Imaginarios: Alejandro García Caturla (7.3.1906-12.11.1940)

 

A 70 años de su muerte, Librínsula le rinde homenaje a Alejandro García Caturla, dueño de “un temperamento musical como pocos se han dado en nuestra América”, según palabras de Alejo Carpentier.

 “Fue, en todos los sentidos, uno de los seres más profundamente cubano que yo haya conocido”.
José Ardévol

 


Alejandro García Caturla

Por Alejo Carpentier

La mano de un miserable criminal –venganza de delincuente en la persona de un juez demasiado íntegro– acaba de privarnos de la existencia de uno de los más grandes compositores de América. He mencionado a Alejandro García Caturla.

Hubiera sido periodístico, lo sé, ofreceros en este lugar, en esta misma plana, una biografía completa del músico, un anecdotario repleto de frases ingeniosas, un itinerario de sus viajes por Europa. Hubiera sido fácil. Nadie lo ha conocido mejor que yo, que soy su “descubridor”. Hemos escrito juntos una ópera bufa –Manita en el suelo– bien conocida por los públicos alertas de New York. Poemas míos, puestos en música por él, han sido editados por la casa Maurice Senart de París. Le debo una suntuosa instrumentación sinfónica de mi Liturgia. He corregido las pruebas de su Bembé, publicado en Lutecia... Juntos hemos conocido alegres meses de bohemia en Montparnasse... Con el maestro Manuel Ponce hemos realizado fantásticas jiras por los cabarets afromartiniqueños de orillas del Sena, buscando afinidades musicales con la música cubana… Yo fui quien lo puse en manos de su maestra Nadia Boulanger. ¿Qué más? Dieciocho años de amistad. Dieciocho años de una colaboración estrecha.

En estos días hablaba de Alejandro a algunos amigos suyos. Les decía cuan triste me resultaba verlo encartonarse en la carrera jurídica, lejos de todos los grandes centros del arte, ignorando tal vez que sus obras seguían ejecutándose en New York, Boston y Los Ángeles, ya que sus partituras se independizaban de él. Le había escrito algunas cartas, sin obtener más que respuestas pesimistas y cansadas. Alejandro García Caturla seguía componiendo, porque la creación era para él una necesidad vital. Pero parecía que sus estrenos triunfales de Barcelona, las noches de París en que sus Danzas Cubanas avecindaron con las rumanas del glorioso Béla Bartók, se habían borrado de su memoria... Singular fenómeno de mimetismo que aún no he logrado explicarme. Tal un Rimbaud criollo, Caturla renunciaba a la fama, a los aplausos, antes de haber doblado el cabo de los treinta años...

Sé que sería periodístico hablaros más extensamente del que fue, para mí, un amigo incomparable. Sería oportuno parecer más “enterado” que nadie... Pero renuncio a ello. Mi tristeza es demasiado intensa para dejarme escribir una línea más. Otro día será. ¡Amadeo Roldán hace tres años!... ¡Ahora Caturla! ¡No hay derecho!

13 de noviembre de 1940.

Tomado de: Crónicas del regreso. La Habana, Editorial Letras Cubanas, pp. 149-150.

 

Tradiciones cubanas: San Juan de los Remedios. El crimen de la calle Independencia
Por Gervasio G. Ruiz

Fotos de Funcasta

Despacho de Caturla en la casa Carrillo no. 5, de Remedios. Aparecen el padre del malogrado compositor, don Silvino García Balmaseda; su hermana, la señora Laudelina García Caturla, y los pequeños hijos de esta.>>

Aquella mañana remediana, bañada en la luz de un sol de agosto, buscamos la sombra de unos portales mientras Funcasta trataba de apresar en su cámara el claroscuro de la iglesia del Buen Viaje, a pocos pasos de nuestro sombreado refugio. Un momento dirigimos la vista a la gran puerta de la casa a cuyos portales nos habíamos acogido. A media altura, sobre la pared, observamos una placa de metal, y el nombre que se destacaba en ella atrajo nuestra atención.

ALEJANDRO GARCIA CATURLA
Abogado

Ese era el nombre que campeaba en la placa de aquella casa en Remedios, situada frente al parque Martí. ¿Sería acaso, nos dijimos, el del celebrado compositor, trágicamente desaparecido hacía algunos años? Dudamos. Alejandro García Caturla había muerto. No podía, pues, ser el mismo que se anunciaba en la placa citada. Pero la curiosidad no nos dejó libres hasta hacernos tocar en la puerta. Un hombre acudió a nuestra llamada.

—Sí. Es el mismo Alejandro García Caturla, compositor y juez que fuera de esta villa de Remedios. Aquí nació y vivió él, y aquí habitan aún su padre y otros familiares. Yo soy cuñado de él. Esta placa se conserva aquí como un recuerdo más.

Tal fue la información de aquel caballero remediano, que luego de satisfacer nuestra curiosidad, invitónos gentilmente a pasar al interior para que saludáramos al anciano padre del malogrado músico y digno miembro de la judicatura cubana, el comandante Silvíno García Balmaseda, que ha hecho un culto del recuerdo del hijo bien amado.

Poco después estábamos en un pequeño despacho, ante la mirada triste y el grave rostro de un bondadoso anciano. Era el señor Silvino García, el padre aun atribulado de García Caturla, que nos hablaba del hijo querido con la voz todavía teñida de resignado dolor.

—¿Quiere ver el despacho donde trabajaba Alejandro? —nos invita don Silvino—. Todo está como él lo dejó aquella terrible tarde del 12 de noviembre de 1940.

He aquí, en efecto, el lugar en que discurrieron los últimos días de trabajo del celebrado compositor remediano, entre legajos judiciales y partituras de música. Todo aparece limpio y ordenado, como si esperara al dueño que va a llegar para iniciar la tarea. Un escritorio, y sobre este algunos libros, un atril, una escribanía, un timbre, la vieja carpeta donde descansaron las manos del juez compositor, cuya huella parece adivinarse en la gastada tapa. La silla de alto espaldar torneado, y en la pared, diplomas, dibujos, caricaturas del infortunado compositor.

—Esta es la ropa que llevaba puesta la tarde en que lo mataron —dícenos don Silvino abriendo la gaveta de un mueble, mientras sus manos temblorosas, tocan aquel traje, del cual parece surgir la imagen ensangrentada de García Caturla.

Es de lana gris clara. También se ven allí el sombrero y los zapatos, aquel con señales de golpes, la pluma, el reloj y la cartera, guardando esta aún el mismo dinero que llevaba su dueño al morir. Son todos objetos sagrados de ese culto que la familia de Alejandro García Caturla rinde a su memoria, en que se confunden el amor por el hijo y el hermano, y la admiración por el talentoso músico.

El autor del Canto de los Cafetales había nacido en Remedios el 7 de marzo de 1906. Tenía, pues, 34 años al morir bajo el plomo asesino aquella tarde de noviembre de 1940. Comenzaba entonces una nueva etapa en su obra de compositor, que ya se ilustraba con bellísimas piezas sinfónicas, como Tres danzas cubanas, Bembé, Primera suite cubana y otras varias que marcan el primer período de la producción musical de García de Caturla, casi todo inspirado en motivos negros.

