Imaginarios: Luisa Pérez de Zambrana, la elegíaca insigne

<<Luisa Pérez de Zambrana en 1895.

 

A 175 años de su natalicio (25.8.1835) Librínsula reúne textos e imágenes de esta extraordinaria escritora, acosada por la tragedia personal, cuya obra le ha permitido un lugar de honor en la lírica cubana.

 

Luisa Pérez
(Fragmento)
Por José Martí

Es Luisa Pérez pura criatura, a toda pena sensible y habituada a toda delicadeza y generosidad. Cubre el pelo negro en ondas sus abiertas sienes; hay en sus ojos grandes una inagotable fuerza de pasión delicada y de ternura, pudor perpetuo vela sus facciones puras y gallardas, y para sí hubiera querido Rafael el óvalo que encierra aquella cara noble, serena y distinguida. Cautiva con hablar, y con mirar inclina al cariño y al respeto.

Tomado de: Luisa Pérez de Zambrana: Elegías familiares, La Habana, 1937, p. 9.

Prólogo de Gertrudis Gómez de Avellaneda a Poesías de Luisa Pérez de Zambrana
(Fragmento)

(…)

Ahora bien, el libro que encabezamos con estas desaliñadas líneas, fruto de un poeta cubano, que es además mujer, y como tal poseedor de una organización singularmente privilegiada para el entusiasmo y el idealismo, nos parece en sumo grado curioso e interesante, ya busquemos en sus páginas la imagen del estado moral del joven país a que pertenece la autora, ya esperemos hallar más clara y distintamente su propia personalidad, su alma de poeta cristiano comunicándonos los tesoros de sus inspiraciones, ya en fin, nos suministren nueva prueba de la universalidad de ese espíritu que hemos observado en la poesía de nuestra época.

Esto último debe considerarse muy extraño si se sabe que Luisa Pérez de Zambrana no conoce del mundo sino la encantada región que, habiendo brotado del azulado seno de las olas a una sonrisa del cielo, coronado como Venus de juventud y hermosura, parece ostentar todavía sobre su frente de virgen el primer beso armonioso que recibió de las brisas: no ha tenido otro maestro que la naturaleza nueva y vigorosa de su Isla querida: no ha sentido otros afectos ni estudiado otros intereses que los santos de la familia; no ha pasado en suma los bellos y breves años que cuenta de existencia, sino a la tranquila sombra del hogar doméstico, santuario de sus modestas virtudes.

Nosotros, sin embargo, al recorrer con viva curiosidad la colección de versos que va a apreciar el público, hemos hallado con agradable sorpresa que no deja defraudada ninguna de las esperanzas que puede hacer concebir, ni aun aquella aparentemente más aventurada. La sencillez, la ternura, el aroma indefinible de melancolía y de piedad, que son patrimonio de la autora, se revelan, es cierto, mucho más que la vida social que la rodea; pero también hallamos indicadas en tan varias y ricas melodías la inspiración del cielo de los trópicos, la juvenil lozanía de este hermoso país, en cuyo seno pulsa la poetisa el arpa de oro con que acompaña los murmuríos de sus arroyos y los susurros de sus palmares; ostentando un no sé qué de virginal y primitivo que se conserva en la región brillante de su mente como en la naturaleza espléndida de su patria. Por lo demás, en medio de tanta exuberante riqueza que aquí tiende a desarrollar con singular potencia los intereses materiales tan atendidos en nuestra época, y que impregnan la atmósfera común de cierto positivismo contagioso, la joven cantora se distingue por su espiritualismo melancólico. Aplicables pudieran ser a ella misma estas estrofas con que pinta a la melancolía en una de sus más dulces composiciones:

Yo soy la virgen que en el rostro lleva
la sombra de un pesar indefinible:
Yo soy la virgen pálida y sensible
que siempre amó al dolor:

La que suspira en virginal misterio
a los rayos tranquilos de la luna,
sintiendo sobre el seno una por una
las lágrimas caer.

(…)

Tomado de: Luisa Pérez de Zambrana: Poesías, La Habana, Imp. El Iris, 1860, pp. III-IV.

Luisa Pérez de Zambrana
Por Manuel Márquez Sterling

Un nombre ha surgido nuevamente. Llega a nosotros con el prestigio de toda una vida literaria provechosa, fecunda. Sus versos son un eco melancólico, tristísimo, que viene de lejano, ignorado país, en que las glorias viven mientras los hombres olvidan... Con Luisa Pérez de Zambrana sucede lo que no ha muchos años acontecía en España con la insigne Teodora Lamadrid: hablaban de ella los viejos que renuevan a cada instante sus buenos tiempos; citábanla los jóvenes eruditos que no hallaban como sustituirla en el teatro moderno. Teodora Lamadrid vivía, sin embargo. Se dio esta noticia como si hubiera resucitado.

Para muchos cubanos, para la generalidad de los jóvenes aficionados a las letras, Luisa Pérez de Zambrana es una gloria pasada, y su huella la encuentran fácilmente en los primeros lustros de la segunda mitad del siglo. Pero lo innegable, lo indiscutible, es que Luisa Pérez de Zambrana, que ha vivido muchos años retraída del arte, tiene una exquisita sensibilidad poética que puede hacerla brillar en toda época, a través de todas las transformaciones –más o menos lógicas– que ha sufrido el estilo y el sistema. Se me dirá que los poetas no transforman el estilo porque el estilo es el alma. Se me dirá que los poetas no tienen sistema, porque el sistema da al traste con el espíritu genial de la producción... Muy cierto; pero hoy los poetas hacen como se hacen las camisas… Para ir al Paraíso hay que pasar por el camino estéril de la moda... Caracteriza ella una época, y lo menos malo sobrevivirá como un símbolo.

Luisa Pérez de Zambrana vale más, para mí, que la mayoría de los que hacen versos entre nosotros. Si ella quisiera, a pesar de sus años, del cansancio y de las decepciones que de seguro agobian su gran corazón, si ella quisiera, repito, hacer modernismos por los moldes de Rubén Darío, o de Amado Nervo, o de Luis Urbina, creeríamos que era una reencarnación de su alma, una segunda vida de la productora admirable de melodías infinitas...

Pero no; ella no lo ha hecho ni lo hará. Quiere llevar, y hace bien, en su producción, el sello de su tiempo; quiere ser entre la pléyade de medianías que figuran hoy como poetas de primera fuerza –salvo raras excepciones– el eco de una poesía más sentimental, más artística y menos pulimentada que inmortalizó a Heredia, a Plácido, a Luaces...

A los poetas jóvenes de hoy la naturaleza no les habla. Para los poetas jóvenes de hoy la naturaleza tiene un lenguaje sin la sonoridad que exige la épica moderna. Los poetas viejos vivirán por eso más que ellos: porque han sabido descubrir siempre la poesía en donde brota espontánea.

Y aun la misma poesía patriótica que en estos tiempos ha sido pasto de las multitudes literarias, los poetas viejos la trataron siempre con más propiedad que nuestros poetas de hoy. Salvo Byrne, que es el maestro de esta juventud, no conozco poeta que iguale hoy el “Adiósa Cubade Luisa Pérez de Zambrana con todos los defectos que el crítico escrupuloso y equitativo pudiera señalarle. Tienen muchas composiciones de poetas desaparecidos, una emoción tal al tratarse de la libertad de la patria, que podría decirse que hay en ella algo de visión fantástica, de presentimiento ideal. A presencia de las luchas por la independencia, al murmullo de las glorias que nacen con mártires cuyos nombres son imborrables en la historia de Cuba, los poetas jóvenes han hecho composiciones raquíticas, como si, por adelantado, anticipándose a su época, hubieran los viejos apurado todas las sensibilidades de la poesía patriótica. Y si no fuera por las Efigies de Byrne, que son pocas, pero muy hermosas, la literatura actual no habría dado nada, en ese sentido, a los que vengan mañana a hacer nuestra crítica y a mejorarnos dichosamente.

Luisa Pérez de Zambrana ha sido, como poeta lírico, superior a la mayoría de los de su época. Cantando a la montaña, al sol, a los amores sublimes, la autora de “Mi casita blanca”es notable. Tiene siempre su ritmo un fondo de incomparable tristeza que le trae reminiscencias de ternura. Es la poetisa de los recuerdos. El ayer le inspira más que el hoy. No quiere dejar morir nunca las sensaciones exquisitas de su alma y las incrusta en las estrofas más delicadas de su lira.

