Imaginarios: Juan Cristóbal Nápoles Fajardo “El Cucalambé”


En el 180 aniversario del natalicio de uno de los poetas más populares de Cuba, Librínsula reproduce algunos de los textos más representativos que se han dedicado al bardo tunero.

El Cucalambé  cultivó la poesía lírica, escribió letrillas, epigramas, sátiras, humoradas, teatro, y ejerció las actividades editorial y periodística. Su libro Rumores del Hórmigo es una pieza imprescindible en la historia de la literatura cubana.

 

 

 

 

 

 

Edición de 1926>>

A Juan C. N. Fajardo
(Fragmentos)

Por José Fornaris

(…)

Pinta, pues, tanta belleza
Con tu cántico sonoro,
Ensalce tu lira de oro
Tan rica naturaleza,
Una flor en tu cabeza
Pondrá el pueblo, no laureles
Ni rosas, ni mirabeles,
Ni flor de extranjera playa,
Solo alguna pitajaya                                                 
De los cubanos vergeles.

Si esa flor en fausto día
Consigue tu canto suave
Serás más feliz que el ave
Libre en la región vacía.
Alza la frente sombría
De gozo bate las manos,
Te coronan tus hermanos
Con flor que modesta viste,
Mas es, aunque está tan triste,
Una flor de los cubanos.

De la edición de1948>>>


Tomado de: Rumores del Hórmigo. Poesías de Juan C. Nápoles Fajardo (El Cucalambé), La Habana, La Moderna Poesía, 1926, p. 5

 

Introducción a Rumores del Hórmigo


Por Samuel Feijóo


Para realizar esta Selección Poética de El Cucalambé se ha utilizado la técnica de eliminar lo accesorio y oscurecido en la obra del poeta, aun dentro del poema agraciado, siempre salvando su unidad sin recurrir a la tradicional hilera de puntos para indicar el corte. Técnica de resúmenes ésta, difícil pero generosa, que va dando el cuerpo auténtico del poeta y sus razones poderosas. Muy pocas veces se han hecho ligeras concesiones a tramas o anécdotas, siempre con el solo fin de ambientar tonos y procesos verbales. Se han enmendado errores de puntuación, y añadido tres poemas que no aparecen en Rumores del Hórmigo, y sí en descuidadas colecciones de décimas que andan por librerías de viejo. Ellas son: “El Guateque”, “Mi Estancia” y “Rigores de la ausencia”.

Ideal hubiera sido una antología del decimario famoso, donde El Cucalambé se contuviese en su sola fama, pero no hubiera ocurrido esto sin dañar parajes afortunados, necesarios para revelación, dentro del resto de la obra observada.

Es sabido que ante una colección antológica el lector cuenta, para su sospecha y consuelo, con el ojo aquel que tomó de las letras hechizadas los mejores rayos, los que siente el tenso escrutador erecto y cálido en sus virtuosas estaciones. De este modo al cazador de milagros puede escapársele la fugante ave por niebla, viento o tino contrarios, o por fatal bizquera. Si ha fallado aquí, todas estas flechas morderán siempre el texto en la mirada enferma.

 


