Antonio Bachiller y Morales, un fundador de la cultura cubana


Por Marlene Vázquez Pérez

Antonio Bachiller y Morales (1812-1889) es una de las figuras imprescindibles de la cultura cubana. Hombre de una erudición fuera de lo común, siempre estuvo al tanto de las inquietudes de su tiempo, de los adelantos científicos más recientes, pero también de  la cultura en su acepción más amplia. Son puntos medulares de su obra la investigación en las tradiciones más diversas,  y la recuperación de la memoria histórica de su pueblo. Por esas razones, entre otras muchas, se le considera padre de nuestra bibliografía, y se ha instituido el 7 de junio, aniversario de su nacimiento, como Día del Bibliotecario Cubano.

Como casi todos los hombres notables de su generación, cursó estudios en el Seminario de San Carlos, cuna del pensamiento ilustrado en la isla. En 1832 se graduó de bachiller en leyes en la Universidad de La Habana, y tres años después ya era Socio de Mérito de la Sociedad Económica de Amigos del País, que de ese modo premió su Memoria sobre la exportación del tabaco en rama, ganadora de un concurso. Posteriormente se licenciaría en Derecho Civil y Canónico, y entre las muchas funciones que ejerciera en  la Universidad, llegó a ser decano de la Facultad de Filosofía. Fue también miembro del Liceo de La Habana y presidente de su sección de literatura, fundó varias publicaciones periódicas  y colaboró en otras muchas.  

Hombre de profundas inquietudes políticas y sociales, trabajó en lo que estuvo a su alcance por el mejoramiento de su tierra. Realizó labores como síndico primero del ayuntamiento habanero, y también se desempeñó en  la secretaría de la Sociedad Económica de Amigos del País. Continuó sus tareas pedagógicas cuando en  1863 asumió la dirección del recién creado Instituto de Segunda Enseñanza de La Habana, en donde además enseñó Economía Política y Derecho Mercantil hasta 1869. Sufrió represalias y vejaciones por parte de las autoridades españolas, ya que  solicitó en documento escrito la autonomía para Cuba. Esta circunstancia lo obligó  a emigrar a los Estados Unidos con toda su familia a principios de 1869, donde se mantuvo hasta 1878.

Su estancia neoyorquina fue un ejemplo de entereza moral y de continuación de sus labores intelectuales. Tal vez el mejor modo de acercarse a su obra, o por lo menos de intentar una primera familiarización con ella, la constituya la semblanza biográfica que Martí le dedicara en 1889, y que se publicara en el Avisador hispano-americano el 24 de enero de ese año, pocos días después de su muerte. El verbo del Maestro destaca tanto las virtudes personales de Bachiller como sus aportes al desarrollo del saber dentro y fuera de Cuba, que le valieron importantes reconocimientos en vida.

Alaba la laboriosidad sin par en que descansaba su sabiduría, mucho más difícil para el emigrado, que tiene que abrirse paso en tierra extraña, y vencer los muchos obstáculos que eso significa. Cuenta Martí en su texto:

“Daban las tres, cuando el trineo del lechero madrugador sujeta en la nieve de la puerta las campanillas; y ya estaba a su mesa, sin que el frío le arredrara, componiendo su "Guía de Nueva York", su carta al Siglo XIX de México, en que cuenta al correr de la mano las cosas yanquis, sus libros de texto para el excelente "Educador Popular", su artículo del día para El Mundo Nuevo, su diario de la revolución, donde con aquella alma franca y sin malignidad ponía cuanto de heroico, contradictorio o feo veía a su alrededor en aquella época confusa”.

Admira Martí su capacidad para reconocer el mérito ajeno, y alegrarse de ello como si le alabasen el propio. En aras de exaltar la valía de los cubanos, en años en que son tenidos a menos por parte del gobierno colonial español, escribió su Galería de hombres ilustres, itinerario biográfico que recorre lo más relevante de la intelectualidad cubana de su época. Le alaba también la concisión del estilo, la capacidad para cultivar con eficacia diferentes géneros, y saber manejar, indistintamente, la prosa historiográfica y la literaria.

