“Blonda, perfume, nube: eso es poesía”<< Cartel de Noel Heriberto Negrón Milián, 1976.
Nuestro universal y cubanísimo José Martí fue un profundo lector desde pequeño. Por ello, aún adolescente, leía en latín y griego, y conocía mucho más que los niños de la época.
Al centro de la que él llamara “La guerra necesaria”, en el hostil New York de los años 89 y 90 del siglo XIX, leía incesantemente, no sólo para ganar dinero por sus colaboraciones con los diarios norteamericanos y latinoamericanos (para algunos de los cuales era ejemplar corresponsal, sino además con el fin de destinarlo a la causa en que había empeñado su existencia desde que viera, en su infancia, un esclavo colgado de un ceibo del monte –tal escribiría en uno de sus magistrales Versos sencillos–, sino también por el hábito y el placer que siempre le reportaron la lectura y los libros.
Por ello, asimismo en sus inigualables páginas de La Edad de Oro, siempre el libro y la lectura tendrían un lugar especial, pues, sabedor de lo necesario que resultaba para formar a los hombres del mañana, en varios de sus cuentos ambos tópicos resultan decisivos.
Por otra parte, en sus lecturas tendría, en consecuencia, un lugar especial la poesía, medio idóneo para su genial expresión que tuvo en la oralidad discursiva, como en la ensayística y el más alto periodismo, cauces insuperables.
De ahí que, en sus incomparables Cuadernos de apuntes, sus reflexiones son sabios apotegmas, mágicos consejos sobre la función de la poeisis que, en tanto conocimiento para los griegos, era para el Maestro presencia, esencia y permanencia en el devenir no sólo suyo, sino de la sensibilidad y la sabiduría de los humanos.
En consecuencia, hoy les traigo a los ciberlectores de Librínsula, varios de los apotegmas que dejara nuestro Martí en torno a la poesía, que, a fin de cuentas, resultan por sí mismos, trozos de poemas, esplendentes versos, gracias al donaire de su idioma, ese que él dominó hasta hacerlos relumbrar con relampagueante brillo inusitado, el que lo convirtió en adalid del movimiento conocido como Modernismo, tal reconociera el propio Rubén Darío, cuando le llamó, en un fortuito encuentro newyorkino, Maestro.
Por tanto, por todo, ahora les muestro algunos de sus proverbiales palabras que, como al poeta y crítico que escribe este comentario, les servirán no sólo para embellecer su lenguaje, sino, asimismo, como una portentosa guía espiritual.
La poesía para José Martí
A la poesía, que es arte, no vale disculparla con que es patriótica o filosófica, sino que ha de resistir como el bronce y vibrar como la porcelana.
Blonda, perfume, nube: eso es poesía.
El contraste sublima; la indignación aquilata; la honradez, que es la forma más modesta de la poesía, que se llama heroísmo en la historia y genio en el arte, allí donde la acorralan o la desconocen.
La emoción en poesía es lo primero, como señal de la pasión que la mueve, y no ha de ser caldeada o de recuerdo, sino sacudimiento del instante, y brisa o terremoto de las entrañas.
La filosofía es el ejercicio de la inteligencia. La poesía es el ejercicio de la imaginación.
El genio poético es como las golondrinas: posa donde hay calor.
Hacen al poeta el sentimiento bello y la bella forma: es poeta, sin duda, el que une en sí las dos.
Hay versos que se hacen en el cerebro: –estos se quiebran sobre el alma: la hieren, pero no la penetran. Hay otros que se hacen en el corazón. De él salen y a él van. Sólo lo que del alma brota en guerra, en elocuencia, en poesía, llega al alma.
La inspiración tiene alas, y en medio de tan rudo trabajo alza el vuelo; y faltando ella, podrá haber versos acabados, pero no poesía.
Lo que ha de hacer el poeta de ahora es aconsejar a los hombres que se quieran bien, y pintar todo lo hermoso del mundo de manera que se vea en los versos como si estuviera pintando con colores, y castigar con la poesía, como con el látigo, a los que quieran quitar a los hombres su libertad, o roben con leyes pícaras el dinero de los pueblos, o quieran que los hombres de su país les obedezcan como ovejas, y les laman la mano como perros.
