamos organizar la procesión de su ideología. A la cabeza debe ir el racionalismo. Después, la sincera tolerancia. Posteriormente, el prevalecimiento de los principios éticos, y dentro de éstos la sensatez y el pudor como virtudes primordiales.

Y de seguir leyendo entre líneas (a mí me parece que éste es un libro para ser leído preferentemente entre líneas) y agrupando personas y cosas, no sólo podemos reconstruir el itinerario espiritual de la personalidad de Luz, sino también la topografía cultural y moral de la época en Occidente y en Cuba. En algunas de estas páginas conjeturamos lo que eran entonces los medios de comunicación y transporte, el porte de las cartas y el viaje en bergantín, a merced de los vientos, que en ocasiones duraba veintidós días de New York a Liverpool. En una plana advertimos lo prostituido que estaba el periodismo en Europa. En otro lugar observamos cómo desde 1828 sorprende un aspecto del carácter norteamericano: la avaricia de tiempo, el afán de ganarle batallas al tiempo. Cierta afirmación suya, hasta ahora inédita, no sé si le desviará la suma devoción que por él ha sentido la masonería cubana, y es aquélla en que, comentándole a la madre la pronta y prematura frustración de las revoluciones independentistas hispanoamericanas, le dice: "Yo, con mi eterna cantinela: De masones y militares libéranos, Domine. Cada cual por su estilo, todo lo echan a perder en las revoluciones". Ahora bien, para orientar el juicio, fijémonos en el alcance de su opinión: es conclusivamente negativa para las logias sólo en cuanto a participar en movimientos revolucionarios.

Apliquémonos en varias noticias que resultan edificantes y ejemplares aún para la cultura cubana de este instante. Sólo dos idiomas no se enseñaban gratuitamente: el griego y el alemán; y del primero había cuatro o cinco clases, es decir, más que ahora. Las bibliotecas particulares de Luz y de su amigo el educador D. Antonio Casas y Remón sumaban 4,000 volúmenes escogidos. ¿Cuántas librerías privadas tienen hoy entre nosotros ese número de publicaciones selectas? Sus advertencias para la conservación de los impresos en nuestro clima valen todavía.

El tratamiento que da a la autora de sus días y de sus noches es el mismo que usaban José María Heredia y otros cubanos ilustres de aquellas generaciones: su merced. Revela un grato respeto no incompatible con el más expansivo afecto. ¿No es mejor homenaje y regalo tratar a la madre todos los días de su merced que ponerse una vez al año una flor en el ojal y hacerle un solo obsequio? De esta literatura de soliloquio y confesión no se escapan dos características de la mentalidad cubana del siglo XIX: la curiosidad y el enciclopedismo. Las vamos perdiendo. Con la muerte de Mariano Aramburo se nos fue el penúltimo representativo de esos dos valores de la inteligencia y la cultura. Con la vida de Fernando Ortiz nos queda el último espécimen de la una aptitud y de la otra actitud. Debemos desear que tal existencia se prolongue el tiempo suficiente, por lo menos, para ver la derrota de ese exceso de la Revolución Mecánica que es el especialismo, con su locura simple: la velocidad, y su pequeño símbolo: el tornillo.

II

El destino de Luz y Caballero consistió en formar almas distintas: distintas a la suya y al medio ambiente. Y de ahí viene la paradoja histórica que esta obra nos descubre plenamente. El fue un puro educador sin ninguna militancia partidarista; y, no obstante, el eco de su enseñanza y su doctrina repercute en todos los movimientos políticos cubanos desde mediados del siglo XIX: en el Anexionismo, el Reformismo, el Autonomismo y el Independentismo. Y la voz de aquel eximio introvertido resuena en insignes extravertidos. El Maestro era subjetivo; los discípulos fueron objetivos. Aquél se movía como un espíritu centrípeto; éstos, como centrífugos. La inteligencia del uno tendía a la intuición; la de los otros a la percepción. El primero era un tipo ideológico; los segundos, generalmente empíricos. El Maestro prefería las ideas abstractas; los discípulos, las concretas. El pensamiento de aquél era racional; el de éstos, programático. El uno gustaba de la expresión sintética; los otros, de la analítica. El primero cultivaba un estilo lacónico; los segundos fueron más verbosos. El Maestro se entendía mejor con el mundo de los conceptos; los discípulos, con las  concepciones del Mundo. Aquél se inclinaba a lo individual; éstos, a lo colectivo. El uno amaba la soledad; los otros, la sociedad. El carácter del primero era persistente; el de los segundos, variable. El Maestro fue un apolíneo; los discípulos, dionisíacos. Aquél es figura prometeica; éstos, tienen forma epimeteica. En fin, el uno puede distinguirse como almista; los otros, como personalistas.

Y por todo ello esta recopilación de epístolas y diarios de José de la Luz Caballero nos trae, con la genuina inmanencia doméstica de su existir, el mensaje de su auténtica trascendencia histórica.

