Imaginarios: Retamar en sus ochenta

A los ochenta años del querido y respetado intelectual cubano Roberto Fernández Retamar (La Habana, 9. 6. 1930) consagra Librínsula esta selección de textos e imágenes de la colección de la Biblioteca Nacional, con colaboraciones exclusivas para la edición de algunos de sus muchos estudiosos y admiradores.

 

Alabanzas de Fernández Retamar
Por Luis Marré

El colegio de México, Editorial Muñoz, S.A, 1955.>>

Hemos acabado de leer un cuaderno. Alabanzas, conversaciones, editado por El Colegio de México, donde un joven poeta cubano, Roberto Fernández Retamar, nos entrega la ganancia de su quehacer poético de 1951 a 1955. Esta lectura nos ha obligado necesariamente a algunas consideraciones.

Roberto Fernández Retamar ha logrado en estos poemas su propósito, el propósito de un poeta honrado, que no puede ser de otra naturaleza sino puro y desinteresado, ni otro que el ser leído con respeto, desde el primer poema hasta el último, aunque su poesía no sea de la que gusta el lector. Esto es esperanzador para nosotros, pues la ambición desmedida ha impedido logros a otros poetas cubanos jóvenes, lo que puede fácilmente observarse en los libros publicados por los mismos en los últimos tiempos. Al reclamo de estas palabras, vemos venir hacia nosotros al replicador inevitable, atajándonos con el consabido “pobre de aquél...” Pero hemos calificado de desmedida a esa ambición, la que, en estos casos, lleva al presuntuoso a olvidar su honradez y a caer en lo ridículo. Además, un lector inteligente podrá observar que aquí hay ambición –justa y noble ambición–, pero que lo propuesto ha sido ganado, poema a poema, hasta la consecución de un conjunto, que es este cuaderno a la vez sencillo y magnifico.

En Alabanzas, conversaciones, el autor ha conjurado aquel peligro que amenazaba en su obra anterior, Patrias, único antecedente lírico de la presente, donde era apreciable la influencia preciosista de algunos poetas anteriores a los que en nuestro país habían hallado nuevos rumbos para la creación poética. En efecto, casi todos los poemas de aquel cuaderno, escritos en metros y formas neoclásicas, tendían hacia el plasticismo, por ejemplo, de Florit y Brull. Poesía delicada, apoyada casi siempre en la elegancia de la forma y en la expresión bella. Pero también ya se acusaba allí, justo es decirlo, una voluntad por incorporarse a la nueva poesía; esto es notable en varios poemas, tal como en “Palacio cotidiano”, que ahora reimprime, sumándolo a la nueva obra.

Ahora Fernández Retamar nos da una poesía vigorosa, que, sin embargo, es delicada; pero esta delicadeza no es de la forma ni de la expresión, que es recia. Además, los adjetivos delicado y tierno se repiten varias veces a lo largo de la obra, junto a sustantivos que dan idea de fortaleza:

el delicado halcón de la tarde...

Y a la inversa –sustantivo con idea de delicadeza calificado por adjetivo que da idea de reciedumbre–: “… un rústico ángel…” Esto emparienta su obra con la de Martí, en cuya poesía es constante la ternura y delicadeza, a pesar de la predilección del gran cubano por la expresión ruda. Claro que esto –la expresión recia– no es heredado por Fernández Retamar solamente de la obra martiana, sino también de las de Unamuno, Borges y Gabriela Mistral, de los cuales ha tomado versos para epígrafes de algunos poemas. Pero sólo de Borges, entre estos poetas, podemos señalarle una influencia significativa en poemas como “En la noche sucesiva”, “Jovellanos” y “El Regreso”, ya que con los otros –Martí, Unamuno y Gabriela Mistral– solamente coincide en las preferencias idiomáticas.

También usa aquí algunas formas tradicionales, pero este uso no lo limita a una complacencia en lo formal; entre estos poemas podemos señalar sus “Sonetos para la Esperanza”, verdaderamente extraordinarios, comparables sólo, en la poesía cubana, a algunos de Enemigo Rumor, de Lezama Lima.

En conjunto, el cuaderno es sencillo, de una poesía serena, que se lee como escuchando un sosegado discurso coloquial, que, a veces, nos inquieta:

Sólo es quien agrietó la luz
y le vio la terrible cara dorada,
le vio el hueso a la mañana,
el polvo fijo al árbol, al
que va riendo, su quemadura.

Tomado de: Ciclón, 1956, vol 2, no 4, julio, pp. 56-57

 

 

Roberto Fernández Retamar o la poesía de manos fértiles
Por René Depestre

<< París, 1969.

Roberto Fernández Retamar es un poeta de manos siempre fértiles, sea que toquen la corteza de un árbol, una hoja de papel, la culata de un fusil, el mango de una pala, el agua del mar o el agua de la lluvia, o el rostro de su amada. No es de los que cambian de manos, según quieran palpar un elemento diferente de uno de los tres reinos de la naturaleza. No tiene una mano para el plumaje del ave, una mano para la piedra del fondo del río, y otra mano para la hoja de la palma real de Cuba. Lleva con inocencia sus dos manos, que son también las de su poesía, las de su lirismo, las de su capacidad de cantar la vida entera. No es pues por azar, ni en virtud de un juego de palabras, que su último libro se llama Con las mismas manos. Esas manos, hoy, al mismo tiempo que ayudan a construir una escuela, que trazan en el aire por sobre un terreno desierto las puertas y las ventanas de una futura biblioteca, se acuerdan del rostro de su amor.

Lo que más visiblemente otorga originalidad a la poesía de Retamar es su lirismo cotidiano, en el cual las palabras de todos los días, los sentimientos de todos los días, los sueños de todos los días se acompañan, gracias a la frescura que les comunica el poeta, de una claridad, de un poder de sugestión, de una cierta gloria tierna que no es otra que la de la poesía. Sin duda es gracias a ella que se reconoce a un poeta. Existen diversos modos de alcanzar esa alianza del sueño y de la realidad, pero la luz que surge de ella, el júbilo estético que la acompaña, es lo que ha separado y separará siempre al verdadero poeta de aquel que no lo es más que accidentalmente. Retamar es un verdadero poeta. A sus ojos, la Revolución es la "flor violenta" cuyo resplandor inunda todas las orillas de su vida. Es el triunfo del coraje y de la justicia, del honor y de la sangre, pero es también:

La inmensa llamarada que recorre el país,
que incendia al Pueblo
como un bosque de terribles catedrales azules,
el bramido del aire, el coro de los hombres
reconquistados,
la belleza de una nueva constelación centelleando en la noche.

Estas son palabras de poeta, pero vanaúnmás lejos a través de esa comarca poética de que hablara Guillaume Apollinaire, cuando Retamar añade de súbito, como quien abre una ventana, al amanecer, sobre el gran júbilo del mar:

 

Y cuando mi corazón busca la figura
de este momento fragante, de esta primavera,
sin vacilar va hacia ti, te señala y te acerca,
mujer clara como el diamante, dura como el diamante,
que eres para mí el símbolo sencillo y misterioso de la Revolución
en cuyo fragor he encontrado el arma de tu vida.

Tiene así Retamar la facultad eminentemente poética de fundir lo cotidiano y lo sublime, el sueño y la realidad más inmediata, la Revolución que persigue un rostro feliz para todos los hombres, y la secreta alegría del poeta del amor feliz. Retamar es también un poeta que extiende su soberanía a las aves, a los peces, a la lluvia, a los elementos, a las más humildes realidades que rodean nuestro deslumbramiento humano. Sabe decirlo todo, como Eluard, y sabe igualmente que hacen falta pocas palabras para decir las cosas más necesarias a nuestra esperanza:

Muchas son las palabras
del idioma:
palabras grandes
como animales, raras
a veces, y otras
pequeñas
y oscuras,
hechas de piedra
y noche.
Pero no son
muchas
las palabras
que necesitamos
para decir las cosas
sin las cuales
no podríamos
vivir.
Para pedir un vaso
de agua,
para llamar
a la madre,
para amar.

Lo que dice Retamar entronca con la vieja sabiduría de los pueblos, manifestada en proverbios que en pocas palabras han expresado siempre la esencia del júbilo o del dolor humanos. La poesía intencional como la poesía involuntaria proceden de la misma fuente. Y en época de grandes reverdecimientos como la que atraviesa actualmente la vida de Cuba, poesía intencional y poesía involuntaria corren por un cauce único. Es lo que reafirman con fuerza las producciones recientes de Retamar.

En otoño último, cuando la locura de los Estados Unidos amenazaba con enviar explosiones atómicas a turbar la música que asciende hoy con la Revolución cubana, Roberto Fernández Retamar hizo de su poesía una de las millares de trincheras en que la isla esperaba, pie y corazón firmes, el fuego del enemigo. En Retamar, la luminosa demanda social que es la Revolución, coincide armoniosamente con la demanda interior del poeta. Es por eso que, cuando canta a la Revolución, no se aleja de los árboles, ni de los ojos de su amada, ni de los peces, ni de los otros vínculos secretos que los poetas mantienen con los minerales y los vegetales, con el viento que hace estremecer las hojas de su alegría o de su dolor. Y cuando se entrega a un lirismo aparentemente personal, la Revolución halla en él su bien, porque en el poeta Retamar, como en todos los poetas genuinos, la contradicción que hizo la desdicha de Orfeo ha sido sobrepasada, y el poeta recuerda que Lenin también pedía a los revolucionarios mantener siempre encendida la lámpara del sueño, la cual no es sino nuestra facultad de maravillarnos ante todos los batientes de la vida. Retamar es un  hombre que sabe soñar con ojos abiertos, y con las manos de la inocencia.

Tomado de: La Gaceta de Cuba, enero- diciembre de 1963, p. 13.

