Imaginarios: Rolando Escardó, a los 85 años de su natalicio

Rolando Escardó vivió apenas treinta y cinco años (7.3.1925-16.8.1960) y sin embargo caló profundamente en el corazón de la intelectualidad cubana que muy pronto le rindió emotivo homenaje en las publicaciones de entonces. Testimonios e imágenes de esa simpatía ha querido reunir Librínsula como justa contribución a la memoria de este humilde y trágico poeta.

Escardó
Por Nicolás Guillén

<<. Escardó según Posada

Los escogidos mueren jóvenes. ¿Será verdad? No; no es cierto. Goethe murió pasados los ochenta; Hugo también. El hecho de que Bécquer, Martí, Espronceda, nuestro Heredia cayeran temprano, ¿qué significa sino que la muerte no tiene predilección por edades? Ay, duele ver la partida de un sembrador en plena cosecha, o cuando ésta no ha dado aun cuanto ofrecía. Duele mucho más que cuando el genio que parte ya está hecho y su obra no ha de ser tocada (¡ni por él mismo!) como la rosa de Juan Ramón, porque así es ella.

Escardó se marcha mucho antes de la que habría sido su gloriosa plenitud, esa que corresponde a los jóvenes como él, que dan tanta prueba fina de inteligencia, de sensibilidad y poder creador, recién salidos apenas del agraz de su existencia. Con todo ¡cuánto poema delicado no nos deja ahora, como esos que recogió Virgilio Piñera en el número del "Lunes" dedicado a Camagüey!

Aunque por estos poemas le conocía yo y por los de la Antología de Feijóo y algunos más, dispersos en la prensa habanera, nunca vi a Escardó en persona si no casi en las vísperas de su muerte.

Fue una tarde, en Camagüey, con Luis Suardíaz y otros amigos, en el vestíbulo del hotel en que me hospedaba yo. Por primera vez hablóse entonces de un "encuentro" o reunión de poetas en aquella ciudad, en el marco de la campaña para el "avión de la poesía", desatada en abril pasado, cuando estuvieron en Cuba Alberti y María Teresa León. Se acordó el encuentro (idea de los camagüeyanos, labrada exclusivamente por ellos) y es en los trabajos preparatorios para llevarlo a cabo, donde pierde la vida este ardoroso joven, una de las voces bien timbradas de la penúltima poesía cubana.

<< La Habana, Ediciones R, 1961.

Luego de Camagüey, no volví a verle, hasta que le encontré en La Habana, en un bar de artistas, una noche todavía reciente. Yo sentí que alguien me tocaba en el hombro, y al volverme, vi que era Escardó. Me dijo que estaba allí con un puñado de muchachas y muchachos, todos autores de poemas, y que si yo los quería conocer. Fui a donde estaban ellos, me ofrecieron una copa y quedamos en vernos al día siguiente, en "Hoy".

Vino puntual Escardó con sus amigos. Todos trajeron versos, y Alpízar prometió reservar dos páginas del “magazine” de “Hoy” para publicarlos con una presentación que el propio Escardó iba a hacer. La muerte frustró proyecto tan sencillo.

¿Cómo muere Escardó? Había ido a Matanzas, para invitar a Carilda Oliver a la reunión de Camaguey. Se vieron, me ha dicho Carilda, y de Matanzas, Escardó, que andaba en su jeep, con unos amigos, partió hacia Jagüey Grande. No había andado unos minutos de camino, cuando el auto perdió una rueda, lo que produjo la catástrofe. El timón del coche se hundió en el cuerpo del poeta, que finalmente fue a dar sobre los adoquines de la carretera. Murió en el acto.

¿Qué hacer, que decir ahora? Decir que haremos y hacer. El encuentro de Camagüey no se detuvo; los amigos del poeta, el pueblo camagüeyano, lo sostuvieron y llevaron adelante, como si el poeta no se hubiera ido. La campaña nacida en La Habana y a la cual él se adhirió en forma tan limpia, cobra con el ejemplo de su muerte, aun más vida. Me atrevería a proponer, por ello, que al final de nuestros trabajos, cuando el avión de los poetas sea un hecho consumado, y vuele en nuestros cielos, tenga un nombre: Rolando Escardó.

Tomado de: Lunes de Revolución, 31 de octubre de 1960, p.14.

 

Orfismo de Escardó
Por José Lezama Lima

Arañaba, raspaba la poesía, persiguiendo una identidad, una sustancia doblegada sobre sí, como la saliva del gallo. Raspaba las palabras, como la vida lo había raspado a él, pero sin poderle quitar su poesía, su sonrisa. Su alegría soterrada de quien se sabe escogido por una ananke devoradora. Como todo aquello que se sabe fatal, necesario, Escardó mostraba en su trato un metálico pulimento, una seguridad alegre en su estilo para lo cotidiano. Trepado un día sobre un helicóptero, como en las primeras películas del siglo, saludaba al pueblo de Jagüey, como en un veinte de mayo, contento porque se sabía querido a lo cubano. Con palmoteos y amoríos y hermandades. Así, tenía que entrar en la muerte, rodeado de amigos, de la novia bonita, de primos, del agrandado abrazo para su madre al regalarle una cartera con las más transparentes y graciosas estalactitas cubanas.

A Vallejo se lo encontraba en el café crepuscular de fin de año, cuando uno no sabe qué hacer con el frío, y está allí lo bueno que no se esperaba. Suenan el acordeón, la quena, el paño mágico agujereado. He visto a Escardó con el libro de poemas de Vallejo, lleno de abolladuras, de manchas como quien lo ha leído en una travesía muy larga, y el libro le ha servido de almohada japonesa, de bandeja para el café, de pañuelo para el sudor de medianoche. Sutiles metamorfosis del libro incorporado, pedacitos de papel nadando en la sangre. Pero las raspaduras que le propinaba su fatum eran superiores a esa lectura y a todas las lecturas. Como todo miembro de la familia escogida, había sufrido la carencia, la verdadera, la que acrece los bienes misteriosos, los dones de aquel espíritu que sobreabunda. Sus despertares se cumplían a  la sombra de la pirámide de los ecos, de las grutas que se prolongan en ríos subterráneos, hasta llevarnos a las regiones donde el ciervo y los bienaventurados esbozan sus más nobles gestos.

Revés del tragedismo contemporáneo, de ectoplasmática gorguera negra y medianoche existencial, despreciado y abandonado por la realeza del fatum, lo necesario, lo verdadero fatal, se ensañaba con Escardó, que lo resistía sonriente. Conspirador, soldado, pintor, etnógrafo, poeta, resistía, saltando de roca en roca, las embestidas de lo fatal. Aquel desconocido, que engrandeció siempre su sustancia. Contratacando Escardó con soltura de buena sangre, con profundidad criolla de camiseta única puesta a secar en la hoja grande de la malanga. Cuando penetraba en las escalonadas sorpresas de una gruta, debía ya tener la sensación de penetrar en las profundidades órficas, donde el canto unía la inocencia de los trompos y los peleles, de las frutas y de las jarras agujereadas.

Su verso nos da la sensación de algo que se sujeta trágicamente con las dos manos, mientras un rumor mayor parece invadir el amargo sembradío de las cactáceas, como el sombrero aguantado con los dientes por los ganaderos de reses bravas. En ese recinto criollo resonará siempre la ortopedia chillona que acompaña al abuelo, en uno de los poemas que está al principio y al fin de su obra. Sus poemas, casi siempre breves, tienen el escalofrío de lo que asciende por las vértebras, de la punzada lumbar. Parecen dejados, en un bolsín de garganta muy estrecha, por algún explorador anterior. Ahora sabemos que Escardó era el que buscaba y era el explorador anterior.

Amigo mío, dícteles a los malvados, desde las sombras, una conversación no dañada, un verso que se raspa, paradojalmente, como un erizo blando, tierno. Hágalo, se lo suplico humildemente.