Tomado de: De la vida íntima. Obras de José de la Luz y Caballero, vol. 7., tomo I: Epistolario y diarios,  Editorial de la Universidad de la Habana, 1945 pp.XVII-XXV

 

Don José de la Luz y la filosofía como ciencia de la realidad (Fragmentos)

Por Roberto Agramonte

De la concepción filosófica general relativa a la consideración de lo natural y empírico como objeto primario y radical del conocimiento, deriva la actitud pedagógica de Luz tocante al espíritu que debe presidir en lo metodológico la enseñanza. Considera que la educación "es un ramo eminentemente experimental, más experimental que ningún otro". Luz implantó en Cuba, en los centros donde profesara, el explanatory system, el método explicativo —tal como lo describe en una carta a José Luis Alfonso de 8 de febrero de 1833, al estrenarse como profesor del Colegio de Carraguao— en cuyas prácticas observó personalmente al ilustre educador Wood de Edimburgo. No sólo se vale de ese método, que es el de Varela, el vareliano, a base de desentrañar los conceptos del educando, dando razón a cada afirmación y permitiendo la posible aclaración u objeción, en la lectura, a base del libro para párvulos que escribió a este propósito —Texto de lectura graduada— sino aun para la enseñanza de las ciencias, en que sustituye el magister dixit y el procedimiento recitativo y versificativo, tan en uso en la época colonial en que no se deseaba crear conciencias libres. "Conmigo no hay escapatoria —dice en la mencionada carta—: todo ha de ser razonado, todo con su cuenta y razón”. Esa es otra manera cómo Luz contribuyó a emancipar éticamente al cubano, ejercitando la dirección propia de la mente, los principios quae mentem dirigunt (Varela).

Acostumbraba el método explicativo a ejercitar el raciocinio sobre cuantos objetos se le presenten, y así "el método intuitivo de Pestalozzi es una ramificación del mismo sistema explicativo, siendo así que se reduce a clasificar las ideas que nos vienen de los objetos directamente a los ojos, y no por el intermedio de los libros" (Informe al Instituto Carpegna. Rev. de Cuba, t. V, p. 360). Se ve aquí que Luz se vale de los rasgos de las ciencias naturales. Es la misma tesis de Rousseau cuando asegura que nuestros mejores maestros son nuestros pies, manos y ojos, pues aprender lo de los libros es aprender lo de otros. Es la misma tesis de Montaigne, desconfiador de lo abstracto y apriorístico, cuando excita a que el niño discurra sobre cuanto se le ofrezca a sus ojos: un río, un árbol, un pasaje de César. Es mucho de lo que enseñaba Quintiliano en sus Instituciones, "ese primer libro en su línea", como lo connota Luz. Es lo que propugna Dewey, hijo moderno del empirismo. En suma, la educación de tipo experimental.

Claro es que Luz se ha adelantado a la objeción del Vicario saboyano de Rousseau. No se trata de una espontaneidad arbitraria y desordenada. El maestro dirigirá esa espontaneidad, impidiendo que el discípulo realice el análisis de un modo torpe y rutinario, pues ello impediría la creación por cuenta propia, que es lo esencial en toda educación.

No se ocupa de Herbart, cuyas ideas pedagógicas parecen constituir una laguna en su teoría de la educación en estudioso tan al día. Mas no se olvide que Herbart subestima la actividad, el propósito, el hábito y el repertorio instintivo-impulsivo de la organización originaria del hombre, al poner en verdad énfasis mayor en el conflicto dinámico de las representaciones y en un realismo precrítico, en que la realidad no es dada inmediatamente. El sistema educativo de Luz es, por el contrario, de raíz baconiana: cosas antes que reglas, propia investigación, no autoridad; de lo concreto a lo abstracto; interés, no coerción; estudio de cosas y no palabras sobre las cosas, orden o curso de la naturaleza descubriéndose en lo estudiado; formación de hábitos. Este tipo de educación la estimaba Luz más adecuada para el gradual avance de la sociedad cubana, que ya había sufrido el educando de harto alambicamiento conceptual. Luz es, sin duda alguna, el padre de la escuela activa, cuya filosofía formuló claramente.

El lema de Luz es "ejercitarse sobre la marcha". Su divisa es: "Primero es andar que explicar la marcha". Estas vistas son genuinamente empírico-pragmáticas. Pensamos actuando, enseñará Dewey. En efecto, "la inteligencia del hombre —sentará Luz— comienza por lo concreto, y cuando queremos elevarle a lo abstracto, si no alcanza presto las cosas, el único medio de hacérselas penetrar es volver a lo concreto". Por eso quiere que no se importune al niño enseñándole a destiempo, de modo pedantesco, prematuro e innecesario, una teoría abstracta, como sería inoportuno enseñarle a un aprendiz de violín, antes que todo, la teoría física del sonido. Sólo así, ajustando la posibilidad de saber a su capacidad, se tendrá el secreto de poner en juego la actividad mental de "las tiernas criaturillas". La mejor lógica es la de poner sus pies en firme, no la resbaladiza de las abstracciones.

El método explicativo es el instrumento vivificador de una concepción pedagógica sistemática y amplia, cuyas premisas se encuentran en esta polémica sobre Cuestión de método. Su punto de partida psicológico es la teoría del hábito, con su correlato ético de inculcar al niño desde temprana edad las acciones que tenemos por buenas, extremo éste que con ser añejo ha sido desarrollado con calado por el pragmatismo. Así, moldearlo en el principio de bondad, partiendo de una sencilla narración o descripción del mundo natural, v. gr., la del camello, hasta remontarse a los designios del Supremo Hacedor. Dando al niño un alimento adecuado a su capacidad, el suministrado por el mundo natural, el pensar sobre los objetos sensibles, se le hace más lógico, más moral y se le espiritualiza más que por medio de secos principios formales. Claro que no se trata de enseñarle la ciencia rigurosa de la física, sino tan sólo rasgos del mundo físico. De este modo se evita el fastidio, que es el escollo de los primeros años de aprendizaje, y se le robustece su razón naciente, no confinando la enseñanza a la memoria sino repartiéndola entre todas las facultades.