Edición de 1948


De todas maneras queda este libro como ofrenda a la grávida memoria del mayor poeta popular cubano, aquel firme, aquel organizado con los recursos venturosos del Folklore. Ceñido generalmente del estilo romántico de su época, con luz de pueblo mueve El Cucalambé sus versos (aún sus ingenuas academias silvestres), iluminado tiernamente para la corriente sucesiva de los tiempos, para generaciones a las que alimentar con su sencilla comida verdadera (así como él fue alimentado para pura transformación, superando recibidas fuentes). Oprimido por la oscura locura de España escapa a sus siboneyes y al florido caudal de la Isla. Escapa a los exterminados indios como manera de expresar su amor a la nativa independencia y su inconformidad ante la cruel opresión española. A pesar de estos tirantes grilletes se las arregla de modo que lleva sus disfrazados siboneyes a la décima, la estrofa del pueblo, y los maneja ingenuamente entre una botánica geografía antillana tocada por su veraz acento de trovador isleño: clave sólida de su afortunada poética, mina silvestre suya irreductible. Y entre la música de la tierra y su habitante permanece, junto al árbol del arroyo, cara a su hojoso cielo y al monte, oyendo suave sonido terrestre insular, mirando con traviesa mirada guajira la costumbre alrededor y el ideal deseo campesino. Y allí se está en su fondo seguro, pegado al mover del pueblo, con su alegre nómina arbórea, con sus leyendas, indios decorados, guajiros y bosque en rosa transparente, bajo joven alba, en lo libre de su habla blanca (fuera ya del cursi patetismo de su tiempo), instalado como fino pájaro de sencillo cristal por la aventura agreste americana. Acontece así la victoria del poeta de su pueblo, bien movido por su convencimiento gregario, portador del cuerpo generoso general, dando en sanas y limpias voces el alegre milagro del sabor y el equilibrio virtuoso de su tierra, hacia fija y constante trascendencia. Rompe el poeta ceñiduras temporales de moda y estilo y toca esa presencia sobrecogedora de la perennidad. Y es por ello que traemos aquí su lenguaje, el bien librado, aquel que en sus momentos de exacta jerarquía encierra, feliz, encendida y suave gloria cubana, y da, con batidura rústica, suma permanente al claro misterio de la Isla, pasado a letra.

Cienfuegos, febrero de 1948.

Tomado de: Selección de Rumores del Hórmigo, por El Cucalambé, Selección e introducción: Samuel Feijóo, Ediciones Bruñidor, La Habana, 1948, pp. V, VI, VII

 

Prólogo a Poesías Completas de Juan Cristóbal Nápoles Fajardo (Fragmentos)

Por Jesús Orta Ruiz


La importancia de esta edición radica en que, por primera vez, se recogen y presentan en unidades temáticas, sin la mala herencia de las descuidadas ediciones anteriores, las poesías completas de Juan Cristóbal Nápoles Fajardo (El Cucalambé). Habiendo pasado este poeta por la vida como esos aerolitos que nos deslumbran un instante y se pierden sin dejar en el aire una sola huella de su tránsito ni un solo indicio del lugar de su caída, todo lo escrito por él, sin discriminación alguna, nos interesa. De ahí que lo presentemos en la colección Biblioteca Básica de Literatura Cubana, no bajo el criterio selectivo de la antología, sino con todo el tamaño de su obra, porque en ella, leyendo entre líneas, con la mayor perspicacia investigativa, tal vez podamos encontrar un rayito de luz que nos abra paso entre las tinieblas de sus últimos años de vida y del misterio de su muerte.

<<<Celebración del 150 Aniversario en Las Tunas.

Su libro Rumores del Hórmigo, cuya primera edición apareció en 1856, es ampliamente conocido. Numerosas ediciones se han hecho de él. Periódicos y revistas lo han difundido parcialmente.

Parecía que fuera esta obra el único legado poético de El Cucalambé. Orfilio Gómez, un pariente del célebre poeta tunero, manifiesta en el prólogo de José Muñiz Vergara: “Ese tomo es lo único que de Nápoles Fajardo ha llegado a nosotros; y para eso, en condiciones fraudulentas, mercantilistas, plagado de incorrecciones”.

El Indio Naborí, quien fuera uno de los estudiosos más importantes de El Cucalambé>>>

Conocedores nosotros de la fecundidad característica de los poetas populares, capaces de cantar con entusiasmo los más diversos temas, sospechamos siempre que en alguna vieja cajita de recuerdos, un pariente, un amigo, un admirador, podría conservar algunos versos inéditos o publicados en pequeñas ediciones locales.