 

 

Con las mismas manos, Roberto Fernández Retamar
Por Roque Dalton

Ediciones UNIÓN, 1962.>>

¿La poesía, “la piadosa... el torso puro...”, sufrió, en desdoro de sus llamas, con el advenimiento de la Revolución en Cuba? Precisamente hoy, esta pregunta tonta desenmascara totalmente su vieja tontería... y su falacia. ¡Como si no se tratara de la poesía!

Lo digo a propósito de este libro de Roberto Fernández Retamar. Advirtiendo que las preguntas y los planteamientos en torno a estos problemas no siempre se perfilan tan claramente, y que es menester arriesgarse para desentrañar el sentido de algunas opiniones, por bien intencionadas que sean. Se ha dicho por ahí que Fernández Retamar es un “poeta sincero”, a causa de revelar en su “nueva poesía” el proceso revolucionario. No creo que quepa ahí tal calificación, porque parecería que el autor de Elegía como un himno es sincero desde un momento determinado y que hoy hace en la poesía, con las mismas manos, algo diferente a lo que hizo en otras épocas. Yo creo, por lo contrario, que la sinceridad de Fernández Retamar consiste en mantener su postura estética de siempre, a fin de enfrentar la nueva vida cubana con un instrumento expresivo altamente depurado, fruto de una responsable maduración. Con las mismas manos y con la misma sinceridad artística (y de la otra, por supuesto) Fernández Retamar no ha tenido necesidad de catarsis dolorosas para decir sí a la Revolución. El aporte positivo de que esto sea así, se ve claramente en su necesaria dualidad: la Revolución y la poesía se complementan mutuamente con sus dones específicos, sin recaer en concesiones de falsa utilidad y de daño mutuo indudable.

Con las mismas manos, hermoso volumen de 210 páginas, es una selección cuidadosa de la obra poética de Roberto Fernández Retamar. De sus libros anteriormente publicados (Elegía como un himno, Patrias, En esta nuestra tierra, Alabanzas, conversaciones) y de dos libros que mantenía parcialmente inéditos: Aquellas poesías y Sí a la Revolución. El hecho mismo de su publicación debe señalarse como un acierto porque significa poner en las manos del pueblo de Cuba, de una manera unitaria y orgánica, la obra de uno de sus poetas más logrados. Creemos que es prudente seguir esta vía en otros casos para ir evitando en adelante que el pueblo de Cuba –con la sed cognoscitiva que le ha despertado la Revolución– tenga que seguir la obra de sus creadores, siguiendo pistas difíciles a ediciones dispersas o desaparecidas. Así reunida la obra de Fernández Retamar, es fácil advertir el desarrollo de sus valores más entrañables y de sus constantes más fieles. Desde mi punto de vista interesa hacer resaltar:

a)    La característica de la poesía de Fernández Retamar de ser una poesía americana en estos momentos en que nuestro continente se ha ganado ya la mayoría de edad. Con esto quiero decir, por ejemplo y entre otras cosas, que la poesía de Con las mismas manos deja de ser la poesía del adjetivo ditirámbico o de la mera descripción, para pasar a ser la poesía que descubre los nexos esenciales entre las cosas o las situaciones, que se encontraban ocultos, detrás de las apariencias inmediatas. Sólo así es posible descubrir realmente lo que de sinfonía tiene un ciclón, para citar un caso concreto. Este ejemplo nos revela además cómo la estructura formal se ve también fecundada por esa característica, ya que el poema en cuestión (“El Ciclón”, pág. 36) es en sí una pequeña sinfonía de fuerza elemental.

b)    El hecho resultante de lo anteriormente dicho y que alude a la actitud cultural con que el poeta enfrenta la realidad material, objeto de su creación. Fernández Retamar se nos muestra como el hombre civilizado, lúcido, consciente de las necesidades y los propósitos de la palabra, sensible (de una manera calificada, no simplista) a los mejores estímulos, a los mejores latidos del mundo que lo rodea. Sólo así –valga la reiteración del procedimiento expositivo– es posible evitar el sentimentalismo torpe y elevar siempre en su lugar, la ternura del hombre aun en los más peligrosos momentos (digo, para el equilibrio poético). Ver para comprobar esto, el intenso poema “A mis hijas”. Sólo así es posible mantener esa unidad sorprendente entre el temblor humano y lo que, por llamar de algún modo, llamaremos retórico, en el mejor sentido de la expresión.

Tomado de: Casa de las Américas, no. 19,  julio agosto 1963, pp. 56-57.

 

Análisis de la historia
Por Guillermo Rodríguez Rivera

<< Ediciones ERA, S. A. México, 1967.

 “Yo sentí que había encontrado la altura central a partir de la cual las empresas del conocimiento y las operaciones del arte son igualmente posibles”. Son palabras de Paul Valéry sobre Leonardo (1). Pero podrían ser las primeras líneas de una poética, una declaración de principios en la que, al decir justo de Marcel Raymond (2), “brilla el espejismo de la omnipotencia»”

Digo estas cosas porque esa concepción del quehacer del poeta domina el apogeo de la anterior generación literaria cubana, la generación de Orígenes. Se trata sobre todo de elaborar una pararrealidad, una realidad ahistórica, un mundo de respiración ajena a la del poeta, habitable, como querían hacer de sus obras los pintores de la antigua China. El poeta así, trabaja una realidad que si no le es ajena, gana una articulación independiente del creador.

La siguiente generación de poetas cubanos, los hombres que ahora tienen de 30 a 40 años, y que comienzan a aparecer hacia 1950, hallan este punto de referencia. Cierto que ya en el mismo seno de Orígenes aparecen los indicios de la desintegración de aquella manera: Elíseo Diego, Cintio Vitier, historizan la poesía sobre todo por la memoria. En su excelente libro En la Calzada de Jesús del Monte (1949), Diego aprehende el tiempo perdido y nos brinda un ámbito leyendario, nostálgico, mitológico casi, apoyado en la memoria, en el recuerdo.

Esta es la doble posibilidad que encuentran los poetas entonces jóvenes. Concretamente abordaremos el caso de Roberto Fernández Retamar.

Los dos primeros cuadernos de este autor –Elegía como un himno (A Rubén   Martínez Villena) (1950) y Patrias (1949-1951) (1952)– son sobre todo desiguales. La multiplicidad de influencias se advierte: Vallejo, Ballagas, Florit, Martí, Jorge Guillén, por sólo mencionar algunos nombres. Nada de esto es raro o alarmante sino que, al contrario,  resulta saludable y, más que todo, inevitable: cuando Fernández Retamar publica Patrias (Premio Nacional de Poesía, 1952), no tiene aún veintidós años.

Peculiar resulta en Patrias el poema “Palacio cotidiano”, que evidencia una naciente voluntad de aproximación al fundamental microcosmos de lo diario, de lo habitual. En esta dirección habría de moverse después su poesía.

Alabanzas, conversaciones (1955) es el libro donde Fernández Retamar está más cerca de Orígenes. Poesía del goce verbal es esta, pródiga. Hay sin duda aquí, ya, una unidad estilística, una manera de decir. Es el libro de la entrada en la madurez, es la referencia que el poeta trascenderá para edificar su poesía de hoy.

Los poemas que Fernández Retamar recoge en En su lugar la poesía y en Aquellas poesías prefiguran su visión posterior. En 1959 publica Vuelta de la antigua esperanza, donde sobre todo dos poemas (“El otro” y “Ultima estación de las ruinas”) siguen trazando líneas, entregando claves de su desarrollo. Quiero referirme a Cartas y otros poemas como otro momento importante en la poesía de Fernández Retamar. Enseguida, aparece Historia antigua.

Este pequeño cuaderno de poco más de veinte poemas es, en mi opinión, el más importante volumen de su autor. Hasta hoy, la obra que abarca definitivamente las perspectivas que el poeta había vislumbrado en poemarios anteriores.

Si en los poemas de En su lugar, la poesía hay el acercamiento a lo cotidiano de una manera personal; si en un poema como “El otro” se tiende a la persecución de una especie de trascendencia revolucionaria –próxima a Borges, naturalmente en lo trascendente–; si en Cartas y otros poemas se interioriza la poesía revolucionaria, se tiende a la elaboración de una propia eufonía del verso, se ensaya la economía de medios, en Historia antigua hallamos la culminación de estas direcciones. Pero hay más. Hay –y es lo que comunica su inusitado vigor al poemario– un conflicto esencial, un conflicto inevitable, podríamos decir trágico, que preside la proyección del libro: la contradicción vida-muerte.

La muerte se pasea por estos veintitantos poemas con muchas máscaras: la del amor perdido (“El fuego junto al mar”); la del transcurso del tiempo (“El tiempo”), el olvido (“Homenaje al olvido”), el tiempo perdido (“Historia antigua”); está en la confrontación de pasado y futuro (“España otra vez, siempre”). Y aparece clara, terriblemente radiante, en “Tú me preguntas” y en el excelente “Oyendo un disco de Benny Moré”:

Y las lágrimas mezcladas con cerveza junto al mar,
Y la carcajada que termina en punta, que termina
En aullido, que termina
En qué cosa más grande, caballeros;
Así que estas palabras no volverán luego a la boca
Que hoy pertenece a un montón de animales
Innombrables
Y a la tenacidad de la basura.

Y  los claros de este paseo de la muerte, está la vida, la voluntad –dolorosa– de trascendencia. La de Historia antigua es poesía apasionadamente histórica. La omnipotencia de un Valéry, se ha esfumado. No hay altura: el poeta no está sobre las cosas, sino entre ellas. Las cosas lo conforman, lo alegran, lo hieren: el poema no es más que un testimonio. Y un testimonio incapaz de sustituir la realidad. La vida en el poema –querida por Whitman y, entre nosotros, por Ballagas– es insuficiente:

¿Vivir ahora en las líneas del poema?
Quien conoció la mano,
¿Contentarse con la palabra mano?
¿Con la palabra mar, con la palabra Siempre?

