Imaginarios: Miguel Melero

A 175 años de su nacimiento, Librínsula recuerda al pintor Miguel Melero (29.9.1836-28.6.1907), primer director cubano de la entonces Escuela de Pintura y Escultura San Alejandro, quien fue, según Ramón Meza, artista por sentimiento, profesor por vocación, ciudadano útil por amor a su patria.

Melero
Por Ezequiel García Enseñat

<< Miguel Melero en 1906, El Fígaro, 18 de julio de 1908.

Los contados artistas y los raros amateurs cubanos de esta época recordarán siempre el taller –invadido hoy por los polvorientos libros de una biblioteca pública–, el estudio del director de la Escuela de Pintura y Escultura. Era como un oasis en este desierto del arte, un refugio en la ciudad más implacablemente comercial; el único rincón en que se podían admirar algunas buenas pinturas antiguas, pues decoraban sus paredes, entre modernos bocetos y vulgares reproducciones en yeso, los pocos pero valiosos cuadros que constituían la espléndida donación del príncipe de Anglona, de aquel buen Téllez Girón, único sátrapa español que tuvo antojos de arte en la malhadada colonia.

En el amplio salón, frente a los caballetes de los alumnos y a las pequeñas mesas que soportaban modelos de naturaleza muerta, nos reuníamos a veces algunos amigos y sosteníamos animadas charlas o nos enfrascábamos en ardorosas discusiones, en las que el viejo maestro mantenía inflexible sus puntos de vista clásicos contra los asaltos de las más radicales teorías estéticas. Y entonces parecían tomar parte en la tertulia, asombrados en sus marcos como áureas ventanas, el rudo forastero de exuberante y encendida barba, la fresca nodriza de seno desnudo, la austera dama de sonrosada faz y los demás artísticos personajes, presididos por el gran Cristo italiano, dulce e inefable, dorado por el tiempo, ese discreto colaborador que –imitando al ángel legendario que concluía la tarea de Giovanni de Fiesole cuando este dormitaba– trabaja constantemente para los artistas que no han de despertar más.

Pues en aquel recinto que era a un tiempo estudio de pintor, aula de maestro y despacho de dirección, el jefe puntual y vigilante y el profesor asiduo, habían ido absorbiendo al artista día tras día, robándole –quizás sin que él se diese cuenta más que en momentos fugitivos– su tiempo, su savia, su inspiración. Las matrículas, el orden interior, los presupuestos, todo eso que preocupa y agobia al que dirige, que anula y rinde al maestro, inmovilizaban al pintor, que probablemente se engañaría, como nos engañamos todos, con la esperanza de un mañana más propicio al vigoroso trabajo, a la fecunda producción.

Su historia había sido la de casi todos los artistas que viven en países refractarios al arte: la vida de una víctima de su propio ideal. Como el protagonista de la leyenda pirenaica, que sucumbe en la alta cima donde la nieve le fingió la visión del hada incitadora, Melero, que desde niño había perseguidos sus ensueños artísticos con obstinación de alucinado, que a ellos debía sus infinitas angustias y contadas alegrías, vio desvanecerse su quimera al chocar con la dura realidad. Había pasado sus mejores años templando sus armas de combate, y cuando impaciente por probarlas, entraba en la gran lid de gloria, las sintió quebrarse en sus manos al afrontar el monstruo que intentaba vencer.

Creyó poder abordar los más amplios y brillantes asuntos: el cuadro de género, el de historia; preparó paleta y pinceles, hizo proyectos, trazó croquis y esperó...

Mas, ¿quién no supone lo que ocurriría entonces en nuestra patria, a juzgar por lo que aun hoy sucede? En los salones, la mayor concesión que generalmente se le hacía al arte, no pasaba del grabado; las habitaciones interiores se adornaban con algunas imágenes; pero como la fe religiosa buscaba en ellas solo el seguro amparo y el posible milagro, y eso lo esperaba lo mismo de las iluminadas toscamente que de las miniadas con primor sobre fondos de oro, las lámparas se encendían con más frecuencia –como hoy se encienden– ante cromos agrios e impresiones vulgares. La ambición del pintor se vio, pues, muy reducida en sus proyectos de importantes composiciones.

En cambió se ofrecía a su actividad otro campo de acción más seguro y remunerador: el retrato, que era lo que se solicitaba y pagaba. Desde las casas de gobierno, tribunales y alcaldías, que ostentaban doseles bajo cuyos damascos se sucedían las efigies de los reyes españoles, hasta las asociaciones científicas o benéficas que decoraban sus paredes con las figuras de sus fundadores y presidentes, todas las instituciones, en sus salas de actos o de recepciones, rendían culto al retrato. Además, así como antiguamente se adornaban las casas ricas con las galoneadas efigies de los antepasados, todos más o menos coroneles de problemáticas milicias, en aquellos días sobraban jefes de voluntarios que aspirasen a eternizar en colores su continente heroico y no escaseaban las difuntas abuelas que copiar de inciertos daguerrotipos.

Es decir, el retrato en todo su esplendor: su triunfo como única expresión de arte admitida por una sociedad menos artista que vanidosa. Ese era, y sigue siendo aunque no tan exclusivamente, el único trabajo en Cuba posible para el artista, y a él tuvo que consagrase Melero casi en absoluto.

Pero el género tiene muchos inconvenientes, y el mayor de ellos es que no se pueden escoger los modelos: se pinta a quien paga, y por desgracia, entre los que en nuestra sociedad pueden firmar cheques, figuran más rústicos enriquecidos que gallardos caballeros de los que pintó Van Dyck, damas exquisitas de las que poetizó Chaplin o intelectuales de los que esfumó Carriere. Queda el recurso de hacer obras maestras de carácter, de psicología, copiando presidentes de ferrocarriles o de sociedades de beneficencia, en pie junto a tallados sitiales; pero ahí aparece otra dificultad: que son pocos los que, pagando, consienten en verse como son realmente. ¿Quién que haya hecho aunque no sea más que fotografías instantáneas no ha oído mil veces a sus modelos repudiar una a una todas las propias facciones y actitudes? Nadie hubiera aceptado aquí un retrato semejante al de Renan por Bonnat. Esto fuerza al que cobra, al que vive de reproducir la fealdad de los demás, a interminables retoques: afinar el talle de esta dama, insinuar hoyuelos en las manos de aquella otra, avivar pupilas, arquear cejas, enderezar narices, reducir labios, afilar dedos y componer una paleta angélica con todos los arreboles y los nácares, con rosas tenues, blandos grises, intensos carmines y transparentes blancuras.

