Año nuevo, vida nueva…

Por Marlene Vázquez Pérez

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Como para dar la razón al viejo adagio que nos sirve de título, hemos empezado el año 2010 con un cambio sustancial en nuestra vida cotidiana, si bien efímero: todos andamos ateridos (algunos adoloridos), vestidos y revestidos, más elegantes que de costumbre, gracias a las bajas temperaturas de este enero invernal.

Pero si algo trae el año nuevo es una suerte de calor humano que se impone al frío, y fortalece la esperanza renovada, el deseo de un futuro mejor. La gente se comunica con más soltura, y eso rebasa a familiares y amigos, hasta los desconocidos se felicitan mutuamente en la calle, tal vez con la secreta intención de que de tanto repetirla, la frase  adquiera valor de conjuro, y la felicidad, esa entelequia inalcanzable a plenitud, se vuelva tangible y cercana.

Tengo la impresión de que ese cambio de actitud que propicia el fin de un año y el inicio del otro, está empezando cada vez más temprano. Es decir, ya no se espera a sobrepasar el 20 o el 22 de diciembre, aproximadamente, para empezar los preparativos de celebración y el consiguiente intercambio de felicitaciones por todas las vías posibles, incluido el e mail, por supuesto.

Creo que el primer mensaje alegórico lo recibí el 12 de diciembre, y me llevé una gran sorpresa, pues hasta cierto punto, estaba ajena al asunto, demasiado inmersa en el trabajo y en las preocupaciones de la vida cotidiana, de tal modo que a veces el calendario se me escurre casi de puntillas. Creció mucho el correo durante esos días, y así supe de gente que quiero y de los que no tenía noticias hacía meses. Otro año se acercaba y se hacía cada vez más presente.

Para el cubano, decir “el año que viene…” es referirse a esos proyectos de futuro, a veces irrealizables, pero que nos ayudan a vivir. No en balde Héctor Quintero los pintó con su agudo sentido del humor en esa pieza clásica del teatro cubano que es Contigo pan y cebolla, en versión para la televisión y la radio titulada con la frase de marras.

Luego, apenas empezado enero, han menudeado otros asuntos en el correo, también relacionados con la fecha y procedentes de las personas más diversas en cuanto a cercanía afectiva conmigo, formación o modo de pensar. Me explico: han sido muy frecuentes en estos días la Letra del Año y el Horóscopo. Claro, es lógico que así sea, pues el replanteo en la conducta, el trazado de nuevas metas, la persecución de nuevos objetivos profesionales, familiares, amorosos, etc., lleva aparejado casi siempre la alternativa esperanzadora, aunque la sepamos engañosa, que nos ofrece lo mágico, lo sobrenatural. Es como si el ser humano (y parafraseo intencionalmente a Don Alejo), “agobiado de penas y de tareas” ya no espere encontrar “su grandeza, su máxima medida, en el Reino de este Mundo”.

Entonces se acude a otros derroteros, en busca de la ansiada utopía. Esta, como diría Galeano en uno de sus poemas más hermosos, está siempre en el horizonte; si caminamos tres pasos, ella se alejará en la misma medida, pero para eso sirve, para caminar.

Claro, hoy los oráculos se han adueñado de las nuevas tecnologías. Ya no se trata del largo peregrinar que llevaba a los antiguos griegos a Delfos, desde cualquier rincón de la Hélade, para conocer su destino. Destino que se les presentaba inexorable, como el de Edipo, que según reza el mito, debía ser el asesino de su padre y el esposo de su madre, lo cual cumplió involuntariamente, tal y como el oráculo se lo predijo a Layo, su progenitor. De nada valió la treta de este para evadir su fatum trágico, al abandonar a su hijo recién nacido, con los pies atados, en un lugar solitario, con la esperanza de que muriera. Lo que estaba escrito se hizo realidad, como cuentan el mito y la tragedia de Sófocles. Ahora abrimos los oráculos cualquier día, basta con que alguien nos lo ponga en la bandeja de entrada, y de nosotros depende, en gran medida, modificar o ser fieles a nuestro destino…

Pero no sólo aparecen augurios a nivel de correspondencia. Tengo una vecina, docta en estas lides y creadora de unos neologismos impresionantes, que cada primero de enero, como quien realiza un performance, pregona frente al edificio lo que viene, tanto bueno como tremebundo, para los 364 días restantes. Este año declaró que los Guerreros seguirán dictando la pauta; que vienen grandes desastres naturales (lamentablemente, la tragedia de Haití, que nos ha consternado a todos, parece ir dándole algo de razón); que hay que protegerse de contagios, evitar la delincuencia y vivir del trabajo de cada uno; que hay que tener muy contento a Elegguá, ponerle dulces y caramelos para que nos abra los caminos…

Llegado a este punto, mi hijo pequeño, que escuchó con mucha atención todo el discurso, le preguntó con la ingenuidad de sus pocos años: “Deysi, ¿qué es un Elegguá?”, y ella, complaciente y dispuesta, le dijo: “Vamos a mi casa y te enseño uno”. Volvió él poco después, con los ojos brillantes de la sorpresa, y contando que el Elegguá de Deysi también estaba de fiesta, pues ella le puso un vasito de ron, un puñado de caramelos y hasta un pedazo de cake de chocolate, para que empezara bien el 2010. Así siguió el día, entre visitas, conversaciones, brindis frecuentes, pero a mi niño le quedaban dos preguntas cruciales por hacernos:

— “Mamá, ¿tú sabes si al Elegguá le gusta el reggaetón?”

Esa, por supuesto, no la he sabido responder, pero prometí averiguarlo.

—“¿Él le abre los caminos a todo el mundo, hasta a los niños que se portan mal?”

Con esta ya me atreví y el dije, aproximadamente, lo siguiente: no se trata de que alguien, sea quien sea, haga las cosas en nuestro lugar. No es posible vivir creyendo que los caminos se abrirán por conjuro mágico, como el famoso “Ábrete sésamo” de Alí Babá en Las mil y una noches. Somos raigalmente cubanos y no es ningún pecado tener un Elegguá, parte consustancial de nuestra cultura, reverenciarlo y atenderlo si eso nos ayuda espiritualmente a vivir y a ser mejores. Lo que cuenta es lo bueno que haga cada uno, por sí y por los demás, en la escuela, en el trabajo, en todas partes. Si entramos al año con deseos de que sea bueno, hay grandes probabilidades de que así sea, pues haremos el esfuerzo por lograrlo.

Por mi parte, prefiero decir, ahora que el año aún es joven, lo que me he dicho muchas veces, en fechas similares, desde que conozco estos versos de Antonio Machado: “Caminante no hay camino /se hace camino al andar”. Aplicar su hermosa sabiduría suele dar muy buen resultado.