Una aproximación bibliográfica a las crónicas históricas de Alejo Carpentier

Por Araceli García Carranza

Arte, música, cultura e historia son los grandes temas de las crónicas carpenterianas, sin embargo, las de carácter histórico, político y social han resultado las menos afortunadas dentro de su bibliografía pasiva. De lo cual se desprende la utilidad de una aproximación bibliográfica a las mismas, que puede precisar qué ideas, hechos y obras privilegió el autor de El siglo de las luces, desde su juventud hasta poco antes de su muerte. De manera que los investigadores y estudiosos, a través del hilo conductor que transita por este registro particular de su bibliografía activa, puedan lograr un mayor y mejor conocimiento de la obra periodística de este gigante de las letras.

Los datos y hechos históricos no solo aparecen directamente en algunas crónicas de manera puntual, sino también se abordan en reseñas de libros, y en forma indirecta o tangencial en el resto de sus artículos y crónicas. O sea, que la historia recorre la creación de Alejo Carpentier desde que comenta la obra de Pompeyo Gener sobre el fisiólogo español Miguel Servet en La Discusión, el 23 de noviembre de 1922, en su sección “Obras Famosas”. Carpentier inicia allí su periodismo de carácter histórico, político y social comentando nada menos que un libro sobre historia de la medicina. Recordemos en este caso que el investigador Sergio Chaple demostró que este fue el primer artículo firmado por AC, ya que su primer trabajo –una leyenda sobre el Convento de Santa Clara publicada bajo el título “Las dos cruces de madera”, en el periódico El País, el 5 de noviembre de 1922– apareció bajo la firma de su madre Lina Valmont.

Meses después de haber publicado su primer comentario sobre una obra histórica, el 3 de abril de 1923, publica en La Discusión un relato sobre un anciano profeta llamado Rogerio da Rogia bajo el título “Aquellos días”. En él da fe de las implicaciones de la doctrina del anciano de Vestella, quien a pesar de su falsedad tuvo admirables mártires. Haya existido o no este personaje, en el artículo aparecen referencias a la certeza histórica del cristianismo.

En los años 1928-1934, después de su fuga de La Habana, escribe crónicas en francés para importantes revistas parisinas: Revolution Surréaliste, Le Cahier, Bifur, Documents y Comoedia. En especial en Le Cahier publica tres textos sobre México, dos dedicados a Diego Rivera y otro a la Revolución Mexicana (1). El dedicado a esta revolución no solo es el más importante de los tres sino el de mayor significación como crónica histórica. Carpentier ofrece una visión de las causas y consecuencias de la Revolución de 1910, remontándose a los tiempos de Cortés y Moctezuma, para luego analizar el fin del régimen de Porfirio Díaz y el comienzo de la Revolución mexicana.

Las ideas expuestas en esta crónica aparecerían años después en su novela El recurso del método. La mayoría de los artículos que posee la Biblioteca Nacional José Martí de esta etapa del periodismo de Alejo Carpentier se los debemos a la investigadora Carmen Vásquez y los datos a que antes me referí relacionados con la Revolución mexicana también se los debemos a tan prestigiosa investigadora, quien publicó en la revista puertorriqueña La Torre (julio-diciembre, 1993) su esclarecedor ensayo “Alejo Carpentier: Los artículos de Le Cahier”.