Tomado de: Lunes de Revolución, 31 de octubre de 1960, p.15.

 

Adiós
Por Cleva Solís

¡Escardó!
¡Estos cobres pálidos
de la tarde
son las flores de tus ojos extraños que suben con tu difícil entrecejo
y nariz
burlando la oscuridad de la fosa!
¡Tu voz la oigo sonar
limpia de la muerte.
Y es una espiga
de apacible trino lila
que me cubre!

¡Eras un gran mago
y ahora me estás dorando
la yerba tristemente!
Pero recojo
el fuego que despediste,
la zarza roja de tu sangre inmemorial que no se consume cuando me llena de dibujos raros con los cocuyos del jamás!
¡Amigo!

Octubre, 1960.

Tomado de: Revista Islas, Santa Clara, ene-abr, 1961, p. 192.

 

Imagen de Escardó
Por Ambrosio Fornet

<< Dirección de Publicaciones de la  Universidad Central de las Villas, Santa Clara, 1961.

Ahora que Escardó ha nacido definitivamente, descubro que para mí será siempre ese que llena la noche en que lo conocí, comprimido en un puñado de horas con la fijeza punzante de una palabra injusta –ahí; sin apelación, irremisiblemente, sin remedio. Sin embargo, aunque la muerte me lo redujo a unas pocas horas, ésas se las he arrebatado íntegras.

De las que precedieron a nuestro primer encuentro sólo recuerdo el ocre de un enorme edificio, un ciego pregonando billetes de lotería contra el sol y un muchacho tratando de meter un pan de caracas por la ventanilla del ómnibus... Después, no sé: empezó a llover, cesó la lluvia, yo preguntaba en el "Bar Correo" –los bigotes nietzscheanos del camarero que no sabía y el sol reverberando en la calle mojada– y luego un jeep dando barquinazos rumbo a una casa campestre (tampoco sabían), máscaras de escayola, presentaciones delirantes, de nuevo el "Correo" –caras que hoy sólo son gestos de color cerveza– y de pronto la noche y alguien que pega un salto y, acodado al mostrador, él: Escardó. Si no ignorara sus creencias religiosas, diría para empezar que era la imagen viva del Marqués de Brademin: un tipo feo, católico y sentimental.

Cuando me preguntó si yo conocía el Apocalipsis –fue lo primero que me preguntó– pensé que estaba sometiéndome a una prueba. Pero me equivocaba: simplemente, en algún momento, no sé cuánto tiempo atrás, se había reconciliado consigo mismo, con la vida, y podía permitirse el raro privilegio de ser exactamente el que era. Recuerdo que más tarde, cuando quise explicármelo, me dije: “¡Qué tipo este Escardó!” –y no intenté nuevas explicaciones. Ahora sé que no era posible, decir más: uno va habituándose a juzgar la mistificación y lo sinuoso y, de pronto, se encuentra con la pureza y ve que se ha quedado sin definiciones: y siente una especie de desconcierto, algo parecido al aire fresco y la alegría.

En su habitación, entre papeles y piedras de una edad insultante que se alineaban en una vitrina, me leyó sus poemas. Yo me sentía casi avergonzado, como si tuviera que decir una palabra de aliento y supiera de antemano que no iba a encontrarla. Allí supe que a una edad en que otros apenas han comenzado a edificar metáforas con dolores imaginarios, él ya había mordido el hueso de la soledad, del desamparo y de ese sufrimiento sin voluptuosidad que es el hambre a secas. Iba leyendo como quien se confiesa. Todo él estaba allí: el hambre, y la soledad, y esa inocencia desconcertante que él no se conocía. Eran versos que hablaban de él extrañamente, del Rolando por quién él daba testimonio, de alguien que había sobrevivido al sufrimiento y a quién él, en cierta forma, compadecía y amaba.

Probablemente el pecado original no le dejó al hombre la marca de la culpa tan honradamente como la de la frustración; es posible que a lo que se condenara a este Sísifo Adán fuera a una búsqueda desesperada e inútil del paraíso, de cualquier paraíso. Y no sé por qué pienso que, quizás por un excepcional milagro del sufrimiento y la inocencia, Escardó había reencontrado el suyo allí, en el rostro de Rolando, en el fondo de unos poemas que lo absolvían de fabricarse nuevos paraísos, en alguna parte de sí mismo donde, de algún modo, había muerto la muerte.

Pero temo que éstas pudieran ser meras figuraciones. Lo cierto es que hace apenas tres semanas –habían pasado varios años– vino hacía mí y me dio un abrazo tan abrazo que sentí una gozosa sensación de permanencia, supe que el rostro de Rolando continuaba allí, intacto. Ahora no sabría decir si esta no es también una trampa de la memoria; porque lo que sí está incrustado brutalmente en los hechos es que nos encontramos nuevamente y que, como ambos andábamos con prisa, quedamos de volver a vernos otro día. Pero no lo vi más.

Tomado de: Lunes de Revolución, 31 de octubre de 1960, p.14

 

Fragmento de un prólogo (1)
Por Virgilio Piñera

La vida de Escardó fue corta. Nació en 1925. Falleció en 1960. Unos treinta y cinco años. De esa misma edad muere Rubén Martínez Villena. Y antes Casal a los treinta y tres. He aquí un desarrollo poético bruscamente interrumpido.

El caso de Escardó resulta más patético que el de Villena y Casal. Autor de un solo libro, no tuvo siquiera esa reparación personal que consiste en verse editado. Comprobaba, con creciente espanto, cómo los años se añadían a los años dejando muy atrás el presente libro de poemas. Digámoslo de una vez: Escardó luchaba a brazo partido con el hambre. Días y noches pasaban en la búsqueda ansiosa del bocado de comida. En este trabajo de Sísifo la gama es muy extensa: humillación de pedir, recurso desesperado de matar, planes de defensa, astucias, largas caminatas, esperas interminables; en fin, toda la ciencia táctica requerida por un estratega. Pero hay más: la necesidad de calmar el hambre se hace tan obsesiva que aquel que la sufre cae en falsos razonamientos. Por ejemplo, piensa que un amigo podrá prestarle unos pesos. Para ello deberá caminar, digamos, dos kilómetros. Por otra parte, hace años que no se ve con este amigo. ¿Cómo lo acogerá? Puede que fríamente –piensa– pero al mismo tiempo recuerda los buenos ratos pasados en su compañía, que, por cierto, él no habrá olvidado. Eso es, se mostrará encantado con su reaparición, se conmoverá con el relato de sus penurias y terminará dándole esos pesos. ¡Pues a buscarlos! Pero al momento se plantea el aspecto negativo: ¿Y si el amigo no está en la casa? ¿Y si se encuentra pero se niega a recibirlo? ¿Y si lo recibe pero se niega a socorrerlo? En este punto sus razonamientos se han hecho tan helados y terminantes como su misma hambre. Sin embargo esta necesidad biológica es tan imperiosa que termina por desecharlos: contra la posibilidad de que el amigo se niegue se levanta su falso razonamiento de que lo espera ansiosamente para socorrerlo; a la muy probable indiferencia de los años de mutua separación opone el cariño de la antigua amistad. He aquí al hombre obligado a devorar sus pensamientos. El hambre no perdona.