Imprenta El Siglo XX, 1920.>>

Pero no lo hace con la pedantesca insistencia de los que no conocen la naturalidad ni la sencillez; no lo hace como los que a prueba de insinceros forjan recuerdos para disfrazar lo estéril de la pluma. Los recuerdos de Luisa Pérez de Zambrana cautivan.

"Un recuerdo tan grato tomo triste
que convida a llorar, pero no abruma,
un celeste recuerdo, que se viste
de aromas, de celajes y de espuma".

No conozco ningún poeta de los nuevos que, a no ser Byrne, sea capaz de expresar una idea en frase tan pura, tan fácil, tan suave.

Pero no me propongo hacer un estudio detenido de la señora Zambrana, porque me falta tiempo y espacio. Sólo quiero consignar en estas cuartillas, hechas al volar de la pluma, la admiración que he sentido siempre por la poetisa, y sobre todo, lo provechosa y justa que me parece la tarea de los que no quieren que muera en la indiferencia y el olvido lo poco bueno que en materia literaria tenemos.

Tomado de: El Fígaro, 19 de mayo de 1901, p. 215.

 

Al lector
Por Enrique José Varona

<< Luisa Pérez de Zambrana en 1865.

Dos poderosas influencias personales me ponen la pluma en la mano. Empiezo por declararlo, para que me sirva de disculpa, al menos ante mí mismo. Voy a tratar de una poetisa que ha alcanzado larga vida, renovando al compás de los años su manera poética, con tal flexibilidad, que sus dedos maravillosos, al sacar arpegios a su lira, parecen dotados de perenne juventud. Y voy a hacerlo, cuando mis propios puntos de vista, ante el espectáculo de tantos cambios portentosos en la sociedad circunstante, han sufrido radicales modificaciones.

Ni es Luisa Pérez la misma que cantaba con graciosa ingenuidad entre las serranías orientales; ni su panegirista siente hoy la poesía como cuando salmodiaba meditabundo en el colegio los versos cadenciosos de la poetisa, y contemplaba absorto la imagen bellísima de la autora, cual si una musa celeste bajara a recitárselos.

Muchos años después tuve la suerte de conocer personalmente y tratar a la poetisa, quebrantada ya por la muerte de su esposo; y pude advertir que aquella alma sensible se moldeaba, sin quererlo ni advertirlo, al influjo de la nueva vida que bullía en torno. Como eran también muy otros los ojos con que miraba yo la orientación de su rico ingenio.

No hace todavía mucho tiempo tuve lugar de reconocer esta insensible transformación de esa alma poética; y he de limitarme a transcribir aquí mis aseveraciones. ¿Por qué habría de decir de otro modo lo que pienso del mismo modo?

Deseo fijar, decía entonces, si me es posible, el valor permanente de la obra de la poetisa en nuestras letras, y lo que realmente significa y lo que vale Luisa Pérez de Zambrana en el coro luminoso de nuestras líricas.

El primer contacto con la personalidad de un autor nos lo da su estilo. ¿Qué dice, qué revela el de la autora?Jamás la poesía castellana ha encontrado notas más suaves, más dulces, más tiernas para trasladar los afectos de un alma férvida. En su primera juventud la conmovió el espectáculo inspirador de nuestra naturaleza, donde se presenta más hermosa, más pujante, en la espléndida región oriental. Espléndida, porque allí parece que la tierra ubérrima ha querido revestirse de todas sus galas, diversificando tanto el paisaje, que no sabe uno qué admirar más, si lo risueño de aquellos valles o lo alteroso de aquellas escarpadas cumbres. Así la joven poetisa podía, empapándose en los efluvios de esa rica naturaleza, ser a la par tan plástica en sus descripciones, como profundamente patética en sus sentimientos.

Parecía que ya desde entonces quedaba marcada para el papel que más tarde había de desempeñar como escritora en nuestras letras. Son muchos los artistas de Cuba que se han inspirado con la perenne juventud de nuestra isla risueña; pero hay algo que distingue a Luisa Pérez en esa misma expresión de poesía, que no podemos llamar descriptiva, porque la descripción allí es sólo un detalle pasajero. Lo que se halla en el fondo es la impresión profunda producida en el alma de la autora por aquella grandiosa contemplación; y en esto consiste el toque del verdadero poeta en su contacto con la naturaleza. Lo externo, bello o sublime, no domina al poeta, lo estimula, lo excita; y el espíritu de este, con todo lo que tiene de propio y privativo, se posesiona de esa belleza o excelsitud, y la señorea. Pero ya se descubre en nuestra poetisa un matiz de melancolía, que sombrea sus cuadros apacibles; cual si desde sus primeras efusiones pugnara por revelarse el grande, el excelso don que ha de constituir el mayor timbre de su gloria literaria, aunque haya sido en la realidad de la vida el mayor torcedor de su alma.

La gran escritora, pródiga desde temprano de tantos y tan hondos sentimientos, había de llegar a ser la más insigne elegíaca con que cuenta la poesía cubana. Jamás habrá exhalado ningún labio de poeta en nuestra tierra acentos más desgarradores y al mismo tiempo de más levantada y sublime inspiración. Los que conocen la vida extraordinariamente patética de Luisa Pérez no han de sorprenderse por cierto si digo que, en su caso, se aúnan la sensación íntima y desgarradora del mal de la existencia y su expresión patética en el lenguaje rítmico. Y esto nos explica que no haya, en toda su obra, un solo momento en que la ficción, el convencionalismo literario, domine su inspiración. Cuando joven aún nos describe las bellezas del lugar donde había nacido y las blandas emociones que le inspiraban, todo en ella era espontáneo. Su arte estribaba precisamente en esa grande espontaneidad. Y cuando, muchos años después, la hiere implacable el dolor, los gemidos en que prorrumpe aquel corazón desgarrado constituyen la más bella expresión de poesía, y son de verdad los más profundos quejidos arrancados a un alma sensible.

Quisiera yo que en toda la poesía elegíaca se me presentaran muchas páginas comparables a estas a que me estoy refiriendo. Grande es, en el mundo literario americano, el aprecio que se hace del canto elegíaco de Maitin, en memoria de su esposa; y la reciente poesía española señala, como rica nota de melancolía poética, los versos que idéntico dolor arranca a la lira de Balart. Me atrevo a aseverar que los lamentos de la poetisa cubana van más a lo íntimo de los corazones sensibles y dejan en ellos más punzante aguijón.

Nuestra historia está cortada, como de un tajo, por nuestra primera guerra de independencia, y no es posible confundir las manifestaciones literarias en Cuba antes y después de ese magno suceso. Claro está, la generación poética que se levanta después viene con otros caracteres, ha oído el tremendo estallido de una sociedad que va a desplomarse para dejar surgir de sus ruinas otra nueva. Pero los poetas que habían producido en el período anterior, y sobrevivieron a esas grandes conmociones, modificaron natural e insensiblemente su modo personal de poetizar.

De aquí se desprende que nuestra poetisa no podía permanecer encerrada en su antigua manera. ¿No habrá en su lira de oro sino una sola cuerda? Si nos fijamos únicamente en la forma de sus versos, pudiéramos creerlo, pero ¿acaso no sabemos que la forma es sólo una parte, a veces la más frágil, en una composición poética, en una manifestación artística cualquiera? Leamos los versos de Luisa Pérez, después del torbellino de la década sangrienta. Veremos que todo ha cambiado entonces en el horizonte mental de la poetisa, y surge del seno de su alma herida un torrente tan copioso y sonoro de poesía, que él solo basta para hacer en todo tiempo inmortal su memoria. Es verdad que la suerte se había mostrado con ella tan implacable, que pocas vidas humanas podrían entrar en triste parangón con la suya.

No voy a referir los detalles, no quiero levantar el velo con que su dolor sagrado los encubre; pero ¿quién los ignora entre nosotros? Ningún grande afecto hubo que en su noble corazón no fuera desgarrado. Aquella Niobe cubana vio caer uno a uno, como fulminados por brazo vengativo, los pedazos de su alma maternal. Le tocó en suerte el más duro de los lotes humanos: el de sobrevivir a todos sus hijos, viéndolos desaparecer en la flor de su juventud, cuando más lleno de esperanza parecía abrirse al mundo su espíritu. Pero es tan vivo el don poético de esa alma conturbada, que del seno mismo de esa desesperación sin horizonte brotan nuevos cantos, que eternizarán la historia de aquel dolor estupendo.

