Imaginarios: La Edad de Oro (1889)

A 120 años de la aparición de esta Revista, concebida y realizada por José Martí para los niños americanos, nadie duda que ha ganado un lugar especial en los hogares cubanos. Tesoro que hereda generación tras generación, constituye, además, un referente ético y cultural para los lectores de todas las edades y en especial para los educadores.

Algunas ramazones de La Edad de Oro

Por Ana Cairo

Lo pasado es la raíz de lo presente. Ha de saberse lo que fue porque lo que fue está en lo que es. (1)
(…) yo escribo lo que veo, y lo veo todo con sus adjuntos, antecedentes y ramazones.(2)

José Martí (1853-1895)

 

El 10 de enero de 1889 falleció Antonio Bachiller y Morales (1812-1889) en La Habana. El polígrafo había sido el director del Instituto de Segunda Enseñanza capitalino, cuando José Martí era estudiante. Durante la Guerra de los Diez Años, don Antonio había permanecido exiliado en Nueva York, donde había publicado libros y pertenecido a varias sociedades científicas.

Allí, continuaba residiendo Néstor Ponce de León (1837-1899), su yerno, dueño de una famosa imprenta y librería para los hispanos. Martí (amigo de Ponce, con acceso permanente a su valiosa biblioteca cubana) quiso sumarse al homenaje póstumo con el ensayo biográfico “Bachiller y Morales” (El Avisador Cubano, 24 de enero).

El texto martiano circuló rápidamente en La Habana. El político autonomista y gran orador Rafael Montoro (1852-1933) citó un fragmento en una velada de la Sociedad Antropológica. Aurelio Mitjáns, crítico literario y redactor del semanario La Habana Elegante (1883-1891, 1893-1896) reseñó el discurso de Montoro y discrepó de la idea martiana glosada por el orador. Martí envío una carta al poeta Enrique Hernández Miyares, director de la revista, para confirmar su juicio discrepante con el de Mitjáns.

En marzo, Martí publicó “Vindicación de Cuba” en la prensa estadounidense e imprimió el folleto Cuba y los Estados Unidos , en el que reunió todos los textos de la polémica antianexionista. En abril, ya circulaban algunos ejemplares en La Habana. Manuel de la Cruz (1861- 1896), otro redactor de La Habana Elegante, exaltó las virtudes patrióticas del material.

Luis Baralt Peoli (1849-1933), amigo de Martí, profesor de español y crítico de artes, era uno de los corresponsales de La Habana Elegante en Nueva York. Él anunció en una de sus crónicas la inminente aparición del primer número de La Edad de Oro (julio de 1889). La información escueta demostraba que Martí era adecuadamente conocido entre los lectores de la publicación.

Enrique José Varona (1849-1933), filósofo y director de la Revista Cubana (1885-1895), recibió uno de los primeros ejemplares y elogió las calidades del proyecto educacional y cultural. Este único comentario probaba que La Edad de Oro alcanzó un escaso impacto en Cuba entre 1889 y las primeras décadas del siglo XX.

Por el contrario, Versos sencillos (1891) fue la obra más difundida en Cuba durante ese tiempo, porque no solo circularon los ejemplares que su autor regaló a familiares y amigos, sino porque en revistas como La Habana Literaria (1891-1892) se reprodujeron poemas como el “I” :

Yo soy un hombre sincero

De donde crece la palma,

Y antes de morirme quiero

Echar mis versos del alma.

(…)

II

Gonzalo de Quesada y Aróstegui (1868-1915), uno de los hijos espirituales de Martí y su albacea literario, cumplió el mandato de publicar las Obras (1900-1919) en 16 tomos. Constituyó una proeza cultural y financiera, porque los distintos gobiernos republicanos no lo ayudaron. Gonzalo de Quesada y Miranda (1900- 1976) concluyó el esfuerzo de su progenitor y se esmeró como responsable máximo de otras ediciones hasta las modernas Obras completas, editadas por el Gobierno Revolucionario de la República de Cuba entre 1963 y 1973.

En las Obras se reprodujeron algunos textos famosos de la revista como “Tres héroes”, en función del ordenamiento temático que privilegiaba la colección.

La Edad de Oro (como el conjunto universo de todos los materiales incluidos en los cuatro números de la publicación) no se gestó como una obra autónoma hasta la edición de San José, Costa Rica, 1921.

La Habana, 1935

El historiador martiano y antimperialista Emilio Roig de Leuchsenring (1889-1964) preparó y prologó la primera edición cubana de 1932, mejorada en la de 1935. A partir de la segunda, sobre todo, fue que las generaciones de cubanos comenzaron a recepcionar el libro autónomo, como el primer canon de nuestra literatura infantil.

Gonzalo de Quesada y Miranda dirigió unas Obras completas, promovidas por la cooperativa de intelectuales Editorial Trópico (74 tomos, 1936-1953), en las que ya se incluyó La Edad de Oro íntegra en uno de los volúmenes. Este principio metodológico se ha mantenido en proyectos ulteriores.

III

Con motivo de la victoria revolucionaria de enero de 1959, tanto el Ministerio de Educación, como la Alcaldía de La Habana, solicitaron a Roig de Leuchsenring dos ediciones masivas. A partir de la fundación de la Editorial Nacional de Cuba en 1962 y de las acciones de su heredero el Instituto Cubano del Libro (1967), en particular de la Editorial Gente Nueva (destinada a niños), incesantemente, se ha reeditado La Edad de Oro.

Para los asiduos a las librerías y las ferias, resulta evidente que la obra pertenece a los rubros de las rápidamente agotadas y de las difíciles de conseguir, porque es ya un icono de nuestra identidad cultural.

Cada vez más, aún sin una conciencia plena y generalizada de todas sus implicaciones cognoscitivas (emocionales y racionales), se aprecia que, para millones de cubanos, Martí es ya uno de nuestros modernos símbolos nacionales.


Por los Caminos de la Edad de
Oro, Tomo III,
Ed Gente Nueva ,1995

La fervorosa certidumbre ha propiciado que dichos atributos se hayan transferido hacia algunas de sus obras emblemáticas , en primer término, La Edad de Oro, seguida de los Versos sencillos. Las múltiples interacciones en los sistemas de la cultura cubana, en particular dentro de los imaginarios de la cultura popular, podrían convertirse en objetos de investigaciones especializadas.

Los niños cubanos se familiarizan con los personajes y textos del libro, antes de aprender a leer. Los adultos de la familia, otros infantes y adolescentes, amigos, vecinos, etc., suelen actuar como mediadores permanentes. Las infinitas variaciones de los relatos orales coexisten con las formas de lecturas fragmentarias, que los sujetos culturales, tanto los emisores como los receptores, aportan. ¿Cuántas versiones sobre la bondad solidaria de Pilar o Bebé, o sobre las travesuras de Nené, o sobre el ingenio de Meñique, se cocrean en los ejercicios de la mediación cultural democrática entre niños y entre estos, los adolescentes, los jóvenes y los adultos?

Se generaliza la convicción de que el libro debería formar parte de cualquier biblioteca básica en los hogares e instituciones docentes de primaria y secundaria básica.

Se expande el anhelo de que nuestros niños deberían disponer de ejemplares propios. Los cuales debidamente cuidados se podrían legar entre los mejores tesoros de padres a hijos.

Se han favorecido otras ediciones, en formato de diferentes tamaños, de textos autónomos ilustrados, o de historietas. En particular, se han beneficiado las narraciones. Se ha implementado una alternativa de circulación a partir de las traducciones a las principales lenguas extranjeras.

Se han impulsado versiones de los textos para los dramatizados de la programación infantil en radio y televisión, dibujos animados y adaptaciones para los repertorios de los grupos teatrales (con alternativas para actores, títeres, marionetas, entre otros).

En el sistema de objetivos de la escuela primaria, se promueven iniciativas para que los niños ejerciten la cocreación artística y literaria con sus propias inventivas en torno a los personajes de La Edad de Oro.

En la praxis de cientos de miles de cubanos, que conforman nuestra diáspora en más de cuarenta naciones, se está confirmando que La Edad de Oro pertenece al selecto grupo de los objetos afectivos, que muchos transportan como un talismán de la memoria individual y colectiva, como una modalidad identitaria nacional que los enorgullece.

En tal sentido, resulta muy natural que miles de ejemplares sean comprados para llevarlos a otros países. Se pueden destinar a esos espacios íntimos, denominados altares de la cultura cubana en hogares e instituciones, o para obsequiar a los amigos.

Cuando se medita ante un cuadro tan original como Martí entre nosotros (1999) de Roberto Fabelo, o ante la exposición de figuras de cera de Isabel Santos, o ante el dibujo de una Nené, traviesa y audaz, que curiosea ante un ordenador portátil y tiene un CD en una mano, se comprende mejor que La Edad de Oro funciona como un icono nacional en permanente renuevo.

La Habana, 24 de septiembre de 2009

Notas

(1) José Martí: “Carta a La Opinión Pública” de Montevideo (19 de agosto de 1889), Obras completas, Editorial Nacional de Cuba, La Habana, 1963-1973, t. 12, p. 302. (Las otras referencias se indicaran con OC, tomo y página)

(2) José Martí: “Carta a Manuel Mercado” (20 de octubre de 1888), OC, t.20, p.16. (La cursiva es de AC)

Breve recuento ante un nuevo siglo

 

Por Salvador Arias

El tiempo que nos separa de la primera salida de La Edad de Oro, en sus cuadernillos con portadas azules, ya hay que ubicarlo a la distancia del siglo antepasado, pues la inminente entrada en el siglo XXI hace que las distancias temporales se extiendan y los contextos cambien. El universo en el que se desenvolvía un niño latinoamericano a la altura de 1889, comparado con la agresiva inmersión del que hoy día vive en un mundo colmado con efectos de multimedia, resulta a ojos vista enorme. Sin embargo, todo nos hace pensar que La Edad de Oro ha navegado con buen viento durante este tiempo, y que hoy resulta, muy probablemente, más leída que nunca.

Lo anterior se desprende de la cantidad reciente de ediciones que se publican, incluyendo

traducciones. Y en Cuba existe la constancia de cómo las sucesivas ediciones desaparecen rápidamente de los lugares de venta. El culto nacional a Martí se afianza, en sus mismos inicios, en la lectura de La Edad de Oro por niños y jóvenes, apoyado en la política educacional y cultural de país, que sin embargo, no sería tan efectiva si las cualidades intrínsecas del texto mismo no contribuyeran a ello.

Esto tiene su primera base en la forma en que Martí se enfrentó a la redacción completa de la revista, que cuidó en todos sus aspectos. Los cuales comprendían también su impresión y distribución. Estaba consciente de lo importante y difícil que era escribir para los niños, y por eso dedicó a ello sus mayores esfuerzos en momentos de su madurez. Para él, escribir para los niños no significaba nunca bajar el nivel en cuanto a lenguaje ni limitar la presencia de un pensamiento hondo, sino buscar el tono adecuado con el cual comunicarse con los niños, y a partir de éste, entregar lo mejor de su ideario y expresión.

Y precisamente por escribir para niños, Martí estaba muy pendiente de la carga de futuridad que debía tener La Edad de Oro, por lo que los asuntos tratados suelen proyectarse, sobre todo, hacia la problemática del futuro, de allí la permanente vigencia de sus textos. Que si cumplen las funciones de entretener y ofrecer información, tienen por función principal la formativa, afianzada en valores humanos perennes. De allí su universalidad, más allá de circunstancias epocales o geográficas. Por eso hoy resulta también vigente en traducciones a lenguas y países muy diversos.

Aunque los lectores en español siempre tendrán la ventaja insustituible de apreciar su lenguaje simple y puro, que enseña a disfrutar del "sentido y la música" del idioma, una ganancia que el lector incorporará para hacer más plena y rica su existencia. Por dirigirse a los niños, Martí busca la síntesis y la claridad a través de la más hermosa y apropiada expresión, lo cual hace de sus textos paradigmas literarios. Pues, aunque dedicada especialmente a los niños, La Edad de Oro se inserta, polémicamente muchas veces, en la literatura más rica y renovadora de su época, por la manera de enfrentar las temáticas que aborda y esa utilización brillante, funcional y creativa del idioma, que lo sitúa a la vanguardia del llamado modernismo hispanoamericano. En realidad, puede llegar a afirmarse que La Edad de Oro es uno de los textos más representativos y ejemplares de todo el modernismo hispanoamericano.

Consecuentemente, la revista se inserta en un ambicioso proyecto cultural que para Hispanoamérica sustentaba Martí, como vehículo de conocimiento dialéctico, reafirmación ética y disfrute estético por excelencia. Como ese proyecto aún está por cumplirse, las páginas de La Edad de Oro permanecen como un desafío impostergable que debemos asumir. A pesar de que, sobre todo en los últimos años, se han hechos serios esfuerzos investigativos para desentrañar las riquezas de la revista, no puede olvidarse que aún están por revelar muchos aspectos que permanecen inéditos o requieren un nuevo acercamiento, como los que se desprenden de la intertextualidad existente entre ella y otros textos, martianos o de otros autores, y el ubicarla a la luz de problemáticas puntuales que el arribo al nuevo siglo XXI imponen.