Desde los primeros años del triunfo de la Revolución, con la cooperación del Comité Regional del Partido Tunas-Puerto Padre y con el entusiasta apoyo de la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños, cuyo presidente, José Ramírez Cruz, es un fervoroso cucalambeísta, iniciamos un trabajo tenaz y amoroso en busca de datos en torno a la vida y obra del gran poeta de las masas campesinas.

<<<Pepe Ramírez Cruz, promotor incansable a las Jornadas Cucalambeanas

La búsqueda fue afortunada. Encontramos algunos datos importantes. La familia Nápoles Urrutia, de Puerto Padre, puso en nuestras manos, amarillento y arrugado, un ejemplar de la edición única del drama en verso, en cuatro actos, Consecuencias de una falta, que fue representado en el teatro La Reina, de Santiago de Cuba, el 18 de diciembre de 1858, e impreso por don Miguel A. Martínez en su imprenta de la calle Baja de la Marina Núm. 8, en dicha ciudad, en 1859; otro ejemplar, también amarillento por los años, donde aparecen versos apenas conocidos, publicados en 1886 por M. Bim en su establecimiento tipográfico de Gibara, con el título de Poesías inéditas del vate cubano Juan Cristóbal Nápoles Fajardo (El Cucalambé); la pluma francesa con que escribía, su acta matrimonial y un retrato de Rufina. En Nuevitas, Manuel Nápoles, hijo de un hermano de Juan Cristóbal, nos entregó copias de la escritura de la finca El Cornito y constancia de otras pequeñas propiedades, donde encontramos algunos detalles de importancia histórica.

Estos documentos hubieran podido perderse en manos menos cuidadosas que las de sus conservadores, a quienes agradecemos una visión más amplia de la obra y la vida del poeta tunero, clandestino en la existencia y en la muerte.

En posesión ya de las obras poéticas dispersas, hemos reordenado la colocación de los poemas temáticamente, de modo que cada sección mantenga su atmósfera correspondiente, a sabiendas de que la literatura, y de modo especial la poesía, produce al lector un estado de ánimo, un clima, que no debe romperse con un cambio violento de asunto, como ese que sitúa un poema de fino sentimiento romántico (“Adiós a mis lares”) entre punzantes epigramas y humoradas que no siempre hacen reír. Acaso esta forma heterogénea y anárquica de presentar las poesías de El Cucalambé ha influido en que la crítica literaria no se haya detenido con más atención en determinadas zonas de la obra cucalambeana.

Se sabe que El Cucalambé no intervino en la publicación de su libro Rumores del Hórmigo, ni en la primera ni en la segunda edición (1856 y 1859). Desaparecido en 1862, huelga decir que no participó en ninguna de las tantas reediciones de su obra más conocida. Las erratas de la primera edición se repitieron mecánicamente, creyendo tal vez que se estaba respetando al autor, y lo que se hacía era perpetuar la falta de respeto de algunos editores. Y de edición en edición las incorrecciones fueron en aumento.

No continuaremos atribuyendo pasivamente al infortunado poeta, ripios, versos mal medidos, faltas de concordancia, rimas incorrectas y otros defectos con que los impresores han deformado y afeado muchos de sus poemas.

Con un poco de amor, estudiando las características de su poesía, agudizando el ingenio por la vía de la deducción lógica, podemos hacer que el propio autor, no obstante su muerte, corrija su obra.

Si en miles de versos El Cucalambé ha dejado constancia de su oído maestro para la métrica, ¿por qué vamos a resignarnos a las alteraciones irrespetuosas de algunas ediciones y eternizar incorrecciones que sabemos ajenas al autor? ¿Por qué en una extensa serie de endecasílabos perfectos, va a desentonar el dodecasílabo: Como las aristas que las fuertes olas?

El Cucalambé usaba propiciamente el como y el cual en la construcción de sus símiles. He aquí un ejemplo:

Como se aman las aguas y los lirios,
Cual se adoran la luna y las estrellas.