Alrededor de estos juicios laudatorios de Martí sobre Bachiller se generó entonces una polémica en La Habana Elegante, que no ha sido atendida como merece. En su número del 3 de marzo de 1889, se  publicó en ella el comentario "En la Antropológica", firmado con el seudónimo de "Un colaborador asiduo", del que se valía circunstancialmente Aurelio Mitjans (1863-1889). Abordaba la velada que había celebrado la Sociedad Antropológica de Cuba el 27 de febrero anterior, en homenaje a su difunto presidente, Antonio Bachiller y Morales. El comentario se centraba en el elogio fúnebre de Bachiller hecho allí por Rafael Montoro; pero en el cuarto párrafo, al referirse a que éste se había apoyado en una zona de su argumentación en el artículo sobre Bachiller publicado en Nueva York por Martí, criticaba indirectamente a este último:

“Si fuera posible desear algo y pedir más, cuando tanto nos da pródigamente el Sr. Montoro en su discurso, hubiéramos deseado verlo más parco en los encomios a las imaginarias dotes de escritor de D. Antonio Bachiller y Morales. La discreción con que pasó, como sobre ascuas, sobre los versos justamente olvidados del poeta, era también indispensable al tratar del prosista oscuro y pedestre. No sabemos por qué el Sr. Montoro creyó propio del caso citar los juicios desfavorables de Merchán y Anselmo Suárez, y ponerse después a destruirlos con el de Martí, escritor amanerado y juez incompetente en el estilo, (perdone el eminente amigo a quien reconocemos grandes dotes), sospechando como sospechamos que a solas, persona de tan acendrado gusto, no puede repetir aquello de brillantez, galanura y conocimiento del idioma [...]” (1)

Semanas después, la revista publicó el texto íntegro de la carta de respuesta que Martí dirigiera a su director, el poeta santiaguero Enrique Hernández Miyares (2). En la extensa misiva, deja claro Martí su parecer, y su afán de ser justo con un intelectual de sobrados méritos:

“No es mi intención mantener mi juicio, que perdurará si vale, y caerá si fue injusto, sino dejarlo escrito como es, para que él me condene o me defienda. ¿Por qué no se ha de decir lo bueno de un autor, sobre todo después de haber enumerado sus faltas y descuidos? ¿Ni qué defensa tiene si es escritor honrado, el que halla la razón, tal vez loable, de un defecto, y señala el defecto y no lo que lo excusa? ¿O se ha de estudiar el estilo aparte del carácter, y no como producto de él? ¿O manda el arte de escribir negar a un escritor unas condiciones porque le falten otras? ¿O es mucho adjetivo para Bachiller llamarlo como lo llamé yo, al recapitular sus méritos "literato diligente?”

A la semana siguiente, apareció en la revista una respuesta de Mitjans a la carta de Martí, a quien saludaba y trataba de “querido amigo”, pero sin dejar de opinar que Martí era un lector muy indulgente de Bachiller (3). Esta información, obtenida recientemente por el investigador Enrique López Mesa, quien generosamente nos la  ha cedido, viene a subsanar un error aparecido reiteradamente en algunas fuentes bibliográficas cubanas, en el que se asegura que “Un Colaborador Asiduo” era el seudónimo de Manuel de la Cruz, quien también publicaba en esa revista.

Valga esta recapitulación como un modesto homenaje al sabio cubano en fecha aún cercana al aniversario de su natalicio, y como un reconocimiento a la trascendencia de su legado.

Notas

(1) “Un colaborador asiduo” (seudónimo de Aurelio Mitjans). “En la Antropológica”. La Habana Elegante. (La Habana), año VII, no. 9, 3 de marzo de 1889, p. 4.
(2) “Réplica”. La Habana Elegante. (La Habana) año VII, no. 13, 31 de marzo de 1889, p. 4.
(3) Mitjans, Aurelio. “Dos palabras”. La Habana Elegante. (La Habana) año VII, no. 14, 7 de abril de 1889, p. 2.