Unos años antes, en noviembre de 1923, Carpentier había empezado a escribir para Carteles y en junio de 1924 para Social, ambas revistas no fueron ajenas al acontecer político. Carteles, fundada en 1919 por Conrado y Oscar Massaguer como revista de espectáculos y deportes, pronto se convierte en un semanario nacional destinado a un público más heterogéneo, mientras Social, creada en 1916 por Conrado Massager, fue evolucionando hasta convertirse en vocero de las más avanzadas ideas artísticas y en órgano del Grupo Minorista. En Social, Carpentier se desempeña como crítico de arte mientras que en Carteles logra crónicas de interés histórico, político y social. Crónicas más analíticas en las que a veces alcanza la maestría del ensayo. Pero es a partir de 1929, ya instalado en la capital francesa, después de su fuga de La Habana en 1928, donde había sufrido cárcel acusado de comunista, cuando escribe para Carteles, en la sección “Desde París”, crónicas de carácter histórico, político y social en las que se propone dar a conocer Europa en América. En carta personal a José Antonio Portuondo, a raíz de la compilación de sus crónicas en 1976, Carpentier le dice que no olvide que Alfredo T. Quilez, quien como director de Carteles  lo envió de corresponsal a París, era furibundo enemigo del arte moderno, de la literatura moderna, y de cuanto oliera a comunismo. Sin embargo, durante cerca de diez años él había conseguido pasarle artículos que no le gustaban con la complicidad del periodista Luís Gómez Wangüemert. En estas crónicas da a conocer la otra cara de París, la cara de las sombras, la de las casuchas infectas donde vivía una multitud mugrienta y miserable en medio de los desechos de la más bella ciudad del mundo (2); así como también da a conocer las aldeas tanto como las costumbres de la ciudad luz (3). En 1930 denuncia el malestar de Europa cuando este continente vive bajo el signo del descontento y la angustia ideológica surcada por grandes corrientes de religiosidad, antecedentes de convulsiones definitivas (4); y describe las historias verídicas de terror que hacían palidecer las puestas en escena del Grand Guignol (teatro francés de terror) (5). En 1931 se refiere a los raros de una capital moderna que no eran otros que los vagabundos que merodeaban por las calles de París (6); y también a los pasajes parisienses con su ausencia de sol, con sus comercios increíbles y su aspecto de miseria decente que los hacían propicios a las más raras aventuras (7). En estos años 30 se preocupa porque los jóvenes de América (8)  conozcan a fondo los valores representativos del arte y la literatura europea, no para imitar ni copiar sino para traducir con mayor fuerza nuestros pensamientos y sensibilidades como latinoamericanos. En otras crónicas califica el año 1900 como representante de toda una época, año de escepticismo y malicia que incubó los derramamientos de sangre de la guerra del 14 (9) y da a conocer tenebrosas figuras como el magnate Hugenberg, el primero en desfilar a la cabeza de los Cosacos de Acero de Hitler (10),  Basil Zaharoff y su fabuloso negocio de armas durante la primera guerra mundial (11); Sir H. Deterding, el Napoleón del petróleo (12), Henry Ford y su ideología, gran promotor de la era agonizante que todavía vivimos (13);  los Rothschild, dinastía israelita bancaria y prestamista (14); Lord Kitchener, quien perdió la vida a bordo del Hampshire, navío que lo conducía a Rusia donde debía reorganizar el ejército eslavo (15); y recuerda a John Law, economista y tahúr que revolucionó la vida bancaria y financiera del siglo XVIII (16), entre otros personajes ajenos al progreso de la humanidad.

No faltan en estas crónicas de interés político y social sus impresiones sobre eventos como la conferencia del desarme en Ginebra, la cual califica como la comedia del año 1932 (17); la caída de Gerardo Machado en Cuba, explosión de alegría en Madrid y París que no olvidaría nunca (18);  la muerte de Alberto I, el más democrático de los jefes de Estado de Europa (19);  el caso de Sergio Stavisky, estafador de altos vuelos en París y la posible complicidad del gobierno de Chautemps (20); la férrea oposición en Alemania dirigida por el Frente negro, sociales demócratas, comunistas y anarquistas (21); la guerra de Abisinia, la más grave aventura imperialista hasta su tiempo (22) y la Guerra Civil Española.

En 1937 Carpentier asiste como delegado de Cuba al Congreso Internacional de Escritores reunidos en Valencia, Madrid y Barcelona, junto a Juan Marinello, Nicolás Guillén, Félix Pita Rodríguez y Leonardo Fernández Sánchez.

Las experiencias de esta Guerra radicalizaron su posición antifascista y bajo el título “España bajo las bombas” (23) escribe cuatro crónicas que alcanzan la categoría de ensayo. El drama de la guerra y la voluntad de resistencia del pueblo español reafirman en el periodista Alejo Carpentier su ideología progresista.