<< Don Silvino mostrando al periodista algunas de las últimas partituras que escribiera García Caturla.

Aunque su vocación artística era predominante, no le faltaban facultades ni condiciones para el ejercicio de la judicatura, en que se distinguía por su rectitud, que algunos motejaban de severidad. Alejandro García Caturla era sin duda un juez probo, digno, con un honrado concepto de la justicia, a la cual trataba de aplicar las mismas reglas de armonía que imponía a su arte. No podía pecar de severidad o fría rigidez al administrar justicia quien tenía un alma musical, un alma tierna de artista.

Habíase graduado de abogado en la Universidad de La Habana, en enero de 1927, y comenzó a ejercer la carrera en el partido judicial de Remedios junto a su padre, que es procurador público. Dos años después ocupaba el cargo de juez municipal suplente de Caibarién, que renunció en 1930, siendo designado al año siguiente para un cargo similar en Remedios, donde permaneció hasta mayo de 1933, año en que hizo su ingreso en el Poder Judicial como juez municipal de Ranchuelo. Fue trasladado luego a Palma Soriano, de donde pasó en 1937 a Quemados de Güines y finalmente, al ser creado el Juzgado de Instrucción de Remedios, es nombrado para ocuparlo el 1º. de agosto de 1938.

Tal vez en un medio más apto para la vida del arte, más permeable a las altas creaciones del espíritu, García Caturla no hubiera emprendido otras actividades fuera de aquellas para las cuales estaba eminentemente dotado. Era músico sobre todas las cosas. Pero al lado de la vocación artística, como frenándola y disciplinándola, se alzaba en su personalidad un rígido concepto del deber que le imponía concesiones a las exigencias prácticas de la vida. De ahí que, siendo artista, debiera entregarse al mismo tiempo al árido y antiartístico menester de juez, en que se iba a ahogar no solo su arte, sino su propia vida, como si Apolo, celoso de verse sustituido, castigara así a quien no le era enteramente fiel.

Desde niño, García Caturla mostró una acentuada disposición para la música. Tocaba el piano con notable dominio del teclado cuando todavía, merced a la corta edad, sus nociones de música eran muy elementales. Comenzó sus estudios musicales en Remedios, y luego vino a La Habana, donde el maestro San Juan le dio lecciones de armonía, fuga y contrapunto, yendo después a París para completar sus estudios con la famosa Nadia Boulanger.

En estos años jóvenes, mientras continuaba sus estudios de Derecho, que terminó a los 21, el compositor da los primeros frutos de su cosecha musical, espigada en el campo del folklore negro. En 1924-25 compone las Tres Danzas: Danza del tambor, Danza lucumí y Motivos de danza, que edita la casa Maurice Senart, de París. Sigue a estas la Primera suite cubana, que consta de tres partes: Sonera, Comparsa y Danza, para orquesta de cámara, obra impresa por Ediciones New Music, de California, y posteriormente escribe Marisabel, Juego Santo y Bito-Manué.

La música de García Caturla comienza a ser conocida en las grandes salas de concierto de América y Europa, donde su arte conquista el gusto de públicos selectos. La Sinfónica de Filadelfia, la de París, la de cámara de Boston, interpretan sus obras, y lo mismo las sinfónicas de Detroit, Los Ángeles, Madrid, Berlín y Sevilla. En 1929 concurre al festival sinfónico de la Exposición Internacional de Barcelona, donde su música alcanza lugar destacado entre las escogidas obras que allí se interpretan.

Debe anotarse que al frente de las orquestas citadas había músicos de tanta nombradía como Leopoldo Stokowski, Ossip Gravrilowitch, Ernesto Halfter, Francois Gaillard, Pedro San Juan, Amadeo Roldán, José Ardévol y Silvestre Revuelta, que, como puede suponerse, no movían o mueven su batuta para dirigir obras cuyo mérito no sea digno de figurar entre las primeras.

Hemos dicho ya que el malogrado compositor remediano, cambiando el rumbo de su inspiración, hasta entonces de signo negroide, va a comenzar una nueva etapa en su producción musical, etapa a la cual corresponden ya El caballo blanco, El canto de los cafetales, y la Berceuse campesina. Tenía en preparación también una ópera cómica que se titularía Manita en el suelo, que la muerte le impidió terminar.

No se conoce ningún gran amor en la vida emocional de García Caturla. Era hombre de pasiones apacibles, de afectos dulces, sencillos, y parecía regir sus sentimientos por un orden que estaba lejos de admitir las intemperancias del amor arrebatado. La mujer no es el tema de sus composiciones, lo cual está conforme con su carácter, siempre sometido a la disciplina del deber y el método.

Esto puede parecer raro en una personalidad de tan acentuada inclinación artística, pero ya hemos dicho que en García Caturla convivían el artista y el hombre de leyes, y ambos se influían mutuamente para dar a aquel algo de este, y viceversa. En su obra musical hay, al lado de la belleza hija de la inspiración, la armonía y la justeza de movimientos y acordes, obra del intelecto hecho a la lógica de los textos legales, y en la conducta del juez se traslucen la comprensión y la benevolencia del alma tocada por el soplo de las musas.

Así, podía tolerar hasta un límite la transgresión del código, pero su moral, en que la ética y la estética mantenían el fiel de la balanza, rechazaba por igual la maldad y la fealdad.

De ambas cosas había en aquella denuncia que una mañana llegó hasta la mesa del juez de instrucción de Remedios. Era una mujer que acusaba a su marido de maltratos de obras continuados, hecho punible no sólo en los códigos, sino en la conciencia de cualquier hombre cuya sensibilidad no se halle embotada. Correspondía a García Caturla ordenar la investigación consiguiente y procesar al acusado en el caso de que la denuncia se demostrara cierta.

Como hemos anticipado, el juez remediano tenía fama de recto, rectitud que muchos confundían con la severidad. El hombre denunciado, que era un escolta de la cárcel, alardeaba de influencias políticas, cosa que le hubiera conferido cierta impunidad. Pero se trataba de García Caturla, para quien no había amistades ni recomendaciones a la hora de cumplir su deber. No obstante, alguien se acerco a él para pedirle lenidad en nombre del escolta acusado.

—Nunca he desviado mi criterio por atender una recomendación por alta que fuera –replicó el juez remediano al peticionario–. En este caso tampoco lo haré, y lo más que puedo conceder es que obraré con justicia. Si hay pruebas de la culpa, procesaré, pero si no, nada ni nadie me obligará a encausar a un inocente. Eso es lo que puedo ofrecer.

El hecho, con arreglo al Código, no era demasiado grave, y la sentencia podía imponer a lo sumo noventa días de cárcel. Pero para quien, además de carcelero, era hombre bien apadrinado por el caciquismo local, no ya noventa días, sino el simple procesamiento resultaba cosa intolerable. Solo de ese modo se explica que alguien caiga en un delito gravísimo por eludir otro de muy leve castigo.

