Imaginarios: Ramón Meza en el 150 aniversario de su natalicio

A ciento cincuenta años de su nacimiento, Librínsula quiere ofrecer a sus lectores un modesto repaso a la obra de Ramón Meza (1861–1911), el gran novelista cubano no siempre comprendido y justipreciado a pesar de los múltiples estudios, cuyo ejemplo es revelador de las vicisitudes del arte para su reconocimiento.

 

No parece de veras, aun a los que todavía llevan el brazo manchado de cuando se rozaban con ellos por las calles, que esos entes cómicos, sobre cuyas cabezas flota la tragedia, sean tan desnudos de mérito como los pinta, calcándolos del natural, este libro, que deja una impresión se­mejante a la que ha de dejar una bofetada.
                                                                                                                                             José Martí

Durante los años en que Meza entregó su mejor obra, la crítica adversa fue generalizada, con tal vehemencia que sobrepasó la medida de una reprimenda considerada justa por los talentos entregados a una aceptación estrecha y unívoca del realismo.
                                                                                                                                             Reynaldo González

 

Ramón Meza: Mi tío el empleado y algo más
Por Josefina Meza Paz

En el 2011 se cumplen 150 años del natalicio y cien de la muerte de Ramón Meza y Suárez-Inclán (La Habana, 28 de enero de 1861-La Habana, 5 de diciembre de 1911), figura de la cultura cubana, conocida por su obra literaria, y sobre todo, por su novela Mi tío el empleado, a la que Martí enjuició favorablemente por sus méritos, en crítica memorable. (1)

Cuando se produjo el centenario del natalicio de Meza, la Revolución triunfante le rescató del olvido en que la República neocolonial lo mantuvo. Se publicó entonces, como homenaje, un número de la revista Cuba en la UNESCO en diciembre de 1961, en que se presentó al autor y muestras representativas de su obra literaria. (2)

Un año antes Lorenzo García Vega, del Grupo Orígenes,  incluyó a Meza en su Antología de la novela cubana (3)  con una breve selección de su obra mayor, Mi tío el empleado –con lo que promovió su reconocimiento y su publicación después de 74 años de su primera edición–, y de otras de sus novelas como Don Aniceto el tendero y El duelo de mi vecino.

En 1993 Lisandro Otero, al ser consultado por una editorial española para publicar la obra de un autor cubano representativo, propuso a Mi tío… y escribió su prólogo bajo el significativo título de “Ramón Meza, el desconocido”, (4) donde lo valoró como el gran precursor del siglo XX, que resumió una época y anticipó otra, y sostuvo que fue, de nuevo, injustamente olvidado después de su rescate en 1961.

En marzo de 2005, el escritor Reynaldo González (C. de Ávila, 1940) presentó como discurso de entrada a la Academia Cubana de la Lengua su ensayo Ramón Meza: la ironía incomprendida, (5) donde hace una lúcida interpretación de la obra mayor del novelista.

Este 2011 abre la posibilidad de hacer justicia a Meza y continuar, si no completar, el estudio de su obra, pues además de sus afanes literarios cultivó temas culturales y pedagógicos, faceta esta última desconocida hasta el momento.

Ramón Meza nació en el seno de una rica familia de burgueses habaneros de larga tradición intelectual. Fueron sus padres Luis Francisco de Meza y Ma. Dolores Suárez-Inclán y González del Valle, y descendía por línea materna de Manuel y José Zacarías González del Valle, figuras relevantes de la vida cultural cubana en el siglo XIX. Estudió en el Real Colegio de Belén, dirigido por los jesuitas, y pudo disponer de la nutrida biblioteca del  abuelo materno. En septiembre de 1876 ingresó en la Universidad de La Habana y al año siguiente obtuvo el título de Bachiller en Artes. Cinco años después se graduó de Licenciado en Derecho, con 21 años.

Aunque trabajaba en un bufete, desarrolló una intensa actividad literaria en el inicio de la Tregua Fecunda, al integrar el brillante grupo de jóvenes intelectuales, de espíritu creativo y renovador, que escribió en la revista La Habana Elegante (1883-1896) y en El Fígaro (1885-¿1933?). Entre ellos estaban Julián del Casal, Aurelio Mitjans, Manuel de la Cruz y Enrique Hernández Miyares.

En La Habana Elegante Meza se destacó por su sistemática producción literaria, al publicar numerosos artículos. Allí también escribió, desde 1888, en la sección “La Joven Cuba”, en algunas ocasiones con el subtítulo Galería Mignon, en que se presentaba un autor, generalmente de la nueva promoción, su retrato físico y espiritual, y una síntesis de su proyecto cultural. (6)

Al conocerse en Cuba la publicación de Cecilia Valdés por Cirilo Villaverde en 1882 en los EEUU, despertó la admiración de la generación cubana contemporánea de este acontecimiento literario, a la que pertenecía Meza, quien estableció relaciones con su autor hasta que este murió.

Con 22 años en 1883, Meza comenzó a publicar artículos en el periódico La Unión de Güines, e inició su colaboración en numerosas publicaciones de la época en Cuba y en el extranjero, con artículos relativos a costumbres cubanas, descripciones de monumentos y lugares, biografías de cubanos y españoles ilustres y, más adelante, sobre temas pedagógicos.

Al año siguiente publicó en aquel periódico su novela corta El duelo de mi vecino y dos años después se editó como libro, junto a su otra novela Flores y calabazas. (7)

En 1887 se publicó en Barcelona su novela Mi tío el empleado, (8) después de haber dado a conocer parte de esta en La Unión en 1884 y en La Habana Elegante –con El maestro de mi pueblo– al siguiente año.

Simultáneamente, publicó en La Habana su novela Carmela, (9) la que había obtenido un accésit en los Juegos Florales celebrados a fines del año anterior, 1886,  en La Habana, por la Sociedad Provincial Catalana Olla de Sant Mus.

También en estos años escribió la novela Ilustres de vista corta, (10) sátira sobre  la aristocracia cubana, que presentó al certamen del Círculo Habanero entre 1887 y 1888, pero no fue premiada, por lo que permaneció inédita y en la actualidad se considera extraviada.

En 1889 fue presentada su novela Don Aniceto el tendero (11) en el certamen del Liceo de Santa Clara y en ese mismo año fue publicada en Barcelona.

Su novela Últimas páginas (12) se publicó en La Habana en 1891, editada por la Biblioteca Selecta Habanera, aunque antes se dio a conocer en La Lotería a fines de 1885.

Su última novela conocida, En un pueblo de la Florida (13) se escribió años después con motivo de su estancia en ese lugar durante la guerra hispano-cubano-norteamericana y sólo se publicó en las páginas de la revista Cuba y América en La Habana entre 1898 y 1899. Se considera que esta novela dista mucho de las escritas anteriormente por ser de calidad menor, según criterio de la profesora Ana Cairo, conocedora de la obra literaria de Meza.

En síntesis, nuestro autor publica sus novelas, aproximadamente, entre 1886 y 1891. De ellas, Flores y calabazas, Carmela y Últimas páginas permanecen en la tendencia romántica más aceptada por la crítica y el público, pero menos innovadoras, en tanto El duelo…, Mi tío… y Don Aniceto… siguieron una novedosa línea estética, que rompió con los cánones románticos vigentes en la novelística de la época, para optar por la sátira bufonesca naturalista de denuncia social, de menor aceptación.

A posteriori, aunque Meza continuó escribiendo artículos, conferencias y ensayos, abandona la novela con la excepción de En un pueblo…, obra fallida. ¿Qué pudo ocurrirle a este autor que después de los años mencionados parece haber perdido su capacidad de brillante y adelantado novelista?  El profesor Juan Miguel Dihigo, quien redactó y pronunció el “Elogio de Meza” tras su muerte, en 1912,  planteó que “por circunstancias de su vida tuvo que abandonar la pluma literaria que tantos éxitos le conquistara”. (14) ¿Cuáles fueron esas circunstancias?

Durante la Tregua Fecunda el novelista se vinculó al Partido Liberal Autonomista como miembro de filas y desarrolló actividades en el Círculo Liberal Autonomista de La Habana, que agrupaba a los intelectuales de esta tendencia política, aunque al continuarse la lucha por la liberación nacional en 1895, evolucionó al independentismo. (15) También viajó al Canadá en 1888 con el objetivo de estudiar las instituciones y la sociedad de ese país, con el fin de hacer posibles aplicaciones en Cuba. Al regresar publicó un folleto con sus observaciones titulado El Canadá, que apareció en El País y en La Habana Elegante.

En su viaje a Canadá, al pasar por Nueva York Cirilo Villaverde le presentó a los intelectuales de la Sociedad Literaria Hispanoamericana, los que pudieron acceder a algunos ejemplares de Mi tío… En esa ocasión Martí lo leyó y escribió la crítica que nos ha legado.

En los inicios de la década de 1890 Meza hizo estudios de Filosofía y Letras por enseñanza libre en la Universidad de La Habana y obtuvo  en 1892, con 30 años, el grado de Dr. en Filosofía y Letras. Después desempeñó diferentes cátedras en esa institución de enseñanza superior.

Recién iniciada la guerra de 1895 comenzó  su labor como profesor universitario con 34 años, como catedrático supernumerario de la Facultad de Filosofía y Letras en Historia de la Filosofía e Historia Crítica de España.

Emigró a los EE. UU. en abril de 1898 al iniciarse la guerra hispano-cubano-norteamericana y regresó a su término, pero al no haber pedido licencia quedó cesante en la Universidad, hasta que se incorporó nuevamente a la docencia universitaria en 1899, con el Plan Lanuza, como catedrático titular de Literatura Española en la Facultad de Filosofía y Letras.

Al año siguiente cesó como profesor al realizarse la reforma varoniana, pero en el mismo año obtuvo por oposición una cátedra como Catedrático Auxiliar en la Facultad de Pedagogía, y al mismo tiempo desempeñó la Subsecretaría de Justicia.

Electo como concejal del Ayuntamiento de La Habana en 1901, y a pesar de su empeño por mejorar la vida de la ciudad, fue destituido abruptamente de su cargo cuatro años después por intrigas políticas, por no aceptar las prácticas corruptas para enriquecerse a costa del Estado.

En 1906, tras la muerte de Esteban Borrero Echeverría, le sustituye como Catedrático Titular de Psicología Pedagógica, Historia de la Pedagogía e Higiene Escolar, en la cátedra que aquel ocupaba.

Al iniciarse el gobierno de José Miguel Gómez, en enero de 1909, fue nombrado Secretario de Instrucción Pública y Bellas Artes, cargo que desempeñó hasta abril de 1910, y al cesar se reincorporó a la docencia universitaria hasta su muerte, el 5 de diciembre de 1911.

Imprenta El Siglo XX, de Aurelio Miranda, 1911.>>

En sus últimos años publicó artículos, discursos, y trabajos históricos entre los que se destacan sus estudios biográficos sobre el educador Eusebio Guiteras y el pintor Miguel Melero; el excelente ensayo sobre su amigo, el poeta Julián del Casal; y su discurso en elogio del General Máximo Gómez por su muerte, y hasta una Historia de la educación cubana que no llegó a concluir por su prematuro y sorpresivo deceso.

A manera de conclusión, su trayectoria intelectual  puede resumirse como sigue:

Período de formación, en que inicia sus primeros estudios, hasta graduarse de Derecho en 1882 con 21 años.

Período literario, entre 1883 y 1895, de los 22 a los 34 años, en que es un joven recién graduado de Derecho, con marcada vocación por la literatura. Es en ese período que contribuye asiduamente con las páginas de La Habana Elegante y otros periódicos, y publica sus novelas más importantes, entre ellas Mi tío….

Período pedagógico y de actividad pública entre 1895 y su muerte en 1911, de los 34 a los 50 años. En 1895, al ingresar en la UH como profesor, inicia una carrera magisterial que lo inclina hacia los temas sobre educación, y desempeña a la par decisivas responsabilidades públicas: Secretario de la Sociedad Económica de Amigos del País, Subsecretario de Justicia, concejal del ayuntamiento y Secretario de Instrucción Pública y Bellas Artes.

Enero, 2011.

