Lecturas egipcias a Carta de amor al rey Tut-Ank-Amen


Por María Eugenia Mesa Olazábal


Es sabido que en 1929, la entonces joven poetisa Dulce María Loynaz, merecedora luego del Premio Cervantes, visitó en compañía de su madre y hermanos países del mediterráneo oriental: Turquía, Siria, Libia, Palestina y Egipto, ocasión en que escribe “Carta de amor al Rey Tut-Ank-Amen”, tras haber apreciado en Luxor, antigua Tebas, la tumba del joven faraón. Mas, casi por azar y a punto de cumplirse el ochenta aniversario de la creación de dicha obra literaria, dos profesores egipcios se han detenido a examinarla expresando visiones similares a las vertidas, esencialmente, por estudiosos hispanoparlantes de la poética loynaciana. Estas apreciaciones son poco conocidas o desconocidas totalmente, cuestión que pretendemos paliar reseñando ambos textos facilitados por el embajador cubano en ese país, Ángel Dalmau Fernández.

Fragmentos del poema traducido al árabe>>>

La primera valoración recibida acerca del poema se debe a la Dra. Nadia Gamal El Dim, de la Universidad Ain Shams, de El Cairo, quien además de tener el mérito de llevar al idioma árabe dicha obra, presentó, en mayo de 2007, en el evento Medio Siglo de Hispanismo en Egipto, la ponencia: “Una carta de amor a Tut Ank-Amón”, en la cual expone una serie de comentarios interpretativos sobre la obra dedicada al soberano, poco tiempo después del rescate de su tumba aún virgen del fondo de los tiempos. La profesora inicia sus consideraciones aclarando que “Amen” fue el nombre escrito por Dulce María Loynaz en vez de “Amón”.  Explica el método utilizado por la poetisa para presentar un argumento descriptivo a través de una epístola afectiva destinada a un muerto, un destinatario con quien dialoga y, consigue comunicar con cierto tono pesimista su “total sumisión a un anhelo” desilusionado pero que sobrevive en la imaginación de la autora; sentimiento mostrado con realismo porque está motivado por una “causa objetiva y real”, es decir, reflejo del estado de ánimo de la creadora “cautivada ante la presencia del cuerpo de Tut-Ank-Amón” y su deseo “inconsciente de un milagro que le devuelva la vida”. Califica la Carta de elegíaca pues desde el comienzo la poetisa lanza su voz cantando su pena, siguiendo el ejemplo de los clásicos. Descubre la intención implícita de resaltar el hecho como “un valor informativo histórico” con retoques éticos, mediante la expresión de sus emociones espirituales. Resume la estructura de la composición poética en 25 párrafos atendiendo al orden de redacción siguiente:

Introducción que nos prepara al tema de la carta.
Descripción del espacio que rodea al rey muerto.
Características de la muerte del rey.
Actitud de la poetisa ante esa muerte.
Traslado al pasado glorioso del rey joven.
Vuelta al presente doloroso.
Invitación a un intercambio entre la muerte (del rey) y la vida (de la autora).
Querencia y voluntad de una madre que sueña con recobrar a su hijo.

Advierte en los primeros párrafos el dolor enmascarado bajo algunos objetos del rey, así como la irrupción abrupta de la realidad impuesta por razón de “la visión vitalista” e íntima de la mujer que ve brotar la pasión en el pequeño corazón guardado en una caja de oro mientras se resigna a aceptar esa muerte, condicionándola a ser superada con su propia vida: “[…] mi corazón latió por ti lleno de vida, y mi vida se abrazaba a tu muerte y me parecía a mí que la fundía…”; no obstante, en ese acto de regeneración simbólica, la poetisa resignada, dice: “Te fundía la muerte dura que tienes pegada a los huesos con el calor de mi aliento, con la sangre  de mi sueño, y de aquel trasiego de amor…”. Respecto a la alusión a la sangre, indica que tiene un valor sagrado porque es el flujo sostén de la vida y de su sueño hasta el punto de llegar a enamorarse de los ojos del rey, la parte del cuerpo, observa Nadia, a la cual la poetisa consagra ocho párrafos que van desde estimarlos como espejo reflejo de glorias durante su reinado, pasando por la excesiva prontitud de esa muerte, hasta el deseo de devolverle la vida entregándole los suyos, para lograr que los abra y la mire; por eso, dice: “Daría mis ojos vivos por sentir un minuto tu mirada a través de tres mil novecientos años…”; emoción explícita válida para reforzar ese anhelo y retornar a la realidad “dando vida a la historia y a las hazañas del Rey Ank” porque “sus ojos son dueños de las ciudades florecientes, de las gigantes piedras ya entonces milenarias, de los campos sembrados hasta el horizonte, de los ejércitos victoriosos más allá de los arenales de la Nubia”. A modo de resumen y de recordación, considera formalmente esta parte de la carta una transformación del tema del “ubi sunt” o de lo que constituye —en el modelo clásico de la elegía— la enumeración de los hechos y virtudes del muerto contrastando el profundo dolor de hoy con la grandeza de ayer. En párrafos siguientes encuentra a la poetisa más desesperada contra toda razón al querer recobrar al Rey, momentos supremos de “un impulso incontrolado” e instintivo que se va “haciendo intencional”, una postura “absolutamente negativa” porque no “hay resignación ni comprensión, ni aceptación de la muerte física, aunque no la espiritual.

