Poemas sin nombre

Sobre un encuentro con Dulce María Loynaz


Por Ángel Lázaro



Al poner en orden mis cosas para retornar a Cuba, quisiera, como en el verso de Antonio Machado, llegar a bordo del avión

<<<Dulce María Loynaz conversando en su biblioteca con Ángel Lázaro

“ligero de equipaje
 casi desnudo como los hijos de la mar”.

Desnudo de todo lo que pueda ser lastre en el corazón y en la esperanza; sólo lo bello, lo bueno, lo noble embarquemos en la nave de nuestra vida, de nuestros recuerdos... Lo demás, arrojémoslo por la borda, y así navegaremos mejor. Por eso, al cerrar la maleta, tomamos en nuestra mano, como símbolo de esa cosecha de las más altas emociones que acabamos de vivir, un libro de poemas que ocupa puesto de honor en los escaparates de las librerías madrileñas: Poemas sin nombre, de Dulce María Loynaz.

Acaba de salir, y yo he tenido la fortuna de recibirlo de manos de la gran poetisa cubana en este Madrid que ahora dejo. Me pareció un milagro ver a Dulce María fuera de su marco habitual; el milagro es que ella me sugería su fondo, su paisaje, borrando aquel lujoso cuarto de hotel europeo donde ella se arrebujaba entre pieles y calefacción como una flor aterida. Quizás no adivinase ella —o quizás sí, y por eso fue generosa— todo lo que significaba para mí su acogida en la intimidad de aquella tarde: era ya mi nostalgia de la otra ribera lo que ella curaba en aquel instante; era tener de nuevo, en medio de la austera meseta de Castilla, lo que habíamos dejado sobre las azules ondas del mar antillano... Porque Dulce María suscitaba toda su Cuba detrás.

Es simbólico también que la obra que marca acaso el punto de su definitiva madurez, salga en España. Se cumple así, una vez más, ese maravilloso fenómeno que hace al poeta hispanoamericano completarse, o definirse al contacto con la tierra española. Quizás el libro de Dulce María, como tantos poemas de Gabriela Mistral y de Rubén Darío, haya sido escrito en América; no importa: aquí es donde, por contraste —y por hermandad al propio tiempo— se nos aclara para siempre, sometido al último examen del rigor y el amor.

Porque es lógico que el nicaragüense de Cantos de vida y esperanza, o la chilena de El ruego, o la cubana de Poemas sin nombre, encerrados en lo que Alfonso Reyes llamó las provincias del idioma —provincia que en el caso de Rubén Darío, por no citar sino el suyo, se convierte mágicamente en centro, en raíz de nuevo— pierdan en algún momento la propia perspectiva, y quizás en algún momento estén a punto de perder el rumbo, de ignorar su sitio... Pero he aquí uno de los secretos de la hermandad del idioma: lo que hace Castilla con sus hermanas las regiones y provincias de la Península ibérica, lo hace con sus hermanas de América; situada en una actitud neutral, como de madre que no hace distingos entre sus vástagos, da a cada cual lo suyo, estima en cada uno su mérito. Los hijos pueden rivalizar entre sí; la madre los juzga a todos con el mismo amor... y con la misma severidad, llegado el caso.

De ahí la diferencia que hay entre estimar a Dulce María Loynaz en su ámbito cubano a estimarla —y juzgarla— en España. Y de ahí, en consecuencia, la alegría interior que nos produce encontrar en esta ribera española salvado y aun agrandado, por efecto de ese rigor de perspectiva, el valor que admirábamos en la ribera americana.

Creo, repito, que estamos ante la plena madurez literaria de la poetisa. Por esos caprichos de la cronología, Dulce María Loynaz nos había brindado en Jardín un libro de su adolescencia y su primera juventud, no importa los toques finales, dados tal vez en estos años; ahora con Poemas sin nombre nos ofrece su presente, es decir, lo que es hoy y adonde ha llegado, si es que se llega nunca en arte, y si llegar no fuera una forma de acabamiento.

Pero hay, indudablemente, una sazón, una madurez en el artista como la hay en la propia naturaleza; podrá venir luego otra primavera, pero ese fruto de ahora está en su punto; podrá brotar otra rosa en este rosal, pero esta rosa de hoy se nos ofrece mágica y exactamente florecida. Hay que cortarla.

Así veo a Dulce María Loynaz cortando cada uno de estos poemas en prosa —y es significativo que la prosa nos dé la medida de la madurez de un poeta— que forman su libro Poemas sin nombre. ¿Quiere el lector una muestra, una sola entre más de ciento?:

La niña no está muerta... Sólo está dormida dijo Jesús al acercarse a la hija de Jairo.

Tenía todavía el pudor de hacer milagros... El pudor de ser Dios.

¿No es mágico y exacto el poema? Pues así todo el libro, así cada poema... también con ese pudor de ser poeta, con ese pudor de decirlo todo, que es, en definitiva, la suprema expresión lírica.

Poemas sin nombre es, a nuestro juicio, uno de los más altos ejemplos de esa expresión, no sólo en la obra de su autora, sino en las letras castellanas de nuestros días.

Tomado de: Carteles, 17 de enero de 1954, p. 70