Miguel Hernández, José Martí: voces y viento del pueblo

En el camino hacia la celebración en el año 2010 del centenario de Miguel Hernández y del 115 aniversario de la Revolución organizada por José Martí

Por María Caridad Pacheco González, investigadora del Centro de Estudios Martianos e Ileana Núñez Morales, estudiante de la Facultad de Letras

 

En un libro de poemas de Miguel Hernández, Viento del Pueblo, el gran poeta de Orihuela define la misión de quienes ejercen su oficio como la de aquellos que nacen para pasar soplando a través de los poros del pueblo y conducir sus ojos y sus sentimientos hacia las cumbres más hermosas. En este sentido, su mensaje poético y humano coincide en muchos aspectos con el quehacer artístico y revolucionario del Apóstol de la independencia cubana, José Martí, quien ejerció su alta estatura intelectual y su fina sensibilidad artística, de forma paralela a su acción política y revolucionaria. En ambos se revela una “cultura-actitud” que aportará las bases axiológicas para la acción creadora y liberadora, y en ambos también la literatura se vincula de forma permanente a la práctica política, como un medio comprometido a la causa revolucionaria en épocas y circunstancias distintas, pero igualmente desgarradoras y convulsas.

Los orígenes

Tanto José Martí como Miguel Hernández arrostraron de niños incomprensiones en el hogar debido a sus inclinaciones literarias. En algunas ocasiones, y siempre indirectamente, utilizando la tercera persona, Martí refiere pasajes de su niñez, como cuando al tratar acerca de la infancia del poeta Heredia, dice —aludiendo evidentemente a su propia vida— cómo había tenido que componer sus primeros versos “entre azotes y burlas, a la luz del cocuyo inquieto y de la luna cómplice!” (1), o cuando alude al proceder filial de Alfredo Torroella, quien no había tenido para su hijo “esas rudezas de la voz, esos desvíos fingidos, esos atrevimientos de la mano, esos alardes de la fuerza que vician, merman y afean el generoso amor paterno”(2). También fue unas de esas incomprensiones la que le hizo decir a su amado maestro Mendive, en su etapa de adolescente, que sólo su recuerdo le había impedido privarse de la vida, aunque todos sabemos que no hubiera adoptado una decisión tan drástica en detrimento de sus deberes primordiales con su familia y con su patria.

Nacido en el seno de una humilde familia de Orihuela, dedicada a la crianza del ganado, Miguel Hernández se vio obligado a interrumpir sus estudios de bachillerato por mandato del padre, quien lo destina a pastorear cabras, y ejerce sobre él violencias cotidianas, tratando de que el hijo se someta a su voluntad de opresor aldeano. El poeta recuerda las ofensas y maltratos recibidos cuando escribe: Lucho contra la muerte, me debato/contra tanto zarpazo y tanta pena,/ y cada cuerpo que tropiezo y trato/ es otro borbotón de sangre, otra cadena. (3)

No obstante las amarguras que tal incomprensión le provoca, mientras cuida el rebaño, Miguel lee con avidez y escribe sus primeros poemas. Por entonces el joven poeta visita frecuentemente la Biblioteca Pública, y a partir de este momento, los libros serán su principal fuente de educación, convirtiéndose en una persona totalmente autodidacta. Los grandes autores del Siglo de Oro: Miguel de Cervantes, Lope de Vega, Pedro Calderón de la Barca, Garcilaso de la Vega y, sobre todo, Luis de Góngora, se convertirán en sus principales maestros.

También Martí se aplica desde muy temprana edad al estudio de los clásicos: Calderón, Quevedo, Cervantes, entre otros, serán fuente nutricia de su poesía, tal y como se corrobora en algunos de sus escritos más penetrantes. Este hecho singular determina que el más radical y universal pensador cubano mostrara en su obra, lo que Juan Marinello llamó su “españolidad literaria” y Gabriela Mistral sintetizó del siguiente modo:

“[Martí] comió del tuétano de buey de los clásicos […] fue también el buen lector que pasa por los setenta rodillos de la colección Rivadeneira sin volverse papilla y caldo.

Guardó a España la verdadera lealtad que le debemos, la de la lengua, y ahora que los ojos peninsulares pueden mirar a un antillano sin tener atravesada la pajuela de la independencia, ya podrán desde Madrid, decir leal al insurrecto, porque conservó una fidelidad más difícil de dar que la política: esta de la expresión. Tanto estimó a los padres de la lengua que a veces toma en cuenta a los segundones y tercerones de ella”. (4)

La lectura de los clásicos sirvió de fundamento para las labores que ambos desplegaron como periodistas, redactores y poetas. Es característico el conocimiento profundo y la asimilación entrañable que tuvieron del Siglo de Oro español, en cuyo tronco injertaran hallazgos procedentes de sus específicas sensibilidades artísticas.