La pedagogía de Luz se extiende insensiblemente del párvulo al adolescente por la misma vía empírica. Pero no es este mentor un ciego practicón empírico, para emplear su propia frase, sin hilo de teoría, sino que tal práctica conlleva una teoría —toda la que se condensa en este estudio— una pedagogía a base de conducir el entendimiento de la juventud por los debidos grados, para preparar al hombre a mayores y más difíciles conquistas y al aseguramiento de la mejora del corazón. Y de esa guisa, si el método lucista es de suyo empírico, el fin, la-meta-del-método, es de trascendente dimensión ideal platoniana; pues ese robustecer la inteligencia del hombre lleva aparejado espiritualizarle más, aproximarle a la divinidad.

En este scopós Luz se declara "discípulo del divino Platón". Si sólo eso hubiera anhelado sin realizarlo plenamente, de toda suerte, según la sentencia kantiana, su buena voluntad habría brillado como una joya, como cosa que tiene todo su valor en sí misma; pero lo cierto es que el filósofo cubano convirtió toda su teoría pedagógica en realidad concreta en la forja de las conciencias libres de su adeptado. Por ello pudo hacer suya, casi al final de su paso por la tierra, esta confesión plenaria: Bonum certavi, cursum con-sumavi, fidem servavi: He peleado el buen combate, he concluido totalmente mi carrera y he conservado mi fe.

Habana, diciembre de 1945

Tomado de: Don José de la Luz y la filosofía como ciencia de la realidad, de Roberto Agramonte, La Habana, 1946  pp. 73-78.

 

José de la Luz y Caballero: Fundador de la nación cubana


Por Emilio Roig de Leuchsenring

 

El 22 de junio de 1862 —se cumplieron ahora 92 años— ocurrió en La Habana un acontecimiento que conmovió profundamente a sus moradores: había fallecido, a las siete y media de la mañana, José de la Luz y Caballero.

Refiere Manuel I. Mesa Rodríguez —máximo biógrafo de Luz en los días actuales— que "como un reguero de pólvora corre la noticia, todo se pone en movimiento, ha muerto "el hombre que enseñaba todas las ciencias", ha muerto un "santo laico" y las almas, estremecidas, sienten la honda congoja por el grande hombre que acaba de morir en un modesto catre, en un ángulo de su biblioteca, llorado por sus hijos espirituales".

Tan honda fue la repercusión que tuvo el deceso del que era llamado cariñosamente Don Pepe, que el capitán general Francisco Serrano dispuso, por un decreto refrendado al día siguiente, que en sus funerales se le rindiesen honores oficiales, "queriendo dar un solemne testimonio de la consideración que merecieron siempre al Gobierno superior de esta isla los méritos literarios y las virtudes públicas y privadas que distinguieron durante su vida al señor Don José de la Luz y Caballero".

Se ordenaba la asistencia al enterramiento, que debía efectuarse ese día, a las cinco de la tarde, de "uno de mis ayudantes en el coche de gala de este Gobierno y Capitanía general"; se invitaba a las corporaciones científicas y literarias, que deberían asistir "con sus insignias, si tuviesen facultades para usarlas, o en riguroso traje de luto"; y que, "durante tres días, quedarán cerrados los institutos de educación de esta isla en homenaje a la memoria del finado". Esas disposiciones se insertaron en la Gaceta Oficial.

Refiere uno de sus discípulos que más lo amó, y el que más lo exaltó —Manuel Sanguily— que "en la tarde del 23 hubo una muestra espontánea e imponente de duelo público. El dolor del país fue unánime".

¿Por qué ese sentimiento general de la sociedad cubana, y la adhesión al mismo de la más alta autoridad de la metrópoli?

Sanguily, al justificar ese unánime dolor, dice: "El cubano más grande de su tiempo, y el mejor que haya nacido, fue llevado en universal consternación a un nicho del camposanto. Los que conducían en hombros su cadáver, escoltaban la escoria sagrada de un milagro: un hombre íntegro, justo, santo —todo amor, caridad y ciencia— que había brotado y vivido, como la flor divina de un estercolero, en la podredumbre de una factoría de esclavos".

Era, pues, Don Pepe —y nadie con más autoridad para afirmarlo que Sanguily— un buen cubano, un gran cubano.

¿Por qué, pues, esos honores oficiales?

Habilísima conducta por parte del gobernante español para atraerse a la sociedad cubana, en rebeldía reiterada desde muchos años antes. Y, además, esta otra explicación que nos da Mesa Rodríguez: "Don Nicolás Azcárate con otros cubanos más se dirigieron al Palacio del Gobierno y le informaron al capitán general Francisco Serrano y Domínguez que el Maestro había muerto, que era necesario tributarle el homenaje que su persona merecía y que los póstumos honores debían tener la solemnidad a que era acreedor el justo que acababa morir". Y... "Serrano estaba casado con una cubana, la condesa de San Antonio, que sabe, aunque la fábula cuenta otra cosa, quién es Don Pepe".