No hay pararrealidad posible. Como realidad sustituta de la vida, habitable, la literatura es bien pobre, bien escasa. Podría hablarse de un retorno al romanticismo  en cierto sentido: el poeta no trabaja tanto con las palabras como con él mismo.     Su gran labor no es con el idioma, no pretende un “poema-objeto”: su gran labor es con su capacidad de percibir, de apresar los testimonios de su inmersión en la realidad.

Claro que esta proyección antiliteraria –excelentemente expresada en “Arte poética”– es en verdad profundamente literaria en el más exacto sentido de la palabra: se trata de ampliar la concepción de lo literario.

Historia antigua será un libro a recordar en la trayectoria de la poesía cubana. Es un libro de calidad, pero disfruta de otra virtud más rara: la de ser un libro importante, un nuevo punto de referencia en nuestra poesía.

Notas

(1) Paul Valéry: Introduction a la méthode de Léonard de Vinci (Citado por Marcel Raymond: De Baudelaire al surrealismo, Fondo de Cultura Económica, México, 1960).

(2) Marcel Raymond, op. cit., p. 130.

Tomado de: Casa de las Américas, nov- dic de 1965, pp. 147-149

 

 

La canción de la isla recuperada
Por Alejo Carpentier

Tomado de la edición original. >>

Una toma de conciencia del mundo por la poesía –así se nos presenta la tarea acometida por Roberto Fernández Retamar en una obra que avanza con su vida y los grandes o pequeños acontecimientos, los encuentros, los comercios humanos, que le dan un sentido. Esta obra es todo lo contrario de una búsqueda del misterio. Aquí, las cosas, los hombres, los trabajos y los días son realidades en busca de una revelación de sí mismas que el poeta percibe "con las mismas manos" –las que acarician a la mujer y construyen la escuela– que son, por vocación, por oficio, manos de vidente. Todo existe, pero hace falta el poema para detener el tiempo de las metamorfosis, de las trasmutaciones, de las sublimaciones: para apoderarse del objeto en un instante dado de su afirmación, de su irradiación, y fijarlo gracias al lenguaje poético. Así, el árbol solitario, desapercibido, no revelado, a pesar de su espléndido atuendo "con flor rosada" que no existe quizás "sin el ojo que al mirarla, alegrándose, le haga de veras". Entonces; "uno escribe un poema", el árbol, la flor, se convierten en poema, un poema, que no se quiere cargado de imágenes ni barroco; árbol, flor, a los que bastan las palabras "árbol", "flor", para definirse en una poesía cuyo despojo verbal, el uso estricto de las palabras, constituyen un caso de excepción en la literatura contemporánea de la América Latina.

En vísperas de grandes acontecimientos que darían un nuevo sentido a su vida, el poeta viaja, inquieto, del gran mar de los griegos que evoca nuestro Mediterráneo del Caribe constelado de islas innumerables, al París del "flaneur de deux rives"; y es, poco después, la espera ansiosa de lo que exigirá, por su afirmación misma, una toma de conciencia de realidades nuevas, largo tiempo queridas. Atento a las palabras dichas a media voz, escuchando en las puertas, descifrando los signos que se hacen apremiantes, el poeta percibe la epopeya que se construye a lo lejos en un desencadenamiento de gritos bajados de las montañas –"Qué extraños graznidos de pájaro agonizante"– cuyo eco nos llega a través de cartas que, escritas allá, cerca "de las hogueras que en la noche empalidecen las estrellas", le hablan "del territorio libre... De la batalla cercana apenas interrumpida. De las mudadas en medio de lo azaroso". Remontando el curso del tiempo, el poeta –tal como lo hacía con el árbol y su flor– parte al descubrimiento del "capitán" lejano, buscándolo, antes de la acción acometida después, en su "tienda de calle oscura" de antes, donde "desgarbado y tímido vendía zapatos". "Yo lo conocí'", dice el poeta, evocando lo que fue el combatiente de hoy –quizás un héroe– en tiempos sombríos, llenos sin embargo de sentido, perdidos para siempre sin el poema que nos los restituye. Y es entonces la canción de la Isla Recuperada –"El caballo, la mariposa, el marinero, el gato"– anunciando una meditación, en el alba de la victoria revolucionaria sobre los hombres caídos en lo más duro de la lucha. Pero ahora estamos también ante las ruinas; ruinas que ostentan en exergo el verso de Paul Eluard: "Regardez travailler les batisseurs de ruines"; y aquí, como ante el árbol, Roberto Fernández Retamar inscribe en el poema las ruinas de la Isla Recuperada, transfigurada por la Revolución, y, gracias al poema, por la operación misma de la poesía, toma conciencia del sentido profundo de esas nuevas ruinas que "No tapó esta vez la luz exagerada de la isla"; ruina familiar "Que conoció el horror para que alimentara la esperanza". Ruinas diferentes de tantas otras ruinas abandonadas a su suerte, apenas alzadas al borde de caminos que no conducen a parte alguna, a la manera de desechos privados de todo sentido.

Pero aquí las ruinas tienen un sentido: un sentido que le darán los escombradores deslumbrados por "La belleza de una nueva constelación centelleando en la noche", encima de la inmensa llamarada semejante a "un bosque de terribles catedrales azules". Y es junto a esas ruinas próximas a ser barridas del mundo, que los vigilantes, los acechantes –el hombre y la mujer, en defensa de lo suyo– se hablan en la sombra, en espera de los mismos peligros. Marchan de noche "bajo las estrellas, bajo la lluvia", llevando esas "mismas manos" grávidas de porvenir, hechas para reconstruir el mundo, levantar la escuela y acariciar, pensando, ahora que el acontecimiento sucedió, que habían estado lejos de las cosas verdaderas –de las cosas verdaderas que se diseñan ya, en formas sólidas, más allá de las ruinas irrisorias, simples jalones de una lucha que fue necesaria.

Hasta el presente, Roberto Fernández Retamar había tomado conciencia de los hombres que actuaban, de las luchas subterráneas de la ciudad, de las vigilias ansiosas, de las exigencias de la acción: ahora, con plena conciencia poética de lo suyo, se dirige al poeta Fayad Jamís en un tono familiar, describiendo un camino que es el de su acercamiento al despertar de "esta guitarra limpia", toda rumorosa hoy día, en que la noticia traída por el periódico de cada mañana se confunde con el poema... De la misma vena es la carta a Eugenio Evtushenko y Pavel Grushkó, profesión de fe en la poesía –en la solidaridad de la poesía– expresada en frases directas, cortadas, ritmadas, según la inflexión misma del lenguaje hablado.

Todo el proceso poético de Roberto Fernández Retamar se encuentra como resumido en los poemas –"A quien pueda interesar"'– que cierran esta colección. Aquí después de muchas angustias, de solicitaciones arrojadas a la noche, de miradas lanzadas a los mismos peligros, la paz renace, la alegría arde:

A lo largo de toda la isla, somos menos
que los que diariamente deambulan
por una gran ciudad.

Somos menos: un puñado de hombres
sobre una cinta de tierra.
Batida por el mar. Pero.
Hemos construido una alegría olvidada.

Una mañana, "ante el mar que empezaba a ser astillado por el sol, llegó el extraño sentimiento de ser dueños de todo". El poeta exulta. Sus palabras tienen un vuelo, un tono, sin precedentes en la poesía cubana contemporánea. Son las palabras de la época que vivimos; las palabras de nuestra realidad –"Siento crecer mi vida como un fuego soplado"–, los gestos de nuestras manos reales todavía sorprendidas por tantos descubrimientos, maduradas por muchas pruebas sobrepasadas para saber, al fin, que

"Lo que nos pasa coincide con lo que
pasa.
Ahora entiendo que nuestra historia es
la Historia.

* * *
Ninguna oscuridad, ninguna vaguedad, en la poesía de Roberto Fernández Retamar. Su toma de conciencia de las cosas, de los hombres, del mundo, se hace de manera directa, con las palabras de todos los días adoptando a menudo el tono del diálogo familiar. El lector francés está habituado, desde Apollinaire –a quien Roberto Fernández Retamar aprecia particularmente–, a un lenguaje poético así. Pero en América Latina esta habla cotidiana, simple, sin énfasis, que renuncia a las posibilidades de un barroco verbal siempre ofrecido por la lengua, adquiere una significación singular. Una poesía en que incluso el adjetivo se hace infrecuente para dejar sitio a la palabra desnuda, a un discurso que prescinde de metáforas, es un caso de excepción, entre no pocas obras que le son contemporáneas.

Roberto Fernández Retamar rompe con el barroco, las lacerías, los juegos de vocabulario, siempre posibles en español, para llamar a las cosas por su nombre, tomando conciencia del peso real de los objetos con sus "mismas manos", manos siempre en busca de lo real, de la revelación de lo real, con frecuencia enmascarado por las apariencias. El escritor hispanoamericano estaba habituado, desde el estudio de sus clásicos del siglo XVIII, a abusar de la imagen, y también de las posibilidades de expresión de los riquísimos recursos de una lengua que se presentaba a todos los excesos –incluso a una justificación de la congruencia... La obra de Roberto Fernández Retamar, con su justeza de acento, su visión directa de las cosas, aporta a la poesía cubana contemporánea el tono nuevo de una nueva época vivida por sus poetas.

Imagen de sí mismo, el acontecimiento prescinde de imágenes. Y los hombres del acontecimiento que ha dado un nuevo sentido a sus vidas, se vuelven a encontrar en las palabras enteramente simples,  y sin embargo reveladoras, que ha escrito para ellos un poeta militante que a menudo, en la noche, fusil al hombro, ha contemplado con ellos las mismas estrellas en el cielo de la isla al fin reconquistada.

Tomado de: La cultura en México, suplemento de Siempre, no. 734, julio 19, 1967, pp II-III.