Cuando se ha podido sufrir así todo el rigor de la vida sin que enmudezca el labio, ni pliegue sus alas quebrantadas la inspiración, muy de lo hondo ha tenido esta que remontarse, y las fibras de esa poesía han tenido que estar muy reciamente entretejidas con las fibras de ese espíritu. Reconozcamos sin rebozo nuestra deuda con la gran poetisa. Quien ha logrado así hacer de su íntima sensibilidad don de consuelo de la nuestra dolorida, quien ha puesto voz armoniosa a nuestros mudos pesares, ha realizado plenamente el ideal de la poesía; pues, desgarrándose el alma ha cicatrizado heridas ajenas, y su dolor reverberante ha sido luz de apaciguamiento para muchas desesperanzas.

Tomado de: Poesías de Luisa Pérez de Zambrana: publicadas e inéditas,  La Habana, 1920,  (prólogo).

 

In memoriam: A la que fue mi bisabuela idolatrada, Luisa Pérez de Zambrana, que ya descansa
Por Armando Muller

Luisa Pérez de Zambrana en 1868.>>

“Entró en la vida bajo un arco de flores. Hija de Santiago de Cuba, del Oriente, de donde la luz nos viene, de una extraordinaria belleza, inteligente, viva, de una atracción personal acentuadísima, dotada del don precioso de la rima”, dijo Eduardo Dolz en “La Nota del Día”, a raíz de haberse publicado el último libro de poesías de Luisa Pérez de Zambrana.

Ahora, la infortunada Luisa Pérez de Zambrana ha abandonado esta vida llena de luz y de belleza para entrar en otra región, en la región de lo infinito.

Cuando la infausta noticia de su muerte se conoció en la Habana y en las demás provincias de la República, se lloró su desaparición sinceramente, a lágrima viva, por todos los cubanos de corazón, por los cubanos que sabían la obra realizada por la pobre Luisa Pérez de Zambrana durante toda su vida.

Luisa Pérez de Zambrana nació para sufrir y para darle gloria a su patria, para cantar rimas desgarradoras y para que su lira dejara escapar acentos dulces.

La primera elegíaca del habla castellana –según palabras de nuestro gran Varona– ha muerto, pero ha muerto la parte material, porque su alma debe estar satisfecha de haber podido abandonar esta vida llena de amarguras. Tampoco ha muerto su nombre, ni morirá en la historia de Cuba. Han de transcurrir los años y tras los años los siglos, y Luisa Pérez de Zambrana, seguirá siendo la insigne mujer que supo poner su nombre en la cúpula de nuestro engrandecimiento literario.

Yo pudiera contar la vida íntima de la dulce poetisa; pero ¿quién no la conoce, quién no conoce el calvario de su existencia?

Muere Luisa Pérez de Zambrana, octogenaria, pobre, con afectos y con cariños, pero también lleva desengaños e ingratitudes.

El jueves por la noche, cuando en su hogar modesto todo era tranquilidad, hubo un instante de emoción, primero, de angustia después, luego el fatal desenlace: ¡había muerto la pobre abuela!

Grande, inmenso, fue el dolor que me causó tan triste noticia; había muerto uno de mis seres más queridos, mi bisabuela idolatrada, a quien profesaba un santo y verdadero amor.

Sus sabios consejos habían señalado la ruta de mi camino; le debo, pues, una gran enseñanza de misericordia y de amor, le debo tantas cosas…

El viernes, desde por la mañana, empezaron a llegar las ofrendas florales. De Gustavo Sánchez Galárraga fue la primera; él en persona colocó sobre el sarcófago que guardaba los restos sagrados de la anciana venerable, las flores de su recuerdo.

Y sucedió lo que teníamos presentido: los honores que le restaron en vida, se los prodigaron después de su muerte.

En capilla ardiente, entre gruesos candelabros, con guardias montadas al efecto por amigos, por admiradores y con gran cantidad de flores, fue tendido el cadáver de la venerada abuela.

El alcalde municipal de La Habana le envió una gran corona; otra el Ateneo de La Habana; el Liceo de Regla; el alcalde de Regla; los profesores y alumnos de la Escuela número 2 de Regla; el Club Femenino de Cuba...

También la joven poetisa Dulce María Loynaz y Muñoz, la también admirable poetisa Dulce María Borrero de Luján, el doctor Antonio Iraizoz, subsecretario de Instrucción Pública; Esther González Chartrand, Clara Salazar y María Julia Muller, Anita y Digna Boch, la corona de sus nietas, que era toda de jazmines, de lirios, de azucenas y de margaritas, y la de sus biznietos. Las guardias de honor fueron montadas por sus subalternos, y la última guardia de honor le fue hecha por sus nietas.

Llegó la hora de la partida, la hora más triste, triste por todos conceptos, pues no solamente llorábamos nosotros en la tierra, también el cielo lloraba, y la lluvia quiso que aquella triste caravana pasara por las calles de Regla entre sombras...

La divina Providencia quiso, que durante el trayecto escampara y cuando llegamos a La Habana ya el sol nos enviaba sus rayos y la lluvia había cesado.

En el muelle se unieron numerosas personas que nos esperaban, valiosas representaciones de todas las clases sociales e intelectuales, entre ellas mis compañeros de la redacción de El Fígaro, con el director Sr. Catalá.

Continuamos entonces nuestra triste misión; llegamos al cementerio, y una vez cantado el responso, procedimos a guardar esa joya que se nos va, esa joya que ya no nos pertenece.

Entonces el doctor Evelio Rodríguez Lendián, al querido presidente del Ateneo de La Habana, en breves y sencillas palabras, pero que no por breves y sencillas dejaron de ser espontáneas, expresivas y sentimentales, despidió el duelo.

Explicó, con ese verbo de que es poseedor, la gran obra que habían hecho los que acompañaron a la pobre Luisa Pérez de Zambrana hasta el último lugar a donde llegamos, hasta ese lugar eterno.

Me queda el consuelo que ya está descansando, entre los justos, pues abandona la tierra sin un enemigo; al contrario, dejando una estela de gloria y de inmortales recuerdos...

Tomado de: El Fígaro, 4 de junio de 1922, p. 365.

 

Luisa Pérez de Zambrana
(Fragmento)
Por José María Chacón y Clavo

(…)

En la sala modesta hay una maravillosa limpidez, sólo sobrepujada en encanto por el largo silencio, por la recogida actitud, por la blanda mirada melancólica de las jóvenes que están cerca de la anciana, a cuyo cuidado consagran la vida. Todo está en orden perfecto; los pobres muebles ocultan con decoro las huellas profundas del tiempo; en la blanca pared, aparecen con simetría, unas manchas grises; en la mitad de ella, único testimonio del antiguo esplendor, se ve un retrato, un doctor del año sesenta, que tiene el pecho cruzado de honores. ¿De qué nos hablará la anciana? ¿Cuándo saldrá de su largo silencio? ¿Qué dolorosa historia hemos de escuchar? El amigo más antiguo de los que vamos a verla se acerca a ella: entonces se ilumina suavemente su rostro, y ni una queja, ni un reproche, ni una frase dura turban su majestad tranquila. Empieza con sencillez a recordar; sus ojos parecen fijarse en una lejanía misteriosa; hay una dulce, una suavísima inflexión en la voz cuando murmura: gracias! En aquel blando gesto, en aquella voz dulce, en la palabra buena que sale de su corazón, en la mirada lejana y honda, hemos visto cruzar, rápida y luminosa, toda la nobleza de una vida, que alcanzó en los momentos de mayor infortunio, su plena expresión armoniosa, en un arte sincero, humano, idílico y humilde.

Tomado de: Luisa Pérez de Zambrana:Elegías familiares, Secretaría de Educación, Dirección de Cultura, 1937, pp. 46-47.

 

la debilidad y la fuerza de Luisa Pérez
Por Cintio Vitier

Ni una gota de casticismo, ni una gota de racionalismo, ni una gota de cultura como apoyo invisible de la poesía: tal es la debilidad y la fuerza de Luisa Pérez. Ingenua, sí; a veces excesivamente simple y dulce; pero en ella lo cubano tiene una de sus manifestaciones más extrañamente puras. Lo cubano como desamparo suave, como intrascendencia suave, como suavidad agudísima, anhelante, invencible. Lo cubano como puro hechizo, y modestia, y, llegada la hora trágica, obediente dolor, junco que se dobla sin partirse. Lo cubano, en fin, si nos atrevemos a decirlo, sin hispanidad ni teluricidad: delicadeza en vilo.

Tomado de: Cintio Vitier: Lo cubano en la poesía, La Habana, Instituto del Libro, 1970, p. 217.