Si se sabe, por su propia obra, que cuando necesitaba reducir una sílaba, como en el caso anterior, sustituía el como por el cual, no es ninguna mixtificación, ni un capricho, ajustar el verso citado a la medida endecasilábica:

Cual las aristas que las fuertes olas.

En la misma serie de endecasílabos (“Mi estado”), un cajista descuidado y un corrector de pruebas distraído y sordo le hacen cojear un cuarteto con este decasílabo de acento inarmónico:

Al soplo sonoro de la brisa.

¿Dónde está la sílaba que falta? En la palabra sonoroso. Esta palabra existe. El Cucalambé poseía un rico vocabulario, a pesar del criterio de Mitjans, y gustaba usar adjetivos de punta semejante, más en un verso referido a la brisa, en que la repetición de la s le da una feliz onomatopeya silbante.

El verso verdadero es, no cabe duda:

Al soplo sonoroso de la brisa.

Se cuentan por decenas los errores que, a la luz de la lógica y con un vivo espíritu cucalambeano, hemos rectificado en esta edición. Pero entre errores bárbaros —dato curioso—, hay errores geniales.

<<<El Cornito, casa natal del poeta

Por ejemplo, la fina sensibilidad poética y la cultivada inteligencia de Cintio Vitier, de paso por la selva cucalambeana, se deslumbran ante dos flores insospechadas y escriben: “Brillos, rumores, hojerío, pájaros y raíces, a tal punto que diríamos casi en el umbral de las metamorfosis vegetales; umbral que sólo una vez traspasó el poeta, cuando sintió que sus ojos se volvían inflamados lirios. Y ésta es, creo, la primera metamorfosis original, no heredada de la tradición grecolatina, que aparece en nuestra poesía”. He ahí una de las flores extrañas. Y ésta es la otra:

Yo miro de la montaña
El incesante rumor.

Cintio Vitier, con explicable asombro, manifiesta: “Adelantándose intuitivamente a un género de traslado de sensaciones que pondrá de moda el simbolismo francés, afirma nada menos que los rumores visuales”.

Son esas las únicas erratas que benefician singularmente a nuestro querido poeta. Pero tenemos que admitir, no sin lamentarlo, que esa metamorfosis vegetal y ese anticipo de sinestesia también fueron atribuidos a El Cucalambé por los tipógrafos.

Movidos por esta interesante observación de Cintio Vitier, sin la cual no habríamos recibido el toque estimulante para ahondar en esa dirección, hemos estudiado el sistema adjetival de El Cucalambé en sus poesías completas. Su adjetivo no es otro que aquel que explica o desenvuelve el concepto del sustantivo, añadiendo una cualidad inherente al mismo, o, en los términos de Andrés Bello, “sacando de su significación algo de lo que en ella se comprende, según la idea que nos hemos formado del objeto”. Inmensos ámbitos, injusto rigor, débil barca, ardorosa mente, manantial fecundo, enérgica fe, erial camino, triste sombra, dolor amargo, paterno asilo, atroz letargo, fragantes lirios, blancos lirios, lirios hermosos, etcétera.

Releamos el poema “Mi estado”. Veamos cómo en el cuarteto siguiente al que termina diciendo Fueron mis ojos inflamados lirios aparecen inmediatamente estos dos versos:

Iba cortando de mi vida el hilo
La palidez del funeral espectro,

y que doce cuartetos más adelante, esta referencia a la muerte se localiza: Tristeza funeral para mis ojos. Ahora preguntémonos: ¿Qué sugiere más lo funeral, el lirio o el cirio? Y si este razonamiento no fuera lo suficiente, localicemos en las quintillas tituladas “Una joven incauta” los dos versos iniciales, que son:

¡Qué! ¿Tan joven, y ya son
Tus ojos ardientes cirios?

Sustituya el epíteto ardientes por el de inflamados, y reconstruya un verso puramente cucalambeano: Fueron mis ojos inflamados cirios.