Pero en cualquier acercamiento a La Edad de Oro, investigativo, propagador o de simple placer, no se debe olvidar que la gran carga creativa que Martí puso en ella demanda de sus lectores de hoy desterrar los procedimientos rutinarios, esquemáticos, burocráticos, aburridos, y cualquier aproximación a ella por un profesor, un bibliotecario, un padre o un simple lector, siempre demandará poner en juego, como aporte personal, su capacidad creativa, su inteligencia, su sensibilidad. Sólo así sabremos mantener vivas, con todas sus posibilidades, las páginas de La Edad de Oro.

Este libro que hoy se pone a la disposición del lector, conformado justamente en el traspaso de los siglos, quisiera ser un balance de lo hecho hasta ahora, pero sobre todo, una instigación a nuevos y amorosos acercamientos a la revista de José Martí.

Tomado de: Un proyecto martiano esencial: La Edad de Oro. Salvador Arias. Centro de Estudios Martianos. La Habana, 2001, pp. 293- 296

 

Los mensajes de La Edad de Oro

Fragmento

 

Por Mirta Aguirre

 

Mirta Aguirre con las poetisas
Gabriela Mistral y Dulce María Loynaz
y del Castillo, década de los años 30

Ni Reyes Magos, ni cuentos de hadas, ni religión ni magia —más que esa verdadera que se desprende de los talleres donde trabajan los hombres— hay en La Edad de Oro. Pero hay en ella todo un código moral, todo un cuerpo de conducta elaborado por Martí para los niños al tamaño y a la medida de su propia ejemplaridad humana.

¿De qué habla Martí a sus chiquillos en la revista, a cambio de no hablarles “del temor de Dios”? Les habla de héroes hispanoamericanos, de honradez, de rebeldías justas, de libre examen, de valor civil, de igualdad humana, de relatividad de arquetipos de belleza, de pobres y de ricos, de plebeyos y de nobles, de razas y de pueblos oprimidos, de patriotismo y de trabajo, de bondad, de transigencia, de respeto a la vida.

1. “Los hombres deben aprenderlo todo por sí mismos, y no creer sin preguntar, ni hablar sin entender, ni pensar como esclavos lo que les mandan pensar otros”, declara el rajah del cuento de los ciegos que querían saber cómo era el elefante. Y el redactor de La Edad de Oro agrega, hablando del tenedor y de la cuchara: “porque la verdad es que da vergüenza ver algo y no entenderlo, y el hombre no ha de descansar hasta que no entienda todo lo que ve”. ¿No había dicho Confucio —“Los dos ruiseñores”— que no eran “leones con alas de paloma, como debe el hombre ser, sino lechones flacos, con la cola de tirabuzón y las orejas caídas, que van donde el porquero les dicen que vayan, comiendo y gruñendo”, los hombres “que aprenden de memoria sin preguntar por qué”? El niño, que ha de recibir una enseñanza veraz, ha de ser hombre habituado a pensar por sí mismo, presto a la comprobación de lo que se le afirma. Y educarlo, instruirlo, no ha de ser, por eso, atiborrarlo, “ni echarle al hombre el mundo encima, de modo que no le quede por donde asomar los ojos propios; sino dar al hombre las llaves del mundo, que son la independencia y el amor, y prepararle las fuerzas para que lo recorra por sí, con el paso alegre de los hombres naturales y libres”.

Toda La Edad de Oro es una constante aplicación de este concepto martiano. Mentes libres, examinadoras, quiere él fecundar en los niños. ¡Que “no hay trono que se parezca a la mente de un hombre libre, ni autoridad más augusta que la de sus pensamientos”!

2. Hombres de criterio independiente quiere hacer La Edad de Oro. Y quiere hacer, también, hombres bondadosos; y hombres con firmeza para sustentar las propias ideas, pero transigentemente comprensivos para las ideas ajenas; y, sobre todo, hombres que sepan que matar, suprimir la vida, no es crimen que pueda cometerse.

“La vida”, se explica a los niños, “es como todas las cosas, que no debe deshacerlas sino el que puede volverlas a hacer. Es como robar, deshacer lo que no se puede volver a hacer. El que se mata, es un ladrón”. Por eso, “las cosas de guerra y de muerte no son tan bellas como las de trabajar”, y los poetas de ahora “no han de cantar guerras bárbaras de pueblo con pueblo para ver cuál puede más, ni peleas de hombre con hombre para ver quién es más fuerte: lo que ha de hacer el poeta de ahora es aconsejar a los hombres que se quieran bien”.

Porque los hombres pueden quererse y convivir apaciblemente y tal parece que ya asoma “el tiempo feliz en que los hombres se tratan como amigos y se van juntando”. Lo que ha de hacerse, pues, en lugar de pelear por diferencias comineras, es estudiar con cariño lo que los hombres han pensado y hecho, y eso da un gusto grande, que es ver que todos los hombres tienen las mismas penas, y la historia igual, y el mismo amor, y que el mundo es un templo hermoso donde caben en paz los hombres todos de la tierra, porque todos han querido conocer la verdad, y han escrito en sus libros que es útil ser bueno, y han padecido y peleado por ser libres, libres en su tierra, libres en el pensamiento.

Cuando a través de las habitaciones en que se ha hospedado en el trascurso de los siglos, se analiza la historia del hombre, se aprende eso, “que el hombre es el mismo en todas partes, y aparece y crece de la misma manera, y hace y piensa las mismas cosas, sin más diferencias que la de la tierra en que vive (...). Y otra cosa se aprende, y es que donde nace el hombre salvaje, sin saber que hay ya pueblos en el mundo, empieza a vivir lo mismo que vivieron los hombres de hace miles de años...”

Para las costumbres o las convicciones diferentes, todos los hombres, todos los pueblos tienen sus razones igualmente válidas. La Edad de Oro muestra a los niños cómo las casas, las ropas, los criterios sobre lo bello o lo conveniente, varían de pueblo a pueblo. ¿Que los anamitas no nos parecen hermosos? Pues tampoco nosotros les parecemos hermosos a ellos. Y sus sueltas túnicas, sus extraños sombreros, tienen sus motivos: “dicen que es un pecado cortarse el pelo porque la naturaleza nos dio pelo largo, y es un presumido el que se crea más sabio que la naturaleza (...) dicen que el sombrero es para que dé sombra. (...) dicen que en su tierra caliente se ha de vestir suelto y ligero, de modo que llegue al cuerpo el aire, y no tener al cuerpo preso entre lanas y casimires”.

No hay por qué reírse. No hay por qué desdeñar. Al cabo, todo eso, externo, importa poco en el hombre, en quien lo que importa es la bondad. “Cuatrocientos años hace que vivió el Padre Las Casas, y parece que está vivo todavía, porque fue bueno”. “Se es bueno porque sí; y porque allá adentro se siente como un gusto cuando se ha hecho un bien”. “Ha de parar el mundo, cuando sean buenos todos los hombres, en una vida de mucha dicha y claridad, donde no haya odio ni ruido, ni noche ni día, sino un gusto de vivir, queriéndose todos como hermanos”.

“El ser bueno da gusto y lo hace a uno fuerte y feliz”. Pero la bondad no es un hecho informe, ni una actitud contemplativa. Está en el hacer y no en el abstenerse. No radica en meditaciones sobre el cielo, sino en quehaceres de la tierra, y no se consigue pensando en la vida sino mezclándose a ella: “Del monte volvió Budha, porque pensó, después de mucho pensar, que con vivir sin comer y beber no se hacía bien a los hombres, ni con dormir en el suelo, ni con andar descalzo, sino que estaba la salvación en conocer las cuatro verdades que dicen que la vida es toda de dolor”.

3. Conocer la vida, con sus verdades, no es difícil. “Cuando uno sabe para lo que sirve todo lo que da la tierra, y sabe lo que han hecho los hombres en el mundo, siente uno deseos de hacer más que ellos todavía; y eso es la vida”. Vivir es actuar, conocer, fundar, construir. Y ser bueno, “sin cansarse nunca”, aunque la recompensa se demore.

Vivir es saber, a través de los anamitas, o de los negros neozelandeses, o de la historia maravillosa de los indios americanos, que todos los hombres son iguales, sin que la piel importe; es saber, como la princesa de “Meñique”, que la inteligencia vale más que las hazañas del músculo; es estar convencido de que “los que se están con los brazos cruzados, sin pensar y sin trabajar, viviendo de lo que otros trabajan, ésos comen y beben como los demás hombres, pero en verdad de la verdad, ésos no están vivos”. Vivir es haber descubierto “que los países no se pueden gobernar por el capricho de un tirano, sino por el acuerdo y respeto de los hombres principales que el pueblo escoge para explicar el modo con que quiere que lo gobiernen”. Vivir es ser un hombre incapaz de ir sentado —“¡sin pena y sin vergüenza!”— dentro del coche de dos ruedas del que tira, como si fuera una bestia, el anamita pobre. Y es saber que hay “muchas cosas que son verdad aunque no se las vea”. Y es, también, “conocer las fuerzas del mundo para ponerlas a trabajar, y hacer que la electricidad que mata en un rayo, alumbre en la luz”.

De todo, lo más importante, por supuesto, es la noción de la igualdad del hombre.

¿Los reyes? “Con esos modos de mando que tienen los reyes no llegan nunca los pueblos a crecer”. Amigos son —como el padre de la princesa de “Meñique”— de no cumplir lo que prometen; amigos de decirse hijos del cielo, como en China, “aunque los reyes saben que son hombres como los demás”; amigos de pelearse entre sí, “para tener más pueblos y riquezas; y los hombres mueren sin saber por qué, defendiendo a un rey o a otro”; amigos —lo que no hacía Meñique— de quitar a los pobres el dinero de su trabajo, para dárselo “a sus amigos holgazanes o a los matachines que los defienden de los reyes vecinos”.

(...)

Tomado de: “La Edad de Oro y las ideas martianas sobre educación infantil”, en: Acerca de La Edad de Oro, Mirta Aguirre, Ed Letras Cubanas, 1980. 1ra parte, pp. 58-62

 

El comunicador de La Edad de Oro

 

Por Jorge R. Bermúdez, escritor y crítico de arte

 

Martí, gran conocedor de la literatura de su tiempo, no desconoció ni desestimó los aportes de la gráfica didáctica aplicada a los libros de texto, que tan significativo progreso había experimentado en Europa y Estados Unidos de América. Beneficiaria de esta experiencia única en su tipo desde los primeros aportes hechos por Jean Comenius, fue la llamada literatura infantil. Es, justamente, en este perfil editorial, en el que nuestro Héroe Nacional no sólo se mostrará un maestro del género, sino también de la imagen visual que lo particularizaría. En efecto, La Edad de Oro, obra clásica de la literatura infantil decimonónica, lo es también por la selección y manejo que de la imagen visual hace el autor.

En La Edad de Oro la imagen visual no sólo deviene complemento del texto, sino parte activa y protagónica del mensaje en cuestión. Por ejemplo, en el artículo “La exposición de París” (no. 3, septiembre de 1889), el de mayor extensión y número de ilustraciones (dieciocho en total), el Maestro intuye que no es suficiente el poder de su prosa poética para expresar el portento constructivo que es la torre Eiffel, ni tampoco el recurso de compararla con la pirámide de Keops o el monumento a Washington, y recurre a la imagen visual. Otro comunicador menos sagaz hubiera hecho su selección de entre los muchos grabados que por entonces ilustraban a la gran obra de ingeniería muy por encima de los edificios más altos del París de la belle époque. Sin embargo, Martí recurre a una ilustración que, si bien era la menos artística de todas, tenía a su favor ser la más didáctica y, por consiguiente, ilustraba en su real grandeza a la torre Eiffel (300 m), al representarla de forma comparada con los monumentos más altos construidos hasta entonces por el ingenio humano: catedral de Colonia, 156 m; pirámide de Keops, 153 m; catedral de Rouen, 150 m; catedral de Estrasburgo, 142 m; cúpula de San Pedro del Vaticano, 138 m, y cúpula de los Inválidos, en París, 105 m, entre otros.

No es casual que los tres primeros textos que llamaron la atención sobre la importancia de la excepcional revista, los de Enrique José Varona, Manuel Gutiérrez Nájera y Francisco Sellén, coincidieran en destacar la calidad de las láminas seleccionadas y su impresión, tal y como Martí se lo había propuesto: “decirle a los pequeños lectores todo lo que quisieran saber con palabras claras y láminas finas”. (1)

Igualmente significativa fue su elección del conjunto de estampas y viñetas que ilustraron el mencionado artículo, muchas de ellas tomadas por Martí de L' Exposition de París, órgano oficial del evento, editado entre octubre de 1888 y febrero de 1890. Esta apropiación, por demás, no le resta significación alguna al trabajo editorial de Martí, sobre todo, si se tiene presente que en el diseño editorial moderno, así como en cualquier otra manifestación de esta disciplina, la etapa de selección se considera entre las más importantes desde todo punto de vista creativo.