 

Los esposos Zambrana
Por Antonio Martínez Bello

Ramón Zambrana en 1860 >>

I

Ramón Manuel Zambrana, nacido el 17 de julio de 1817 y fallecido el 18 de marzo de 1866; maestro enciclopédico, autoridad indiscutible en Ciencias médicas y fisicoquímicas, en leyes, en literatura, poeta, tribuno, periodista y sobre todo hombre de entrañable humanidad y bondad casi evangélica.

De acuerdo con las orientaciones antipedagógicas de su tiempo, el niño Ramón Manuel comenzó a asistir a la escuela a los cinco años. Y ya desde la más temprana edad empieza a mostrar su tendencia al aislamiento de sus compañeros de clase, a fin de dedicarse a reflexiones solitarias y a ensoñaciones pocos frecuentes en los mozos.

Ya en la universidad, se destaca bien pronto en los estudios y conquista numerosos premios. Como culminación de ellos y de los cursos completados, solicitó el día 15 de marzo de 1839 que se le permitiera realizar el examen de grado, para así obtener el título de licenciado en Medicina. Después de algún tiempo, se le concede esa oportunidad; y tras unos trabajos de excepcional brillantez, se le expidió diploma de licenciado, que lo capacitaba para ejercer la carrera de Medicina, el 15 de mayo de 1843. También algún tiempo más tarde, el día 28 de enero de 1847, obtuvo el doctorado en Medicina y Cirugía, si bien ya desde antes había empezado a obtener notorios triunfos en el ejercicio de su profesión, que le otorgó justa nombradía entre propios y extraños.

Pero el ejercicio práctico de la carrera no colmaba sus ambiciones, a pesar de los prestigios y ventajas materiales que le implicaba; y compartía su tiempo y sus energías físicas y mentales con las lecturas e investigaciones científicas y trabajos literarios de la más variada índole. Y de este modo vemos a este extraordinario espécimen de estudioso tropical, de inquieto intelectual jamás satisfecho de sí o de su obra, de nuevo Fausto del Tórrido, que a la vez atendía su consulta y a sus enfermos y clientes, indagaba en los instrumentos y probetas del laboratorio, concurría a tertulias literarias, asistía a representaciones artísticas y teatrales, escuchaba versos de los demás y se sumía en la contemplación lírica de los que él mismo iba escribiendo en sus ratos de ocio, e inclusive en los ratos que podía restar a sus demás ocupaciones.

En consecuencia, prodigando generosamente su inteligencia, como aquel héroe de Daudet que repartía entre los demás las migajas de su cerebro de oro, colaboró en la revista El Artista, y en El Aguinaldo Habanero, en la Revista de La Habana, en Cuba Literaria, así como en el Repertorio Médico-Habanero que dirige el doctor Nicolás Gutiérrez, gran amigo y compañero de Zambrana.

En 1858 quedó vacante en la Universidad de La Habana el cargo de catedrático supernumerario de Medicina Legal, y los amigos le instan a que se presente a oposiciones, que pronto habrían de celebrarse, a fin de cubrir la cátedra vacante. Y al propio tiempo, se siente cada vez más interesado por un tomo de versos publicado en Santiago de Cuba pocos meses antes por la exquisita poetisa oriental Luisa Pérez y Montes de Oca. Un volumen del mensaje lírico le llegó al sabio, enviado por la autora misma. Una gran emoción, que él estimó pura y exclusivamente estética, se apoderó del ánimo del investigador científico, del enciclopédico, ante la voz hecha estrofa de la gran poetisa. Y alterna la lectura de sus poemas sentimentales y delicados, con el estudio grave, árido y difícil de los problemas científicos sobre los cuales habrían de versar los ejercicios posibles de las oposiciones ya próximas. Del mismo modo, alternan en él dos estados de ánimo, o como diría Max Scheler, dos “movimientos del ánimo”: uno de justa y noble ambición, que canalizaba sus esfuerzos hacia la conquista del galardón intelectual, profesional y económico que significaba la victoria en unas oposiciones, es decir, la conquista de la cátedra universitaria; y otro de emoción indefinida e indefinible, que a ratos le abstraía y apartaba de las graves indagaciones científicas y de los textos de Medicina, para dejarse sumir en la penumbra romántica de aquellos versos venidos de Oriente, como que de Oriente viene la luz tanto para los ojos del cuerpo como para los del corazón y del espíritu.

Posiblemente, y tal vez por aquella ley psicológica, aducida por alguien, de que la mente descansa fatigándose en otro sentido, tales lecturas y meditaciones poéticas y respecto a motivos poéticos, bien le pudieron servir de descanso tras largas horas de estudio e investigación científicos. Su vista salía, de los versos de Luisa, como confortada, fortalecida, vitalizada de nuevo y poderoso espíritu, como si emergiera de un baño de luz y música.

Tal vez todo ello contribuyó eficazmente al triunfo que obtuvo en los ejercicios de las oposiciones efectuadas en la Universidad, y en la brillantez de su palabra, y en la emoción y seguridad de sus exposiciones, y en la influencia que sin duda su personalidad, magnetizada tanto por la emoción como por la inteligencia, ejerció sobre el tribunal que le juzgara. Este decidió que, en efecto, el doctor Zambrana era el victorioso en la noble justa, y el día 10 de mayo de 1858 fue designado catedrático supernumerario de Medicina Legal de la Universidad habanera.

Ya por este tiempo, a petición suya, Luisa Pérez de Montes de Oca remitió al profesor una fotografía suya, que contribuyó a hacer ese “movimiento de ánimo” suyo más indefinido, más indefinible, más confuso tal vez, pero de todos modos más influyente, imperativo, casi turbador, en su sosegada vida. En consecuencia, hombre de ciencia al cabo, se dio a la faena de indagar el verdadero carácter de su estado de espíritu; y aunque no es fácil para uno mismo estudiar la emoción, pues que para ello es preciso sentirla y a la vez alejarse un poco de ella, a fin de poderla contemplar a distancia al mismo tiempo que se la siente, aquel hombre de meditación científica y de emoción poética pudo resolver fácilmente la antinomia: se percató claramente de que su sentimiento no podía ser otro que el amoroso, y decidió entonces obrar en consecuencia.

Preparó su equipaje, y a bordo del buque Cuba partió de La Habana hacia Santiago, presa de los más encontrados estados de alma, temores, dudas y raptos de entusiasta fe...

Mediante la presentación formal de un buen amigo suyo, el profesor Juan B. Sagara, muy estimado por la sociedad santiaguera, pudo conocer personalmente a la bella poetisa; y tras los preámbulos de rigor, extensos y laboriosos como eran en aquella época, obtuvo el asentimiento de Luisa para su petición de mano, y contrajo con ella matrimonio. Si el amor busca el complemento de los atributos distantes o al menos distintos, como quería Schopenhauer; o si es mera síntesis armonizadora de una tesis y una antítesis al parecer contradictorias, no hay dudas de que aquel matrimonio entre una mujer de emoción y un hombre de pensamiento, entre una poetisa delicada y sentimental y un científico dado a las arduas investigaciones del laboratorio y la consulta profesional, entre la voz solitaria de la gran lírica y la palabra reposada del catedrático rodeado de alumnos, entre el canto y la investigación, entre la estrofa y el texto árido, entre el verso y la lección de clase, fue precisamente la más completa comprobación de aquellas teorías sobre el amor como complemento mutuo de cualidades dispares.

Por ello precisamente fueron felices en su unión, porque se completaban mutuamente. Ella escribe versos, y él encuentra ánimos para dar clases en el Seminario de San Carlos y para explicar, como catedrático en propiedad, Jurisprudencia Médica. Pero, como si todas estas ocupaciones en la Universidad y fuera de ella fuesen pocas, coopera en la creación de la Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales, institución de la cual fue el primer secretario; y labora en la Sociedad Económica, en la Junta de Fomento, en el Liceo Artístico y en el Seminario Conciliar, pronuncia discursos y conferencias, y escribe libros titulados Mis Creencias, Tratado de Historia Natural, La Bóveda Celeste, Soliloquios, etc., sobre los más variados temas y sentimientos.

Si la mente de él es fecunda, ella también lo es en el orden espiritual y particularmente en el material: casi todos los años lo obsequia con un hijo.

