El teatro cubano, y su mayor dramaturgo: Virgilio Piñera

Por Mercedes Santos Moray

En el 2009 se ha producido un hecho que no debe ser soslayado, y es que la dramaturgia cubana ha llegado a la cinematografía cubana, al filmar Juan Carlos Cremata su tercer largometraje de ficción, El premio flaco, inspirándose en la obra homónima de Héctor Quintero; aunque existieran referentes anteriores, como el que da espacio a la obra de Carlos Felipe, Réquiem por Yarini, que fue utilizada como inspiración por el realizador Orlando Rojas para sus Papeles secundarios y que, de alguna manera, está igualmente presente en la más reciente película, debut en el largo de ficción de Ernesto Daranas, Los dioses rotos, por la común evocación del personaje de Alberto Yarini.

Además otro realizador, exponente de las nuevas oleadas del audiovisual en Cuba, el también videasta Lester Hamlet, comenzó a filmar su primer largo de ficción, en solitario, después de haber participado en aquel otro proyecto, integrado por tres historias, Tres veces dos, en el que dejó su huella junto a sus coetáneos Pavel Giraud y Esteban Insausti. Ahora asumía el cineasta un nuevo y mayor reto al traducir al cine una de las piezas mayores de la dramaturgia de Abelardo Estorino, La casa vieja, autor por cierto el único que ha recibido no sólo el Premio Nacional de Teatro sino que, con anterioridad a tal lauro, obtuvo el Premio Nacional de Literatura, y además de ser el máximo dramaturgo cubano vivo, es también miembro de la Academia Cubana de la Lengua.

Estas reflexiones me conducen a Virgilio Piñera, que fue y es el mayor dramaturgo cubano de toda la historia de nuestras letras, en este trigésimo aniversario de su desaparición física, y si bien su nombre y obras son referentes permanentes de nuestra escena contemporánea, todavía su dramaturgia aguarda para que alguien, motivado por su trascendencia y vigencia, la traduzca al cine.

Aunque, y hace unos años, gracias al dramaturgo cubano José Milián, luego laureado con el Premio Nacional de Teatro, Virgilio retornaba a la escena y se instauraba como protagonista cuando quien se considera su amigo y discípulo, me refiero a Milián, escribía y estrenaba su obra Si vas a comer, espera por Virgilio, verdadero éxito de la escena cubana, y tributo a aquel cardenense universal que es memoria viva en el imaginario de la cultura insular, de este archipiélago rodeado de agua por todas partes y que él cantó también, muchas veces con ácida ironía en sus versos, relatos y piezas dramáticas, como en aquel extenso poema suyo que tituló La Isla en Peso.

Cuando se habla en nuestra época de transgresión, de irreverencia, de otredad no puede soslayarse la obra de este escritor, una de las más fuertes personalidades de la cultura cubana en el siglo XX, de aquel hombre de pequeña estatura y desbordado talento, sensibilidad e inteligencia que hizo de la palabra la vía de su expresión, para irrumpir sobre la línea infinita del horizonte y cabalgar sobre ella, como su único dueño, así era la fuerza telúrica de aquella voz, la misma que cultivó la poesía, como se evidencia desde la adolescencia del poeta, en aquella antología ahora clásica que, durante su estancia en Cuba, en 1936, hiciera el premio Nobel de Literatura, el español Juan Ramón Jiménez, y en la que apareció uno de los primeros textos virgilianos.

El poeta esencial que fue Virgilio Piñera, tanto desde la lírica como en la dramaturgia, experiencia esta última la más creativa dentro de su prolífica obra literaria y que cuenta con piezas emblemáticas como su Electra Garrigó, fracaso en los días de su estreno en La Habana y luego ícono de la dramaturgia cubana, criollísima e irónica, no exenta de cinismo, versión virgiliana del argumento helénico sobre los Atridas, así como con otro texto antológico que sobresale entre sus piezas, Aire frío.

No olvidemos su participación en los proyectos de las revistas literarias de los años 40 y 50, como Espuela de Plata, Nadie parecía y Orígenes, así como esa labor jamás menor, por ser cuidadosa desde la misma orfebrería de la palabra, que fue su trabajo como traductor del francés al español, tarea que le permitió el sustento en su período argentino, sin que dejemos de mencionar su condición de ensayista.

Y la vertiente de ese magisterio que fue, también, la narrativa virgiliana, tanto en los cuentos, menos conocidos, y en la novela, con títulos tan desgarradores y precursores como La carne de René, entre otras expresiones de aquel duende que pobló por siete décadas la atmósfera de la Isla, y que todavía se muestra, entre burlas y verdades, en los escenarios cubanos, dentro del repertorio de los colectivos teatrales, como un látigo, crítico y lúcido, despoblado de prejuicios y de dogmas, ávido de mostrar sus potencialidades humanas, siempre insatisfecho, como creador al fin, autor de una papelería que está entre los más atesorados testimonios de la Cuba del siglo XX, y que sube a las tablas, desenfadado, iconoclasta, con la capacidad de sorprender a los que habitamos el siglo XXI.