En este mismo año publica en la revista habanera Mediodía “Apelación desde Madrid” (24), dirigida a los escritores latinoamericanos en solidaridad con la Guerra Civil Española, y su conocida crónica “¡Abajo la inteligencia!  ¡Viva la muerte!” (25), a favor de la justeza de esta Guerra, grito inolvidable del general José Millán-Astray y Terreros, quien define todos los fascismos del mundo con este grito de impotencia de quien sabía que la inteligencia del pueblo español estaba en la Republica. Carpentier se declara  antifranquista y admirador de la España real, auténtica, creadora y profunda que creyó siempre y cree en la inteligencia, la España que publicó bajo las bombas millares de libros, esa España que enseñó a leer a sus milicianos en las trincheras llenas de lodo y nieve.

Unos meses antes Carpentier había entregado al Repertorio Americano de Costa Rica “Los defensores de la cultura” (26), en defensa del patriotismo cultural del pueblo español.

Regresa a La Habana en 1939 y continúa su sección Desde París en la revista Carteles. En estas páginas estremece a sus lectores con la muerte del poeta Miguel Hernández asesinado, vestido con su uniforme de miliciano (27). El milagro de Orihuela, como le llama el cronista, cae bajo las veinte balas de un pelotón ejecutor en una siniestra prisión madrileña. En los capítulos iniciales de La consagración de la primavera se advierte la cercanía a estas crónicas al referirse a la Guerra Civil Española.

Ya radicado en La Habana rastrea lugares y costumbres, decide indagar y descubrir su ciudad con elementos de comparación y referencias, el retorno le facilita hacer historia, con nuevos ojos y sin prejuicios, en cuatro crónicas que publica bajo el título “La Habana… vista por un turista cubano” (28). Recuérdese la entrada de Enrique a La Habana en La consagración de la primavera.

Pero la pluma del periodista vuelve sobre Europa para denunciar a Hitler erigido en Parsifal de la Alemania contemporánea (29) y para proyectar su expresión latinoamericanista en los cinco reportajes que conforman “El ocaso de Europa” (30).   Demuestra en esos textos la hecatombe económica y espiritual en que se debate el Viejo Continente con el propósito de inspirar confianza en el mundo americano.

El cronista insiste en aunar fuerzas para impulsar la creación y el sentir de nuestros pueblos, donde todo está por hacer, pero donde no hay esfuerzo estéril y toda labor es necesaria porque donde no hay cultura hay que crearla y donde hay tierra inculta hay que ararla. Es innegable la agudeza del cronista al interpretar las posibilidades del hombre americano. En estos cinco artículos ya está fraguando la concepción de lo real maravilloso y busca meridianos americanos para realizarse plenamente. Carpentier ha regresado convencido de que “la mayor virtud de una larga estancia en Europa debe ser la de aprender a ver nuestros propios países para laborar más acertadamente en ellos y para ellos. El famoso vino agrio nuestro puede transformarse, a fuerza de trabajo, en un excelentísimo vino del Rhin” (31). Analogías y observaciones de estos reportajes aparecen también en La consagración de la primavera.

En los años cuarenta escribe para Tiempo Nuevo, Conservatorio, Orígenes y Gaceta del Caribe, pero es en el periódico Información, en 1944, donde logra breves y dinámicas crónicas de interés histórico, político y social. Critica el individualismo entre intelectuales y escritores de Europa, tan nefasto en América, y llama la atención sobre cierta solidaridad tan necesaria para enfrentar las grandes empresas que esperan a la cultura latinoamericana (32). Recuerda a León Blum, ex premier francés y defensor del socialismo en su país, en especial el momento de pánico, cuando se supo que este había decidido implantar la semana de cuarenta horas y una nueva escala de salarios (33);  y comenta la liberación de París, “tierra asolada por veinte invasiones que se deja cubrir, a veces, por hierbas malas, pero acaba siempre por dorarse con los trigos que son el marco constante de su poesía, desde Ronsard hasta Claudel”. (34)

En otras crónicas rescata nuestra autoctonía, expone y describe costumbres y tradiciones habaneras, hace historia de La Habana de los años cuarenta.