Una somera clasificación del sistema de imágenes que obra en La Edad de Oro, según el criterio martiano, presenta dos categorías o funciones bien definidas: las ilustraciones de carácter artístico (“Un juego nuevo y otros viejos” “Meñique”, “Las Casas”) y las didácticas (“Historia de la cuchara y el tenedor”, “Un paseo por la tierra de los anamitas”, “Las ruinas indias”, “La historia del hombre contada por sus casas”). El sistema se subdivide en viñetas y medallones. La viñeta, a diferencia de las ilustraciones, es el adminículo por antonomasia del diseño de ornamentos complementarios al texto impreso. En el texto martiano, empero, si bien este principio se cumple, tiene también una función ilustrativa puntual, dado por un interés esteticista que no es ajeno a la ambientación integral de la página, en aras de no hacer fatigosa la lectura (“Nené traviesa”, “Los zapaticos de rosa”, “La muñeca negra”). El medallón, desde la perspectiva de la lectura de la imagen visual, es mucho más parco que la viñeta. En un principio, relacionado con el formato del retrato pictórico, sobre todo, el de uso más íntimo: camafeos, relicarios (antecedentes del retrato fotográfico de carné), pasó al grabado con igual función, pero como complemento ornamental o ilustrativo del texto, según el caso. Esta última función es la que asume en la literatura romántica ilustrada y en el artículo “Músicos, poetas y pintores” de La Edad de Oro. En La Ilíada de Homero, se hace uso de la ilustración y del medallón; en “Los tres héroes”, los retratos de perfil de Bolívar, San Martín e Hidalgo, aun cuando no aparecen enmarcados en el formato de medallón, por tamaño y función lo sugiere.

Pabellón de Argentina

Sin embargo, es en el primero de los artículos citados, “La exposición de París”, donde Martí se consagra como verdadero comunicador visual, al hacer uso de este sistema de imágenes visuales en relación con los objetivos ideoestéticos que perseguía con su publicación. Por su carácter secuencial y unidad de asunto, es un ensayo visual. En él, el protagonismo de la imagen es periodístico; todo un reportaje gráfico. No obstante, y a diferencia de su descripción en prosa, no toda la Exposición está en imágenes. Martí, consecuente con el público al que va dirigido la revista: los niños de América, no tiene reparo alguno en sólo ilustrar los pabellones de las repúblicas hispanoamericanas.

Encabeza las estampas el mayor de todos, el de la República Argentina. Le siguen los de las demás repúblicas hermanas presentes en la Exposición: El Salvador, México, Uruguay, Nicaragua, Venezuela, Chile, Bolivia, Santo Domingo, Paraguay y Guatemala. Según se observa en las láminas litografiadas, el estilo arquitectónico de los pabellones se corresponde con el eclecticismo dominante entonces, ostentoso y ornamentalista, que tan bien se aviniera al gusto de la burguesía europea finisecular como contrariara el de Martí. (Su crítica a la Ópera de París, de Garnier, es el mejor testimonio martiano al respecto). Sin embargo, el Maestro obvia este hecho –sin duda, advertido por él–, y se consagra, una vez más, a ilustrar en prosa las escasas virtudes arquitectónicas y de diseño que, de alguna manera, identifican a estos pabellones con la naturaleza y la cultura de los países hispanoamericanos que representan. El camuflaje semántico cumple un propósito: no destacar el gusto dominante en las esferas de poder de las nuevas repúblicas americanas, generalmente, proclives a imitar lo peor de la cultura europea del momento, en un texto en que lo importante y urgente era levantar la autoestima de los niños americanos a partir del conocimiento de lo mejor hecho hasta entonces por los pueblos hermanos del continente.

Martí, siempre atento a toda posible correspondencia de asunto entre imagen y texto –sobre todo, cuando lo que privilegia no es la imagen de los países desarrollados, sino la del desarrollo de la época–, se permite introducir aquellas estampas de la Exposición que más se avienen al interés general del joven público y al carácter internacional de la misma, a saber, la entrada principal a la Exposición, la fuente de la República, el Palacio de los Niños y las fuentes luminosas; conjunto del que forma parte la ya comentada ilustración de la torre Eiffel. Asimismo, recoge ilustraciones de tipos y costumbres de los pueblos del mundo árabe, por entonces, en un alto número, bajo la férula del colonialismo inglés y francés; interés, por demás, que ya había puesto de manifiesto la pintura romántica francesa, en particular, la obra de Eugenio Delacroix. Concluye el artículo –a manera de remate visual– con las viñetas de un senegalés y un niño javanés.

Pabellón de El Salvador                        Pabellón de Uruguay

Impuestos del contenido de las ilustraciones y en conocimiento de que Martí estaba al tanto del desarrollo técnico y científico de su tiempo, cabe preguntarse ¿por qué no recogió estampas del pabellón francés, sin duda, el más importantes de la Exposición? Puede aducirse falta de espacio, pero la intención está fuera de toda duda. Si bien Francia era una de las dos naciones que marchaban a la cabeza de la sociedad en cuanto al desarrollo de la técnica y de la ciencia –la otra era Inglaterra, que no concurrió a la Exposición, por realizarse esta en homenaje al centenario de la Revolución francesa–, también tenía un lugar destacado, junto con la gran ausente, en el proceso colonizador y neocolonizador que obraba en la geografía política de la época. En este sentido, resulta sintomático, que en el número 4 y último de La Edad de Oro, y en relación con el artículo “La exposición de París” aparecido en el número anterior, Martí repare la ausencia de un grabado que ilustrara la Galería de las Máquinas. ¿Lo traicionó su parcialidad por los pueblos oprimidos o fue simple olvido? Conjeturas aparte, el Maestro, que siempre entendió el desarrollo técnico-industrial como un peldaño en el ascenso del hombre hacia sociedades más justas, no dudó en reparar la omisión “para que los niños vieran bien (...) las máquinas de todo lo que el hombre sabe hacer”(2). A fin de cuentas, la humanidad es una para él. “Y como La Edad de Oro quiere que los niños sean fuertes, y bravos, y de buena estatura, aquí está (refiérese al grabado), para que les ayude a crecer el corazón”. (3)

Pabellón de Chile

Así, el empeño martiano de “enseñar sin fatigar” y “llenar nuestras tierras de hombres originales”, como propósito último de La Edad de Oro, se cumple. Y lo que es igual de importante, se cumple con una manejo de la palabra y de la imagen visual plenamente actualizados, que puso tanto a la nueva literatura para niños de nuestra América como al hecho editorial que la particulariza al mismo nivel de lo que entonces se hacía en este campo en las pocas naciones industrializadas de la época, como es lógico, a la vanguardia en el diseño y la edición de libros para niños y jóvenes desde las postrimerías del romanticismo europeo.

Notas

(1) José Martí. La Edad de Oro. Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1989, p. 2.

(2) La Edad de Oro. Ob. cit., p. 127.

(3)Ibíd.

 

 

 

En la galaxia de una extinta revista

Por Axel Li

 

Martí y nosotros, de Roberto Fabelo

“Al parecer, en manos del editor Da Costa Gómez quedó únicamente el respaldo financiero del proyecto. Si llegó a intervenir o no en la gestación y concepción de algún número, no se han encontrado testimonios que lo respalden”. (1)

“Con excepción del grabado de la pintura titulada La Edad de Oro, obra original del pintor alemán Edward Magnus, la cual se afirma fue sugerida por Aarón Da Costa para el primer número de la revista —a la que propuso el mismo título—, el resto del material gráfico en La Edad de Oro fue seleccionado por Martí a partir de obras conocidas del arte universal, para lo cual aprovechaba sus posibilidades didascálicas (…) En relación con la ayuda que puede haber recibido para la preparación de dibujos y grabados con fines editoriales, Martí quizá solicitara la colaboración de sus amigos pintores (Peoli, Edelman, Norman…)”. (2)

Es un asunto un tanto antiquísimo: La Edad de Oro mutó, de revista para libro, y esto es y será, hasta que halla cubanía. Un asunto que es obvio, pero apenas interiorizado.

Es un libro, sí, porque voluntades varias han hecho perdurar la majestad pedagógica, intelectual y editorial que José Martí con cautela y pasión edificó para una comunidad de niños —fundamentalmente— del siglo XIX. Ya nadie ve esa obra literaria y editorial como una revista, ni los mismísimos investigadores (martianos) que, dicho sea de paso, muy pocos han palpado los cuatro ejemplares (originales) de aquel lejano 1889. Lo que entonces salió a chorros de una imprenta de Nueva York para entrar luego en los circuitos de librerías y establecimientos (hispano)americanos, hoy día probablemente constituye una rareza bibliográfica. Y por cierto, ¿qué habrá ocurrido con los ejemplares martianos?, con los suyos, esos que tuvo que haber guardado, y tal vez, contaron con algún añadido extra —manuscrito— a modo de insatisfacción, recelo, corrección. Su colección tuvo que ser especial.

“De mis libros no le he hablado. Consérvenlos; puesto que siempre necesitará la oficina, y más ahora—a fin de venderlos para Cuba en una ocasión propicia, salvo los de Historia de América, o cosas de América, —geografía, letras, etc.— que Vd. dará a Carmita a guardar, por si salgo vivo, o me echan, y vuelvo con ellos a ganar el pan. Todo lo demás, lo vende en una hora oportuna. —Vd. sabrá cómo.—”, son las primeras líneas de la célebre y definitoria epístola que Martí le remite a Gonzalo de Quesada y Aróstegui el 1 de abril de 1895. Ojalá haya sido desobediente Gonzalo: la biblioteca física de Martí no podía desarticularse. Sabemos que algunos de sus componentes rodaron de mano en mano, cual herencia honrosa, hasta que en los años 70 del siglo XX sólo unos escasos estuvieron visibles y disponibles en la Sala Martí, de nuestra Biblioteca Nacional. Hoy ese tesoro ha aumentado aún más su fortuna histórica. Por consiguiente, ni está visible ni disponible como antes. Su papelería embovedada es dicha y honor para unos pocos. Y en ella todavía deben quedar sorpresas obvias, que sólo serán develadas por ojos sensibles y conocedores de una caligrafía única y, de apuntes ocasionales, que de por sí pueden ser reveladores. Entonces, sólo resta enrumbar los míos a otros horizontes permitidos, con el ánimo de (re)pensar algo tan trillado como La Edad de Oro, trillado, pero más bien en el orden del verbo, lo literario.

La epístola del 1 abril, ya citada, es finalizada con la idea con que abre: preservar lo útil y vender la hojarasca. Insiste Martí en el núcleo final: “De la venta de mis libros, en cuanto sepa Vd. que Cuba no decide que vuelva, o cuando, —aun indeciso esto,— el entusiasmo pudiera producir con la venta un dinero necesario,—Vd. la dispone, con Benjamín hermano, sin salvar más que los libros sobre nuestra América,—de historia, letras o arte— que me serán base de pan inmediato, si he de volver, o si caemos vivos. Y todo el producto sea de Cuba, luego de pagada mi deuda a Carmita: $220.00. Esos libros han sido mi vicio y mi lujo, esos pobres libros casuales, y de trabajo. Jamás tuve los que deseé, ni me creí con derecho a comprar los que no necesitaba para la faena. —Podría hacer un curioso catálogo,—y venderlo, de anuncio y aumento de la venta.—”. Él podía brindar además los ladrillos de su espacio intelectual en un caso extremo que, para el mes de abril de 1895, estaba en uno así: la probabilidad de la muerte en la guerra existía. Estando ya en la Isla esos pilares de sabiduría no los tenía, pero la literatura no le faltó en el modesto equipaje que acá trajo en el año de su muerte. Esa carta, tan conocida y referenciada, hubo de ser para Gonzalo de Quesada la mejor de las brújulas para llegar y engrandecer a la cubanía en forma escrita, en este caso, la aportada por José Martí. Y Gonzalo había sido el elegido: “Si no vuelvo, y Vd. insiste en poner juntos mis papeles, hágame los tomos como pensábamos” (3). Él debía ser el editor de un editor. Y así sucedió, aunque los tomos hechos por Gonzalo, comenzado el siglo XX, fueron otros; al calor de los intervalos libres de otras responsabilidades, nunca a tiempo completo.

Los libros del Maestro sólo fueron componentes de una papelería mayor. Lo martiano era mucho más: todo cuanto leyó y conservó, todo cuanto recibió y preservó, todo cuanto descartó y no trascendió, todo cuanto extravió y pudo ser salvado o no. Su famosa oficina, una entre “tantas”, fue el nicho para ser un pensador del deber, y allí atesoró lo posible, en copias únicas o en duplicados por si aparecía la ocasión —que no faltaron— para un obsequio que, por tradición y cortesía, iría acompañado de un mensaje manuscrito de su parte. De allí salió mucha información, verdaderos tesauros, porque eran de José Martí.

A Gonzalo orienta y guía, explica y convida con su misiva del 1 de abril. Unas veces enfático, otras siendo bastante explícito; pero con la revista infantil de 1889 en idioma español, apenas una oración bastó para la incertidumbre: “La Edad de Oro, o algo de ella sufriría reimpresión”. En clave quedó el mensaje, porque sólo Martí sabía cómo debía ser el retorno editorial a esta obra gráfico-literaria. Cuando fuese retomada para los volúmenes que habrían de recopilar la “obra” martiana, entonces sería diferente respecto a cuando fue revista. La Edad de Oro en ese instante de 1895 es vista por su gestor principal en la arquitectura de un libro: con formato, tipos de párrafos, diseño, tipografía, ¿ilustraciones?… diferentes.