Vitier se asombra de algunos anticipos de sinestesia literaria, como Yo miro de la montaña/ el incesante rumor y Del agua vio el blanco giro. Nosotros nos extrañamos también de un verso que aparece en la cuarta estrofa del poema “Poeta, pobre y humilde”: El sol alegre entusiasmó a su oído. Pero estas expresiones, propias del simbolismo francés, no son en realidad obra de las academias silvestres del cantor de Rufina —válgame la imagen de Feijóo—, sino una travesura genial de la casualidad en contubernio con el abandono demoníaco de un tipógrafo.

Lea o relea este libro. Subraye las veces que encuentre el verbo admirar. Lo encontrará decenas de veces, siempre vinculado a la celebración de la naturaleza. El conjunto le dará una idea clara de lo que está confuso en el elemento. Y así, conociendo lo particular a través de lo general, coincidirá con nosotros en que el poeta dijo Yo admiro de la montaña…

Hemos visto a la vez cómo se repiten las palabras son y blando en Rumores del Hórmigo. El son del agua, el son del viento, el son de las hojas, el son del tiple, y, en el caso expuesto, no es el sol alegre lo que entusiasma su oído, sino el son alegre.

...Y de mi pobre canto
El son alegre entusiasmó a su oído.

No se dio, pues, el fenómeno de la sinestesia, pero hay que reconocer belleza poética en eso de que El son entusiasmó a su oído.

Y en cuanto al verso Del agua vio el blanco giro, que aparece en la última décima de “El amante rendido”, remitimos al lector a la décima número 17 de “Narey y Coalina”. En ella encontraremos estos versos:

Flexible, esbelta y modesta
Se alejó con blando giro.

No vamos a razonar cada una de las rectificaciones que hemos hecho. Sólo hemos querido explicar con unos ejemplos el método empleado para hacer dichas correcciones. No a nuestro gusto, no a nuestro capricho, sino haciendo que El Cucalambé presente en esta edición su primera fe de erratas.

La Jornada Cucalambeana, fiesta tradicional tunera>>>

Revaloración literaria

A lo largo de la historia de la literatura, o más bien, desde que existen las autoridades eruditas como jueces de las letras, no son pocas las veces que los críticos, exegetas y antólogos han sido injustos en el enjuiciamiento de la obra llevada al banquillo de los acusados.

El crítico tiene, claro está, su tabla de valores, hecha de acuerdo con sus conocimientos y su sensibilidad, en la cual no dejan de influir simpatías, antipatías, intereses económicos, políticos o de pequeños grupos, así como las ideas que el soberano juez se ha forjado en torno al autor de la obra criticada, partiendo de los informes que ha recibido respecto a éste.

Víctima de algunos de estos elementos que estorban a la necesidad de una crítica justa y constructiva, fue en parte El Cucalambé. Mientras los campesinos se aprendían sus décimas y las cantaban emocionados, mientras todo el pueblo buscaba con avidez sus versos consubstanciados con el espíritu nacional, sus enemigos políticos y los que equivocadamente lo creían un montuno iletrado, descargaban sátiras y desprecios contra él.

Salcochador de yerbas del monte, indio escondido, negro cimarrón, le decían.

Como toda respuesta, Juan Cristóbal Nápoles Fajardo se hizo llamar Cucalambé, combinación bilingüe de cook (cocinero, en inglés) y calambé (taparrabos, delantal, en lengua de nuestros aborígenes). Vea usted. El salcochador de yerbas del monte, el montuno inculto, se había creado un nombre en que aceptaba con orgullo la denominación de cocinero rústico e indio escondido, combinando elementos de dos culturas tan ajenas como la taina y la inglesa.

Y como sus enemigos no eran sólo literarios, sino también políticos, en el seudónimo iba una de sus tantas alusiones clandestinas al patriotismo. Cucalambé era también —y así lo descubrió rápidamente el pueblo— el anagrama de Cuba clamé.