Al estallar la Guerra Civil, Miguel se alista en el bando republicano, en el frente antifascista. Se integra al 5º Regimiento y pasa a otras unidades en los frentes de la batalla de Teruel, Andalucía y Extremadura. En plena guerra contrae matrimonio y tiene dos hijos, de los cuales sobrevive uno, a quien dedica desde la cárcel las famosas Nanas de la cebolla, que mucho tiempo después serían cantadas por el catalán Joan Manuel Serrat.

Es interesante comprobar cómo la música sería en ambos un carril desde el cual sus obras poéticas serían popularizadas y conocidas por amplios sectores del público internacional. Se evidencia que la admiración y el reconocimiento de estos escritores y combatientes se centra en los innegables valores de la obra poética, pues lo escrito por ellos para la escena (en verso o prosa) se vio relegado, ya que consiguieron crear un público mucho más consistente con su poesía que con el teatro.

Terminada la guerra, el poeta de Orihuela fue detenido en su ciudad natal y condenado a muerte; luego se le conmutó la pena por la de cadena perpetua. Después de pasar por varias prisiones, murió el 28 de marzo de 1942, a los 31 años de edad, en el penal de Alicante, víctima de un proceso tuberculoso, truncándose así una de las trayectorias más prometedoras de las letras españolas del siglo XX.

Las Nanas y el Ismaelillo

Quizás no existan versos más intensos como los escritos por estos poetas para expresar el amor por el hijo ausente. Las Nanas de la Cebolla de Miguel Hernández, y el Ismaelillo de José Martí son textos profundamente conmovedores.

Dedicado a su hijo, cuando recibió una carta de su mujer, en la que le decía que comía solo pan y cebolla, Miguel recrea como verdad profunda el amor inmenso por el hijo, imaginándolo alegre, risueño, disfrutando de una niñez de la cual se le había privado. De este modo, el hijo es lo mejor del padre, quien renace en ese pequeño ser en el cual se refleja su propia niñez perdida, que —como en Martí— yace intacta en el fondo de su alma. En un manuscrito de la guerra, Miguel escribiría: “Bastante envidia me da, no poca tristeza, no ser niño todavía, aquel niño que yo era hace no muchos años, cabrero y nada más” (5). Y en un Cuaderno de Apuntes de 1881, Martí señala que ese hijo suyo “a quien no hemos de llamar José sino Ismael –no sufra lo que yo he sufrido” (6), refiriéndose, seguramente, al sufrimiento de la soledad y de la incomprensión que había padecido en su niñez y adolescencia.

En una de las más trágicas canciones de cuna de toda la poesía española, construida en doce estrofas con el mismo aire acelerado de seguidilla del Ismaelillo, el poeta logra fusionar el contenido angustioso que la inspira con la gracia y ternura que animan las imágenes creadas. También los colores cobran, en uno y otro poeta, significados trascendentes. Si en Miguel lo negro representa la muerte, la noche, lo rojo se identifica con la sangre y lo dorado con el sol, lo puro y lo perdurable; en Martí sirven para enfatizar imágenes violentas como el verde de la bilis, el rojo de la furia y el oro del dinero.

También resulta evidente la dimensión ética que atraviesan estos versos, cuando en el Ismaelillo se encuentra el batallar entre la pureza y la impureza (¿Vivir impuro? / ¡No vivas, hijo!) (7), y en las hermosas Nanas cuando Miguel Hernández prepara a su hijo para luchar por la justicia: Frontera de los besos / serán mañana, / cuando en la dentadura sientas un arma. / Sientas un fuego / correr dientes abajo / buscando el centro. (8)

Símbolos de Homagno y Vientos del Pueblo

El hombre natural, que aparece a través de la saga del Homagno, de Versos Libres, es el concepto mediante el cual Martí intenta definir la magnitud de lo humano como síntesis de múltiples aprehensiones éticas, estéticas, políticas y culturales. Es el hombre en su plenitud humana cuyas acciones y comportamientos no hacen más que perfeccionar una sólida cultura de los sentimientos y la razón. En el poema llamado Yugo y Estrella, el poeta tiene un conflicto moral donde la “estrella que ilumina y mata” adquiere el simbolismo de la pureza, de nuestra libertad y del compromiso con la historia.

La estrella es Cuba: Esta, que alumbra y mata, es una estrella:/ Como riega luz, los pecadores/ Huyen de quien la lleva, y en la vida,/ Cual un monstruo de crímenes cargado,/ Todo el que lleva luz, se queda solo (9). Es la pasión por la eternidad, pero también la realidad que se le presenta, y esa es la verdadera semejanza entre los dos poetas: el amor se extiende fundido con la paz y la vida, la pasión y la verdad.