<< Cardenal, El Fígaro, 18 de julio de 1908.

En los cuadros mitológicos, fueron un tiempo blancas y sonrosadas todas las diosas, todas las ninfas, toda mujer, y en cambio eran de tostada piel todos los héroes, todos los faunos, todo hombre. Hoy las modernas deidades exigen ser interpretadas a la antigua usanza; pero los modernos sátiros han cambiado de opinión, y no bastándoles con que se les disimule la pezuña y el cuerno, rechazan también los tonos cobrizos.

Y luego cada cual impone su traje, su actitud, sus accesorios...

Así, forzado a trabajar en esas condiciones, fue pintando Melero, condenado a retrato perpetuo... Para alejarlo aun más de la naturaleza, fue adoptado como pintor oficial de la colonia, y probablemente la necesidad le haría considerarse afortunado por eso que en realidad agravaba su situación desde el punto de vista del arte. Aprisionado por el éxito, fue durante su larga vida el intérprete obligado de todos los fajines, borlas y grandes cruces, su pincel tuvo que retardarse en complicar entorchados, rizar plumas, abrillantar millares de botones y destacar las aguas del moiré de cien bandas. Sus modelos, Albas de ópera bufa, no perdonaban detalle de la bélica quincalla, y con frecuencia exigían la mesa de rojo tapete y en ella la historiada escribanía de plata, volúmenes nunca hojeados y algún decreto extendido bajo la enguantada zarpa.

Y mientras tanto, fuera del taller, a dos pasos, hervía la naturaleza tropical. El cielo, el mar, los campos, deslumbraban iluminados por el sol de Cuba.

Al principio debieron rebelarse los pinceles ante aquel constante reproducir usureros emperejilados y Napoleones de pronunciamiento. Después... debieron resignarse para no sucumbir. Sin embargo, tenía a veces rebeldías contra sus verdugos protectores, como en una ocasión en que, sobre el retrato del último prelado español que tuvo La Habana –¡quién sabe qué trastada le haría su ilustrísima!– pintó una importante naturaleza muerta, a través de la cual se adivina aun al obispo, que no ha llegado a obisparse del todo.

Miguel Melero en 1898, El Fígaro, 18 de julio de 1908. >>

Encerrado entre estrechos límites, ¿habrá podido el artista dar la medida de su talento? No. Por muy altos que sean los méritos de su obra, es indudable que en medios propicios y pudiendo abordar otros géneros, habría producido más en armonía con su temperamento y sus condiciones, y si para afirmarlo no hubiera otros motivos, sería suficiente examinar sus dos últimas obras, pintadas a los setenta años: uno es el retrato, vigoroso y fresco, de su hijo Aurelio, y la otra, un cuadrito, representando un cardenal, alarde de color que parece revelar el ímpetu de la ardorosa juventud.

Fuera de su propia obra, Melero prestó verdaderos servicios a la causa del arte. No solo fue maestro de todos los que después han pintado en Cuba, sino que además obtuvo que nuestra humilde Academia de Pintura, mucho antes que las de algunas grandes capitales, abriera sus puertas al elemento femenino y le brindara los beneficios de la enseñanza artística.

Por último, para apreciar los merecimientos del viejo maestro, bastaría a los más severos críticos considerar un instante la indiferencia con que es mirada la producción artística entre nosotros, hoy, en la vigésima centuria y en la patria libre, y transportándose luego con la imaginación al pasado, recordar con ternura que Melero trató de hacer amar lo bello y tuvo el valor de predicar el arte en Cuba, y de consagrarse a él... ¡hace medio siglo!

Tomado de: El Fígaro, 18 de julio de 1908, año 24, no. 29, pp. 375-379.

 

Miguel Melero: Estudio biográfico
(Fragmentos)
Por Ramón Meza

<< Miguel Melero. El Fígaro, 18 de julio de 1908.

En el modesto desarrollo de nuestras artes, el no0mbre de Miguel Melero habrá de ocupar, con justicia, por la labor entusiasta de toda su vida y por sus grandes merecimientos de profesor, un lugar muy distinguido.

Bien corta es la historia de nuestra manifestación artística, y más pobre en pintura y en escultura que en música, y sobre todo si se compara con la poesía, pues con la Avellaneda y Heredia hemos conquistado puesto glorioso en la literatura hispanoamericana.

Mas no por reducida y humilde deja de ser interesante esta parte de nuestra labor artística, en la cual han dejado marcada su bienhechora influencia dos instituciones en las que se formó y hubo de brillar el pincel de Miguel Melero: el antiguo Liceo de La Habana, núcleo de cultura intelectual, artística, social, y la Academia de San Alejandro, centro acreditado de enseñanza de las Bellas Artes.

[…]

La vida artística de Miguel Melero se halla estrechamente ligada a esta institución. Respiró su atmósfera y le imprimió algo, bastante de sus talentos artísticos: en ella al cabo cifró sus aspiraciones, la de hacer amar el arte a los jóvenes cubanos, la de comunicarles los entusiasmos de su vocación. Los que desde casi niños venimos frecuentemente a esta casa no podemos conformarnos bien con la idea de no ver ya al que por tantos años fue algo así como su espíritu. Hasta hace poco en el extremo interior del que es hoy vasto salón de la Biblioteca tenía su estudio y sus clases de modelo vivo. Las reformas que en el edificio vienen haciéndose para provecho del establecimiento y honra del Estado, le proporcionaron un aula como él la deseaba, y que por desgracia, disfrutó poco tiempo.