Hay expresiones acuñadas que resumen grandes luchas de la humanidad. Verbigracia: Las Guerras de Religión, Los Grandes Descubrimientos, Las Conquistas de la Ciencia, La Lucha por el Poder, etc. Sería oportuno incluir el Hambre en esta vasta agenda de la Historia. Se diría: La Batalla del Hambre. Allí quedarían inscritas todas sus manifestaciones, desde las faminas colosales hasta la menesterosidad localizada en el ciudadano de una urbe cualquiera. Este, a semejanza de los grandes constructores que acabo de mencionar, es también un héroe. Sin embargo, un héroe que defiende una causa perdida. Cierto que es de naturaleza heroica y es conjuntamente un constructor, pero sólo de su propio fantasma; será el acumulador de su propia hambre. ¿Y su obra? ¿No sale acaso de su vida? De acuerdo, pero una cosa es Rolando Escardó poeta y otra Rolando Escardó el hombre-en-el-mundo. Un hombre anulado, perdido, víctima de deplorables condiciones sociales y económicas; un paria en medio de riquezas, una especie de hombre primitivo en medio de los dones de la civilización. Este antagonismo entre el hombre y su medio, entre el desamparo total y los resortes de la explotación se manifiesta por una postura evasiva del primero ante el segundo. Si surge un líder –como es el caso de Fidel Castro, que se erige en portavoz y bandera de la clase oprimida– entonces tenemos una Revolución. Los hombres-fantasmas han vuelto a su condición de seres humanos.

Resulta doloroso comprobar que Escardó fue ese fantasma y ese paria por más de treinta años. Recuerdo habérmelo encontrado en vísperas de un viaje a Méjico (enero de 1958). Fue en los ensayos de mi pieza La boda. Lo acompañaba Luis Marré, que se me acercó para decirme: "Virgilio, préstame un peso, Rolando está muerto de hambre, tiene mareos, hace días que no come". Vi entonces a Escardó –fantasma ambulante– que apretaba unos libros bajo el brazo. Con esa cordialidad tan de él me ofreció uno. "Es la Antología de poetas camagüeyanos" –me dijo. Si alcanzo a cubrir los gastos de impresión con el resto de la venta editaré mi libro de poemas. Acto seguido, como si un desaliento avasallador lo hubiera reducido a cero, añadió: "¡Pero qué rayos voy a editar si me estoy comiendo, peso a peso, capital e intereses". Sobrevino un silencio penoso en el cual pasamos revista, él y yo, a nuestras hambres respectivas. Entonces Escardó, poniéndome una mano en el hombro, me dijo: "Qué quieres, hermano, es así, seguirá siendo así. Es nuestro Karma".

<< Dirección de Literatura, Camagüey, 1969.

Sabemos las poderosas incitaciones que todo ocultismo tiene para un poeta. Rimbaud se interesaba en el orientalismo, es decir se interesaba no como un estudioso sino como un poeta. Se ha demostrado hasta la saciedad lo poco serio de sus pretendidos estudios en esta materia. Con Escardó pasaba poco más o menos lo mismo. Escuchar sus disertaciones sobre la vida kármica era escuchar palabras confusas, que reflejaban lecturas poco serias, ideas mal asimiladas. No importa, él se embriagaba con ellas; en pleno siglo XX, en una isla del continente americano un poeta tenía sus "paraísos artificiales".

De cualquier manera este "Karma según Escardó", este Karma pintoresco desempeña en su vida una función protectora. Corregía, por una parte, su natural predisposición a los grandes planes que solemos hacer frente al impasse económico que afrontamos; por otra parte hacía de este Karma una suerte de Deniurgo a quien, en última instancia, volvemos responsable de nuestro destino. No tengo la pretensión de intentar un estudio acabado de la personalidad de Escardó; en cambio, apuntaré que su naturaleza arrebatada se movía en dos planos: las grandes euforias, los grandes desalientos. Sus amigos saben de sus "grandes cóleras" con motivo de una discusión literaria y saben también cuan pronto se disipaban. He visto a Escardó bajar del jeep en que viajábamos para apostrofar a un taxista que estuvo a punto de atropellarnos. Ya daba por seguro que se irían a las manos cuando escuché la risa cordial de Rolando y su inevitable "hermano". Eso era él: una tempestad en un vaso de agua. Se daban en Escardó los componentes de un gran poeta: arrebato, caos organizado, grandes contradicciones y esa inevitable pizca de la mixtificación bien entendida. El género de vida que le tocó llevar contribuyó en gran medida a intensificar esos dones: vida hecha de expedientes, de andar de la ceca a la meca, de un gasto de energías fabulo­so para sólo obtener unas monedas, y la constante interrogación: "¿es posible que muera de inanición en plena vida civilizada?

En carta a Luis Marré, Escardó, sin proponérselo, dejó un documento de primera mano. Escribió estas palabras reveladoras:

Las direcciones que te doy más abajo corresponden a los sitios en que las circunstancias de la vida me hicieron dejarlas. La mayoría se compone de apuntes, poemas, prosas, notas para distintos trabajos que nunca terminé, y, sobre todo, mucho "renglón suelto"; por lo demás, llavines, lápices, pinturas (pomos), libretas que debes registrar, correspondencia particular y otras menudencias.

No sé qué va a pasarme para que yo te encomiende la custodia de mis cosas; tampoco espero que nada me suceda. Creo que el futuro ha de serme más favorable, pues aunque vientos malos soplan, tengo que levantar todavía algunas paredes a mi templo antes de terminar, lo de ahora. No sé cuándo pueda volver a nuestra patria, de la que salgo como un forajido huyendo de su propia casa.

En Campanario número 60 en la casa de Huéspedes de la señora. (2) Allí hay una maleta y un cartucho de asa con algunas cosas sueltas y ropa de uso. En Blanco 8, lugar que tú conoces, le preguntas a Enrique. Allí hay una caja de cartón, con muchos papeles, algunos libros y revistas, dibujos y papeles en proceso, de cosas que no terminé. También hay un bastidor camero con sus cuatro patas (ése es de Ana), una colchoneta y una almohada. Con esto puedes hacer lo que quieras. Lo demás está en casa de Haskell. Papeles y más papeles, la mayoría de ellos sin valor alguno. De las otras cosas, tú sabes, son las que tenía Fayad y que creo ya están perdidas. Estas son todas las cosas que tengo dispersas”.

Esta carta compendia la vida de Escardó (también de otros muchos cubanos). Un mes antes de su muerte se puso a contarla con lujo de detalles. La conversación tuvo lugar en mi casa; estaban presentes José Triana, Luis Suardíaz y Mario Pérez. Escardó, que de suyo era expansivo, se mostró en esa ocasión particularmente explícito. Habló sin parar durante dos horas. Contaba atrocidades (es decir, atrocidades sufridas por él) con esa misma voz, gestos e hilaridad del cazador que habiendo estado en peligro de muerte, cuenta, ya en la ciudad, su encuentro con las fieras. Lo iba poniendo todo sobre el tapete como si le faltara tiempo para decirlo: su vida de niño en Camagüey, la cárcel que padeció porque le resultaba intolerable el servicio militar obligatorio, sus primeros pasos en la vida literaria habanera,  las gentes que se vio obligado a frecuentar, sus días y noches interminables en esos cuartos sórdidos de las casas de huéspedes, cuartos que, como el de la Plaza del Vapor, dan origen a Poemas en la Plaza del Vapor. Allí, en ese macizo y sombrío edificio de la época colonial Escardó vivió un tiempo. Esta Bastilla de la miseria cubana ha sido arrasada por el actual Gobierno Revolucionario. Fue, repito, un símbolo patético de todo cuanto la explotación perpetra, como un crimen sin sangre pero con tanta muerte como un asesinato. Pues allí vivió y padeció; poeta como era por los cuatro costados sacó belleza de aquella roña: Es necesario ser como el marinero / con la flor de los vientos / y estar confiado por el mar / como yo por la Plaza del Vapor. Pero junto a los días poéticos estaban todos esos días aciagos. "En una ocasión, nos dijo Rolando, el cuarto que compartía con Fayad cogió candela; cuadros, ropa, todo se quemó, y como no teníamos donde refugiarnos le arrancamos el techo a una carretilla y nos hicimos un cuarto provisional”. Y cuando pensábamos que el ostracismo social había alcanzado su punto alto con esta anécdota, él se puso a contarnos, acompañando su relato con grandes risas, el episodio de sus "cocinados” a las doce de la noche: "La cocina de la Encargada quedaba junto a nuestra habitación. Esperábamos a que ella durmiera, y entonces, en gran silencio y a oscuras, metíamos la mano por una abertura practicada en la pared, cogíamos un sartén y una cazuela, hacíamos la comida, lavábamos esos cacharros y vuelta a ponerlos en su sitio".