Agregaremos, como contrasentidos, que se dan en todas las épocas y en todos los países y hombres, lo que nos cuenta Álvaro de la Iglesia en su libro de tradiciones cubanas —Cosas de Antaño— : "Véase lo que son los caprichos del acaso: el hombre más sanguinario y feroz para los cubanos (Leopoldo O'Donnell) les envió (siendo presidente del Gobierno español) el gobernante más benigno, tolerante, moral y celoso de cuantos llenan el catálogo de los virreyes de Cuba en el pasado siglo". Ya fuera del mando de Cuba, desde el 10 de diciembre de ese mismo año de 1862 —agrega Álvaro de la Iglesia— "cuando habló en el Congreso, pronunció aquella frase memorable que ha merecido el anatema del integrismo: “Si la suerte de los cubanos no se mejora, tendrán razón para sublevarse". En cuanto a su esposa cubana, comenta el citado cronista, llegó a ser reina de España, pues "Serrano, después de la revolución de septiembre alcanzó el puesto más alto que tuvo un militar español: fue Regente del reino con tratamiento de Alteza", y ella, "vivió en plena corte y tuvo a sus pies a muchos, tal vez de los que después la difamaron", los enemigos políticos de su marido. Buena prueba fue este grandioso homenaje póstumo tributado a José de la Luz y Caballero por sus compatriotas, de que éstos veían en él al venerado educador de alma apostólica que había sembrado en el corazón de sus discípulos los ideales de dignidad para individuos y pueblos, que los llevarían, muy pronto, a militar en las filas libertadoras. Y es lo cierto, aunque en vano se haya tratado de negar por algunos merodeadores de la historia, que Luz, según él mismo reconoce, figuraba como "líder", que diríamos hoy, de un "partido cubano", sin nombre ni organización concreta, pero de características inconfundibles, bajo cuyas invisibles banderas se agrupaban, frente al "partido español" todos cuantos laboraban por la felicidad de su patria: Cuba.

Sanguily confirma que "el maestro de la juventud cubana" era igualmente "un patriota sagaz y tendencioso, que fue el único cubano que, por su ardoroso y noble corazón y su inteligencia superior y perspicua, abrigara un designio trascendental con que ocupar toda su existencia, una misión social, útil, necesaria y grande, de consecuencias legítimas e indefectibles, de resultados futuros pero provechosos, y que a ella se consagrara con serena energía y perseverancia invencible". Y juzga Sanguily, que "ésta, probablemente, es la razón más poderosa por que ha sido estimado, respecto de su época, como la personificación del espíritu cubano y que, por lo mismo, los enemigos de su tierra hayan maldecido y ultrajado su nombre y su memoria que, en cambio reverencian y bendicen sus paisanos".

Como ejemplo elocuente para comprobarlo, don Manuel relata que "la noble actitud del Capitán General mereció el reconocimiento y los aplausos de los cubanos". En cambio, "irritó al elemento español de la Isla", según dice Justo Zaragoza en su libro Las insurrecciones de Cuba. Para éste, José de la Luz y Caballero no fue más que "el gran perturbador y enemigo" del dominio español en las Antillas. Y Sanguily, al publicar en 1890 su magistral estudio sobre Luz, afirma, refiriéndose a Marcelino Menéndez y Pelayo: "Hoy todavía no faltan quienes mantengan en la Península la misma tesis. Hoy, como entonces y siempre, se refieren a sus méritos con desdén, y se burlan de sus discípulos porque en su entusiasmo lo han comparado a Confucio y a Sócrates. Por reacción forzada y legítima, la isla de Cuba responde con su veneración apasionada".

José de la Luz a los 60 años>>>

Esa postura —cubana, en pro de Luz; y española, en contra de Luz— la revelaron el día de su entierro, respectivamente, las señoras habaneras, solicitando, por primera vez en Cuba, autorización para concurrir al sepelio, según refiere Mesa Rodríguez, quien cita también que el capellán de la Beneficencia entonó el Réquiem y dijo el responso "que debió decir el obispo Fleix y Solana, y no dijo, obligado a no hacerlo por los jesuitas del Colegio de Belén".

De la entereza de carácter de Luz pueden citarse numerosísimos episodios de su vida.

Entre ellos, en primer término, su firmísimo antiesclavismo, puesto de relieve de modo superlativo por Manuel I. Mesa Rodríguez, en su citada biografía. Sus pronunciamientos antiesclavistas son claros, precisos, contundentes. Conocidísimo y repetidísimo es su aforismo: "En la cuestión de los negros lo menos negro es el negro". En otros varios ataca también la esclavitud y la trata: "Al ver la obcecación que todavía persiste en la materia, diríase que el destino quiere prohijar la causa de los africanos, para vengarlos con usura. Y yo clamo a los blancos: Nolite obdurare corda vestra. Nolite fiéri sicut equus et mulus, quibus non est intellectus. (No os endurezcáis el corazón, haciéndoos como el caballo y el mulo, que no tienen inteligencia) "… Y en sus Lágrimas, por la muerte de su hija idolatrada, dice: "Tenía yo la fortuna ¡oh, Dios mío!, que aunque criada mi hija como sus padres en medio de la esclavitud, ni era exigente, ni tenía hábitos mandones, como era natural. Tú me la preservaste, ¡oh, Dios!, en medio del veneno". El daño que la esclavitud hacía a Cuba fue por él anatematizado en estos otros aforismos: "La introducción de negros en Cuba es nuestro verdadero pecado original, tanto más cuanto que pagarán justos por pecadores. Pero justo es también que los miembros de la sociedad sean solidarios y mancomunados en esa deuda, cuando ninguno de ellos está exento de complicidad". "¡Cómo contamina la esclavitud a esclavos y amos! ¡En qué atmósfera vivimos sumergidos!".

