Imaginarios: La Virgen de la Caridad del Cobre

A raíz del trienio preparatorio para la celebración del aniversario 400 del hallazgo de su imagen en la Bahía de Nipe.

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A la joven humilde de Nazaret, a la mujer radiante coronada de estrellas que se enfrenta al mal en la visión de san Juan, a la madre de amor y sabiduría: la Virgen de la Caridad del Cobre, rinde homenaje Librínsula en este mes de septiembre  –uno más entre otros tantos que suscita la virgen mambisa en su peregrinar por la tierra cubana

Librínsula agradece la colaboración especial para este número del pintor cubano Carlos Guzmán.

 

 

La Virgen de la Caridad del Cobre tras el manto de la transculturación.
Más que una trinidad: india, africana, española, mambisa…

Por Jamila M. Ríos

En uno de los amplios salones del Palacio de los Capitanes Generales, colocada tras una vitrina junto a otras jícaras de coco o de güira que pertenecieron a los mambises, se exhibe una que llama poderosamente la atención. Más primorosa y pacientemente tallada que el resto, esta jícara ofrece testimonio sobre la importancia que revistió la Virgen de la Caridad del Cobre para los cubanos de la manigua, e incluso para sus esposas, quienes se cuenta que desfilaban en procesión cada 10 de octubre, para pedir a la “Virgencita Prieta” (1) la independencia patria. Fernando Ortiz, quien así la llamó en sus textos, escribió unos once capítulos sobre tal advocación de la Virgen María, en pos de desenredar algunas de “las hebras de la urdimbre de la Virgen cubana”, clasificadas por él en “hispánicas, indias, africanas y criollas”. (2) La mayoría de las consideraciones orticianas pueden leerse reunidas en La Virgen de la Caridad del Cobre. Historia y etnografía, obra que, si bien el antropólogo no pudo concluir a cabalidad en los años 30 del pasado siglo, hoy podemos consultar gracias a la investigación y compilación de los estudiosos José A. Matos Arévalos y Odalys Canales Vasallo.

La “Virgen mambisa”, a la que Carlos Manuel de Céspedes hizo decir misa tras entrar en Bayamo con su ejército, fue pues insurrecta según la tradición. Y dicen que a ratos aparecía de regreso en su santuario de El Cobre con el sayo manchado por el lodo y los zarzales, de haber estado desandado los campos de la República en Armas. Sin embargo, su identidad no se limita al criollismo, como tampoco a los elementos hispanos y africanos visibles en su reconocido sincretismo con Ochún. Como se explica en el prólogo al mencionado libro, también por 1930 el historiador Juan José Arrom analizó el relato de la aparición de la virgen en la Bahía de Nipe (ocurrido aproximadamente en 1628 y narrado por primera vez en el siglo XVII por el padre Onofre de Fonseca). En su análisis Arrom apuntaba cómo la advocación llegó a hacerse india o criolla de acuerdo con el devenir de Cuba; cómo en la imagen de sus descubridores, los tres Juanes salineros (uno mulato, uno blanco y otro aindiado), quedó plasmada la relación interétnica de los intérpretes activos contemporáneos al suceso; y cómo la patrona de Cuba se expresa en tres dimensiones: “la Virgen de la Caridad del Cobre es María, es Atabex y es Ochún; es decir, una y trina”. (3)

Por su parte, siempre interesado en el estudio de los estratos culturales, Ortiz emprende una labor quasi policíaca, de búsqueda, comparación y profundización. Sobrepasa sus postulaciones y las hebras más visibles del entramado, pues complementa las opiniones de Arrom y llega a develar en el culto y en la iconografía de la Virgen de la Caridad cubana un influjo pagano y animista, además del católico. La investigación orticiana se insertaba en las discusiones epocales sobre el origen de la advocación y sobre su parecido con otras de piel atezada como la de Illescas, por lo que su autor trató de determinar las diferencias y semejanzas existentes entrambas. Pero nuevamente el antropólogo se remonta incluso más atrás, a la desembocadura del río Nipe, donde según Onofre y la tradición episcopal reapareció la imagen de la Virgen de la Caridad del Cobre, que acaso habría sido entregada por los españoles a uno de los caciques de la región. Como tantos “hallazgos” del libro, este no da pie más que a nuevas preguntas. Así, al continuar por los vericuetos del documentado recorrido, sólo sabremos que la imagen icónica venerada en El Cobre es de “factura cubana, improbable; española, probable; o germana, posible”, (4)y comprenderemos que no debe desestimarse la posibilidad de que su aparición material se haya visto precedida por una existencia espiritual, en forma de devoción, en las propias minas.Al cabo, hay algo de mayor productividad que las pesquisas sobre el origen de la imagen mariana, y Ortiz lo sabía, pues señaló que su labor hagiográfica se quería dirigir primordialmente a lo más significativo: “la procedencia de todos los factores que han determinado esa devoción cubana, sus matices históricos, su arraigo, su nacionalización y sus posibilidades”. (5) 

La virgen marinera: “una gaviota sobrenadante” (6)

Yo soy Cuba (135 x 110 cm).>>

De mayores miras que comparar los atributos y milagros de las vírgenes de la Caridad y de Illescas, para rechazar la idea de la copia, es la comprensión y análisis del mar como contexto privilegiado por la mariología. Como Ortiz explicó, la mariolatría española, acostumbrada a los peligros de la navegación, está llena de “vírgenes flotantes”: “acuáticas, fluviales y marinescas” (7), frecuentemente parlantes, que ora se aparecían hablándole a los navieros ora aparecían arrastradas por las aguas en las playas españolas de Soria, Asturias, Tenerife, Galicia…, e incluso en Palermo, Olmeta, Boloña. Desde antaño, según refiere el libro, fueron comunes tales “apariciones de imágenes sobrenadantes […] en el cristianismo cismático o de los griegos, entre los paganos de Roma y de Grecia, en el budismo indostánico, japonés, chino” (8), y en otras religiones. El nacimiento de Venus basta para probar “el conocido simbolismo mítico” (9) que relaciona a las vírgenes con las aguas, tanto marinas como potables.