Tal aumento perseverantemente progresivo en su familia, forzó al padre naturalmente a aprovechar todo aspecto de trabajo profesional que pudiera incrementar sus ingresos, con los cuales sufragarlos por consiguiente mayores gastos del hogar. Al acendrar los conocimientos de su carrera, es designado sucesivamente –merced a su sabiduría enciclopédica– para dictar cursos de Química, Patología Interna, Obstetricia y Fisiología, Clínica Médica, Patología Externa, Higiene Pública, Toxicología, Historia de la Medicina; sin contar sus estudios sobre literatura, astronomía, geografía, sobre la generalidad de las ramas del saber humano, en todas las cuales descuella con personalidad propia, constituyendo un soberano espécimen de estudioso humanista, a más de hombre entrañablemente humanitario.

En efecto, si bien no todo sabio sobresaliente en humanidad es hombre humanitario, sino que en general se revela como el genio frío, desvitalizado, sin sentimientos humanos cálidos, torremarfilino, en suma, en cambio el doctor Ramón Zambrana destacó casi a la par que sabiduría su alta y honda bondad humana, modestia al prójimo, infatigable capacidad para hacer el bien entre afines y extraños. Sin embargo, y a pesar de esa polarización moral altruista, no hizo política alguna, tal vez porque estimó que la política no era el medio más idóneo para hacer el bien a los demás, o quizás porque no se consideró a sí mismo –eminentemente modesto como era– con aptitudes de estadista, de líder o de gobernante, o bien porque creyó que tales funciones públicas podían ser realizadas por otros con mejor resultado efectivo que por él, prefiriendo en todo caso la posibilidad inmediata y directa de mitigar el dolor humano presente, a la posibilidad mediata, indirecta o remota de propender a la conquista del poder para entoncesfavorecer esos beneficios colectivos a los que sin duda aspiró más de alguna vez.

En suma, decidió que el cultivo acendrado, y muchas veces desinteresado, de su profesión de médico, serviría superiormente, de acuerdo con sus personales aptitudes, a mejorar al pueblo, a aquel sector de la humanidad que más cerca estaba de él. No es de extrañar, por lo tanto, que a pesar de sus ingresos considerables como profesor, como catedrático, como médico en servicio activo y constante, como escritor y publicista, llegara al término de su vida casi pobre, sin capital ahorrado alguno. Y no sólo gastó en beneficio del prójimo sus ingresos económicos, o dejó de allegarlos, sino consumió en aras de su amor humanitario al pueblo la propia salud. Esta se le fue quebrantando, día a día, dejándola a jirones en su cátedra, en su consulta de médico, en su mesa de trabajo siempre afanosa y colmada de ocupaciones y preocupaciones generosas.

Se le diagnosticó tuberculosis pulmonar, que con el tiempo se le fue agravando, a la par que se agravaba la preocupación de que iba a morir dejando a su Luisa pobre, rodeada de hijos sin estabilidad ni seguridad económica. Sólo le consolaba pensar que la Universidad, de la cual era catedrático eminente, aseguraría a su familia una pensión modesta con lacual pudieran sentir menor la soledad y desamparo.

Pobre, luminosamente pobre, como todo aquél que gastó lo mejor de su cuerpo y de su espíritu en holocausto al mejoramiento humano, murió el 18 de marzo de 1866 el doctor Manuel Ramón Zambrana y Valdés. Sobre su lecho frío y augusto se inclinaban las frentes de sus hijos llorosos. Y en medio de los hijos, ella, Luisa Pérez de Zambrana, pálida y enlutada, envuelta en las últimas nieblas del invierno que se filtraban desde el cielo color de estaño –el invierno de Cuba es un verano gris–, la esposa poetisa era una elegía hecha mujer, un sollozo viviente, un adiós cuya palabra resuena todavía en el corazón de su pueblo.

II

La más grande elegíaca de las letras cubanas, musa de dolor y amor, arquetipo de feminidad y ternura, poesía de la abnegación ella misma, Luisa Pérez de Zambrana, habrá de ser recordada especialmente en el mes de agosto, dado que un día 25 de ese mes ardoroso y tórrido del año 1835, nació en la pequeña finca Melgarejo cerca de El Cobre, Oriente, esta delicada y ardiente mujer, flor genuina del Trópico, de sangre y emoción cálidas, y con tanta luz y color en su fantasía poética como el paisaje radioso que enmarcó y condicionó su cuna.

No tuvo, desde el principio, libros ni trato con personas que le viabilizaran la vocación hacia su expresión cabal en el verso. Si, pues, descolló como poetisa, tal se debió a la fuerza incontrastable de su elán poético interior, idóneo para la manifestación artística a pesar del medio condicionador menos propicio a la definición de su personalidad lírica.

<< Fernández y Cía, La Habana, 1957.

Dio a conocer a Cuba y a la posteridad su célebre composición "A Cuba", y su creciente fama dio motivo a que se le nombrase socia de mérito de la Sociedad Filarmónica de su ciudad natal. Y en 1856 dio a publicidad un tomo de Poesías de la Señorita Luisa Pérez y Montes de Oca, destacándose ya decisivamente con prestancia indiscutible en el parnaso cubano.

Desde la Universidad de La Habana, alguien seguía con interés apasionado el ascenso lírico de Luisa. El sabio profesor de medicina, doctor Ramón Zambrana, al acusar recibo de un libro de la cantora oriental, comenzó ya a manifestarle un insólito interés, que inmediatamente demostró ser algo más que intelectual o cultural, dado que tal amistad literaria culminó en una declaración de amor. No otra cosa es la composición que el maestro y hombre de ciencias le envió, titulada "A Luisa", y en la que le decía apasionadamente:

"¡Oh, no callo más, que ya en el pecho
no cabe mi emoción… Luisa, te adoro
y de ansiedad mi corazón deshecho,
suspira sin cesar por el tesoro
de tu inefable y célica ternura!"

Tal vez a los escépticos de hoy, un poco materializados y tecnificados a ultranza, que han hecho un ídolo del intelecto sin sentimentalismos, parezca poco poética la elocución del sabio, pero fue verídica. Y si fuera cierto que la poesía está en relación inversa con la verdad, adverso habría de ser el juicio literario al conocerse que el enamorado profesor ratificó la sinceridad de sus versos al embarcar hacia Santiago de Cuba para expresar directamente sus sentimientos.

Como solía hacerse en aquellos tiempos, ella, por recato, por pudor, por no sentir en verdad al principio amor por su enamorado, o por sagaz estrategia femenil, muy en su punto y razón aun tratándose de mujeres superiores, hizo resistencia a los requerimientos amorosos de Zambrana. Se ocultó. No lo recibió. Se mostró esquiva. Hasta que un buen amigo de ambos, el señor Juan Bautista Sagara, intervino como poder mediador, armonizador y acercador en definitiva. Lo demás es la breve historia de un todavía más breve noviazgo, celebrándose las bodas el 16 de septiembre de 1858. Ella siguió al esposo, como se exhorta en la ceremonia nupcial, y vino a La Habana con él, no sin antes despedirse de sus lares nativos con su “Adiós a Santiago de Cuba":

Yo amo tus campos verdes y sombríos
porque los amas tú, pero los míos
¡ay! no puedo olvidar.
Yo amo a tu pueblo, sí, pero quisiera
llevarte de la mano placentera
cada rato a mi hogar;
y enseñarte mis flores y mi río,
y la yerba brillante de rocío
que tanto pisé allí.
Yo quisiera decirte: "en esta loma
el tímido volar de una paloma
muchas veces seguí…"

Fue el suyo un matrimonio plácido y feliz. Le dio por frutos tres hembras y dos varones. En el cuidado de ellos, de su marido y de su hogar, distribuyó lo mayor de su tiempo. La ternura de sus versos se hizo acción en la solicitud del hogar. Ternura y suavidad genuinamente femeninas, con una entrañable luminosidad de mujer amorosa y buena que difícilmente encuentra paralelo en ninguna otra escritora de su tiempo o de otros tiempos. Poesía de tierna vigilancia fue su vida doméstica, de esposa y madre.

Después, fue toda poesía de dolor sin medidas: comenzó la gran elegía de su existir, de su ser, de su crear poético. Enfermó el esposo, y con su dolencia y agonía puso a pruebas salud física y mental.

Cuando el compañero murió, quedó ella casi en absoluto desamparo espiritual y sobre todo material o económico. Y el dolor de suexistencia se hizo más tétrico aún con la pérdida de sus jóvenes hijas, como si el infortunio quisiera ensañarse en el corazón de la desolada mujer. Se refugia en el amor de sus hijos varones, y los pierde también. Su sino trágico parece culminar entonces en una adversidad sin límites, como si hubiese sido dictada e impuesta por una deidad atroz. Vive la más entrañable y doliente de las elegías, más que todas las que pudiera corporizar en versos. 