Aparte de la influencia puramente artística e intelectual, que en la dirección de la Escuela de Pintura y Escultura imprimió Melero, desde los tiempos de la colonia vino luchando por mejorar las condiciones materiales de este edificio donde quedó instalada desde el año 1856 en que a él se trasladó la Sociedad Económica. Y aunque por el Plan de Estudios del año 1863, en que tomó la Escuela bajo su dirección el Estado, dejándola la Sociedad Económica, ha tenido la satisfacción de asistir directamente a su progreso, como fundación propia, antes; como huésped y vecina después. Compartiendo su atención con la Sociedad Económica, de cuya Sección de Bellas Artes era no discutido presidente y director de la Escuela, en ambas instituciones prestaba simultáneos servicios, hermanando sus mutuas aspiraciones y contribuyendo a la estabilidad y desarrollo de las dos.

Como secretario de esta corporación, desde el año 1899 tuve el honor de estar en su amable compañía, yendo no pocas veces a solicitar estas reformas, obteniendo muchas de ellas por el respeto y consideración que inspiraba su personalidad cortés y afable. En la primera intervención nos oyeron los generales Brooke y Wood, disponiendo el saneamiento de los servicios de esta escuela, la pintura de sus aulas, aumento y mejora en su mobiliario y modelos y varias aulas, asimismo fuimos oídos y atendidos por el Gobierno de la República, debiéndose a la gestión del señor Manuel Luciano Díaz las importante mejoras llevadas a cabo en esta Biblioteca. El señor Miguel Melero cedió gustoso su antiguo estudio, al que tenía gran cariño, por haber pasado largas y provechosas horas en él trabajando con sus compañeros y maestros Cisneros y Ferrán, para la ampliación del salón de lectura y libros, pues tratándose de mejoras en una antigua y respetable institución cubana, llena de honrosas tradiciones, Melero, que siempre fue apasionado, en alto grado, por cuanto le mereciera afecto en su país, no tuvo inconvenientes de aceptar esta molestia y traslación de su antiguo hogar de artista. Era un rincón de esta casa henchido de gratos recuerdos para él; allí transcurrieron las mejores horas de su vida, casi toda su juventud, entregado al arte, a sus obras originales y a sus tareas de concienzudo profesor.

Honróme el distinguido artista Miguel Melero con una invariable amistad de muchos años. Un día que pasábamos frente a la Catedral me contó cuál fue su primera obra y cómo se decidió su vocación. Su señora madre deseaba que siguiese la carrera eclesiástica, y él, muy niño, asistía a la iglesia y ayudaba los servicios religiosos en la Catedral. En la sacristía de esta había un cuadro antiguo una cabeza de anacoreta, venerable, enérgica, llena de trazos que le llamaron profundamente la atención. Él, de niño se pasaba las horas mirándola, atraído por aquella pintura, hasta que se decidió a imitarla, dibujándola con un trozo de carbón en un cartón de caja. Un canónigo de aquel cabildo, cuyo nombre me dijo y siento en verdad no recordar, observó aquellos trazos del niño, enteróse de sus aficiones a la mecánica, al modelado y la pintura y convenció a la excelente matrona de que su hijo podía obtener éxito cultivando las artes. Melero fue auxiliado y protegido por su atento bienhechor.

El Liceo de La Habana, donde se daban clases gratuitas de pintura al óleo, escultura, arquitectura, dibujo, grabado en madera, al lado de otras asignaturas de carácter literario y científico, contó a Melero entre sus más asiduos y aventajados alumnos. En los Juegos Florales que celebró dicha institución en 1856, Melero, que a la sazón tenía 20 años de edad, obtuvo un premio por una copia de retrato al óleo, y accésit por un retrato en escultura. En 1858 obtuvo primer premio, medalla de oro, por un retrato en litografía; y el segundo, medalla de plata, por otro retrato en escultura. Estos triunfos le proporcionaron en 6 de febrero de 1858, el título de Socio Facultativo de la Sección de Bellas Artes del Liceo. Concurrió nuevamente al certamen del año 1866 y en él adquirió medalla de oro por su composición al óleo Diógenes el cínico, de plata por un retrato del natural. Estos triunfos le proporcionaron que el Liceo acordara en 1867 pensionarle para que ampliara sus estudios en París y Roma

[…]

Pero quien hubo de influir ya más directa y personalmente en su vida de pintor fue el francés Mr. Leclerc, aunque estuvo corto tiempo, poco más de dos años, de 1848 a 1850, en la dirección de la escuela. Era habilísimo retratista.

Mialhe, pintor que no pasó tan rápidamente por nuestro humilde mundo artístico como el inglés Melkaff y el holandés Vanderlin, cuyos estilos o maneras conoció Melero, dio a este, muy joven por entonces, lecciones de dibujo de paisaje. Y el antiguo griego y la escultura lo aprendió con el artista español Augusto Ferrán.

Melero se conquistó la más decidida predilección del artista italiano Hércules Morelli de la escuela de Rafael, que en 1857 obtuvo la cátedra de colorido y la dirección de la Academia. Víctima a los dos años de la fiebre amarilla, Morelli sucumbió para dejar el puesto, interinamente, a Augusto Ferrán, y definitivamente, en 1859, a francisco Cisneros, que lo obtuvo por oposición. En la plena posesión de sus facultades y disposición de artista, Melero fue compañero y colaborador de Ferrán y de Cisneros, en casi todos sus trabajos y obras.

Muerto Cisneros en 1878 obtuvo la plaza por oposición Miguel Melero, presentando para ocupar el puesto su cuadro Rapto de Dejanira por el centauro Nesso, celebrado por la firmeza y corrección de sus líneas y su hermoso colorido.