En la devoción a la Virgen de la Caridad del Cobre, Ortiz vio justamente esas dos vetas: una en que subyace la herencia de España y del paganismo, que relaciona a las vírgenes fundamentalmente con el océano, y otra que nos lleva hasta Ochún, “diosa del río allá en África”. (10) Aunque el segundo aspecto no llega a ser tratado, como otros que muestran lo inconcluso del libro, el primero es relacionado con las múltiples imágenes marianas que asistían en América a los navegantes españoles, contra los embates del canibalismo, del corso, de la piratería y de una deidad indígena, el Huracán. No en vano otras advocaciones como la Virgen de Regla y la Virgen de la Merced fueron invocadas también por aquellos marineros que conquistaron o colonizaron nuestra Isla, muchos oriundos de la España isleña. Varios testimonios, como el de san Bartolomé de las Casas sobre los romeros propiciatorios que Cristóbal Colón impuso en altamar a distintas vírgenes, así como plegarias y citas de versos de Cervantes y Lope de Vega prueban que la travesía por el Mar Caribe se consideraba sumamente temeraria por entonces. Ortiz sella sus razones sobre los factores hispanos, e incluso paganos, que perviven en la Virgen de la Caridad del Cobre, al exponer los elementos ternarios que se reiteran en su leyenda y en las de sus iguales, tanto como en las mitologías de vírgenes fenicias y romanas. Tres hombres encontraron y llevaron a la virgen cobreña hasta tierra firme, junto a tres tercios de sal; tres días permaneció en Nipe; desapareció tres veces; fue venerada en tres sitios; estuvo tres años en la iglesia del Real de Minas…       

Erotismo y religión: la estela pagana

Al igual que Juno y otras antropomorfizaciones icónicas de la feminidad, la Virgen de la Caridad del Cobre no sólo hacía manar agua bendita al pie de su santuario y asistía en las sequías a los agricultores, sino que ha sido y es abogada de las parturientas. Su carácter fecundante y agrario, propio de la María Deípara, es reforzado por la piel trigueña o terrosa, que según Ortiz remite a ciertos ídolos de la India. Dicha coloración quizás se explique más por la madera en que fue tallada la imagen que por otras razones ideológicas, pero ha sido interpretada en Cuba durante diferentes épocas como un signo cambiante: hija ya de una insolación absurda, ya de los elementos indios, negros y mulatos que han conformado la nación. Dadas sus relaciones con la fertilidad no es de extrañar que las cintas o medidas, que representan la altura del icono, hayan servido a innúmeras embarazadas cubanas por su aducida eficacia mágica. Esta costumbre se halla atestiguada suficientemente en el Viejo Continente referida a otras advocaciones. 

Otros elementos son citados para evidenciar el sustrato precristiano de la virgen cobreña: la luna y el diamante en la frente, los lirios y las fiestas libertinas. Por la presencia de dos semilunas crecientes, una infraversa, típica de ella en oposición a las españolas, y otra supraversa (probablemente añadida tras 1899), se la puede comparar con la Isis egipcia. Aunque debe decirse que la visión de María Deípara parada sobre la medialuna aparece en el Apocalipsis de San Juan, posición en la que los católicos ven simbolizada la inmaculación de la virgen, el vencimiento sobre la inconstancia y la victoria del sol. No es de desdeñar que la luna fue también madre de los alimentos entre los amerindios, patrona de las mujeres, dueña y productora de los ríos. En cuanto al diamante inserto sobre la epidermis de esta virgen, es interpretado por el antropólogo como una estrella. Ortiz nos recuerda que las piedras preciosas se ofrecían a vírgenes lunares como Selene, y que entre griegos y chinos se creía en la existencia de estas piedras dentro de las cabezas de “serpientes humanas”. (11)

“El lirio y el loto, símbolos acuáticos y de sexualidad lunar” (12), nos regresan a la India, Egipto, Babilonia o Grecia, donde los amaba Hera. El manto de la Virgen de la Caridad del Cobre los lleva hoy bordados y quizás también ayer los lució en las fiestas “ricas y bulliciosas” (13) que se celebraban en su nombre durante quince días, y que pudieran asimilarse a las bacanales romanas y a los carnavales europeos que sucedían a la Cuaresma. Bernardo Ramírez cuenta en su Historia de la aparición milagrosa de Nuestra Señora de la Caridad del Cobre…, cómo era el homenaje devocional dedicado a la Patrona de Cuba: “un cuadro digno de Rembrandt […] los bailes, la música, comidas, fogatas, juegos y demás jolgorios y locuras nocturnas; la villa deliraba, no dormía”. (14)

Al cerrar esta parte de su exposición, Ortiz destaca el carácter sexual de aquellas antiguas fiestas religiosas, signo que sin duda comparten el resto de los elementos paganos que nos ha hecho observar en la Virgen de la Caridad del Cobre. El autor explica el rotundo cambio de la fiesta cristiana a partir de la depuración ejercida por el catolicismo; y critica la anatemización de la vida sexual que se extendió en esa vertiente del cristianismo “especialmente después de los Padres de la Iglesia” (15), quienes incluso condenaron a la mujer y al matrimonio, exaltando la virginidad, la castidad y el celibato. A pesar de que el libro se halla inconcluso, Fernando Ortiz regresa así sobre su punto de partida: la vinculación entre religión y sexualidad. Al principio de su obra había introducido la idea de que la adoración divina, paradigmática en las emociones religiosas de los místicos, tiene un cariz eminentemente sexual, pues los mismos elementos psíquicos inflaman tanto al amante como al asceta. Tras desenmarañar la trama de las hebras que han constituido a la Virgen de la Caridad del Cobre, el etnógrafo expone, entre las diversas razones por las que resultó más cubana que todas, los antiquísimos elementos que nutren su potencia sexual y contribuyen a su devoción. Desnudada de sus sucesivas capas y sayuelas, la virgen, como el garabato de su isla, merece el apelativo de “gaviota sobrenadante”: un animal fugitivo, aéreo y acuático a un tiempo, que lleva en sí la marca de sucesivas migraciones. 

Notas 

(1) Fernando Ortiz: La Virgen de la Caridad del Cobre. Historia y etnografía, comp., pról. y notas José Antonio Matos Arévalos, Fundación Fernando Ortiz, La Habana, 2008, p. 254.
(2) Fernando Ortiz, ob. cit., p. 76.
(3) Juan José Arrom, citado por José Antonio Matos Arévalos, ob. cit., p. 31.
(4) Fernando Ortiz, ob. cit., p. 101.
(5) Fernando Ortiz, ob. cit., p. 102.
(6) Fernando Ortiz, ob. cit., p. 192.
(7) Fernando Ortiz, ob. cit., p. 188.
(8) Fernando Ortiz, ob. cit., p. 192.
(9) Fernando Ortiz, ob. cit., ídem.
(10) Fernando Ortiz, ob. cit., p. 193, nota al pie donde se cita su artículo inédito “Las vírgenes cubanas”.
(11) Fernando Ortiz, ob. cit., p. 247.
(12) Fernando Ortiz, ob. cit., p. 248.
(13) Fernando Ortiz, ob. cit., ídem.
(14) Bernardo Ramírez, citado por Fernando Ortiz, ob. cit., ídem.
(15) Fernando Ortiz, ob. cit., p. 249.

 

La Virgen de la Caridad en la poesía cubana: una mirada panorámica
Por Yaima Rodríguez

Los signos de fe (135x98cm).>>

I

En dos tomos publicó la Editorial Letras Cubanas la valiosa selección del profesor y poeta cubano Leonardo Sarría, en el año 2008. Bajo el título de Golpes de agua. Antología de poesía cubana de tema religioso, (1) estos volúmenes de marcada impronta dentro de nuestro proceso literario, recogen los más diversos poetas cubanos desde la Colonia hasta la actualidad, y cuyas voces líricas se han centrado –ya sea para engrandecerlo como para subvertirlo– en el sentimiento religioso. Así, podemos encontrar creadores de la talla de Heredia, Plácido, el Indio Naborí, Fina García Marruz, Jesús David Curbelo, entre muchísimos más.