Para García Caturla, el caso era uno más en su vida de juez, que se alternaba con el compositor. Por aquellos días estaba componiendo la opera cómica Manita en el suelo, que esperaba terminar pronto para dar a conocer como exponente de su nuevo derrotero artístico. Trabajaba a ratos, de noche o de día, durante las horas que le dejaban libres sus obligaciones de juez.

La tarde del 12 de noviembre, después de comer, se encerró en su pequeño despacho, y durante más de dos horas fue dejando en el papel pautado los trazos de fusas, semifusas y corcheas que su inspiración le iba dictando. Cuán lejos estaría de pensar que en aquel momento escribía su despedida de este mundo.

Cerca de las tres miró el reloj. Como si se hubiera atrasado, se levantó apresurado, tomó el sombrero y salió a la calle. Cruzó el parque y luego encaminó sus pasos por la calle Independencia. Era una tarde gris, fría. Ensimismado, como si oyera aun los acordes silenciosos de la obra interrumpida, marchaba el juez remediano por la desigual acera, cuando oyó gritar:

—iDoctor, doctor!

Detúvose un momento y miró hacia atrás, viendo que un hombre le hacía señas de que esperara. Era el escolta de la cárcel, el hombre denunciado por su esposa. Impaciente, García Caturla le interrogó:

— ¿Qué se le ofrece?

—Doctor, yo quiero hablar con usted unas palabras –replicó el escolta.

—Diga. Le escucho.

—Es sobre la denuncia esa... Usted puede arreglar el asunto, doctor.

—Está usted equivocado: yo no tengo que arreglar nada. Como juez de instrucción, mi deber es ordenar la investigación, levantar el sumario y, si se comprueban los hechos, procesarle.

—Pues eso es lo que yo le pido, que usted no me procese.

—¿Y cree usted que depende de mí? No he sido yo quien ha hecho la denuncia. Pero como esta existe, yo estoy obligado a actuar, porque si no lo hiciera estaría incapacitado para ser juez.

Dichas estas palabras, García Caturla se despidió de su interlocutor, volvió la espalda y echó a andar. Apenas había dado unos pasos, oyó de nuevo la voz del hombre que le llamaba, ahora con tono imperativo:

— ¡Doctor!

El juez remediano se detuvo otra vez y dio la cara al escolta, que se acercaba blandiendo un revólver. Casi sin transición sonaron dos disparos. García Caturla, alcanzado en el pecho por las balas, cayó como fulminado sobre la acera. Unos instantes después era cadáver.

Tal fue el crimen de la calle de Independencia, crimen estúpido que cortó la vida de uno de los más excepcionales talentos musicales que ha dado Cuba.

Tomado de: Carteles, año 34, no. 45, 8 de noviembre de 1953.

 

La música cubana en París
Por Alejo Carpentier

Caturla por Maribona.>>

Hace pocas noches, estaba instalado en plácida sobremesa con Corpus Braga y Pascin –el famoso dibujante que visitó La Habana en 1915–, bajo los frescos ultravanguardistas de La Coupole, cuando un amigo nos dio este tic:

¿No ha oído usted el jazz de La Jungla? Creo que es la orquesta de baile que tiene más sentido del ritmo, en todo París.

La Jungla es un dancing que fue inaugurado, hace apenas dos semanas, en el centro de Montparnasse. Su fachada está cubierta de tremendas pinturas, que representan guerreros africanos con su obligado arsenal de flechas envenenadas, escudos y lanzas. Las puertas están cerradas por cortinas de pajas, y las luces brillan dentro de grandes tambores que cuelgan de las vigas del techo... ¡Toda la atmósfera puesta de moda por Magia negra de Paul Morand!

Entremos en este cabaret para personajes de Kipling... el jazz, en efecto, es extraordinario. No se ve por el momento, porque las parejas forman un tabique viviente delante de su laboratorio de ruidos organizados… Pero suena un platillazo que pone fin a Ain 't she sweet y tengo la extraordinaria sorpresa de ver aparecer rostros conocidos en la orquesta aplaudidísima.

Son los rostros muy criollos de varios músicos que han pertenecido hace apenas dos años, a la Orquesta Filarmónica de La Habana, y a quienes vimos muchas veces ejecutar la Quinta sinfonía de Beethoven, bajo la batuta del maestro Sanjuán. En este cabaret obtiene éxitos extraordinarios, noche tras noche. Tocan rag times y charlestons con ritmo infernal. Y, de cuando en cuando, para habituar gradualmente los oídos de los parisienses, deslizan uno que otro danzoncillo.

Lo cierto es que estos músicos cubanos son ya famosos en la república del arte que es Montparnasse. Dentro de poco los conocerá todo París, y entonces serán contratados, sin duda, por algunas de las ruinosas boîtes de Montmartre, donde el champagne es bebida obligatoria... ¿Quién afirma que el danzón, tan abandonado en La Habana, no vaya a disfrutar de un inesperado renacimiento en los dancings de Lutecia?

<< Caturla en su infancia.

Ya los franceses van aprendiendo nuevas cosas; entre otras, que Cuba además de producir azúcar y tabaco, es también un formidable almacén de ritmos vírgenes, capaces de sorprender a los músicos del Viejo Continente, por su originalidad.

Yo había hecho la prueba personalmente, hace cuatro meses, de someter nuestros ritmos inesperadamente al examen de oídos franceses.

Ello acontecía en un cinematógrafo de vanguardia –El Estudio de las Ursulinas– durante la primera presentación de una película surrealista de Robert Desnos y Man Ray... El público –unas ciento cincuenta personas–, estaba formado por las más famosas figuras de la avanzada estética parisiense, entre las que no faltaba André Bretón, el pontífice de la nueva poesía.

Para acompañar el filme, Desnos y yo habíamos dispuesto una partitura de discos, que debía ejecutarse en tres gramófonos con amplificadores. Por un sistema de rallentandos lográbamos que un disco se fundiera en el siguiente, sin interrupción.

Todo el principio de la “partitura” estaba integrado por aires de jazz y blues. Y de pronto estallaba La chambelona y seguían sones y danzones hasta el final.

Nada de esto se había anunciado en los programas. La chambelona comenzó a sonar en medio de la estupefacción general. “Son cantos indios”, decían algunos... Pero, cuando terminó el segundo disco –Yo no tumbo caña–, el entusiasmo de los espectadores fue tal que interrumpieron bruscamente nuestra partitura reclamando estrepitosamente el bis.

Pero no es solamente la música popular de nuestra tierra la que obtiene éxitos en París... Yo os puedo anticipar noticias, que equivalen a un verdadero triunfo para nuestros dos mejores compositores jóvenes: Amadeo Roldan y Alejandro García Caturla.

No intento situarlos en un mismo plano. Sus éxitos son de diversa índole, porque el primero posee una personalidad ya cristalizada, orientada, mientras que el segundo está dando – ¡pero con cuánto acierto!– sus primeros pasos en serio... Si uno sus nombres, es porque ambos representan un nuevo estado de espíritu en la música cubana. Sus propósitos tienen una generosidad y una amplitud que los enaltece. Ambos están al día, en lo que se refiere a una estética moderna. Y es precisamente por esto que son los únicos compositores cubanos capaces de obtener éxitos positivos en Europa, en la hora actual, con obras de música seria.