Rapto de Dejanira, por Melero, 1878. El Fígaro, 18 de julio de 1908.>>

Melero, además de ser un artista distinguido, era ya un maestro. Había podido contemplar las grandes obras del arte en Italia, Francia y España y recibir lecciones de los pintores Gerome y Cabanel en París; con la pensión del Liceo unida a la de algunos Amigos del País, generosos protectores del arte, realizó este viaje por Europa para estudiar y conocer los grandes modelos. Estaba perfectamente preparado para la enseñanza en su puesto de director, conquistado en buena lid y donde se consagró por entero a propagar su arte alentando, estimulando a los jóvenes, luchando siempre por el mejoramiento de las condiciones materiales de la Escuela. […]

Modesto en grado sumo y consagrado a su arte, a las atenciones y responsabilidades de su escuela, poco y muy esparcido se hallará en nuestra prensa referente a su persona. Serafín Ramírez, benemérito compilador de datos sobre las manifestaciones del arte en nuestro país nos ha proporcionado su obra La Habana artística, (1) los datos de que principalmente se nutre esta trabajo y que son tan apreciables e interesantes como el del siempre consultado expositor de noticias sobre nuestra vida intelectual, Bachiller y Morales. (2) […]

De una revista de arte (3) en un buen artículo biográfico sobre Melero son estas líneas que pintan con exactitud las cualidades relevantes del maestro: “Hay en Melero una cualidad manifiestamente superior a la del artista: las cualidad indiscutible del maestro. Bajo este aspecto tiene derecho al reconocimiento absoluto de sus compatriotas, y si como artista las exigencias de la lucha por la vida, en un país como este en que el arte pictórico es casi totalmente desconocido, hiciéronle convertir el culto más sagrado de su alma en elemento industrial de producción, cerrándoles los horizonte en que hubiera podido girar su espíritu, dado que ‘el hombre no puede llevar a cabo grandes cosas sin la acción de su libre voluntad’, como maestro, la fortuna le ha brindado sus sonrisas, aunque por brevísimos días, porque los halagos de la gloria van siempre saturados de amargura. Y como si esto no bastara, el crecido número de jóvenes que mantienen la lucha por la existencia no solo en Cuba, sino en el extranjero, y que han saldo de la Escuela de San Alejandro preparados para ejercer con frutos la carrera artística, aparte del gran estímulo despertado en la mujer cubana para el Studio del bello arte de Rafael Sandio, son testimonios elocuentes y sobrados, para colocar al señor Melero en lugar preferente entre los que se han esforzado por elevar el nivel intelectual de su país”.

El afecto que Melero tuvo hacia cuanto significara el progreso de su país fue inquebrantable y sincero: formó parte de toda institución donde se reclamaron sus conocimientos y pericia artística. En la Sección de Bellas Artes del nuevo Liceo y en la la Sociedad Económica de la que fue también presidente de la Sección de Bellas Artes, reelecto durante muchos años, desde 1880 hasta su muerte inesperada en 28 de junio de 1907; en la Junta de patronos de Beneficencia y Maternidad fue asiduo concurrente, siempre dispuesto a prestar su concurso personal como Delegado por la Sociedad Económica. La Sección de Educación de esta Sociedad, sobre todo en estos últimos años en que contribuyó a organizar la Escuela de Artes Liberales y Oficios del Maestro Villate, y también llevando la dirección artística en la organización de la escuela Redención, mandada a fundar por Gabriel Millet, recuerda siempre con agradecimiento su valioso concurso.

Hábil retratista su pincel, era solicitado por personas principales de la sociedad habanera. La Academia de Ciencias, la Universidad, el Colegio de Abogados, este salón de la Sociedad Económica y otras instituciones análogas, poseen retratos debidos al trabajo de este artista, quien para obras de este género poseía especial habilidad, siendo siempre muy notables en el parecido.

En algunas ocasiones también nos cupo el honor de ver asociados nuestros esfuerzos para salvar y conservar obras que constituyen parte interesante, documentos valiosos de nuestra historia. En el periódico La Habana Elegante, número de 22 de noviembre de 1885, hicimos constar la honda y penosa impresión que nos produjo una visita al Templete, por el grande deterioro en que se hallaban sus cuadros históricos debidos al pincel de Vermay. Nuestras excitaciones tuvieron eco; y el Ayuntamiento en sesión celebrada pocos días después dispuso la restauración de esos cuadros destruidos por la polilla y las goteras. Miguel Melero, trasladando esos históricos lienzos a un vasto salón de la casa de su discípulo Sebastián Gelabert, nuestro presidente hoy de la Sección de Bellas Artes que por aquellos días se ensayaba en la pintura de episodios históricos cubanos, del periodo de la conquista, (4) restauró aquellas telas que por algunas partes, al tocarlas, caían a pedazos. Del cuadro del centro que representa la inauguración del Templete y los próceres que concurrieron, tuvo que rehacer casi un tercio; afortunadamente comprendía el cielo y trozo de muro que representa el Castillo de la Fuerza. Los otros dos cuadros no se hallaban en mejor estado. Al trabajo concienzudo del restaurador debe sin duda la generación presente la existencia de esos valiosos documentos de nuestra historia, que cualquiera que sea su mérito artístico, deben ser tenidos en alto aprecio por su significación histórica. Son documentos que a los habaneros pertenecen.

<< Jeremías, en la Capilla de Lourdes, Iglesia de Nuestra Señora de la Merced.

No menos hábil y oportuna fue la reparación de los lienzos regalados por D. Domingo Aldama al Ayuntamiento de La Habana y que representan la conquista de América por los puritanos de La Flor de Mayo y los aventureros de Hernán Cortés, lienzos sobre todo el primero, de lo mejor que en arte moderno poseemos. Síndico del Ayuntamiento por entonces, no vacilamos en proponer se encomendara a la pericia de Melero la obra de conservación de estas magníficas pinturas, cuya tela vasta, comenzaba a aflojarse, haciendo bolsa y a picarse por el polvo y los insectos. Tan respetuoso esta vez como la otra de los rasgos originales de los artistas, autores de estas vastas y complicadas composiciones, solo se limitó a hacer desaparecer con las indispensables pinceladas, las huellas del deterioro, reforzando sus telas y defendiéndola de la acción de los insectos y el polvo.

