Las hebras de la luz y la estofa de las tinieblas: para un concepto lumínico en la obra de Eliseo Diego

Por Ivette Fuentes

La búsqueda de lo cubano a través de una topografía que resalta su espíritu, ecuación siempre resuelta en nuestra poesía por su carácter cosmogónico, evidencia la notoriedad de un juego de luces, percepción lumínica de lo real en tanto física y psíquica, es decir, metafísica. La validez de la poesía como transmisora de esa realidad, se alcanza a ver en un entretejido metafórico que evidencia la naturaleza de su luminosidad como “sol del alma”. El paisaje y el hombre que lo habita, iluminan su diálogo por la luz que les visiona, prodigalidad del buen decir gracias a las luces (cósmicas y ónticas) que conducen su existencia. Es importante destacar que esa “macroimagen” obtenida en la poesía, se asoma tanto desde el paisaje insular, los bosques del trópico, la luminosidad “en el mismo medio del día” (diría Eliseo Diego), como desde los paseos por una nocturnidad que abre las compuertas a la patria íntima del poeta que es su alma.

El viaje es físico, humano, y el hombre-poeta llega a sus parajes interiores penetrando el velo de lo fenoménico hasta un lirismo, el yo íntimo, que devela una cosmografía invisible que se organiza como “constelación articulada de significados”, metáfora de esa realidad iluminada que de geografía visible, irradiada por la Luz, se convierte en una “visión otra” poetizada, luz sustanciada como poesía, naturaleza luminosa que es su alma.

Como fuera en San Juan de la Cruz “la noche oscura del alma” anticipo de los fulgores de la comunión con Dios, la penumbra y los resplandores en Eliseo Diego, como duelo de la noche y el día, presiden la nominación más exacta en una conjunción del terror y la dicha, la caída y la redención. La transición por el puente que lleva esta noche hasta la luz de un conocimiento mayor, no es el reflejo de una claridad pintoresca o folclorista en la poesía cubana, ni tan siquiera –a pesar de los temas urbanos y cotidianos en él– de un “canto a la naturaleza”, noticia recurrente en una nuestra antología, sino la visión de un camino ascendente del alma y el espíritu de la cubanidad, que trasciende la hechura de un sol que no le ciega porque ha sabido hacer del fuego su propia sombra.

Fluctuando entre la luz y la noche, vibrátil en un equilibrio casi inestable que ofrece la zona crepuscular, Eliseo Diego va desde la luminosidad plena de “En el medio mismo del día” hasta la penumbra, casi oscilante y amenazadora de la noche, en “El oscuro esplendor”. La luz, como en los anteriores casos, define una topografía anímica que se llena de los miedos y crepitaciones del alma que de tal modo entretejen su urdimbre poética, pero no como queja vacía sino como presupuesto de una búsqueda en la que la imagen reconquistará los espacios de soledad. Esta dialéctica luminosa sentida en su poética, determina la zona intermedia en la que se asienta, dualidad entre la luz y la sombra como un duelo en que se debate la posibilidad de aniquilamiento y de salvación. Tal contrapunteo que deja entrever intermitentemente los dos polos de la luminosidad como atisbos de los “estados de alma”, se traslucen en casi toda la obra eliseana. Pongamos como ejemplo:

       Cuando todo es tan claro
como la misma luz de las mañanas,
y estamos al amparo
de costumbres livianas
y tan dulces que dan de vida ganas.

de pronto irrumpe el rayo
(…)
¿Por qué entonces te asombra,
a qué la pesadumbre
de ver que es pozo lo que fue tu cumbre?
Pues de todas maneras
uno cabeza abajo se acostumbra:
eres se torna en eras,
y aquel que uno no vislumbra
ya más el sol se aviene a la penumbra.

(“Rayo”)

La “orilla más pura de la calma”, espacio intermedio donde se entiende su “canto a la naturaleza”, se encuentra tan sólo por la necesidad de la luz que prodiga “el medio mismo del día”, no particularidad lumínica como accidente cronotópico sino como concepto activo de potenciación de una misión de rescate. Será la luz en el sentido direccional de las “iluminaciones” de san Agustín, entropía del conocimiento que resurge del pasado como memoria y que ilumina los resquicios de cada historia individual para conducir, por tan sutil hilo, la reconstrucción poética del mundo por su imagen.

De este modo aparece la poética de Eliseo Diego como un nuevo modo de insularidad, donde la luz no quema en su incidir directo sino en el suave y discreto memorial que se descubre por la comprensión de la mirada desde dentro de sí mismo. El asombro surge porque el rayo de luz impregna de sabiduría el alma del hombre y así descubre, por la luz interior, los arcanos del “oscuro esplendor”.

El carácter plenamente tangible y sensorial que cobra la luz en el paisaje, descansa en su carácter de luz como lumen, esto es, de irradiación, pues así llega a las cosas por ella iluminadas, y así develadas. De tal modo, gracias a esta estética de la luz –idea desarrollada desde el plotinismo– se pueden advertir las proporciones de los cuerpos y puede visualizarse el mundo.

