Por el amor y otras batallas

Entrevista al intelectual cubano Tomás Fernández Robaina


Por Ivette Fernández Sosa

De bibliotecólogo, investigador, profesor, y hasta de periodista tiene Tomás Fernández Robaina. De sus casi cinco décadas dedicadas a la investigación se han desprendido los estudios más diversos sobre tópicos no siempre bien vistos en la sociedad cubana. Tomás ama todo cuanto hace; y piensa que amar es contribuir al ensanchamiento mental de los cubanos, con el fin de perfeccionar  aquello que lo amerite. Pero a quien más ama es a Cuba, a la que prefiere ver más que mestiza, diversa.

Este hombre, que evidentemente prefiere lo peliagudo y controversial antes que la calma y la mimesis, ha echado gran parte de su vida hurgando en los archivos de la Biblioteca Nacional José Martí. Allí mismo transcurre el diálogo, signado de conmovedores recuerdos y reflexiones sinceras. Muchos de sus estudios versan sobre la racialidad, la homosexualidad, la prostitución… ¿Se considera un defensor de los sectores históricamente marginados de la sociedad?

Para serte franco me da gracia la pregunta. Hay dos temas que para mí son cruciales: el de la religiosidad popular y la raza, y el de la homosexualidad. Son dos temas importantes porque cuando comencé a trabajarlos eran tabú, no se podían abordar. 

Cuando empecé a compilar la bibliografía de temas afrocubanos, que es la génesis del posterior El negro en Cuba, lo hago porque en el 69 publico una bibliografía de estudios afroamericanos. Me dijeron que no debía incluir nada de los problemas sociales, que solo debía ser folclore y esclavitud. A mi me molestó mucho pero no tenía el conocimiento que tengo ahora.

El tema de la homosexualidad surge porque Reinaldo Arenas me da un libro con el fin de que tomara conciencia sobre algunos aspectos. Allí había una conversación de dos representantes de esta práctica donde advertían que esta tendencia sexual había sido históricamente condenada. La conclusión sería que los homosexuales debían pronunciarse en contra de todo porque todo estaba contra ellos. Aquello en vez de reforzar en mí la visión de los personajes, operó en sentido contrario. Me di a la tarea de investigar hasta que pudiera demostrar que eso estaba equivocado, porque estos individuos, como cualquier otro, forman parte de las diferentes clases sociales. El homosexual ha sido considerado un ser mítico que está fuera de las contextualidades políticas y económicas.

Es indiscutible que históricamente ha habido una valoración muy prejuiciada contra el amor entre personas del mismo sexo, los negros y la prostitución y también contra la religiosidad popular. No podría precisar cuándo empecé a escribir sobre todos estos aspectos con el objetivo de que se comprendieran sus causas. Se trata de fenómenos sociales que ameritan acciones en búsqueda de un mayor conocimiento. En cuanto a la prostitución, por ejemplo, el objetivo es contrarrestar las circunstancias que la originan, porque es una manifestación que puede revertirse. En lo que respecta a la homosexualidad los estudios no persiguen otra meta que la comprensión honesta y humana. Entonces, si asumir esa actitud es ser defensor, pues sí, me pronuncio como tal.

¿Existe una aproximación adecuada para tratar a los grupos de estudio o esta interacción implica necesariamente el apoyo por parte del investigador?

El investigador siempre asume una decisión de arrancada que puede ser una premisa de lo que quiere demostrar. Pero lo que le está vedado al científico es la imposición de sus criterios de una manera no dialéctica; eso es una de las deficiencias que hemos tenido en el campo de la investigación en Cuba.

A veces pienso que más que un trabajo investigativo estoy haciendo un trabajo político. Me he adentrado tanto en la problemática racial que resulta difícil no asumirme como parte de ese grupo que está luchando contra los prejuicios y la discriminación. Entonces un investigador (no creo que el investigador puro exista, porque siempre se toma partido) debe convertirse en un activista y en un militante más de lo que está investigando, si se está plenamente identificado con el fenómeno analizado. No se investiga por el simple placer de hacerlo, sino para que los resultados tributen en pos de un cambio. Si algo hemos aprendido en estos años es que más que de hacer historia o conocerla, se trata de cambiar, mejorar nuestras condiciones como seres humanos, de manera individual y colectiva. Si esa perspectiva no se tiene y se queda solamente la investigación pura como dato frío, y no se toma como arma para el combate, nuestro sentido de investigar no está cumpliendo su función social.