[…]

Melero tuvo en La Habana otro lugar de estudio: el teatro. Asiduo concurrente, allí iba a respirar y aprovechar algunos otros efluvios de arte. Después de todo, también allí había algo digno de observación; aparte de los personajes, caracteres las costumbres, la indumentaria de las representaciones, estaban excelentes obras decorativas en que resaltaban los efectos pictóricos y las ilusiones de la perspectiva. […]

Melero recibió lecciones de escultura en París al lado de Falguiere y Capeaux, y practicó principalmente en La Habana con Ferrán. Ha hecho entre otros trabajos los bustos de Echegaray, Lope de Vega y Cortina y un medallón de Poey para la Universidad. Y sin haber hecho estudios especiales, observando el vaciado de toscas piezas simétricas de construcción en nuestras reducidas fundiciones, se lanzó a fundir estatuas de vasta proporción. Entre ellas la de Cristóbal Colón que figura en el centro del Parque de la Villa de Colón y la de Cortina, en nuestro Cementerio.

Sus nobles empeños alguna vez tuvieron parte de compensación: la Sociedad Económica, de la que era numerario desde el 20 de mayo de 1865, le nombró socio de mérito en 14 de abril de 1885; el poder público le otorgó condecoraciones: la de Caballero de la Orden de Isabel la Católica en 18 de junio de 1883 como premio de sus servicios en la enseñanza. No había fiesta artística de alguna importancia en que no se contara con el voto y el auxilio de Melero. Las comisiones de las Exposiciones de París 1878, Ámsterdam 1880 y Matanzas, constituidas en La Habana, le contaron como miembro. Y presentó a la Exposición de Búfalo una memoria que contiene los más completos datos sobre la Historia de la Academia de Pintura y Escultura.

Trasmitió su sincero amor al arte, la vocación a la que se consagró y la habilidad de su pincel a sus hijo. El primero, Miguel Ángel, discípulo aventajadísimo, artista de altos vuelos y de fresca inspiración, fue a perfeccionar sus estudios a París, pensionado por la Diputación Provincial de La Habana, con el auxilio de la Sociedad Económica. Sus cuadros, el Gladiador y el Descendimiento, sin acabar, Otelo ante el Dux de Venecia, Gentil hombre de armas, que figura en la Galería Alfonso XII de Madrid, y otros varios, son muestra de lo que hubiera podido alcanzar, a no haberlo la muerte arrebatado muy joven y traidoramente, cuando tantas esperanzas hacía concebir. Y su otro hijo, Aurelio Melero, hoy realiza su labor, quizá hace también historia digna del recuerdo de su padre al frente de la Escuela de Artes Liberales y Oficios, fundada por D. Gaspar Villate, siendo celebrado por sus tareas de profesor.

[…]

Alguna vez quiso probar fortuna lanzándose auxiliado por su hijo Miguel Ángel a obras de vasto escenario; creyó fácil sostener en Cuba una de esas obras de agradable ilusión de perspectiva y decorado. New York sostenía sus panoramas circulares de la Batalla de Gettisburg y el combate del Monitor y el Merrimac, llevando público a sus puertas excitado por las polémicas entre artistas, profesores y periódicos. En Francia, la Batalla de Champigny logró un éxito. Pero aquellas eran notas de historia nacional latentes o vibrantes en aquellos países; la Batalla de Champigny, no pudo ser más que un episodio exótico y sin interés para nuestro público. La ejecución de esta obra fue excelente; había detalles de no escaso mérito, pero faltaban el público y la curiosidad, que hubieran podido atraerse y excitarse con algún episodio de nuestra guerra de Independencia; pero con el encono de las pasiones políticas y las intransigencias, si hubiera atraído más gente y excitado la curiosidad, también hubiera puesto en ineludible peligro la seguridad personal de los artistas. La empresa hubo a poco de quebrar, dejando las amarguras de la decepción en los ánimos de padre e hijo, asociados en este empeño artístico. Más permanentes serán otros trabajos en que se esmeró Melero: la Capilla de Lourdes en la Iglesia de la Merced, en que le ayudó su hijo Miguel, y el decorado de la capilla central del Cementerio, entre el cual figura el cuadro El Juicio Final, de enérgico dibujo y colorido, pero en que tuvo que luchar con la estrechez del lienzo de pared donde tenía que ser colocado; una estatua de santo Tomás de Aquino, a nuestro juicio, el más feliz empeño en obras de escultura, primera de la serie de ocho que deben ornar la cúpula y que tenía proyectadas esperando se obviaran dificultades de orden económico para realizarlas.

La potestad de las llaves, en la Capilla de Lourdes,
Iglesia de Nuestra Señora de la Merced. >>

Contribuyó a la colección o serie ya citada de los retratos de Gobernadores generales, que pagados por el Ayuntamiento de La Habana, no nos explicamos cómo pasaron a Madrid, como no fuera para librarlos de una indignación más efectista e inculta que sincera y provechosa: quitar los personajes públicos de las paredes, por su contraria opinión o actos reprobables y perversos, vale tanto como arrancar de los libros las páginas donde se consignan las execrables acciones. En cierta ocasión pude ver, cerca uno de otro, los bustos de César y Caracalla, en uno de los museos que visité en los Estados Unidos: me hicieron un efecto provechoso, aquella rápida ojeada imprevista me enseñó más que muchas páginas de pasadas lecturas; los conocí más: el primero todo nobleza, majestad, valor, serenidad; el segundo de fisonomía rastrera, vulgar, todo repugnante grosería.

Asegúrase para Melero la gloria de haber establecido en La Habana la enseñanza oficial de las bellas artes a las mujeres con algunos años de anticipación a centros muy acreditados de cultura en Europa.