Pero Carpentier marcha a Caracas en 1945, la corrupción y la violencia que vivía Cuba bajo el régimen de Ramón Grau San Martín no favorecía a escritores e intelectuales. Un contrato como redactor de textos en una publicitaria sería el pretexto para luego continuar su carrera periodística, esta vez en El Nacional de Caracas, donde publica en 1947 sus cinco artículos de “Visión de América” reproducidos en Carteles de febrero a marzo de 1948. En ellos expone elementos que luego utiliza en el prólogo de El reino de este mundo sobre “lo real maravilloso americano”. Estas crónicas inspiradas en sus viajes a la Gran Sabana y al Alto Orinoco resultarían bibliografía complementaria e imprescindible en su prodigiosa novela Los pasos perdidos. Allí se encuentran sus preocupaciones como escritor en torno al tiempo y al hombre en su contexto histórico. El hombre moderno que recorre la historia desde su tiempo hasta sus orígenes.

En 1951 iniciaría su sección “Letra y Solfa” la cual mantuvo con éxito hasta su definitivo retorno a Cuba. Literatura y música fue la intención primera de esta sección, en ella reseñaría, en unas 1800 crónicas aproximadamente, las obras literarias más significativas de la literatura universal, la historiografía de la música y el arte en el siglo XX, inventos de la época, vida y obra de grandes figuras, ballet, danza, cine, mito e historia. Hoy en día dan fe de ello los diez volúmenes publicados por la Editorial Letras Cubanas. En “Letra y Solfa” no solo descubrimos una espléndida bibliografía americana, la simiente de la nueva novela latinoamericana e innumerables elementos definitorios de su obra posterior, sino que en ellas subyace y yace la historia. Véase en este caso el volumen 5 de Letra y Solfa: mito e historia, prologado por el investigador Raimundo Respall. En más de cien crónicas Carpentier hace historia de Europa y de América, revela hallazgos del hombre, reseña expediciones exitosas, y expone en cada texto sus preocupaciones del pasado y del presente como parte de la historia. Uno de estos trabajos titulado “El oficio de historiador” (35), tema antes tratado en otra titulada “Se solicitan historiadores” (36), resume su concepción acerca del papel del historiador, concepción que recorre sus crónicas.

Letras Cubanas, 1993 >>

Porque el oficio del historiador “se va haciendo tremendamente difícil… la historia contemporánea, al desarrollarse en escala mundial, impone al historiador un enfoque múltiple”  y explica por qué el historiador de nuestros días podría retroceder ante una tarea que ya rebasa la capacidad de trabajo de un solo hombre y cómo disciplinas como la economía, la demografía, la etnografía, la sociología, la filosofía y otras se han metido en la historia de manera que un libro sin ellas ya resultaría incompleto. Y en apretada síntesis, Carpentier hace historia en decenas de crónicas precedidas por un trabajo de documentación previo que ya por estos años le había exigido más de treinta años de labor. Entre otras, “La independencia de Haití” (37), brevísimo bosquejo histórico, que descansa sobre una voluminosa documentación manejada  y estudiada desde fines de los años veinte, cuando se percata en París que nada podía añadir al surrealismo y vuelve sus ojos a América obsesionándose con el conocimiento de nuestro continente.

En 1959, después del triunfo de la Revolución, regresa definitivamente a su país donde organiza tres Festivales del Libro, es electo vicepresidente de la UNEAC y dirige la Editorial Nacional de Cuba. En esta nueva etapa colabora en revistas y periódicos cubanos y extranjeros, pero en esta ocasión sus crónicas de mayor interés aparecen en el periódico El Mundo. En este diario comenta obras de interés histórico publicadas por la Imprenta Nacional de Cuba, hace historia del surrealismo (38) y del movimiento Dadá (39) y recuerda la aparición de la revista Social (40). En sus impresiones de viaje por los países socialistas admira la cultura de estos pueblos. Se trata de crónicas que le sirvieron de fuente para una nueva versión de su ensayo De lo real maravilloso americano, con un estilo que las acerca a Letra y Solfa por su agilidad, claridad y solidez en los conocimientos históricos que trasmite directamente o en forma tangencial.