Notas

(1) José Martí. “Mi tío el empleado, novela de Ramón Meza”. Obras Completas. Edit. Nacional de Cuba, 1963. T. 5 p. 125.
(2) Comisión Nacional Cubana de la UNESCO. Revista Cuba en la UNESCO. Homenaje a Ramón Meza. La Habana, dic. de 1961 (número a cargo de Mario Parajón y Lorenzo García Vega).
(3) L. García Vega. Antología de la novela cubana. Dirección General de Cultura. MINED. La Habana, 1960.
(4) Lisandro Otero. “Ramón Meza, el desconocido” (Entrevista a manera de prólogo). En: De Gutenberg a Bill Gates. Edic. Prensa Latina, La Habana, 2002, p. 67.
(5) Reynaldo González. “Ramón Meza: la ironía incomprendida”. Discurso de entrada a la Academia Cubana de la Lengua, La Habana, 18 de marzo de 2005. En: Boletín de la Academia Cubana de la Lengua, La Habana, enero-diciembre de 2004-2006, p. 23.
(6) Ana Cairo. Manuel de la Cruz, “La Joven Cuba” y José Martí. Revista Universidad de La Habanano. 246, enero-diciembre de 1996, p. 203.
(7) El duelo de mi vecino. Flores y calabazas por R. E. Maz (uno de los seudónimos de R. Meza). Habana, 1886. 162 págs.
(8) Ramón Meza. Mi tío el empleado. Barcelona, 1887. 2 tomos.
(9) Ramón Meza. Carmela. La Habana, 1887. 205 págs.
(10) Manuel de la Cruz menciona “Ilustres de vista corta” en su retrato de Ramón Meza en Cromitos cubanos, Edit. Arte y Literatura. La Habana, 1975, p. 255.
(11) Ramón Meza. Don Aniceto el tendero. Barcelona, 1889, 186 págs.
(12) Ramón Meza. Últimas páginas. Habana, 1891, 184 págs.
(13) Ramón Meza. En un pueblo de la Florida. Revista Cuba y América. Habana, 1898-1899, 17 números).
(14) Juan M. Dihigo. Elogio del Dr. Ramón Meza y Suárez-Inclán. Habana. Imprenta El Store   1912.
(15) A partir de 1896 Meza escribió algunos artículos en forma de cartas al periódico Patria, en que reportó sobre la marcha de la guerra en Cuba y se mostró a favor de la independencia: “Carta de La Habana” (25 de enero); “Carta de Cuba” (8 de febrero y 4 de marzo) “Carta de La Habana” (18 y 21 de marzo, Patria, NY, 1896).

 

La narrativa de Ramón Meza
Por Enrique José Varona

<< .Barcelona, Imprenta de Tasso Serra, 1887.

Dos novelas cubanas (1)

"Haec nugae seria ducent" (2)

Nada hay tan funesto para un artista novel como la preocupación de ser clasificado. Sin espontaneidad no existe la obra de arte; y el que comienza por someterse sistemáticamente a los procedimientos y maneras de una escuela quiere volar con hierros en los pies. Esto le ha pasado punto por punto al autor de un cuento y una novela corta que acaban de salir a luz en esta capital. Por entre cada línea parece asomar el autor diciendo, con sonrisa discreta: "No olvide usted que soy naturalista. Mire usted que me he bebido bien a Zola. ¿Qué le parece de esta descripción? ¿No está hablando ese lagarto con sus pústulas y su líquido viscoso? ¿Qué tal este rasgo escéptico? ¿Conozco bien la futilidad y la perversidad humana? Esto es determinismo puro."

Pero resulta que a fuerza de empeñarse en ser naturalista, carece de naturalidad, que es lo peor que pudiera resultar a un novelista en ciernes; como lo es, a pesar de todo, el señor R.E.Maz. (3) Constituye una novela el asunto, el argumento; la sostienen los caracteres; le da color y tono la observación psicológica; la hace atractiva el estilo. No hay artificio de sistema, ni manejos de taller que den vida a lo que está muerto, ni interés a lo que es insulso y frío. Describir no es copiar catálogos, ni inventariar cachivaches; y un rasgo trivial, por muy escéptico que sea, no basta para penetrar en las profundidades del espíritu menos intrincado. Zola, cuyo objetivismo es poderoso, ha sabido encontrar asuntos; aunque contempla por un solo lado la naturaleza humana, la penetra profundamente, y ha logrado animar más de una figura; su estilo, por la fuerza, es de un maestro; pero ha erigido en ley la manera, describe a destajo hasta fatigar, hasta marear, tiene preferencias muy poco cultas y se toma las mayores libertades con los maniquíes, que quiere dar muchas veces por hombres, y constituir en documentos humanos. Si esto hace el pontífice, ¿que harán los acólitos? No es Zola lo malo del naturalismo de Zola, por el contrario, es lo único bueno; lo malo es la turbamulta de los imitadores. Estos han desconocido los méritos, por donde entra por derecho propio Zola en los dominios del arte, y han repetido, exagerado y multiplicado los desaciertos, que a pesar de toda la arrogancia del maestro, no han pasado de procedimientos mecánicos de obrador. No son lo mejor, ni con mucho, en sus novelas las descripciones. Zola no llega a los grandes pintores de la palabra, como Ariosto, cuyo arte exquisito ha tenido muy pocos herederos; ni siquiera a su modelo Flaubert. Se permite las mayores inconveniencias de lenguaje, lo que es tan antiguo como la literatura, y no tiene nada que hacer con esta, pues es caso de buena o mala educación. El abstine de los estoicos serviría maravillosamente para repetirlo a ciertos escritores, y por algo dijo el viejo consejero de los Pisones: "Difficile est proprie communia dicere". (4) Pero el defecto capital del renovador del naturalismo consiste en lo artificial del carácter de los más de sus personajes. Son producto de un laborioso proceso de abstracción, y están bastante lejos de la rica complejidad de la naturaleza, de aquel ser divers et ondoyant que conoció tan bien su compatriota Montaigne. Es verdad que así se escurre fácilmente de las manos, y no sirve para las exigencias de la demostración; pero también es verdad que el novelista no está obligado a demostrar nada; y he aquí lo falso del naturalismo militante y fisiologizante de Zola. Por supuesto los discípulos se han apoderado de toda esta vana armazón, porque es la más vistosa, y describen a destajo, hablan como en la taberna y la galera sus comensales, y montan unas cuantas máquinas-hombres, que sirven a maravilla su papel de títeres. Con esto no es difícil escribir una novela.

No queremos decir que estos grandes defectos aparezcan todos en el libro del discípulo que se ha encontrado Zola en Cuba; sino que a seguir por la pendiente no tendría nada de extraño que diera en ellos. Hoy por hoy no hay sino la excesiva afición a describir, y conatos de hablar en crudo, más cierta pretensión inocente de malicia y de experiencia del mundo, todo mezclado por mano todavía en realidad muy poco experta. Lo que más choca en las dos narraciones naturalistas es la falta de colorido local. Se anuncian como novelas cubanas, y no se ve por donde lo sean. En Flores y calabazas, de las dos la única que merece atención, hay bosquejado un carácter, que podía dar margen a un estudio interesante, pero se queda en bosquejo. Y aquí vamos a notar como, tomando los defectos, no se toman los aciertos de los maestros. Zola hubiera quizás trazado el perfil de Blanca, pero no se le hubiera ocurrido darle trece años de edad. Esto falsea de tal modo el relato, que lo que puede hacer el lector bien intencionado es olvidar tamaña incongruencia, y sumar tres o cuatro a los años de la graciosa jovencita, que pasea por el gran mundo, que ya tiene amantes y a quien su padre quiere casar. Otro ejemplo, aunque de diversa índole, ofrece la bella descripción del jardín con que comienza la novelita. Precisamente lo que más se elogia en Zola es lo impersonal de sus obras; ¿se concibe que rematara un cuadro con una excusa de falsa modestia? No sería él quien escribiera esta frase: "He aquí descrito, muy toscamente por cierto, el teatro, etc." Y puesto que citamos una frase del libro, no debemos pasar por alto que en su dicción chocan de cuando en cuando singulares impropiedades, extrañas en quien se muestra aficionado a citar a Meléndez, escritor empalagoso, pero correcto, a Moratín y hasta a Fray Luis de León y Garcilaso. Es difícil saber qué quieren decir las bocamangas de un chaleco o dos manojos de crenchas, ni mucho menos como pueda ser argentino el rumor del agua que salpica sobre el agua.

Así y todo, nos parece que el Sr. R.E. Maz tiene dotes de escritor y de novelista. La lección de esgrima (El duelo de mi vecino), aunque de un cómico muy próximo a lo bufo, está escrita con donaire; Blanca es una figura graciosa y simpática; en Flores y calabazas hay los datos para una narración interesante; su epílogo es patético. ¿Qué necesita el Sr. Maz? Trabajar mucho, sin duda, pero sobre todo estudiar más la naturaleza y menos a Zola. ¡Hay aquí tanto que observar! Lo pintoresco abunda dentro y fuera de nosotros; el problema humano se nos complica con elementos que nos son bien privativos. La cosecha sería abundante para el que supiera escoger y segar. Cuando lo haga el señor Maz, entonces escribirá verdaderas novelas cubanas, si lo desea, y nosotros aplaudiremos el éxito que desde ahora le auguramos.

 

Carmela (5)
(Fragmentos)

El arte en sus manifestaciones supremas es trágico o es humorístico; o el dolor severo o la risa dolorosa. Porque en la naturaleza y en la historia, desde el punto de vista de la sensibilidad, que es la región del arte, lo que predomina es el dolor. ¿Hay algo más interesante, más artístico que la Polyxena, del teatro griego, doncella feliz que ama la vida y la dulce claridad de los cielos, nacida en el trono, prometida de reyes, a quien sorprenden la esclavitud, la miseria, el papel de víctima propiciatoria, y se adelanta a la muerte serena, tranquila, diciendo con voz entera su adiós patético a la naturaleza, que le había sonreído, y a suyos, que la habían amado? Solo la Juana Grey de la historia, la niña de diez y siete años, que escribe momentos antes de entregar al verdugo su cabeza inocente, que había ceñido una corona efímera: "Hay el día en que se nace y el día en que se muere: el de la muerte es el mejor." No se necesita que el artista se lamente; basta que sienta y refiera. Y como el dolor es inagotable, el arte lo es también.

Aquí tenemos un libro, de cortas dimensiones, que nos refiere una breve historia, que empieza como una aurora de mayo, con mucha luz, mucha fragancia y el rumor universal de la vida que brota y bulle en la savia y en la sangre nueva, y se acaba presto, como tarde bochornosa, a que han faltado el sol y la brisa refrigerante, y en que se apetece la oscuridad y el silencio de la noche. Es la sencilla narración de un caso, como hemos visto muchos; de una existencia que algo –diremos la fatalidad– quiebra porque todo en ella es demasiado frágil para resistir una presión brutal; de una joven que fue criada con mimo, que vivía contenta, que amó, y fue amada y burlada, no por su amante sino por la posición y educación y los instintos de su amante, con el favor y la complicidad de todo el orden social. Iba ella por un camino llano, pero había al lado un precipicio oculto, fue impelida, cayó, volvió a levantarse, y al fin tornó a rodar, no sabemos dónde. El hecho es tan sencillo, tan frecuente, tan natural, que no se concibe que pueda interesar. ¡Ah!, nada hay más interesante que lo sencillo, frecuente y natural, cuando logra tocarnos y conmovernos, haciéndonos recordar que por todos estos caminos nos pone asedio el dolor. Como somos unos entre tantos, nos reconocemos en estos que ahora sirven de ejemplo. Esa historia vulgar es en verdad interesante, y el señor Meza ha sacado partido de ella, al concebirla y al presentarla al lector. Ahora ha escrito una novela. A nosotros los cubanos no nos interesará más que a otros lectores; pero nos gustará más; porque la observación ha madurado rápidamente en el autor, y el cuadro que ha dibujado para sus personajes tiene excelente colorido local. Hay más, y esto es lo que hace realmente que su novela sea de costumbres cubanas; el resorte oculto de la acción, el elemento trágico de ella está precisamente en nuestro modo de ser social; es nuestra sociedad lo que envuelve y penetra los personajes, los mueve y da la razón a sus acciones. Cada uno de ellos es como es, porque ha nacido o vive en Cuba; colocados en otro medio social, sus actos y el desarrollo del drama en conjunto habrían tomado otra forma o carecerían de sentido. En esto estriba precisamente el tono, o el colorido, o el sabor local; no en las meras descripciones ni en el color de los personajes. Además en estas páginas en que el autor no ha hecho gala de naturalismo, ha sido verdaderamente, sin esfuerzo, naturalista. Sus personajes principales viven de veras, los conocemos, los hemos tratado; ha diluido en su obra los elementos cómicos, y hasta los bufos, con habilidad, en la proporción en que se encuentran en la naturaleza, casi nunca aislado, pero avivando el contraste con lo patético que domina. Así es realmente la vida; y así la reproduce el arte.