Sin embargo, nos detendremos ahora, exclusivamente, en aquellos poemas dedicados a la Patrona de la Isla, y que se encuentran compilados en la selección.

II

En el tomo I de Golpes de agua…, destaca la presencia de reconocidos escritores cubanos que dedican sus versos, casi como ofrendas, a la madre y protectora de Cuba. Juan Cristóbal Fajardo (1829-?), más conocido como El Cucalambé, se cuenta entre ellos, con su poema “La Virgen de la Caridad”. El sujeto lírico, a partir de la memoria histórica, comienza recordando cómo, siendo apenas solo un niño, gracias a su mamá, conoció la figura de la Virgen de la Caridad. Así, siendo ya un adolescente, se adentró aun más en la historia de esta “Santa emanación del cielo” (2), y comienza entonces a (re)crear los tópicos que, desde sus mismos orígenes, caracterizan a la Patrona de nuestra Isla:

Supe que clemente y pía,
Consoladora del pobre,
Allá en la sierra del Cobre
Su santo templo tenía.
Supe que allí residía
Desde su primera edad
La imagen que a voluntad
De un Dios supremo, infinito,
Trajo a sus plantas escrito
El nombre de Caridad. (3)

Y finaliza entonces la primera parte estructural de este poema, con la postración, a los pies de la Virgen, del sujeto lírico.

En la segunda parte de “La Virgen de la Caridad”, El Cucalambé enfoca su verso en el espacio sagrado de nuestra Patrona: en la elevada loma del Cobre. Así, la voz lírica contrasta cómo se eleva el brillo, la humildad y la sencillez bendita de la Caridad en este sitio tan alto. Reconoce que su imagen es adoración de todos los cubanos y, en múltiples ocasiones, la compara con una paloma blanca, acaso para señalar sus virtudes de paz, pureza  y solidaridad.

Sin embargo, uno de los grandes momentos que tiene este poema, ocurre cuando el sujeto lírico, a partir de una retrospectiva en el tiempo, recuerda cuando, entre lágrimas, le habló. Y es justamente en este instante cuando se rompe con el formalismo del verso y El Cucalambé cita su diálogo con ella, donde le pide (al igual que en la Oración) la protección para todos los cubanos. Y así finaliza, entonces, retomando el inicio de sus versos: “Siempre tendré en la memoria / La Virgen de Caridad.”(4)

De Luisa Pérez de Zambrana (1853?-1922) resalta su poema “Ante la Virgen de la Caridad”. En el mismo, se evidencia todo ese intimismo que inundó la poesía de esta creadora cubana. Resaltan en sus versos los tópicos que identifican ya a la Patrona de la Isla: su caridad, su perdón y su condición de “paloma del cielo”. (5) No obstante, es necesario señalar que, si bien en el caso anterior de El Cucalambé ya se recreaban estos elementos, el sujeto lírico en la Zambrana rescata la historia mítica de la Virgen y, por extensión de significado simbólico, comenta que todos nosotros somos náufragos clamando su ayuda. Además, en este poema ya se evidencia otra de las características de su autora: focaliza, en la temática religiosa, el empleo del blanco como insignia de la pureza.

En este primer volumen se recoge también un interesante poema de Nicolás Guillén (1902-1989). En “A la Virgen de la Caridad”, nuestro Poeta Nacional, mediante un juego inteligente con el lector, emplea la sátira y la crítica social para subvertir el orden jerárquico de las necesidades de los ricos y los pobres:

Virgen de la Caridad
que desde un peñón de cobre
esperanza das al pobre
y al rico seguridad.
En tu criolla bondad
oh madre, siempre creí;
por eso pido de ti
que si esa bondad me alcanza
des al rico la esperanza,
la seguridad a mí.(6)

Casi finalizando ya el primer tomo, aparece otra propuesta versificada para la Virgen de la Caridad, esta vez de la pluma del poeta Emilio Ballagas (1908-1954). Esta selección proviene de un cuaderno más amplio, Nuestra Señora del Mar, publicado en 1943. Sin embargo, en la Golpes de agua… aparecen aquellos poemas más significativos. Se encuentran divididos, estructuralmente, por los siguientes títulos: “Ofrecimiento del poema”; “Entrada en la canoa”; “La Virgen navega en la canoa”; “La Virgen se ausenta del altar durante la noche”; “Liras de la imagen”. Como bien se indica, cada poema se encarga de ir relatando la archiconocida leyenda del encuentro con los tres marineros, haciendo énfasis en la canoa, como símbolo de la identidad nacional. Por su parte, en el último de los poemas se describe todo el sentimiento y la fe que le profesa el sujeto lírico a la virgencita de la Caridad. Es necesario destacar, además, que Ballagas construye todo un campo de significados: canoa, olas, mar, sal, paloma y espumas son conceptos que, al igual que en los otros autores anteriores, son mencionados en pos de que el lector entienda las ideas de pureza y bondad que rodean a la cobreña. Sin embargo, finalmente todas estas conceptualizaciones desembocan en Amor. Hágase notar, pues, el uso de la mayúscula. No se trata de cualquier amor, sino del ideal, del verdadero, del que solo existe mediante la verdadera fe.

<< La llave de mi corazón (135 x 98 cm).

En el segundo tomo de la selección, Leonardo Sarría recoge dos excelentes poemas dedicados a la Virgen de la Caridad: “Nacimiento de Oshún”, de Minerva Salado (1944), y “Aparición natural de la Virgen de la Caridad del Cobre”, de Sigfredo Ariel (1962).

El primero, como es de suponer, marca una gran distinción con respecto a los anteriormente comentados. Como bien analizó José Juan Arrom, “En el sincrético símbolo de lo que somos, el blanco puso su castellana Virgen de la Caridad de Illescas, el indio añadió su antillana Atabex, y el negro añadió su africana Oshún”. (7) Y la voz lírica de “Nacimiento de Oshún” se encarga de dejar esto bien claro, pues señala aquellos elementos que le son constitutivos e inherentes a la cobreña, pues, como bien señala Fernado Ortiz,

Oshún, que aquí en Cuba se catoliza con la advocación más popular de la gran entidad femenina del santoral eclesiástico, la Virgen de la Caridad del Cobre es, como Venus, la diosa de las aguas, del amor y la fecundidad, la… que fertiliza las tierras con su lluvia y hace nacer las cosechas. (8)

Así, rescata Minerva Salado otros elementos que funcionan, en su poema, como motivos literarios. Ofrendas como la miel, la brea, las vasijas donde se le depositan las comidas, el almíbar, las calabazas y los terrones de azúcar, se suman ahora a los tópicos del mar, el salitre, los ríos y las aguas para conformar todo un sistema regido por el amor.