Su vibrante protesta contra la expulsión del cónsul inglés David Turnbull, de la Sociedad Económica de Amigos del País, de la que Luz era director, por parte de sus socios negreros, y debido a la incansable persecución que aquél venía realizando del nefando negocio, fue otra de sus magníficas actitudes antiesclavistas, comprobación de su entereza de carácter. Y ésta más: su negativa a tener esclavos. Nunca los tuvo. Y hasta cuidó en sus disposiciones testamentarias, publicadas íntegramente por Mesa Rodríguez, de lograr que aquellos esclavos de sus familiares a los que pudiese alcanzar la beneficiosa influencia de sus arraigados sentimientos de humanidad, no se viesen privados de conseguir su liberación.

Otro episodio elocuentísimo de esa entereza de carácter, que refiere Sanguily: "Próximo el momento supremo de lo que él llamaba un tránsito, algunos hombres sencillos que le atendían en su triste enfermedad, comisionaron a uno de sus deudos (José María Romay) para proponerle la confesión religiosa. Tímidamente se acercó al agonizante anciano, y le comunicó el piadoso voto. Sonrióse con infinita compasión el angélico moribundo, y bañando a su interlocutor confuso en la lumbre de inefable mirada, exclamó conmovido y humilde: "Siempre, durante toda mi vida —hijo mío— he estado bien con Dios". ¡Estas palabras, sencillas y admirables, son el resumen exacto y cabal de toda su existencia! Mas pudiera añadirse que del mismo modo estuvo siempre bien con los nombres. Fue santo; pero fue también patriota".

De su patriotismo ha dicho otro cubano ejemplar que mucho lo amó y se consagró a divulgar su vida y otra ejemplares —Francisco González del Valle—: "No hubiera sido bastante su saber para llevar a término la labor ingente que acometió como educador. Era necesario haber visto y sentido los dolores de la patria como él los vio y sintió; haber tenido el fuego y entusiasmo de Apóstol que él tuvo, y haber amado la libertad, la justicia y la verdad cual él las amó".

En la cátedra de Filosofía, como en el Colegio del Salvador, y hasta en la hora de la muerte, a Luz le preocupa, por sobre todo: Cuba. Así le declara al Marqués de Esteban: "Sólo siento morir en momentos tan críticos para Cuba". Y cuando su amigo le aconseja que se ocupe de su persona, reitera: "No, hay algo para mí mas grande y que me interesa más que mi estado; es el estado de mi país. Yo no he visto realizados mis deseos en este particular, pero a ti y a mis discípulos les encomiendo mi Cuba, tú y ellos labrarán su felicidad, ya que a mí no me ha cabido ese destino".

En pleno bajalato de Tacón, llega a decirle a este sátrapa, en defensa de Saco, amenazado de expulsión, que "era independiente porque no había nada que le arredrara cuando gritaba la voz de la patria". Y con igual vigor —según cita de Mesa Rodríguez— se enfrentará, abogando por su patria, con los capitanes generales Valdés y O'Donnell. Lo mismo le dirá al ultraconservador y antiamericanista Agustín Argüelles, al conocerlo en Londres: "el liberalismo de usted se detiene ante las columnas de Hércules y tiene miedo de cruzar el Atlántico".

Cada oportunidad que se le presenta la utiliza para hacer política —alta política patriótica— hasta en sus trabajos de filosofía, como dice a Manuel González del Valle en carta de marzo de 1840: "no para tratar de política, sino para inspirar a la juventud la justa desconfianza que debe animarla respecto de unos hombres que prostituyen la dignidad de la ciencia, haciéndola servir a los fines de la política o de intereses especiales, cuando la ciencia es una rama independiente y no subordinada a nadie, más que a la naturaleza". Luz fue ejemplo vivo, admirable, del hombre de letras y de ciencia preocupado en todo momento por la felicidad de su patria y laborando sin descanso por lograrla, importándole poco los peligros y consecuencias que le acarrearon su defensa de lo cubano y sus ataques a las arbitrariedades, explotaciones e injusticias de los gobernantes españoles. ¡Lección admirable, ésta, ayer como hoy, para los intelectuales que adoptan la cómoda y egoísta postura de escaparse de la realidad política de su país y del mundo y loan servilmente al gobernante de turno o al extranjero poderoso, con miras a su beneficio particular mercantilista, con la patria a la espalda!

<<<Mascarilla de Luz y Caballero. Carteles, 4 de julio de 1854

A José de la Luz y Caballero debemos venerar todos los cubanos de buena voluntad, como Martí lo veneró: "Él, el padre; él, el silencioso fundador; él, que a solas ardía y centelleaba, y se sofocó el corazón con mano heroica, para dar tiempo a que se le criase de él la juventud con que se habría de ganar la libertad que sólo brillaría sobre sus huesos; él, que antepuso la obra real a la ostentosa y a la gloria de su persona para hombre que se ve mayor empleo, prefirió ponerse calladamente, sin que le sospechasen el mérito ojos nimios, de cimiento de la gloria patria".