Gonzalo de Quesada y Aróstegui no podía entender, en esa maravilla de epístola, la parte mentada de la revista, que debió pasar inadvertida —por cierto— para cierto número de los contemporáneos a Martí, pero que el mismo Gonzalo fue el primero en sentar los cimientos culturales del cambio, por medio de su proyecto editorial de compilar lo martiano. Y en 1905 tuvo lugar el hecho con la otrora revista: La Edad de Oro, toda ella, salía ese año como un volumen. Fue entonces que la revista se hizo libro. Gonzalo optó por el conjunto, aunque Martí se mostrara vacilante en 1895. Había una unidad y un sentido editoriales que cobró más vida, a partir de 1905, siendo un libro… ilustrado. Era el quinto tomo de su compilación martiana. Era un libro previsor que rescataba un sistema artístico —palabra, imágenes— con comprensibles reajustes visuales. Era cuanto podía realizar Gonzalo: respetando y reproduciendo lo hecho en 1889, en lugar de porciones y momentos (¿cuáles Martí?). Era el punto de partida del libro La Edad de Oro, que es lo que generaciones de cubanos hemos conocido. (Cada quien ha tenido el suyo, es decir, cada etapa ha tenido su libro de La Edad de Oro). De esta manera, el nuevo siglo comenzaba con un cambio para la obra martiana en el orden literario, y para las artes visuales sería un poco después: en pintura, cuando Jorge Arche (1905-1956) realiza el retrato de un Martí otro, pues esta representación la distingue una guayabera blanca. Es un suceso o instante, al igual que otros posteriores, que ha sido interpretado por Jorge R. Bermúdez como la necesidad de que cada época tenga su propio Martí artístico: “Comprendí que había un Martí para cada cubano y para cada época importante de Cuba. Asimismo, para cada pintor, para cada grupo de pintores, para cada tendencia de la pintura. También para cada momento difícil, personal o nacional”. (4)

Editorial Gente Nueva, 1998

El libro La Edad de Oro ha sido la licencia, o una de las pocas en materia de soporte literario, porque a través de la palabra todo cambio es alteración: ¿qué son si no, por ejemplo, las erratas en Martí?

La edición de 1905 incluye una “Introducción” (pp. 5-7) de Gonzalo de Quesada. El segundo y el último párrafo refieren:

¿Qué posibles sorpresas podrían aún conservarse en la papelería de los Gonzalo de Quesada (padre, hijo, nieto) respecto a José Martí? Quesada y Aróstegui, para su empeño del libro La Edad de Oro contactó, según sus líneas, al tipógrafo judío y de descendencia portuguesa Da Costa (6), cuestión que tuvo que ser —tal vez— por la vía epistolar. Esa(s) carta(s) podría(n) ser muy valiosa(s), sobre la base de que ciertos componentes —Aarón Da Costa Gómez, Adrien Marie, etc.— en torno a La Edad de Oro creo que todavía son nebulosas… atractivas.

Posteriormente el libro La Edad de Oro tendría en Cuba otro momento significativo cuando el historiador e intelectual Emilio Roig de Leuchsenring (1889-1964) defiende a partir de los años 30 —casi hasta su muerte— varias ediciones reeditadas, que estuvieron al cuidado de la editorial habanera “Cultural, S. A”. El libro apoyado por Roig tiene un exhaustivo ensayo dividido en acápites. En el primero, “Martí y los niños.— Martí, niño” (pp. 7-11), expresa: “Ya los niños cubanos podrán leer, estudiar y guardar, como el más preciado tesoro que pudiera colocarse en sus manos, la colección completa de la revista que para los niños escribió y publicó Martí en 1889” (p. 8). Y más adelante agrega: “Es ahora —nos enorgullecemos de ello— que, a indicaciones nuestra, rápida y eficazmente secundadas por la casa editora habanera Cultural, S. A., se realiza lo que desde largos años ha constituido anhelo y demanda de cuantos en Cuba profesan culto fervoroso y comprensivo a Martí y a su obra y sienten la necesidad de que lleguen a sus compatriotas el ejemplo de su vida y las enseñanzas de sus trabajos: una edición de LA EDAD DE ORO, para los niños, edición extensa y económica que esté en todas las manos juveniles cubanas, que pueda fácilmente ser adquirida por padres y maestros, que no falte ni en los hogares ni en las escuelas, que represente, para los niños el más ameno e instructivo de los libros de lectura, y para los padres y maestros el más completo manual de la educación de sus hijos y discípulos” (p. 11). Sus análisis constituyen una suerte de programa del libro La Edad de Oro que, con este nuevo soporte, cobra una dimensión aún más cultural hasta los días actuales esta obra de edición del siglo XIX. Se aspiraba a que la revista con alma de libro llegase a ser un blasón de lo cubano: llegar a lo cubano a través de ese libro ilustrado, en el que todo podía despertar enseñanzas y principios capaces de ser legados luego. Algo que ha ocurrido por varias décadas desde entonces.

Y hasta hubo un instante en el que fue preparada una edición facsimilar —casi facsimilar— de la revista (7). Fue cuando se pudo tener una noción —a medias— de la apariencia de cuanto fue logrado con el cosmos tipográfico del taller de Da Costa en el siglo XIX. Así, fue posible constatar a través de la copia el formato, la tipografía de la época, la distribución de las imágenes… Fue un pequeño alto para tener una idea aproximada de los orígenes como revista del libro que sigue siendo La Edad de Oro. Y si sus textos son los mismos cualquiera sea el soporte, no sucede lo mismo con el sistema visual que le caracteriza (8). La edición facsimilar aunque facilita la secuencia, el diseño y sentido gráfico de cada ejemplar (original), no reproduce con fidelidad el encanto de la técnica de impresión del siglo XIX que, más o menos, distinguimos en las reproducciones de las imágenes usadas en 1905 por Gonzalo de Quesada en su tomo quinto, o lo que es igual, en el libro La Edad de Oro por él preparado.

Las obras artísticas que complementan a los textos, y hasta facilitan hilar la imaginación de una historia narrada también desde unos instantes gráficos o visuales, encierran un peso fundamentalísimo en el sentido de esa obra gráfico-literaria. La Edad de Oro no tiene sentido sin su sistema de imágenes. La Edad de Oro, la nuestra, además de “Bebé y el señor Don Pomposo” y “Los zapaticos de rosa” —digamos— es también el conjunto de “89 imágenes que clasificamos en dibujos, grabados, retratos y viñetas; todas ellas con una calidad ilustrativa consecuente con la identificación plena entre la imagen y el texto” (9). Unas más que otras son ya de por sí iconos que distinguen al libro, y en esto han influido las cubiertas de cada edición, los complementos gráficos de las publicaciones periódicas, la televisión… cualquier soporte moderno en función de lo visual. Y hay más: las nuevas recreaciones artísticas en torno a los asuntos del libro La Edad de Oro, que han hecho surgir un imaginario otro, paralelo. Ahí está el cuadro Martí y nosotros (1999), de Roberto Fabelo, metáfora de una posibilidad de encuentro en un mismo espacio del autor y sus creaciones (personajes). También están desde los 2000, las sensuales esculturas en cera de Isabel Santos, reconstrucciones de Martí y su universo infantil creado con la palabra escrita; y un aplastante dibujo del joven caricaturista Joseph Rosado Polanco (Joseph), quien se apropia de una de las láminas más características de La Edad de Oro y la modifica para una época, la suya, donde lo informático —la era digital— depara encantos de vida. Ya en 1935 hubo un primer antecedente de reenfoque visual, cuando cambió una partícula gráfica del libro: véase que la ilustración de cubierta se le añade color, y así siguió saliendo, con las sucesivas reediciones a cargo de la Cultural, S. A.

Dibujo de Joseph Rosado Polanco

El dibujo de Joseph guarda conexión con una sensibilidad creada y mostrada públicamente con la exposición colectiva “Nuevo cartel martiano” (Biblioteca Nacional José Martí, 19 de mayo de 1999). Es “deudor” de ese esfuerzo que nos recolocó al imaginario artístico de Martí en una cuerda inédita, con una fuerza casi similar al nivel de impacto —osadía— que el pintor Jorge Arche logró con su Apóstol de guayabera. Así fue explicada esa exhibición en su catálogo por Jorge R. Bermúdez: “en el umbral de un nuevo siglo y milenio, esta exposición aspira a dejar constancia de la capacidad de motivación del tópico entre la más reciente generación de diseñadores gráficos, así como su renovación visual desde presupuestos estéticos y comunicativos de vanguardia de la cultura gráfica contemporánea”. Al poco tiempo sería valorada del siguiente modo: “a las puertas de un nuevo siglo, otra exposición de carteles, esta vez, convocada por la Cátedra de Gráfica Conrado W. Massaguer de la Universidad de La Habana para conmemorar el aniversario 104 de la caída en combate en Dos Ríos del Héroe Nacional de Cuba, José Martí, se inauguraba en la Biblioteca Nacional José Martí. En ella carteles como Actualidad de un pensamiento (Grupo Spam: Gerónimo García y Armando Patterson), Martírio (Daniel Cruz) y Un verso (Edubal Cortina), entre otros, volverían a incorporar la imagen de Martí en la cultura viva, a expresarla desde la sensibilidad estética de la posmodernidad”. (10)

Si en 1999 el cartel de un Martí con ropas contemporáneas (11) causó sospechas ópticas, unos escasos años después lo realizado por el caricaturista Joseph genera pues más aceptación. Y aunque prevalece un chiste imperceptible (12) en esa Nené lectora de una laptop —el “libro” de la (pos)modernidad—, hay un encanto renovado en esta ilustración de por sí atrayente y mágica, que no ha perdido su sello: la atención que puede mostrar un infante frente a la maravilla del saber, ya sea un libro o una laptop.

Lo legado por Joseph es su visión del libro La Edad de Oro, él que seguramente bebió de una edición similar a la mía —la de la Editorial Gente Nueva—, aunque su juventud supere a la que tengo aún. Su selección no es gratuita. Para una comunidad de lectores esa imagen de la que partió dice bastante. Es una de las principales de La Edad…, al menos, en las últimas décadas: en el futuro podría(n) ser otra(s). Y ahora, trastocada, es muy evocadora. Y todo porque el libro La Edad de Oro indiscutiblemente nos ha enseñado “a crear modos de mirar, pensar y actuar”. (13)

Por tanto, es ese el nuevo icono de La Edad de Oro: libro-revista, revista-libro por excelencia de nuestra identidad en su dualidad gráfica y literaria. En esencia, un libro con el que incluso se aprende a leer en ambas direcciones. Todo está en probar… y luego recordar.

Notas

(1) Misael Moya y Yosbany Vidal: Martí, editor. Editorial Letras Cubanas, [La Habana], 2008, p. 38.

(2) Ibídem, pp. 53-54, 57.

(3) Ideas correspondientes también a la carta del 1 de abril de 1895, remitida a Gonzalo de Quesada y Aróstegui.

(4) Ideas expresadas por Jorge R. Bermúdez en la presentación de su libro Antología visual. José Martí en la plástica y la gráfica cubanas, el que fue reseñado con el artículo “Martí en la plástica y la gráfica” (Opus Habana, Vol. VIII, No. 3, diciembre de 2004-marzo de 2005, Breviario, p. 11) y es de donde tomo la cita.

(5) He actualizado en algunos casos la ortografía del texto introductorio de La Edad de Oro. Casa Editrice Nazionale Roux e Viarengo, Roma-Torino, 1905, volumen V.

(6) Siguiendo a Luis García Pascual: Entorno martiano. Casa Editora Abril, [La Habana], 2003, p. 74.

(7) Me he auxiliado para estos análisis de La Edad de Oro, segunda edición, Centro de Estudios Martianos y Editorial Letras Cubanas, [La Habana], 1989.

(8) De acuerdo con cierto criterio, las ilustraciones de La Edad de Oro pueden ser divididas en cuatro direcciones: 60 son dibujos, 11 son grabados, 10 son retratos, 8 son viñetas. Véase de Misael Moya y Yosbany Vidal: Martí, editor, ed. cit., p. 54 [nota 8].

(9) Ibídem, p. 54.

(10) Jorge R. Bermúdez: La imagen constante. El cartel cubano del siglo XX. Editorial Letras Cubanas, La Habana, Cuba, 2000, p. 241.

(11) Ibídem, p. [344].

(12) Téngase en cuenta que vio la luz inicialmente en el Dedeté, suplemento humorístico del periódico Juventud Rebelde. Fuera de ese contexto humorístico funciona como una ilustración de amplios atractivos semánticos. Hasta donde sé, carece de título.

(13) Misael Moya y Yosbany Vidal: op. cit., p. 41.

 

De cómo se va de niño a héroe con Martí

Por Gretel Gutiérrez Fuentes

Cuando crezca quiero llegar a ser niño.

Pablo Picasso

Cómo se llena la vista y se agiganta, y los ojos se estiran y alargan cuando ante ellos una obra inmensa, de esas que casi asustan, enhiesta exhibe la carga porque se sabe fuerte y segura por los cimientos que la sostienen…

Y es que, no hay verdad más comprobada, y Martí lo sabía bien; pues con y sobre ella, construye La Edad de Oro: no de gratis el texto primero será “Tres héroes” a fin de plantar las raíces y de cavar bien hondo para que el árbol, el niño, desde la primera (h)ojeada ya se nutra de esa savia buena que “robustece el alma y la mente”.