No negaremos que todavía el cincel tropieza a veces con alguna dureza de la piedra y se desvía; la mano está más firme, pero aún no tiene toda la seguridad necesaria; no negaremos que aún chocan al lector de cuando en cuando extrañas impropiedades de lenguaje, por más que el estilo gana visiblemente en soltura y precisión; pero todo esto es secundario; y considerada en conjunto Carmela es una de las más bellas novelas que se han escrito entre nosotros. Parece una hermana menor de Cecilia Valdés, pero con no pocos de los atractivos de la mayor.

 

Mi tío el empleado (6)

Editorial Letras Cubanas, 1980.>>

¡País de pillos! Si hay hombres que dejan memoria de si por un solo acto de su vida, D. Vicente Cuevas es un personaje de novela que vivirá solo por esta frase. Porque en realidad esta muletilla, que no se le cae de los labios, es un hallazgo y una revelación. El autor ha logrado hacer de ella un foco de extraordinario poder lumínico, que baña en súbita luz nuestro hombre, y nos lo deja indeleblemente retratado en la imaginación. Una fotografía instantánea.

Vemos, para no olvidarlo más, al palurdo inculto y malicioso, que de todo desconfía en fuerza de su ignorancia y a todo se atreve, impelido por su audacia. La codicia lo deslumbra, y con tanto ahínco desea medrar, subir, ser, estar en lo alto, que el camino oblicuo le parece el recto, sus manejos equívocos el procedimiento normal, sus fraudes y prevaricaciones el mero ejercicio de su empleo; y acaba por extrañarse del disimulo que ha de emplear, como si fuera una hipocresía insolente de la sociedad, que no cierra bien los ojos, y por irritarse contra los obstáculos que lo detienen al paso, como si se los pusiera la hostilidad o la perfidia de las que se llaman gentes honradas. ¿Por qué no lo dejan?, ¿por qué no le abren camino? Tropieza el negocio: ¡país de pillos!, regatea la víctima: ¡país de pillos!, hay un jefe recalcitrante: ¡país de pillos!, se estanca el expediente: ¡país de pillos!, sí, de pillos que estorban al bueno de don Vicente, que no desea mal a nadie, sino ser rico, poderoso e ilustre, pues para eso vino de España en el bergantín Tolosa, y tomó posesión de su parte de tierra americana, con buenas recomendaciones en el bolsillo.

El Sr. Meza ha concebido muy bien su héroe; su tipo ha delineado con rasgos precisos en su fantasía; lo conoce y nos lo da a conocer. Sin embargo, resulta algo muy singular, leyendo su novela. A medida que adelantamos en la lectura, el personaje pierde en precisión, al fin lo conocemos menos que al principio. Y no es porque sea un carácter muy complicado, lo contrario, puede decirse que es el hombre de una sola idea. Sino porque el autor ha sabido caracterizarlo; pero no ha sabido desarrollarlo. El Sr. Meza carece aún –y esto no es de extrañar, porque es muy joven– de verdadera penetración psicológica. Ve bien los objetos, y por lo tanto las personas, pero no penetra mucho más allá de la superficie. Por esto, aunque ha sorprendido en la realidad un verdadero tipo, y ha logrado sugerir todo lo que significa, ha sido, como hemos indicado antes, por una especie de iluminación súbita, por dos o tres rasgos de excelente efecto; pero no por el desenvolvimiento de la acción, preparada diestramente para ir poniendo de relieve todas las fases o todas las situaciones de un carácter.

Por esto mismo resulta que la creación del autor en esta novela no es mi tío el empleado, que llena los dos tomos, sino Clotilde que ocupa solo algunas páginas. Esta aparición, pues apenas puede llamarse otra cosa, de la mujer únicamente bella, especie de estatua que tiene solo la vida necesaria para dar brillo a los ojos, expresión a las facciones y suave y ondulado movimiento al seno, nos parece lo mejor de la obra. La pintura es sobria y llena de vida. Erguida en el coche o recostada en el diván, de codos en el piano, o de brazo del esposo bajando la escalera, siempre serena, triunfante siempre, sin una nube en el pensamiento, sin tener en qué ocu­parse, ni de qué preocuparse, puesto que nada contraría la perenne radiación de su belleza. No es buena, ni es mala, no es egoísta, ni desprendida, es bella. Ha descendido al mundo y se ha encontrado sobre una alfombra mullida, se ha incorporado y se ha sentido en un pedestal; se ha visto en el espejo y se ha deleitado en su propia imagen. Vivir le parece fácil y agradable, y vive. Ni le pidáis más, porque se sorprendería. No le habléis de la pasión, del deber, del sacrificio, porque abriría sus grandes ojos húmedos y claros, y os miraría sin deciros nada. No os ha entendido.

Con dos personajes y hasta con uno hay para una novela, y sin embargo, este libro no nos deja la impresión de conjunto de una verdadera obra de esta clase. Parece hecha a retazos. Sus capítulos producen la impresión de croquis tomados rápidamente al paso, y retocados con elementos de pura fantasía. En el fondo hay algo real, algo que se ha visto, pero hay demasiados accesorios que resultan postizos. Por eso en vez de una sátira de costumbres, como ha querido su autor, ha resultado una serie de caricaturas. El autor ha imaginado más que ha observado; y lo malo es que la obra debiera ser de mera observación, para los fines que se ha propuesto su autor.

La culpa no es completamente suya; los defectos en que abunda la obra nacen de las exigencias del género a que pertenece para las que aún no está preparado. El humorismo es producto de la madurez del espíritu. Hasta que el hombre no ha visto mucho, no ha podido abarcar a la vez los dos polos de la vida humana; el anverso y el reverso de todas las cosas, de las grandes y las pequeñas; no ha descubierto los matices insensibles por donde la virtud va degradándose hasta convertirse en vicio, ni ha aprendido a transparentar lo risible a través de lo sublime; y hasta entonces sabe reír a carcajadas y sabe llorar amargamente, pero no sabe mezclar la sonrisa irónica con la lágrima compasiva. Esa disposición especial del espíritu que no se indigna del todo, ni del todo se resigna ante el mal del mundo, que juzga inevitable, y quizás, quizás incorregible, esa disposición que es la de los verdaderos humoristas, ha sido reservada a muy pocos, y sobre todo no ha sido nunca patrimonio de la primera juventud. Casi todas las gran­des obras humorísticas han sido escritas por hombres entrados en años, Ariosto pasaba de los cuarenta cuando publicó el Orlando, y no le dio su forma definitiva hasta los cincuenta y ocho años. Cervantes tenía cerca de sesenta cuando dio a la estampa la primera parte de El Quijote. Sterne contaba cuarenta y siete años, cuando comenzó a publicar su Tristan Shandy, y Le Sage esta misma edad cuando imprimió el Gil Blas. El autor que ha empezado más temprano a escribir una obra humorística de gran extensión ha sido Byron, y ya tenía treinta, cuando comenzó el Don Juan, y luego, iqué vida la de Byron!

No es decir esto que creamos al joven novelista incapaz de escribir en este género, pero nos parece que aún no le ha llegado su tiempo.

Prescindiendo de estas observaciones generales, tenemos otra más par­ticular que hacerle; lo encontramos todavía muy preocupado de imitar sus modelos. Hay lugares en que aparece demasiado viva la reminiscencia. Don Vicente, en la cazuela de Tacón, apostrofando al público que sale del patio, sin mirarlo, ni saber que existe, recuerda al punto al Nabab de Daudet en situación muy parecida. La cocina de las Armández evoca forzosamente ante nosotros la de aquellos buenos marqueses de Vetusta, que frecuentaba la Regenta de Leopoldo Alas.

Aquí hay un peligro para el joven autor. El novelista debe desconfiar de los documentos escritos, y buscar los documentos vivos. Es decir, que debe procurar ver el mundo real y verlo directamente, nunca con la vista de otro, por penetrante que esta sea, nunca a través de las páginas de otro autor, por mucho que le seduzcan. El lenguaje se aprende en los libros, pero nada más que el lenguaje. Aún el estilo se forma, no se aprende. Para ser original hay que decir lo que uno ha observado. Solamente así se puede llegar a ser interesante. En Carmela nos da mucho el autor de su fondo propio, y Carmela nos interesa vivamente. En Mi tío el empleado nos da poco; por eso nos divierte a ratos, y nada más.

Voltaire ha encontrado la fórmula de lo que necesitan las obras de esta clase para durar, cuando dijo que el Gil Blas se había perpetuado "parce qu'il y a du naturel." Aquí está todo; es decir, aquí está toda la dificultad.

Notas (de la edición anterior)

(1) Estas novelas son, como se verá. Flores y calabazas y El duelo de mi vecino. To­mado de: Revista Cubana, t. III, enero-junio, 1886, pp. 465-468.
(2) "Estas simplezas se considerarán importantes." [Las traducciones del latín se deben al lic. Amaury Carbón.]
(3) Seudónimo con que publica las dos obras Ramón Meza en la imprenta La Propaganda Literaria, en 1886.
(4) "Nombrar con propiedad las cosas comunes es difícil."
(5) Tomado de: Revista Cubana, t. V, enero-junio, 1887, pp. 372-375.
(6) Ibídem, t. VII, enero-junio, 1888, pp. 86-89.

Tomado de: Letras. Cultura en Cuba. t.4. Prefacio y compilación de Ana Cairo. La Habana, Editorial Pueblo y Educación, 1987, pp. 205-212 .

 

De Rafael María Merchán a Ramón Meza

Sr. D. Ramón Meza

Tomado de la Revista de la Biblioteca Nacional,1909.>>

Muy estimado amigo:

Sus últimas y muy apreciables cartas y su novela D. Aniceto el tendero, me llegaron en días tristes, cuando estaba muy grave una hijita adorada, que murió el 3 de marzo.

Acabo de leer su obra, y debo a la amistad con que usted me honra y a la sinceridad, que es la primera ley de la crítica, tal como yo la entiendo, una opinión franca, como usted la pide y como yo no puedo menos que darla.

Hay en este libro, como en Mi tío el empleado, dos cosas que considerar: su escuela y su talento.

La escuela no me gusta: esto de no tomar de la sociedad sino los tipos más imperfectos, exhibirlos a toda luz y convertir la novela en un museo de fealdades, so pretexto de que el mundo abunda en ellos, es no decir más que la mitad de la verdad; porque los pobladores de nuestro planeta, ya que no somos todos héroes ni santos, tampoco estamos todos viciados. Si realismo es la reproducción de lo real, naturalismo de lo natural, y si la literatura deja de ser un elevado arte pictórico para transformarse en el arte mecánico de la fotografía, nos queda aún el derecho de exigir a esta que retrate todo lo que hay, que no esconda detrás de canceles las virtudes, las hermosuras del carácter y del corazón, que no dirija exclusivamente su foco a los objetivos menos admirables.

Tal es la censara principal que se ha hecho a esas escuelas, y en mi concepto, con razón.

Usted es adepto de la doctrina en boga, y eso es lo que yo no aplaudo enteramente; pero una vez dentro de ella, reconozco que su talento se mueve a sus anchas, que comprende usted bien los nuevos preceptos, y que si fuera usted parisiense, tendría usted reputación universal y más merecida que la de algunos novelistas franceses, muy inferiores a usted. En ese sentido no se le pueden hacer cargos, pues sería como si a un cirujano se le increpase porque no construye alcázares o puentes.

En las condiciones peculiares de Cuba, y una vez admitida sin discusión la teoría realista, las dos novelas de usted me parecen literariamente buenas; pero, socialmente, peligrosas. ¿Pues no ve usted que los extranjeros que las lean pensarán que los españoles se propusieron degradar la sociedad cubana, y que lo han conseguido? En sus libros consta el apocamiento colonial, pero no nuestra reacción; el miasma de los dominadores, pero no nuestros esfuerzos por elevarnos a atmósfera más pura. Los españoles mismos dirán: he ahí cómo son los cubanos; esa gente merece el destino que le hemos dado.

No, mi querido señor Meza. Permítame unir a mi aplauso literario un reproche patriótico. Los españoles han querido hacer a Cuba así como usted la pinta, y no lo han conseguido ni a medias. Tenemos más virtudes de las que ellos pueden ver con buenos ojos, más alma de la que su materialismo ha querido consentirnos. Usted lo sabe muy bien, y yo no culpo ni a la inteligencia ni al patriotismo suyos, sino a las estrecheces de su escuela.