Tomado de: Carteles, 4 julio de 1954, pp. 61, 66

 

José de la Luz y Caballero (1800-1862)


Por Isabel Monal


José de la Luz continuó la obra modernizadora de Félix Varela por la vía del empirismo y el iluminismo, para llevarla a conclusiones filosóficas más radicales aún. Luz no tuvo que vérselas de frente con el escolasticismo como su maestro, pero sí debió acaudillar el movimiento contra los intentos de otros pensadores cubanos de la época, que, como los hermanos González del Valle, querían introducir en nuestro país las ideas del eclecticismo francés de Víctor Cousin. El grueso de la producción escrita de Luz está dedicado a la refutación de esta corriente de pensamiento, en la que vio un peligro de retroceso para la cultura filosófica y científica de Cuba.

El carácter polémico de casi toda la obra de José de la Luz hace extremadamente difícil la comprensión unitaria de su producción. Tampoco resulta fácil descubrir la intención y el objetivo de sus planteamientos. En Varela, la obra escrita está ordenada e hilvanada sistemáticamente, de manera que la estructura general de su pensamiento se muestra con claridad a lo largo de sus páginas. La producción de Luz es, por el contrario, poco sistemática; y más de un problema quedó expresado en forma ambigua o confusa. Esta situación es natural para cualquier pensador cuya producción no haya seguido un ordenamiento riguroso de los temas y problemas a considerar, más aun si debió trabajar los materiales en forma de polémica.

Luz fue la figura central de la famosa Polémica Filosófica que se suscitó en Cuba, desde las páginas de diversas publicaciones, a fines de la década del treinta, y que giró en torno a variados problemas. Aquella polémica, como se sabe, tuvo un marcado sabor político. En ella el maestro de El Salvadortomó partido contra la posición conciliadora del eclecticismo y se convirtió en el estandarte de la naciente cubanía, a pesar de que en política mantuvo actitudes moderadas. (También Varela, desde lejos ya, mostró su preocupación por el beneplácito con que muchos cubanos cultos recibieron la "nueva" corriente, que, para él, al igual que para Luz, revivía formas escolásticas revestidas atractivamente de supuesto modernismo).

El iluminismo de José de la Luz y Caballero estuvo más cerca de Locke que de Condillac, pero no habría que pensar que esta predilección significó un retroceso en relación con Varela. Lo que Luz tomó de Locke fue su empirismo, sin los extremos a que los llevó Condillac, cuidando de estructurar una interpretación del hombre de acuerdo con los resultados de las ciencias de la época. Su iluminismo fue de tipo naturalista y hasta con ciertos matices de positivismo y materialismo en alguna que otra cuestión.

Al igual que Varela, consideró que no bastaba la sola guía de la razón para conducir al entendimiento. Todo conocimiento, y la filosofía entre ellos, debía demandar, a su parecer, el rigor y la precisión que sólo la sana empiria podía ofrecerle. Al respecto, aconsejaba la necesidad de un espíritu crítico penetrante, para evitar desviaciones y confusiones que apartasen al entendimiento de la vía científica. Tanto la filosofía como las ciencias, pensaba, deben buscar la exactitud en las ideas y la elaboración rigurosa del conocimiento.

Luz no se contentaba solamente con dotar a la filosofía y a las llamadas ciencias morales de un estilo más cercano a las ciencias. Su aspiración era más ambiciosa. Su intención era convertir a la moral y la filosofía en ciencias, en contraposición al carácter metafísico que siempre habían tenido, y que las había hecho propicias a la especulación y el error. Este objetivo se refería muy especialmente a la construcción de la ciencia del hombre sobre la base de una comprensión unitaria y totalizadora del mismo. Lo que explica, de una parte, su repulsa a la metafísica y la ontología y, en particular, al eclecticismo, que era la expresión concreta de ese espíritu en la situación de la filosofía cubana. Y, de otra parte, también explica el porqué de las corrientes europeas que abraza, así como los juicios y soluciones que propuso sobre los problemas filosóficos que encaró.

Todo su pensamiento está enmarcado en ese objetivo científico central de su gestión filosófica. Las cercanías y diferencias con Varela también son comprensibles dentro de ese contexto.

Según su iluminismo naturalista, las ciencias constituían un todo unitario, en correspondencia con la unidad real del mundo. El concepto de naturaleza expresaba ese todo coherente que es la realidad sobre la cual versa el conocimiento, y que excluye al hombre como parte de la misma.

En la naturaleza, consideraba Luz, cada cosa está enlazada y dependiente de otra. La naturaleza es solamente una, y todo lo que la constituye está sometido a sus leyes y principios, descifrables sólo por la acción del pensamiento científico. Por eso no deben existir obstáculos para las ciencias, no importa cuán conturbadoras de viejas creencias puedan ser.

