Mi Eliseo Diego personal

Por Waldo González López

Yo lo admiraba desde que lo descubrí en sus versos sugerentes y aunadores de hondas lecturas y lectores. Mucho me habían deslumbrado los versos de uno de sus poemarios (para mí el preferido): Oscuro esplendor.

Pero sólo vendría a conocer in situ al poeta, en 1972, gracias a una de las visitas semanales que yo hacía a la Biblioteca Nacional José Martí, para escuchar lo mejor del “arte de bien combinar los sonidos” en el espacioso salón del segundo piso, donde charlaba con un inquieto creador que ya admiraba y con quien a menudo charlaba, en camino de una amistad que luego se ampliaría: Carlos Fariñas, a la postre director de la Sala de Música… pero esta anécdota la contaré en otro momento.

Pero el objetivo primero de tales visitas a la BNCJM era, por supuesto, el para mí añorado y feliz encuentro con mis admirados Fina (García Marruz) y Cintio (Vitier), en sus “celdas”, según nominaban ─a lo monástico─ sus mínimos “enclaustros”.

Tuve la buena suerte de que un buen día, se apareciera su “hermano” Eliseo, al que fui presentado por Fina y Cintio. Me ganó de  inmediato ese aire tan especial dieguino, que le otorgaba un sello distintivo, por su cariz inalterable, su barba breve (“chivo”) y su cansino andar, peculiaridades que le otorgaban una particular impronta que lo distinguía entre todos los poetas cubanos. Y entre los que, por supuesto, brillaba por su poética esencial, sugerente y alusiva, como un pez de tinieblas, para decirlo con un excelente verso del común colegamigo Félix Pita Rodríguez.   

Claro que, a partir de ese momento, Eliseo continuaría siendo mi poeta preferido del Grupo Orígenes, como Fina y Cintio, mi poetisa y mi ensayista de cabecera, respectivamente.   

 

En la Facultad de Letras y Arte

En 1972 ingresé en la Facultad de Letras y Arte para cursar la carrera de Licenciatura en Lengua y Literatura Hispanoamericana, donde, cuatro años más tarde (1976), concursé en el entonces prestigioso (y desde tiempo atrás, injustamente desaparecido) Concurso “13 de Marzo”, del alto centro de estudios.

Fui invitado a la entrega de premios (en la que yo aspiraba a uno de los lauros en la categoría de Poesía para Niños), y allí reencontraría al poeta. Y cuál no sería mi sorpresa cuando, al leer el acta el propio Eliseo, presidente de tal “género”, me anunció como ganador de ese año.

La alegría tenía que ser mucha, pues era el primer premio que yo obtenía y, más aún, de manos del que, con Félix Pita Rodríguez, constituía para el joven poeta que era yo en ese entonces, el dueto esencial de la poesía contemporánea (canon que he mantenido desde aquellos años).

A partir de ahí, claro, la ingente amistad de maestro y discípulo se acrecentaría con charlas en distintos lugares y, además, con un hecho que mucho valoré: Al confesarle a Eliseo que su poemario preferido por mí era Oscuro esplendor, me lo obsequió con una sencilla pero hermosa y anticipadora dedicatoria, en la que, con su menuda letra, escribió:

Para Waldo González,
a quien tanto estimo y de quien tanto espero:
su amigo Eliseo Diego.
Agosto de 1976.

 

Su prólogo

Esa noche no le dije nada, pues no me pareció pertinente, pero dos o tres días más tarde, al encontrarnos le solicité que, tanto como el lauro, sería otro premio un prólogo suyo en el frontispicio del breve libro que, a falta de otro título, nombré: Poemas y canciones, influido por Juan Ramón Jiménez y Mirta Aguirre, quien había publicado dos años atrás uno de los libros que marcaría pautas en la literatura cubana para niños tras 1959: Juegos y otros poemas.  

Aceptó y me dijo que recogiera el prólogo en su hogar. Así hice. Y me llevaría otra sorpresa, al leer en aquel hermoso prólogo: “Palabras para abrir un cofrecillo mágico”, donde subrayara:

“Verdadera poesía es la que nos pone frente a la belleza oculta de la vida, dejándonos buscar la respuesta a solas. ¿Qué importa que los poemas, o los lectores, tengan pequeño o grande el tamaño? Las palabras serán siempre mágicas, abriéndonos los ojos a la verdad del sol y la luna, del tomeguín y el caballito de mar, de la montaña y el río y los ciclos del agua, del comandante que se atreve a arrancarle a la mañana las semillas de un hoy nuevo y el campesino que con amor las siembra en una tierra ya de todos.

