Federico Chopin, ese hermoso genio

Por Astrid Barnet

En la época en que Federico Chopin (1810-1849), uno de los más geniales de la música universal, llegaba a París, el novelista Honorato de Balzac comenzaba a escribir las Ilusiones perdidas y reunía documentación para Papá Goriot. Balzac utilizaría en ambas sus observaciones cotidianas acerca de la vida contemporánea y la realidad de la capital francesa. Por tanto, el joven Chopin, a su arribo a Francia conoció el París de Balzac concebido a partir de dos de sus personajes también jóvenes: Rastignac y Lucien de Rubempré.

Como “analogía sorprendente” califica este encuentro del pianista polaco (anterior a 1830) el escritor y especialista en musicología Jaroslaw Iwaszkiewicz, en su libro Chopin –Editorial Arte y Literatura, 1982--, donde describe a grandes rasgos gran parte de la vida del artista haciendo especial énfasis en su epistolario.

“Al dedicarme –escribe– de ese modo a penetrar en el profundo sentido de las cartas de Chopin, creo haber logrado presentarlo en una luz poco común, y tal vez mostrar en él ciertos aspectos hasta aquí inadvertidos e incluso insospechados…”

Chopin no sólo fue (y se sintió) siempre polaco, sino ante todo, varsoviano. En su vida personal, en su correspondencia, en su actitud ante sí mismo y su obra, Chopin ha resultado ser uno de los artistas en el que cualidades como amor hacia el prójimo, dignidad y fervor por su tierra natal se concatenan, no obstante poseer también “el sentido del humor varsoviano y esa capacidad característica para ver todas las cosas lo bueno y lo divertido. ¡Y sus relaciones con la gente!... No fue de los que podrían dejarse sorprender por su habilidad para tocar el piano a fuerza de pedales, ni por sus yugos de brillantes. Nunca se dejó embaucar, y en eso era verdaderamente varsoviano”.

Chopin fue un producto de la Varsovia de los cafés literarios entre 1810 y 1830, de la época en que nacían las aspiraciones revolucionarias, democráticas y reivindicadotas, en que el patriotismo europeo concebía concepciones ideológicas cada vez más abiertas sobre la lucha política y la justicia social. Soñó en “crear un mundo nuevo, más justo y racional”, como lo atestiguó en carta a un amigo.

Al concluir sus estudios en el Liceo de Varsovia, Chopin pasa al Conservatorio, bajo la dirección del profesor Jozef Elsner, quien disponía de los mejores principios pedagógicos de aquella época:

“En la enseñanza de la composición –explicaba Elsner– no es preciso dar a los alumnos indicaciones harta detalladas sobre todo cuando las capacidades de éstos son manifiestas y sorprendentes; son ellos quienes deben hallar esas indicaciones, a fin de que puedan crecerse por encima de ellos mismos y lleguen a descubrir lo que aún no ha sido descubierto”.

A partir de los conocimientos de ese profesor es que se fundamentan y consolidan los principios artísticos del joven pianista y compositor polaco. “En el mecanismo del arte –expresó en otra ocasión Elsner–, para todo progreso, aunque sólo fuera en su parte ejecutiva, resulta conveniente que el alumno iguale y aventaje a su maestro, pero también que tenga algo que le sea propio y lo haga brillar”.

Por su parte Iwaszkiewicz expone en su obra la incidencia que, en el París de principios del siglo XIX, tuvo la masonería en la vida y el pensamiento del artista: “…Ese ambiente de masones banqueros hizo mucho más, es obvio, por asegurar a Federico una base material de existencia que toda la aristocracia francesa, a la que tenía acceso gracias a Delfina Polocka, los Czartoryski o Luis Plater. Ese medio representaba la clase victoriosa, triunfante, de la gran burguesía que se había apoderado del poder en Francia luego de la Revolución de Julio, y la protección de esa fuerza joven aún y en pleno ascenso representaba un fuerte aval en el juego de Chopin”.

Al impartir clases de piano por veinte francos oro la hora, nuestro artista pudo vivir con ciertas comodidades y ver resueltos, al menos por un tiempo, sus problemas económicos. No obstante, se sabe que Chopin también padeció graves problemas de crisis financieras y ello lo enmarca Iwaszkiewicz en su libro cuando recuerda que, “en pleno esplendor de su gloria decide partir en 1838 para Mallorca, a fin de pasar allí el invierno; tendrá que venderle a Pleyel (un avaro editor) los Preludios todavía inconclusos, para solventar el costo viaje… En Marsella, de regreso de Mallorca, Chopin y George Sand están sin un céntimo, y contraen deudas en el hotel Beauveau, el más caro y elegante, por cierto, del lugar”.

