José de la Luz y Caballero, entre la inteligencia soberana y el sentimiento excesivo

Por Astrid Barnet

Con el arribo a Cuba de la corriente iluminista del Viejo Continente, irrumpe también la primera generación de nativos de nuestra tierra con miras reformistas —salvo el caso de Félix Varela—, pero a la vez atraídos por el progreso moral y material del país. Agrupaciones como la Sociedad Económica de Amigos del País, el Papel Periódico de La Habana y el Seminario de San Carlos resultaron testigos de su obra y pensamiento.

Los tres principales discípulos del presbítero José Agustín Caballero “padre de los pobres, porque de su educación se ocupó en la Sociedad Patriótica y de nuestra filosofía, porque desde su cátedra la echó a andar por vías modernas, como lo calificara nuestro José Martí—, como minoría pensante y sabia, serían Félix Varela, José Antonio Saco, y su sobrino, José de la Luz y Caballero.

De los tres, José de la Luz y Caballero, fue el más distinguido por Martí, al recibir su legado espiritual desde el tránsito a la adolescencia, en el colegio de Rafael María de Mendive, discípulo a su vez de Luz.

Ese “padre, silencioso fundador”, al decir del Apóstol, que dejó una huella evidentísima en sus contemporáneos fue, sin embargo, “negado a veces por sus propios hijos”.

¿Por qué este planteamiento? Se sabe que Luz sustituye a Saco en la cátedra de Filosofía, inaugurada por Varela en 1811, profesando allí desde 1824 hasta 1828 y después en el Convento de San Francisco, entre 1839 y 1843. En sus disertaciones como profesor profundizó en la dirección ecléctica del pensamiento cubano, y refutó la reducción del estudio de la Filosofía al de su historia y, ante todo, al de la doctrina del llamado optimismo histórico —referida al eclecticista Víctor Cousin—, “justificadora de todo status social a partir de un hegelianismo acomodaticio y superficialmente interpretado, tal como Luz expuso.

Al respecto habría que referirse a una intervención realizada —años después— por el patriota y tribuno Manuel Sanguily (1848-1925), quien señaló que atendiendo a los seguidores de Cousin, “el régimen oprobioso colonial, por el hecho de existir, constituía conforme a esos eclécticos, el régimen mejor, el gobierno divino, la necesidad benéfica impuesta por la Providencia; pero, si se efectuase una revolución cualquiera, también la revolución estaba en su lugar, venía a su hora, era buena y providencial, conforme a doctrina tan acomodaticia como el doctrinarismo o eclecticismo histórico o político”.

De ahí la controversia de Luz en relación con esa ideología.

Sin embargo, se mantuvo fiel a la orientación “electiva” de su tío, adoptando posiciones más avanzadas. Por ejemplo, en el caso de las apreciaciones del filósofo alemán Emmanuel Kant (1724-1804) —referidas a espacio y tiempo—, el pensador cubano determinó que ellas se forman genéticamente como producto de la experiencia. No adopta tampoco el método filosófico y matemático del francés René Descartes (1596-1650), sino el de las Ciencias naturales y biológicas; declara guerra abierta a la Metafísica y a la Ontología, con mayor vehemencia que su tío Agustín y que Varela, pero siempre afianzado en la corriente empirista e iluminista impulsada en España.

A partir de ello —y basado en un sustrato profundamente religioso—, es que Luz se enerva como una personalidad intelectual, moral y pedagógica de absoluto estudio para la Generación del 68 —de la generación formadora del concepto Nación—, cuyas semillas espirituales, a través de su maestro Rafael María de Mendive, irrumpirían en la madurez de pensamiento del Héroe caído años después en Dos Ríos.

“…Todos nuestros conocimientos son derivados de la experiencia”, escribe Luz acerca de algo que derivará forzosamente en materialismo dialéctico. Un dualismo que, según Sanguily, radica “entre la inteligencia soberana y el sentimiento excesivo” hasta integrarse en entrega total. Esta última fue, sin lugar a dudas, la vertiente final de Luz, pero las circunstancias de su tiempo exigían otros modos más expresos de acción. Algo que el escritor Cintio Vitier calificó como “… acción indirecta, de sensibilización de las conciencias, de educación tácita para la gesta de la libertad, y ésa fue, de 1848 a 1862, su obra fundamental en El Salvador, tan bien entendida y calibrada por Martí”.

Aunque Luz fue inicialmente seminarista, luego se fue alejando del aspecto dogmático y sacramental de la Iglesia, para cultivarse de un ardiente cristianismo ribeteado de estoicismo. Por eso afirmó: “Para mí el estoicismo, para el prójimo el cristianismo: bien que todo lo bueno del estoicismo se trasfundió en el cristianismo”.

Esa vocación es la que le permite, tiempo después, a nuestro Héroe Nacional superar ese dualismo señalado por Sanguily acerca de Luz.

En enero de 1892 —año en que funda el Partido Revolucionario Cubano—, escribió Martí: “Por dos hombres temblé y lloré al saber de su muerte, sin conocerlos, sin conocer un ápice de su vida: por don José de la Luz y Caballero, y por Lincoln”.

Luz, el maestro de El Salvador, murió en 1862, cuando Martí tenía tan sólo nueve años de edad. Tres años después ingresaría en el colegio que Mendive, con su “cariño de hijo” para Don Pepe, llamó San Pablo “porque la Luz había llamado al suyo El Salvador”.

Luz comprendió que todos los problemas de Cuba convergían en uno solo, ético y social: la esclavitud; y que para contrarrestarlo existía un solo camino: la educación moral de la clase privilegiada, efectora de esa situación. Se trataba de la instauración de una enseñanza primaria y secundaria concebida como formadora humana de la minoría beneficiaria de la esclavitud, destinada a cobrar conciencia de su terrible responsabilidad individual y colectiva, y a configurar, contra la corriente podrida del régimen colonial, los destinos de la Patria.

Al decir de Vitier en su obra Ese Sol del Mundo Moral: Lo que creó Luz fue … una atmósfera de austeridad y pureza que llenaba el recinto de El Salvador; una transparencia sensible que podía vivir, aparentemente, dentro de la rígida ley, aunque desbordándola por todas partes… El nervio conductor de aquella educación”.

No importa que Luz no fuera un revolucionario, pues supo consagrar inteligencia y principios a mostrar la realidad objetiva; el espíritu de su enseñanza instruyó a varias generaciones en el espíritu de su país, de su identidad y, más tarde, en la formación de su nación. Nuestro José Martí fue uno de sus más fervientes seguidores.

Según el testimonio de Sanguily, una noche memorable —ya quebrantada la salud del ilustre Pensador— Luz significó:

“La introducción de negros en Cuba es nuestro verdadero pecado original, tanto más cuanto que pagarán justos por pecadores… Antes quisiera, no digo yo que se desplomaran las instituciones de los hombres —reyes y emperadores-—, los astros mismos del firmamento, que ver caer del pecho humano el sentimiento de justicia, ese sol del mundo moral”.