Influido acaso por la reacción anticucalambeana de las élites literarias de la época, Aurelio Mitjans, en su Estudio sobre el movimiento científico y literario de Cuba, tan brillante como aporte a nuestra cultura, no fue enteramente justo con el cantor de Rumores del Hórmigo. Le reconoce el mérito de ser versificador fácil, cantor entusiasta de Cuba y su naturaleza, y admite que pasa como el más inspirado cultivador de la poesía popular.

Pero al establecer un parangón entre la poesía siboneísta de Nápóles Fajardo y la de Fornaris, no es cabalmente justo el ilustre crítico. Refiriéndose a Rumores del Hórmigo, dice:

“En la segunda parte, que comprende narraciones de amores y costumbres de los indios, jura El Cucalambé imitar a Fornaris; pero, con menos arte que su modelo, resulta más monótono al consumir sus fuerzas en el difícil género que emprende; la aglomeración de nombres del vocabulario siboney parece a ratos su exclusivo objeto, de donde resulta lógicamente la versificación cansada y pobre, llena de repeticiones de los mismos consonantes, de vocablos agudos y diptongos que, embarazando y preocupando al rimador, le impiden dar al fondo de su obra la frescura y espontaneidad que la poesía popular requiere”.

Si la raíz del tema indio en Cuba la encontramos en Plácido y en Valdés Machuca, y la originalidad de Fornaris consiste, como certeramente apunta Samuel Feijóo, en convertir esa escuela en simbolismo patriótico, El Cucalambé, al jurarle a Fornaris ser su imitador, se estaba refiriendo a la identificación política, es decir, al contenido y no a la forma. Entonces, el exclusivo objeto del poeta tunero no era aglomerar palabras tainas o siboneyas, sino convertir el tema primitivista en una simbología revolucionaria, en cuyo empeño es más afortunado que el cantor de “Lola”.

El siboneísmo fue combatido duramente por la crítica literaria, viendo en este movimiento una imitación del arabismo de postal puesto de moda en España por Zorrilla. Se le consideraba una versificación recreativa, superficial, sin vitalidad poética.

El siboneísmo en El Cucalambé no es eso. Es simbolismo político, literatura clandestina, parábola revolucionaria... y poesía. Sus indios no están en el pasado, sino en el futuro. Son símbolos de amor a la tierra natal de rebeldía, de libertad.

Así fueron recibidos por el pueblo, que tomaba conciencia de su tierra, amaba su paisaje, su historia, sus tradiciones y costumbres. Ningún otro poeta siboneísta cumplió más cabalmente ni con tanta fuerza comunicativa esta función poético-política. No olvidemos que tuvo como maestro a su abuelo Rafael Fajardo, párroco y vicario de Tunas, el cual, para que entendiera los Evangelios, tuvo que enseñarle la técnica de las parábolas. Este conocimiento, con vistas a su comunicación patriótica por vía indirecta, lo enriquecía El Cucalambé con el dominio de la semántica popular cubana.

Decir, por ejemplo, “ya empieza a madurar la guayaba”, significa para el criollo que dicha fruta empieza a madurar y, a la vez, un deseo que comienza a realizarse. Esa expresión la tomaba el que no tenía otra preocupación que comerse la fruta madura, en su sentido recto, mientras que para el enamorado era empezar a realizarse un sueño de amor; y, para el patriota, la hora de iniciar el combate.