 El poema de Sigfredo Ariel constituye, también, una propuesta novedosa. “Aparición natural de la Virgen de la Caridad del Cobre” está inspirado en un dibujo de la pintora cubana Zaida del Río. Así, la plástica y la letra se interrelacionan. Sin embargo, es de interés destacar cómo representa el poeta la imagen de la Virgen, desde una perspectiva bien actual:

En la billetera está con nuestros hijos
/en la fotografía brumosa ante la playa
de Caibarién
entorna los ojos por el sol, ladea un poco
la cabeza para verse hermosa.(9)

No obstante, el sujeto lírico sí mantiene lo esencial: ese sentido de deber, de respeto y agradecimiento hacia la Virgen de la Caridad, quien se devela ahora como “la mujer de la casa, la madre”, (10) esto es, como la verdadera esencia femenina.

Coda

Hasta aquí, pues, esta breve mirada panorámica sobre la presencia de la Virgen de la Caridad en la poesía cubana. Sin lugar a dudas, estos poetas se han encargado de rescatar lo cubano, a partir de las muestras de fe y sentimiento, de lo que simboliza la canoa de los tres Juanes a los pies de la cobreña, la reiteración de los tópicos que construyen su verdadera imagen y, por encima de todo, por demostrar en sus versos la verdadera alma y el más puro sentir del pueblo cubano. Si en su canoa representa, indiscutiblemente, la identidad nacional, en los poemas, a partir de su figura, se ha expresado la nacionalidad cubana.

Sin lugar a dudas, desde el Cobre, y como antaño, seguirá la Virgen de la Caridad despertando la creatividad en todos sus hijos, los cubanos.

 

Notas
(1) Leonardo Sarría (selec. y pról.): Golpes de agua. Antología de la poesía cubana de tema religioso. Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2008. 2 t.
(2) Juan Cristóbal Fajardo: “La Virgen de la Caridad”, en Golpes de agua. Antología de la poesía cubana de tema religioso. t. 1.  Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2008,  p. 112.
(3) Ibídem, p. 112.
(4) Ibídem, p. 115.
(5) Luisa Pérez de Zambrana: “Ante la Virgen de la Caridad”, en Golpes de agua. Antología de la poesía cubana de tema religioso. t. 1.  Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2008,  p. 128.
(6) Nicolás Guillén: “A la Virgen de la Caridad”, en Ob. cit., p. 175.
(7) José Juan Arrom: “La Virgen del Cobre: historia, leyenda y símbolo sincrético”, en Certidumbre de América. Editorial Gredos, Madrid, 1971, pp. 211-212.
(8) Ibídem, p. 213.
(9) Sigfredo Ariel: “Aparición natural de la Virgen de la Caridad del Cobre”, en Golpes de agua. Antología de la poesía cubana de tema religioso. Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2008, p. 168.
(10) Íbidem, p. 169.

 

Un estudio cubano de la Virgen de la Caridad del Cobre
Por María del Rosario Díaz

La misión de Juan Moreno (135 x 98 cm).>>

Los años comprendidos entre 1927 y la década del 40 fueron definitorios en el quehacer científico y humano de Fernando Ortiz por la notable evolución sufrida en sus concepciones, desde el positivismo inicial de su temprana juventud a un historicismo consciente en su madurez. En esta época centraron su atención fundamentalmente, los temas relacionados con las ideas de nacionalidad e identidad a través del concepto de transculturación descrito por él. Como se conoce, su labor desbrozadora de los intrincados procesos de integración de múltiples culturas, en diferentes períodos históricos formativos de nuestro etnos, no sólo le ayudó a realizar la "descripción" científica de lo cubano, sino además desde esa perspectiva, a universalizar en términos antropológicos muchas de sus concepciones. Elementos sobre el estudio etnográfico de diversas advocaciones marianas del panteón católico cubano, como las vírgenes de Regla y de la Caridad del Cobre; de oraciones católicas del imaginario religioso cubano y de sus figuras más representativas, como el Ánima Sola y el Justo Juez; de la historia de la Inquisición en tierras insulares y del demonismo, la magia negra y otras “nefandas inmoralidades” de la Iglesia católica en contraposición a los cultos “salvajes e idólatras” de los brujos cubanos provenientes de África, en memorable deuda contraída desde los tiempos en que escribió Los negros brujos, conforman parte del universo de intereses indagatorios del sabio, quizás menos conocidos por estar la gran mayoría de ellos insertos en textos en su mayoría inéditos.

El análisis de la religión como componente de la cultura ocupó parte de la labor investigativa de Fernando Ortiz. Aunque resultan más conocidos sus trabajos sobre las religiones de origen africano, así como las de sus manifestaciones lingüísticas, danzarias, musicales, no son menos importantes sus contribuciones a las investigaciones sobre otras vertientes de religiones de distintos orígenes. En el caso de la religión católica, le interesaron sobremanera aquellos aspectos que la acercaban a los cultos “bárbaros” de los africanos. Como conoció bien, “(...) la cultura católica en Cuba estuvo mediada por las influencias moriscas y judaizantes en España y por el tipo de catolicismo “popular” que portaron conquistadores y colonizadores, bastante alejados del misticismo y de la ortodoxia defendida eclesialmente, incrustado con leyendas medievales y “paganas”, y permeable a la influencia africana”. (1)

Investigó también elementos etnográficos de diversas advocaciones marianas del panteón católico cubano; de oraciones del imaginario religioso cubano y de sus figuras más representativas, examinó además diferentes rasgos del cristianismo, al igual que otras manifestaciones del folklore y la cultura popular tradicional; llegó a conclusiones sobre la historia de Cuba y de América, al ser los conquistadores “portadores de una cultura profundamente mezclada, propia del Renacimiento español, saturada de mudejarismo y medievalidad (...)”. (2)

En 1927 le pidió a su amigo, el investigador y ensayista José María Chacón y Calvo, radicado en España, “obtener unos datos históricos y la fotografía directa de la Virgen de Nuestra Señora que se venera en la Iglesia de su nombre en Illescas. Según se dice, la Virgen de la Caridad del Cobre continúa en Indias la advocación de la Virgen castellana (...)”. (3) Por otro lado, durante su exilio político (1930-1934), laboró febrilmente en la búsqueda de datos e información en las grandes bibliotecas públicas y académicas norteamericanas y en la redacción de obras en las que se hallaba trabajando por entonces, como su libro sobre la Virgen de la Caridad (4). “La avalancha política me arrastró en 1930 al extranjero –escribió a su amigo el investigador mexicano Alfonso Teja Zabre–. Allí inicié otro género de trabajos de carácter económico y etnográfico, continuando mis investigaciones sobre Cuba y su formación”. (5) En este período Ortiz ya se encontraba articulando su tesis sobre la cubanía o cubanidad, que lo llevará a universalizar sus conclusiones sobre los procesos de choque e integración de las culturas.