Si yo poseyera sus dotes para escribir obras de imaginación, tomaría esos cuadros que usted traza diestramente, y los completaría: al lado de esas figuras pondría la de la cubana abnegada, la de la madre santa y adorable que inspira a sus hijos amor a la libertad; la del padre honrado, inteligente, sus medios de acción para sobresalir en nada, porque España lo encierra en círculo férreo; abatido, pero no resignado, ni humillado, y trazaría con todas las vergüenzas españolas, y con toda la dignidad cubana, la esterilidad de nuestras aspiraciones y el naufragio de nuestras inteligencias. Y haría más: modelaría un tipo de peninsular probo, amante de su nacionalidad, pero indignado contra esta prolongación de la conquista en que Cuba se sofoca; que simpatizase con nuestras aflicciones y reconociese la razón de nuestras quejas, y se captase así la estimación de los cubanos para que en España vean que lo que odiamos en ella no es su nombre, sino su despotismo.

Mientras en Cuba no haya régimen liberal y digno con independencia o con autonomía, creo que todo el esfuerzo de nuestras letras debe tender a combatir las causas que lo impiden: toda nuestra literatura debe ser política. La de usted lo es; pero se limita a decir lo bueno que hacemos y a que aspiramos nosotros.

Quizás así nos separemos algo (en la novela) de la pauta de las escuelas francesas, pero eso no me intranquiliza: literatura por literatura, la inglesa vale tanto como la de Francia, o la supera; es más sana y robusta y no nos da los ejemplos perniciosos que la otra.

Debo añadir que D. Aniceto el tendero, como Mi tío el empleado, son para mí ecos vivos de la patria, sueños deliciosos en que se reflejan imágenes inolvidables de tiempos que fueron. Esos almacenes iluminados y repletos de mercancías, esas retretas del Parque, esas rosas y azucenas de la ventana de María, esas góticas agujas de la iglesia del Ángel, ese campanario del Monserrate que se destaca sobre los muros de los edificios y sobre el mar azul, esas puestas de sol, como no las hay en el resto del mundo, esas pobres costureras agobiadas de trabajo, hasta el mozo tendero que riega la calle con su manguera de caucho, y la zanjita de agua que corre entre los adoquines, todo tiene para mí un encanto inefable, un perfume de la patria muerta, que llenan mi alma de la dulce tristeza de la nostalgia.

Le doy las gracias por su libro y por el recuerdo que hace de mí. Ojalá que pronto favorezca a nuestra literatura con otra nueva producción.

Siempre suyo, afectísimo amigo y compatriota:

Santa Fe de Bogotá: mayo 21 de 1890

Tomado de: La Habana literaria, sept-oct de 1891,  pp. 153-155.

 

Prólogo a Mi tío el empleado
Por Lorenzo García Vega

(Fragmentos)

<< La Habana, Dirección General de Cultura, Ministerio de Educación, 1960.

Es lo nuestro. Pero ha tenido que ser así: para acercarlo, tocándonos la inmediatez de su anécdota, ha debido hacernos sentir el desarraigo de alejamos las figuras, de manera que sus palabras y sus ademanes parezcan incomprensibles. ¿Incomprensibles? No...no se podría decir tanto. Porque es el caso, bien extraño por cierto, que al partir el novelista, en la aventura de alejamos a las figuras, se ha entrelazado una especial suerte de ternura anecdótica, como la que se desprende de los detalles que podemos centrar con el recuerdo, a esa lejanía exigida por su relato. Con ello, entonces, empezamos a ver, que aun cuando las figuras sean alejadas, las situaciones y anécdotas de donde han surgido, están febrilmente arraigadas a la más intransferible e inefable zona de nuestra vida, hasta proponemos así, toda una inquietante forma de explicarnos esta desazón, este desarraigo que no acaba de serlo del todo. Y esto es así, porque es indudable, que Ramón Meza llegó al apresamiento de algunas de nuestras realidades, con una inmediatez, que le separa de la retórica tradición de su tiempo, y donde el sin sentido de la vida cubana, toma un galope, un febril reguero, que le entregan a su novela una dimensión cercana a nosotros. La crítica de nuestras costumbres, queda solamente rozada, con apretamiento de inconexos sucesos, donde las estampas, borroneadas por el absurdo, hacen una pintoresca cuestión, con algo de infantil desparpajo en los hechos donde tocan, y sin que el inútil derrame oratorio de los novelistas cubanos anteriores a él, cruce por sus páginas. Y así aquí, en su novela Mi tío el empleado, el relato del sobrino va creando ante nuestros ojos, una desmesurada confusión de sucesos sin sentido. Su narrar, que se estrena con el deslizamiento de una picaresca, va tomando, al topar con el cenizoso mundo de lo administrativo –que ha sido uno de los rostros de nuestro destartalo–, toda una suerte de deleznables vicisitudes, en que, a fuer de carecer de contenido, los gestos de los personajes van tomando el trazo de descompuestos muñecones.

El referir todo esto, nos exigiría un lujoso desarrollo de contrapuntos, de antítesis entre la inmediatez de la anécdota, y la incomprensibilidad de los gestos de las figuras. Pero, he aquí, que sin detenernos en la peregrina irradiación que esta antítesis pueda ejercer sobre nosotros, nos vemos precisados, a tan siquiera señalar una nueva sorpresa, sorpresa que consiste, en percatarnos de que poco a poco, el aparato de gestos de los personajes (en esa mímica absurda, como de película silente, que puede crear el novelista, al relatar los sucesos en lo que podemos llamar su lejanía), tiene un como rostro expresionista, donde las peripecias, y aun las pasiones con que nos topamos, nos muestran su revés de poder ser vistas como cosas, o como garabatos de acontecimientos, que paradójicamente han perdido su sentido, a fuer de ser humanos. Sorpresa ésta, que no nos perturbaría más allá de sospecharla como una lujosa tira de metamorfosis, si no empezáramos a saber, que desde su extraño relieve, las peripecias de nuestro paisaje adquieren una calidad dialogante, una forma de acercamiento hacia nosotros. Y, como muestra de esto, surgido en paradoja e inquietantes antítesis, no podía dejar de llegar a ser la prisa, lo apresurado y a medio-hacer, la nota que, en primer topetazo, de este relieve de la novela de Meza se acercara hacia nosotros.

La prisa nuestra, la que se lleva sin ningún fin, como a regañadientes; la prisa que riega objetos desconcertantes, objetos como abocetados en el barullo de su absurdo, está en este novelista, pero con escasos detalles que, sin embargo, al ser colocados dentro de esa dimensión de la pobreza tierna, que alcanzó su esplendor en Martí, nos aturde y emociona con su misteriosa proximidad.

Así, en la novela D. Aniceto el tendero, el personaje deserta de sus operaciones en la Bolsa. Esto es, como todo lo nuestro, con desparpajo. Esto, tal parece que no va a dejarnos nada, pero una pequeña voltereta en la fílmica proyección del novelista, nos dice de la abandonada silla de asiento de cuero del personaje, "sin pelo ya y lustrosa con el roce".

Entonces volvemos, ¡y cuántas veces hemos de volver a esto!, a retar esa antítesis, primeramente señalada, entre la lejanía y lo inmediato. A retarla en lo de prisa, en lo de a medio-hacer; y viendo cómo, del desbarajuste de sucesos que parecen fílmicos, se nos fija lo casi tierno de un taburete sin pelo. Y al hacérsenos una alucinante necesidad, el explicarnos la causa del girar de esa tensión, nos movemos ya, dentro de una de las zonas, de lo que ha de ser expresado en nuestro paisaje.

Así, que la anécdota de entrañables recuerdos, se mueve dentro del galope de la prisa; que el desbarajuste, intercala filigranas armónicas, extrañas proliferaciones que parecen surgidas de la mano de un instrumentista. Y todo esto, pareciéndonos a veces, que Meza lo ha hecho posible, por haber talado todo el boscaje farragoso de adjetivos, con que los relatos anteriores a la aparición de sus novelas, denunciaban las malas asimilaciones ciceronianas de sus autores; y por haber salvado, también, eso que se lleva de lento peso en lo modernista. Pues en él, las cosas se revuelven y entrelazan con el aire de lo fantasmal, por lo que, la preciosista descripción de un acuario, en una sala abigarrada de objetos, no nos molesta con lo artificioso de un refinamiento finisecular, sino que, se torna sombra, o desatado conjuro, de aquello que nos va rodeando.

Sobre esto, es de notar la simplicidad con que Meza conseguía sus más fantásticos efectos: un saludo o un gesto, un apenas parpadeo de los personajes; y detrás el fondo, secamente expresionista, cruzado por una luz de bambalinas. La aparición del mendigo desconocido en Mi tío el empleado, efecto que puede ser utilizado por el folletín, denota esto, al desmesurarse este relieve, por el contraste del contorno en que la enigmática figura aparece, y que consiste en la balumba de irreales luces con que la oscuridad del personaje se perfila. También, el cambio de perspectivas en esta novela, se marca por lo sencillo de una diferencia en el relatar: en el primer tomo, el relato es referido por uno de los personajes; en el segundo, el novelista toma la descripción. Esta diferencia, señala intuitivamente, los distintos trazos de la novela. En la primera parte, la atmósfera de pesadilla, del irreal sin sentido, requería el asombro del personaje narrador; en la segunda parte, la transformación de Vicente de las Cuevas en el Conde de Coveo, aunque pudiera ser vista como una deficiencia del relato, por la un tanto sorpresiva y arbitraria separación de la continuidad en el narrar, acaba por envolvernos, sin embargo, por un como espectral jugar, por un como onírico desvarío que atrapa nuestra atención.

Tomado de: Mi tío el empleado. La Habana, Dirección General de Cultura, Ministerio de Educación, 1960, pp. V-XVII.

 

Ramón Meza: Tersitismo y claro enigma
Por José Lezama Lima

.Dador ediciones, Málaga, España, 1991.>>

De acuerdo con su devoción homérica, en la que hace una incrustación de su temperamento, para arrancar el aquilismo y poner en ese sitio el tersitismo, Ramón Meza debe haber soñado con Tersites, en lugar de seguir la moda en sus ensoñaciones adolescentarias, de apegarse con Aquiles Telamón, con El Domador de Potros, con Diómedes el de la principalía, protegido por la diosa de ojos de lechuza. Tenemos la lectura, la más acuciosa que realizó, de La Iliada, de la que deriva su Tersites y sus transmutaciones. De Tersites debe haber acudido a Troilo y Cressida, la otra cara de Romeo y Julieta. En ese reverso hay infidelidad, sensualidad, traición de los enamorados, intervención de los consejos del hechicero Tersites. Toda la situación en los cuatro ángulos de la escena. En un ángulo, Cressida y Diómedes, infidelidad y burla. Troilo y Ulises, amante y consejero, por el otro. Tersites, burlón, hombre y mujer, se pasea sonriente, ocupando el tercer ángulo. Y una cuarta situación, retirada ya Cressida cuando Troilo queda a merced de Ulises, que lo aplaca, irritándolo, y por el otro, Tersites que lo pincha con sus burlas, motivándole una irascibilidad razonadora. En ese cuadro la pasión es innoble, la razón se dirige, en la más habitual y peligrosa de sus antítesis, a destruir la pasión, el cinismo es meramente brutal. La infidelidad, tosca y sádica, se retira, dejando las tres situaciones anteriores en su infelicidad e inferioridad.

Ahí está ya Ramón Meza, en sus transmutaciones. Los personajes de Meza no sufren metamorfosis pues no cambian de forma sino de disfraz, mucho menos podemos hablar de metanoia, cambio de esencias. El emigrante inmediato, el calderero, el noble falso, el apasionado disfrazado, el buscador de himeneos ricos, el consejero equivocado, varían en sus disfraces, en su marco de presentación, pero persisten en su esencia descencional y fría, son siempre unos jayanes. Todos sus personajes dándole vueltas a Tersites, el que une y separa las serpientes, el de la cínica declaración a Juno en las polémicas con Júpiter, el que se queda ciego por castigo de Juno, el que adquiere el don de profecía, regalo de Júpiter, para salvarlo del castigo de Juno.