Cuesta creer que en La Habana, atestada de toda clase de alimentos, dos ciudadanos honrados, dos hombres jóvenes tengan que recurrir, como si se tratara de salteadores de caminos, a la nocturnidad y a la efracción. Resulta anacrónico pensarlo, "pero esto es puro cuadro parisiense de Balzac o el eco redoblado de las miserias londinenses pintadas por Dickens. Sin embargo, la atroz realidad tenía lugar en La Habana de 1950, y esa realidad significaba, nada menos, que el agotamiento físico y moral de su juventud más prometedora.

Así le hicieron hacer su vida. Pero ¿quiénes? He aquí la broma pesada. Escardó no podía presentarse ante un juez para acusar a determinada persona. —Muero día a día –diría a ese juez, que lo tomaría por loco–, casi vivo de la caridad pública. ¿Quieres saberlo todo? De noche saco a la Encargada del cuarto en que vivo, sus cazuelas para hacerme un mal guiso; mi cama es un bastidor de cuatro patas lleno de chinches; vea mi camisa rota, mis pantalones con remiendos, mis zapatos con agujeros... Señor Juez, dígame, por favor, ¿quién se empeña en matarme de hambre? Ese magistrado lo miraría con asombro; de estar en vena ese día, se sonreiría: —Mire joven, si no me dice el nombre de la persona que, según usted lo mata de hambre, me temo que nada podremos hacer.

Sin embargo, el acusado existía. Era nada menos que el Estado cubano, encarnado en el presidente de turno, en el Cuerpo Legislativo, en el Ayuntamiento con sus Ediles y en los Cuerpos de Seguridad. Mas ¿cómo querellarse contra los Poderes Constituidos? Ciertas abstracciones son invisibles e intangibles. Infortunado quien tenga que afrontarlas. Se estrellará contra el muro de la impunidad.

Para que la vida mostrara aún más ese aspecto subterráneo y tenebroso, Escardó era un apasionado de la Espeleología. No pretendo reducir la afición de Escardó a un mero esquema: era espeleólogo por desesperación. En condiciones normales también lo habría sido, pero bajo aquellas que le tocó vivir, ese deporte era, también, una evasión desde la superficie (que todo se lo negaba) hacia el centro de la tierra. Me hablaba de la gran paz que lo invadía en una caverna; y se comprende, todo ese mundo mineral se asociaba en su mente al Karma. Los desprendimientos geológicos, las estratificaciones, los ríos subterráneos, en una palabra, esa naturaleza enfriada, venía a ser la transposición de su existencia retenida de la superficie. Tanto es así que en su poema El Valle de los. Gigantes (una de las muchas variaciones de la sensación de asfixia metafísica causada por la miseria en que vivió), Escardó, realizando una síntesis admirable presenta el mundo de la superficie a través del mundo del subsuelo:

En esta profunda cavidad, sin mapa, estoy perdido
(¿Desde cuándo se pierde lo perdido?)
Hundido entre estatua de cristal,
tocando la bóveda del alma:
elictitas de vueltas y arcos espaciales,
esponjas y pilares,
gotas de espanto, rocas.
Exploro el interior. Atisbo, palpo, pregunto:
¿qué estoy haciendo Dios, qué busco en la caverna:

Salta a la vista el carácter coloquial de su poesía. No es que no haya imágenes atrevidas, palabras poco usadas y hasta técnicas (elictitias, freático, dúada, triada, etc.). Son tan sólo el residuo obligado de sus lecturas (ocultismo, divulgación científica, etc.) sin que ello quiera decir en modo alguno que fueron puestas arbitrariamente en sus poemas. Salvo, repito, esos momentos, su modus operandi es totalmente conversacional. No por azar Escardó andaba con los bolsillos llenos de papeles, donde escribía, en cualquier lugar y a cualquier hora, lo primero (se entiende poéticamente) que se le ocurría. El actual libro es el resultado de cientos de poemas, de apuntes, de proyectos que fue haciendo tan dispersamente en apariencia como dispersa en sentido recto era su propia vida. Por eso digo que su poesía es de “primer agua". Imposible para él escribir "a la moda poética del día" o estar "á la page". Si en el plano de lo cotidiano su vida marcaba un sensible descompás, si esta vida se hacía "a salto de mata", ¿cómo entonces ser poeta de gabinete y encerrarse en la torre de marfil? Ya que la sociedad en que se movía le negaba, la sal y el agua, le era cuestión de vida o muerte protestar ante tamaña injusticia. Pero protestar conversando, poéticamente, con ella misma. Decir cosas que le pasaban –esas atrocidades– del modo más simple, sin apoyarse en los textos, sin recurrir a golpes de efecto, dejando de lado cualquier tipo de juego verbal. Tenía que estar muy alerta, no dejar escapar el momento poético que se correspondería con el momento vital que lo originaba. Podía, no es menos cierto, mejorar una estrofa, sustituir alguna que otra palabra, pero en cuanto al poema en sí, en lo que respecta su contenido, ahí estaba, hecho de una sola pieza.

<< Dibujo de Jorge Rigol

¿Cómo clasificar (si de ello se trata) a Escardó? Sin lugar a dudas, es un caso insólito en la poesía cubana. No sale de poetas anteriores a él; mucho menos se parece a sus contemporáneos. Cierto, es como Casal, un poeta de la ciudad pero con la diferencia sensible del dandysmo por parte de Casal, del antidandysmo por parte de Escardó. Se entenderá que la afirmación "poeta de la ciudad" no quiere decir en modo alguno el cantor de la ciudad sino el hombre que pura y simplemente la habita. Como este hombre, según he dicho, es el sujeto de sus poemas, la ciudad estará implícita en dicho sujeto. En el caso de Escardó tiene un papel capital: es, nada menos, que la envoltura letal que lo contiene; en ella se asfixia y en su ámbito debe inscribir su poesía.

La ciudad según Escardó... Es decir, no la ciudad pintoresca, la ciudad frecuentada por los turistas; aquí no se ven los edificios, los paseos están borrados, desdibujadas las calles. Es, por el contrario, la ciudad-cárcel. Leyendo cualquiera de estos poemas uno siente el encierro, la comprensión, lo rarificado. Por primera vez se nos ofrecía una Habana en donde el sol enfriado, hielo el calor, y el ruido sordera. Estábamos acostumbrados a muy bellos logros poéticos sobre el paisaje cubano –tanto rural como urbano– sólo que este paisaje había sido captado a través de los sentidos. Las .cosas podían tocarse, el aire era respirable, la vegetación plena de verdor y frescura; en una palabra, paisaje muy distante de la cristalización. Es preciso llegar a Martínez Villena para que la ciudad se vea un poco más; del paisaje, que es periferia se ha pasado a la ciudad misma, la que ahora, localizada, empieza a dejar ver sus entrañas. Recordemos Sinfonía Urbana y Andante Meridiano:

Una incipiente lumbre se expande en el oriente;
uno tras otro, mueren los públicos fanales...
Ya la ciudad despierta, con un rumor creciente
que estalla en un estruendo de ritmos desiguales.

Solemnidad profunda, rara melancolía.
La Capital se baña de lumbre meridiana,
y un rumor de colmena colosal se diría
que flota en la fecunda serenidad urbana.