Ortiz resolvió estudiar dos hechos originados en la Isla durante el siglo XVII (6) que atrajeron su interés e inició la recolección de datos sobre los antecedentes, leyenda, componentes multiétnicos y culturales de la Virgen de la Caridad del Cobre, recreación cubana de las españolas que se veneraban en la locación toledana de Illescas y en la andaluza de Sanlúcar de Barrameda; su resultado fue la conformación de un prodigioso libro titulado Estudio cubano de la Virgen de la Caridad del Cobre (7), estudio “etnográfico y no de dogma” que no concluyó y fue publicado por la Fundación Fernando Ortiz bajo el título La Virgen de la Caridad del Cobre. Historia y etnografía (2008) (8). En ese propio año escribiría para la revista Archivos del Folklore Cubano,  un artículo titulado “La semiluna de la Virgen de la Caridad del Cobre”. (9) En él su autor insistió en que el futuro libro era un “estudio etnográfico y no de exégesis religiosa” ya que su propósito era sólo investigar nuestra principal advocación mariana como símbolo de la cubanía en su proceso de transculturación desde sus orígenes hispanos hasta los amulatados de la isla antillana.

Gracias a los datos que aparecieron en 1982 en la correspondencia sostenida entre José María Chacón y Calvo y Fernando Ortiz sobre el asunto, la autora de este trabajo pudo esclarecer en el fondo documental orticiano guardado en el Instituto de Literatura y Lingüística, que el hallazgo en 1992 de la introducción y las carpetas denominadas Virgen de la Caridad eran en realidad un libro en etapa inicial de redacción (10) con toda la información colectada para ser escrito según el método de trabajo empleado por Ortiz.

Los originales del libro –escritos a mano por su autor en fichas de papel– están contenidos en 15 carpetas, algunas de las cuales son:

Virgen de la Caridad – IntroducciónTradición;   Virgen de la Caridad –CintaVirgen de la Caridad – EspañolaVirgen de la Caridad – IndiosVirgen de la CaridadAfrocubanosVirgen de la Caridad – Cristianos; Virgen de la Caridad – PaganosVirgen de la Caridad Cubana.

 Mediante el estudio de los documentos que se guardan en esas carpetas se puede seguir el proceso de acopio de información que utilizó Ortiz para su investigación. La siguiente carta se conserva dentro de los documentos que integran su fondo personal en el Instituto de Literatura y Lingüística:


Diciembre 29 de 1927
Sr. Rev. (11) Cura Párroco de la
Iglesia de Nuestra Señora de la Caridad.
Illescas
Provincia de Toledo
España

Muy reverendo señor:

Me permito dirigirle estas líneas en mi carácter de Presidente de la Academia de la Historia de Cuba y Correspondiente de las Reales Academias Española, de la Historia y de Ciencias Morales y Políticas de Madrid, referencias estas que le ofrezco con el solo objeto de presentarme a Ud. con título alguno, para no aparecer como un indocumentado ya que no tengo el honor de conocerlo a Ud. personalmente. Es el caso que estoy recopilando datos acerca de las imágenes que se veneran en Cuba, una de las cuales es precisamente la Virgen de la Caridad que llamamos aquí del Cobre, por estar el santuario situado en la villa de este nombre en el lugar de unas antiquísimas minas cupríferas, cuya explotación se inició poco después del descubrimiento.

Como quiera que la advocación “de la Caridad” es desde hace siglos ya famosa en Illescas, hasta el punto de que de ella habla Lope de Vega en una de sus comedias, se ha pensado si la advocación de la Caridad de la villa del Cobre se debe a la traída de alguna imagen, copia de la de Illescas o de alguna venerada efigie de otra ciudad española, como por ejemplo de Sanlúcar de Barrameda, en cuya ciudad es también patrona, según me han dicho, la Virgen de la Caridad.

Por estas razones, para completar los datos históricos sobre este interesante aspecto de la historia cubana, tengo el vivo deseo de obtener la mayor cantidad de datos posibles sobre la historia de la Virgen de la Caridad de Illescas, y sobre todo, una fotografía directa y exacta de la imagen a la cual se rinde culto en esa iglesia.

No teniendo a quien dirigirme, me permito rogarle a Ud. el favor de proporcionarme esa fotografía y los deseados datos, a reserva de cubrirle a vuelta de correo, todos los gastos que Ud. tenga para obsequiarme con ellas, amén de agradecérselo infinitamente. Desde ahora le anticipo la expresión de mi gratitud y me suscribo de Ud. con la mayor consideración, atto. y s. s.

Fernando Ortiz

 

El concepto de transculturación fue decisivo para comprender el complicado fenómeno de choque e interrelación de culturas diversas en períodos de tiempo disímiles y su producto: una nueva cultura, parecida y diferente a sus progenitoras, nacida en circunstancias y condiciones distintas a aquellas. Toda la obra de Ortiz a partir de entonces consistirá en la descripción e indagación de procesos transculturados concluidos  o en fase de desarrollo, ocurridos en esta parte del Caribe hispánico que es en realidad Cuba, e incluso de más allá.

Sirvan estas líneas para comprobar, una vez más, que el interés investigativo del sabio cubano tocó a numerosos sectores de las ciencias sociales y humanísticas que contribuyeron a conformar en primera instancia el panorama histórico y socio-cultural de Cuba en la primera mitad del siglo XX.

Notas

(1) Ramírez Calzadilla, Jorge. “Cultura y reavivamiento religiosos en Cuba”. Temas, no.35, octubre-dic 2003, p.36.
(2)  García- Arenal, Mercedes. Introducción. Al-Andalus allende el Atlántico. Granada: Ed. UNESCO/ EL LEGADO    ANDALUSÍ, 1997.
(3) Gutiérrez Vega, Zenaida. Fernando Ortiz en sus cartas a José María Chacón y Calvo. Madrid: Fundación Universitaria Española, 1982, p. 80.
(4) Carpeta 229 Libretas de apuntes- Diarios, etc. Fondo Ortiz, BNJM.
(5) Carpeta 332 –Correspondencia letra T (Varios). Fondo Fernando Ortiz, BNJM.
(6)  Uno de ellos fue el origen del traslado de la villa de San Juan de los Remedios y de la fundación de la hoy ciudad de Santa Clara (Historia de una pelea cubana contra los demonios y los volúmenes escritos por Ortiz y  publicados posteriormente La brujería y la santería de los blancos (2000) y Brujas e Inquisidores (2000).
(7) Archivo Fernando Ortiz del ILL.
(8) Titulado por Ortiz “Estudio etnográfico de la Virgen de la Caridad del Cobre”.  
(9) Archivos del Folklore Cubano. La Habana, v. IV, no. 2, abr.- jun., 1929, pp. [161]-163.
(10) Díaz, María del Rosario. "Una obra inédita en el archivo de Fernando Ortiz: Estudio Cubano de la Virgen de la Caridad del Cobre".  Anuario L/L: Serie Estudios Literarios. (La Habana) No. 23, 1992.
(11) Se respetará la puntuación y ortografía del original.