Luego, un tema serio que compromete y subyuga es el diálogo primero –tal vez segundo, ya antes, A los niños que lean La Edad de Oro se les había explicado el tono y tinte que en las páginas siguientes encontrarían—; pues, a mucho ha de tender esa empresa noble y suprema que es la de hacer hombres y pueblos, pero no “paliduchos y de pocas entendederas” como los hermanos de Meñique, sino, honrados y sabios y siempre hijos buenos de su patria.

Y hacia allá precisamente se vuelcan estas tímidas líneas: a entrever cómo puede disminuir y elevarse a un mismo tiempo un texto. Pero, que las palabras y los nombres pesen no quiere decir que no encuentre este humano autor, el espacio para achicarse y tocar con acierto donde más cómodos estarán los pequeños.

Para hablar de tres héroes, para entender qué es un héroe, quizá lo mejor sea, en principio, ponerlo bajo la autoridad de quienes han vivido mucho y dejarlo sin precisar, para que parezca que viene de ancianos sabios, como cuento: Cuentan… Y con ello ya Martí pone en boca de otros la verdad que quiere esgrimir y dos veces lo repite, un poco más abajo: Y cuentan. De esta forma, se introduce a Bolívar, a Bolívar en bronce, pero vivo, también vivo y se presenta como a padre, para que los niños lo veneren y respeten como a tal: como un padre cuando se le acerca a un hijo*. Y en este primer héroe, va además la América y todo un mundo de elogios para los hombres que como él se desvelan por su patria, en claro convite, en casi obligada posición a asumir: Hasta hermosos de cuerpo se vuelven los hombres que pelean por ver libre a su patria.

Y a partir de aquí, va a haber unas palabras-huellas, indelebles como marcas para que, si el texto se borrase o el niño fuese a olvidar algo, allí quedaran ellas, al menos y sobre todo ellas. Así, encontraremos en más de una ocasión, sustantivos, verbos o pronombres, muy bien identificados y justificados, que encabezan varias oraciones sucesivas, como en un paralelismo sintáctico bienhechor, nada ingenuo: Un hombre que oculta lo que piensa (…) no es un hombre honrado; Un hombre que obedece a un mal gobierno (…); Un hombre que se conforma con obedecer a leyes injustas (…). Toda esta secuencia termina con el cambio de sujeto, para que sea ahora el protagonista, a quien va dirigido todo: El niño, desde que puede pensar (…) debe trabajar porque puedan ser honrados todos los hombres, y debe ser un hombre honrado; con lo que ya se le implica en todo lo anterior, con lo que a las claras se le dice que hacia hombre va y que en sus manos está el pertenecer a la “raza buena” y no a la “mala”, que es la de aquellos que no quieren saber.

Asimismo, un poco más adelante: Libertó a (…); Libertó a (…); Libertó a (…); Libertó a (…); y en oraciones simples y pequeñas para que parezcan más. Y cuando fue a hablar del buen cura Hidalgo: Él declaró libres a los negros; Él devolvió las tierras a los indios; Él publicó un periódico que llamó El Despertador Americano (…); todo para terminar con: ¡Eso es ser grande!

Sin embargo, todos estos hombres-héroes por lo mucho que hicieron, por lo poco que pidieron para sí y por la mucha luz de alma noble que entregaron, fueron, como todos, niños; y con esto el niño-amigo de La Edad de Oro, se une definitivamente y los endiosa y quién sabe si quedará alguno que no quiera ser como ellos: Bolívar era pequeño de cuerpo (…) Parecía como si estuviera esperando siempre montar a caballo (…) Desde niño fue el cura Hidalgo de la raza buena, de los que quieren saber; o si no, habla de un niño, un catalancito que ya pequeño fue grande para siempre: (…) un niño valiente, hizo huir una noche a una compañía, disparándole tiros y más tiros (…) al niño lo encontraron muerto (…), pero tenía en la cara como una luz, y sonreía…).

Y hay algo que, ya casi finalizando el texto, cuando se habla de San Martín, el padre de Chile, nos llama la atención y nos apura y casi nos pone a cabalgar, como cuando se está muy a prisa, pero no se puede quedar nada sin hacer ni decir —como el mismo Martí apuntara en otro de los textos de La Edad de Oro, que en la vida no han de dejarse cosas por hacer porque vienen todas a reclamarnos cual locura después— y todo como orden entonces aparece, mas una orden a largo plazo porque todo lo que fue e hizo San Martín nos llega así, como con un aire de batalla, de galope, idea tras idea, en apretado cuadro, a viva voz. ¿Y qué utiliza Martí para que a los niños llegue todo así?, pues utiliza los dos puntos, puestos ahí no más para que los niños no se pierdan y sí puedan saberlo todo o lo más posible.

Así pues, florece La Edad de Oro y comienza una lección grave, de vida; pero una lección que también juega y acaricia…

He ahí entonces su luz, yo no voy a buscarle manchas…

* Martí, José. La Edad de Oro (2006), Editorial Gente Nueva, La Habana, p.9. (Todas las citas pertenecen a esta obra)

 

“La historia del hombre contada por sus casas”: la unidad de los hombres en su diversidad

Por Patricia Motola Pedroso

 

“(…) Este periódico se publica para conversar una vez al mes, como buenos amigos, con los caballeros de mañana, y con las madres de mañana (…) Les vamos a decir cómo está hecho el mundo: les vamos a contar todo lo que han hecho los hombres hasta ahora. Para eso se publica La Edad de Oro: para que los niños americanos sepan cómo se vivía antes, y se vive hoy, en América, y en las demás tierras; (…)” (1). Este fragmento corresponde al editorial de la revista La Edad de Oro, cuyos cuatro números vieron la luz en los meses de julio, agosto, septiembre, y octubre de 1889. En las palabras iniciales, su autor José Martí establece las características y objetivos de la publicación, así como los receptores inmediatos de los trabajos que en ella aparecerían.

El texto “La historia del hombre contada por sus casas” pertenece al segundo número de esta revista y en él se observa la praxis escritural de las directrices trazadas anteriormente. Está presente en sus páginas una manera diferente de concebir la historia y el desarrollo del hombre, puesto que a través de la explicación de las distintas tipologías de la vivienda durante la evolución de los pueblos, se educa a los (las) niños(as) del mañana en la comprensión y aceptación de la diversidad cultural, así como en el amor hacia nuestra América. Igualmente, predomina en el artículo una intención explícita de no asumir la historia como una ciencia en la que sus hechos, sus períodos, sus protagonistas constituyen una unidad homogénea siempre en todo el mundo. Cada civilización se desarrolló a partir de sus propias condiciones y experiencias de vida, a pesar de las semejanzas que se puedan establecer entre ellas. Pero también con un lenguaje claro, de amigos, del adulto que conoce el universo infantil, les enseña sobre todo “(…) que el hombre es el mismo en todas partes, y aparece y crece de la misma manera, y hace y piensa las mismas cosas, sin más diferencia que la de la tierra en que vive (…) (2). Es esta la idea a partir de la cual se orientarán el resto de los pensamientos martianos presentes en el artículo.

La visión cultural de José Martí se fundamenta en el artículo a partir del reconocimiento de los diversos tipos de espacios arquitectónicos y en la aceptación de la diferencia de los pueblos que los crearon. Ello ocupa gran parte del texto. A través de la ejemplificación y comparación de los elementos distintivos de las viviendas se recorrerá la historia del hombre desde la prehistoria hasta el renacimiento. Ya en el inicio se marca un interés por contrastar cómo se vive hoy (en los días del autor), y cómo era hace mucho tiempo atrás para hacer notar que no siempre los pueblos han habitado las tierras de la misma manera. Según señala Martí y se ha apuntado anteriormente, la condición principal que genera las diferencias en la tipología arquitectónica es la característica del espacio natural de cada lugar. Por lo que la relación establecida entre este y el hombre es vital para comprender por qué unas casas tienen ventanas, cúpulas y torres y otras están llenas de color, arcos y jardines, por ejemplo. Así, las casas de los egipcios, hebreos, asirios, fenicios, persas, hindúes, griegos, etruscos y romanos son diferentes entre sí, aunque todos hayan cultivado el arte funerario, la pictografía, la decoración de los interiores y exteriores en menor o mayor medida y hayan convertido este tipo de espacio cerrado en el reflejo de sus actividades comerciales, costumbres propias o religión. Sin embargo, lo más importante vuelve a ser la idea de la aceptación de la unidad de los seres humanos, de su desarrollo similar, en medio de la diversidad de sus expresiones y lugar de procedencia.

Nuestra América es también un tema importante en todo el texto, y las ideas que sobre él expresa el autor están en correspondencia con el sistema de pensamiento martiano desarrollado en diversos escritos y en las acciones realizadas durante su vida. En “La historia del hombre contada por sus casas”, las concepciones sobre lo americano se despliegan en dos sentidos: uno, en mostrar la diversidad de pueblos que fueron poblando el continente, así como los diferentes grados de desarrollo alcanzado y las expresiones de su cultura; dos, en subrayar la idea de que se debe comprender y estudiar este territorio a partir de sus propias características históricas, y no mediante la comparación constante con el espacio europeo.

José Martí transmite la idea de que todos los pueblos del mundo pasaron por similares etapas de su desarrollo y se enfrentaron a las mismas interrogantes en su evolución, a las que tuvieron que darles respuestas. Unos habitaron aisladamente el territorio, otros se unieron en grandes familias, lo que posibilitó una acumulación y transmisión más rápida del conocimiento. Debido a las condiciones naturales diferentes, existe toda una variedad de culturas, ya sea en América o en el resto del mundo. Por lo que el autor reafirma su interés en promover una enseñanza anticolonialista como forma de instrucción de los niños y las niñas del mañana. Del mismo modo, les inculca el sentimiento americanista y advierte contra todo eurocentrismo, concepciones que se encuentran en otros de sus escritos. En relación con ello también están presentes sus ideas sobre las reales consecuencias de la aventura de la conquista y colonización de nuestro continente, experiencia que igualmente constituye uno de los pilares de su enseñanza a los (las) niños (as). Al respecto plantea Martí: “En nuestra América las casas tienen algo de romano y de moro, porque moro y romano era el pueblo español que mandó en América, y echó abajo las casas de los indios. Las echó abajo de raíz (…)” (3).

No quiere Martí finalizar estas páginas sin antes volver los ojos a su tiempo. Luego del recorrido por una parte de la historia de la humanidad y su arquitectura, llega a conclusiones que visualizan un cambio futuro entre los hombres, una vez más gracias a los espacios de convivencia: “(…) pero lo que parece nuevo en las ciudades no es su manera de hacer casas, sino que en cada ciudad hay casas moras, y griegas, y góticas, y bizantinas, y japonesas, como si empezara el tiempo feliz en que los hombres se tratan como amigos, y se van juntando”. (4)

Para los días del autor ya se había constatado un intercambio mayor de conocimientos entre los diferentes pueblos y había quedado demostrado que todos podían aprender de la experiencia acumulada gracias a los cambios en las nuevas sociedades. Son precisamente las particularidades de las viviendas construidas por el hombre uno de los elementos a través de los cuales se puede alcanzar la comunión entre los distintos pueblos. El tema de la vivienda ha sido una preocupación universal entre los seres humanos casi desde su surgimiento. Constituye una especie de lenguaje común de todos; promueve la hermandad y la interrelación de las comunidades, así como las hace similares en el enfrentamiento con los espacios naturales. Para 1889 el cosmopolitismo citadino de la modernidad constatado por José Martí había confirmado el acercamiento entre los seres humanos, la posibilidad de beber en varias culturas y conocer su cosmovisión. Es ello una de las bases fundamentales para transformar el mundo en que se vive según el ideario martiano. Como puede observarse, es esta una de las ideas constantes de su pensamiento y que el autor intenta enseñar a las niñas y los niños. “La historia del hombre contada por sus casas” constituye un canto y llamado también a la importancia de la unión de los hombres, a pesar de sus diferencias y diversidad cultural.

Notas

(1) Martí, José. La Edad de Oro. La Habana, Editorial Gente Nueva, s/a 205pp. (p.7)

(2) Ibídem, p.62

(3) Ibídem, p.74-75

(4) Ibídem, p.75

En torno a “Músicos, poetas y pintores”

Por María Elena Capó

Valorada como una de las más trascendentes creaciones martianas, La Edad de Oro, revista ilustrada que el Maestro dedicara a los niños y niñas de América, arriba ya a sus primeros 120 años. Leída y releída insistentemente por el gran público y la crítica literaria, exhibe hoy una vitalidad que parece ser infinita.

La existencia de múltiples volúmenes patrocinados por una institución que desde hace más de tres décadas promueve e investiga en Cuba el legado del Apóstol: el Centro de Estudios Martianos, ilustra cumplidamente la anterior afirmación. Acerca de La Edad de Oro (con ediciones en 1980 y 1985 respectivamente) reunió importantes materiales seleccionados y prologados por el Dr. Salvador Arias, uno de los más agudos y sensibles analistas del texto martiano. La consulta de ambos tomos y un sondeo intencionado de la producción investigativa en torno al texto referido, evidenció la presencia de algunos segmentos que no habían sido explorados con suficiente asiduidad. Uno de ellos, corresponde al trabajo “Músicos, poetas y pintores”.