Es decir, de la ciudad vista en una litografía colgada de la pared se ha pasado a la ciudad en movimiento, lo cual significa que hay la vida humana en juego dentro de ella. Si avanzamos un poco más en el tiempo vamos a encontrarnos con un poema de Lezama Pensamientos en La Habana. El titulo mismo indica cómo ha evolucionado la concepción de la ciudad: no se la describe, se la medita. Inútil sería consultar la guía del viajero, preguntar al transeúnte, doblar a la derecha o torcer por la izquierda. No es el caso orientarse; se trata, por el contrario, de perderse en los pensamientos de la multitud que la habita:

Porque habito un susurro como un velamen,
una tierra donde el hielo es una reminiscencia,
el fuego no puede izar un pájaro
y quemarlo en una conversación de estilo calmo.
Aunque ese estilo no me dicte un sollozo
y un brinco tenue me deje vivir malhumorado,
no he de reconocer la inútil marcha
de una máscara flotando donde yo no pueda,
donde yo no pueda transportar el picapedrero o el picaporte
a los museos donde se empapelan los asesinatos.

Sin duda se ha dado un paso. Queda bien sentado, por ejemplo, que en La Habana no es posible "una conversación de estilo calmo"; la sangre bulle en las venas, el sol raja las piedras, los sentidos se exasperan, sobrevienen los gritos y parecería que la tensión haría estallar a la ciudad en mil pedazos. Mas a pesar de este hallazgo sigue siendo la ciudad el centro del poema; todavía no ha sido localizada en una sola existencia, aún no ha sido absorbida, chupada por uno cualquiera de sus moradores. Es preciso llegar a Escardó para obtener tal injerto monstruoso. La nueva fisonomía está dada por los efectos letales que la ciudad va produciendo en él: "difusas nubes", "tubos de negrura", "polvo perenne", "golpes sordos", "sabores, de náuseas", "tentación de espacio", "oscura cavidad", "insultos del aire", "temores del cielo", "pared de fría consistencia", "la pared donde se clava el diente de la nada", "puertas clausuradas", "compacto clamor de la ciudad", "aire estúpido", "días chocando en el rostro", "espacio habitado como un lazo", "locura fluvial", "encierro de carnes y de huesos"...

El lector concluirá, con sobrado fundamento, que estos poemas ofrecen una visión pesimista. Sin embargo, habrá que tomar tal pesimismo con ciertas reservas. Escardó no había perdido la fe en los hombres; que muchos de entre ellos hubieran olvidado toda noción de humanidad, no significaba para él que todo estaba perdido. A pesar de la vida que le dieron, sería imposible encontrar en su poesía la sombra de un resentimiento. ¿Se puede hablar de resentimiento ante esta confesión de bondad?

En santa paz quedo.
Ni me deben
ni debo
que esto es así
siempre para estar corriendo. (3)

Escardó, que luchó por el triunfo revolucionario, apenas sí lo disfrutó, y lo que tiene mayor importancia: la muerte no le dio tiempo para encarar la nueva vida cubana con una apertura poética diametralmente opuesta a la de sus años aciagos. Pero como la muerte no admite conjeturas dejemos en este punto a Escardó. Ya es bastante el Libro de Rolando, uno de los más logrados y humanos de nuestra poesía. Es su protesta, y es, también, su justificación.

Notas

(1) Puede leerse de forma íntegra en El Libro de Rolando, Ediciones R, La Habana, 1961 (N. del editor)
(2) No dice el nombre.
(3) La mudanza.

Tomado de: Lunes de Revolución, 25 de septiembre de 1961, pp. 7-8.

 

La poesía de Escardó
Por Antón Arrufat

De los poetas de su generación, Escardó constituye un caso aislado y peculiar. Su obra no está gravitando sobre las palabras, sino sobre el objeto poético, si puede decirse así. Habla de cosas que son poéticas en sí mismas y no requieren las bellas palabras tradicionales. No las busca; tampoco trata de construir un poema coherente y ordenado de principio a fin, sino, por el contrario, emplea las palabras de todos los días, pobres y vulgares, y sus poemas están como interrumpidos, sin concluir. En una carta a Samuel Féijóo, señala: "Samuel, tengo un montón de cosas; desde luego, no con esa calidad decidida de tus cosas, pero sí con esa soltura que me ha hecho concebir una serie de prosas y poemas  encaminados por esos vericuetos del mundo. Escrito así, como se ha recibido, como uno ha sentido el escozor de cada minuto". Quiero destacar esa "calidad decidida", es decir, propósito literario, voluntad, elaboración, que Escardó contrapone a la palabra "soltura". Escardó andaba siempre con los bolsillos llenos de papeles y en cualquier momento, en "el escozor de cada minuto", escribía. Una vez, en febrero de 1959, lo encontré sentado en un banco del  Parque Central,  escribiendo el poema Pensando que luego incluyó en Libro de Rolando. Su obra nos hace la misma impresión que su vida: abierta, sin forma, como esperando algo imprevisto. En Muerte lo vemos sentado a la mesa de un café, que no es otro que el Café Antilla, esperando a un amigo para pedirle un peso prestado y comer algo esa noche. El tiempo pasa, implacable; cada momento el hambre es mayor; el amigo al parecer no vendrá, y el poeta, abanderado, se hunde en esa niebla donde el mundo pierde realidad y se convierte en una pesadilla grotesca, mientras las manos se alejan, se cierran todas las puertas, el reloj marca las tres de la madrugada, y de repente, el poema termina, como casi todos sus poemas, con una interrogación angustiosa: "¿Vendrá el amigo o la muerte?" Escardó no tenía oficio alguno, el modo de ganarse la vida todos los días; su familia era pobre, sin recursos y él sostenía económicamente a su madre.

Fue vendedor de una revista en Camagüey y agente de seguros en La Habana. Eran puestos humildes, provisionales. Como K, en El Castillo, Escardó no tenía ubicación en la sociedad. Formaba parte de esa inmensa masa de cubanos sin empleo, sin oficio, desclasados, que vagaban por las ciudades sin nada que hacer. En su poema Delirios, encontramos la expresión de su angustia vital:

¿Dónde puede buscarse el cuerpo
un ejercicio.
alguna forma de vivir
en fin
de existir como tanta cosa?
¿Y qué lugar para aprender oficio
una tarea de ganar el pan como tantos?
Quisiera estar un día con lo que no me dieron
y cantar y reír por sólo un día...

Su obra fue el testimonio de su vida, pero fue una obra poética. Es decir, Escardó supo alejarla, transformarla en poesía. En uno de sus papeles íntimos encontramos, escrito con una lucidez y precisión admirables, su definición del artista: “Artista y arte son dos elementos completamente opuestos entre sí, vinculados únicamente por una necesidad producto de una circunstancia causal del espacio. El artista, dimana del hombre; el arte es motivado por la conciencia superior del artista, no del hombre. Ahora bien, el arte en sí no representa la visible personalidad del hombre, sino del artista, quien a su vez, desdoblado en el anhelo interior, despersonaliza su personalidad de hombre, para convertir su actitud en arte, la que se desprende permaneciendo, distante y fija, en el espacio".

Quisiera poner un ejemplo. No es necesario destacar los poemas donde Escardó habla de su vida miserable, y cómo su talento supo profundizar, "despersonalizar su personalidad de hombre", hasta conseguir una creación artística. Muchos hombres, la mayoría, han pasado hambre, pero no todos han escrito el Libro de Rolando. Lo que nos interesa, en este caso, es demostrar, cómo un artista destruye la relación obvia entre las cosas e impone relaciones singulares. Escardó era aficionado a la arqueología y la espeleología. A él se debe el descubrimiento de la primera pictografía hallada en territorio insular. Escardó me leyó una vez, en el muro del Malecón, su poema El Valle de los Gigantes. Un día, después de hacer un descendimiento a una cueva, se quedó solo, sin comunicación con el exterior. De aquella impresión escribió el poema. Ese poema no es solamente una descripción de un hombre que se encuentra momentáneamente perdido en una caverna, solo, sin ayuda, sino que es la metáfora que Escardó descubre para iluminar toda su vida y que destruye las relaciones normales entre un hombre perdido en una caverna y las elictitas, arcos y pilares.