 

Un poema de Thomas Merton a la Caridad del Cobre
Por Roberto Méndez Martínez

Aquí fundarán mi casa (135 x 98 cm)..>>

A fines de abril de 1940, un curioso peregrino llegaba en un destartalado ómnibus al poblado del Cobre, en las cercanías de Santiago de Cuba. Su destino, como el de otros muchos, era el templo consagrado a Nuestra Señora de la Caridad, Patrona de Cuba. Se trataba de Thomas Merton (Prades, Francia, 1915-Bangkok, Tailandia,1968), un joven que después de haber vagabundeado con su padre por Inglaterra, Francia, Islas Bermudas y Estados Unidos, estudiado en la Columbia University lenguas, literatura y derecho y servido en empleos tan disímiles como dibujante de publicidad, intérprete, maestro y músico de teatro, había visto cambiar su vida en 1938, al asistir a misa en una pequeña iglesia católica del barrio de Harlem.

El joven converso recibe el bautismo el 16 de noviembre de aquel año, pero sus búsquedas espirituales lo llevan más lejos. Se pregunta si su vocación lo lleva a consagrarse a la religión. De ahí que decida peregrinar en 1940 a Cuba, al santuario de Nuestra Señora de la Caridad –advocación que hasta entonces sólo conoce de oídas y se le antoja misteriosa y poética– para buscar allí la claridad para su espíritu.

Como ha relatado en su autobiografía, a mediados de abril está en La Habana, donde se fascina con la parte vieja de la Ciudad y desde allí se desplaza hacia Matanzas, Camagüey, Santiago de Cuba. Observa el paisaje y los tipos populares, paladea las frutas y las comidas locales y a la vez, asiste cada día a misa, buscando una respuesta a sus interrogantes. En Camagüey descubrió la Parroquia de Nuestra Señora de la Soledad, con la imagen de la titular, de la época colonial, colocada en una hornacina del altar mayor, muy alta, enlutada y pequeña. Allí tiene una de esas iluminaciones particulares:

“Supe con la certidumbre más absoluta e incuestionable que ante mí... ([pero] en ningún lugar) directamente presente a algún tipo de aprehensión mía más allá de los sentidos, estaba a la vez Dios en toda su esencia, en todo su poder, en la carne y en sí mismo y rodeado de los rostros radiantes de miles, de millones, de innumerables santos contemplando su gloria y alabando su santo nombre. La certeza inconmovible, el conocimiento claro e inmediato de que el cielo estaba justo ante mí, me sacudió como un trueno y me atravesó como un rayo que parecía que me sacaban al instante de la tierra”.

Días después viaja a Santiago de Cuba. Permanece allí unos días. Desayuna en la terraza del Hotel Casa Granda, observa el trajinar en el Parque Céspedes y las huellas que un reciente temblor de tierra dejó en uno de sus edificios. Le impresiona la monumentalidad de su Catedral. Está a pocos minutos de su destino.

Cuando divisa el Santuario desde el ómnibus que se aproxima al Cobre, exclama para sí: “¡Ahí estás, Caridad del Cobre! Es a ti a quien he venido a ver; tú pedirás a Cristo que me haga su sacerdote y yo te daré mi corazón, Señora; si quieres alcanzarme este sacerdocio, yo te recordaré en mi primera misa de tal modo que la misa será para ti y ofrecida a través de tus manos, en gratitud a la Santísima Trinidad, que se ha servido de tu amor para ganarme esta gran gracia”.

Remonta la elevación que lo conduce al templo:

“Subí por la senda que contorneaba el montículo en que se asienta la basílica. Entrando por la puerta quedé sorprendido de que el suelo fuera tan reluciente y la casa tan limpia… Estaba en el fondo de la Iglesia, junto al ábside, en una especie de oratorio detrás del altar mayor, y allí, encarándose conmigo, en una pequeña capilla, estaba la Caridad, la virgencita alegre y negra, cubierta con una corona y vestida con magníficos ropajes, que es la Reina de Cuba”.

Pocos minutos después sus oraciones son interrumpidas por la insistencia de una vendedora de medallas. El instante mágico de contemplación, con el que tanto ha soñado se quiebra. Sale contrariado del recinto. Compra una botella de agua, mientras espera en un portal el ómnibus que lo lleve de regreso.

La respuesta que el joven buscaba no la hallaría allí, sino unos días después, durante una misa en la iglesia de San Francisco –Aguiar y Amargura– en La Habana. Como escribiría años después Cintio Vitier, allí recibiría “la más intensa revelación”.

A mediados de mayo, Merton regresó en barco a Estados Unidos, ya con la convicción de que consagraría su vida al servicio de la fe. No quiere ser un cristiano rutinario, ni un hombre simplemente piadoso, desea cambiar muchas cosas en sí, porque también quiere modificar las circunstancias del mal en el mundo.

Participa en un retiro espiritual en la abadía trapense de Getsemaní en Kentucky, en la Semana Santa de 1941, allí queda decidido el curso de su existencia. En diciembre de ese año sería aceptado allí como novicio. Hasta su nombre cambia. A partir de entonces será el hermano Louis.

A instancias de su superior, se decide a escribir sus memorias. Es un ejercicio para saber lo que deja tras sí y a dónde lo dirigen esas búsquedas. El resultado es un libro: La montaña de los siete círculos, publicado en Nueva York en 1948, que logra vender más de 600 000 ejemplares en un año, a pesar de que el New York Times lo había excluido de la lista de best sellers potenciales. A partir de entonces, se han vendido millones de copias, en diversas lenguas, en el mundo. Los entendidos han comparado el volumen con Las confesiones de san Agustín.

Allí no sólo aparece el relato de su visita al Cobre, sino este poema singular que transcribimos en la versión castellana de José María Valverde:

Canción para Nuestra Señora del Cobre (Cuba)

Las niñas blancas alzan la cabeza como árboles,
las niñas negras van
reflejándose como flamencos en la calle.
Las niñas blancas cantan, agudas, como el agua,
las niñas negras hablan silenciosamente como la arcilla.
Las niñas blancas abren los brazos como nubes,
las niñas negras cierran los ojos como alas:
los ángeles hacen reverencias como campanas,
los ángeles alzan la mirada como juguetes,
porque las estrellas del cielo
están en corro:
y todos los trozos del mosaico de la tierra
se levantan y escapan volando como pájaros.

El texto es notable, no sólo por la elegante sencillez de su escritura, que tiene el sabor de una canción popular. Sino por la óptica escogida por el autor. No se trata de una alabanza más a la Virgen Morena, a su imagen y su historia, sino que es la asimilación de algo más hondo: la noción de un mestizaje que marca lo espiritual y del que la Caridad es símbolo visible. Lo blanco y lo negro, lo europeo y lo africano, se funden en un culto estrechamente relacionado con la naturaleza y la cultura de la Isla. De este modo, además, la larga bibliografía de poemas a esta advocación de María, que incluye nombre tan ilustres como el de Juan Cristóbal Nápoles Fajardo, Luisa Pérez de Zambrana y Emilio Ballagas, venía a enriquecerse con un texto en inglés.

<< Todo nos une (135 x 98 cm).

Poco después de la publicación de la autobiografía el poema fue incluido por Joyce Kilmer en su Anthology of Catholic Poetry. El 31 de julio de 1949, Emilio Ballagas, ante los micrófonos de la Universidad del Aire, en su conferencia “La poesía nueva”, cita a Merton entre los poetas notables de Estados Unidos, aunque los pocos datos que de él ofrece están errados e incluye una traducción del poema, cuya precisión y belleza quedan dañadas al suprimir –arbitrariamente o por razones de tiempo– los versos cuarto y quinto, octavo y noveno del breve poema.