El naturalismo cientificista de José de la Luz conllevaba, junto a su visión de la naturaleza, la defensa del método más propicio para conocerla. A diferencia de Varela, Luz no creyó en la necesidad de atender al proceso del conocimiento como premisa para la estructuración de un aparato y una metodología científica. Lo que no impidió que su concepción del método enlazara vertebradamente con su teoría del conocimiento. Sólo para la filosofía y las disciplinas morales recomendaba el estudio previo del proceso cognoscitivo. La razón de este requisito, no planteado para las demás ciencias, no parece ser de difícil comprensión. El método debería ser extraído de las ciencias naturales, donde tantos resultados provechosos había proporcionado, para ser aplicado, después, al estudio del hombre. Evidentemente, si el hombre es parte de la naturaleza, la utilización en su estudio de los métodos experimentales y de observación, no resultaba como producto de una mera extensión inapropiada de los mismos, sino como la natural consecuencia de tal premisa. Por esa línea, el estudio del proceso del conocimiento resulta un hecho tan propio de la naturaleza como cualquier otro, y a él debe aplicársele el método de las ciencias naturales. Así, sucede que la sistematización del método es anterior a su aplicación al terreno de las ciencias humanas, cuyo retraso, en comparación con las demás ciencias de la naturaleza, era en gran medida explicable porque hasta ese momento no se había comprendido que el hombre no es ajeno a la naturaleza. Quizás Luz temía que de no demandar este orden, la especulación y la invención continuarían remando o, al menos, amenazando con distorsionar el estudio del entendimiento, la moral, la política, etc.

Una buena parte de la refutación antiecléctica —símbolo de la negativa a la especulación y al espiritualismo— no se situaba en la crítica a la visión del hombre y del proceso del conocimiento que sostenían los seguidores de Víctor Cousin en nuestro patio. La intención fundamental de Luz, en este punto, era demostrar la imposibilidad de erigir una concepción científica, si se aceptaba que el llamado hecho de conciencia, por sí solo y sin referirse a la realidad exterior, podía constituir una vía segura de conocimiento. Locke le ofrecía, con su empirismo, el primer elemento de crítica: el entendimiento sólo puede avanzar sobre terreno seguro, si se apega a la información que sobre la naturaleza (el mundo exterior) le ofrecen los sentidos. Este primer elemento sustituye, por igual, a la revelación y a la opción idealista. Luz no ignoraba que las sensaciones deben a menudo ser rectificadas, pero, a su juicio, ya fueran éstas buenas o malas, la ciencia no disponía de otro punto de partida para recopilar la materia prima sobre la cual elaborar el conocimiento.

Siguiendo la tradición alemana, introdujo en su gnoseología el principio activo interno. Así, en la formación de ideas, el hombre no depende pasivamente de los sentidos, sino que el entendimiento funciona como un agente activo. En los escritos producidos a lo largo de la Polémica no se llega a precisar en qué consiste exactamente ese carácter activo del entendimiento, ni cómo debe entenderse el mismo. Por otro lado, mostró mayor preocupación por aclarar que tanto la observación interna como la externa no eran dos cosas distintas, ni dependían de diferentes facultades. Es decir, que cada una de ellas se refiere a objetos distintos pero dependen de las mismas facultades, y están sujetas a igual procedimiento.

Cátedra de Pensamiento dedicada a Luz y Caballero, Biblioteca Nacional, febrero del 2009>>>

Es importante aclarar que Luz y Caballero distinguía entre conciencia y raciocinio. Para él la conciencia es el sentir y se diferencia del raciocinio en que es menos activa y compleja que éste. En grado de complejidad, media entre ambos la percepción. La conciencia, por sí sola, no puede levantar el edificio del conocimiento. En parte porque, al limitarla Luz a la sensibilidad, queda impedida de desarrollar el complejo proceso de conocer (y aunque sin sentir no hay conocimiento, éste tampoco puede equipararse con aquello). Pero, sobre todo, porque la conciencia sin la naturaleza termina en la metafísica y la especulación. La conciencia —o el yo— trabajando por su cuenta y riesgo concluye creándose su propia realidad, la que no tiene nada que ver con la realidad de la naturaleza; y que conduce, indefectiblemente, al subjetivismo. No ha sido precisamente por este camino que ha transitado la historia de la ciencia, sino la de la metafísica y la ontología.

Resultaba necesario, pues, distinguir el hecho de conciencia del hecho de conocimiento. Para lo segundo hace falta marcar la causa o motivo de las sensaciones y cotejar el yo con el no-yo. Por esa vía marchan las ciencias y también se encuentra el criterio de verdad. Este último descansa, según Luz, en la necesidad de confrontar el yo, es decir, lo que se piensa o cree de las cosas, con el no-yo, esto es, el mundo exterior, fuente de las sensaciones y sobre el cual versa el conocimiento. El yo solitario es germen seguro de error. Para Luz y Caballero, una de las equivocaciones fundamentales del eclecticismo, y de todo idealismo, estaba en querer deducir la verdad objetiva de lo subjetivo, del hecho de conciencia. Sólo es verdadero, a su parecer, aquel conocimiento que es el fiel reflejo de la realidad.

Sin embargo, Luz no tenía una concepción empírica de las ciencias, en el sentido de que no reducía éstas al datismo o la mera narración del fenómeno sensible. Esto hubiera significado la sustitución de la ciencia por la superficialidad. En su concepto, conocer era conocer las causas que producían los hechos y fenómenos de la naturaleza, o lo que es lo mismo, determinar por qué las cosas no podían ser de otra manera a como en realidad eran.