”Dentro de su breve libro Waldo González López supo encerrar muchas cosas, sonrientes, bellas e importantes, y encontró palabras sencillas ─ni trabalenguas ni ñoñerías─ que con sólo leerlas atentamente llaman a las criaturas y las hacen aparecer ante nosotros, vivir otra vez iluminadas”.

 

Continuidad de los parques de una honda amistad

Luego volvimos a coincidir en otros momentos, en los que compartíamos jurados con otros queridos colegamigos.

Así, una y otra vez, disfrutaba ─quien ahora teclea con salvaje nostalgia evocando aquel tiempo de poesía y vida─ la siempre dilecta compañía del poeta, cuyo finísimo sentido del humor nos acompañaba en cada uno de tales encuentros como jurados de eventos de talleres literarios, en los que fungíamos como jurados.

Luego sería su partida a México, donde, lamentablemente, fallecería a causa de la altura de la capital mexicana que afectó su salud. Su sensible corazón no pudo soportar tal dimensión de la región más transparente, para decirlo con una de las grandes novelas de uno de los más singulares narradores latinoamericanos, el narrador y Premio Cervantes mexicano Carlos Fuentes.

 

Un recuerdo para Eliseo Diego

Ya lo dije arriba y lo he dicho en otras ocasiones: de los enormes poetas cubanos, los que más han influido e influirán en mi quehacer lírico, están en primer lugar los Premios Nacionales de Literatura Félix Pita Rodríguez y Eliseo Diego.

Así, en mi primer poemario Este himno, la vida (Editorial Arte y Literatura, 1977), incluí este brevísimo texto:

 

Sueño y canción

               “como quien dice adiós a lo perdido”
Eliseo Diego

En su cara la luz juega
como mariposa blanca:
allí donde tanto sueña
el niño vuela y se escapa

Por los senderos del agua
y el camino de la hierba:
allí donde tanto canta
el niño deja su huella.

Mucho más tarde, en mi antología de poemas cubanos sobre boleros y canciones Añorado encuentro (Ediciones Extramuros, 2001), incluí su hermoso poema “Las guitarras”, que enseguida transcribo:

Los músicos halagan sus cariñosas guitarras. La muerte, de antiguo dril, escucha inmóvil.

Los músicos elogian al sol y enumeran con delicia las dulzuras más importantes.

La muerte, de antigua dril, escucha inmóvil.

Lentos, los músicos acallan sus cariñosas guitarras.

La muerte vira la cara.

 

Esta cárcel de aire puro

Por último, en Esta cárcel de aire puro. Panorama de la décima cubana en el siglo XX. I parte (1900-1959),Editora Abril, 2010, mi esposa, la investigadora y editora Mayra Hernández Menéndez, y yo incluimos dos de sus excelentes espinelas:

 

El retrato

Tu seca barba en la mano
me convence de una vez.
Si en la penumbra te ves
un poco en sueños, lejano,
si el amarillo malsano
del tiempo mágico empaña
la realidad que te baña
en su luz parda, qué importa.
Entre sus dedos la corta
barba de nieve acompaña.

 

El espejo

Está dormido el espejo
en la noche del verano.
Las sillas, la mesa, el piano,
dan un lívido reflejo
como en los sueños de un viejo
las memorias de otros años.
Y el hilo que va en los paños
iluminando el misterio,
es el rojo farol serio
del tren distante y extraño.

 

Brillante esplendor de Eliseo Diego

Cierto: brillante esplendor el de este Poeta que todo lo que tocó ─tal un Rey Midas tropical─ lo convirtió en el oro de los días. Superviviente del reino frágil de la memoria, Eliseo supo como nadie otorgar vida a lo que sólo él sabía y podía otorgarle existencia: las cosas de la vida.

Así, bien se merecía esta crónica en la que evoco su gran poesía, su cautivante bonhomía, su inefable estar y permanecer.