 

 

La Bibliografía y la Colección Retamar en la Biblioteca Nacional
Por Araceli García Carranza

En la Exposición por el 75 aniversario de Alejo Carpentier, Biblioteca Nacional.>>

La Biblioteca Nacional José Martí atesora colecciones de figuras relevantes de la cultura cubana las cuales han promovido investigaciones bibliográficas, o sea, la creación de repertorios de consulta acordes con las características de cada una de ellas; estos repertorios facilitan el acceso a dicha información.

Generalmente los autores cubanos, por voluntad propia, depositan en el tesoro de la nación sus papeles, publicados o no publicados, y estas acciones promueven el necesario control bibliográfico; en otros casos las colecciones fueron depositadas por eruditos coleccionistas, investigadores y estudiosos tales como Antonio Bachiller y Morales, Manuel Pérez Beato, Vidal Morales y Morales, entre otros, fondos antiguos que llegaron a nuestro depósito de la otrora Biblioteca Nacional radicada en el Castillo de la Fuerza; y por excepción en la década de los 60, adquirimos algunas por compra, como la del sabio polígrafo cubano don Fernando Ortiz (1881-1969).

En el caso de la Colección Roberto Fernández Retamar, el eminente poeta y ensayista donó su papelería a la Biblioteca Nacional de Cuba cuando cumplió sus 60 años. Este inmenso donativo promovió la compilación de su Biobibliografía, y el inventario y procesamiento de todos los documentos que lo integran.

¿Quién le iba a decir a la bibliógrafa de aquel joven y excepcional profesor, que en los años 1960-1961 le impartía con admirable erudición y excelente voz, conferencias magistrales sobre la fragmentación lingüística de la Romania, le diera a conocer a Ferdinand de Saussure, y la deleitara con sus clases de teoría literaria, que 30 años después recibiría su papelería y tendría la inmensa responsabilidad de legar al futuro el necesario control bibliográfico que esta iba a requerir?

Estudiosos e investigadores, cubanos y extranjeros acceden hoy a su obra a través de la Biobibliografía compilada por la autora de esta sencillísima reseña.

La obra está estructurada acorde con los géneros abordados por el doctor Retamar en cada tipo de documento. Así la “Bibliografía Activa” describe su poesía, su ensayística, su periodismo y sus entrevistas en libros, folletos, publicaciones periódicas, manuscritos, mecanuscritos, y otros documentos; su obra en más de veinte idiomas; y sus ensayos de crítica e interpretación del pensamiento martiano. La “Bibliografía Pasiva” incluye “Generalidades”; su actuación y relación fundacional con la Casa de las Américas; la historia y crítica de su obra poética; la valoración crítica de cada uno de sus libros de poesía, ensayos y entrevistas; y, en sección aparte la valoración crítica de sus títulos martianos. Por último “Otros Documentos”: carteles o afiches, catálogos de exposiciones, discos, manuscritos, partituras y programas completan el repertorio biobibliográfico que como su título indica, incluye su trayectoria vital, la cual precede el cuerpo bibliográfico descrito, y está conformada con datos y textos activos que siguen el paso a su vida y a su obra. Los datos extraídos de su extensa bibliografía pasiva, procedentes también de su curriculum, aparecen apoyadas por datos primarios que confirman la información biográfica y bibliográfica. Esta cronología se interrelaciona con cada una de las subdivisiones del cuerpo bibliográfico donde se organizan las descripciones de cada documento, también en forma cronológica. Con un suplemento se continúa esta compilación hasta nuestros días.

<< Revista de la Biblioteca Nacional dedicada a Retamar.

Actualmente la Sala Cubana de la Biblioteca Nacional  tiene la responsabilidad  de procesar esta papelería según la Norma cubana de descripción bibliográfica de manuscritos, de 1999, y a su vez conformar un inventario que garantice la protección y seguridad física de esta documentación, independientemente de otras medidas de seguridad que se aplican en estos casos.

El doctor Fernández Retamar, como nuestro gran novelista cubano y universal Alejo Carpentier (1904-1980), hijo y padre entrañable en el espíritu de la más pura amistad, ha donado en vida su creación intelectual, desde sus trabajos de juventud hasta sus obras más relevantes. Sus papeles, a veces en varias versiones, o rectificados, de puño y letra, dan fe del nacimiento y logro de obras perdurables.

Gracias, maestro Fernández Retamar, mi profesor, por donar su obra a nuestra querida institución.

 

 

Pinceladas sobre el lingüista que habita en Retamar
Por Denise Ferrero

Editorial Arte y Literatura, 1979.>>

El  próximo miércoles, en su Casa de las Américas casi natal o en la sede de la Academia Cubana de la Lengua, da igual, pero justo frente al océano Caribe, el intelectual cubano Roberto Fernández Retamar festejará su octogenésimo aniversario, en compañía de su gran familia latinoamericana de escritores, artistas y demás letrados de nuestro continente y del orbe afines al gran proyecto cultural que es y seguirá siendo la Casa,  afines al pensamiento humanista de quien ya es y será para todos los tiempos simplemente Retamar y, sobre todo, cercanos al hombre sencillo, de corazón profundo y palabra fácil, al amigo que es también el padre de familia y esposo adorado, el abuelo soñado por todo nieto, el hijo amorosamente revelado en ¿Y Fernández…?

Muchos años ya han transcurrido desde que se doctorara en Filosofía y Letras defendiendo su visión generacional de la poesía contemporánea cubana del segundo cuarto del siglo XX (1927-1953), o desde que colaborara con Orígenes y entregara sus primeros poemarios, o desde que publicara su visión de la Estilística. Desde entonces su prestigio como intelectual orgánico no ha parado de crecer –pese a las polémicas entabladas en torno a su obra–, con el apoyo de innumerables pensadores latinoamericanos que comparten con él el amor por la poesía, la defensa de la descolonización cultural de nuestro continente o su pasión por todo lo valioso que encierra la Revolución Cubana.

Cada arista de la obra de Retamar se conecta con las restantes; su esencia profundamente martiana, por ejemplo, no se limita al estudio y difusión de la obra del gran prócer de la independencia de nuestro país: se amplía en la contextualización de su pensamiento ante las nuevas circunstancias de América Latina con la respuesta oportuna y el ensayo claro, de los que son sin duda ilustres como ejemplos toda la familia Calibán. Incluso su poesía, resguardada en zona autónoma, solo por el modo de ver la realidad, tiene arranques políticos y sociales en algunos de sus temas: Rubén Martínez Villena, la nueva circunstancia de la Revolución y la vida cotidiana diferente que esta entraña… Pero si hoy quiero hablar de esa interconexión en Retamar es para compartir con todos ustedes, mis lectores, no solo el regocijo por verlo llegar a sus 80 años en plena vitalidad, sino para mostrarles cómo el lingüista que habita en Retamar emerge en gran parte de su obra, lo que de hecho justifica el verlo hoy, a sus 80 años, al frente de la Academia Cubana de la Lengua.

Roberto Fernández Retamar es lingüista por su formación. No lo convirtió en tal solo el haberse doctorado en Filosofía y Letras por la Universidad de La Habana, pues su tesis fue un intento por clasificar coherentemente las tendencias de la poesía cubana entre 1927 y 1953; sino el haber tenido el exclusivo privilegio entre nuestros coterráneos de haber sido discípulo de André Martinet en sus predios franceses. Su labor profesoral en la  Universidad de La Habana, como catedrático de Estilística, no solo le llevó a seguirse preocupando por los fenómenos del habla, o sea, del estilo, en la poesía cubana que emergía o que había sido producida en años recientes, sino también por todo el arsenal teórico a su alcance que consolidaba esa materia. De ahí que, por una parte, se preocupe por definir y redefinir qué entender por estilística a partir del estudio de sus contemporáneos más aventajados, y, por la otra, lleve sus preocupaciones al respecto a un poemario suyo, Circunstancia de Poesía (1977), donde  reflexiona sobre los medios expresivos de la poesía, además de sobre sus fines.

Como botón de muestra aparecen en Sobre la Escuela Lingüística Española, algunas consideraciones sobre el estilo y la estilística a propósito de la publicación del libro Materia y forma en poesía (Madrid, 1955), de Dámaso Alonso. Si algo resulta esclarecedor en ese texto es que Retamar se hace eco de D. Alonso al apropiarse de sus palabras: “Si las escuelas lingüísticas partieran de la poesía para sus investigaciones, ganarían una idea más rica y más exacta de lo que es el lenguaje”. Esto se entiende mucho mejor cuando señala: “Al centrase la lingüística en torno 'al lenguaje como creación', se reparó en que la poesía, forma creadora por excelencia del idioma, quedara a su vez como centro de ese centro (…) la estilística (…) será (…) el instrumento para comprender la expresividad en ella (la lengua) del hombre”. Define una estilística que describe la obra –desde su constitución y estructura interna hasta el poder de las palabras y la eficacia de los juegos rítmicos– y con ella al hombre. Y ve en la poesía, al igual que D. Alonso, una rica fuente de símbolos capaces de describir la realidad. El empleo de la función que solemos llamar metalingüística para englobar los casos en que desde el lenguaje profundizamos en fenómenos de lengua o asociados a las teorías que intentan sus generalizaciones, es una tarea propia de críticos y de lingüistas. Pero encontrar en lo poético una zona de enriquecimiento de la realidad dará en él fructíferos resultados cuando recree símbolos como el ya conocido Calibán.