Su partida a París como ministro consejero de nuestra embajada no lo aleja definitivamente del periodismo y en estos últimos años sus colaboraciones en Granma y en Revolución y Cultura dan fe de su obra como periodista e historiador. El periódico Granma le publica “La cultura de los pueblos que habitan en las tierras del mar Caribe” (41), conferencia que ofreciera a través de la TV cubana y, por su parte, Revolución y Cultura saca a la luz su “Viaje a los frutos”, donde hace constar el significado del 26 de julio de 1953, cuando se produce “el fluir de la nueva corriente que esperábamos desde el día en que sonara y se hiciese carne entre nosotros, el verbo de José Martí”. (42)

Hasta el final de su vida estuvo siempre atento al suceso o a la conmemoración trascendente. En una de las entrevistas concedidas con motivo de su setenta cumpleaños, declara al periódico Granma  que “El periodista es en sí un historiador, él es el cronista de su tiempo; y el que anima con sus crónicas la gran novela del futuro”. (43)

La Revolución Cubana representó para Alejo Carpentier la culminación de su ideología política, en construcción desde los días de su juventud, inconforme siempre con la situación social y política de su país.

Elementos y referencias más o menos textuales de su obra periodística los utiliza en su narrativa para la cual también requirió de una sólida formación histórica y cultural, así como de la utilización de una muy amplia bibliografía desde ¡Ecué-Yamba-Ó! hasta La Consagración de la primavera aunque al decir de la norteamericana Speratti Piñero en su libro Pasos hallados en El reino de este mundo, en el caso de nuestro primer novelista el uso de fuentes bibliográficas, la imaginación, el talento y la sabiduría se entremezclan y amalgaman y de esta conjunción brota como manantial la obra literaria.

En una de sus crónicas de “Letra y Solfa”, “La novela y la historia” (44), se pregunta si los grandes acontecimientos históricos constituyen una buena materia para alimentar novelas y se contesta que a primera vista debiera ser así:
“Las guerras, las revoluciones, las conmociones colectivas, sitúan al hombre en un clima dramático, propicio a la exteriorización de sus virtudes más hondas. Por ellas, lo cotidiano se alza al plano de la tragedia. Se barajan las castas, clases y categorías. Los personajes más inesperados irrumpen en primeros planos, sacados de la oscuridad –de un anonimato acaso irremediable en otras circunstancias– por el poder aglutinante de los acontecimientos. Hay escenario y hay acción; hay situaciones insólitas y hay conflictos en los que pueden ponerse de manifiesto la grandeza y la bajeza humanas.

Y es que acaso los grandes acontecimientos tienen el poder de diluir demasiado la personalidad del hombre en la vastedad del acontecer histórico”.

Innegablemente lo histórico de sus crónicas trasciende a su novelística.

Por tanto, la bibliografía complementaria y paralela que Carpentier utilizó para su periodismo y para cada una de sus grandes novelas fue un  instrumento imprescindible para lograr su obra imperecedera.

Notas

(1) Le Cahier (París) (2) férvier, 1932.

(2) Una visita a la Feria de las Pulgas. Carteles (La Habana) 13 (14): 28, 41, 46; 7 abr., 1929. il. (Desde París)

(3) Las aldeas de París. Carteles (La Habana) 15 (20): 16, 60; 18 mayo, 1930. il. (Desde París)

(4) El gran malestar de Europa en 1930. Carteles (La Habana) 15 (21): 16, 69-70; 25 mayo, 1930. (Desde París)

(5) El espanto en el teatro y el espanto en la realidad. Carteles (La Habana) 16 (52): 34, 56; 28 dic., 1930. il. (Desde París)

(6) Los raros de una capital moderna. Carteles (La Habana) 17 (8): 14, 74; 26 abr.,  1931. il. (Desde París)

(7) Los pasajes de París. Carteles (La Habana) 17 (41): 16, 80; 13 dic., 1931. il. (Desde París)

(8) América ante la joven literatura europea. Carteles (La Habana) 17 (17): 30, 51, 54; 28 jun., 1931.

(9) 1900. Carteles (La Habana) 17 (18): 22, 36-37; 5 jul., 1931. il. (Desde París)

(10) Vida y milagros de un emperador de la época. Carteles (La Habana) 17 (42): 20, 61; 20 dic., 1931. il. (Desde París)

(11) Basil Zaharoff o el trust de la muerte. Carteles (La Habana) 18 (19): 14, 66; 8 mayo, 1932. (Desde París)

(12) Sir H. Deterding, el Napoleón del petróleo. Carteles (La Habana) 18 (10): 16, 57; 15 mayo, 1932. il. (Desde París)

(13) Henry Ford y la racionalización. Carteles (La Habana) 18 (21): 14, 59, 62, 74; 22 mayo, 1932.