Confiesa la Dra. Gamal que lo más desconcertante para ella “es esa incitación” que la poetisa hace a lo largo del texto, dialogando con  un muerto de hace cuatro mil años como si estuviese vivo; ejemplifica el vínculo dual “yo-tú” presente en toda la composición; acaba vencida por la muerte, entonces le expresa: “… no me esperaste y te fuiste hacia la muerte como un niño va a un parque…” Esa revelación de la profesora es ratificada y ampliada cuando medita: “Desde que empezamos a oír el tú, nos sentimos intrusos en esa conversación [y,] testigos conmovidos de un encuentro que excede nuestros límites”. Es, concluye, una llamada al amante cuyo requerimiento está en todas las líneas de la epístola con la cual “nos hemos impregnado y solidarizado conmovidos con el dolor de la poetisa por sus afanes imposibles que “encarnan un verdadero amor maternal”.  

La otra glosa proviene del profesor de la Academia de Artes de la capital egipcia, Dr. Khaled Salem,  lleva por título “Carta de amor al Rey Tut-Ank-Amen. Una poetisa cubana ante la figura del joven rey” (El Cairo, febrero, 2009) y su contenido, al parecer, actualiza el texto que su autor publicara en Anaqueles Árabes (Egipto. No. 10, 1999) denominado: “Dulce María Loynaz, poetisa del amor y la soledad. Análisis de Carta de amor al Rey Tut-Ank-Amen”. Básicamente, coincide con las valoraciones publicadas por la periodista e investigadora María Asunción Mateo en el volumen preparado por ella: Dulce María Loynaz. Antología lírica (Madrid, 1993), para incursionar en la vida y la obra de la escritora cubana y centrar sus comentarios en la Carta de amor…, los cuales comienzan anteponiendo los antecedentes de la aparición de la prosa poética con el propósito de indicar la predilección de la poetisa por el poema en prosa, debido a que consideraba la existencia de imágenes poéticas que no ajustan bien en el verso, “ni siquiera en el metro libre”. Respecto a la predilección de la autora por esa forma de expresión, me permito la digresión de apuntar, dada su alta significación y contemporaneidad, el juicio emitido por la investigadora y crítica Dra. Zaida Capote Cruz en su libro de ensayos Contra el silencio (La Habana, 2005),donde explica cómo la poesía loynaciana “toma, con la Carta de amor al Rey Tut-Ank-Amen, un giro definitivo. Tal giro, antes apenas sugerido, es el de la poesía en prosa o prosa poética”, y precisa que en la Carta la asunción de la prosa es plena.

En otro párrafo, el Dr. Khaled, refiriéndose a la precoz tentación poética de la autora,  señala la primacía de ésta en dedicar un poema en castellano al distinguido faraón, hecho que llama su atención debido a que medio siglo antes, nuestro José Martí hubo de escribir la obra dramática Abdala, ambientada también en Egipto; por ello, piensa que tal vez la poetisa tuviese en mente esa creación martiana. Percibe, además, el interés de la poetisa por los amores imposibles, “por la frustración constante que supone la búsqueda de la felicidad”. No obstante haber tratado el tema como una simple anécdota, reflejo del ofuscamiento imprevisto ante el amante silente, ella alcanza “una de las epístolas más originales, desconcertantes y vehementes que hayan sido escritas jamás a un amante absurdo”; de ahí que arribe —entre otras consideraciones— a clasificar  la carta como “un monólogo amoroso basado en la nostalgia de una civilización milenaria y fascinante, de una época inalcanzable”.

Repasa con prudencia la emoción de la poetisa  ante el cielo azul turquesa y las arenas doradas del país africano, sentimiento que Dulce María traslada también, durante aquellos días egipcios, a Angelina de Miranda, al narrarle una historia del Egipto de Keops. El profesor Khaled Salem considera esta misiva —publicada por primera vez como Carta de Egipto, Ediciones Hnos. Loynaz, Pinar del Río, 2000— superior desde el punto de vista poético, porque es poseedora de un contenido “casi de mayor valor” que Carta de amor al Rey Tut-Ank-Amen, apreciación que refuerza con un fragmento de la carta a la amiga en La Habana:

“Me enamoré de Tutankamón, que no podía contestar mi carta, amante hierático, ungido de ese supremo prestigio de la muerte. Si lo viese sentarse sobre el último de sus sarcófagos, desatar sus vendas de momia y salir a limpiarse el polvo de los siglos… dejaría de amarlo en el acto”.

En este contexto subraya el empleo de las artes plásticas y de la técnica cinematográfica y, aunque advierte que ésta se evidencia con más fuerza en la novela Jardín, es posible apreciarla en el pasaje sobre la vida cultural del Antiguo Egipto en época del Rey Tut. Constata la presencia y señala la significación de los elementos simbólicos locales de esa civilización, tales como el ibis, la flor de loto, las crecidas del Nilo, los jeroglíficos, monolitos, sarcófagos, colores como el azul, el rosa y el amarillo, además de “el polvo” representativo de la muerte, y la gacela y las hojas en “el sentido de la nada”. Para finalizar, destaca la presencia en el poema de las canciones tropicales con el propósito directo de modular ese amor imposible: “Y como a un niño enfermo habría empezado a cantarte las más bella de mis canciones tropicales, el más dulce, el más breve de mis poemas”. En nota aparte, apunta que el poema ha sido motivo de inspiración para el músico egipcio Mahmoud Fadl quien grabó el fonograma titulado Love Letter to King Tut-Ank-Amen,  by the great Cuban poetess Dulce María Loynaz.

Las meditaciones de ambos hispanistas, así como la traducción al árabe hecha por una nativa del país donde ocurrió el hecho que motivó a nuestra Dulce María Loynaz a escribir el reconocido poema, en el lejano 1929, son meritorias y vienen a engrosar las valoraciones formuladas por otros estudiosos del tema, con la notoriedad de ser lecturas  egipcias.