En relación con la novelista francesa Aurora Dupin (baronesa Dudevant) más conocida como George Sand (1804-1876), –autora de numerosas obras de gran poder psicológico y sentimental (Indiana, Lelia, La charca del diablo)–, fue durante un tiempo amante de Chopin y del escritor francés Musset, uno de los principales representantes del Romanticismo literario europeo. Sus amoríos con Chopin la gran mayoría de los historiógrafos los califican de un constante contrapunteo, “debido a las excentricidades y continuas controversias de la Sand…”

“Estoy codeándome con el gran mundo, escribió en una ocasión a su amigo Tytus, me siento entre embajadores, príncipes y ministros, y no sé a qué milagro atribuir esta obra, pues no he hecho nada para imponerme. Te creen con mayor talento desde el momento mismo en que has sido escuchado en la embajada de Inglaterra o en la de Austria; tocas mucho mejor inmediatamente después que la duquesa de Vaudemont te ha protegido…”

Sin embargo, se transforma en cuanto se halla entre compatriotas. Escoge compañeros entre ellos para que compartan con él sus habitaciones en hoteles. “Pues, a decir verdad, mi salud va muy mal”, escribe a Tytus.

“Aparentemente estoy contento, sobre todo cuando estoy rodeado de los míos –y llamo los míos a los polacos–, pero en mi interior hay algo que me hace sufrir: un presentimiento, angustias, sueños o insomnio; nostalgia, indiferencia, deseo de vivir y, un instante después, deseo de morir; una paz muy dulce, una suerte de embotamiento, de inconsciencia, y a veces me atormentan también recuerdos harto precisos…”

En suma, un alma deseosa de ocultar una dolorosa pena: la soledad. Dondequiera que vaya en ese mundo de artistas, no hallará más que envidia, intrigas, ambiciones. El mundo que con tanta fuerza realista describió Balzac en cada una de sus novelas. Necesita Chopin vivir con el calor y fuerza de su tierra polaca. Sus Mazurcas están ligadas al ritmo de su patria, al arte popular, a sus raíces folklóricas. Son ecos de la vida campesina.

<< De la Sala de Música de la BNCJM.

Interpretó obras maestras: La Berceuse, La Barcarola. La Berceuse es una cima de la forma musical (para muchos autores y especialistas): dieciséis variaciones sobre un mismo motivo de bajo. A la vez que constituye un cuadro de intensidad poética. La Barcarola es una de sus obras más sobresalientes y una de las más admiradas por Ravel.

Acerca del estreno de La Barcarola se refiere Iwaszkiewicz como técnica de interpretación prodigiosa y, más adelante, cita el testimonio de Georges Mathias, uno de los alumnos del pianista polaco:

“Los que escucharon a Chopin pueden decir sin vacilar que jamás, desde entonces, se ha escuchado nada que se le parezca. Sus ejecuciones eran como su música; ¡y qué virtuosismo, qué poder!... Sí, ¡qué poder! Lo único que eso no duraba muchos compases… ¡Aquel hombre vibraba! El piano se animaba con la más intensa vida… el instrumento que se oía cuando Chopin tocaba no ha existido jamás sino bajo los dedos de Chopin…”

Algunas semanas después de ese concierto, tísico y en compañía de un criado italiano, Chopin embarcaba a Londres.

“La burguesía inglesa –escribe– necesita de lo extraordinario y de lo mecánico, de lo cual no soy capaz… están tan distraídos por mil cosas, tan asaltados por el tedio de las conveniencias, que son indiferentes a que la música sea buena o mala; la escuchan de la mañana a la noche… El arte, aquí, es la pintura, la escultura en madera y la arquitectura. La música no es un arte… Tocan cosas extrañas y excéntricas, y tratan de presentarlas como obras de gran belleza, y pobre quien pretenda interesarlos en cosas serias…”

En ocasiones igualmente se preguntaba: “¿Y dónde he dilapidado mi corazón?” Ciertamente lo dilapidó, pero de sufrimiento y de años de convivencia con mujeres de sentimientos confusos (María, Delfina, Aurora y Solángel), y que concluyeron convirtiéndolo en un hombre solo.

El 24 de noviembre de 1847 parte de nuevo a París. Meses después, en octubre de 1848, expiraría uno de los más grandes artistas de la pianística universal, autor de dos conciertos para piano, de un gran número de variaciones y de otras obras como sonatas, baladas, estudios, preludios, nocturnos, mazurcas y polonesas. Acerca de él, Balzac expresaría casi como un epitafio: “Ese hermoso genio, más que músico, es y será un alma sensible”.