La Sociedad Económica de Amigos del País cumple su deber al recordar los merecimientos de su distinguido socio de mérito, presidente de su Sección de Bellas Artes, fallecido hace poco más de un año, el día 28 de junio de 1907, cuando lleno aparentemente de vigor y robustez, llevando en su rostro la noble expresión de una vejez sana y tranquila, tras de una vida de artista laborioso, de ciudadano útil a su país, le vimos caer herido y sucumbir en cortos días, de inesperada enfermedad.

Necesitado está nuestro medio social de que se levanten, a la par que sus sentimientos, su atención y su fe hacia ideales puros y provechosos, y de recoger la vida y hechos de cubanos que han trabajado por la cultura de su país, como lo hizo en todos los instantes el artista por sentimiento, el profesor por vocación, el ciudadano útil por amor a su patria, Miguel Melero, cuyo recuerdo nos honramos todos en evocar.

Notas

(1) Habana, Imprenta de la Capitanía General, 1891, p. 225.

(2) Apuntes para la historia de las letras en Cuba, t. 1.

(3) La ilustración artística, año 1, no. 5, septiembre, 1892. Habana.

(4) Fray Bartolomé de las Casas renunciando la encomienda de indios, es uno de los asuntos de sus cuadros.

Tomado de: Miguel Melero: Estudio biográfico, por el Dr. Ramón Meza, Habana, Imp. Avisador Comercial, 30, Amargura 30, 1909.

 

Una familia de artistas: Los Melero
(Fragmentos)
Por Sebastián Gelabert y Ferrer

<< Miguel Melero en 1870, El Fígaro, 18 de julio de 1908.

Señor presidente; señoras y señores: (1)

Hace bien el Círculo de Bellas Artes, continuador de la Asociación de Pintores y Escultores –Salón de Bellas Artes– de La Habana, en rendir este homenaje que hoy le dedicamos al señor Aurelio Melero, uno de sus fundadores, uno de sus más entusiastas sostenedores y, además socio de mérito por los grandes y continuados servicios que prestó a la Asociación. ¡Bien lo merece! Sí; bien ganada tiene esta manifestación pública de nuestro aprecio y de nuestra gratitud.

Yo, señores, no voy a pronunciar un discurso en el sentido que generalmente se da a esta palabra o sea una peroración compuesta de períodos cargados de retórica, dichos con énfasis y voz altisonante; nada de eso. Mi propósito es hablar con vosotros llanamente, en forma pudiera decir de conversación familiar, ayudándome de unos apuntes que he preparado, más que por otra causa, para seguir el orden cronológico de los acontecimientos a que he de referirme, recordando los méritos y las virtudes del que fue nuestro querido compañero; y así, de esa manera sencilla, se ajustará más esta relación a mis pobres facultades de expositor y estará más de acuerdo con el carácter de nuestro inolvidable amigo que, como saben cuantos le trataron, era todo sencillez, todo llaneza y todo espontaneidad.

Tampoco me concretaré a hablaros exclusivamente de Aurelio Melero, ya que por ser este miembro de una familia de artistas, todos notables y muy unidos –¡tan unidos que hasta en la misma sepultura descansan juntos!—, no es posible referirse a uno de ellos sin mencionar a los otros: su padre y su hermano; especialmente a su padre y maestro, don Miguel Melero, tronco robusto del que brotaron las fecundas ramas cuyos óptimos frutos hemos admirado. Y no es posible tampoco ocuparse de este sin hacerlo también de la Escuela de Pintura y Escultura San Alejandro, porque a ella consagró gran parte de su vida, todas sus energías y todos los esfuerzos de su poderosa voluntad; y porque en ella asimismo desarrollaron los hijos sus facultades artísticas.

[…] Por eso, más que de Aurelio Melero en particular, os hablaré de los Melero, en lo cual no habrá perjuicio para nadie ni creo que os desagrade, ya que todos ellos, juntos o separados, son dignos de nuestros recuerdos, de nuestros elogios y de nuestra admiración. Es más: estoy seguro de que si Aurelio viviera le agradaría que se ocuparan de su padre y de su hermano más que de él mismo.

[…]

Así de la historia artística de Aurelio Melero, más que relatar minuciosamente lo que era él, cosa bastante sabida de todos los que de asuntos artísticos se ocupan entre nosotros, o fáciles de comprobar por sus obras a los que lo ignoren, presumo que habrá de ser más de vuestro agrado que os diga, por ejemplo, cómo vino a la vida de artista; qué fue lo que le impulsó a manejar los pinceles y los palillos de escultor con el ardor, con el ahínco, con el afán y la devoción que le eran peculiares.

Voy a deciros breves palabras sobre la personalidad de algunos de los que dirigieron la enseñanza en la Escuela de Pintura y Escultura, y lo que era esta antes encargarse de ella don Miguel Melero.

Miguel Melero en 1875, El Fígaro, 18 de julio de 1908.>>

Desde su fundación, cuantos la dirigieron, en propiedad, fueron extranjeros. Con esto quiero decir que no los hubo españoles –que en aquella época eran nacionales–, ni cubanos; pues si bien Ferrán, español, y la Roca y Cuyás, cubanos, ocuparon alguna vez esa posición, fue con carácter de interinos, no en propiedad como Melero. Por eso, además de otras circunstancias que luego habré de indicar, la entrada de Miguel Melero en la Escuela, como director, señala el principio del segundo período de los dos que, a mi juicio, constituyen, hasta ahora, la historia de las artes plásticas en Cuba, o sea el momento en que la Escuela comienza a funcionar, pudiéramos decir, con espíritu cubano.

No mencionaré nada referente a la fundación, de la Escuela de San Alejandro, ni a los tiempos posteriores inmediatos, ya que ellos en nada se relacionan con lo que me propongo exponer; sólo diré que bajo la dirección de Lecrerc comenzó Miguel Melero sus estudios en la Escuela; que fue discípulo también de Mialhe, famoso paisajista, y de Morelli, gran colorista, sucesores estos dos últimos, respectivamente, de Lecrerc. Muy aprovechado de las enseñanzas de dichos maestros, cayó en manos de Augusto Ferrán, notabilísimo escultor y formidable dibujante, con quien aprendió escultura, después de haberle tenido dibujando siete años, porque Ferrán era, en cuanto a dibujo, extraordinariamente exigente; haciendo Melero estos estudios a la vez que continuaba los de colorido con Cisneros.