A modo de comentario en su artículo Algunas de mis experiencias como autor del testimonio. Recuerdos secretos de dos mujeres públicas (texto esclarecedor sobre las interioridades de la prostitución) afirmó: “Si en un momento valoré Recuerdos… como un libro de esperanza, de un llamado romántico, utópico, Historias de mujeres públicas es la confirmación plena del fracaso de mi creencia de que algo podía hacerse con la literatura.” Si esto es así, ¿qué papel toca al expositor?

Quizás dije eso porque soy demasiado honesto. Cuando Recuerdos Secretos… quise conferirle a la literatura una función social teniendo en cuenta que del libro se publicaron sesenta mil copias, pero todo el fenómeno de la prostitución no podía ser cambiado por medio de un texto que llamara la atención. Además de la voluntad, tienen que existir elementos materiales condicionantes y contextuales muy importantes.

Ese libro para mí fue de una importancia relevante, porque definió mi etapa idealista. A partir de ahí yo cambié completamente. Por eso cuando se publicó la supuesta segunda edición con el nombre de Historias… fue muy desgarrante. Si antes la prostitución era causada por un problema socioeconómico de la mujer, ahora estas necesidades habían cambiado. Entonces también se trató de las trabajadoras a las que no les alcanzaba el dinero para sus necesidades, que para algunas personas pueden no ser muy importantes, pero que para otras son vitales. Es un poco superficial decir que lo hacían por pacotilla porque algunos objetos pueden ser triviales para unos, mas no para otros. No obstante, contra este fenómeno, hay que seguir luchando.

¿Cómo logra conciliar al bibliotecario, al profesor y al investigador? ¿Qué tiempo deja para su vida privada?

Yo nunca he pensado en eso por una razón muy sencilla: para mí todo es una unidad dialéctica. La investigación, para mí, no es trabajo. Me siento una persona sumamente privilegiada pues he tenido una suerte extraordinaria: trabajar en la Biblioteca Nacional cuarenta y siete años, tiempo durante el cual nada de lo que he hecho puede llamarse “un trabajo”.

Pudiera decirse que ello me ha permitido jugar. Cuando estoy haciendo una bibliografía, cuando conformo su estructura, es como si estuviera jugando. Me he realizado profesionalmente haciendo mi trabajo bibliotecario, de investigación y profesional. Por lo tanto, me voy para mi casa y sigo trabajando allí. En cuanto a mi vida personal, pues me gusta bailar, me gustan las fiestas, salir a comer, me gusta ir a la playa, pero no son mis prioridades principales. Mi entretenimiento está en función de mi trabajo investigativo, profesoral...

Según Ana Cairo, en opinión ofrecida a su libro Hablen paleros y santeros, usted devolvió la riqueza de la espiritualidad religiosa en Cuba. ¿Es suficiente lo que ha hecho hasta hoy por los estudios sobre la racialidad cubana?

<<<Junto a Torres-Cuevas y Ana Cairo en la Biblioteca Nacional, 2009

Cuando llegué a la biblioteca no era ni Técnico Medio y todo lo que hice fue por el placer de hacerlo, aun cuando algunos me tildaron de intruso. No tengo conciencia de haber hecho nada trascendental. Lo que he realizado ha sido tratando de ayudar a que otros no sufran los obstáculos que yo enfrenté. He intentado abrir un poco el camino. Sería demasiado prepotente plantear que he hecho lo suficiente. Somos muchos los que hacemos en este contexto y pienso que siempre se puede hacer más. Pensar que haber publicado El negro en Cuba significó la gran contribución, es mediocre. Es un libro al que amo por muchas razones pero al que también le reconozco las limitaciones, las deficiencias; esa fue mi obra de juventud aunque estuvo diez años sin publicar. Hubo historiadores que lo tuvieron un año y me lo devolvieron con la excusa de que no habían podido leerlo. Es un libro que me abrió las puertas de la Academia Americana y fue muy importante para darme a conocer internacionalmente, pero es un texto que al cabo de tres ediciones no se le ha hecho una crítica cubana. En Cuba debemos tomar conciencia de que tenemos muchos problemas y no solo sobre racialidad. También están aquellos que conciernen a la mujer. Por ello hay que seguir trabajando en pos de la mejoría de nuestra sociedad. Esto fue lo que yo decidí: vivir en Cuba y poner mi granito de arena. Si lo logro o no lo logro (que aún es pronto para hacer balances), se sabrá cuando muera o de los resultados que se vayan obteniendo a partir de las cosas en las que estoy imbricado junto con otros compañeros. El mejoramiento de una situación no puede ser nunca obra de una sola persona, sino de muchas que tengan un sentido de pertenencia, de sensibilidad a todo lo que acontece y que traten de mejorarlo, aunque el contexto sea desfavorable. Nadie debe callarse ante las cosas que se consideran negativas porque hay que tratar de llamar la atención sin importar lo peligroso que sea.