Ya sabemos con cuánta fortuna fueron estrenados en La Habana los Tres pequeños poemas de Amadeo Roldán, por la Orquesta Filarmónica. Vimos después que esas obras lozanas, llenas de ritmo y de savia juvenil, habían sido ejecutadas en Cleveland bajo la dirección de Nikolái Sokolov, obteniendo un nuevo triunfo (Carlos Chávez las interpretará en Nueva York, con la orquesta de la Composer's Guild, el invierno próximo).

Lo que es una novedad para vosotros es que esa misma partitura será escuchada por los parisienses antes de la primavera. Yo tuve buen cuidado de traer a París una copia de los Tres pequeños poemas con los materiales de orquesta. Desde el primer momento, los jóvenes compositores franceses a quienes mostré el manuscrito de Roldán se declararon francamente admirados. Dos directores famosos me pidieron que les reservara el privilegio de dar a conocer esas obras pletóricas de color y de esa trepidación que sólo poseen los ritmos afrocubanos.

Marius Francois Gaillard, uno de los primeros músicos europeos de ahora, director de orquesta al que fue confiada recientemente la instrumentación de las obras póstumas de Claude Debussy, por la viuda del insigne músico, me dijo, después de hojear la partitura de Roldán:

“Estoy tan encantado con esta obra que, a principios del año próximo organizaré un concierto sinfónico con el fin de estrenar en París algunas creaciones de Roldán. Haremos un programa en dos partes. En la primera interpretaremos producciones de los más nuevos autores franceses: Jaubert, por ejemplo... Y terminaremos con las partituras cubanas. Estoy ansioso de dirigir estas cosas”.

Y a continuación me confesó:

“Cuando usted me hablaba de jóvenes compositores cubanos, no creía realmente que en su país contaran con gentes de un talento tan cuajado. Roldán domina el oficio, el métier, de un modo extraordinario. Su orquesta está maravillosamente construida. Aunque no escribiera una sola indicación de matices de fortes o pianos, su obra sonaría exactamente como él lo quiere. Los instrumentos se encuentran tan perfectamente colocados, que rinden la calidad de sonido que él les pide, sin necesidad de pujar acentos... ¡Puede usted afirmar que Roldán es un músico! ¡Y qué músico…!”

Hace tres años exactamente, conocí un joven compositor cubano, que acababa de llegar de Remedios, trayendo una maleta llena de partituras raras. Prolífico hasta lo increíble, había compuesto todo lo posible: poemas sinfónicos, danzas para piano, oberturas para orquesta, obras para todos los instrumentos... ¡No faltaban más que nocturnos para tríos de maracas!

Pero lo admirable es que ese joven artista, que sólo hablaba el castellano y siempre había vivido alejado de la cultura europea, estaba al tanto de las últimas audacias promovidas en el arte sonoro. Su música era atrevida y cruda. Cuando se sentaba ante el piano para tocar sus cosas, el instrumento acababa siempre con algunas teclas de menos y barios bordones rotos. Sus manos no eran manos de pianista, sino manos de bongosero; a tal punto el sentido del ritmo las animaba.

Alejandro García Caturla –tal era el nombre del joven músico– comenzó a estudiar con el maestro Sanjuán. Massaguer, seducido por su audacia singular, publicó dos de sus danzas en Social... Pero casi todos los que me veían alentar al novel artista se encogían de hombros: “el Caturla ese es un loco”, me decían.

Durante sus estudios musicales en Remedios.>>

Y el loco llegó a París... “¿Con qué propósito vienes? –le pregunté–, te advierto que estás en una ciudad donde, estéticamente, no se puede engañar a nadie...” El loco venía para estudiar. Quería adquirir los conocimientos que le faltaban.

Inmediatamente pensé en un maestro para el joven músico: la ilustre Nadia Boulanger, profesora en la Escuela Normal de Música de París y, por así decirlo, es la creadora de toda una escuela de compositores norteamericanos, entre los que se destaca el ya célebre Aaron Copland.

Llegó el día de la presentación de Caturla a Nadia Boulanger... Dudo mucho que alguna vez, la admirable maestra se haya entusiasmado de tal modo ante las obras de un discípulo:

“Tiene usted un sentido del ritmo y del color verdaderamente notable. Sus obras orquestales son interesantísimas. Sin saber todo lo que debe saberse para ser un músico hecho, acierta usted donde otros que ya dominan la técnica no logran hacer nada... Confieso que, hasta ahora, yo no tomaba muy en serio la música cubana. Yo sólo conocía unas cancioncitas lánguidas, totalmente desprovistas de carácter... Esto, en cambio –la Danza lucumí, la Danza del tambor–, es para mí un mundo nuevo... Siga haciendo estas cosas, y pronto será usted uno de los primeros y más originales compositores del Nuevo Continente”.

A la tercera entrevista Nadia Boulanger declaró a Caturla que sólo necesitaba, para poder andar solo en los campos de la música, unos pocos meses de clases... Y en la cuarta lección, le manifestó su deseo de que se presentara como discípulo suyo en el concurso musical internacional para el Premio Coolidge.

Hace días, Nadia Boulanger pidió a su alumno una suite orquestal para una agrupación sinfónica de París, que iniciará sus conciertos en breve... Además le encargó una obra para batería y voces, que será estrenada por su discípulo Copland en los Estados Unidos.

En esa producción está trabajando Caturla actualmente. Se titulará Liturgia, y los cantantes declamarán versos de un poema mío, sobre la trama de una batería formidable. La obra está escrita para un solista y ocho voces y, en ciertos momentos, los cantantes gritarán las estrofas en megáfonos, para variar su carácter sonoro. Para dar una idea de la orientación del poema, citaré solamente la estrofa inicial:

La potencia rompió
¡yamba-o!
Retumban las tumbas
 en casa de Acué.

Este año la música cubana ha comenzado pues, a cotizarse seriamente en Europa... Los hechos lo demuestran. Sin embargo, los entusiasmos provocados por nuestros ritmos no dejan de encerrar un grave peligro para algunos. La noticia de que “la música cubana triunfa en París”, no debe hacernos creer que “cualquier música cubana triunfa en París”... Adivino los nombres de muchos músicos del patio que creen ya, a estas horas, que basta tomar el barco y que pueden obtenerse rotundos éxitos en Lutecia con tal de exhibir unas cuantas melodías más o menos criollas. Téngase en cuenta que el camino sólo está abierto en Europa para los dos extremos más opuestos de la música criolla: lo más brutalmente, lo más crudamente, lo más genuinamente popular, y lo más refinadamente, lo más lozanamente, lo más rotundamente avanzado... La elección tiene que hacerse entre los Tres pequeños poemas y la charanga más arrabalera. ¡Amadeo Roldán o Papá Montero…! Toda zona intermedia está condenada al más anodino de los fracasos. (Y conste que tengo la sensación de ser profeta, y que antes de un año tendré el disgusto de asistir a algunos de estos fracasos).