Ferrán y Cisneros merecen que yo ocupe un momento vuestra atención refiriendo alguna de sus peculiaridades como artistas y como hombres.

Francisco Cisneros, nacido en Centro América, en San Salvador, aficionado a la pintura, fue a París agregado a la Legación de su país, protegido por el Ministro de su Nación, quien conocedor de sus aficiones y de sus aptitudes quiso ayudarle a realizar sus aspiraciones artísticas. En aquel gran centro de arte, Cisneros se dedicó al estudio del dibujo y de la pintura; pero no con todo el orden y la disciplina que debiera, y de ahí que, si bien llegó a pintar con mucha destreza, no fuera un pintor completo; no llegó a tener conocimientos bastantes de composición, por lo que no logró distinguirse como pintor de asuntos históricos, ni de costumbres, los cuales requieren profundos conocimientos de esa clase; ni tampoco dominaba el paisaje. Su especialidad fue el retrato, en cuyo género alcanzó fama merecida. Hizo cabezas y manos en esa clase de trabajos que hubiera podido firmarlas, sin desdoro, cualquier pintor de primera categoría, de renombre indiscutible. También se había dedicado allí, en París, al estudio del dibujo litográfico, o sea a dibujar sobre piedra, procedimiento que, como es sabido, no admite vacilaciones ni arrepentimientos, y que estaba muy en boga entonces para las estampaciones de carácter delicado. En tal clase de labor logró, por la superior habilidad con que la realizaba, justa estimación, así como figurar entre los mejores cultivadores de esa especialidad. Yo he visto en Francia, guardadas en museos con gran aprecio, láminas admirables con la firma de Cisneros; y aquí, en La Habana, más tarde, hizo también algunas, de las cuales son las más conocidas las que representan a Don José de la Luz Caballero, al padre Varela, al Conde de Pozos Dulces y otras, todas de positivo mérito.

En París trabó conocimiento con Augusto Ferrán, aquel escultor y dibujante que hace un momento mencioné, del que recibió consejos y enseñanzas.

Ferrán era un hombre raro; tenía extravagancias incomprensibles para los que no conocían los secretos de su vida íntima. Baste decir, para comprenderlo un poco, que nadie le conoció nunca mujer ni novia, sin que esto signifique que aborreciera al bello sexo. Causas reservadas motivaron las que parecían excentricidades de su carácter especial y severo, aunque siempre muy pulcro y muy correcto en todo.

En La Habana sus necesidades eran muy pocas, y sus ocupaciones: atender su clase de dibujo y de escultura en la Escuela, tirar al sable y al florete con su profesor Galletti, y fumar. ¡Muchos tabacos! Residió en La Habana por casualidad. Contratado en Francia para desempeñar en México la Dirección de la Academia de Bellas Artes, embarcó rumbo a América, tal vez, más que por el puesto que iba a desempeñar, en busca de novedades; pero en la travesía sufrió los embates de un furioso temporal, ¡tan pavoroso! que al verse libre del peligro decidió no volver a embarcarse jamás, quedándose en la primera tierra a que arribara; esta fue Cuba, y aquí se quedó para siempre. Conocidos sus méritos fue nombrado catedrático de Dibujo de Antiguo Griego y Escultura, en la Escuela de San Alejandro, a la que se dedicó con constancia hasta su muerte, siendo su discípulo preferido Miguel Melero, al que pronosticaba siempre que él, con el tiempo, llegaría ser director de la Escuela.

Miguel Melero en 1886, El Fígaro, 18 de julio de 1809.>>

Siendo tan gran artista, preguntaréis: ¿dónde están sus obras? ¡Ah! señoras y señores, esa es una, quizás la mayor, de sus excentricidades; dejó muy pocas. Este artista que modelaba, pudiéramos decir, sabiamente, no amaba la gloria ni el dinero. Sólo he visto una escultura suya: la de su maestro de armas, Galletti, de un tercio, aproximadamente, del tamaño natural, de la que hay un ejemplar, de yeso, en la Fundación Villate; algunos cuadros de pequeñas dimensiones; una colección de dibujos que hizo para ilustrar la obra Tipos californianos, muy popular en su época, y algunos retratos pintados al óleo, entre ellos el del príncipe de Anglona, protector de la Escuela, conservado en la Secretaría de la misma, pobres de color, pero excelentes de dibujo y, por lo tanto, de buen parecido. La mayoría de esos retratos fueron de algunos de los Capitanes Generales que gobernaron la colonia, los cuales pintó, por compromiso ineludible, para el Salón de los Retratos, que así se llamaba la habitación donde en el Palacio del Gobierno General figuraban las imágenes de cuantos nos gobernaron; cuya colección, desgraciadamente, se llevaron a España al cesar la soberanía española en Cuba. He dicho desgraciadamente, porque ella era algo importantísimo para la historia de nuestra pintura, ya que todos los retratos allí expuestos fueron pintados por los artistas, nacionales o extranjeros, más significados de cuantos había en Cuba cuando se ejecutaron.

Las necesidades de Ferrán ya lo he dicho antes, eran muy pocas y, dadas las cualidades de su carácter, procuraba trabajar lo menos posible para el público; de tal manera que cuando se trataba de hacer alguna obra y sabía que se pensaba en él para ejecutarla, ponía dificultades y movía influencias para que no se la encargaran.