No es posible afirmar, sin embargo, que la obra de referencia haya sido completamente desconocida por la crítica, ¿cuál de los textos martianos podría serlo? Baste mencionar dos ejemplos dignos de atención, sobre todo si se examinan las rutas de análisis propuestas por ambos. El primero de ellos aparece en 1989, al cumplirse 100 años de la publicación de la revista. En el Anuario No. 12 del CEM, ve la luz “Análisis comparativo entre 'Niños famosos' y 'Músicos, poetas y pintores'”, de Alfonso Herrera Moreno.

Tras un acucioso cotejo del texto martiano con el original que le dio vida —uno de los capítulos (el tercero) de la obra Life and Labour, del escritor inglés Samuel Smiles (1812-1904)— el estudioso cubano menciona algunas de las que considera principales marcas de identidad de la obra concebida por el Apóstol:

“(...) seleccionando previamente los artistas, eliminando partes del texto original para dejar lo esencial, añadiendo a este sus valoraciones personales, bien fueran culturales, morales, políticas o religiosas, y armonizándolo todo con su magistral pedagogía, entregó Martí a los niños de América su Músicos, poetas y pintores, que es, además de una muestra del arte universal, una demostración de la capacidad del hombre desde su más temprana edad” . (1)

Diez años más tarde, Carmen Suárez León vuelve sobre el original martiano y al tiempo, reexamina el citado estudio de Herrera Moreno. Los resultados de sus empeños indagatorios se convirtieron en el pórtico de la edición crítica del texto y fueron presentados durante las sesiones del coloquio internacional La Edad de Oro ante el nuevo siglo. Titulado “Niños, creación y autoridad en La Edad de Oro”, aparece publicado más tarde, en el Anuario No. 22 del Centro de Estudios Martianos.

Tres aspectos sobresalen en este nuevo acercamiento. El primero de ellos: el modo martiano de entender el trabajo de traducción. Al respecto afirma la investigadora: “Fiel a su criterio juvenil de que traducir es “transpensar”, (...) no vacila en intervenir enérgicamente en cada texto en función de sus objetivos específicos que pueden privilegiar diversos aspectos de la cadena autor-texto-traductor-texto traducido-lector”. (2)

El criterio antes expresado contribuye a reforzar una tesis también defendida por importantes analistas. Esta sostiene que otros muchos trabajos, entre los que destaca “La Ilíada de Homero” —sobre todo si se tiene en cuenta su pertenencia a La Edad de Oro– constituyen audaces ejercicios de cocreación– activa, dinámica, enriquecedora- en los cuales el Maestro se revela como un eficaz constructor de nuevas ficciones, las cuales, casi siempre, superan con mucho los alcances de las que les dieron origen.

El examen de los “Tópicos fundamentales” ocupa el segundo momento del texto referido. Entre los que juzga más descollantes se encuentran: el análisis ponderado de la precocidad intelectual, las posibilidades de crecimiento espiritual que ofrece el talento aprovechado frente a las frustraciones y sinsabores que deja —entre quienes lo poseen y entre sus semejantes— el talento desperdiciado y la violencia física y psicológica utilizadas como instrumentos para desarrollar el genio, por solo citar algunos ejemplos representativos.

Para los momentos finales de su estudio reserva el examen veloz de lo que denomina “... diálogo entre los textos”. En este acápite, analiza las múltiples relaciones establecidas entre ellos, particularizando en las que se generan al interior de cada uno de los números, y también la producida entre la totalidad de ellos.

Otros aportes de valor para el análisis integral de Músicos... realizan los dos estudios someramente reseñados. Razones de tiempo y propósitos me impiden un mayor detenimiento en ellos, pero su condición de antecedentes del examen que ahora propongo, me obliga a realizar brevísimas presentaciones, aun cuando estas pudieran ser consideradas parcelarias. Asumo pues el riesgo, y lo hago sobre todo, con la esperanza de que su mención pueda motivar en mis lectores un futuro contacto con ambos.

Al comenzar este trabajo razonaba acerca de las lecturas infinitas que todavía promete La Edad de Oro. Como parte constitutiva de ella, el texto “Músicos, poetas y pintores” — aparecido en el segundo número de la revista— confirma mis juicios.

Su condición híbrida es uno de los aspectos que juzgo más significativos en la obra referida. Aún hoy, ofrece suficiente material para examen de los investigadores.

La clasificación genérica reservada al texto expresa uno de los problemas que plantea a sus exégetas. Considerado tradicionalmente un artículo, el soporte en que se presenta parece ser uno de los elementos más tenidos en cuenta por quienes asumen sin reservas esta nominación. Por mi parte, considero que no ha sido valorado con detenimiento y justicia el fuerte tono ensayístico que lo recorre de principio a fin. Igualmente, aprecio que son desestimadas otras marcas propias de una modalidad discursiva que, por su amplitud y alcance, ofrece dificultades para el encasillamiento fácil.

En el tomo Teoría del ensayo, aparecido en 1992, bajo la firma de José Luis Gómez-Martínez, este acucioso investigador señala algunas de sus características. Figuran entre ellas:

El estudio de “Músicos, poetas y pintores” exhibe la presencia de todas ellas. Tres grandes bloques en apariencia tradicionales, conforman la estructura del texto. Baste solo un análisis somero del primero de ellos para detectar las características arriba señaladas.

El exordio del trabajo abarca los dos primeros párrafos. Extensos y profundos, ambos colocan de inmediato al lector frente a las principales problemáticas que atenderá el texto. Cada una de ellas es presentada desde una particular intencionalidad que privilegia la exposición de los criterios martianos y, al tiempo, pretende influir sobre los destinatarios de su obra. Se establece entonces un equilibrio delicado, construido en la mayoría de los casos, sobre la base de la presentación de polaridades: juventud-vejez, bondad-maldad, inteligencia-torpeza, cuerpo-mente. Así, entre afirmaciones y sugerencias consigue Martí liberar al suyo de la pesadez doctrinal que –bien lo sabemos— endurece y lastima a tanto texto con propósito educativo. Asimismo, a través de la conformación de un discurso caracterizado por su claridad y belleza, el establecimiento de sólidos puentes comunicativos con sus lectores potenciales, sin importar la edad que estos tengan.

La presencia de citas de autoridad —fusionadas unas veces con el discurso martiano, entreveradas otras, reescritas muchas— es otro de los elementos característicos del segmento examinado y recorre además, todo el cuerpo del trabajo. Ejercicios intertextuales –en ocasiones devenidos verdaderas prácticas de antropofagia cultural— soportan algunas de las destrezas ensayísticas de José Martí. Son colocados aquí en aras de continuar desarrollando un diálogo con los lectores que, por su fuerza y apertura, pueda ser constantemente enriquecido. Resulta sintomático el ordenamiento sintáctico determinado por el Apóstol. En la mayoría de los casos, ubica primero sus propios juicios, los cuales luego, son legitimados por criterios de figuras canónicas pertenecientes a ámbitos como la poesía, la filosofía, la crítica literaria y de arte.

El segundo bloque se inicia en el párrafo tercero y una lectura superficial lo extendería hasta el vigésimo sexto. El “cierre” lo materializa una frase a todas luces conclusiva. Sin transiciones, el narrador omnisciente expresa:

“Se ve, pues, que en el fuego tumultuoso de la juventud han nacido muchas de las obras más nobles de la música, la pintura y la poesía. Suele el genio poético decaer con los años, aunque Goethe dice que con la edad se va haciendo mejor el poeta. Es seguro que si no hubieran muerto tan temprano los poetas precoces, habrían imaginado después obras más perfectas que las de su juventud. La fuerza del genio no acaba con la juventud”. (3)

Tras la presentación de más de 60 pequeñas historias —muchas de las cuales constituyen verdaderas joyas literarias— cuyos protagonistas son seres reales —la mayoría niños y jóvenes, pero no exclusivamente ellos— convertidos en personajes literarios por un escritor interesado en que sus lectores conozcan que, muchos de ellos, después de bregar duramente con la vida, amparados o abandonados por la salud, la familia y la fortuna, devinieron figuras notables de la creación humana. Pareciera que ya poco o nada queda por decir. Sin embargo, el interés martiano por mostrar verdades siempre en construcción, inacabadas, sujetas a circunstancias específicas, ya sean vitales o sociales, unido a su afán por revelar las múltiples formas y diferentes momentos en que se expresa el talento humano, le conducen al empleo de un cierre falso que en realidad constituye umbral de la que juzgo acaso, la más acabada de cuantas minificciones conforman el texto examinado. Me refiero a la dedicada al literato escocés Walter Scott (1771-1832) y con la cual, ahora sí, da término al relato.

La historia final condensa en sí muchos de los elementos semánticos y escriturales que conforman los minirrelatos que le anteceden. Hablo aquí de la expresa voluntad martiana de no transmitir a sus lectores situaciones en las cuales se reproduzcan de manera mecánica las relaciones entre juventud y talento o, entre vejez y talento. El Apóstol estudia sintética pero muy cuidadosamente, cada una de las peculiaridades —de carácter o relacionadas con los condicionamientos sociales— que explican el comportamiento de los modelos por él escogidos. Su propósito: que puedan ser tenidos como ejemplos de conductas humanas reprobables o imitables, y que el lector esté en condiciones de determinar por sí mismo a cuál de ellos considera más adecuado seguir.

La presentación de las figuras seleccionadas también incluye referencias a algunas de sus obras fundamentales. A un tiempo, se ensalzan autor y obra, pero también se ofrecen claves para la lectura de esta última: cuál es el momento de su aparición, a qué modalidad discursiva puede ser asociada, qué tipo de recepción tuvo en su tiempo. Unido a ello, también son mencionados sus principales analistas. En un ejercicio de didáctica de la literatura –presentada en este caso como una narración inocente— Martí entrena a sus lectores, les ofrece claves para la comprensión e interpretación de textos y los introduce así en la espiral infinita del conocimiento.

La fecunda mezcla de voces narrativas constituye una de las prácticas escriturales más interesantes que se articulan en el segmento final del texto referido, aunque no es posible ignorar su presencia en muchos momentos del cuerpo total del trabajo. En atractivo dialogismo se unen sin esfuerzo, naturalmente: la voz del personaje narrador, la del maestro de Scott y la del propio escritor niño. El puente entre la suya y la de su padre, se establece a través de una nueva intervención de la voz autoral, que cede paso de inmediato a los juicios paternos –expresados ahora a la manera de una cita textual– los cuales a su vez, anteceden al narrador quien otorga nuevo protagonismo al futuro literato quien cuenta por sí mismo, el éxito de que disfrutaba entre sus condiscípulos que ...”se peleaban por sentarse cerca del que les decía aquellas historias lindas que no acababan nunca” (4). El párrafo final se edifica a partir de las opiniones que sobre Scott ofrece el crítico Carlyle. La inserción de una pequeña historia –enunciada también sobre la base de opuestos— dentro de la otra mayor que le sirve de moldura, es el recurso empleado por el Apóstol ya en las postrimerías de su texto. Ahora, es la voz autoral la que legitima al analista británico y remata su intervención con alusiones a dos de las obras más conocidas del autor que atrajo su atención.

Esta mixtura feliz da cierre a uno de los textos más seductores de cuantos integran La Edad de Oro. Ojalá este rápido acercamiento haya contribuido a incentivar la lectura total de una obra que todavía reserva un sinnúmero de deslumbramientos para quienes se acerquen a ella con la misma pasión y entrega con que la escribió José Martí , para sus lectores de ayer, de hoy y de mañana.

Notas

(1) Herrera Moreno, Alfonso: “Análisis comparativo entre 'Niños famosos' y ‘Músicos, poetas y pintores’.” En Anuario del Centro de Estudios Martianos, No. 12, 1989, p. 247.

(2) Suárez León, Carmen: “Niños, creación y autoridad en La Edad de Oro”. En Anuario del Centro de Estudios Martianos, No. 22, 1999, p. 89.

(3) Martí, “José: Músicos, poetas y pintores”. En La Edad de Oro, Editorial Gente Nueva, La Habana, 1999, p. 143.

(4) Martí, José: “Músicos, poetas y pintores”. En La Edad de Oro, Editorial Gente Nueva, La Habana, 1999, p. 144.

Presencia de Darwin en La Edad de Oro

Por Mariana Serra García

 

Hace 200 años nació el naturalista británico Charles Robert Darwin (1809-1882) y han pasado 150 desde que publicara El origen de las especies por medio de la selección natural (1859), donde comenzó a fundamentar su trascendental teoría sobre la evolución. En ese libro sostuvo que factores ambientales inciden en el éxito reproductivo diferencial, en individuos y grupos de organismos, y la supervivencia de los más aptos. Por el impacto ulterior de esas concepciones en varios ámbitos del saber, la comunidad científica mundial ha dado gran relevancia a la celebración de ambas efemérides, que coinciden con el aniversario 120 de La Edad de Oro, la revista redactada íntegramente por José Martí (1853-1892), con el propósito de preparar para la vida a los futuros ciudadanos de nuestra América. En el conjunto de sus cuatro números –publicados en julio, agosto, septiembre y octubre de 1889— está la quintaesencia del pensamiento martiano, cuya resonancia actual es ampliamente admitida. Esta coincidencia cronológica propicia un acercamiento a otro tipo de vínculo.