Por ello creo ciegamente en el éxito de Amadeo Roldán y Alejandro García Caturla en París... Su modernismo, su anhelo de “música fuerte” que los hacía ser mal vistos en Cuba, por el pompierismo académico, les ha asegurado ya, a estas horas, un puesto en el primero de los mundos musicales. ¡Ni Marius Francois Gaillard, ni Nadia Boulanger se equivocan! ¡Conocen demasiado el ambiente para querer hacer el ridículo…! Lo que me enorgullece es que cuando, hace tiempo, declaraba la guerra a la lira italianizante en favor de muchos nuevos compositores, no hacía más que anticiparme a las afirmaciones de estos dos grandes músicos europeos.

Por una comunidad de ideales, Amadeo Roldán y Alejandro García Caturla constituyen ya algo más que una escuela: un estado de espíritu, que seguirán –pese a quien pese– todos los nuevos músicos que surjan en nuestro horizonte artístico. ¡Ya terminó para nuestra música la era del menor esfuerzo!... Existe ya una moderna Escuela de La Habana.

¡Paso a la Escuela de La Habana!

Tomado de: Carteles, La Habana, 23 de septiembre de 1928.

 

Homenaje a la memoria de Alejandro García Caturla: el músico
Por José Ardévol

<< Grabado en París, bajo los auspicios del Consejo Internacional de Música de la UNESCO.

En 1929, durante la Exposición Internacional celebrada en Barcelona, oí, por primera vez, música de Alejandro García Caturla y de Heitor Villa-Lobos. Las obras del segundo, dirigidas por el propio compositor, constituyeron la mayor conmoción musical de los festivales sinfónicos organizados con motivo de dicha exposición. De Caturla, sólo figuraba una obra en los programas: Tres danzas cubanas, partitura que, no sé si debido a mi desconocimiento de lo que era Cuba o a sus propias características, no me permitió formarme un criterio sobre el joven compositor cubano.

Poco después del concierto en que oí su música, conocí a Caturla a través de un compositor peruano que asistía a los festivales (creo que se trataba de Teodoro Valcárcel). No tardé en entusiasmarme con su potencia creadora casi telúrica, con muchos rasgos primarios de su música, con las reservas imaginativas del medio que reflejaba el músico. Aunque fue un contacto relativamente pasajero, desde entonces admiré esas condiciones, así como lo juvenil y la originalidad de un arte para mí muy nuevo y, al mismo tiempo, siempre sano. Esto, particularmente, me hizo simpatizar profundamente con Caturla, ya que desde entonces yo aspiraba a obtener lo nuevo volviendo a las savias originales y a los valores permanentes, nunca a través de las elucubraciones ni de las evasiones típicas de un fin-de-época. Aquellos años fueron para mí de búsqueda y de inseguridad no en lo que quería, sino en los resultados que obtenía, que a veces estaban en los antípodas de la música que creo había escrito antes y he vuelto a escribir después; por lo mismo, la evidencia de una tremenda originalidad en la dirección lograda por Caturla fue para mí muy importante.

Algunos años después, ya en el centro de un pueblo que desde el primer momento sentí como mío –a pesar de saber muy pronto de graves frustraciones impuestas por circunstancias ajenas–, Caturla y yo iniciamos una amistad fraternal que sólo su muerte prematura pudo truncar. Las cualidades y características que tanto me habían impresionado en Barcelona, aquí adquirieron su propio peso al hacérseme evidente su honda cubanía. Esos rasgos –de los más vigorosos que sea dable hallar en un compositor nacido en el Continente– son como constantes de su música. Sólo en los últimos años –piénsese en la finura de la Berceuse campesina, por ejemplo– Caturla va alejándose gradualmente de su primer modo de hacer –que es el de casi toda su producción–, hasta alcanzar una economía de medios, un saber prescindir de muchos recursos que antes habían sido sus predilectos, que anuncian no sólo la madurez, sino también una posición creadora radicalmente distinta, aunque no creo exacto decir que opuesta, como algunos han juzgado.

LD 4209, Estudios EGREM, La Habana. >>

Histórica y estéticamente, Caturla y Roldán son de significado muy próximo; desde el punto de vista de nuestro nacionalismo musical, son casi una sola entidad. Sin embargo, en la personalidad hay diferencias muy considerables que es necesario tener en cuenta si se quiere entender rectamente lo que cada uno de ellos significa. No es mi intención establecer aquí ese paralelismo a fondo, sino sólo señalarlo del modo más breve posible –aparte de que en otras ocasiones, sobre todo Alejo Carpentier en La música en Cuba, se ha hecho con la debida extensión. Roldan fue un compositor meticuloso, dueño del oficio que necesitaba de acuerdo con sus concepciones; la forma dentro de las limitaciones que puedan señalársele, se lograba ordenadamente. En algunas de sus obras las influencias son evidentes; además, su fuerza creadora es menor que la de Caturla, pero sabe sacar más partido de ella debido a una mayor seguridad y mejor conocimiento de los fines que persigue. Caturla es el caso del talento, del temperamento, llevado al máximo; es, también, el compositor de enorme, aunque a veces algo desorbitada, fuerza creadora; es el músico que trabaja apasionadamente, al rojo vivo, casi sin medir las consecuencias; es el artista que posee una técnica, pero cuya realización se le va un poco de las manos como resultado de una imaginación fuerte y rica aun sin embridar, Yamba-O (1928-31), y La rumba (1933), partituras inspiradas respectivamente en poemas de Alejo Carpentier y Tallet, son obras en que se ponen muy de manifiesto las características a que me he referido. La primera, menos lograda que la segunda, es su primera obra de ciertas dimensiones para gran orquesta. Ambas suponen una posición creadora algo extremista, pero no puede dudarse de que se trata de música escrita con toda sinceridad, que responde tan sólo a una necesidad de expresión. Es decir –y eso lo considero importante–, nunca es fruto de la evasión ni de una posición especulativa. La rumba es mejor en todos sentidos porque el compositor ha tenido más experiencia, lo que se traduce en un mayor dominio de los elementos puestos en presencia. Las dos son músicas igualmente complejas, en las que abundan grandes sonoridades, pero la segunda consigue con mayor definición los fines que se propone. Algunos años después, la Obertura sobre temas cubanos, aunque más simple y clara en sus motivaciones interiores y en su estructura, completará, con aquellos dos, el conjunto de sus partituras más explosivas, de sonoridades enormes y de fuerza rítmica más evidente.