Escardó resecó sus versos, suprimió todo lo cantarino y melodioso. Su poesía nos impresiona por otra cosa, nos cuenta algo distinto, a pesar de su aparente pobreza. En su obra, como dice él mismo en una carta, "las cosas más absurdas y vulgares toman vida y se proclaman". Ignoro si Escardó trabajó conscientemente estas diferencias. Leyendo algunas de sus cartas encuentro la afirmación de que la poesía no se hace jugando. El único libro que dejó preparado para la imprenta, Libro de Rolando, lo menciona ya desde 1956 y parece que lo trabajó seriamente. Está dividido en diferentes partes, y cada poema contribuye ordenadamente a crear lo que podríamos llamar la concepción poética que Escardó tenía de la vida. El libro no lo entregó hasta 1960.

Sé que la lectura de la poesía de César Vallejo y la de su amigo Fayad Jamís lo impresionó profundamente. Sin embargo, su poesía continuó, a pesar suyo, inalterable; Escardó no asimilaba fácilmente la obra de otros poetas. Tenía una rara incapacidad para imitar. Recuerdo que cuando nos poníamos a bromear sobre algún poeta imitando su estilo con versos disparatados, él no lograba entrar en el juego. Era, como afirma Confucio, un hombre que no podía saltar más allá de su sombra.

La influencia de Vallejo en Escardó, que muchas veces se ha señalado, es más bien, me atrevo a afirmarlo, superficial. Escardó no tenía la cultura de Vallejo, ni pudo comprender lo que éste se propuso hacer con la forma poética. Más bien, encontró en él temas similares y una vida afín, en penurias y hambre. Toda influencia implica una selección. Cuando alguien influye sobre otro es porque ya se estaba predispuesto de antemano. Espíritus distintos no logran influirse nunca, Escardó encontró en Vallejo el tema de la familia, por ejemplo. La vida familiar de Escardó no se deslizó sobre ruedas. Los poemas incluidos en La Casa, como Familiaridades y Cerco, presentan a la familia como algo opresivo, exigente y tiránico. Su modo era menos sutil, indudablemente, más primitivo. En eso estaba su fuerza, y también su debilidad. Sus posibilidades de fallar en un poema eran mucho mayores. Su obra es más vulnerable. Escardó podía sorprendernos con una cita de un libro de magia, con una sentencia de Paracelso o el análisis de Orlando, pero así simplemente, sin que eso fuera la manifestación de una cultura asimilada y coherente. En La Tarima, por ejemplo, se revelo el influjo del Apocalipsis. (Este es uno de sus poemas más bellos y misteriosos). Cuando conocí a Rolando, en 1954, llevaba .siempre consigo una edición en pequeño del Apocalipsis: de vez en cuando citaba algo en la conversación. En Iniciación encontramos el conocimiento del ceremonial de los masones.

Pero a Escardó le interesaba más que nada su vida, encontrarle una justificación y un sentido. Su vida fue intensa. Escardó no sólo pasó miseria, padeció necesidades y humillaciones, estuvo en la cárcel, en la resistencia contra la tiranía y el exilio sino que lo vivió todo descarnadamente con violencia. Nunca ocultó su vida bajo un manto de pureza. Ni siquiera se lo propuso y despreciaba, profundamente, las vidas falseadas. La suya la contó a sus amigos y la escribió. Dejó muchos papeles íntimos y una novela autobiográfica, Trotamundos. No disimuló ni fue hipócrita. La publicación de esos papeles lo demostrará. Creo que Manuel Sanguily señaló, ya en el siglo pasado, que nuestra literatura estaba regida por una implacable hipocresía. La obra parece nacer del aire, andar volando por ahí como un homúnculo. No sentimos el pulso de la sangre del autor. La obra de Escardó, por tanto, cobra el valor de lo auténtico, y de lo que se ha aprendido a decir con palabras que perturban la conciencia del lector. No se acordó de los modelos, no quiso ganar autoridad literaria protegido detrás de las citas autorizadas. Muchos de sus versos son tan poco poéticos que aterrorizan. No se preocupó por ser el poeta de la cultura en un país sin cultura, donde todo está por hacer y expresar, sino que hizo cultura él mismo, sin pretensiones, humildemente. El lo sabía, conocía su misión y trabajó para cumplirla. En esa comprensión de su destino estuvo su eficacia y originalidad.

Creo que Isla fue el último poema que escribió. La vida de Escardó, su obra, es el reflejo de un largo y penoso proceso de purificación. De la desesperanza absoluta, la impotencia, a la fe en los valores humanos. En Isla se resume todo el proceso. Escardó volvió a creer en que el hombre era capaz de hacer algo bueno, valioso y justo. Luchó por el triunfo de la Revolución. Y en él la lucha era más importante y decisiva porque Escardó ya no podía ilusionarse fácilmente, “Lo que importa es la Revolución / lo demás son palabras del trasfondo”, escribió.

Tomado de: Lunes de Revolución, 25 de septiembre de 1961, p. 9.

Rolando Escardó
Por Cintio Vitier

Una piedra, una gorra,
un puñado de versos como conchas rotas,
es todo lo que dejas en mi casa.
Veo tu cara ajada por el sol de la miseria,
un abrazo sin amparo, tu delgadez gentil.
Oigo tu modo misterioso de decirnos ¡concho!
Toco otra vez la soledad
de tus inmensas manos.
Te miro atravesar las cuarterías,
las madrugadas, el Café,
o bajar con un farol entre murciélagos,
o caminar por la intemperie, despegado de ti mismo:
grulla, ciervo, impenetrable hombre.
Una piedra, una gorra,
un puñado de versos como conchas rotas.
Mas tú bien lo decías: ¿Desde cuándo se pierde lo perdido?
¡Al fin entras, Rolando, en la caverna del tesoro!
Y nosotros en la boca nos quedamos,
ya lo ves, sin saber qué decirte, sollozando.

 

Octubre 17 de 1960.

Tomado de: Revista Islas, Santa Clara, ene-abr, 1961, pp. 192-193.

 

Escardó
Por Fina García Marruz

Desciende hoy a la tierra el que tantas veces gustó de bajar hasta sus más profundas cuevas para descubrir allí las rayas rojas o negras de los dibujos de nuestros indios, algunos tesoros que el apreciaba como nadie –los únicos tesoros quizás, los del lenguaje indescifrable que sigue hablándonos–: un borde de cazuela, una diorita verde, una única pieza sobreviviente de algún adorno perdido. En una modestísima vitrina estaban los humildes trofeos de sus expediciones por los montes y cuevas de nuestra tierra –“el Museo de nuestro Grupo”, como decía mostrándolo–, en el cuarto-oficina en que trabajaba cuando lo fuimos a ver en Camaguey, débil y semivacío recinto, lo menos oficinesco posible, en que se cuidaban con orgullo tantos tesoros de cubanía fiel. Una Universidad americana había querido comprarles alguna pieza valiosa por miles de dólares y Escardó nos contaba cómo habían rehusado venderla, todavía alarmado por el peligro, ya inexistente, de descompletar el magro museo de la vitrinilla pegada a la pared, posesión suya única en la tierra. ¡Posesiones éstas, verdaderas, aquellas que no podemos dar a un extraño a ningún precio, posesiones nuestras únicas, éstas que no nos pertenecen siquiera, que no son sólo nuestras! “El Grupo Yarabey”, recuerdo como decía esto, siempre propenso a aunar, a agrandar, no obstante ser él mismo un solitario. Tenía un instinto que lo hacía inapreciable en las excursiones arqueológicas, el instinto de orientarse, sin más guía que la de su aprensión misteriosa, hacia las zonas vírgenes de los residuarios perdidos, hacia el sitio del esqueleto de una especie extinguida, del encuentro insólito. No puedo ahora menos que recordar, viendo la piedra pulimentada que nos regaló aquel día cuando nos despedimos, o la otra blanca de muchos picos que él decía que parecía una iglesia de muchas torres, viendo la gorra que regaló a mi hijo en una de sus últimas visitas, en esos objetos de que habla Tennesse Williams –un colmillo de elefante, una piel de animal– que quedan, en el mundo que ellos abandonan, para perpetuar la especie fugitiva.