No obstante estos camuflajes literarios, El Cucalambé, tal vez cansado de permanecer detrás de las cortinas, sale de pronto al escenario con grandes luces y expresa objetivamente su verdad a los espectadores. Esto ocurre, por ejemplo, en las décimas “El Padre de las Casas”. El poeta habla de la crueldad de los conquistadores como medio para referirse a la crueldad de los Capitanes Generales y sus secuaces. El tormento pasado de los indios no es más que una representación de la angustia de su pueblo a mitad del siglo XIX. El Padre de las Casas es un relámpago de la justicia, que no se ha  repetido. Pero ahí no se queda el poeta. Va situando la crueldad en etapas, hasta ponerla, como tirada a los ojos de los asesinos, en las entrañas mismas de su época infeliz:

 

Pasa un siglo. El indio gime
Y en vano implora favor;
Corre el tiempo, y no hay rigor
Que su estado no lastime.
No se oyó otra voz sublime
Henchida de fe cristiana.
Desde Maisí hasta La Habana
Brilló diferente edad
Y… nada, no hubo piedad
Para la estirpe cubana.

Negar frescura y espontaneidad a los versos de El Cucalambé es negar frescura y fluidez al manantial. No es cierto que sus rimas sean pobres y vulgares. Son ricas y variadas, constituidas por las palabras más próximas a los temas que canta. Eleva a categoría poética toda una terminología indígena, no con el único objetivo de enumerar nombres de árboles y animales de nuestros montes, sino descubriendo un mundo poético de asociaciones. Pobeda se refiere a la siguaraya como tal. El Cucalambé asocia el temblor de las hojas de ese árbol con el temblor de Guarina. Otros poetas criollistas se limitan a mencionar nuestras aves y describir sus colores y sus trinos. El Cucalambé relaciona el sufrimiento del pitirre, cuando pierde su nido en el ponasí, con el vacío atormentado de Guarina en la ausencia de Hatuey. Crea todo un sistema de símiles y metáforas vírgenes. Inaugura una voz legítimamente cubana.

Carlos Tamayo, María Teresa Linares, entre otros, en el Simposio sobre El Cucalambé por su 150 aniversario. Las Tunas,1979. >>>

El tiempo se ha encargado de confirmar que el pueblo es sabio, que tiene una gran facultad selectiva y que cuando no entiende, intuye. Actualmente, en oposición al criterio de Mitjans y otros críticos cucalambeanos, se han manifestado destacadas figuras de nuestra intelectualidad. Enrique José Varona expresa:

Lo que en Fornaris parecía artificio, era en Nápoles Fajardo el fondo mismo de su arte. Fueron los Rumores del Hórmigo el primer libro que se me hizo familiar, regalado canto de un nuevo Teócrito, verdaderamente campesino, que canta como siente la naturaleza que le posee, y la copia en cuadros de pasmosa y estética verdad, y la trasmite palpitante al corazón y a los ojos.

Samuel Feijóo, en su brillante ensayo “Sobre los movimientos por una Poesía Cubana hasta 1856”, va decidido al rescate de su admirado cook con calambé, el cual alimenta con su sencilla comida, verdadera, generaciones de poetas fieles al espíritu nacional. Y dice nuestro querido folclorista, profundo y sagaz:

Con los recursos venturosos del folclor El Cucalamhé se organiza. No es pomposo ni trabajado, ni relumbrón, aunque no escapó ileso a los daños de la escuela romántica. Pero se mueve seguro por su conocimiento gregario, portador del cuerpo generoso general, dando en sanas y limpias voces el alegre milagro del sabor y el equilibrio virtuoso de su tierra, hacia fija y constante trascendencia... Antes que él otros utilizaron nombres indígenas y cantaron típicas costumbres, indios, guajiros, bosques, frutas, pájaros y amores más o menos forestales, pero El Cucalamhé superó las recibidas fuentes, tomando cuanto pudo del ambulante folclor, para transformarlo a su manera juguetona, infantil y ornada de hojarasca, moviéndose fácil por su natural aire campesino.

José Antonio Portuondo, intelectual de ágil espíritu explorador, considera que la ingenuidad del intento y aun de la realización formal de Fornaris se vio superada por las décimas de J. C. Nápoles Fajardo, quien en su libro de versos Rumores del Hórmigo logró captar de tal modo la gracia simple y sin afeites de la musa campesina, que muchos de sus cantos circulan hoy anónimos de un extremo a otro de la Isla, incorporados al repertorio de los juglares guajiros.