También considero muy importante, dentro de la producción de Caturla, la Primera suite cubana, que data de 1932, obra que, en pequeña escala sonora (sólo requiere ocho instrumentos de viento y piano), es un equivalente de Yamba-0 y La rumba, y lo es tanto por sus virtudes como por sus parciales frustraciones. Como es sabido, el estreno de esta obra en 1934, en un concierto de la Orquesta de Cámara en que también figuraban mis Nueve pequeñas piezas, constituye uno de los más grandes escándalos de nuestra historia musical. El público interrumpió momentáneamente la ejecución durante la segunda parte, titulada Comparsa. Al final del concierto el escándalo se repitió con mi música. Al terminar la obra de Caturla tuve que hablar al público: lo hice con exaltación y polémicamente. Ambas partituras levantaron toda una teoría de ronchas en nuestro reaccionarismo musical, y aún diez y quince años después, ese concierto se comentaba en nuestros medios más conservadores como una monstruosidad. Algunas personas inventaron aquello de “la comparsa de los tres plátanos fritos”, aludiendo a la vez al segundo tiempo de la Primera suite cubana y a Homenaje a los tres plátanos fritos, pieza que figuraba en mi obra a título de homenaje a Eric Satie.

Por lo que conozco de Manita en el suelo, pequeña ópera que dejó sin terminar, puede decirse que esta pertenece a la corriente que tan claramente representa la ya citada Berceuse campesina. Aquí, como en esa pequeña pieza para piano, el compositor ha prescindido de muchos de los rasgos y procedimientos que le habían sido más caros. El resultado es el decisivo control sobre el material sonoro, un mayor rigor en el estilo, la forma mejor ordenada y una realización más acabada.

Finalmente quiero referirme a su Fanfarria para despertar a un espíritu apolillado, ya que ella sitúa al compositor en lo político. En los últimos meses del gobierno de Machado, Nicolás Slonimsky dirigió dos conciertos de música contemporánea al frente de la Orquesta Filarmónica, y nos pidió a Roldán, a Caturla y a mí unas fanfarrias especialmente escritas para el final del segundo programa. Los tres decidimos convertir esas fanfarrias en toque para que “se fuera” el tirano. Roldán escribió la suya para “despertar a Papa Montero”, Caturla aludía a un “espíritu apolillado”, y yo a un “romántico cordial”. A pesar de que sólo unas pocas personas sabían a qué se referían humorísticamente los tres títulos, en el concierto, no obstante la rareza y la extrema brevedad de nuestras músicas, el público aplaudió y ovacionó cada fanfarria durante varios minutos: nuestro asombro no cesó hasta que poco después nos dimos cuenta de que la mayoría de los oyentes sabía –nunca pudimos averiguar cómo había sucedido– el sentido y la intención de nuestras fanfarrias.

Cualesquiera que puedan ser los reparos que alguna de sus partituras merezca, hay una gran verdad que nunca me cansaré de repetir: Alejandro García Caturla es, sin posible disputa, uno de los más importantes compositores de toda nuestra historia, uno de los músicos mejor dotados que haya tenido América, un maestro que, de acuerdo con su momento y el estado de la música cubana, llenó a cabalidad su papel y contribuyó de modo decisivo, junto con Roldán, a dejar sentadas las condiciones que necesitaba nuestra música durante los dos decenios que van del año 20 al 40. Ambos, Roldán y Caturla, son los verdaderos fundadores de la moderna música cubana.

Tomado de: Nueva Revista Cubana, La Habana, 1962, pp. 137-140.

 

Entrevista con la viuda de García Caturla
Por Miguel Martín Farto

<< Consejo Nacional de Cultura, 1975.

El incesante Feijóo estuvo por Remedios para investigar las salidas de los barrios en estas “parrandas” y habló con la viuda de Alejandro García Caturla. Después me dijo:

—Tienes que copiar con paciencia todo cuanto esta compañera diga alrededor de su esposo. Dentro de cien años nos acusarán de no haberlo hecho...

Así fue que entrevistamos a Catalina Rodríguez, viuda de García Caturla.

He aquí sus útiles memorias:

—Alejandro escribía en sus ratos libres, o cuando le venía la melodía a la mente: la apuntaba y luego la iba perfeccionando. Muchas veces era en la hora del almuerzo, después de venir del juzgado.

Fíjate que cuando nosotros estábamos en Quemado de Güines, en mi casa no había piano. Entonces él escribía en el buró y después iba enfrente, donde vivía un tal Arocha, que tenía piano y lo tocaba. El piano de Alejandro estaba en casa de sus padres, pues en la casa no tenía, y tenía que planificar sus entradas, porque era tanto muchacho a mantener. En los últimos viajes a La Habana tenía entre manos comprar un piano de cola que le costaba seiscientos pesos. Yo recuerdo bien que fue como el 7 de octubre, y a él lo mataron en noviembre. En aquel viaje me trajo una novela y por eso yo recuerdo tan bien la fecha. Me dijo así: “Catana, ya contraté el piano, así que dentro de poco tendremos piano en casa”. Pero lo mataron y se quedó el piano así...

Yo no me acuerdo bien dónde hizo las piezas musicales, es decir, en los pueblos en que estaba cuando las componía. Sí recuerdo que la Canción del cafetal  la compuso en Palma Soriano. Recuerdo que cuando estábamos en Quemado se encontraba escribiendo una pieza musical que quería enviar a un concurso. Ramón entonces era chiquitico pero muy inquieto. En la mesa estaba la partitura, una barreta, y, entre la barreta y la partitura, un tintero. Ramón haló la barreta y derramó el tintero sobre la pieza musical. Yo le dije:

“Pero muchacho... es que tú siempre estás de intruso”.

Alejandro, con una cuchillita, raspó la tinta, y la puso a secar en un colchón en el patio. Allá fue Ramón a llorar al lado del colchón. Se recostó a él y la pieza fue a dar al suelo. Entonces Alejandro me dijo: “Con esta me voy a llevar el premio, y si me lo llevo te voy a comprar un refrigerador”. Y ganó el concurso y me compró el refrigerador. Recuerdo que llegó y me dijo: “¿Tú te acuerdas de aquella obra de tanto zarandeo?: pues me llevé el premio”.

Él con sus obras siempre andaba de corretaje. Ahora, era muy organizado. Todos sus papeles, tanto los de música como los del juzgado, los tenía ordenados en el librero. Tres libreros tenía organizados con sus papeles. Por ejemplo: él mandaba al alguacil del juzgado para buscar algún papel o algo, sólo con un papelito para mí, y enseguida yo lo encontraba. Porque todo lo tenía numerado. En los días de su muerte me dijo: “Como somos hijos de la muerte y ahora yo trabajo y ellos están bien [los niños] pero yo no sé cómo la pasarán cuando yo falte, voy a preparar el testamento”. Recuerdo que sólo faltaba la inscripción de Genaro, que estaba inscrito en Palma Soriano. Claro, él sabía que le estaba rondando la muerte, pues lo habían amenazado.

Los clásicos a los cuales leía eran: Claudio Debussy, Slonimsky y Ravel. Le gustaba mucho la música clásica.

Arte y Literatura, 1978. >>

Para su correspondencia era muy organizado también. Él llevaba un libro de correspondencia por meses. Sí, cogía una cartulina y él mismo la cosía, y cuando quería un dato del mes tal... o “tengo que escribirle a mengano”...