Pero su espíritu es más alto que todos los infortunios, y tiene prestancias para presidir, como presidenta de honor, los festejos que se preparan para conmemorar el primer centenario de la Avellaneda.

Gracias a gestiones de admiradores y amigos, obtiene una ayuda relativa del Gobierno cubano, y se le ofrece una velada el 22 de marzo de 1918 en la que participaron Enrique José Varona, Coronado, Sánchez Galarraga y Dulce María Borrero. Un volumen con la colección completa de sus versos y prólogo encomiástico de Varona, fue publicado luego. Y el 25 de mayo de 1922 dejó de existir –vale decir, sufrir, amar, crear– nuestra incomparable elegíaca.

La historia de la literatura cubana conserva, como imagen arquetípica de dos mujeres eximias hermanadas en la devoción de la belleza, aquella escena en que Luisa Pérez de Zambrana colocara sobre las sienes de Gertrudis Gómez de Avellaneda la corona simbólica de la gloria. Al margen de todo celo o rivalidad, tan usuales en colegas o competidores, ambas mujeres gloriosas confluyeron en un instante ejemplar, ciñendo una los laureles a la frente de la otra, del mismo modo que esta, la divina Tula, prologara con encomio y fervor un tomo poético de Luisa, destacando en su estro “la sencillez, la ternura, el aroma indefinible de melancolía y piedad”.

En cuanto a la generalidad de su obra, recordaremos que, una vez llegada a La Habana en compañía de su esposo, colaboró en varios periódicos y revistas, distinguiéndose en el consenso público sus versos por la fluidez, naturalidad, sentimiento acendrado y sin artificios en la expresión, sobre todo al cantar el amor de sus hijos y del hogar. El dolor de este amor lleva su inspiración a instantes elegiacos de insuperable grandeza emotiva, como en "Dolor supremo", "Martirio" y "La vuelta al bosque". En la segunda de las poesías mencionadas, la expresión poética es desgarradora en sinceridad y patetismo, sólo confortada apenas por la fe religiosa que la acompañara siempre, sobre todo en sus instantes de luto y sombra inenarrable.

También se citan por su calidad lírica: "Reflexiones", "La caridad", "El sabio en su patria", "Meditación, "La conciencia", plenas de vocación filosófica; "A mi esposo", es una expresión del amor humano en plenitud; y las poesías "La estrella de la tarde", "Al Sol", "Al campo", "Lo que se ve en el agua", "Al ver salir la Luna", "A las estrellas un recuerdo", "La noche en los sepulcros", "En la Bahía", que manifiestan el amor a la naturaleza, propio de quien nació y creció en la contemplación de los paisajes más bellos de Cuba. Y también cantó a "La música", "Al genio", "A Gertrudis Gómez de Avellaneda"; y a los grandes de la patria: "Maceo", "La tumba de Martí", "A Cuba"; o bajo la emoción religiosa: "La caridad", "A Ossian", "Dios", "La entrada en Jerusalem", etc. En su palabra poética, pues, transida de amor a Dios, a la Naturaleza, a la Patria, a los héroes del bien y de la justicia, al esposo y a los hijos: en esa palabra lírica suya ungida por los más altos y generosos amores de que es capaz la emoción humana, no hubo jamás una mancha de sombra trivial o inarmónica: fue pura armonía, música de ternura, poesía de caricia y de lamento, mujer honda y sublimadamente femenina en el hogar y en el poema, en la felicidad y en la adversidad. Pura, generosa, musical, blanca en el corazón y en el gesto: su vida pasó y se desvaneció en la luz de la atmósfera como una racha de palomas.

Tomado de: Revista de la Biblioteca Nacional José Martí, jul-sept. de1951, pp. 33-44.

 

Elegías familiares: angustia y muerte en Luisa Pérez de Zambrana

Por Adriana Sosa

<< La Habana, 1937.

De nuestra literatura escrita por mujeres sobresalen en el siglo XIX, tres voces: Gertrudis Gómez de Avellaneda, Luisa Pérez de Zambrana y Juana Borrero, todas ellas, signadas, de alguna manera u otra, por la muerte. Pero es la poesía de Luisa Pérez de Zambrana la que con mayor dolor e intimismo demuestra la angustia ante la pérdida.

El amor carnal se hace realidad para Luisa al entrar en contacto con Ramón Zambrana, lo cual significó un giro total en su vida. Este, con el pretexto de publicar un retrato suyo en una revista habanera, le pidió una fotografía que provocó en él una atracción física análoga a la que ya experimentaba de manera espiritual, a través de la lectura de la joven poetisa. Tanta fue su admiración que se presentó en Santiago de Cuba y pocos días después ambos contrajeron matrimonio. A pesar de la diferencia de edad entre ambos y el poco tiempo que pudieron convivir –solo ocho años–, separados por la muerte de él, Luisa gozó del estímulo y reconocimiento de su marido, quien la presentó en los mejores círculos intelectuales, gracias a lo cual su obra comenzó a divulgarse en diferentes publicaciones de la época. Unos versos que caracterizan claramente el significado de Ramón en la vida de Luisa aparecen en “A mi esposo”:

Y dile ¡oh rayo pálido y brillante!
a su alma melancólica y amante
y llena de inquietud,
que le amo tierna, con serena calma,
y que este dulce amor arde en mi alma
como un vaso de luz.

Las siete elegías familiares constituyen el mejor testimonio del pesar de la autora que viera morir a su esposo, y luego, uno a uno, a sus cinco hijos. Quien cantara en “Efusiones a mi hija”, la alegría de la maternidad, rogando bendiciones a Dios para su primogénita, encontrará años después el desasosiego, pero siempre asumidos con resignación y sin desbordamientos, como puede leerse en “Dolor supremo. Después de la muerte de mis tres hijas”.

¡Qué siglos de dolor llevo en el alma!
¡en qué océanos de pesar se abisma!
¡y en qué playas de luto y de silencio
me encuentro, con las manos extendidas!

Su poética se caracterizó por una dinámica relación con la naturaleza y la patria, por la religiosidad y el intimismo. Su coloquialismo, y el uso de frases sencillas, apartadas de cualquier rebuscamiento, la dotarían de una escritura auténtica, espontánea, sin presunciones que no por ello le impidió alcanzar una sólida madurez poética, inscrita en medio de figuras cimeras de nuestra segunda generación de románticos como Zenea o la Avellaneda.

La contraposición establecida por la autora en su relación con la naturaleza en las dos grandes etapas de su trayectoria poética, ha sido sintetizada acertadamente por la Dra. Susana Montero* quien las definiera como naturaleza-regazo, en la juventud y naturaleza-abismo, después de la viudez. Son estas elegías la mejor muestra de la transformación de la autora en esa segunda etapa.
Jpg 5 La edición de Ángel Huete de 1957.
Si en los poemas de juventud, la Zambrana manifiesta una correspondencia armónica con la naturaleza, una compenetración sosegada con el entorno, veremos a partir de “La vuelta al bosque. Después de la muerte de mi esposo”, cómo la desolación la golpea infinitamente:

Que ya todo pasó, pasó. ¡Dios mío!
para jamás volver; ¿adónde ¡oh cielo!
a dónde iré sin él, por el vacío
de esta noche sin fin? ¡Fúnebre bosque!
hoy todo es muerte para mí en la tierra,
en la llanura con inmenso duelo
se elevan los cipreses desolados
como espectro umbríos,
las brumas en la frente de la sierra
crespones son que pasan enlutados,
van en las nubes féretros sombríos,
el mar gimiendo azota la ribera,
con sollozos de muerte el viento zumba,
y es, ante mí, la creación entera,
la gigantesca sombra de una tumba.

En este poema, el hablante lírico que es, sin lugar a dudas, la propia autora, es recibida por el bosque –“de mis dichas confidente”–, para cantar el pesar de haber perdido al “caro esposo/ amante, tierno, incomparable amigo”. Es ese mismo lugar en el que siente todavía la presencia del cónyuge, ya imposible; y se queja, entonces, de que el bosque no haya aprisionado la voz de su amado ni su imagen. Por tal razón en él ya no hay consuelo y ante su grandeza, su soledad se eleva, viendo, donde antes todo era armonía, sombras y tinieblas.

A partir de entonces la muerte se apoderará de sus días haciéndola desear para sí misma la muerte, como en la elegía dedicada a Enrique José Varona titulada “La noche de los sepulcros”, en que pide que la hallen “inmóvil y sin vida” en la tumba de su esposo; al igual que en “¡Mar de tinieblas! Después de la muerte del único hijo que me quedaba”:

(…) haced, ¡oh soles de la noche!
que yo en su tumba pueda
besar, temblando, sus dormidos ojos,
y a sus pies quedar muerta.