(14) Origen de la fortuna de los Rothschild. Carteles (La Habana) 18 (26): 16, 56-57; 26 jun., 1932. (Desde París)

(15) El misterio de la muerte de Lord Kitchner. Carteles (La Habana) 18 (31): 26, 46; 31 jul., 1932. il.

(16) John Law y la calle de los millonarios. Carteles (La Habana) 19 (24): 14, 54; 11 jun., 1933. il. (Desde París)

(17) La  comedia del año: la conferencia del desarme. Carteles (La Habana) 18 (33): 14, 54, 59; 14 ag., 1932: il. (Desde París)

(18) La revolución de Cuba y el público europeo. Carteles (La Habana) 20 (7): 14, 51-52; 18 febr., 1934. il. (Desde París)

(19) La vida y la muerte de un rey demócrata. Carteles (La Habana) 20 (11): 16, 60; 1 abr., 1934. il. (Desde París)

(20) ¡Sangre en las calles de París!: en una semana París ha conocido dos noches de guerra civil, una de disturbios y una de huelga general. Carteles (La Habana) 21 (12): 14, 56-57; 8 abr., 1934. (Desde París)

(21) La oposición en Alemania. Carteles (La Habana) 22 (41): 14, 48; 28 oct., 1934. il. (42): 14, 62; 4 nov., 1934. il. (Desde París)

(22) Al margen de la guerra de Abina. Carteles (La Habana) 25 (11): 30, 52, 54; 15 mar., 1936. il. (Desde París)

(23) Carteles (La Habana) 30 (37): 32, 52; 15 sept., 1937. (39): 32, 54; 26 sept., 1937. (41): 15, 62-63, 73; 10 oct., 1937. (43): 13; 54, 73; 31 oct., 1937.

(24) Mediodia (La Habana) 2 (37): 9; 11 oct., 1937. il.

(25) Mediodia (La Habana) 3 (77): 14, 26; 18 jul., 1938

(26) Repertorio Americano (Costa Rica) (334); 5 jun., 1937

(27) Carteles (La Habana) 34 (32): 61; 6 ag., 1939. il.

(28) Carteles (La Habana) 34 (41): 16-17; 8 oct., 1939. (43): 18-19; 22 oct., 1939. (45): 34-35; 5 nov., 1939. (49): 48-49; 3 dic., 1939. (50): 30-31; 17 dic., 1939. il.

(29) Carteles (La Habana) 34 (44): 30-31; 29 oct., 1939. il.

(30) Carteles (La Habana) 22 (46): 74-75; 16 nov., 1941. (47): 36-37; 23 nov., 1941. (48): 44-45; 30 nov., 1941. (49): 44-45; 7 dic., 1941. (50): 36-37; 14 dic., 1941. (51): 36-38; 21 dic., 1941. il.

(31) Lecciones de una ausencia. Carteles (La Habana) 21 (1): 32-33; 7 en., 1940.

(32) Dispersión peligrosa. Información (La Habana) 12 ag., 1944: 14. il.

(33) La sombra de León Blum. Información (La Habana) 16 ag., 1944: 14. il.

(34) La ciudad liberada. Información (La Habana) 26 ag., 1944: 14. il.

(35) El Nacional (Caracas) 5 jun., 1956. (Letra y Solfa)

(36) El Nacional (Caracas) 30 ag., 1951. (Letra y Solfa)

(37) El Nacional (Caracas) 18 dic., 1952. (Letra y Solfa)

(38) El Mundo (La Habana) 24 sept., 1964: 4

(39) El Mundo  (La Habana) 20 mar., 1966: 1, 8

(40) El Mundo (La Habana) 24 jul., 1966: 1, 11

(41) Granma (La Habana) 8 ag., 1979: 4. 9 ag., 1979: 4. 9 ag., 1979: 4. 10 ag., 1979: 2. il.

(42) Revolución Y Cultura (La Habana) (12): 90-  [91]; [dic., 1973]. il.

(43) Granma (La Habana) 16 en., 1975: 5. il.

(44) El Nacional (Caracas) 18 mar., 1956. (Letra y Solfa)