Esta visión de las ciencias no dejó, sin embargo, de tener su fuerte toque de agnosticismo y escepticismo. La única meta a que pueden llegar las ciencias, planteaba Luz, es saber de las causas secundarias; porque tanto la naturaleza de las causas como las causas primarias, son inasequibles al entendimiento del hombre. El matiz positivista de su pensamiento se pone de manifiesto en la conclusión agnóstica a que ha venido a parar su cientificidad. En su esfuerzo por cerrarle el paso a la especulación metafísica, no vaciló en negarle al entendimiento el conocimiento íntimo de las cosas, o esencias. Quizás temía nuestro pensador naturalista que de admitir este tipo de conocimiento —que, a su juicio, las ciencias no podían encarar— la metafísica insistiría en su vano y deformador esfuerzo por explicarlas.

Su agnosticismo también tiene que ver con su religiosidad, ya que conocer esencias implicaría, según él, llegar al propio conocimiento de la naturaleza divina, Y no es que Luz debiera obediencia a la Iglesia Católica (no debe olvidarse, lo que poco se recuerda, que era protestante), sino que para un sincero creyente como él, esa posibilidad era, a todas luces, inadmisible.

Una discreción empirista le sugería que las sensaciones sólo podían dar noticias de la existencia de las cosas, pero no de sus esencias. (En este punto era tan consecuente que hasta la existencia de Dios era sólo asequible por sus efectos sensibles naturales). Con ello había establecido la tradicional diferencia ontológica entre existencia y esencia, para circunscribir la acción cognoscitiva a la primera, dejando a las segundas más allá del alcance de las facultades mentales de los hombres.

Para Luz y Caballero las funciones mentales son desarrolladas por diversas facultades. Estas facultades, opinaba, se encuentran localizadas en diversos órganos de la estructura anatómica del hombre. No creía que los órganos fueran las facultades mismas, pero llegó a la conclusión de que resultaban imprescindibles para que éstas llenaran sus funciones. Al igual que hay un órgano para cada sentido, razonaba Luz, así también hay, dentro de los hombres, órganos destinados a cumplir una función específica. Con un órgano se siente, con otro se raciocina, etc. Las facultades morales o la conducta política no estaban exceptuadas de este rígido localicismo naturalista. La propia psicología, o ciencia del entendimiento, debía encontrar sus explicaciones científicas en la fisiología; a menos que se olvidara que toda ciencia es el descubrimiento de causas.

Su visto bueno a la frenología residía en la tesis de las localizaciones de las facultades, la que era el punto clave que Luz estaba tratando de introducir. No obstante, no hay que confundir todo esto con un materialismo consecuente. Pues ni las facultades ni el alma eran vistas como resultado de una propiedad de la materia. Tanto unas como la otra necesitan, según este punto de vista, de los órganos para llenar sus funciones, como ya se dijo, pero no son materiales. Con todo, hay una desmixtificación del concepto religioso e idealista del alma, al verla como un fenómeno psíquico natural cuyo órgano de funcionamiento es el cerebro.

La adhesión a la teoría de las localizaciones es consecuencia de la visión naturalista del hombre. Si el hombre es un todo armónico compuesto de espíritu, cuerpo y sentimiento (sensoriedad), no cabe comprenderlo como hacen los idealistas, que intentan conocerlo sólo en lo moral o en lo espiritual. La concepción naturalista del hombre implica, en este caso, una negativa a mutilarlo; es una comprensión que lo conceptúa, por un lado, como ser unitario, y, por otro lado, como parte integral de la naturaleza. Por eso el estudio del entendimiento envolvía el estudio de toda la naturaleza; porque ni la psicología, ni la moral, ni ninguna de las otras disciplinas que se ocupan del hombre son posibles sin la anatomía, y la fisiología o sin la física misma, porque todas ellas son los fundamentos de las primeras.

<<< Monumento a José de la Luz y Caballero en La Habana

Luz ha rebatido entoda la línea a la metafísica idealista utilizando como punto de referencia al eclecticismo: su enemigo directo en aquella cruzada. Su esfuerzo incluyó desde la negativa a la intuición interna hasta el rechazo al intento de establecer la independencia de las operaciones del espíritu respecto de la materia; y desde el destronamiento de la autoridad de la conciencia hasta la exigencia de un trabajo científico riguroso que desalojara las pretensiones subjetivistas de explicar una realidad que no se conoce.

He ahí, en síntesis, la gran batalla de José de la Luz y Caballero en favor del adelanto científico y filosófico en Cuba.

Cabe preguntarse, por último, si esa difícil tarea no chocó con las creencias religiosas de su autor. En efecto, como ya se vio, Luz buscó un compromiso entre la religión y la ciencia, que consistió fundamentalmente en hacer encajar dentro de su concepción empirista el conocimiento de la existencia de Dios, a la vez que aseveraba la imposibilidad de conocer la naturaleza de las cosas divinas. Fuera de estos cuidados y de la proclamación de doctrinas vitales para el credo religioso, Luz se cuidó mucho de evitar las confrontaciones directas, y dejó a las posibles contradicciones pasar inadvertidas.

(…)

Tomado de: Revista Universidad de La Habana, jul.-sept. de 1968, año XXII, no. 191, pp. 123-128