La interpretación que hace Retamar de la obra de Guillén en varios de sus ensayos son ejemplos de la aplicación de la visión de su estilística que se consolidaba a fines de los años 50 y en los 60. Que lo llegara a catalogar como “uno de los mayores poetas de la lengua española, de las posibilidades creadoras implícitas en el propio organismo verbal” –criterio que es atravesado por su propio concepto de poeta: “Poeta no es el aficionado a las palabras, sino el que las hace fascinantes”– encierra un argumento lingüístico que se conecta con su criterio sobre lo que es cultura (y que, a su vez, entraña qué se convierte en tal y cómo se relaciona con lo identitario y lo autóctono). Valora en Guillén el haber recogido de la tradición oral las canciones populares forjadas en el mestizaje de la tradición hispánica y las africanas, y el haberles dado un lugar en la poesía culta de nuestro país con sus Motivos de Son; pero le reconoce también el empleo de una lengua mestiza –y nótese que rehúye el término “negro”–, en la que lo castizo se deformaba por la pronunciación que le daba el criollo de ascendencia negra perteneciente a las capas más populares, y se lo  reconoce, sobre todo, porque, para él, Guillén no se conformó con el regodeo de esas formas que a la postre pertenecían a una de las tradiciones que conformaban lo cubano, sino porque en poemarios posteriores las fundió con el español más castizo, lo que lo llevó a un empleo de la lengua emparentado, en su originalidad, con los logros estilísticos de un Federico García Lorca, por ejemplo. ¿Y no está latente en toda esa defensa nuestro derecho al uso de un español que se corresponda con nuestra realidad cubana, con las tradiciones que nos conforman y forman como nación, lo que en términos más modernos conocemos como variante cubana de la lengua?

Queden los entresijos de las ideas de Retamar sobre Guillén y las consideraciones lingüísticas que se derivan de ello para otro momento. Sostiene  el autor de Juana… tesis aún más atrayentes en otro de sus ensayos: El español, lengua de modernidades.  Si bien el español ya era una lengua formada en el momento de la conquista de América, –la primera Gramática de nuestra lengua es contemporánea, apenas con días de diferencia, al hecho del avistamiento–, es el contacto con la realidad americana lo que propicia el esplendor de los siglos de Oro, y la razón de que sea actualmente no solo una de las lenguas más habladas en el mundo, sino también una de las más ricas –diversas, desde el punto de vista dialectal, por las diferentes configuraciones culturales de los pueblos y de las naciones que se expresan en ella. Y llega también a un grado sumo de generalización: ninguna lengua metropolitana puede seguirse viendo exclusivamente como tal después de la colonización de América, en otras palabras: los conquistados enriquecieron sobremanera las lenguas de los conquistadores.

El papel de la literatura escrita en una lengua, por su cantidad, pero, sobre todo, por su calidad, es otro de los tópicos desarrollados en este ensayo. La adaptación de recursos propios de lenguas y literaturas extranjeras a la literatura y lengua propias, no como calco sino como motivo o pretexto para potenciar el acto creativo, es totalmente válida. Son los escritores –en general, los intelectuales–, quienes, a través del acto creativo que constituyen sus obras, llevan las lenguas naturales a puntos cumbres en sus posibilidades de expresión. Por eso todo el ensayo es también un intento de historiar lo mejor de la literatura escrita en lengua española desde 1492 hasta los años del boom de la literatura latinoamericana. Una lengua no solo es reconocida por la calidad de sus vocablos y giros –su madurez, actualidad, modernidad en cuanto a lengua, aunque no se detiene en definir estos conceptos–,  sino también por los ideales que se expresan en ella –por el número de pensadores de calibre que la utilizan. Retamar ve en ello no solo la causa de que el español haya sido la lengua de cultura durante los siglos de Oro –la lengua extranjera más aprendida durante los siglos XVI y XVII–, sino su decadencia durante el XVIII –cede ante todo el caudal de pensamiento que son generados por los ideales de la Revolución Francesa– y el XIX –todo el pensamiento filosófico racionalista y todo el pensamiento en torno al auge de la Revolución Industrial. 

No es el suyo ensayo de una sola tesis; sí de las complejas y disímiles relaciones entre lengua, modernidad, identidad y literatura. No se centra en América, sino en la relación entre España y la antigua América española, sobre todo en sus literaturas. Retamar reconoce la fortaleza que representa el alto grado de unidad entre el español culto hablado en América con respecto de España y defiende la calidad del español americano o, mejor dicho, del conjunto de variantes que conforman el español americano, a través de la madurez literaria y la calidad del pensamiento de nuestro continente, ya descollante en el siglo XIX con figuras como Andrés Bello y José Martí, y en un estado de esplendor sin precedentes en la década del sesenta del siglo XX, al contar con escritores como Alejo Carpentier, Miguel Ángel Asturias, Pablo Neruda, Gabriel García Márquez, Octavio Paz. Se yergue, por último, con un llamado a los intelectuales por un uso consciente de la lengua, dado no solo por el empleo correcto y creativo de su gramática, sino por las ideas expresadas en esta –y aboga para nuestros tiempos por lo que cree lo mejor para nuestra región: un intelectual progresista, comprometido con su realidad y la de su continente a través de sus palabras y sus acciones.

Después de repasar la cuádruple interrelación entre lengua, identidad, cultura y literatura no queda más que revisitar la familia de ensayos Calibán para precisar, la mayor parte del tiempo desde citas de su autor, cómo esta relación se expresa para nuestra realidad continental:

“… descendientes de numerosas comunidades indígenas, africanas, europeas, tenemos, para entendernos, unas pocas lenguas: las de los colonizadores. Mientras otros coloniales o excoloniales, en medio de metropolitanos, se ponen a hablar entre sí en su lengua, nosotros, los latinoamericanos, seguimos con nuestros idiomas de colonizadores. Son las linguas francas capaces de ir más allá de las fronteras que no logran atravesar las lenguas aborígenes ni los créoles. (…) No es otro el grito que leímos (…) En La Tempestad, la última obra de William Shakespeare, el deforme Calibán, a quien próspero robara su isla, esclavizara y enseñara el lenguaje, lo increpa: 'Me enseñaste el lenguaje, y de ello obtengo/ El saber maldecir. ¡La roja plaga/ Caiga en ti, por habérmelo enseñado!'.”

La lengua de los colonizadores, convertida en la lengua de los colonizados, no solo se torna un medio propio y legítimo de expresión para los segundos, sino en uno que da al menos dos ventajas: la posibilidad de comunicación  en una misma lengua con los demás que se encuentren en su misma situación, y la de instruirse a partir de la cultura de aquel que inicialmente lo sometió. El detalle es que Calibán representa al hombre antillano, pues es en las Antillas  donde las lenguas nativas apenas perviven como topónimos y léxico referencial a las realidades propias de nuestras islas. La relación estaría entre la lengua, la cultura y la identidad. Hay una cultura latinoamericana étnicamente mestiza que se expresa predominantemente en lengua española; pero que no se comunique en lengua autóctona no significa que su discurso anticolonial no sea válido.

Luego Retamar reconstruye la historia de Calibán, como término y como concepto. El ensayo es un estudio lingüístico, por demostrar las diferentes acepciones con que fue reconocido un término, y las redefiniciones semánticas sucesivas que se le fueron asignando con el paso del tiempo. Pero es también un estudio cultural, sobre cómo y cuán deformada fue aprehendida la realidad americana por los europeos, que nos lleva a meditar sobre cuántos términos y conceptos que utilizamos cotidianamente están también marcados por visiones gregarias y culturalmente excluyentes. Su lectura es un placer. No solo explica la transformación “caribe / caníbal / calibán”; también la oposición entre “taíno” y “caribe” o “caníbal” para el contexto antillano.  No solo rastrea la evolución del término, sino los autores que lo convirtieron en símbolo y las características que le atribuyeron como tal: en este punto se entronca el estudio lingüístico con los estudios socio-históricos, socio-culturales y literarios. Del Diario de Navegación de Colón a Montaigne; más tarde a  la traducción al inglés del texto de Montaigne por Floro; de Floro a Shakespeare. De Montaigne y Shakespeare a Renan. Todos europeos. Luego retomado por Paul Groussac, francoargentino que no se sentía precisamente argentino, quien es seguido por Rodó. Y “calibán” de ser término que identificaba a los beligerantes “caribes” de las Antillas, pasó a ser un símbolo de los nativos en Shakespeare, un símbolo negativo del pueblo en Renan y un símbolo de los Estados Unidos en Groussac y Rodó, quienes, por supuesto conocieron a Renan. Es Ariel quien representa en la obra de Rodó al hombre americano con marca positiva. Y esto es tan solo la mitad del viaje, quedan todos los que a lo largo del siglo XX se apropiaron del símbolo Calibán para redefinir e explicar sus realidades, hasta volver a las Antillas, en las voces de Aimé Césaire y de Edward Kamau Brathwaite: en el primero Calibán es un esclavo negro, ¡ya no hay caribes en las Antillas!; en el segundo, Calibán parece ser Cuba.

“Asumir nuestra condición de Calibán –y es opinión citada de Jan Kott por Retamar–  implica repensar nuestra historia desde el otro lado, desde el otro protagonista. El otro protagonista de La Tempestad (o, como hubiésemos dicho nosotros, El Ciclón) no es Ariel, sino Próspero. (…) Calibán es el rudo e inconquistable dueño de la isla, mientras Ariel, criatura aérea, aunque hijo también de la isla, es en ella (…) el intelectual.”

Quizás sea toda la construcción teórica en torno a Calibán el mejor ejemplo que encuentre en Retamar sobre cómo de la poesía se pueden extraer y reconstruir símbolos que expliquen la realidad, en este caso de lo que actualmente conocemos como América Latina. Los símbolos de Retamar, aunque llegan a tener una naturaleza cultural y a ser importantes como tales, parten de una detallada configuración y definición lingüísticas.

Para describir la realidad de nuestro continente Retamar se ha dado a la tarea, a lo largo de toda su vida, de estudiar a nuestros pensadores y a los extranjeros en la búsqueda de los términos y conceptos que definan y describan mejor nuestra realidad continental; y también ha criticado y, en ocasiones, derrumbado, conceptos endebles de presuntos o reconocidos autores latinoamericanos o no.
Su conciencia lingüística estriba en su conciencia cultural. En la medida en que mejor seamos capaces de describir nuestra realidad y nuestras circunstancias no solo consolidaremos nuestra cultura y nuestra identidad, sino también la lengua que nos sirve como soporte para expresarnos.