Merton descubrió en su interior el ansia de ser un ermitaño para vivir su camino espiritual, pero a la vez, supo que debía darse a los otros y de hecho, en cada año que transcurría se iba volcando cada vez más hacia los más urgentes problemas sociales: las campañas contra la guerra, la defensa de los derechos civiles, las preocupaciones ecológicas. Su epistolario da fe del alcance de esas luchas. Escribe sin fatigarse: sus interlocutores son intelectuales como los poetas Ernesto Cardenal, Boris Pasternak, Czeslaw Milosz, o líderes religiosos como el rabino Abraham Heschel, el budista zen Suzuki y hasta los papas Juan XXIII y Pablo VI, lo mismo que interpela a los presidentes norteamericanos John F. Kennedy y Lyndon B. Jonson. Esto no impide su labor como traductor al inglés de muchos de los textos legados por los monjes del Medioevo o escribir libros originales y de una rara belleza como Pan en el desierto, dedicado al sentido y alcance de los salmos bíblicos.

Varios de los miembros del grupo Orígenes: Cintio Vitier, Fina García Marruz, Eliseo Diego, Octavio Smith intercambian textos y misivas con él, que serán decisivas para hacer crecer su fe cristiana en un país que acaba de declararse socialista.

Aquel que había escrito: “Encontramos a Dios cuando somos solidarios con los demás y no cuando intentamos huir del mundo”, intentaba hacer una gran coalición espiritual, acercar a los creyentes de todas las religiones para que la fuerza de su buena voluntad echara fuera el egoísmo y el pragmatismo. Con ese propósito partió hacia el Asia en 1968. Se reunió con islámicos, budistas, hinduistas, así como con monjes católicos de comunidades orientales. Un accidente absurdo lo privó de la vida: se quedó en una cabaña próxima a Bangkok, Tailandia y al producirse un cortocircuito murió electrocutado. Contaba con 53 años y habían pasado 27 desde que entrara al monasterio.

 

La Virgen de la Caridad a través de los signos de Carlos Guzmán
Por Kaly Smith Llanes

<< La casa del amor (135 x 98 cm).>>

En conmemoración a los cuatrocientos años de la aparición de la Virgen de la Caridad, el pintor Carlos Guzmán ofreció una muestra titulada “Madre, danos tu bendición”. No se trata de una simple petición a quien nos protege, sino diez lienzos que se mostraron para resituar la figura de la madre de todos los cubanos. Respondiendo a una corriente pictórica, acuñada por algunos críticos como la postmedieval, Guzmán elabora desde muy dentro de su cubanía una nueva santa y la presenta a todos como la más fiel protectora de Cuba. Asimismo, rinde merecido homenaje a la madre cubana y a la propia citando constantemente su infancia y los recuerdos de la madre costurera.

Las diez pinturas maravillosas: La misión de Juan Moreno, Los signos de fe, Señales para el viaje, La casa del amor, Todo nos une, Tu luz, Yo soy Cuba, La llave de mi corazón, Aquí fundarán mi casa y Madre, danos tu bendición, se encuentran arraigadas a la poética de su autor: el gusto por las grandes dimensiones de los lienzos, el uso de colosales figuras, la precisión de las formas y el trazo seguro, la utilización de colores ocres y las tonalidades doradas. Asimismo la creación de esta serie trae consigo una enorme paz, y los seres que la habitan nos revelan un mundo protegido por la santa mano de la Virgen. Confidente, protectora, exhalando un aliento más que divino, la Caridad se nos presenta como parte de la naturaleza cubana y como energía liberadora. La historia de La Virgen de La Caridad se va develando paso a paso en cada pintura, desde su aparición hasta su asiento en el altar de El Cobre; desde una simple oración entonada en voz baja hasta el rezo constante cuando se está en apuros. La certeza de que el camino de la Virgencita es el de todos los cubanos, de que la serenidad y el resguardo están de nuestro lado, nos la transmite cada trazo en estos lienzos.

Otra característica novedosa del homenaje es la recreación de lo cubano. Sin perder la atmósfera propia de las obras de este artista, se nos muestra una manera personal de ver la patria. Sentimos la tierra como si formáramos parte de las pinturas, o como si saliéramos de ellas para dar testimonio vivo de lo visto. Igualmente sin dejar a un lado el mundo fantástico de Guzmán, se nos presenta a Cuba a través de numerosos símbolos. Así, remitidos una y otra vez a la idiosincrasia propia del cubano, nos acercamos a “Madre, danos tu bendición”.

<< Señales para el viaje (135 x 98 cm).

Es necesario destacar que hay tres cuadros que se unen conformando una ruptura con la concepción general que se tiene de la Virgen en el resto de los lienzos: La casa del amor, Señales para el viaje  y Los signos de la fe. La forma de ubicar el icono de la santa varía en estos lienzos. En el caso de La casa del amor aparentemente no tiene nada que ver con la Virgen de La Caridad. Sin embargo, hay en la obra signos que nos acercan a su figura. La actitud protectora de la fémina que inclina su cabeza como para bendecir a la niña que se recuesta a su pecho. La imagen materna aparece coronada por un extraño sombrero con plumas de pavo real, clara alusión a la Virgen que se convierte en la Ochún de la Regla de Ocha. El paisaje propio del campo cubano con las palmas y la avecilla recuerdan que ese espacio se encuentra bajo el cuidado de la santa. El tono azul de las ropas de la niña y de su protectora nos evoca que la Virgen vino del mar. Asimismo, el juego con la presencia del sol y la luna, símbolos de la masculinidad y de la feminidad respectivamente, aclaran que también la Virgen de la Caridad se ocupa de la maternidad, y por tanto que solo conjugando estos dos símbolos es posible el surgimiento de la vida. De destacar son las expresiones de los rostros, donde se refleja el amor divino, la tranquilidad de la casa de Dios y la armonía de la vida. En Señales para el viaje un personaje sostiene un libro abierto en el que aparece la Virgen y en el que lee un poema dedicado a la Caridad, que data –según el artista– de las primeras guerras de independencia. Por sobre la cabeza del personaje lector vuela un bote con alas. Es interesante resaltar que el bote, canoa o barca que según Fernando Ortiz es “atributo emblemático debido a una tradición peculiar de estricto carácter local” se reconstruye en algunos de los cuadros hasta convertirse en uno de los fantásticos artefactos que marcan la carrera de este pintor. El animal que adorna la cabeza del personaje, indudablemente marino, remite al agua, al lugar del que proviene la Virgen.  Un ser sostiene una esfera que en su interior contiene a la Virgen de la Caridad en Los signos de la fe. La esfera, símbolo de lo puro, está pintada en rojo intenso para realzar la “pequeña” imagen de la santa. La Virgen de la Caridad del Cobre, protectora de los cubanos, es la santa del amor por lo que la utilización de este color representa en ella el amor ardiente y desbordado, la sexualidad y el erotismo. Pero es que también suele significar osadía, sociabilidad, potencia y protección, cualidades que igualmente caracterizan a la Patrona de Cuba.