Por su parte, Cintio Vitier se detiene con curiosidad en una zona apenas explorada críticamente de la obra de El Cucalambé, y descubre aspectos interesantes:

“… un Cucalambé desatendido, el violento y fantástico de sus sátiras, letrillas, epístolas y fábulas, donde asoma una amarga poesía personal y, por vez primera, con suficiente vigor, el grotesco cubano. ¿Qué tiene que ver este rebelesiano jayán con las silvestres voces de sus décimas? Léanse la Jugadora y la Gallarusa, para comprobar el violento contraste de tonos. Ahora el tema es el vicio, la corrupción, las pasiones bajas, los destinos miserables”.

<<<Ediciones Huracán, 1977

En los versos esdrújulos, que se han visto como un alarde de léxico, Cintio siente, y nos lleva a sentir, la respiración jadeante y la mirada amarga del poeta, y dice algo con lo cual coincidimos plenamente después de su revelación: “...lleva la broma demasiado lejos para engañarnos sobre un fondo de exasperación”. Este flechazo lo recibe Cintio ante los goyescos esperpentos insulares de la epístola “A mi amigo D. Lorenzo Artime”. Pero no ha salido de un asombro, cuando lo golpea otro: Los versos “A mi lira” (Tú vivificas mis facciones pálidas, / tú corroboras mis cansadas vértebras) parecen extraños al culto exegeta, y le hacen evocar —a nosotros también—, con su violento lirismo físico, la sombra de Vallejo.

Sigue observando Cintio Vitíer:

“El influjo quevedesco, decisivo en su soneto “Siete verdades” (La cabeza de todo secretario / viene a ser un confuso laberinto...) y el grotesco cubano de las epístolas, unidos a la “Vieja y la lechuza”, “Lamentos de una tía” y otras páginas satíricas, dejan a veces el campo a una plasticidad de lo banal que raya en lo feroz y en lo cómico, anunciando, sin saberlo, el estilo de José Z. Tallet en nuestros días. Así en la “Casa del Poeta”:

Estaba la mujer fregando un plato,
Un chiquillo arrastraba una cuchara
Y un negrito infernal con una vara
Zurraba sin piedad a un pobre gato.

(...)

 

Tomado de: Poesías Completas, Juan Cristóbal Nápoles Fajardo (El Cucalambé), Editorial Arte y Literatura, La Habana, 1974


Edición norteamericana de la poesía cucalambeana,1999

Aviso
(Fragmentos)


Por Carlos Tamayo Rodríguez

(…)

A Nápoles Fajardo se le canta en los campos y se le estudia en las universidades; decimista por excelencia, es fuente de inspiración de repentistas que lo mantienen como folclor vivo; las ediciones de sus versos desaparecen de las librerías gracias a la avidez permanente de sus lectores.

Conocidísimas son sus espinelas "Mi hogar", "Amor a Cuba", "El amante despreciado", "El guateque"..., representativas de la parcela criollista, tanto como las del decimario siboneísta "Hatuey y Guarina", "El cacique de Maniabón", "Los indios de Cueibá"...
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El Cucalambé (seudónimo del poeta, nombre de un baile africano), cultivó la poesía lírica, escribió letrillas, epigramas, sátiras, humoradas, teatro, y ejerció las actividades editorial y periodística. Su libro Rumores del Hórmigo es una pieza imprescindible en la historia de la literatura cubana.

(…)

Tomado de: Del Epítome a las Poesías Completas de El Cucalambé, (Prólogo), Editorial Sanlope, 1994, Las Tunas, Cuba, p. 3

María Teresa Linares, Mayra Hernández, Waldo González, Pablo Armando Fernández, entre otros promotores de la tradición cucalambeana hoy.