No puede parecer extraño o exagerado que Meza estudiase el Tersites homérico y el Tersites shakesperiano. Esos grandes transmutadores pueden y deben estar detrás de las graciosas burlas de Meza. Su penetración, típicamente cubana, se revela en el hecho, prodigio para su época, de que le saliese al paso al Platón, armado con la Scienza Nuova, de Vico, que deseaba un Homero sabio consejero, civilizado, sin residuos de barbarie. Las flechas envenenadas, los cadáveres insepultos para aves y perros, los excesos vinosos a pesar de su paremiología y astucia combativa, expresan una barbarie. El mismo frenesí de los dioses: Diómedes el principal, con el escudo de Minerva hiere a Venus. Su acierto crítico consiste en eso: utilizar a Vico para refutar a Platón. Dobla su acierto cuando califica a Vico de exagerado. Pero en esa brecha utilizó a Vico en su justa medida y alianza. Vico utilizado contra los negadores del período mitológico, pero no el Vico de las exageraciones, el que señala el nacimiento de los mitos únicamente en la Hélade o en la Etruria. Eso en el costado bueno: el recuerdo de las transmutaciones de Tersites. Pero en su antítesis: el folletín, entrecruzado con hilachas heladas de sainete. La huida de Vicente Cuevas, cruzando los farallones en la tempestad, bajo la descarga de los relámpagos y los carabineros, tiene algo de la fuga del conde de Montecristo pasado al sainete español. Sólo que ese futuro Montecristo comienza por destruir a su posible abate Faria, el empleado modelo Benigno. Lo lleva a la cesantía, a la mendicidad y a la muerte. La visita del transmutado Vicente Cuevas a la joyería es la mutación en un subconsciente que ha dejado de ser adolescentario, de las escapadas del conde de Montecristo a su gruta para buscar las joyas que se convierten en papeletas de entrada para la Opera de París. Las contracciones de la imaginación a que Meza obliga a sus lectores, lo favorece con cariño criollo. Primero, le permite a su lector que lleve la imaginación crítica a su delirio, a la mejor fiebre de sus aproximaciones. Puede llegar a la lectura de Meza de la épica homérica, y de allí arrancar el hombre o mujer, el hechicero, el ciego que adivina, el sainete dentro de lo homérico, el cojitranco, el hazmerreír Tersites. El metamorfoseado conde Coveo, calvón, gordezuelo, alardoso, es un Tersites, un hombre-mujer-hombre. Su finalidad en la vida es una despedida en una doradilla de escenografía. Al lado de Clotilde es una azafata disfrazada de hombre, que lleva sobre sus espaldas el horcón con las doblas isabelinas.

En el otro extremo de la cuerda en su máximo de agudeza, está un Meza de diez y seis años que lee el Conde de Montecristo, en la antítesis de las supuestas metamorfosis homéricas están la realidad folletinesca y fáciles distribuciones, el rebaño con sus ovejas blancas buenas y sus ovejas negras malas, el malo que se entroniza y el bueno que se desmorona, nacarados palacios triunfistas y aduladores babilónicos, aparición fulgurante de mendigos apocalípticos. Una mezcla de metamorfosis posible y de folletín real se une con la profecía hugoniana, muy aguada en este caso, del mendigo que lanza a la cara del malvado la limosna recibida y muere después de un trueno de maldición. Su obra transcurre, ya lo hemos indicado en otra ocasión, en el eco dejado por la lectura infantil, Dumas, Sue, el Hugo leído por el sucedido y no por las resonancias del redentorismo, las mañanas húmedas en que su asma se reverdece y el crescendo de la disnea le hace creer que va a morir, y el estudioso de la literatura contemporánea, ya ha comenzado a usar gafas y a fabricar su tesis homérica. Se salva en ese segundo estirón ya salido de sus lecturas infantiles, quiere hacer tipos, pero el folletín le regala atmósfera no prevista, ambiente no regido por el pulso, pero donde la poesía penetró con el misterio inocente la aventura simplista y fresca como un silbido en la mañana.

Las mejores páginas de Meza en Mi tío el empleado, tienen una situación muy peculiar. Su calidad final surge después de compararlas con páginas de notoria calidad en la literatura de otros países, de autores muy diversos, que precisamente suscitan el paralelismo por ser recordadas como momentos culminantes de esos autores. Si comparamos las primeras páginas de Mi tío el empleado, en las que se describe el movimiento portuario habanero, con las páginas magistrales de Flaubert sobre Megara, barrio de Cartago, la primera reacción del lector es situar a Meza en una relación de humildad, el paralelo es casi innecesario, aunque no logramos prescindir de él en la reminiscencia. Cuando el paseante de Megara, en la hierofanía de una ciudad, tropieza con el cuerpo de una divinidad simiesca, recuerda las páginas burlonas de Meza, al situar el atolondramiento de Vicente Cuevas, en sus primeros días habaneros, cuando es arrebatado por las turbas en un Día de Reyes, levantado a la altura de los balcones para que contemple la aparición de los reyes homenajeantes. Cierto que en ese paralelismo, Meza aparentemente queda mal parado, pero después precisamos que sus páginas no pueden ser prescindibles. Se ve que Meza no se propone competir con esas páginas magistrales de Flaubert, pero tampoco le arredra que alguien, aunque sea de los mejores, se haya asomado a predios que son su circunstancia profunda.

Los grandes ejemplos extranjeros no lo apartan de su camino. Flaubert descubría el barrio de Megara, Meza el barrio portuario habanero. Sabe, porque tiene su camino irreemplazable que no se quedará en el barrio de Flaubert, como sabe que su barrio jamás será visitado por Flaubert. Esa valentía producida por una humildad esencial, se la agradecemos.

Ese ejemplo que ocurre en vida de Meza seguirá a su obra en sus vicisitudes, en situaciones que Meza ni remotamente pudo prever. Subrayemos algunas de las mejores páginas de Meza, en relación con autores que le son muy posteriores, y veremos como el ejemplo anterior se repite, las páginas de Meza podían flaquear en una ecuacional comparación de esencias, pero permanecen enhiestas en su circunstancia. Producto de una necesidad, ningún paralelo puede destruirlas, ya que esas páginas de Meza nacen de una justificación incontrovertible. Esa es su posición favorable ante la sucesión, el paralelo se inicia, pero al final cuando parece que le va a ser desfavorable, se las arregla, cierto que con una voz en sordina, para ser oído y justificado, para ser querido y buscado como amigo.

El obsesionante baúl kafkiano, abandonado unos instantes al acercarse a una perspectiva americana, para buscar un paraguas real e innecesario, es símbolo del primer rechazo de Karl al penetrar en otra circunstancia que no era la primigenia. El miedo de que le roben su baúl, es su imposibilidad de instalarse en un adamismo, al cual, sin embargo, tendrá que regresar para vivir en una plenitud de penetración, no en nostalgias cariciosas. Antes que ese baúl, Ramón Meza enfatiza el baúl de su pareja de emigrantes. Vicente Cuevas, el personajillo de Meza, llama el mundo a su baúl. Entre las pocas cosas que trae en el baúl, viene la carta de recomendación, único puente con la nueva situación. Ve en su baúl su totalidad, es un no viviente, una momia que existe trucidada en los fragmentos de su baúl. Sabe, al pasar por unas aduanas trascendentales, que su fuerza es el nadismo de su baúl. Su actitud es simplista, aspira a encajarse en zonas elementales del vivir, como sencillo disfrute de bienes. En su baúl no hay reminiscencias, ni recuerdos de la madre, ni pequeños objetos mágicos de la infancia. Cuando traslada su baúl, Meza explica la frase: “cogido el mundo por sus dos agarraderas”. Pero en la otra mano se sujeta, actitud simiesca, de la camisa de lana de un emigrante anterior. ¡Qué alegría ver, en la cámara de los objetos, que se hablen esos dos baúles!

Una de las grandes páginas de Proust es la evocación de la Opera de París como un gran acuarium. La frase de Renoir, para pintar una batalla pinto flores, pasa íntegra al impresionismo de la evocación proustiana. Es una evocación de las profundidades submarinas, de las serpentinas líquidas, de la cara de los peces detrás de la ventana. Por el contrario, las páginas de Meza, que transcurren en nuestro teatro mayor, están dentro de la mejor tradición de nuestro teatro bufo, tienen algo de la bufonería melancólica cubana, inflan el mongolfiero de la broma y después el pequeño alfilerazo benévolo de la compasión que no desdeña al pobre diablo, sino que ya quiere empezar a hablar con su sombra.

El baúl, el mundo de esos personajes está vacío. Una carta de recomendación, un pasaporte para la travesía de los muertos, su fría identidad llena de sellos, como los que aparecen en el Yi King. Pero ese baúl, ese mundo vacío, aspira a que su abertura se verifique en un teatro. Sus mentiras necesitan el brillo de las candilejas. De ese baúl no surge ninguna candorosa doncella china, como en los actos de la magia verde o de salón, sino capitanes generales gordezuelos, calvones sudorosos, que se sientan en anchurosos butacones o pronuncian discursos ampulosos. En ese ambiente surge la frase de Vicente Cuevas, asediado por el miedo y la sonrisa: “Juro que seré algo”. Es una sentencia y una apetencia surgida de un baúl vacío. Descargado sobre lo inmediato, ese banal ser algo estaba en la raíz del presuntuoso vivir criollo de antaño. Viendo el baúl del emigrante kafkiano, uno de los que están a su lado como espectadores participantes, exclama la vieja frase: “Dichosos los que creen”. Ser algo, sin fe, sin profundidad, sin misteriosa dicha, enteco quiero de la boca de un baúl vacío, brote de nuestra errancia de muerte.

Entre el principio de la primera parte y el de la segunda, está el símbolo frustrado y el irradiante de una joyería. Es muy frecuente en Meza el acudimiento a sitios de luz evidente, artificial o pura naturaleza. El teatro y la joyería con sus enmascaradas regalías de luz, son utilizadas como pruebas de imantación que aceptan o rechazan. En la primera parte, el protagonista está en el teatro rodeado de risas y regaños. Está en las últimas localidades, todas sus imprudencias son coreadas con burlas, inclusive se le invita a que abandone la concha de luz. Igualmente pasa frente a las joyerías con miradas indiscretas y comentarios bertoldinos, pero las risas de los empleados brotan como flechas para hacer retroceder las miradas lanzadas sobre la joyería. En la segunda parte, la transmutación de circunstancias es total. Entra el conde Coveo triunfalmente en el teatro. Esa entrada ha sido prolongación de la que acaba de hacer en la joyería. Los empleados, con el dueño a la cabeza, han seguido como perros al ricachón, las sonrisas han sido de aceptación rendida. Las dos situaciones, en las dos partes de la novela suceden de inmediato, el teatro y muy cerca la joyería. Se ve que el autor en la sucesión de oleadas de luz natural ha querido colocar esas trampas de luz derivada. Una de las fortalezas secretas de Mi tío el empleado está en ese contraste de naturaleza sutil y material con las construcciones diabólicas del hombre. El puerto, las fiestas, la brisa, las gradaciones de la luz, se deslizan, entrelazan u oponen a la burocracia, las pasiones, las fugas, las maldiciones, los relámpagos portuarios. Por encima de esa contrastación la luz prevalece, filtrándose a través de objetos, bodegones o simples escalas de composición. El conde Coveo llega al teatro y se encuentra en el colmado de una pepitoria en requiebro, pero enseguida, el cristal, la luz y la blancura, exigen y se extienden. La plata del pargo se contrasta en la concha verde de la lechuga. Las panetelas almenadas terminan en estatuillas blancas, en un remate caro a Seurat o a Dufy, con banderas fragmentando el arco iris.

Desde la primera página de su novela fundamental, muestra Meza precisos aciertos para expresar una luz de matizaciones cubanas al descubrir la ciudad a la que han llegado los dos emigrantes, “con sus cristales que heridos por el sol lanzaban destellos cual si fueran pequeños soles”. Descubre la luz por su propia identidad, como la famosa descripción de una fuente hecha por La Fontaine, como la luz nuestra despide esos corpúsculos, esos globulillos donde la luz subsiste, donde la prolongación de la luz y su refracción tienen la jugosa oportunidad de una causalidad infinita. Esa luz inclusive llega a configurar los cuerpos invisibles.

Habla de unas paredes –en Últimas páginas, 1891– y subraya “habían tomado ya el color gris negruzco que le dan esas vegetaciones microscópicas que a ellas se adhieren cuando se les deja mucho tiempo sin el blanqueo de la lechada, y que luego verdean, se hinchan, casi puede decirse que resucitan en cuanto las humedecen continuas lluvias”. Es un humus, donde la corrupción propia de la tierra que va a su expresión recibe unas raíces paradojales de luz.