La llave de mi corazón combina sobriedad y naturalidad para entregar mayor cubanía a la santa. El gran manto de la Virgen –ubicada al centro del cuadro– se nos abre en un tono amarillo, que se cierne sobre el niño como si quisiera proteger incluso al espectador. Llama la atención también cómo la representación del niño queda “coronada” por un sombrero de guano con la bandera cubana.

Juan Moreno fue uno de los descubridores de la imagen en altamar. El pintor escoge al esclavito de 10 años para que protagonice La misión de Juan Moreno. Es impresionante la manera de concebir al niño y a la protectora: Juan Moreno ocupa un primer plano y la Virgen, con la majestuosidad de sus ropas lo mira desde el segundo. El esclavito, vestido de amarillo, lleva en sus manos una catedral, un santuario, una misión. Y es que el niño será uno de los encargados de trasladar a la Virgen del mar a tierra, de hacerle un lugar entre los hombres, de hacer que los hombres crean en ella. La Virgen que viste un ropaje semejante a la bandera cubana, por su parte abre sus manos para entregar libertad: dos palomas levantan el vuelo.

Aquí fundarán mi casa hace referencia al espacio escogido para asentar a la Virgen. Es la propia santa del lienzo la que lo propone, lo lleva en el pecho y lo enseña. El Santuario de Nuestra Señora de la Caridad del Cobre que luce en el pecho la Virgen será el sitio oficial donde le rendirán culto. Junto a la Virgen, que ocupa el primer plano, aparece la figura de una mujer, en segundo plano, que presumiblemente lleva cobre en un recipiente que alza sobre su cabeza. Y así el cobre deviene símbolo del lugar y ofrenda: ya sea de la joven a la Virgen, o de la Virgen que dadivosamente ha entregado ese elemento para que sea usado por el hombre. Y otra vez la patrona de Cuba bendice con su presencia nuestra tierra.

Todo nos une presenta a una sublime y espléndidamente ataviada Virgen, junto a la cual hay dos seres en franca posición de paz espiritual. La unión calma de las dos figuras, la mano de la Caridad en el hombro de una de ellas constituyen un elemento determinante en el acercamiento entre el cielo y la tierra, entre la divinidad y el hombre. En un ambiente oscuro, neutro, sobresale el dorado como efecto visual que permite resaltar la mano de la santa. Igual que en la pintura o escultura religiosa renacentista, esta Virgen de Guzmán señala hacia el cielo. Lo alto, el cielo que no es más que un paisaje campestre cubano. Un tocororo posado sobre una medialuna observa la escena. La imagen del ave nacional de Cuba adquiere además un concepto religioso al situarse en una posición privilegiada y poder contemplar el espléndido acontecimiento.

Tu luz (135 x 110 cm).>>

Tu luz se construye a partir de la creación de un rostro femenino que se acerca a la tradicional mujer cubana. El cabello negro suelto cae sobre los hombros, los rasgos de la cara, aunque serenos, muestran la rudeza de una mujer temperamental, un vestuario armoniosamente adornado por flores descubren a una Virgen de la Caridad en toda su grandiosidad. Las flores de la base del lienzo imprimen un mayor acercamiento a la cotidianidad porque semejan flores silvestres, casualmente nacidas bajo las manos de la santa que las estimula a crecer y las preserva en un primer gesto de creación. La presencia de la mariposa –flor nacional cubana– llevada con naturalidad por la Virgen sobre la oreja izquierda, marca la cubanía del lienzo y recuerda las épocas de luchas por la libertad donde la mujer la utilizaba para ocultar los mensajes de los revolucionarios.

En Soy Cuba –afirmación convertida en un ser que da vida, que transforma y que ama– la Virgen con las manos abiertas hacia el cielo pasa por una medialuna a un caballo alado y a un pez. El pegaso, símbolo de luz y fuerza, se combina con el pez que habla de ofrecer a todos, multiplicando y ofreciendo abundancia. Así, Cuba se vuelve espacio exuberante donde el raudal de la naturaleza se entrega a todos. El cuerpo de la santa es a su vez el campo cubano.

En una ocasión Eusebio Leal dijo, haciendo alusión a la muestra Ora pro nobis también en honor de la Virgen, que las obras recogían “la circunstancia dramática del mar y el duelo con el ciclón... hasta resultar victoriosa la imagen original de la barca en que vamos todos: la Isla” y esas mismas palabras revelan mucho del lienzo Madre, danos tu bendición. Como título de la serie, este cuadro resume el sentir de los demás. Representa a una Virgen de la Caridad muy cubana: la bandera, el ciclón entre sus manos, las palmas, el bote. La bandera ondeando y el ave posada libre en la corona devienen símbolos de nacionalidad. Entre sus manos la furia de un huracán se doblega ante su presencia divina. Así nos protege la Virgen, conteniendo a la naturaleza y ofreciéndonos su lado benevolente. La madre defensora se agiganta como el sol que a sus espaldas la ilumina. La patrona de Cuba, quien “desde su altar del Cobre ilumina bendice y ruega por todos sus hijos”*, se transfigura y aparece ante el público una nueva y a la vez tradicional Virgen.

En todas estas miradas a la santa convergen nacionalidad y religiosidad, signadas por el homenaje, a la vez que evocan momentos de súplica, de agradecimiento y de paz cuando se contempla a la Madre que bendice con manos, gestos, miradas. El estilo de Guzmán acrecienta la belleza de la Patrona de Cuba, la engalana con una fantasía poco común, donde se emprende un viaje “en busca de las profundidades del hombre y de su íntima relación con el entorno […] recibiendo los ecos de cuatrocientos años de la presencia en Cuba de la bendita imagen de Nuestra Señora de la Caridad del Cobre [que] emprende un nuevo camino” como diría monseñor Ramón Suárez Polcari cuando se refirió al tratamiento de la Virgen en esta serie.  Adquiere pues un aliento especial el tópico de la Virgen de la Caridad. La postura de cada imagen de la santa, los gestos del rostro y las manos traen a la mente las madonnas italianas, solo que esta que nos llega es muy cubana. María, la madre, se respeta, y es plasmada en los lienzos con destellos de originalidad que también la iluminan e inspiran al espectador la paz y la fe que en todo momento la santa guarda bajo su manto para ofrecer.

* Palabras de monseñor Ramón Suárez Polcari, septiembre de 2008.

Bibliografía

Albert de Paco, José María: Diccionario de los símbolos. Edit Optima, Barcelona, 2003.

Matos Arévalos, José a. (compilador): La Virgen de la Caridad del Cobre. Historia y etnografía. Fernando Ortiz. Ciudad de La Habana, 2008.

Molinet de la Peña, María Elena: Vestimenta ritual tradicional de la santería cubana. Centro de investigación y desarrollo de la cultura cubana Juan Marinello, Bogotá, 2008.