En otro de sus ensayos, Nuestra América: cien años, encontramos esa preocupación lingüística en la identificación de epítetos –y sus fuentes– con que es calificado Martí por parte de los más insignes autores latinoamericanos –“supremo varón literario”: Alfonso Reyes, “Maestro”: Rubén Darío, “el hombre más puro de la raza –y  suponemos que  (sea) la de José Vasconcelos llamaría 'La Raza Cósmica (toda la acotación es de Retamar)': Gabriela Mistral, “autor intelectual del Moncada”: Fidel castro, “Quijote cubano”: Juan Ramón Jiménez–. Cada uno de estos calificativos contribuye a la conformación de Martí como paradigma de nuestra literatura, pero también como exponente de un pensamiento descolonizador, en términos actuales.

Por otra parte, estudia conceptos que aún son vigentes y permiten describir nuestra realidad. No solo rememora el concepto “Nuestra América” de José Martí, también muestra el resultado de un rastreo por los textos del Maestro que le permitieron ver la evolución del concepto y establecer su contraparte: la “Otra América”, que “desde 1884 Martí llamará la 'América europea'.”

En tercer lugar, interrelaciona parejas de opuestos recreadas en nuestra historiografía: civilización/ barbarie, explotadores/explotados, Norte/ Sur, con sus respectivas fuentes: Sarmiento, la filosofía marxista, el pensamiento colonizador contemporáneo. Usar un término u otro no es solo emplear un referente que será prontamente reconocido, sino afiliarse a una visión del mundo de un modo consciente o inconsciente.  Por eso Retamar recurre a una última pareja: falsa erudición/ naturaleza, toda martiana, para recordar la importancia de conocer en profundidad la cultura propia (esencia del concepto martiano de naturaleza) –y la formas idóneas de referirse a ella–,  y los peligros de la falsa erudición: la reproducción constante, inconsciente y abusiva de patrones extranjeros que, como bumeranes, se vuelven contra el intelectual que las utiliza.

Trata Retamar, por último, de esbozar un concepto, todo mítico, todo poético, para Iberoamérica: el de “Atlántida”, que trata de actualizar a partir de uno previo de Ortega y Gasset. “Las Atlántidas  son las culturas 'sumergidas' o 'evaporadas'.” Si con “Nuestra América” Martí se refería a las tierras del Río Bravo a la Patagonia, aquellas en que la cultura hispana arraigó y se hizo mestiza; con el término “Atlántida” identifica las culturas sumergidas, las de vastas comunidades humanas olvidadas o relegadas que están volviendo a la superficie, como sucede con las de la ex Yugoslavia, o las de los descendientes de nativos sobrevivientes a la conquista, o las de los que comparten entre sí fuertes raíces africanas, pero en ninguno de los dos casos viven en territorios iberizados. Apunta que los nexos se establecen entre comunidades que no pertenecen necesariamente a un mismo país –concepto contemporáneo– pero que comparten en medida apreciable arraigados sustratos comunes. Con este concepto intenta apelar al respeto de la diversidad cultural, al de la unidad dentro de la diversidad, al de un equilibrio entre mundialización y defensa de las identidades nacionales o autóctonas. Por otra parte, son “culturas evaporadas” aquellas de las que solo quedan vagos espectros, apenas conocidas en la actualidad por trazas arqueológicas. Comenta también que las culturas son “evaporadas” en tanto voluntariamente olvidadas y que en la medida en que se las investigue, redescubra, pueden ser “sumergidas”. También que no toda emergencia de una cultura sumergida tiene que ser violenta. En un grado mayor Retamar propone que “Nuestra América” se ha comportado durante el siglo XX como una “Atlántida”: han ido ganando fuerzas los movimientos en defensa de las culturas oriundas del continente americano. Y en uno sumo, que el ideal de unión entre los pueblos de la Península Hispana y los de la América Latina, Nuestra América, también es, en otro grado, una Atlántida, ahora como ideal de unidad, en la que no deberán excluirse esas otras Atlántidas de culturas minoritarias a las que apeló anteriormente.

El lenguaje es, pues, un modo de proyectar la realidad, de describir el presente, pero también de preconizar el futuro. Su definición de Atlántida, a pesar de sus detalles, esbozo, es apenas una utopía de una realidad necesaria que aclama para el futuro de nuestras culturas, más que de nuestros países. Esperemos que, para celebrar el próximo aniversario cerrado de Retamar, sus 90, sus 100 años, podamos hablar de la Atlántida hispanoamericana como una realidad.

 

 

La sensibilidad del hombre frente a las circunstancias
Por Patricia Motola Pedroso

<< Ediciones Manjuarí, 1964.

Roberto Fernández Retamar constituye una de las voces principales de los llamados poetas de la Revolución. Esta nueva generación, que venía trabajando desde los años cincuentas del siglo pasado, ocupa el protagonismo en el panorama cultural de la isla sobre todo después de 1959. Al celebrar durante el 2010 los ochenta años de vida de Retamar, se vuelven los ojos necesariamente sobre una producción literaria que ha marcado pautas en la manera de hacer la poesía y el ensayo. Bastaría mencionar textos como “El otro”, “Con las mismas manos”, “Felices los normales”, “Modernismo, 98, subdesarrollo” o “Calibán”, los cuales se han convertido en clásicos de nuestra literatura, recurrentes en las clases de literatura en la Universidad.

Pero si bien Retamar se ha distinguido por sus análisis y reinterpretaciones de la historia nacional y universal, existe en algunas zonas de su poesía un tono que, dentro de su conversacionalismo, es mucho más intimista y personal. La voz del sujeto lírico no se mezcla siempre con el acontecer inmediato, sino se aprecia cierto distanciamiento del hombre en el intento de comprender lo que vive y proteger la sensibilidad de su mundo. Aunque exista una incorporación a las acciones de un determinado momento, se deja el espacio para la construcción y resguardo del universo propio y familiar.

Resulta entonces interesante la relación entre sujeto lírico y espacio habitado en algunos de sus poemas, sobre todo cuando este último está marcado por cierta función social. Tal es el caso de “Con las mismas manos”, donde es significativa la presencia del tema del amor de pareja, en medio de una actividad tan compleja como la construcción de una escuela.

“Con las mismas manos de acariciarte estoy construyendo una escuela
Llegué casi al amanecer, con las que pensé serían ropas de trabajo,
(…)
Pasé por el que sería el comedor escolar, hoy sólo señalado por una zapata
Sobre la cual mi amigo traza con su dedo en el aire ventanales y puertas.
Atrás estaban las piedras, y un grupo de muchachos
Las trasladaban en veloces carretillas. Yo pedí una
Y me eché a emprender el trabajo elemental de los hombres elementales.
(…)
Y mientras ayude a construir esta escuela
Con las mismas manos de acariciarte”. (1)

El sujeto lírico, no obstante las dificultades del ambiente en que se encuentra, de lo diferente de la  propia labor y los trabajadores, se incorpora a la nueva tarea que demandan las circunstancias. Se levantará la arquitectura de edificio tan necesario, pero a pesar de la urgencia, existe momento para los sentimientos más íntimos, para pensar en el ser querido. La identificación total de las dos acciones, la de construir el espacio físico y la del amor físico, se produce al final sin conflictos para ese sujeto lírico que comprende el momento en el que vive. Por lo que la sensibilidad individual no entra en contradicciones con el proyecto de ese lugar útil a la sociedad.

Esta conjunción alcanza una dimensión mayor en el poema “Aniversario”. Podría establecerse cierta continuidad temática entre ambos textos. Aquí también subyacen dos ideas inicialmente paralelas: el deber ser de un sujeto lírico frente a una acción social por cumplir, y el espacio de expresión de la intimidad con la amada. Si en “Con las mismas manos” se puede decir que se estaba frente a una joven pareja de enamorados, separados por determinadas labores para el bien común; ahora es un matrimonio que celebra veintidós años de casados. En esta ocasión el espacio no es una sola edificación en proyecto, sino que la ciudad, a través de construcciones significativas, se descubre ante el lector. Pero una vez más los lugares están motivados por una carga emotiva para el sujeto lírico.

“(…)
Tú me decías adiós con la mano desde este mismo edificio,
Pero no desde este mismo apartamento:
(…)
El nuestro era pequeño, y desde aquel balcón que no daba a la calle,
Pero que yo vislumbraba al fondo (…),
Desde aquel balcón allá en el fondo, día tras día me decías adiós (…).
(…)
¿Y es ésta la mejor manera de celebrar nuestros primeros veintidós años
juntos?
Seguramente sí: y no sólo porque esta noche iremos al restorán
Moscú,
(…)
Sino sobre todo porque los celebraremos con un día como todos los días
de esta vida,
(…)” (2)

En medio del trabajo cotidiano, el poeta le reserva un momento a la intimidad. La identificación con el espacio físico construido está dada inicialmente por el discurso de la memoria. Saltos temporales permiten evaluar esos más de veinte años de vida en pareja, marcados por felicidades, tristezas y también por los lugares habitados. En el presente son otras las circunstancias, no obstante la casa sigue siendo el lugar reservado a la familia y a la expansión íntima del individuo; mientras que en el espacio público convergen las zonas dedicadas al deber ser de las funciones sociales y las de esparcimiento. Estas últimas, si bien no adquieren la misma simbología del interior doméstico, ellas se llenan de un significado doble al estar implicadas en la felicidad del sujeto lírico. Festejarán el aniversario como cualquier otro día, pero no solo en el lugar en el que siempre conviven. Ese otro espacio está a la altura de la celebración y la dota de nuevas consideraciones. En este poema el sujeto lírico se identifica tanto con la zona cerrada de expansión de su individualidad, como con su función social en la zona pública del deber y del querer ser.