Casi todas las literaturas tienen esas figuras desconocidas, que al paso de la secularidad han cobrado un brillo decisivo. Platón, por ejemplo, según nos relata Diógenes el biógrafo, tuvo un contemporáneo a quien los griegos prefirieron, todas sus obras se han perdido, no obstante, hoy reconstruimos gran parte de la cultura helénica por los aportes platónicos. Los contemporáneos de Juan Sebastián preferían a Telemann. Maurice Scéve, de la escuela de Lyon, esperó desde Luis XIII a la antología de Thierry Maulnier, para que se le situase en la línea que después culminaría en Mallarmé, o en Valéry. Pero todos esos ejemplos son inútiles en el caso de Ramón Meza. Un hombre extremadamente conocido a lo largo de su vida, con amigos que fueron decisivos en el proceso de nuestra literatura, con los más sobresalientes puestos públicos, con una cátedra a su disposición, con una producción muy extensa, miembro de academias, que fue y siguió siendo desconocido a través de cien años. Su condición de desconocido se trueca ahora en claro enigma. Todos debemos agradecer a Lorenzo García Vega el hallazgo de este primer bodegón anónimo de nuestra literatura. Anónimo y firmado, bodegón anónimo y claro enigma. Agradecerle también que no lo puso en una vitrina, sino en la mesa de las discusiones apasionadas, erizo sobre un mantel de seda.

Diciembre y 1961

Tomado de: Mi tío el empleado, de Ramón Meza, con prólogo de José Lezama Lima, Dador ediciones, Málaga, 1991, pp. 11-17.

 

Carmela: Novela de Ramón Meza
Por Salvador Bueno

<< Editorial Arte y Literatura, 1978.

Ramón Meza (1861-1911) viene a constituir el caso de un escritor de nuestro siglo XIX puesto de nuevo a la luz y reivindicados sus méritos como creador literario gracias al formidable impulso cultural fomentado por la Revolución Cubana. Durante décadas, en la república mediatizada y neocolonial, permanecieron sus novelas sin reeditar, olvidados sus libros en el fondo de los anaqueles de las escasas bibliotecas públicas. Hace veinte años, en un curso libre sobre la novelística cubana que ofrecimos en la habanera sociedad cultural Lyceum, al examinar su obra capital en la lección que le dedicamos, algunos concurrentes comentaban que para ellos el nombre de Ramón Meza era sólo eso, un nombre más en las listas interminables de escritores cubanos que ciertos historiadores literarios acumulaban en las páginas de sus libros.

Varias veces han sido reeditadas sus novelas en la etapa de la Revolución, a partir de Mi tío el empleado, en 1960. Mas, en estas publicaciones sucesivas se olvidaba incluir esta novela, Carmela (1887), que tiene el lector en sus manos. Es más, los críticos que en el número dedicado a Meza por la revista Cuba en la Unesco (1961) mencionaban esta obra, sólo repitieron los juicios expuestos por los contemporáneos de su autor, sin indagar la mayor o menor certeza de sus apreciaciones. No es Carmela, por supuesto, “una triste imitación de Cecilia Valdés”, como en alguna de aquellas páginas se expresaba, y la mención del juicio de Enrique José Varona, “es una hermana menor de Cecilia Valdés” no se entendía adecuadamente, como sí lo aclaró después Max Henríquez Ureña: “sin querer indicar con ello que hubiera parentesco en la trama de una y otra novela, sino que en los dos casos se trata de una cuarterona de singular belleza víctima de su origen ilícito y de la inferior condición social a que la relegan las preocupaciones de raza”.

La similitud que existe entre los temas de las dos novelas –el amor entre dos jóvenes pertenecientes a razas distintas que concluye trágicamente– corresponde a una situación social propia de la Cuba colonial, por lo que de ningún modo determina que un autor hubiera copiado o imitado al otro. Piénsese que Ramón Meza (quien por otra parte, admiraba extraordinariamente a Cirilo Villaverde, por lo que llegó a reunir los materiales de su Excursión a la Vuelta Abajo que editó en forma de libro en 1891) sitúa su novela en la misma época en que apareció publicada, cuando ya el régimen esclavista había desaparecido en Cuba y, por lo tanto, las condiciones sociales eran muy distintas a los años en que Villaverde ubicaba la acción de su novela máxima, en los inicios de la cuarta década del siglo.

Únese a lo anterior el hecho de que el joven autor (sólo tenía veinticinco años cuando la escribió y obtuvo accésit en los juegos florales celebrados en La Habana el día 15 de noviembre de 1886, por la sociedad provincial catalana Colla de San Mus) no tuvo la pretensión de abarcar como en un inmenso mural toda la sociedad cubana de su tiempo, como sí lo hizo Villaverde en cuanto a la suya, sino tan sólo relatar en forma bien sencilla y concisa un conflicto amoroso que está presionado por las peculiares condiciones de la sociedad donde se produce. Porque si es verdad que el régimen esclavista había desaparecido legalmente, eliminado por la propia metrópoli española entre 1880 y 1886, persistían los fenómenos de la discriminación racial que continuaron, como bien sabe el lector, hasta que la Revolución Cubana marcó una transformación total en las estructuras básicas de nuestro país. A fin de cuentas, los conflictos en que se ven envueltas las protagonistas de las dos novelas, tanto Cecilia como Carmela, responden a las condiciones de la sociedad cubana colonial, en dos etapas diferentes, y pueden ser ejemplos de otros muchos casos posibles en un régimen social con aquellas características.

No es óbice todo lo anterior para que observemos en la novela de Ramón Meza algunos procedimientos que recuerdan a la creada por Villaverde. Carmela presenta el caso de una muy joven y bella muchacha que vive con su madrina, doña Justa, quien en realidad es su madre, en una modesta pero cómoda casa en la habanera calzada de San Lázaro, “del lado del mar”. Tienen ellas como criado a un joven negro a quien por su obesidad llaman Tocineta.  Doña Justa es una mulata de piel muy clara y tuvo esta hija con un comerciante español con quien vivió amancebada. A los tres años, el comerciante desapareció, retornó a la Península y les dejó algunos bienes que les permiten vivir con cierto acomodo. Doña Justa quiso olvidar aquella triste experiencia y presentaba a su hija como ahijada suya, aunque ésta le daba el nombre de “Mamita”.  Cuando Carmela nació “era preciosa niña, casi de raza pura” y como de raza blanca la aceptan, aunque los vecinos y amigos murmuran sobre su origen mestizo. La joven, “sin poseer los clásicos contornos de la Venus griega, era un modelo de belleza plástica”; si su aspecto no denunciaba su origen racial, el autor indica que “Su cabellera negra y lustrosa como el ébano, si bien un tanto áspera y corta, caía en gruesas trenzas por su espalda”.

Doña Justa celebra reuniones en su casa a las que concurren respetables damas de la vecindad con sus hijas y sus amigos.   Todos comentan en voz baja que tales fiestas tienen la finalidad de hallar un buen novio a Carmela. Pero ella tiene ya un enamorado, Joaquín, con quien se reúne en el terrado de la casa a escondidas de su “madrina”. Joaquín Fernández pertenece a la alta burguesía habanera. Ramón Meza, después de describir un encuentro amistoso en la pequeña casa de doña Justa, se deleita en presentar una cena de la “alta sociedad” en el palacio en que vive la familia Fernández.  Quizás esta contraposición entre las dos reuniones se derive del procedimiento similar que emplea Villaverde en Cecilia Valdés al constrastar el elegante baile de la Filarmónica con los bailes de “cuna” en los barrios extramuros de la capital. Meza no cae en el moroso detallismo propio de Villaverde, enfoca la situación social antagónica de ambas reuniones, pero introduce en su descripción de la fiesta palaciega ese elemento irónico, expresionista, que será rasgo primordial en Mi tío el empleado; los músicos que presenta son verdaderos antecedentes del arte caricaturesco de que hace gala en su novela posterior.

Carmela no está consciente de la diferencia social que existe entre ella y su novio hasta que éste concurre a una de las habituales fiestas de doña Justa: inquietante preocupación penetra en la mente de la joven: “sentía ciertos escrúpulos por causa de la inferioridad de esfera social en que ella y su mamita se encontraban colocadas con respecto del joven y de su familia”, comienza a percibir la situación un tanto irregular en que se baila, sin que advierta todavía que un elemento, aún desconocido por ella, de origen étnico, hará mayor esa distancia. Sobreviene el choque inevitable cuando el padre de Joaquín –que le ha prohibido continúe sus relaciones con esa joven “que no le iguala”– se presenta de improviso en la casa de doña Justa cuando el flamante novio almuerza allí.  El severo don Julián le espeta tajantemente a doña Justa: “...Es hija de usted... Esa joven no es blanca...” El mundo seguro en que se cobijaba la “que parecía una señorita blanca”, se desmorona. Carmela comprueba de inmediato que no está en plano de igualdad con Joaquín; aun más, que él se somete a los dictados de su padre, a las normas discriminadoras de aquella sociedad. No obstante, cuando él la invita a huir a un hotel “junto al río de Marianao” lo acepta. La relación “idílica” que hasta ese momento ha pintado el narrador –próxima quizás al amor semejante de Efraím y María en la novela de Jorge Isaacs, que Meza leyó y admiró– desemboca en la relación sexual que los defrauda: “Un fondo de invencible amargura, un secreto remordimiento les atormentaba.”

Doña Justa comprende que su hija ha recorrido igual ciclo que ella. Ramón Meza consigna en su relato la similar situación que las anteriores novelas antiesclavistas revelaban: las hijas de estas uniones transitorias entre seres de razas diferentes reiteran la misma experiencia de sus madres: así ocurre a Petrona y Rosalía, en el relato de Félix Tanco; así a Charito Alarcón y Cecilia, en la novela de Villaverde. Carmela tiene un hijo de Joaquín, y cuando regresa a su casa en la calzada de San Lázaro lo muestra a sus amistades como sobrino suyo, tal como su “Mamita” la presentaba a ella como su “ahijada”.

 Pero Meza va a incorporar un elemento nuevo a los hechos posteriores de su obra.  Como Joaquín ha sido enviado por su padre a los Estados Unidos, para evadir la acción de la justicia ante una posible acusación hecha por doña Justa, Carmela halla un sustituto en un rico emigrante chino: Cipriano Assam.  Frente al cortejo insistente de éste, Carmela advierte el poder que ejerce su belleza y se aprovecha, decide “dominar al asiático a su antojo”.

Consecuencia de estos hechos resulta la evolución del carácter de Carmela, que diferencia totalmente a la protagonista de la novela de Meza de la que se ha considerado su modelo e inspiración: la Cecilia Valdés plasmada por Villaverde. Ésta es un personaje femenino cuyos rasgos sicológicos no varían a todo lo largo de la extensa novela; Villaverde la revela con igual personalidad y actitudes en las diversas secuencias de su obra, tan superficial y externa como su amado, el “señorito” Leonardo. Mientras que Meza concibe a su protagonista no de modo estático sino dinámico: a la ingenua Carmela de los primeros capítulos que se asemeja a la Marta creada por Isaacs, sucede una mujer calculadora que se aprovecha de sus encantos y accede a las pretensiones de Assam, que quiere contraer matrimonio con ella. Es más, Carmela, que era acogida como una “señorita blanca” y como tal se consideraba, llega a la conciencia de su origen étnico, y asume su identidad, lo que le sirve para explicar el desasimiento de Joaquín y la decisión posterior de éste de casar con su prima Luisa: “una idea terrible amargó sus padecimientos; Joaquín la despreciaba por una cosa, ¡sólo por una cosa!... porque la consideraba de inferior raza”.

Con la incorporación de este personaje asiático, Meza adiciona un elemento nuevo de la sociedad cubana, cuya presencia era desconocida varias décadas antes. Assam representa a los colonos chinos que aportan una faceta nueva a la policromía de la sociedad cubana; un elemento más en la transculturación que se fraguaba en el país, en el “ajiaco” que es Cuba, según la imagen creada por Fernando Ortiz.