Sí, a esta “especie fugitiva” pertenecía sin duda Escardó, a aquella que no encuentra acomodo en el mundo que se reparten los mercaderes, los políticos, los que tienen alguna profesión estable. Era, quizás, la persona que hacía más visible el destino del poeta en el mundo. Ya en sus últimos tiempos, encajado al fin en alguna tarea que le permitía confundirse con los otros, trabajando y trabajando a gusto por primera vez, no en forma anónima sino de un modo reconocido y estable, se le seguía viendo ese esencial “desapego”, que nada tiene que ver con el desinterés ni con la indiferencia, desapego que le resplandecía a veces en los ojos de un raro matiz amarillento alejándose, ojos de animal que ve en lo oscuro.

Ni la amistad –en lo que fue tan fiel y tan constante–, ni el continuo ir y venir de su trajinada y vapuleada vida, ni su vagabundeo permanente por las plazas de mercado nocturno, por los parques y prados de la ciudad, hicieron de él el estropeado espécimen del poeta a sabiendas, jugando a Vallejo o a Rimbaud o a la pobreza frente al espejo. Nada que ver con ese turbio lago en que el Verlaine de segunda gusta contemplarse con capa negra de pintor, abandonado y admirable. Hay que ponerlo aparte de todo esto porque sus madrugadas eran reales, sus hambres eran reales, y él era mucho más lo que el auténtico vagabundo tiene de poeta que lo que el poeta, no ya tan auténtico, quiere tener de vagabundo.

Yo recuerdo que ese desapego me impresionaba con más viveza por cuanto era en extremo afectuoso y servicial para todos, sin ningún resguardo de sí o reserva, aunque con ese revés levemente huraño que está siempre en el fondo de nuestra índole más tierna. Lo veo aparecer siempre en los hombres que he conocido de una cubanía más entrañable. Serviciales, sí, risueños, pero con algo arisco que no quiere ser tocado. “No me toques”, decía Cristo a Magdalena después de la Resurrección. El cuerpo glorioso no quiere ser tocado

<< Consejo Nacional de Cultura, 1975.

Hay un último reducto de nuestra alma que permanece –palabra cara a los sacrificios de nuestra historia independiente, que no puede ni quiere depender de nada sobre la tierra. Pero esto, que debía llevar a la soledad del desentenderse frío, realiza la operación contraria, arroja irresistiblemente al interés de lo que está en torno, con una capacidad de simpatía y de participación inigualables, con una cortesía risueña y tierna frente a la bulla que se arma de pronto, la fiestecita brillando al fondo de la nada, la candela erguida en medio de la noche. Era esta mezcla de solicitud y soledad la que yo le veía a Escardó cuando llegaba abriendo los brazos para saludarnos, con sus estropeados dientes brillándole en el anguloso rostro. No buscaba él ni pedía esa correspondencia egoísta que siempre late en el fondo de nuestros afectos más aparentemente desinteresados, y uno sentía, en lo fácil que era no contestarle una carta, sin que se le viese luego la más velada recriminación, en la frecuencia y liberalidad con que llamaba a todos “hermanos”, ese respeto a la libertad del otro que ni siquiera el afecto debe empañar, esa relación apenas personal, humanada ya toda, que no busca vincularse por lo exigente sino por lo libre.  Ingenua fraternidad profunda –como la amistad sin “carga” individual que hacen los niños que juegan en una cueva o en una playa– ingenua y profunda fraternidad semejante a las primeras nociones que despierta en un hombre de la calle las palabras “poeta”, “poesía”, tan alejadas de la realidad pequeña como reveladoras de las verdades grandes y de las relaciones que allí laten.

Su larga errancia no lo llevó al aventurero sentimental: había en él algo parco y recatado que de pronto recordaba su origen, la camagüeyanería caballerosa, la distinción esencial. Contados idilios, sobre el fondo del desamparo grande de siempre. Nada que ver con el artista que todo se lo permite a cuenta del arte que no se le ve, el echárselas de poeta frente al burgués o disfrazar de “vulgo” a ese interlocutor a menudo más fino que aún oye con respeto humilde. Dispuesto sí, y bien dispuesto siempre, ajeno al desamor que rompe fácil y escapa, quedaba ligado para siempre a sus afectos grandes, pero sin que lograsen ni la amistad, ni el amor filial, ni la poesía, atraparlo con excesivas redes, convertirlo a sus leyes tiernas e implacables, tocar ese arisco recato del que regresaba a visitar o a hablar, curtido y sonriente. Único sitio en que no hay deudas que pagar, del que uno podía marcharse para caminar por el parque seguido de su perra por compañía única, como en algún entierro de película neo-realista italiana, como lo hiciera una vez recordada en un poema, “en el día de San Ezequiel”, lugar para llegar o para irse puramente, sin nada en los bolsillos, “en paz con todos”. Y cuando recitaba, a pedido nuestro, los versos que le preferíamos siempre, con aquella voz que me recordaba, no sé por qué, pues no mediaba parecido visible, la tronitronante y oquedosa de Ponce: “Madre me acoge en su pecho caliente...”, había en ese “Madre” rural, tan raro entre nosotros, ese mismo deje inapresable, la relación del apego-desapego que se tramaba no por lo fatal telúrico sino por lo libre y errante.

Muchas veces me he preguntado qué acompañaba a Escardó. (“Madre me acoge...”). Se “acoge” lo que huye, lo que escapa, lo que no se pudo retener en la casa mucho tiempo. De cuando en cuando “el trotamundos”, como él se llamaba, busca un punto de apoyo y madre acoge. ¿Qué acoge a lo que no puede dar sino lo que no quiere pedir? Gratitud grande, porque él que recibe no va a quedarse para dar. Y es porque los dos saben bien esto por lo que la correspondencia se establece como sobre una base más pura, por lo que “Madre acoge”.

El que no encuentra, según el decir del Evangelio, piedra donde recostar la cabeza, el que no tiene lugar en el mundo, puede entender mejor algunas cosas solitarias también que acompañan y no preguntan: una piedra, una playa, una cuenta de indio. Uno se llevaba la sorpresa de descubrir en él a alguien que estaba más cerca de un investigador que de un poeta, alguien más curioso de los enigmas que sensible para la pura belleza. No era lo suyo la delectación del poeta, frente al paisaje, del ser voluptuoso de la forma o la memoria o el color. Cuando nos mostraba una piedra, describía una altura o una vegetación, se refería a las pictografías de una cueva o a los cangilones del Río Máximo, no veía uno en él esa distancia que necesita la contemplación para conocer por el deleite sino una cercanía rara a todo aquello, que no era tampoco la propia del hombre de acción que se mueve en un mundo de medios y fines demasiado visibles, sino que era más bien como una participación, hecha de simpatía y desarraigo, en la soledad que había hecho posibles los minerales mismos, las piedras, las estalactitas, y que sólo entre ellos se sentía vivir. Todo lo demás era la “cordialidad del odio familiar”, el fuego quemando los papeles, los trapos, el camastro en que el enfermo sueña que alguien le acerca amorosamente un poco de café. Por eso los únicos salones que visitó de verdad fueron los de las cuevas, con luz de alma en sus adentros y vacíos que sólo ellas habitan y prodigiosas tumbas y paredes parecidas a las hadas. Allí los huecos que se abren a pico, las corrientes de aire apagando las antorchas, la abertura en la que hay que arrastrarse para salir, golpeada la mejilla por una breve bandada de murciélagos húmedos. No es que las disfrutase como belleza, es que en ellas gustaba errar o quedarse a dormir, casi un igual de ellas: soledad a soledad, pecho a pecho. Y en el alejamiento de la luz, la caminata por lo oscuro, la pregunta del huérfano de siempre a Aquel que lo creó: “y tú, ¿dónde estas?”, la pregunta de uno de sus poemas que más me conmueve, la pregunta que recuerda el otro descenso a la cueva prodigiosa del caballero de la triste figura, apaleado tras cada nueva aventura. “¿Dónde estás, Señora mía –que no te duele mi mal?” A mí siempre esas palabras detrás de todos los cuentos que hacía de sus aventuras, su tan largo errar llevando de la mano los fragmentos del lenguaje indescifrable: y tú dónde estás. Recuerdo que una vez le hablé de mi horror por las cuevas, los murciélagos, todos los otros avechuchos sombríos, mi horror incluso por las maravillas subterráneas que se construyen a espaldas de la luz. Nunca antes, ni hablando de su perra –la famosa perra de Escardó que él salvó de ser arrojada a las aguas y que lo debe estar viendo dormir con sus ojos preocupados y amantes–, nunca antes, hablando de ser humano alguno, vi en su cara una expresión más complacida y dichosa: “Ah, dijo, pues a mí me encantan. Tengo retratados en ellas a algunos murciélagos con las alas bien abiertas. Es muy bueno dormir en una cueva. Es como dormir con aire acondicionado”. Y mostraba el candor de la sonrisa oscurecida por el cigarro.