Pero Luisa, a pesar de su profundo dolor, no murió y siguió siendo la poesía su más fiel compañera lo cual demuestra, como bien dijera nuestro E. José Varona en prólogo a una de las antologías poéticas de la autora en 1920, que:

“Cuando se ha podido sufrir así todo el rigor de la vida sin que enmudezca el labio, ni pliegue sus alas quebrantadas la inspiración, muy de lo hondo ha tenido esta que remontarse, y las fibras de esa poesía han tenido que estar muy reciamente entretejidas con las fibras de ese espíritu”.

A quien a pesar del sufrimiento no sesgó en su empeño literario van dedicadas estas letras, brevísima aproximación a su vida y obra.

* Varios autores: Historia de la Literatura Cubana, Tomo I, Letras Cubanas, La Habana, 2002, pp.295-299.

 

La patria en la poesía de Luisa Pérez de Zambrana
Por Kaly Smith Llanes

<< Editorial Arte y Literatura, La Habana, 1977.

Considerada por la crítica junto a Gertrudis Gómez de Avellaneda una de las más grandes poetisas del siglo XIX en la Isla, Luisa Pérez de Zambrana distingue con su poesía el romanticismo cubano. En toda su obra destacan sus hermosas elegías, nacidas de las desventuras personales y de una sensible subjetividad. Como parte de lo mejor de nuestra tradición literaria se han estudiado sus poemas, aunque sin prestarle mucha atención a aquellos donde particularmente la escritora hace referencia a su patria.

Mucho se le ha acusado de no pertenecer a los poetas que cantan abiertamente a su nación o de que no asumiera una posición clara para expresar sus sentimientos patrióticos. No es su temperamento impulsivo, pero tampoco su visión de Cuba se reduce a sencillas lamentaciones; hay que ver en esa espontaneidad de la poetisa su más honda protesta. Nacida en 1835 y fallecida en 1922, Luisa vive las dos guerras de independencia, desde el Grito de La Demajagua hasta los inicios de la República Neocolonial, así pues está marcada por las luchas emancipadoras. Su modo de mirar a Cuba se puede dividir en dos vertientes fundamentales: las autoctonía del campo cubano y las elegías a los héroes. La autoctonía se encuentra íntimamente ligada a la identidad con la tierra y más directamente con lo local. Las elegías a los héroes constituyen más que un canto al dolor de la pérdida, un canto a las cualidades que distinguen a estos hombres –Máximo Gómez, Antonio Maceo y José Martí–, un canto a la historia.

Se hace necesario destacar una paradoja que rodea a la escritora, y es que, si bien no se le incluye dentro de los poetas de la revolución “hay testimonio de cómo en la manigua y en los hogares proindependentistas la poesía de Luisa era leída con especial amor”*. Se quiere desde la mirada crítica y comparativa que su expresión lírica sea más emotiva, menos contenida, y sin embargo, ella representó el símbolo de la “cubanidad herida” y el sentimiento patriótico más puro entre sus contemporáneos independentistas. Para juzgarla, hay pues que tener en cuenta este criterio epocal y que tiene que ver con la interpretación de sus textos.

Es esta escritora consciente de la pertenecía a su Isla, a su nación. Una de las primeras referencias al dolor que le produce el fin de la guerra sin alcanzar los objetivos revolucionarios se encuentra en una estrofa del poema “Tu destierro y tu muerte” dedicado a Alfredo Torroella:

¡Patria adorada! ¡celestial figura
que te levantas trágica y sombría,
en pie sobre el altar de tu heroísmo,
con la mano en la herida todavía!

Se evidencia en estos versos la angustia de la poetisa. La pena que la hiere es la entrega de su tierra, la valentía en las luchas, pero la ausencia de libertad. La desgarradura aquí muestra una Luisa menos íntima que la de otros poemas, es decir, la espontaneidad del llanto da paso a una forma abierta de gritar por su patria donde predomina la sensación de tristeza. A pesar de que es solo una estrofa intercalada, este fragmento demuestra la posición rebelde de la autora. En estos versos igualmente se vislumbra su religiosidad –característica propia de toda su poesía. La patria que se alza sobre el altar es una bella imagen que revela el sacrificio ofrecido para obtener la libertad.

Novela de la autora publicada por  Imprenta Fdez y Cía. en 1957. >>

Sin embargo, lo más común es encontrar en su obra la identificación de la escritora con el paisaje al propio tiempo que descubre el amor por su tierra. Cuba para Luisa es el espacio natal, el sitio donde puede desarrollar la vida en el campo. La patria encarna el paraíso soñado, el paraíso que solo lo natural puede ofrecer. En el poema “A Cuba”, por ejemplo, la atmósfera que envuelve a la Isla es de luz y felicidad:

Alzan sus copas plácidas y erguidas
árboles bellos que frondosos crecen;
y por las brisas sin cesar mecidas
las flores en sus tallos aparecen:

Y de un arroyo el blando murmurío
lánguido se oye por el prado ameno,
y tierno riega matinal rocío
hojas que halaga el céfiro sereno.

La escena que trasmite Luisa claramente pertenece a un paraje encantador capaz de seducir. Más adelante, en el propio poema, la patria, debido a esas encantadoras características, se convierte en madre protectora, en el único sitio donde la autora de “La Vuelta al Bosque” se siente segura:

Porque tu tierno, maternal regazo
sirvió de cuna a mi inocente infancia,
porque en estrecho y amoroso abrazo
siempre abrigóme tu eternal constancia.

Otro poema donde la Isla es sinónimo de madre es “A mi Patria”. Este sencillo soneto deviene dedicatoria para comenzar el poemario de 1856. Más que homenaje, Luisa entrega un regalo a su tierra, pues describe el modo en que la patria se torna inspiración para llevar a cabo la escritura de sus obras:

Y sólo la dulcísima confianza
de que eres para mí tan bondadosa,
aliento me infundiera y esperanza;

que sólo tú me escucharás gustosa,
porque en el mundo la canción del pobre
es, como dicho está, perla de cobre.

Si de símbolos que definan la nación de la poetisa se habla, entonces es imperdonable no mencionar los íconos de “Adiós a Cuba”. Esta poesía abre, de alguna manera, la época de pérdidas que comenzaría luego en la vida de Luisa, ya que se convierte en canto a la separación, a la destrucción de la imagen ideal. Es importante detenerse en varias estrofas para advertir la importancia de lo local, el terruño como patria chica, pero que es también Cuba:

cuando abatida vi, el mar salobre
las sierras melancólicas del Cobre
sus frentes ocultar,
con aflicción profunda y penetrante
me cubrí con las manos el semblante
y prorrumpí a llorar.

El dolor da paso al llanto, a la angustia de que todo lo que se posee se pierda para siempre y no pueda recordarse. Y ese lamento final precisamente hace posible el recuento de las bellezas de la tierra que se deja atrás, la necesaria comparación entre el lugar al que la joven se dirige y el que abandona:

Yo amo tus campos verdes y sombríos
porque los amas tú, pero los míos
¡ay! no puedo olvidar.
Yo amo tu pueblo, sí, pero quisiera
llevarte de la mano placentera,
cada rato a mi hogar. 

Pese a la exteriorización del amor que antes se ha citado de “Adiós a Cuba”, el momento que más carga emocional y patriótica tiene no son los anteriores, sino la siguiente estrofa:

¡Oh Cuba! si en mi pecho se apagara
tan sagrada ternura y olvidara
esta historia de amor,
hasta el don de sentir me negaría
pues quien no ama la patria ¡oh Cuba mía!
no tiene corazón.

Las composiciones dedicadas a los héroes –Máximo Gómez, Antonio Maceo y José Martí– tienen un tono grave y melancólico. La trascendencia de estas figuras inmortalizadas por la poetisa se define por el acentuado tono dramático que llega en ocasiones a la desesperación. Pero, una desesperación muy a lo Luisa, una desesperación íntima y contenida, como el quejido que no acaba de rasgar la garganta. Las imágenes de los hombres, llenas de una singular luz –que proviene tanto de sus personalidades como de la mano de Luisa–, irrumpen ante el lector con una fuerza solo comparable con elementos de la naturaleza y con Dios y sus actos. Es de destacar la magnitud de la comparación religiosa en Luisa, puesto que como devota, el ser superior solo puede ser Dios, pero en ese punto radica la importancia que tienen para ella estos héroes a los que canta.