¿Qué dificultades supone ser un investigador en la Cuba contemporánea? ¿Cuáles son las gratificaciones?

Creo que depende de lo que se escriba. Cuando se señala que hay problemas de racialidad, que hubo problemas homofóbicos, que no quiere decir que no los haya todavía, eso te puede traer consecuencias adversas. Mi trabajo El proyecto revolucionario y los homosexuales, por ejemplo, fue muy elogiado pero no fue publicado. Los desafíos, sin embargo, me incentivan. Ellos te recuerdan quién eres, qué has hecho, qué has aportado o qué no. Los galardones pueden provocar el florecimiento de la vanidad.

Con un currículo tan abultado, ¿hay algo de las esferas estudiadas que no se le revele fácilmente?

Sí. Pensar que un investigador, por mucha pericia que tenga, ya logró tener al toro por los cuernos es estar perdido. Gracias a la superación y las lecturas, a las confrontaciones nacionales e internacionales y a las nuevas investigaciones, se va agudizando el aparato crítico. Ahí está la riqueza de la investigación: pueden haber diez personas investigando el mismo tema, pero cada uno de ellos aportará aristas que otros no vieron, importantes o no, pero siempre aspectos a considerar.

¿En qué nuevas investigaciones está trabajando?

Estando en África empecé a escribir lo que se llama Los afro descendientes en Cuba: ayer, hoy y mañana, que es más o menos una versión de El negro en Cuba. En realidad es un proyecto algo más amplio pues en El negro… solo tocó la República. En este nuevo libro hablo de la Colonia, de la República, y sobretodo, del periodo revolucionario hasta el 99, pero no he tenido tiempo de terminarlo por otros compromisos relacionados con docencia, reuniones, invitaciones… También tengo un proyecto que nace de un curso que impartí en la Universidad sobre la diáspora africana en Las Américas. Es un texto que puede convertirse en un manual, no solamente sobre el negro en Cuba, sino también sobre la presencia del negro en algunos países de América. Es un manual que pudiera servir de ayuda a los estudiantes que se acercan a la Historia afroamericana.

Recientemente fue congratulado con la Medalla Toussaint L'Ouverture que otorga la UNESCO por el desempeño de una labor cultural meritoria en beneficio de la humanidad, reconocimiento también conferido a otras grandes personalidades del mundo cultural cubano.

Eso fue para mí una gran sorpresa pues yo ni me lo imaginaba. El mayor honor es que me la otorgaron junto con Rogelio Martínez Furé, que fue profesor mío, esa fue, de todas, la mayor alegría. Esa medalla tiene una gran relevancia en lo personal. Es la primera medalla que me otorgan donde se me reconoce como una persona que ha estado trabajando durante años por nuestra identidad, por darle valor a nuestra cultura, elementos que incluyen sectores sociales que por años han sido subvalorados.

¿Qué significado tiene para su vida y su quehacer la Biblioteca Nacional José Martí?

Si yo no hubiera llegado a la Biblioteca Nacional, no hubiera logrado acceder a los lugares que conozco. He tenido toda la Biblioteca a la mano, llevo aquí cuarenta y siete años. Aunque trabajaba en la Dirección de Literatura de La Habana, prácticamente desde que comencé mi quehacer allí me mandaron en prestación de servicios a esta institución. Al principio me desempeñé como asistente del doctor Salvador Bueno y en la campaña de promoción de la lectura. Después fui adentrándome en los trabajos bibliotecólogos y fue creciendo mi deseo de superación. Yo era graduado de la Escuela de Comercio y no se me permitía matricular en la Universidad si no era en Contabilidad. Sinceramente, no quería estudiar esa carrera, tampoco me permitieron estudiar Técnico Medio en Biblioteca porque en aquella época era solo para mujeres. Después lo intenté y transcurrieron algunos años antes de que lograra culminar mis estudios.

Ha transcurrido en la Biblioteca una gran parte de mi vida. Por ahora no pienso retirarme; mientras me sienta con fuerzas para investigar o dar clases, continuaré aquí.