Y yo pensaba que sólo la soledad entiende a la soledad, que sólo el desamparo entiende el tesoro y guarda sus caracoles y sus piedras que nadie quiere recoger. Y que Escardó escapaba siempre, militar, espeleólogo, vendedor ambulante de cortes de vestido en Méjico, en ese equívoco que lo cubría y a la vez lo dejaba libre para lo libre.

“Tienes cara de sospechoso”, le decíamos jugando, recordando las veces que había caído en poder de la policía, convencidos que si de pronto llegase un agente al café en que se había cometido un robo, de seguro lo apresaba a él. Sí, pues siendo inocente, siempre parecía alguien que está al margen de la ley, de toda ley, de todo acomodo humano, y creo que él mismo se sentía incomprensiblemente en falta también y por eso gustaba repetir, alzando y cambiando levemente el tono de su voz, como siempre que recitaba sus versos: “¡Yo me he absuelto!” Sí, era sospechoso, pero para quién o ante qué. Sospechoso, quizás, para lo sospechable.

El sabía que la poesía pertenecía también al “Madre me acoge”, que allí no se le preguntaría por la ficha con la profesión o la edad. Y se daba el título de poeta no creyendo mucho en él, aprovechado del equívoco para hacerse visible para sí mismo y para los demás –pues dónde si no se le iba a ver?–, aprovechado del equívoco del que sienta a su mesa al poeta hambriento y no sentaría al otro que no lo es, aprovechado de no oír allí el “múdate y arranca” tirado por la cabeza al sospechoso que nada hace, sabiendo que él estaba quizás al margen de la poesía también, en esa otra mayor y menos previsible que le volvía a dar derecho de poeta verdadero al poeta dudoso que él quería hacer pasar también, más poeta por ese final desapego de la poesía que lo alimentaba y daba sitio entre los “hermanos” que por los escasos y admirables poemas que escribió.

Cuando la Antología de poetas de Camaguey, Escardó vio por primera vez sus poemas en el seguro de un libro, y todavía recuerdo el modo como salvó para sí un grupo de ejemplares haciéndome el efecto que pensaba menos en la vanidad de la publicación que en lo que pudiera servirle en alguna ocasión propicia en que se dudase de su identidad como artista – ¡tantos tumbos daba, periodista, espeleólogo, vendedor! Un poco sospechoso siempre para todos, aquellos libros que él había amarrado fuertemente y puesto al lado de sus pocas posesiones en la tierra, eran más bien una señal de que no había mentido al pasar como poeta, una especie de prueba de inocencia.

“Recuerdan un poco a Vallejo...”, decía anticipándose cuando mostraba sus poemas. Pero uno sabía que él era vallejiano antes de conocer a Vallejo, por la vida y el sentimiento y que es esto lo que hizo a Vallejo el que fue: que hubiese tantos Vallejos y desconocidos en todos los rincones de América. No era Vallejo de los que decían “hay que...”, sentase normas de americanismo o hiciese escuela, pero es por eso que revive una y otra vez en el solitario genio individual americano, en la familiaridad entrañable, en el cariño de la casa con todos los hermanos por una parte, y de la otra la vasta intemperie espiritual y geográfica. Es porque Vallejo no es una influencia sino un modo de ser americano por lo que los poemas vallejianos de Escardó de que él se apenaba un poco son los más suyos, y sin ninguna duda los más originales que escribió.

Ahora que ya como su Villon errabundo o su Vallejo de la orfandad no oye “el sírvete materno” calentándole la mesa, pienso, no sé por qué, en aquel carnet de exilado que él esgrimió aquel día que nos acompañó a los carnavales para que nos dejasen pasar a los niños y a mí al estrado de los periodistas, como si tuviéramos derecho a ello, ante las protestas de un cortés y malhumorado guardián del orden, aquel carnet que levantaba en alto, dejándolo ver a medias, mientras decía: “¡yo soy un exilado, sí señor!”, apenados un poco nosotros de su bulla y él volviéndose sonriente, viéndole yo tras el casual carnet que le servía ahora para ganarnos un sitio, el otro invisible del exilio permanente que él llevaba a cuestas sin saberlo y que no pudo servirle para ganarse alguno para él nunca. Era esta una de sus situaciones típicas. Valerse risueñamente de la verdad –de veras había tenido que exilarse para salvar la vida– un poco como si fuera una mentira para obtener una ventaja menor, un beneficio inocente, allí donde tantos sacan de la mentira del servicio que no prestaron una ventaja real o un beneficio excesivo. Pienso ahora con pena que fue éste el último paseo que dimos por aquella Habana en fiesta, abarrotadas las calles de modestas familias llevando al frente al hijo más pequeño, vendedores de refrescos y fritas, entre los que él se movía como un pez, con desenvoltura de muchachón de barrio que ha frecuentado todas sus esquinas, mira de reojo al guardia y conoce todas las ventajas del sitio en que se ve mejor sin pagar precio. Lo veo con su sencillo atuendo, el traje que siempre me parecía de montar por el pantalón que se le estrechaba hacia el tobillo, el largo pelo que hacía sospechar en la bohemia solo para dejar mejor parada su pobreza real valiéndose de la confusión sonriente, el cuerpo elegante hecho a los movimientos de la intemperie. Pienso en el Libro de los Números, su rara ocurrencia de que nos hablaba a veces, como en esas miríadas de polvo que danzan en el foco de luz y que sólo en él se combinan, se caen y reaparecen, en la Libreta de Rolando como en la versión humilde, repetida sin cesar bajo otras formas, del cuerno del pequeño cantor perdido en el bosque. Y pienso que fue el que nada tuvo uno de los pocos que pudieron dejar algo, algunas huellas, hablarnos desde algunos parcos objetos incomprables.

Ediciones Unión,1981.>>

Esas pequeñas posesiones me repasan su historia: un carnet, una tela pintada por él –quizás el Casino Campestre–, unas dioritas. La bicicleta con que nos seguía el paso por las calles de su provincia, mientras nosotros caminábamos a pie a su lado. El cartucho lleno de empanadas con que quiso celebrar su primera visita después del cambio de la buena suerte. ¡Y el Conchu! de su comentario más gustoso y estupefacto a todo, que debe estar diciendo ahora que lo ha cogido la otra madre, ahora que duerme en la frialdad de la cueva tranquilo para siempre.

Octubre 17, 1960.

 

Tomado de: Islas, Santa Clara, enero-abril de 1961, pp. 174-181.