Sobre Máximo Gómez escribe en una de las primeras estrofas del poema “¡Ya llegas!”:

Desde el santuario azul de las montañas,
no en templos de marfil y alabastros,
moviste tus ejércitos gloriosos,
como Dios a los astros.

Para luego concluir:

Con la diadema de laureles de oro,
¡gigante sol que en el ocaso brillas!
¡ya llegas bajo el arco de la gloria!
¡oh patria! ¡de rodillas!

Al referirse a Maceo en el poema homónimo, lo acerca a guerreros latinos y lo reconoce más sobresaliente que todos aquellos que aparecen en la Ilíada, no solo por la fuerza de su cuerpo –descrito de forma escueta pero precisa–, sino también por encarnar la libertad cubana:

Tus soldados, si impávidos caían,
a tu invicta presencia sonreían
del dolor en la cruz.
Que de la guerra, en el tremendo abismo
era el triunfo, la gloria, el heroísmo,
tu cimera luz.

De nuestro Apóstol, en “La tumba de Martí”, alaba los ideales patrióticos y lo rememora como el genio creador de la independencia de Cuba, a quien su pueblo le debe rendir honores:

El genio errante, pálido y sin calma,
que sintió en las tinieblas de su alma
estremecerse un sol,
y sintió por sus sueños abrasada
nacer alas gigantes y estrelladas
en sus hombros de Dios.

Basten estos poemas como escasos ejemplos para demostrar la agudeza política de Luisa Pérez de Zambrana. Que fueron pocas las veces en las que se pronunció contra la opresión colonial, sí, no es posible desmentir tal afirmación de forma cuantitativa. Sin embargo, que en las ocasiones en que levantó su voz para cantar a la patria lo hizo de manera tan personal y dolida –es imposible encontrar otro poeta que cante igual o parecido a su tierra– también es verdad innegable. No son notas aisladas en su obra sus ideas sobre las luchas libertarias, solo hay que saber interpretarlas a partir de la personalidad de la poetisa, a partir de su experiencia personal y su estilo de exteriorizarlo. La identificación con el entorno natural descubre el amor a Cuba a la vez que el acento elegiaco deviene desahogo de su alma. La patria en Luisa Pérez de Zambrana es el paisaje de la Isla como también lo es la grandeza de los hombres que lucharon por su emancipación, pero, sobretodo, patria para ella es íntima cubanidad.

*Virgilio López Lemus

 

Germinación del cognos. Caminos para la emancipación de la mujer en Luisa Pérez de Zambrana
Por Yaima Rodríguez

La poetisa  en 1887, dibujo de P. Ross.>>

Siempre  se recuerda a nuestra poetisa Luisa Pérez de Zambrana por varios motivos. Entre los más relevantes se encuentran sus Elegías familiares, su participación en la coronación de Gertrudis Gómez de Avellaneda en el teatro Tacón, y, además, las comparaciones que realizó José Martí entre ambas poetisas.

Sin embargo hoy, a 175 años de su natalicio, creo pertinente recordarla a partir de un rasgo, acaso no tan explorado de su poesía: el de la construcción del sujeto femenino. Aunque un texto canónico en este sentido es “Reflexiones sobre la mujer”, he de centrarme, ahora, en su poema “Sobre el estudio” (1), escrito en febrero de 1855. En estos versos, Luisa desmonta toda una jerarquización clásica, y le abre así nuevos caminos a la mujer.

Como bien aprecia Hélène Cixous (2), el privilegio masculino siempre se ha distinguido por la oposición actividad/pasividad, donde la mujer desempeña el segundo rol, y el hombre el primero. En “Sobre el estudio”, el sujeto lírico, a partir de lo coloquial, resemantiza este binomio, en apariencias irreconciliable. María, personaje que increpa a Luisa, le pregunta el por qué de tanto estudio. Llora como amiga porque tanto aprendizaje afecta física y psicológicamente a la mujer:

Porque la mucha ilustración es causa
también de muchos males; sobre todo
a nuestro sexo cuyo menos daño
es el que en ti con sentimiento veo,
que lentamente tu salud decae,
pierde tu tez su natural frescura,
palidece tu faz y languidecen
tus fuerzas físicas, y en fin se agosta
tu juventud risueña, como muere
cuando apenas nació la rosa púrpura.

Estas son las palabras de su amiga María. El estudio, entendido así como ente activo, no es para las mujeres. El sujeto femenino “debe” estar del lado de la pasividad, o de otra forma  no existe. Es toda una maquinaria que funciona, pues, a partir de la ley del falocentrismo: la mujer subordinada al hombre. Y en un solo sentido va la respuesta de Luisa, sujeto lírico principal: las mujeres deben despertar. Y este hecho lo marca a través del conocimiento. ¿Acaso ignoras que vivir, María, / es cultivar nuestra razón?, así se levanta la voz, esa conciencia de la inferioridad femenina que debe ser superada.

Para la Zambrana, el tópico del conocimiento, como pilar activo, es principio y fin de la vida para ambos sexos. Es quien otorga la verdadera belleza, y comenta:

El goce material enerva, estraga
y seca el corazón, lo hace insensible
al fin tornándose en horrible tedio
hasta obligarte a detestar la vida,
que ya cansado de esos goces vagos
que nunca llegan a tocar el alma
es como el árbol que sacado el jugo
se seca y muere, sin que baste a darle
frescura y vida el incesante riego.

Y he aquí una de las grandes modernidades de la poetisa. Para ella, la verdadera inmortalidad del espíritu es la virtud del alma, pero también el conocimiento. Enriquecer la mente se convierte así en condición indispensable del ser humano y, por ende, derecho y deber de la mujer:

Igual María, la mujer hermosa
que no cultiva su razón, encierra
un alma frívola, ignorante, helada,
y llena de las torpes afecciones
a los brutos comunes, encubierta,
bajo un angélico exterior; y aquella
que en saludable estudio ha consumido
de su existencia los mejores años
esa será como la piedra bruta
que en sus entrañas el diamante esconde,
cuyo tosco exterior a nadie atrae
pero al partirla irradiadora brota
cascada fúlgida de ricas luces
que arrebata la vista, dime ahora,
del libro de oro y la grosera piedra
cuál escogieras tú…?

El conocimiento, entonces, no es para Luisa daño ni pérdida de tiempo alguna. Muy al contrario, es la fuente del origen del bien. Además, reconoce que es, a su vez, el aspecto que le posibilita a la mujer tener el dominio del mundo, su independencia y, así, su emancipación. Por su parte, reconoce cómo el estudio enriquece el lenguaje, ennoblece los sentimientos, otorga más elegancia y, por supuesto, forja el respeto en el trato social. Por eso, a la voz lírica principal le aflige más la negligencia ingrata de María. Esta última llora lo que para ella es la juventud perdida de Luisa por tanto estudio; Luisa llora el grave error de la amiga, y la exhorta:

Ven a estudiar al campo, ven, María,
que aquí con solo un provechoso libro
es mil veces más dulce la existencia,
que en esa sociedad siempre impasible
de vicios llena y de virtud vacía
que no comprende el corazón sensible.

Estos son los últimos versos de “Sobre el estudio”. Así finaliza la Zambrana, constituyendo, sin lugar a dudas, un ícono en nuestro Parnaso literario. Para ella, la mujer ha de salir de la sombra, o mejor, de esa sombra proyectada sobre ella. Y es justamente a través del conocimiento que se podrá descolonizar el cuerpo y la mente femeninas. Su voz se levanta simbólicamente como un reclamo ante los viejos esquemas, y una exigencia de construir los nuevos. Sin embargo, es imprescindible destacar que el verdadero sustrato en Luisa radica en no reproducir el mismo patrón, en tanto no pone a la mujer por encima del hombre. He ahí la verdadera esencia de su defensa ante la inferioridad femenina. He ahí la grandeza de su pensamiento femenino.

Entonces, a esa tríada que, justamente, la crítica especializada siempre le ha señalado a su poesía, entiéndase, Dios-Naturaleza-Patria, a su coloquialismo y a su elegancia de la forma, es pertinente añadirle este aspecto, moderno, por demás, para su siglo XIX.

 

Notas

(1) Ambos poemas se encuentran en Luisa Pérez de Zambrana: Selección poética. Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 2005.

(2) Hélène Cixous: “La joven nacida”, en Nara Araújo y Teresa Delgado: Textos de teorías y críticas literarias. Universidad Autónoma Metropolitana, México, 2003.


Tumba de la poetisa en el Cementerio de Colón. La Habana, (foto Molina)