En estos dos poemas está presente el tono conversacional que luego permeó gran parte de la lírica posrevolucionaria. Sin embargo, ellos se distinguen por la sensibilidad diferente de la voz poética. Si bien el amor resulta un tema cotidiano como el de la propia acción social, es tratado desde la intimidad del ser, desde la experiencia más profunda, para dotarse de realce y universalidad. Estos dos textos alcanzan significaciones mayores que las del poeta y sus circunstancias, y a ello contribuye la relación del sujeto lírico con el espacio habitado. Constituyen también un canto al amor como sentimiento de todos los tiempos. Sirva pues este breve análisis para homenajear, desde la ternura y la sensibilidad, al hombre Roberto Fernández Retamar.

Notas

(1) Suardiaz, Luis (Comp.) La generación de los años 50. Antología poética. La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1984 pp 259-260

(2) Ibíd., pp. 265-267

 

Para Roberto, fundador
Por Pedro Pablo Rodríguez

Durante la celebración de los 25 años de Ediciones Vigía, en Matanzas (abril 2010)>>

Querido Roberto:

Disfrutamos tus poemas tanto que muchos intentamos imitarte: aquella sobriedad que parecía tan fácil de reproducir; sólo los años y las muchas cuartillas llenas con esfuerzo y disciplina han enseñado que la palabra y el talento han de andar juntos, entre peleas y amores.

Luego supimos del profesor gentil, que aceleraba los corazones y a veces más que las miradas de muchas de nuestras compañeras de clase, y que derrochaba informaciones, ideas, cultura.

Un buen día comprendimos que Idea de Ia estilística no solamente trascendía al manual de estudio, sino que inició  al ensayista embrujador que nos hizo recorrer los más variados temas con una prosa fina, de imágenes osadas, de ideas tan hilvanadas que era difícil discrepar con ellas aunque más de una vez quisiéramos y hasta lo hicimos con la alegría de la irreverencia.

Entonces aprendimos a degustar aquel español de lujo, de tono bien cubano, cuyos giros son de envidiable distinción. Y nos fuimos dando cuenta poco a poco de los sutiles cambios, o quizás de los añadidos que fueron dando añejamiento a este escritor auténtico. Y si nos conmovió leer Elegía como un himno, homenaje insuperable a Rubén Martínez Villena, muchos años después de impreso este volumen; si saboreamos con fruición de conversadores En su lugar, la poesía y Con las mismas manos; más aún nos llegó al alma el diálogo con Fernández, su padre, o ese hermoso mensaje a la hija lejana que daba su joven alma al mundo.

Y ya fue ejercicio buscado a plena conciencia seguir sus textos y poemas para disfrutar, para aprender, para ensancharnos. Por eso no nos cansamos de citar a Martí en su (tercer) mundo, y de darle vueltas a Calibán y sus actualizaciones, texto ya incluido entre los clásicos de las letras y las ideas latinoamericanas, y de continuar colocando como bibliografía obligatoria su estudio acerca de las ideas estéticas de José Martí.

Le agradecemos desde hace muchos años la Revista Casa, su seguimiento a la inolvidable Haidée Santamaría en la Casa de las Américas, su manera de acercarnos a este Centro de Estudios Martianos para hacernos sentirlo de muchos y de todos desde su fundación, y el diseñar con maestría editorial el Anuario de esta institución. Le agradecemos su lealtad inconmovible a la Revolución, siempre, en todo momento por difícil que haya sido. Y le agradecemos también la expresión de su singularidad en medio de la gran obra colectiva.

Para colmo, ya hemos compartido su conversación agradable e inteligente, las nobles y hermosas tareas de armar libros, el gestar reuniones académicas, el conversar en un curso de “Universidad para todos” por la televisión. Y hemos debatido, coincidido y discrepado, nos hemos sentido felices, tristes o disgustados ante más de un asunto o tema.

Estoy seguro que Roberto no es una suma de perfecciones, por suerte. Pero sí sé que ha defendido la cultura, la patria, el amor, la dignidad, la amistad. Y fue leal a Cintio y a Fina, de pureza singular ambos, cuando serles leal era visto como un riesgo por algunos. Como fue franco conmigo en momentos duros de mi vida y no me cerró su amistad ni puerta alguna. Por eso, pues, hay que compartir estos 80 años con él, aunque cuando esto se lea yo ande bien al sur del Continente. Porque para este martiano que siempre ha estado en este Centro que fundó hay que alzar la copa por estos ochenta años que cumple mañana y por otros ochenta más. Salud, Roberto.

1º  de junio de 2010

 

Una hazaña cultural para Cuba y las Américas
Por Ana Cairo

Entre 1820 y 1840 se consolidaron las revistas culturales cubanas. Domingo del Monte, Ramón de Palma, Cirilo Villaverde, José  Antonio Echeverría, entre otros, demostraron  que se podían gestar publicaciones seriadas con suficiente flexibilidad para incluir todo tipo de  poemas, narraciones, ensayos y artículos.

José Antonio Saco, Domingo del Monte y José de la Luz, implantaron una modalidad de equipo para conseguir que la Revista y Repertorio Bimestre de la Isla de Cuba (nuestra primera revista de ciencias sociales)se convirtiera en el órgano eficiente de una Academia Cubana de Literatura, protegida por la Sociedad Patriótica de La Habana; y que se hiciera famosa en el ámbito de circulación de la lengua española. Por el contrario,  los intelectuales pro monárquicos y conservadores no escatimaron esfuerzos para que la publicación  desapareciera.

En 1877, el orador autonomista José Antonio Cortina aprovechó las opciones de negociación política que promocionaba la administración colonial empeñada en liquidar la Revolución de 1868, para fundar  la Revista de Cuba (con frecuencia mensual), la cual se reconocía heredera de una parte de los objetivos de Saco, Luz y del Monte .

Cortina incorporó a un grupo de jóvenes audaces, que no solo organizaban tertulias en la redacción para discutir sus textos literarios, sino que presionaban para que una parte de los mismos se incluyeran en los números

Con la muerte de Cortina (1884) quedó paralizado el proyecto. Hasta que se logró convencer al filósofo, traductor, poeta y ensayista Enrique José Varona (uno de los participantes en las tertulias) para que lo continuara bajo el nombre de Revista Cubana, (1885-1895). Con el inicio de la Revolución de 1895, Varona emigró a Nueva York, donde asumió la dirección del periódico Patria,entre otras funciones de la propaganda independentista.

En 1897, el narrador, dramaturgo y ensayista, Raimundo Cabrera promovió la  revista Cuba y América, que circulaba como semanario en Nueva York , México, Veracruz, San José de Costa Rica, entre otras ciudades, donde vivían miles de emigrados cubanos. Varona era uno de los colaboradores y esto facilitó que se viera al semanario como un continuador.

Al iniciarse la ocupación estadounidense en 1899, Cabrera decidió estructurar una segunda época de la revista en La Habana. A partir de 1906,  el joven Fernando Ortiz comenzó a publicar. Dos años después, Ortiz se casó con Esther, una de las hijas de don Raimundo. El parentesco multiplicó los proyectos conjuntos entre ambos intelectuales.

Ortiz ingresó en la Sociedad Económica de Amigos del País (SEAP) y con la ayuda del suegro pudo conseguir que se aprobara el reinicio de una segunda época de la Revista Bimestre Cubana  (1910-1959) bajo su dirección y como órgano de la SEAP.

La Bimestre Cubana de Ortiz se convirtió en una clave esencial para las investigaciones sobre las humanidades y las ciencias sociales. La publicación dialogaba con Cuba Contemporánea (1913-1927); con  la Revista Cubana (1934), reorganizada por José María Chacón y Calvo, para que sirviera de vocera de la oficina de la Dirección de Cultura de la Secretaría de Educación, y con Universidad de la Habana (1934).

Roberto Fernández Retamar, poeta desde la adolescencia, tuvo su primera experiencia como gestor de una revista  mientras cursaba el bachillerato en el Instituto de la Víbora.  Como alumno y luego profesor  de la Universidad de la Habana se asoció a la publicación homónima.

El 28 de enero de 1959, un grupo de intelectuales cubanos saludó en un manifiesto la victoria revolucionaria del primer día del año: Ellos propusieron  que  reapareciera  la Revista Cubana  prestigiada  primero por Varona y después por Chacón y Calvo.

Cintio Vitier dirigió el primer número de la Nueva Revista Cubana  (1959-1962); Fernández Retamar dirigió los dos siguientes; Vicentina Antuña y Alejo Carpentier, el último.

En 1965, Fernández Retamar asumió la responsabilidad de dirigir la revista Casa de las Américas, fundada por Haydée Santamaría  en los inicios de 1960.

Resulta imprescindible estudiar la estructura de la Nueva Revista Cubana  para confirmar que en sus páginas Fernández Retamar ensayó algunas de las secciones que después consolidaría en Casa.

Él ha mantenido la tradición de  Cortina, Varona y Ortiz de diseñar un proyecto en el que las secciones de creación literaria conviven con los objetivos estratégicos de privilegiar la interdisciplinariedad en cuanto a las ciencias sociales.

Como Varona y Ortiz, Fernández Retamar  ha impartido docencia, esto le ha facilitado que pueda diseñar  su revista como un proyecto sistémico de educación y cultura a distancia. Hay números de  Casa especialmente concebidos para que sirvieran de bibliografía inmediata a las comunidades profesorales y estudiantiles.

Como aprendió Ortiz con Raimundo Cabrera, los nexos de Cuba con todos los pueblos de las Américas deben ser realzados. Con  las experiencias de dos guerras mundiales, en particular con el combate antifascista mundial, Ortiz se afanó porque su publicación  también se ocupara de aquellos acontecimientos internacionales de máxima relevancia. Fernández Retamar ha  continuado desarrollando esa vocación de universalidad. De este modo, Casa  es una publicación emblemática para estudiar las tendencias antiimperialistas, anticolonialistas y descolonizadoras  de la Revolución Cubana  y sus interacciones mundiales.