Lo realmente significativo radica en que, puesto a escoger entre el yugo y la estrella, Homagno no escoge la estrella, en tanto es fácil ver el camino rodeado de quienes emanan luz, sino determina tomar el yugo, porque lo extraordinario es dar luz allí donde resulta más difícil, como corresponde a quienes asumen el trabajo creador y la vida con sentido, en búsqueda constante de su ser esencial y su ascensión ético-humana.

Los símbolos del yugo y el buey se vinculan igualmente entre los dos poetas con la ignominia, la traición y la deshonra. Por ello Martí dice: Pero el hombre que al buey sin pena imita,/ Buey vuelve a ser, y en apagado bruto/La escala universal de nuevo empieza (10), y es Miguel quien en Vientos del pueblo me llevan, dice con firmeza: Crepúsculo de los bueyes/ está despuntando el alba./Los bueyes mueren vestidos/ de humildad y olor de cuadra: /las águilas, los leones/ y los toros de arrogancia,/ y detrás de ellos, el cielo/ ni se enturbia ni se acaba (11). Y al final, la misma resolución; en Martí (– Dame el yugo, oh mi madre, de manera / Que puesto en él de pie, luzca en mi frente / Mejor la estrella que ilumina y mata/) (12) y en Miguel: Si me muero, que me muera/ con la cabeza muy alta. /Muerto y veinte veces muerto, /la boca contra la grama, /tendré apretados los dientes y decidida la barba// Cantando espero a la muerte,/que hay ruiseñores que cantan/ encima de los fusiles/ y en medio de las batallas./ (13)

Resulta evidente que aunque estos poetas corresponden a núcleos generacionales y corrientes literarias diferentes, se identifican, por encima de todo, en las notorias afinidades de fondo, correlaciones que se entroncan hasta con el arranque de las emociones, que tienen en su raíz la misión asumida como poetas en actos.

Testigo uno de la aparición del capitalismo moderno en los Estados Unidos, y observador el otro, del avance impetuoso del fascismo internacional en la Europa de los años 30 del siglo XX, se encuentran con realidades históricas que requieren en ambos de específica clarificación ideológica y justas lecciones de humanidad y de compromiso político.

La corriente literaria autóctona que con José Martí surgió en la década del 80 del siglo XIX, es una de las alas de un vasto movimiento que abre un camino común entre las letras de Cuba y España. Sin embargo, la modernidad que, con este u otro nombre, trató de desplegarse en lo profundo de este movimiento, se frustró con la guerra que desgarró al país ibérico entre 1936 y 1939, y en la cual encontró la eternidad de su ejemplo y de su poesía el escritor Miguel Hernández. En la dedicatoria que hizo a Vicente Aleixandre de su libro Viento del Pueblo, en 1937, escribió:

“Los poetas somos viento del pueblo: nacemos para pasar soplando a través de sus poros y conducir sus ojos y sus sentimientos hacia las cumbres más hermosas. Hoy, este hoy de pasión, de vida, de muerte, nos empuja de un imponente modo a ti, a mí, a varios, hacia el pueblo. El pueblo espera a los poetas con la oreja y el alma tendidas al pie de cada siglo. (14)

Un cubano proscrito había dicho antes:

“Ungido nace el poeta, como un rey; investido nace, como un sacerdote. A su pueblo ha de ser fiel, porque de su pueblo recibe las condiciones con que brilla. Y el que de su pueblo reniegue, de las propias alas de su cerebro y entrañas de su entendimiento sea, como un ladrón, privado”. (15)

“Los poetas, como las lonas de los buques, se hinchan con los vientos”. (16)

Notas

(1) José Martí “Heredia”. Obras Completas, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1991, Tomo 5, p.167.

(2) José Martí. “Alfredo Torroella”, Ob Cit, Tomo 5, p. 83

(3) Juan Marinello. Órbita Española de Miguel Hernández. En: Miguel Hernández. Poesía. Editorial Arte y Literatura, La

Habana, p.13

(4) Gabriela Mistral. “La lengua de Martí”. En: Revista de Occidente. Año IV, 2da época, No 38, mayo de 1966, p. 135

(5) http//www.nidodepoesia.com/nanas1.htm

(6) José Martí, Ob Cit, Tomo 21 , p. 216

(7) José Martí. Obras Completas Edición Crítica. Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2007, Tomo14, p. 62

(8) Miguel Hernández Poesía, Ob Cit, p. 379

(9) José Martí. Obras Completas Edición Crítica, Ob Cit, p.142

(10) Ibídem

(11) Miguel Hernández. Poesía, Ob Cit, p. 241

12) José Martí. Obras Completas Edición Crítica, Ob Cit, p. 143

(13) Miguel Hernández. Poesía, Ob Cit, p. 241

(14) Miguel Hernández. Poesía, Ob Cit, p. 234

(15) José Martí. Obras Completas, Ob Cit, Tomo 7, p. 407

(16) Ob Cit, Tomo 14, p. 424.