Lo que se dice no lo ha de decir el pensamiento solo, si no el verso con él; y donde la palabra no sugiera, por su acento y extensión la idea que va en ella, ahí peca el verso.
Las manos de los poetas cierran siempre las heridas que abre la ira de los hombres.
Ni el verso ha de ser llamado a voluntad, como esclavo obligado a servir a toda hora a su señor, sino que ha de andar libre, y reposar descansado en la mente fresca para que cuando llame a él la grande idea o la emoción pujante, se alce robusto, suelto y vigoroso, y no cansado y ruin de tanto andar.
No es poeta el que echa una hormiga a andar, con una pompa de jabón al lomo; ni el que sale de hongo a cantarle al balcón de la Edad Media, con el ramillete de flores de pergamino; ni el desesperado de papel, que porque se ve sin propósito, se lo niega a la naturaleza, ni el que pone en verso la política y la sociología; sino el que de su corazón, listado de sangre como jacinto da luces y aromas; o batiendo en él, sin miedo al golpe, como en parche de pelear, llama a triunfo y a fe al mundo, y mueve a los hombres cielo arriba, por donde va de eco en eco, volando al redoble.
No hay para odiar tiranías como vivir bajo ella. Ni para exacerbar el fuego poético, como morar entre los que carecen de él.
No se hacen versos para que se parezcan a los otros: se hace porque se enciende en el poeta una llama de fulgor espléndido, y enardecido con su color, allá brota en ruinas en tanto que de su alma brota amor.
Para andar entre las multitudes, en cuyos sufrimientos y alegrías quiere hacerse intérprete, el poeta ha de oír todos los suspiros, presenciar todas las agonías, sentir todos los goces, e inspirar en las pasiones comunes de todos. Principalmente es preciso vivir entre los que sufren.
Para ser poeta, a menos de ser poeta del combate, es preciso esperar a que la batalla haya pasado.
La poesía es a la vez obra del bardo y del pueblo que la inspira.
La poesía es como la tierra, que con la nieve que la cubre y con la lava que la quema se fecunda.
La poesía es durable cuando es obra de todos. Tan autores son de ella los que comprenden como los que la hacen.
La poesía es el lenguaje de la belleza; la industria es el lenguaje de la fuerza.
La poesía es lo vago; es más bello lo que de ella se aspira que lo que ella es en sí.
Poesía es poesía, y no olla podrida, ni ensayo de flautas, ni rosario de cuentas azules, ni manta de loca, hecha de ratazos de todas las sedas, cosidos con hilo pesimista, para que vea el mundo que se es persona de moda, que acaba de recibir la novedad de Alemania o de Francia.
La poesía es un dolor: desgarra el pensamiento las entrañas del poeta, como desgarra el hijo las entrañas de la madre.
La poesía no es como ley romana, escrita en piedra, sino como espuma de vino valioso, que rebosa del vaso.
Poesía no es, de seguro, lo que ocurre con el hombre, sino lo heroico y virgíneo de los sentimientos, puesto de modo que vaya sonando y lleve como alas, o lo florido y sutil del alma humana, y la de la tierra, y sus armonías y coloquios, o el concierto de mundos en que el hombre sublimado se anega y resplandece.
La poesía no es el canto débil de la naturaleza plástica; ésta es la poesía de los pueblos esclavos y cobardes.
La poesía no es más que la expresión simbólica de los aspectos bellos de la naturaleza.
La poesía no es más que la forma agradable de la belleza; y el sentimiento de lo bello, vive en el mismo sentimiento, belleza suma.
La poesía, que congrega o disgrega, que fortifica o angustia, que apuntala o derriba las almas, que da o quita a los hombres la fe y el aliento, es más necesaria a los pueblos que la industria misma, pues ésta les proporciona el modo de subsistir, mientras que aquella les da el deseo y la fuerza de la vida.