Cuando Carmela y su madre visitan la casa de Assam, encuentran un “miserable puesto de frutas”, lleno de frutas podridas y malos olores, en una de cuyas paredes está clavado una especie de mapa con la figura de un chino que “a manera de llagas tenía repartidas por todo el cuerpo hasta treinta y seis figuras”: un vapor, un pavo real, una luna, una cachimba, una jicotea, un cangrejo, etc., es decir, la figura del “chino de la charada”, juego clandestino importado por los colonos asiáticos. Quizás sea ésta la primera referencia literaria a esa repre­sentación gráfica. La habitación que ocupa Assam en la parte alta del inmueble es, por contrario “amplia, fresca, ventilada, llena de muebles valiosos y mil objetos de China de gran mérito”, ocasión que utiliza Meza para referirse a esos adornos orientales tan admirados por los escritores modernistas: biombos, cajas de sándalo, babuchas, etcétera.

Aspecto caricaturesco que no tiene el comerciante Assam, sí lo posee el criado Tocineta, tanto por su figura física como por sus elementales reacciones que rayan en lo ridículo. "Enamorado silencioso de Carmela, siente atroces celos que manifiesta de manera infantil, aunque en ocasiones representa el vínculo con la lejana tierra originaria: coloca en su cabeza un pañuelo de madrás, como hacían los esclavos de “nación” (nacidos en África) e interpreta “bárbaros ritmos” en un primitivo instrumento musical de origen africano, la “marímbula”.

Consciente de que su condición “inferior” le veda el amor de Carmela, Tocineta, con su sicología simple, plantea radicalmente su identidad y su rebeldía frente a la discriminación: “¿Por qué había de ser negro?, sí, señor; ¿por qué? Y aunque así fuere, ¿todos los hombres no eran hijos de Dios...?, ¿por qué no había de amarle a él, que era capaz de tirarse del terrado a los picados arrecifes de la orilla del mar a cambio de un beso? ¡Un par de besos en aquellas manos tan lindas...!” Precisamente los celos que padece a causa del amor entre Carmela y Joaquín se recrudecen frente al compromiso amoroso que se produce entre Assam y Carmela. Reacciona ante el asiático apelando a “argumentos” racistas, y esa animadversión precipita la tragedia final. Cabe considerar que la situación que muestra a Carmela acogida por su criado negro, después que padeció el desprecio del blanco Joaquín y del amarillo Assam, posee valor simbólico.

La incorporación del emigrante chino como un sector nuevo en la realidad cubana no es el único estrato social que Meza introduce en su novela. Joaquín, en la calzada de Galiano al amanecer, halla a los primeros transeúntes: “obreros que se encaminaban al punto del trabajo, con sus capotes de lana hechos jirones y llenos aún de la cal, de la tierra, del lodo, de las faenas ejecutadas el día anterior, pasaron ante él, como en desordenado desfile, con sus herramientas al hombro”. Ya no son jornaleros o artesanos –como los que pinta Villaverde en su novela–, asoma allí la incipiente clase obrera que crece en Cuba en las décadas finales del siglo XIX.

Si en las páginas anteriores hemos querido evaluar las diferencias existentes entre las obras de Villaverde y de Meza (no obstante su tema similar), vale recalcar las relaciones de Carmela, concluida en octubre de 1886, con la posterior Mi tío el empleado. Apuntamos ya cómo en la descripción de la cena palaciega, Meza incluye rasgos expresionistas y caricaturescos que se harán más definidos en la novela del emigrante español. Igual ocurre con un procedimiento que mucho llamó la atención de las críticas recientes de Mi tío el empleado: esa complacencia en los reflejos de la luz, esas escenas reflejadas en un cristal o en un espejo. En Carmela puede observarse algunos esbozos de tal procedimiento; quizás el más representativo sea ese momento en que Joaquín observa cómo su padre se le acerca para regañarle y ve su silueta, algo desfigurada, en el vidrio que cubre una alacena (cap. VI).

Como escritor formado a la vanguardia del movimiento literario de su tiempo, Meza ofrece imágenes y frases de evidente cariz modernista: “la luna plateaba el agua como deslumbradora e inquieta malla de plata”, “la cortina de damasco rojo con dorados ribetes que la claridad de las inquietas bujías parecían inflamar”. Manuel de la Cruz verificaba que “la cualidad dominante del romancista es la imaginación pictórica” para recalcar que Meza: “No crea [...] pero asocia, combina y, más que todo, reproduce con arte exquisito y seguro, grabando hondamente la impresión y destacando el rasgo, color o contorno que caracteriza lo que quiere representar.”

Si prestamos atención a la capacidad de Meza para mostrar la “maduración” de Carmela, que pasa de la ingenuidad al cálculo y de allí a la desesperación final, no debemos deducir que este narrador poseyera cualidades relevantes en la concepción sicológica de sus personajes. Quien primero observó este aspecto fue Manuel de la Cruz: “La deficiencia principal de sus obras consiste en la sicología embrionaria y confusa de algunos de sus protagonistas.” Dichos personajes parecen creados de fuera a adentro, por lo que campea una general externidad en las reacciones de los principales personajes de Carmela. Aun ciertos momentos cruciales –como cuando la protagonista comprueba su condición de mestiza– los resuelve Meza con algunas líneas escasas de penetración sicológica.

Resulta indudable que Meza no conquista en Carmela ese arte incisivo y crítico que logró en Mi tío el empleado. En esta novela menor, no descubre “La realidad socioeconómica deformada [...] a través de la caricatura y de la deformación expresionista” como lo alcanzó en la novela del emigrante español, según lo dicho por José Antonio Portuondo. Pero en Carmela, relato que enfoca la discriminación racial en la sociedad cubana, queda entrevista una etapa muy concreta del proceso político-social cubano, el inmediatamente posterior a la primera etapa de las Guerras de Independencia y a la eliminación del régimen esclavista, muy distinta al período presentado magistralmente por Cirilo Villaverde en su novela primordial Cecilia Valdés.

Tomado de: Carmela, de Ramón Meza. La Habana, Editorial Arte y Literatura, 1978, pp. 7-14.

 

Prólogo a Novelas breves: El duelo de mi vecino, Don Aniceto el tendero, Últimas páginas, de Ramón Meza
(Fragmentos)
Por Ernesto García Alzola

Editorial Arte y Literatura, 1975.>>

Con esta publicación de tres novelas, una de ellas brevísima, más bien cuento, de las cuales sólo la última se mantenía en el ámbito de su primera edición finisecular, tiene oportunidad nuestra Revolución de reiterar su estima por Meza y de hacer que vuelva el pueblo a sus páginas por curiosidad histórica y placer intelectual, en busca de las raíces de nuestras letras, que es una manera de entender la corriente de creación y resonancia que desemboca en nuestro destino de nación.

La reunión de estas tres obras narrativas tan disímiles, dos dentro de la línea de un realismo burlesco, que linda con la caricatura y la sátira, y la tercera en la corriente lacrimosa del más trasnochado romanticismo, plantea un primer enigma que debemos descifrar: ¿dónde está el autor? ¿En el entusiasmo de la mocedad que le inspira su primera narración, El duelo de mi vecino, o en el melodrama de la indecisión y la melancolía, que le hace escribir Últimas páginas? En la línea de la gracia y la sátira, que condiciona un estilo, están Mi tío el empleado y Don Aniceto el tendero, A dos años de distancia entre sí; en la sentimental, obligada a otro estilo, que culmina con Ultimas páginas, están Flores y calabazas y Carmela, esta última considerada por Varona, en atención a algunas semejanzas con Cecilia. Valdés y a sus valores formales, digna hermana menor de la obra de Villaverde.

(…)

Parece conveniente situar algunos hitos cronológicos relacionados con su oficio de novelista. Meza nace en 1861. Su producción narrativa continua abarca desde 1886, en que aparecen El duelo de mi vecino y Flores y calabazas hasta 1891, en que publica Ultimas paginas, es decir, el lapso de un lustro. El creador narrativo ha cumplido treinta años, bien pocos en verdad para espejar la madurez de un novelista. Le quedan veinte de vida, que son los de la lucha autonomista, los de la preparación de la nueva guerra, los heroicos de la conquista de la independencia, y también los años iniciales de la penetración política y económica del imperialismo yanqui y de los tropiezos de la república mediatizada. Meza emigra a la Florida al iniciarse la guerra y regresa a su terminación; se va interesando con creciente pasión por el desarrollo de la enseñanza en nuestro país, tema sobre el que dicta conferencias y escribe numerosos artículos, algunos de carácter histórico, que debían integrar una Historia de la educación en Cuba, interrumpida por su muerte. El creador, el novelista, termina temprano: es devorado por los estudios académicos y las obligaciones profesorales y públicas.

Volvamos, pues, a los años de su creación literaria, a los de su formación e inquietudes juveniles, que pudiera aclararnos la doble personalidad del narrador. Lo extraño no es la existencia sucesiva, en la evolución de un autor, de dos o más preferencias estéticas antagónicas; lo que invita a la meditación es que coexistan, y no en lucha dialéctica de contrarios que se integran en unidad, sino en pasmosa independencia, como manifestaciones simultáneas de una personalidad en conflicto. Tal vez esté aquí la clave de la estética de Meza en sus novelas más logradas. Habría que empezar por verlas dentro del contexto psicológico del autor. ¿Cómo era Meza? ¿Cuáles eran sus preferencias y los rasgos de su carácter? ¿Qué vínculos pueden establecerse entre su obra narrativa y su personalidad? ¿Qué huellas de la realización personal del autor hay en sus criaturas?

En su ensayo sobre Julián del Casal, con quien había compartido los años de formación, aparecido en 1910, vuelve nostálgico la mirada hacia el recuerdo de la pasión literaria:

“¡Vuelven a mi memoria aquellas largas y dulces horas de encanto y de solaz para el espíritu, en que en el salón de la vasta y nutrida biblioteca de mis abuelos, de que pude disfrutar desde muy niño, codo con codo, de un mismo lado de la mesa, en las horas de ocio, muy frecuentes por entonces, en que dejando de la mano a Justiniano y las Pandectas, estudiaba con el poeta la literatura en preceptores tan amenos, tan dulces, tan delicados como Lamartine y Madame Stäel!

Vuelva a mi memoria el arrobamiento que nos traía el recitar la Visión de Fray Martín, Gritos de combate, Rimas de Bécquer y oír el rotundo acento de Espronceda. ¿Qué pasó ante nuestra vista que la sed insaciable de goce literario no nos incitara a conocer? Figuras hermosas de Helena, de Sapho, Graziella, Mignon, Ofelia, Beatriz, Átala, Cosetta, Fior d'Aliza, Rafael, Joselyn, Girondinos... os vimos... habéis quedado bien grabados en nuestra retina”.

Los dos amigos se enferman de tantas lecturas, que abarcan desde griegos y latinos hasta contemporáneos europeos. Casal trabajaba por entonces de escribiente en Hacienda, y Meza en un bufete; se ocupan del trabajo semanal de redactar La Habana Elegante, y en horas robadas al descanso, copiaban en la biblioteca de la Sociedad Económica obras de Villaverde, residente en Nueva York, que deseaba completar y publicar.

Cuando Meza es nombrado Secretario de Instrucción Pública, escribe, a petición de la revista Helios, una breve autobiografía, en la que omite, según se le pide, lo que por ajena información pueda saberse. Queda, pues, ceñida a lo más íntimo y personal. Han pasado unos veinte años de su pasión narrativa; pero no es arriesgado pensar que en este recuento se halla el Meza de entonces, la imagen más fiel de lo que fue siempre. Se nos presenta como un hombre ajeno al gusto de su época; confiesa, en la música, la plástica, la arquitectura y las letras, la extrañeza de una armonía perdida, de un equilibrio estético tal vez arraigado en él desde la niñez o la adolescencia.

“Todavía no se ha hecho mi oído al desacorde choque de quintas y novenas (...) no puedo sufrir la vista de reverberos y cataplasmas en la escena; mi gusto se rebela, protesta, no entiende nada de esto; mi fantasía vuela tras el traje regio de los Carlos y Felipes, del guerrero de visera levantada armado de punta en blanco, de los estandartes y cabalgaduras de los corceles enjaezados, de los heraldos y los pajes”.

Asombra pensar que el atrevido y chispeante creador de Mi tío el empleado sea en lo íntimo un hombre tan conservador. No le agrada la poesía parnasiana. Se queda en Bello, Heredia, la Avellaneda:

(…)

Amigo de Meza fue el crítico Manuel de la Cruz, que visitaba con Mitjans la biblioteca del joven escritor, hasta que Martí le ordenó emigrar. Su imagen del novelista es valiosa, sobre todo si tenemos en cuenta la extrañeza que le causaban sus narraciones satíricas.