Uno de los intelectuales de la cultura occidental más tratados por Martí fue, precisamente, Darwin (1). En más de una treintena de referencias, sobre todo en el ensayo “Darwin ha muerto”, aparecido en La Opinión Nacional de Caracas, en julio de 1882 (O. C., 1975, 15: 371-380), lo presentó como un paradigma de seriedad y consagración científica, al tiempo que aquilató la dimensión de sus contribuciones. Pero, la admiración y el reconocimiento no fueron óbice para que Martí hiciera patente su desacuerdo con determinadas concepciones del naturalista británico. Mucho se ha citado el siguiente fragmento de ese ensayo:

“Bien vio, a pesar de sus yerros, que le vinieron de ver en la mitad del ser, y no en todo el ser, quien vio esto; y quien preguntó a la piedra muda, y la oyó hablar; y penetró en los palacios del insecto, y en las alcobas de la planta, y en el vientre de la tierra, y en los talleres de los mares. Reposa bien donde reposa: en la abadía de Westminster, al lado de los héroes”.

Sin embargo, hasta ahora ha pasado inadvertida la presencia de Darwin en La Edad de Oro, quizás porque Martí no lo menciona de manera directa en la revista. Aunque hay referencias implícitas en varios textos, es sobre todo en “Cuentos de elefantes” –relato original de Martí— donde resulta más perceptible la alusión. En esa narración, retoma las diferencias entre el mamut y el elefante antes tratadas en el artículo “Un mastodonte”, publicado en La América de Nueva York, en agosto de 1883 (O. C., 1975, 8: 409-410), en el cual Martí justiprecia a Darwin como explorador y cronista científico.

No obstante que en el relato de La Edad de Oro se omita nombrar al autor de la teoría evolucionista, Martí entabla un diálogo con el darwinismo. Del mismo modo que la cacería del elefante –una de las líneas fabulares— es metonimia de la depredación de las riquezas naturales de África (en primerísimo lugar de los seres humanos nativos de ese continente), la conversión del mamut en elefante –la otra línea— lo es de los procesos de evolución de las especies, ocurridos a lo largo de milenios, en los que las transformaciones morfológicas han ido acompañadas del desarrollo de habilidades necesarias para la adaptación a un medio también cambiante.

Este relato martiano también alude a la domesticación de animales, con la sugerencia de que, desde el neolítico, el ser humano ha venido interviniendo en el equilibro de los ecosistemas, o, para decirlo con palabras de Martí, en la armonía de la naturaleza.

En el plano de la realización discursiva, el cazador es una tipología de personajes, dentro de la cual se establecen distinciones: el cazador europeo está asociado a la codicia del colonialismo; por sus armas también se diferencia del cazador africano. El niño cazador, por su especificidad, es el que ofrece mayor poder asociativo, amén de la identificación con el lector ideal. Podría tener más o menos la misma edad del niño travieso que perseguía mariposas en el poema “Dos milagros”, pero este representa el ejercicio de la voluntad por preservar la vida y su hermosura. Por su tamaño y el de su contendiente recuerda a Meñique, quien venció al gigante, con su sabiduría, y, mediante el auxilio eficaz de instrumentos mágicos, pudo solucionar la falta de luz y agua, elementos necesarios para la vida. El niño cazador de “Cuentos de elefantes” derrotó también a un ser de gran dimensión y fuerza, lo que pudiera parecer una refutación a la ley del más fuerte sostenida por las teorías evolucionistas. En el combate por la supervivencia, el cazador se vale de su revolver y el elefante de su trompa (de gran relevancia en toda la estructuración significativa del relato), porque –en efecto— “[el] hombre, como especie, se adapta a través de herramientas” (2); o sea, “ante todo es un animal tecnológico y es esa, posiblemente, la diferencia más visible y significativa que lo diferencia de las demás especies”. (3)

En “La última página” del cuarto número de La Edad de Oro, refiriéndose a “Cuentos de elefantes”, Martí recomienda a sus lectores:

“Se ha de conocer las fuerzas del mundo para ponerlas a trabajar, y hacer que la electricidad que mata de un rayo, alumbre en luz. Pero el hombre ha de aprender a defenderse y a inventar, viviendo al aire libre, y viendo la muerte de cerca, como el cazador del elefante. La vida de tocador no es para hombres. Hay que ir de vez en cuando a vivir en lo natural y conocer la selva”. (O. C., 1975, 18: 503).

En resumen, este magistral relato martiano evidencia, con gran síntesis expresiva, que la diversidad biológica y cultural es resultado de largos, complejos e interrelacionados procesos evolutivos, en los que interviene la influencia del medio, en especial el factor climático, y, a su vez, la existencia de una identidad esencial, que emparienta comportamientos humanos y no humanos, más allá de la lucha por la supervivencia. La refutación a la ley del más fuerte alcanza las extrapolaciones reductoras y mecánicas de teorías biológicas al orden social, con la intención de legitimar hegemonías políticas, socioeconómicas e ideológicas. De su lectura se infiere que al colonialismo —en cualquiera de sus manifestaciones— resulta consustancial la depredación y la opresión, y que el poderío científico y tecnológico logrado por la humanidad debería estar al servicio de garantizar la vida, de entender y ayudar a completar la maravilla, y no de deshacerla.

Notas

(1) En las Obras Completas de Martí resulta palmario su interés por valorar y difundir las ideas y las aportaciones de científicas de Darwin. Hay referencias a ellas en los tomos 4,5,7,8,9,11,12,13,15,19,20,21 y 23.

(2) Augusto Ángel Maya. El reto de la vida. Ecosistema y cultura. Una introducción al estudio del medio ambiente. Bogotá, ECOFONDO, 1996, p. 77

(3) Ídem.

 

Opuestos y pares binarios en Los dos ruiseñores

Por Paula Haydée Guillarón Carrillo

Mi dibujo no representaba un sombrero. Representaba una serpiente boa que digería un elefante. Dibujé entonces el interior de la serpiente boa para que las personas mayores pudieran comprender. Ellas siempre necesitan explicaciones.

Antoine de Saint-Exupéry. El Principito.

El pez es mudo en el agua; la bestia, ruidosa en la tierra; el pájaro, cantor en el aire. Pero el hombre tiene en sí la música del aire, el alboroto de la tierra y el silencio del mar.

Rabrindranath Tagore. Pájaros perdidos (sentimientos).

 

Martí como educador adelantado al momento que le tocó vivir, nunca impone doctrinas a sus educandos (1), sino que les brinda opciones para caminar por la vida con seguridad y criterio propio. No por eso deja el escritor de presentar elementos suficientes para que se elija la opción más correcta. Por eso acostumbra, sobre todo en La Edad de Oro, a presentar opciones binarias opuestas que son un principio ideológico-ormativo y artístico (2).

El principio de los opuestos en Martí no es exclusivo de La Edad de Oro, todo su pensar y su obra están construidos sobre él, que también tiene mucho que ver con la idea de Universo que tenía Martí: el Universo como un todo con partes en equilibrio, lo uno en lo diverso.

A través de opuestos y pares binarios Martí le entrega a los niños herramientas para seleccionar el camino a seguir, aunque siempre inclina la balanza hacia uno de los dos opuestos, hacia donde cree que se encuentra el Bien, y téngase en cuenta que para Martí el Bien no es una oposición del Mal, sino el equilibrio del universo que se traduciría como Verdad absoluta. Generalmente usa personajes para simbolizar conceptos opuestos más amplios. Un caso ejemplar de esto y uno de sus cuentos más logrados es sin duda Los dos ruiseñores.

Este es un cuento que va directamente al dilema Hombre-Naturaleza. Es la relación eterna que tiene el individuo con la naturaleza tanto para compartir con ella un mismo espacio como para que se dé una imbricación entre ambos.

Como es sabido, este cuento es una adaptación de un relato de Hans Christian Andersen: El ruiseñor. Martí lo adaptó hasta el punto de crear prácticamente un cuento nuevo, pues inserta una serie de ideotemas que ha ido presentando durante toda su labor escritural anterior, lo que permite que el cuento gane en un didactismo para nada estrecho.

Martí respeta fielmente el asunto y modifica los datos y elementos que halla al paso. A diferencia de Andersen que se excede en fantasear sobre China, Martí ofrece datos concretos sobre la realidad, las costumbres y la historia del país para incentivar el conocimiento y la curiosidad de los lectores.(3)

Alrededor de los opuestos Naturaleza/“Civilización”, simbolizados en el ruiseñor real y en él mecánico, giran otros opuestos que van a complementar la idea primaria del cuento, además de dejar plasmadas ideas que Martí ha venido planteando en sus escritos y discursos precedentes, siempre de una forma educativa y capaz de llegar al público infantil. Sus ideas republicanas, antiesclavistas, anticoloniales, descolonizadoras, etcétera, quedan presentadas muy sutilmente en el cuento, rodeadas de un halo mágico.

La primera oposición a la que hace referencia Martí es a la diferencia cultural Occidente/ Oriente. Dicha oposición está implícita, es necesario buscarla entre líneas, para esto Martí utiliza diversas herramientas narratológicas. La intención educativa de esta dicotomía es dejar clara la validez de las costumbres no occidentales frente a estas, reconocer al “otro” como la otra cara de un mundo que es común para todos los seres humanos, es sobre todo la aceptación desprejuiciada de lo diferente. Martí logra presentar esa idea a la vez que el narrador no se asombra de las costumbres chinas, como cuando señala que al emperador le gustaba la sopa de nido (4) y en lo que hace hincapié es en la destrucción de los nidos y no en el hecho de la sopa; también sucede algo similar cuando se dice que todos en la corte estaban de etiqueta y el narrador aclara que estaban los cortesanos vestidos con siete túnicas y con la cabeza rapada, cuando se sabe que si alguien habla de vestirse de etiqueta enseguida la mente occidentalizada del siglo XIX se remonta al frac y la corbata de lazo. En ese sentido Martí se adelanta a lo que hoy conocemos como estudios culturales y discurso del subalterno, incluso se ha anticipado a la tan mencionada teoría de la deconstrucción, tan achacada a Derridá, aunque él nunca mencionó el término. Recordemos como se opone Martí a la dicotomía Civilización / Barbarie en Nuestra América, pues vale esa oposición de Martí como representación de su antiorientalismo, puesto que tanto América como el Oriente son vistos generalmente como lo exótico, y en ningún momento cae Martí en exotismos o pintoresquismos.

Existe un dato que da Martí acerca del ruiseñor mecánico que viene a apoyar esta oposición: a pesar de que el ruiseñor artificial viene de Japón, la música que reproduce es el vals, símbolo indiscutible de la música de salón y cortesana occidental. Aquí entra también una de las ideas planteadas en Madre América y en Nuestra América, el hecho de que en ocasiones las culturas no europeas tienden a rechazar su identidad y la van perdiendo frente al “deslumbramiento” de las costumbres Europeas. No es que se desconozcan o se rechacen estas costumbres, sino tener en cuenta que nuestra identidad como seres humanos se debe también a que reconozcamos nuestra identidad cultural sin avergonzarnos de ella.

Martí hace referencia a la diferente organización política del Imperio Chino respecto a la organización republicana occidental. Martí ve válida la diferencia porque es auténtica y son los propios habitantes del país quienes han creado esta organización. Evidentemente aquí también está entrando la idea martiana de la autonomía de cada pueblo y de la no injerencia extranjera en las decisiones propias de un país, algo que deja bien claro en numerosos escritos. Aunque la idea de nación martiana era la republicana, no critica la organización de china, pues como él mismo pensaba, cada pueblo debe organizar su política según las características del país y no tomar formas de gobierno ajenas a su identidad.

El espacio de la corte y el natural aparecen como opuestos cuando el narrador describe las bellezas de China. El contraste se da precisamente cuando comienza a describirse el bosque donde habita el ruiseñor y la relación de este con los pescadores. La primera descripción es completamente física, pero la segunda va a lo espiritual. Comienza la oposición, así, de la vida citadina y la del campo. Los pescadores no tienen riqueza material, pero sí espiritual, pues el ruiseñor les alegra la vida y los hace ser mejores hombres. Es indudable la preferencia de Martí por lo segundo, algo que lo marca dentro del los poetas modernistas, generalmente adoradores de lo citadino, ya que habla del bosque como si le fuera familiar. Pero encuentra una forma narratológica de mostrar la interconexión entre los dos espacios y es presentando al bosque como una continuidad del jardín real. Es la idea de que todo en la naturaleza está en equilibrio, los opuestos que se complementan.

El hecho de que para los viajeros lo mejor de China fuera el ruiseñor, está en concordancia con la idea de Martí de hombre natural, que es aquel que se reconoce autóctono de su tierra y que acepta lo de afuera pero nunca como sustitución. De hecho, el ruiseñor acepta ir a la corte, pero siempre poniendo la premisa de que su lugar es el bosque junto a los campesinos y pescadores.

La cuestión negativa que señala Martí en cuanto al opuesto artificio-naturaleza, radica en el desconocimiento de uno por el otro y es lo que señala cuando el emperador desconoce la existencia de un ave autóctona de China. Solapadamente Martí vuelve a mostrar una de sus ideas sobre el “buen gobernante”, el hecho de que un gobernante digno de serlo debe conocer al dedillo su país, debe estudiarlo para determinar los mecanismos de gobierno que mejor se avengan con las características del país.