Identificado con el espacio –sea iluminado, invisible u oscuro– y ya avisado muy dentro de él, el hombre arma su propia geografía, sea del día o de la noche. La luz, de este modo, se vuelve intelectiva, para propiciar el conocimiento del mundo a través de la manifestación de su apariencia, de su imagen más nítida. Este misterio que la luz intelectiva advierte en la imagen, cala los cimientos cosmológicos de la poesía cubana, que es su genésica apertura desde lo natural.

La conciencia unitiva que es “ver” más allá de las formas y los detalles del mundo, allí en el preciso momento y lugar del destello como “epifanía”, cobra especial relevancia en la capacidad de la mirada, visión esencial que se alcanza con los “ojos del alma”. En Eliseo Diego se advierte la misma connotación del acto de “ver” como vía cognoscitiva que se engrandece aún más por ser, para él, el secreto más puro de la poesía. De este modo “los secretos del mirar atento” es el significado más propio del poetizar. Por esta alta facultad de la visión  se alcanza la visión contemplativa, que es la visión del corazón, capaz de llegar a las realidades inteligibles ocultas en lo fenoménico que es el mundo, para dar paso a su esencialidad.

En Eliseo, el ámbito de los “espacios intermedios” donde se reúnen “las hebras de la luz y la estofa de las tinieblas”, ofrece también un espacio de confluencias entre las formas terrenales y la esencialidad, chispa de divinidad sólo obtenida por un tenue fulgor avizorado por la “atenta mirada” de la poesía:

El unicornio acecha por la hendija
minúscula de Aldebarán,
sus grandes ojos líquidos
velados de inquietud. Un bosque
profundo y simple está a su espalda
donde crece la dicha en el silencio
como la flor de la verdad.
Remoto
llama el fénix.
(…)     
Pero en el fondo
brilla un instante el áureo
punto del cuerno, en una
trémula anunciación.
(“A través del espejo”)

Ediciones Orígenes, La Habana, 1949.>>

Para Eliseo Diego, la dificultad de ver, sin los prejuicios adquiridos por el hombre que adulteran la nitidez de su visión, sólo es salvada por el “roce inocente de la luz” que alcanzan a ver los más puros, para Eliseo, los niños. Por eso hay una notable distinción en el querer ver “los destellos” de la luz a vivir en ellos, sin la conciencia de hacerlo, lo que permite la perfecta unidad. Es esta la angustia subyacente en toda la poesía de Eliseo cuando el hombre siente la pérdida del mundo en la huida de su inocencia, “hálito” que, en esa inconciencia, no se perturba por “la agitación del deseo”. Esa quietud, sólo conocida por los inocentes “en el principio del mundo”, es la contemplación de Dios:

            Aquí los niños juegan en las salas del polvo
suaves moviendo el torpe sueño de las cosas
cuya penumbra cruzan sus manos como las palomas
a imagen de los ángeles en el principio del mundo
cuando sus alas esparcían la bendición y las figuras.

(“Los patios, el crepúsculo”)

El oficio sagrado que es el vivir dentro del ruedo del mundo, sin conciencia de su extrañeza o su desarraigo, es la más plena incorporación al destello que se logra ver. Por eso llegar a Dios, por la vocación de entrega y de amor, es tocar la brasa ardiendo –“zarza en llamas”– sin quemarse más que por su huella en el corazón, que es vivir en el “oscuro esplendor” como espacio donde se conjugan materia y espíritu sin rivalizar sus dominios, en una llamada a Dios. Fuego e inocente luz se unen como un juego:

            Juega el niño con unas pocas piedras inocentes
en el cantero gastado y roto
como paño de vieja.
Yo pregunto:
qué irremediable catástrofe separa
sus manos de mi frente de arena,
su boca de mis ojos impasibles.
Y suplico
al menudo señor que sabe conmover
la tranquila tristeza de las flores, la sagrada
costumbre de los árboles dormidos.
Sin quererlo
el niño distraídamente solitario empuja
la domada furia de las cosas, olvidando
el oscuro esplendor que me ciega y él desdeña.
(“El oscuro esplendor”)

La zona crepuscular que guarda la poesía de Eliseo Diego, aún en la concomitancia de las sombras, crece hasta la luz como vía de salvación de su caducidad y ocaso. Quizás desdeñando ese oscuro esplendor que se cierne ante ella, ante la restallante aurora que se anuncia, persigue Eliseo Diego los vaivenes de la luz, hasta apresarla, joven, restallante, para entregarla en sus “oros”. Como un íntimo, particular canto a la naturaleza insular, ganancia de su tiempo, aquel que nos legara, es su “Oda a la joven luz”:

            En mi país la luz
es mucho más que el tiempo, se demora
con extraña delicia en los contornos
militares de todo, en las reliquias
escuetas del diluvio.

            (…)

            Y es que ciega la luz en mi propio país deslumbra
su propio corazón inviolable
sin saber de ganancias ni de pérdidas.
Pura como la sal, intacta, erguida,
la casta, la demente luz deshoja el tiempo.