El retrato que de él nos deja corresponde al lustro fecundo del narrador:

“El rostro de seminarista, adornado por un bozo casi imperceptible, tiene sombras de perdurables tristezas y albores de prematuras austeridades; es un rostro en que se hermanan la candida sonrisa del niño y el surco venerable del anciano. Las líneas y los tonos de su fisonomía fueron el boceto plástico del hombre moral e intelectual. Sencillo y afable, benévolo y modesto, es un prototipo de severidad. ¡Cuántas veces bajo el perfumado búcaro de la dulzura más exquisita se esconden espíritus inflexibles, caracteres de hierro! La zumba criolla, irrespetuosa, pueril y mortificante, halla en él cara de esfinge. El tabaco le produce náuseas y el baile mareos. Aborrece el juego, hasta el que para disfrazar su vergüenza se denomina lícito”.

De acuerdo con todo lo anterior, vacilaríamos al afirmar que el verdadero Meza está en sus obras románticas, las que más gustaron a sus contemporáneos, excluido Martí, de visión más profunda. Las descripciones prolijas, sobre todo de una naturaleza apacible y doméstica que deviene de remanso paradisíaco en melancólico refugio, en perdido edén; la actitud contemplativa de sus varones castos y enamorados; la frustración del amor, el vacío de vidas sin sentido; la tristeza y las lágrimas, abren y cierran su reino romántico (Flores y calabazas, Últimas páginas).

Encontramos en estas dos obras cierta influencia de Jorge Isaacs, que aclimató en tierras de América el amor casto, las lágrimas y la muerte, puestos de moda a fines del XVIII por Bernardine de Saint Pierre con su Paul et Virginie.

Volvamos, no a las confesiones estéticas del hombre maduro y triunfador, no a sus recuerdos, por la distancia embellecidos, de los años de adolescencia y juventud compartidos con Casal, que se acomodan a esa mezcla extraña de candidez y de tristeza, con albores de prematuras austeridades, de la primera imagen que nos da de su amigo y compañero Manuel de la Cruz y que pudieran explicar su lado romántico; volvamos al segundo párrafo, al otro rostro del joven de veintisiete años, que nos revela el crítico. La clave está en la exclamación: “¡Cuántas veces bajo el perfumado búcaro de la dulzura más exquisita se esconden espíritus inflexibles, caracteres de hierro!”

Hermético frente al “choteo criollo”, que nos ablanda y banaliza; benévolo y modesto; pero además, prototipo de severidad. No es casual que en el mismo tomo en que aparece Flores y calabazas, con su jardincillo falso –hasta con racimos de moradas uvas, en las cercanías de la Habana– muestre su rostro severo, su sátira aguda y su naciente maestría, para hacernos a la vez reír y pensar, en esa obrilla de asombrosos aciertos que es El duelo de mi vecino. Nos recuerda a Mauppassant, y todavía más a Chejov. Cambia radicalmente el estilo; los diálogos falsos de su modo romántico se hacen precisos y certeros; la situación, con dos pinceladas; el ingenio, a flor de piel; la estructura, como un juego de ondulaciones y pausas que nos llevan de la risa a la mueca. La moda de los duelos entre señoritos, y el servicio colonial del duelo –entre líneas, para los que conozcan la historia– y las entrañas de serrín de la sociedad habanera de entonces, quedan enredados en la madeja de la burla.

Al empezar su carrera soñada, tan viva en la ilusión de las lecturas y discusiones juveniles, el autor, incapaz todavía de entenderse –nunca iba a producirse la síntesis dialéctica de su maestría–, consecuente con su honradez radical, nos ofrece a la vez sus dos rostros: el apolíneo y el dionisíaco; la sentimental armonía y la bufonesca sátira. El Meza que ha quedado como la más lograda expresión de la incipiente narrativa cubana, la del siglo XIX, es el del asco frente a la falsedad colonial, el atrevido que rompe la coraza de buen gusto, armonía y paz aburguesada de nuestra crítica –no toda, por supuesto– y se lanza con sus muñecones y títeres a desnudar de sus mentiras y ñoñerías la vida habanera de entreguerras.

Últimas páginas es la novela que más contrasta con las obras realistas de Meza; resulta inexplicable después de Mi tío el empleado y Don Aniceto el tendero. Sus prolijas descripciones y la atmósfera de tristeza y abulia, de derrota y resignación, nos dejan una impresión extraña, más bien de irrealidad que de desastre. El novelista puertorriqueño Zeno Gandía, que le hace una extensa crítica publicada en La Habana Literaria al año siguiente de aparecer la novela, resume así su juicio:

“Todo, en la novela, es comprensible, partiendo de la base de que Pablo está loco. Y precisamente, considerado como tal, el Pablo de Últimas páginas no está estudiado. El conjunto de síntomas está incompleto, porque Meza ha olvidado recogerlos con aquella minuciosidad admirable con que Zola recoge en el protagonista de El placer de vivir el historial clínico de la vesania”.

Compárese esta obra con la primera de Meza dentro de este estilo, Flores y calabazas. La técnica narrativa es la misma: presentación previa y minuciosa de la escena –el jardín, en la primera novela; la casa medio abandonada, en la última–; descripción de los personajes principales sin preocupación psicológica, pero con cierto propósito de caracterización, y después, lentamente, desarrollo de una acción banal, que se hace desesperadamente monótona en Últimas páginas.

No creemos que se trate de la novela de un loco, sino del extravío de su autor por un laberinto que no conduce a su realidad creativa. Cuesta trabajo descifrar el sentido que para el novelista pudiera haber tenido esta obra. ¿Encierra algún símbolo? ¿Refleja un estado de ánimo del propio Meza? ¿Es una aberración gratuita de su fantasía, desorientada por la crítica adversa a sus novelas que mejor lo reflejan como creador? La estructura es débil, el sentimentalismo, exagerado; personajes como la mendiga y su hija y el propio Pablo, son invenciones que no conducen a nada, ni en lo humano, ni en lo social, ni en lo literario.

Sólo en las escenas leguleyescas que culminan con el despojo, adquiere cierto interés el relato. Hay una dura crítica, por boca de Pablo, a la felonía de los letrados, seguramente en contubernio con los representantes de la justicia. El despojo, al que no pone Pablo ninguna acción, lo lleva a la miseria y a la destrucción espiritual. Todo ocurre en una atmósfera un tanto kafkiana, y no es para extrañarse: Pablo es el cronista de su melancolía y su aniquilación. En alguna parte confiesa:

“Sí; eso ha sido para mí la existencia: una sucesión de pocas dichas e innumerables desdichas, que ni contar ni describir puede la pluma, y unas y otras como en raudal, confundidas, mezcladas, corren fatalmente al insondable abismo de la muerte. Y algo terrible y abrumador parece como que flota sobre todo, y es el deseo no saciado de alcanzar un supremo ideal de bondad, de belleza, de verdad, que he contemplado lejanamente y perseguido con inextinguibles ansias aunque doblegaron mi cuerpo la fatiga y los años”.

Con esta obra desolada y extraña, termina Meza su ciclo vital de novelista. Y nos asalta inevitablemente una duda cuando cerramos el libro: ¿será un reflejo del sentimiento de derrota del narrador ante un medio literario que no lo comprende? Es indudable que le faltaron en los años cruciales de su madurez las fuerzas de la pasión creadora. Tal vez el rumbo que iba tomando su vida, otras aspiraciones, el desmoronamiento de una sociedad que iba entrando en el preludio de la guerra, hayan pesado de manera inconsciente en su alejamiento de la novela.

La otra obra que recoge este volumen, Don Aniceto el tendero, fue publicada en 1889, dos años después de Mi tío el empleado. Es de un realismo menos caricaturesco que esta última, y su intención satírica es bien evidente. Si la aspiración de Vicente Cuevas, protagonista de Mi tío el empleado, se condensa en su frase de lucha: “¡Juro que seré algo!”, la de don Aniceto, que en el fondo es la misma, se concreta en un símbolo más directo: tener dinero:

“¡Capital, capital!, oía, se repetía, pensaba. Y entonces, sacudiendo la cabeza firmemente como para espantar de su conciencia todos los escrúpulos, se dirigía a la carpeta, colocábase al lado de Salustiano, cogíale de las manos y echándose atrás con gesto brusco, decía con entusiasmo enajenado:

—Conseguiré dinero aunque se hunda media isla. ¿Oyes, Salustiano? De hacerla, la haremos de una vez y gorda. ¡Un capital, rayos y truenos, un capital!”

La novela nos presenta en estilo ágil el pequeño mundo de dos tenderos que quieren abrirse camino hacia la riqueza en corto tiempo, ambos igualmente ambiciosos y sin escrúpulos, Aniceto y Salustiano; pero muy desiguales en el arte diabólico de lidiar con el desastre: don Aniceto es la fachada, Salustiano el cerebro. En realidad, son el símbolo de cualquier criollo o peninsular de aquella época ávido de prestigio social, de lujo, de dinero. El nombre de la tienda es también un símbolo: La Moralidad Comercial. En contraste con el mundillo de los dos tenderos, encerradas en sus habitaciones, la mujer y la hija de don Aniceto sólo parecen vivir como sombras. Y si un día se ven obligadas a salir de su encierro ataviadas como corresponde a la familia de un rico comerciante, a pasear en coche y hacer vida social, lo harán con la misma docilidad de dos esclavas, con la misma complacencia de dos autómatas. ¿Qué puede importarle a don Aniceto su casa? Él es el que tiene que triunfar, el que necesita codearse con gente importante, el que con ansiedad angustiosa tiene que atraer la atención de la camarilla de los comerciantes y otros hombres adinerados y pasmar de envidia a otros ambiciosos.

El arte de Meza en esta novela es más sosegado y de menos vuelo que el de Mi tío el empleado. No era fácil mantener el ritmo alucinante y la integración pasmosa de bufonada y denuncia de aquella novela. Aquí el escritor parece seguir los consejos de la crítica, sin renunciar a sus hallazgos estilísticos ni a la denuncia social. El dinero mal habido emponzoña el alma y denigra a quien lo amasa. ¡Cuántos escrúpulos hay que arrojar como un lastre para empezar a subir! Los empleados, el negro casi esclavo, las mujeres de la casa, los compromisos económicos, la honradez, la dignidad humana: ¡bah! Empezar a subir para llegar a triunfar en la plaza de los hambrientos de oro y renombre; abrirse camino entre rufianes de la misma calaña, exige ante todo despojarse por completo de esos estorbos inventados por los indolentes y los dómines, que se llaman honradez, lealtad, honor, respeto al derecho ajeno, justicia... El poder que garantiza el dinero justifica los medios para conquistarlo: la ley del capital es la ley de la selva. Consecuente con esta verdad, que naturalmente trata de vituperar, la novela no nos ahorra medios, dentro de su sencillez, para convencer al lector.

Este libro de Meza causó fuerte impresión en sus contemporáneos. Merchán le envía una carta desde Bogotá, que debió dejarlo perplejo:

“(...) la escuela no me gusta: esto de no tomar de la sociedad sino los tipos más imperfectos, exhibirlos a toda luz y convertir la novela en un museo de fealdad, so pretexto de que en el mundo abundan ellos, es no decir más que la mitad de la verdad...

El crítico está lejos, añora a Cuba; su desagrado no se debe al contenido revolucionario de la denuncia social –por lo menos, no lo dice su carta–, sino al temor de que crean los españoles que han logrado su propósito: degradar la sociedad cubana.

(…)

En su admirable crítica a Mi tío el empleado, fechada en 1888, Martí enfatiza la necesidad de una literatura revolucionaria, pero a diferencia de Merchán, aplaude el camino que ha escogido Meza en Mi tío el empleado. Se refiere concretamente a la comicidad de esa novela, y al elogiar los aciertos del escritor, subraya:

“(...) Las épocas de construcción, en las que todos los hombres son pocos; las épocas amasadas con sangre y que pudieran volver a anegarse con ella, quieren algo más de la gente de honor que el chiste de corrillo y la literatura de café, empleo indigno de talentos levantados. La gracia es de buena literatura; pero donde se vive sin decoro, hasta que se le conquiste, no tiene nadie derecho de valerse de la gracia sino como arma para conquistarla”.

Meza se valió de la gracia –y qué subida gracia la de su libro mayor– no para hacer reír inútilmente, sino para despertar la conciencia de los cubanos de su tiempo contra las costumbres estúpidas, las lacras y las distorsiones radicales de la sociedad en que todos tenían que vivir, hasta que tuvieran el valor y la decisión de transformarla.

Tomado de: Novelas breves…, Editorial Arte y Literatura, La Habana, 1975.