Dos personajes que anteceden la oposición entre el ruiseñor mecánico y el natural son el mandarín mayor y la cocinerita. El mandarín al igual que el emperador desconoce la existencia del ruiseñor y debe valerse de una joven cocinera que se comunica directamente con el ave. La cocinerita representa el puente que une el mundo artificial de la corte y el espacio natural del ruiseñor, en ella también se concilian ambos espacios, y en cierto sentido representa ese ser humano ideal de Martí que vive en la civilización pero que de vez en cuando va al monte para no olvidar que el ser humano es parte de la naturaleza y es naturaleza misma.

La pareja forma/esencia aparece cuando el mandarín queda asombrado por la forma tan simple del ave en contraste con lo bello de su canto. Esta es una de las premisas fundamentales que aparece en la revista: valorar no por la apariencia, sino por la esencia. Para Martí el mundo espiritual era donde estaba la verdadera vida, ese mundo que no se ve y que en cierta medida emparienta a Martí con el platonismo.

Cuando el ruiseñor accede a ir a palacio, pero poniendo como premisa que su canto se oye mejor en el bosque, es como una invitación al acercamiento del emperador al mundo natural y a la vez un reproche al hecho de extraer lo natural de su entorno. Entraría entonces la nota ecológica que se ha visto en Martí en más de un texto y que en el propio cuento aparece al inicio cuando se hace referencia a que el emperador dejaba sin nidos a las golondrinas porque le gustaba la sopa de nidos. Lo ecológico en Martí no puede verse como lo ve en la actualidad el partido de los Verdes ni nada por el estilo. Su ecología consiste en la identificación y conciliación entre el ser humano y la naturaleza, sobre todo como ya he dicho, que el ser humano se sienta naturaleza. Esto tiene mucho que ver con un sentido de la vida un tanto panteísta en el que Dios era naturaleza y que en cada hombre se encontraba Dios, y como silogismo al fin, naturaleza y hombre serían las partes de un todo y a la vez serían lo mismo. Es esa la tríada principal de la cosmovisión martiana: Hombre-Dios-Naturaleza, que como en la trinidad tradicional cristiana son autónomos pero a la vez son la misma cosa, y de su equilibrio depende la Vida.

Los grandes símbolos del cuento son presentados con la aparición del ruiseñor mecánico. El ruiseñor mecánico representa lo tecnológico, lo artificial, lo citadino, mientras que el vivo es reflejo de lo natural y de la misma naturaleza. Pero esto queda más claro con la aparición del personaje del maestro de música, quien defiende a toda ultranza al ruiseñor mecánico, cuya música es un vals. El maestro de música es el símbolo de la normatividad autoritaria que teme lo que no puede ser explicado, teme a que el pueblo se interese por algo que va más allá de lo que le pueden ofrecer determinadas normas sociales. El maestro es una especie de inquisidor de la naturaleza, pues la naturaleza representa la libertad de espíritu de los hombres y el maestro teme sobre todo a la libertad de pensamiento de los súbditos, por eso dice el maestro: Pero “mejor mil veces es este pájaro artificial (…) porque con el pájaro vivo, nunca se sabe cómo va a ser el canto, y con este, se está seguro de lo que va a ser: con este todo está en orden, y se le puede explicar al pueblo las reglas de la música”. (5)

En ningún momento Martí trata de inculcar a los lectores que lo natural es mejor que lo artificial, sino mostrar que cada orden de cosas tiene su espacio y su terreno de acción, y sobre todo que el hombre tiene que aprender a vivir en armonía entre el espacio artificial y el natural. El propio Martí prueba esto con todas las crónicas que escribiera sobre la modernidad neoyorquina, donde expresa una gran admiración hacia los avances técnicos y científicos que puede ver en New York. Por eso al final, cuando el emperador quiere deshacerse del pájaro mecánico en desuso, el vivo se lo impide: “¡No lo rompas en mil pedazos, emperador; él te sirvió bien mientras pudo (…)!” (6)

Al Apóstol también le interesa demostrar a los lectores con el cuento que lo tecnológico y artificial tal vez sistematice lo que la naturaleza esencialmente tiene como la música, la luz, el aire, los colores, pero nunca será naturaleza, pues la naturaleza en cierta medida es eterna y lo tecnológico, como característica propia de la modernidad, es efímero, se desvanece en el aire, como dijera Karl Marx.

Por eso cuando el emperador está muriendo de tristeza porque le falta la música, quien único puede sacarlo de ese estado es el ruiseñor vivo.

No cabe duda que el momento más poético del cuento es cuando aparece la Muerte sobre el pecho del emperador. Pero no es la Muerte que llega junto a un vivo y se va con el muerto, es una Muerte ambivalente que representa lo bueno y a la vez lo malo del emperador. Se convierte en un juez que decidirá cual será el destino del alma del emperador según lo que hizo en vida, en cierta medida pudiera representar el Cielo y el Infierno, pero desde un punto de vista martiano. Ese punto de vista tiene que ver con el hecho de que para Martí la Muerte no es un castigo, sino una forma de pasar a otra existencia mejor, algo que se logra si se ha actuado bien en la vida, he ahí la idea de trascendencia martiana. Por eso el emperador teme morir, porque ha rechazado lo que hay de naturaleza en el ser humano, en cierta medida ha caído en una especie de hybris por rechazar a la Naturaleza.

La representación de la Muerte tiene una connotación de muerte espiritual ocasionada por el alejamiento hombre-naturaleza, algo así como la enajenación del ser humano. Por eso quien lo saca de esa agonía es el ruiseñor vivo, lo que simboliza la reconciliación del hombre con la naturaleza, de esta forma la Muerte le cede su lugar al ruiseñor, el paso a la Naturaleza, donde radica realmente el dios martiano. Porque Naturaleza y Muerte están juntas en la filosofía martiana, no por gusto en sus Versos Sencillos quiere ir a morir en un carro de hojas verdes y de cara al sol; es como si esa otra forma de existencia que se alcanza con la muerte radicara en la fusión del cuerpo y el espíritu humano con la Naturaleza; de ahí que en el cuento la Muerte salga por la ventana y se dirija hacia la belleza del bosque.

El emperador encarna en el cuento a la humanidad en la que tanta fe tenía Martí, humanidad que mejoraría precisamente cuando el amor y el dolor se convirtieran en los ojos de la historia (7). El emperador se reconcilia con la Naturaleza porque es capaz de conocer a la vez el amor y el dolor. Y precisamente en el dolor ve Martí la purificación del alma, precisamente lo que sucede con el emperador, y así reaparece la idea que viene presentando Martí desde El presidio político en Cuba. El dolor hace más humano al individuo. El emperador se salva porque a pesar de sus errores entra en el grupo de los hombres que aman y fundan y no dentro de los que odian y deshacen.

Martí nunca trata de mostrarle a los lectores una verdad absoluta, sino que busca el Bien en el sentido de bondad de la naturaleza humana (8) y encuentra en la conciliación de las partes del Universo el equilibrio del Todo.

Notas

(1) Entiéndase educandos como los lectores de La Edad de Oro.

(2) Salvador Arias. “Singularidad y deleite de la revista martiana para niños y jóvenes”. en Valoración múltiple 2. Fondo editorial Casa de las Américas, 2007, p.42 .

(3) Herminio Almendros. “A propósito de La Edad de Oro: los cuentos” en Acerca de La Edad de Oro. Editorial Letras Cubanas, 1989, p.13

(4) Se debe tener en cuenta que aquí también entra el interés de Martí en despertar la curiosidad del niño e instarlo a investigar y a buscar más allá de las explicaciones que se le dan.

(5) José Martí. “Los dos ruiseñores”, en La Edad de Oro. Editorial Gente Nueva, 2002. p. 272.

(6)José Martí, ob.cit. p. 276.

(7) Fernando de los Ríos. “Reflexiones en torno al sentido de la vida en Martí” en Valoración múltiple 2. Fondo editorial Casa de las Américas, 2007, p.73.

(8) Medardo Vitier. Dimensión filosófica (de José Martí) en Valoración múltiple 2. Fondo editorial Casa de las Américas, 2007, p.57.

Bibliografía

Almendros, Herminio. “A propósito de La Edad de Oro: los cuentos” en Acerca de “La Edad de Oro”. Editorial Letras Cubanas, 1989.

Arias, Salvador. “Singularidad y deleite de la revista martiana para niños y jóvenes”. en Valoración múltiple 2. Fondo editorial Casa de las Américas, 2007.

Fernández Retamar, Roberto. “Naturalidad y novedad en la literatura martiana”, en ob.cit.

Martí, José. “Los dos ruiseñores”, en La Edad de Oro. Editorial Gente Nueva, 2002. pp. 265- 276.

Ríos (de los), Fernando. “Reflexiones en torno al sentido de la vida en Martí” en Valoración múltiple 2. Fondo editorial Casa de las Américas, 2007.

Vitier, Medardo. “Dimensión filosófica (de José Martí)”, en ob. cit.

 

Una versión innovadora de La Edad de Oro

Por Marialys Perdomo Carmona

 

El Oro de la Edad (1998) de Ariel Ribeaux Diago (1995-2005) es una de las creaciones más insólitas de las letras infantiles. Lo que tiene de extraordinario, no es la sinceridad y frescura de sus páginas ni la pintura de la sociedad cubana sin afeites, sino el diálogo intertextual con la revista La Edad de Oro (julio-octubre de 1889).

Este referente textual le asegura, tanto al escritor como a su novela, un lugar entre los jóvenes lectores, y suscita la atención de la crítica, ya sea por la aceptación o no del proyecto.

Para algunos, los más conservadores, El Oro de la Edad puede parecer una parodia; para otros, quizás la mayoría, esta novela es, además del original intento de desacralizar a los personajes martianos, un homenaje a la revista.

Desde el título, Ribeaux anuncia que ha conformado su obra a partir de las relaciones textuales con el citado referente. El libro comienza con una especie de prólogo “A los niños que lean El Oro de la Edad”, donde se reconoce a José Martí como co-autor de la versión que nos propone.

“Para los niños es este libro y para las niñas, por supuesto. Sin las niñas no se puede vivir como no se puede vivir en la tierra sin luz. (...) Los niños saben más de lo que parece, y si les dijeran que escribiesen lo que saben, muy buenas cosas que escribirían”(1).

En un primer momento pareciera que predomina la imitación, pero luego Ribeaux instaura su propio estilo cuando inicia el primer capítulo de la novela con un desconcertante ¡Ñoo! ¡Qué pesados son esos fiñes!

En El Oro de la Edad, la intertextualidad se proyecta en tres dimensiones fundamentales: la elección de los nombres, el empleo de paratextos o títulos que aluden directamente al texto de referencia, y la selección de elementos dispersos que, combinados en el texto-destino, nos permiten reconocer la presencia de La Edad de Oro.

Se trata de la elección de los nombres, no de los personajes, porque Ribeaux no los “copia” íntegramente de los cuentos martianos, sino les da una nueva personalidad, aun cuando mantenga algunos rasgos de la caracterización que José Martí hizo de cada uno. En esta novela Masicas está casada con un italiano y le interesan las cosas materiales más que su propia hija; de alguna manera puede asociarse con la Masicas de “El camarón encantado”.

Hay otros personajes cuya denominación es totalmente fortuita. En estos casos, la relación con La Edad de Oro estará en dependencia de la competencia del lector. Los conocedores de las páginas martianas, podrán reconocer en el “viejo y gordo” signore Enrico Pompossi –esposo de Masicas— al Señor Don Pomposo; Emilio de las Casas remite al “protector de los indios” solo por ser el “padre” de Nené, pues no hay otros puntos de contacto entre ellos; y el pobre Raúl “que no tiene madre”, “ni pelo rubio”, “ni va vestido de duquecito” es el referente de Raúl Vinicio,

“Ese niño (que) no había tenido suerte ni con su nombre (...) A su papá no lo conoció… Lo habían mandado a luchar en África antes de Raúl nacer, a un país que estaba en guerra, y nunca regresó ni se supo nada más de él” (2).

Uno de los mayores aciertos de Ribeaux es la concepción de la protagonista. Leonor, la muñeca negra del famoso cuento, es ahora una niña de diez años que encarna una serie de virtudes y valores morales que el lector irá descubriendo a través de monólogos interiores y de la relación con su muñeca Piedad. Con esta inversión, el escritor salda una deuda de La Edad de Oro: una protagonista negra. Este elemento es destacado en las ilustraciones de la obra.

Los paratextos son las marcas más evidentes del juego intertextual. Para los siete capítulos que componen la novela, el autor utiliza los títulos, acaso más conocidos, de la revista martiana. Así, aparecen “Cada uno a su oficio”, “Un juego nuevo y otros viejos”, “Las ruinas indias” “Dos Milagros” “Un paseo por la tierra”, “La muñeca rubia” y “Las últimas páginas”. Como puede observarse, unas veces Ribeaux asume los paratextos de La Edad de Oro literalmente, otras, hace algunos cambios semánticos; pero no siempre hay relación entre el texto de la novela y el paratexto martiano.

Si una forma de celebrar los 120 años de una publicación que perdura por su abanico temático, por su bella escritura y por la universalidad y atemporalidad de unas páginas que pueden ser leídas por niños y adultos de todos los tiempos, es la reimpresión y consecuente circulación; otra podría ser el hecho de reinventar una historia a partir de personajes conocidos e identificables por la caracterización que José Martí nos ha legado.

Notas

(1) Ariel Ribeaux. El Oro de la Edad. Ediciones Unión, La Habana, 1998, p-9

(2) Ibidem. P.77