Tenía una organización de vida exacta. Se levantaba a las siete de la mañana, o más temprano, si tenía que ir a Santa Clara. Las ocho le daban en el juzgado. Nunca llegó al juzgado después de las ocho.

Trabajaba hasta las doce del día; regresaba a casa, se bañaba. Si no estaba el almuerzo, reposaba, o se ponía a repasar música o las causas del juzgado. Almorzábamos. Se tiraba un rato, hasta las dos menos cuarto, que salía para el juzgado. A las cinco estaba de regreso. Merendaba: él no era muy frutero.

Merendaba jugo, jugaba un rato con los muchachos y de allí iba para la casa de sus padres. Se llevaba algunos de los muchachos, los que estaban vestidos. Él llegaba a la casa y empezaba a tocar piano. Laudelina, la hermana, algunas veces lo acompañaba con la guitarra. Iba después al correo a recoger la correspondencia. Él tenía quien fuera, pero le gustaba ir, para así dar el paseíto. Después regresaba a casa, comía y se ponía a estudiar las causas o la música.
A las once se acostaba a dormir.

— ¿Las amistades? Además de Amadeo Roldán, Guillén, Alejo Carpentier y otros compañeros de La Habana, tenía muchas en Remedios. Uno que yo recuerdo que siempre conversaba con él en el parque, era Lorenzo Martín.

Hay una anécdota muy difundida, en Remedios sobre todo, que dice que una ocasión Alejandro mandó al alguacil del juzgado con una máquina a buscarme al paradero, y buscó y buscó y no halló nada. De regreso le dijo:

“Mire, señor juez, parece que su esposa no vino en este viaje, pues yo no la vi, figúrese, en el paradero sólo había una morena con unos mulatitos”.

Inmediatamente él dijo: “Pues vaya ahora mismo a recogerla, que esa es mi señora”.

Yo te digo que esa anécdota es una mentira, que nunca sucedió tal cosa, pues todos los choferes que tuvo Alejandro me conocían muy bien, y era el chofer quien iba a buscarme, no el alguacil, y no al paradero, sino a mi casa, pues las pocas veces que viajé sola lo hice cuando nos íbamos a mudar para algún otro pueblo. La única vez que recuerdo que di un viaje sola fue cuando fui a Palma Soriano, y en esa ocasión Alejandro me estaba esperando en la estación. Claro que se inventaron miles de anécdotas, pues esa sociedad de cuando Alejandro vivía no podía concebir que un blanco, y de la clase social que él era, pudiera vivir con una negra. Y yo te digo que Alejandro era natural y “na de negra para andar por allí escondido”, la casa de Alejandro era nuestra casa y allí vivíamos con nuestros hijos. Yo recuerdo una anécdota que me sucedió en Santa Clara. Era cuando él estaba de juez suplente, porque la propiedad de juez era en Ranchuelo, y no sé por qué fue que lo vinieron a buscar. Creo que para levantar un muerto, o algo por el estilo, y yo me quedé sola. Al rato siento que tocan a la puerta. Era un grupo de médicos y abogados que habían sido compañeros de Alejandro, y me preguntaron: “¿Está Caturla?” Y cuando yo les dije que no, dijeron: “Sí, sí, él está”. Y entraron en la casa, la registraron toda, lo llamaron debajo de la cama y todo. Claro, ellos creían que esa no era la verdadera casa de Alejandro, que era un pasatiempo. Mira, cuando llegó Alejandro y yo le cuento, dijo: “¡Cómo! Inmediatamente fue a buscarlos. ¡Cómo sería la cosa que más nunca fueron por allí!”

Recuerdo la última vez que tocó. Fue una invitación especial para que fuera a Santa Clara a un acto de despedida que le iban a hacer al presidente de la Audiencia... uno de apellido Córdova, que lo trasladaban a La Habana. Yo, por mi parte, me enteré de que tocó maravillosamente, que no había manos para aplaudirlo. Él llegó y me dijo: “Catana, ¡cómo me han aplaudido…!”. Pero, para que tú veas, no llegó a leer los elogios que le hicieron los periódicos; pocos días después lo mataron.

<< Ediciones UNIÓN, 1998.

Como padre, fue ejemplar; nuestros hijos tenían de todo. Él era muy cariñoso con ellos. Muchas veces los miraba y decía que le daba lástima que no pudieran tener una niñez como la de él. Claro, en relación con la niñez de él, ellos estaban por debajo. Fíjate que a Alejandro de niño le daban cajitas llenas de monedas de oro para que jugara.

Cuando se enfermaba algún muchacho, eran las pocas veces que él pedía permiso. Nosotros teníamos un médico de apellido García, que siempre decía que nunca había visto un padre tan joven y tan preocupado.

Yo recuerdo una anécdota en un hotel de La Habana: resulta que Alejandro viene a alquilar un hotel cerca de la Universidad y creo que no les gustaba que hubiera negros. Mira, cuando llegó con nosotros, la dueña lo llamó y le dijo: “Doctor, yo no sabía que su familia era de color...”. Y él respondió: “Y a mucha honra lo tengo, y no permito ninguna falta de respeto”. Y seguimos ahí. En eso llega una joven, no recuerdo si se llamaba Norma. Era blanca y había estudiado bachillerato con Alejandro en Santa Clara, yo creo que ella estaba medio enamorada de él... Mira, cuando lo vio con nosotros casi le da un ataque. Y la madre, la madre era de esas echadas para alante, y no miraba a nadie. La cosa fue que teníamos que bañarnos en el mismo baño de ellas. Cuando se enteró que nosotros usábamos el mismo baño, fue directamente a la dueña y le dijo que ellas no se bañaban donde se bañaran negros. ¡Mira que son atrevidas! La dueña llamó a Alejandro y no sabía cómo empezar. Le dijo que si nosotros no teníamos inconveniente en bañarnos en un “platón”. Bueno, figúrate cómo se puso Alejandro, que le dijo: “Mire, si alguien tiene que bañarse en un platón es ella, y si no, me voy inmediatamente de este hotel...”.

Después él me decía: “Catana, pero mira que son atrevidas...”.

Siempre ensayaba en Remedios, en una casa al lado del cine que ahora es Villena. Qué facilidad tenía para escribir a máquina, tiqui, ti, taca, taca, y tú veías vengan hojas y hojas.

Para mí es que él tocaba piano para escribir a máquina...

A él lo amamantaron tres negras, Teotista, la madre de Minguingue; Andrea, y Lucía.

Gran cosa se perdió con su muerte. Él murió en el cuarenta y nadie le reconoció sus méritos de verdad. Fue la Revolución quien se los reconoció: los gobiernos anteriores... qué van a reconocérselos, si ellos mismos fueron quienes lo mataron.

Mira, te voy a contar: Cuando vivíamos en Palma Soriano, Alejandro perseguía los juegos y todo lo mal hecho.

Y no perdonaba a guardias, ricos, ni nadie. Mira, con el negocio de los juegos, nada más que cogían jueguitos de gente que estaba muriéndose de hambre, y él les dijo una vez: “Miren, no me traigan más jueguitos, agarren a uno grande...”.