La poesía unge, y da el poder de ungir.
El poeta es aposento de un ser divino, luminoso y alado, que rompe el pecho del poeta, cada vez que abre en su cárcel las alas.
El poeta es devorado por el fuego que irradia: no hay verso que no sea una mordida de la llama: el resplandor más vivo viene del dolor más bárbaro.
Por grande que sea el poeta, antes de que pueda encontrar los sonidos vigorosos que alientan los corazones, anuncian los grandes sucesos y los inmortalizan, fuerza es que el pueblo goce, bendiga, maldiga, espere y condene. Sin estas condiciones, el poeta es planta tropical en clima frío. No puede florecer.
Que para hacer poesía hermosa, no hay como volver los ojos afuera: a la Naturaleza; y dentro: al alma.
¿Quién es el ignorante que mantiene que la poesía no es indispensable a los pueblos? Hay gentes de tan corta vista mental, que creen que toda la fruta se acaba en la cáscara.
Saber honrar a un poeta, es serlo. Y en la vida, el astro ha de estar al lado del martillo. Los pueblos han de cultivar a la vez el campo y la poesía.
Se hacen versos de la grandeza, pero solo del sentimiento se hace poesía.
Sin emoción se puede ser escultor en verso, o pintor en verso; pero no poeta.
El verso es perla. No han de ser los versos como la rosa centifolia, toda llena de hojas, sino como el jazmín del Malabar, muy cargado de esencia.
El verso ha de ir cantando, saltando, rebotando, como cascada de aguas lujosas sobre las piedras del abismo.
El verso ha de ser como una espada reluciente, que deja a los espectadores la memoria de un guerrero que va camino al cielo, y al envainarla en el Sol, se rompe en alas.
El verso [...] ha de ser hecho de una pieza y de una sola inspiración, porque no es obra de artesano que trabaja a cordel, sino de hombre en cuyo seno anidan cóndores, que ha de aprovechar el aleteo del cóndor.
El verso, hijo de la emoción, ha de ser fino y profundo, como una nota de arpa.
El verso no ha de andar por tierra, como la hormiga, sino por sobre ella, como las aves.
El verso por dondequiera que se quiebre, ha de dar luz y perfume.
Los versos han de ser como la porcelana: sonora y transparente.
Los versos no se han de hacer para decir que se está contento o se está triste, sino para ser útil al mundo, enseñándole que la naturaleza es hermosa, que la vida es un deber, que la muerte no es fea, que nadie debe estar triste ni acobardarse mientras halla libros en las librerías, y luz en el cielo, y amigos, y madres.
Finale
Como habrán advertido los lectores, hay también en estos hondísimos “apuntes” (como él los definiría) un muy valioso vademécum para enfrentarse cada mañana a la en ocasiones dura existencia que, a pesar de todo, o por ello mismo, nos ofrece un reto en cada despertar: para continuar luchando por un mundo mejor y por hacernos nosotros mismos mejores.
Por eso, en fin, quise obsequiarles estos inigualables “apuntes”, que espero disfruten tanto como yo, cuando los “descubrí” en la frondosa papelería del eterno y siempre renovado Maestro, quien, en sus Versos sencillos, incluye estos de maravilla, con los que concluyo este comentario de hoy:
Mi verso al valiente agrada:
Mi verso, breve y sincero,
Es del vigor del acero
Con que se funde la espada.
Mi verso es como un puñal
Que por el puño echa flor:
Mi verso es un surtidor
Que da un agua de coral.
Y estos:
Si ves un monte de espumas,
Es mi verso lo que ves:
Mi verso es un monte, y es
Un abanico de plumas.
O ahora, sí finalmente, estos:
Yo soy un hombre sincero
De donde crece la palma,
Y antes de morirme quiero
Echar mis versos del alma.
Aunque bien podrían cerrar esta breve pero incitadora página con estos:
¡Tengo mis versos que son
Más fuertes que tu puñal!
¿Qué importa que este dolor
Seque el mar, y nuble el cielo?
El verso, dulce consuelo,
Nace alado del dolor.