Como Ortiz y Chacón, ha preservado la memoria viva de la institución en una de las secciones; este servicio al igual que la referencia bibliográfica  siempre actualizada, contribuye a múltiples repercusiones  en su impacto social inmediato para Cuba y el continente.

Raimundo Cabrera estudió  las innovaciones de El Fígaro  y  de La Habana Elegante como semanarios modernistas. Se ocupó de que Cuba y América  lograra un premio internacional por la calidad de su factura gráfica. Desde entonces, la belleza  se ha convertido en un objetivo de las publicaciones seriadas. Conrado Massaguer también hizo aportes en los diseños del  censuario Social  y del semanario Carteles. 

Fernández Retamar favoreció una actualización del diseño desde que se responsabilizó con Casa. Puede considerarse un heredero de las habilidades pioneras de Cabrera y Massaguer para continuar las tradiciones de la  excelencia gráfica.

Fernández Retamar ha cumplido cuarenta y cinco años al frente de Casa,es una hazaña para Cuba y el continente; pero, ha sido posible porque incorporó  los principios de la máxima audacia y creatividad, para aplicar la dialéctica de la continuidad y la ruptura  en el examen amoroso y crítico de  nuestro patrimonio en revistas.

         México D. F., 3 de junio de 2010

 

Roberto  Fernández Retamar: El profesor cumple 80 años
Por Iraida D. Rodríguez Figueroa

Con motivo de cumplirse ochenta años del nacimiento de Roberto Fernández Retamar se han vertido muchos criterios elogiosos sobre los diversos aspectos de su personalidad: el poeta, el ensayista, el crítico, el director de la Casa de las Américas y tantas otras facetas en que el mismo se ha destacado. Tal vez entre esta profusión de tareas cumplidas con esmerado esfuerzo, la admiración se desplace de una a otra en el intento de acertar cual debe merecer la mayor estimación. Esto puede sucederle a muchos, y es explicable. A mí no, porque fui su alumna, y aún cuando reconozco los valores aportados a la cultura nacional e iberoamericana por todos estos quehaceres, siento en lo más profundo de pensamiento y emoción que lo más entrañable de su accionar social es la actitud y la aptitud de profesor. Porque son las cualidades de esta profesión las que han conformado su actuar en las diversas tareas emprendidas: el profesional que busca que su lenguaje sea preciso, sin rebuscamientos pero sin chaturas; elegante sin almidonamientos; coloquial y cercano sin ñoñerías; el que expresa sus pensamientos tratando de lograr la mayor capacidad de incentivo para la reflexión de sus oyentes, el que abre a la curiosidad de quienes lo escuchan las más variadas opciones de conceptualización; el que indica, sugiere, comenta, todas las fuentes bibliográficas de que tiene noticias. Ese guía que estimula, enrumba, enraíza la actividad intelectual del alumno para que desarrolle su mayor capacidad. Y todo esto realizado de manera que cada uno siente que el profesor tiene confianza en él, que le resulta importante y que tiene una afectividad positiva hacia su persona.

Después de expresar estas ideas vuelvo a pasar revista a los poemas leídos, al ensayo que me llenó de reflexiones, a la crítica que me iluminó la lectura realizada, a las exigencias de profesor que me obligaron a buscar profesionalismo en cada tarea que me correspondiera por mínima que esta fuera, a la persona que me dio la satisfacción de comprobar que la modestia y la sencillez acompañan siempre a la autoridad. Al terminar esta revisión, pienso que debe ser una gran alegría cumplir tantos años cuando se ha hecho tanto y se sigue haciendo.

Gracias por todo, profesor.

 

Caricatura de Retamar: una de las (más) sobresalientes
Por Axel Li

<< Retamar es uno de los escritores que aparecen en la hasta ahora única antología de caricaturas (personales) de José Luis Posada: Rostros de la palabra (Editorial Unicornio, La Habana, 2008).

Posada, el gallego Posada, quizás sin proponérselo ubicó en una posición muy cómoda a varios de los miembros del grupo Orígenes a través del retrato caricaturesco. Sentó a varios de ellos en “tronos” particulares, mucho tiempo después de la desintegración de ese gremio cultural. Cuando el humorista tomó sus instrumentos para retratarlos, ya cada uno de los origenistas eran figuras de prestigio en y para nuestras letras. Corrían los años 70 u 80.

Quién sabe si sus lápices y pinceles llegaron a esbozar a Lezama, a Eliseo, a Gaztelu, a Fina, a Cintio, a Retamar… en los mismísimos años 50. Entonces, Posada era un pintor de paisajes que incluso se atrevía a realizar humor (caricaturas) en un horizonte visual –posiblemente– de dudosa calidad con respecto al Posada que pronto ganaría en fuerza lineal y expresiva, en solidez convincente de síntesis y barroquismo (a la vez). Y ese pronto sobrevino una década después, es decir, en los 60. Pero algo parece ser cierto: en 1957, a propósito de su envío al XXIII Salón de Humoristas, el temido Joaquín Texidor señaló por escrito que entre todos los expositores –novatos, maestros, aficionados, etc.– de esa XXIII edición, elegía exclusivamente a “José Luis Posada. Es en realidad quien está más cerca de mis preferencias estéticas en el género. Posada tiene un profundo sentido poético del humorismo gráfico”. Advertía el sagaz crítico en aquellas cinco obras –distantes de la caricatura personal, por cierto– “una creación de anchos alientos metafísicos”. Por tanto, Posada andaba muy cerca de su rumbo plástico.

Tal vez, en los 50, la caricatura personal para Posada era el ejercicio de la complacencia a partir de San Antonio de los Baños. Entonces, retratar inspirado en el arte de la caricatura era hacerlo en función de ilustres moradores de ese pueblo habanero que, una y otra vez, él veía y muchos admiraban, respetaban. En los 50 su diapasón por el género humorístico, que lo ha hecho hoy un maestro genuino, era de un alcance regional. Ese fue el momento de probar suerte gráfica con sus semejantes del terruño. Luego, en el futuro, el punto de enfoque estaría dirigido a otros baluartes de la cultura nacional.

Estar en la capital de una manera más activa, vivir en ella, reunirse y dialogar con sus “victimarios” gráficos, llegar a ser amigo de algunos de ellos hubo de influir también a la hora de hacer retratos humorísticos como sólo el gallego Posada quería que fuesen. Y se hizo el hábito, el público (lector) educó su vista, y los editores comenzaron con los encargos. Así salió con probabilidad el Retamar de José Luis Posada de los años 80.

Y si no alcanzo a imaginar al Fernández Retamar de Juan David de 1978 o al de otros caricaturistas de la actualidad, es sobre todo, por el hecho de que cuesta y mucho –a veces– tener disponible, a mano, el rostro humorístico de cierta figura de nuestra cultura. La caricatura personal también alienta un deseo o hasta una necesidad de tipo editorial y/o expositiva. Vencida la funcionalidad, todo puede ser que quede en el olvido. Con seguridad. No basta con saber y tener el listado de caricaturas de un mismo sujeto según varias visiones gráficas. Lamentablemente, nunca será lo mismo.

Roberto Fernández Retamar es quien mejor ha de saber cuántas veces él fue motivo para una caricatura. Ignoro el destino de la realizada por Posada, desconozco si podría tenerla el poeta en algún sitio de su morada. Aunque ni merece pensar en algo así, pues el también grabador e ilustrador era muy celoso con sus originales. (Tampoco el poeta ha podido degustar del original de los años 70 de Juan David, hoy día en los fondos del Museo Nacional de Bellas Artes). Lo que sí sé es que tanto David y Posada lograron además éxitos gráficos porque tuvieron, más de una vez, un contacto directo con quienes cierto día llevaron al papel, por medio de la tinta y el grafito, con ánimos de alcanzar la caricatura idónea. Quiero pensar que dos de las mejores caricaturas hechas al poeta y ensayista Retamar, fraguaron en las mentes de Juan David y José Luis Posada un día de tertulia, ese mismo día, en torno a una mesa ocupada además por Mariano Rodríguez, Nicolás Guillén, Luis Martínez Pedro, Salvador Corratgé. Yo, que en fecha reciente he visto varias fotos (inéditas) de ese encuentro (in)formal, deseo tomarme esta licencia histórica. Quiero imaginar incluso que tras las sonrisas de David y Posada, quienes se miran pícaramente en una de esas instantáneas, sobrevino velozmente una frase escuchada por los concurrentes: “mi socio, ya logré las caricaturas de los aquí presentes. ¿Y tú qué?, ¿aún nada?”. Quiero pensar por unos segundos en este desafío verbal que nunca fue.

 

Felices los normales

Felices los normales, esos seres extraños.
Los que no tuvieron una madre loca, un padre borracho, un hijo delincuente,
Una casa en ninguna parte, una enfermedad desconocida,
Los que no han sido calcinados por un amor devorante,
Los que vivieron los diecisiete rostros de la sonrisa y un poco más,
Los llenos de zapatos, los arcángeles con sombreros,
Los satisfechos, los gordos, los lindos,
Los rintintín y sus secuaces, los que cómo no, por aquí,
Los que ganan, los que son queridos hasta la empuñadura,
Los flautistas acompañados por ratones,
Los vendedores y sus compradores,
Los caballeros ligeramente sobrehumanos,
Los hombres vestidos de truenos y las mujeres de relámpagos,
Los delicados, los sensatos, los finos,
Los amables, los dulces, los comestibles y los bebestibles.
Felices las aves, el estiércol, las piedras.

Pero que den paso a los que hacen los mundos y los sueños,
Las ilusiones, las sinfonías, las palabras que nos desbaratan
Y nos construyen, los más locos que sus madres, los más borrachos
Que sus padres y más delincuentes que sus hijos
Y más devorados por amores calcinantes.
Que les dejen su sitio en el infierno, y basta.

Tomado de: Algo semejante a los monstruos antediluvianos. Letras Cubanas, 1994.  p. 131


Letras Cubanas, 1994.