Muchacho, y han cogido un juego donde estaba desde el Jefe del Puesto, hasta el Gobernador. Bueno, la crema: gente poderosa de Santiago de Cuba. Y llegó el día del juicio, y ellos, acostumbrados a que no les pasara nada, cuando empieza Alejandro: mete multa, y mete multa. Bueno, ese juicio fue famoso. A los pocos días fue que le hicieron el atentado en que le metieron diez tiros a la puerta. La verdad que no lo mataron porque no estaba para morirse. Y como esa anécdota hay miles. Sí, allí se vivía “abierto...”. Todo el que tenía dinero hacía lo que le daba la gana; pero con Alejandro no caminaba eso.

Ciencias Sociales, La Habana, 2006.>>

Yo, a la verdad, siempre estaba con el corazón en la mano, porque siempre él estaba bajo amenazas; pero Alejandro me decía: “Catana, mi deber está por encima de todo, si me matan, mala suerte...”.

Después del atentado, no se quería ir de Palma. Decía: “Me dejaron con vida, ahora es cuando voy a meter en cintura todo esto...”. Pero, qué va, los padres le cayeron encima... que se tenía que ir... y se fue, por los padres. Pero en todas partes era igual. En la audiencia era siempre sentencia particular. Y yo le digo que no era por otra cosa que porque él no estaba con las trampas allí.

En Ranchuelo obligó a Trinidad a pagar el jornal que tenía que dar a los trabajadores. En el mismo Palma había un procurador que era tramposísimo y que le había enmarañado tierras a un millón de campesinos. Mira, casi se vuelve loco en pensar que Alejandro estaba investigando las trampas que él hacía. No llegó a procesarlo porque tuvo que irse. Fíjate si él protegía la justicia que cuando se iba a ir una señora del pueblo, le mandó un recado diciéndole: “Dígale al doctor que ha dejado al pueblo huérfano...”.

Y aquí en Remedios era igual... Unos días antes de su asesinato uno de los muchachos vino corriendo de la calle e ingenuamente le preguntó si a los presos se les daba. Él preguntó, y este le dijo que por allí llevaban a uno dándole patadas. Alejandro fue a la Jefatura de Policía y, efectivamente, le estaban dando una entrada de patadas. Alejandro dijo: “De ninguna manera pueden maltratar a un preso. Yo soy la máxima autoridad, no lo hago ni consiento que se haga”. Y mandó a procesar al policía que lo golpeaba. Y el policía era nada menos que hermano de Perdomo, que era allí el jefe del ejército. Y de allí empezaron las amenazas y las cizañas de la guardia.

A los mismos del juzgado él no les permitía sus chanchullos de arreglos de juicios ni de romperlos para coger dinero. Había quien había arreglado o roto cien juicios, y hubo hasta un juez suplente que se atrevió a anular un juicio firmado por Alejandro.

Cuando Alejandro se dio cuenta, le dijo: “Que no se te ocurra más: no puedes arreglar un juicio más, y, si te agarro en otra, te proceso”. Estaba visto, él no cabía allí, donde había tanta trampa y maraña.

Empezaron los comentarios de que Alejandro estaba contra el ejército, y se corrió que lo iban a matar.

Recuerdo cuando él estaba haciendo un registro en el Juzgado de Cuarta, no recuerdo si en Buenavista. Con él iba Merina, y este le dijo: “Doctor, cuídese, usted es muy joven, y es un crimen que le pase algo”. Este Merina había oído que lo iban a matar. Yo le noté la inquietud a Alejandro, él me lo contó todo y yo, figúrate cómo me puse. Él, creo que para calmarme, me dijo: “Yo nací aquí, aquí viven mis padres”. Claro, él se lo contó a Silvino, su papá (comandante del Ejército Mambí), y no sé cómo se enteró la madre, porque él no se lo dijo.

La madre vivía por él, y él también tenía adoración por su mamá.

Y cuando se iba para algún viaje ella le decía: “No saques la mano, no esto, no lo otro”. Él me decía: “Mi mamá se cree que yo soy un niño”. Cuando ella se enteró de todo lo que se estaba tramando contra Alejandro, fue a ver al sinvergüenza ese del coronel Gómez Gómez, en Santa Clara, y le suplicó que no le fuera a pasar nada a su hijo. Gómez Gómez le dio a entender que Alejandro estaba contra el ejército y que ya en el Estado Mayor se decía eso. Después, cínicamente le dijo que si él quería una pareja de guardaespaldas. Alejandro me dijo: “Si yo por cumplir con mi deber tengo que andar con una pareja de guardaespaldas, que me maten”.

¡Cómo iba a tener de guardaespaldas a los mismos que querían matarlo! En una ocasión me dijo: “Está visto que yo no sé administrar justicia en Cuba”.

De esto a su muerte fue muy corto el tiempo... Para que tú veas que todo fue premeditado.

<< Ediciones Museo de la Música, 2007.

José Argacha era escolta en la cárcel, era un sinvergüenza, que tenía una querida. Le dio una mano de golpes y ella mandó a buscar a Alejandro para que le viera los golpes que le había dado Argacha, le dio hasta con la culata del revólver.

Yo nunca había oído mentar a Argacha, y le dije: “¿Quién es ese?”

Y él me contestó: “Ese es uno de mala catadura”.

Yo le dije que no se metiera en eso, que las mujeres así, al final lo que hacen es defender al hombre, y él me contestó: “No te preocupes, que esto no me corresponde a mí, esto es del Correccional”.

Fíjate si es verdad que la causa era del Correccional, que ya la habían pasado a la Instrucción. Y así comenzó la trama.

Alejandro tuvo que actuar y él sí que actuaba. Tú sabes que antes se usaba que tú tenías un puesto público y lo aprovechaban para explotar a su manera, pero con Alejandro no. Alrededor de él, nada de eso. Él no quería nada con la injusticia, y así fue que mandó a procesar a Argacha.

A mí me contaba una señora que había visto entrar a una persona que trabajaba en el Juzgado cinco veces a casa de Argacha, y en otra ocasión me contaron que otro individuo de esa misma gente le había dicho a Argacha: “Asegura bien la presa, porque si se te escapa, es duro de pelar”.

El día de su muerte yo le dije: “Alejandro, cuando uno tiene enemigos, no debe hacer siempre el mismo recorrido, y tú vienes siempre por el mismo lugar”. Y él, parece que para que yo no me preocupara, me dijo: “No, Catana, despreocúpate, ya afortunadamente el peligro pasó...”.

Cuando Argacha cobardemente le dio dos tiros a Alejandro, salió corriendo y el pueblo detrás de él quería lincharlo. Llegó al cuartel jadeando. En la puerta estaba un guardia al que le decían “Pequeño”, y le preguntó que qué le pasaba, y Argacha le dijo: “Que maté a Caturla... lo maté”.

Y él le contestó: “Más antes debiste hacerlo”.

Tomado de: Signos, Santa Clara, núm. 21, enero-diciembre de 1978, pp. 99-107.

Librínsula agradece la muy especial colaboración de la Sala de Música de la BNCJM