Muerto Morelli, Ferrán ocupó interinamente la dirección de la Escuela, cuyo cargo se sacó a oposición anexo a la cátedra de colorido. Ferrán no se presentó como aspirante, por entender que él tenía bien acreditada su capacidad para desempeñar dicha Dirección sin ese requisito y, además, porque únicamente se había presentado Cisneros, que estaba en La Habana, su amigo y del que había sido mentor, como ya he dicho, en París, al que le venía muy bien la cátedra de colorido; plaza que, por ser el único opositor, obtuvo Cisneros fácilmente. Quedaron, pues, Cisneros de director y profesor de la clase de Colorido; Ferrán continuó desempeñando la de Escultura y Dibujo del Antiguo Griego, y Bear, pintor de admirables bodegones, al frente de la de Dibujo Elemental.

Cisneros no sabía ni le gustaba enseñar; opinaba que cada discípulo era un futuro desagradecido y posible enemigo; a su taller no podían ir los alumnos a consultarle; les examinaba los trabajos en clase y nada más. Sólo Miguel Melero que, por los conocimientos que ya tenía adquiridos con Lecrerc, Mialhe, Morelli y Ferrán, era casi un artista completo y que, por estas circunstancias, podía ayudarle en ciertos trabajos, tenía la puerta abierta. Para los demás era muy retraído y de ahí que no dejase discípulos capaces de alcanzar fama de buenos artistas. Únicamente Melero llegó a destacarse, aprovechando también las enseñanzas del mismo Cisneros al que, acabo de decirlo, ayudaba en muchos trabajos, al extremo de que algunos retratos que pasan por ser de Cisneros fueron pintados por Melero, cual sucede con el del padre Varela, colocado en la Biblioteca de la Sociedad Económica de Amigos del País, al que se tiene por de Cisneros, siendo en verdad pintado por Melero. Y esto no lo digo caprichosamente, sino por haberme contado el mismo Melero lo ocurrido, dato curioso que confirma lo que he dicho relativo a las facultades de Cisneros. Este había pintado un retrato del mencionado padre Várela, que fue muy aplaudido, por cuya razón le encargaron otro exactamente igual; pero como él no sabía copiar, ni aun sus propias obras, se encontraba en un verdadero compromiso, ya que cualquier otro que hiciera habría de diferenciarse en algo, lo que no se quería; y en tal apuro acudió a Melero, quien hizo una copia, tan exacta, que Cisneros no tuvo inconveniente en presentarla como suya; siendo dicha copia la que como original de Cisneros se conserva en la mencionada Sociedad. Con él aprendió Melero a dibujar en la piedra litográfica, en cuya clase de trabajo llegó a adquirir, cual el maestro, notoria habilidad.

Destacándose, Melero, como el primero entre los jóvenes que entonces se dedicaban al cultivo del arte, no es extraño que obtuviese en un certamen que celebró el Liceo de La Habana –aquella inolvidable sociedad que tanto contribuyó al adelantamiento de nuestra cultura– el primer premio por una pintura original, al óleo, y el segundo por una escultura, en competencia con un escultor italiano que se llevó el primero. Y en otro certamen también alcanzó la medalla de oro por sus trabajos litográficos. Profesor de dibujo del colegio El Salvador, del inolvidable don José de la Luz y Caballero; con reputación de buen artista y con muchos admiradores, entre los cuales eran los más entusiastas sus antedichos maestros, obtuvo del Liceo de La Habana y de algunos distinguidos patricios, una pensión para trasladarse a Europa. Quiero hacer saber, a título de curiosidad, que la pensión del Liceo era asaz modesta: una onza de oro, o sea diez y siete pesos españoles, al mes, cantidad exigua para quien como él se embarcaba con su esposa y su pequeño hijo Miguel Ángel; a cuya suma añadía otras, no muy crecidas, con que le ayudaban la Sociedad Económica y los señores a que me he referido antes, por lo que hubo de ingeniarse mucho en el extranjero para subsistir y estudiar. No obstante con esos recursos y los que se proporcionaba con trabajos que hacía y vendía, pudo viajar por España, Italia y residir en París, donde recibió lecciones de los famosos pintores Cabanel y Gerome, y de los no menos renombrados escultores Capeaux y Falguiere. Su aplicación fue grande y su laboriosidad constante. Gracias a estos esfuerzos y a no haberse distraído en diversiones y otros entretenimientos, logró provecho, porque su estancia allí fue más corta de lo que pensaba. Nuestra guerra del 68 que acabó con muchas cosas, entre ellas con el Liceo de La Habana, dispersó también a los patriotas que contribuían a la pensión, por lo que esta quedó terminada. En tales circunstancias, Miguel Melero resolvió volver a Cuba en compañía de su hijo Miguel Ángel y de su esposa que venía en estado de gestación, la cual poco tiempo después de llegar a La Habana, (2) dio a luz un niño al que pusieron por nombre Aurelio; este Aurelio al que rendimos ahora respetuoso homenaje.

<< Modelando la estatua de Colón, El Fígaro, 18 de julio de 1809.

Ya en Cuba, Melero, se abrió paso con el aplauso, el aprecio y la admiración de todos; y así se sucedieron los años hasta el de 1878 en que murió Cisneros, por cuyo motivo hubo de proveerse la clase de colorido y con ella la dirección de la Escuela. Correspondía, según la ley, hacer el nombramiento por concurso, al que mejor expediente presentara, acompañado de un cuadro original. A la sazón había en La Habana unos cuantos pintores peninsulares que se presentaron a la vez que lo hacían también Antonio Herrera y Miguel Melero, cubanos. Del concurso resultaba triunfador Miguel Melero; y enterados de ello los concursantes peninsulares, muy relacionados en las esferas gubernamentales donde disfrutaban de positiva influencia, se movieron, gestionaron y hasta alborotaron para que la provisión no se hiciera por ese procedimiento, llegando con sus protestas y sus influencias a conseguir que el nombramiento quedara en suspenso y se sacara a oposición la plaza, como así se efectuó. Con el tema Rapto de Dejanira concurrieron cada cual con su cuadro, y resultó vencedor también Miguel Melero; e igualmente, como en la vez anterior, volvieron los derrotados a no conformarse (lo que acontece siempre con los vencidos) y protestaban de la decisión del Jurado, del que formaban parte, entre otros que ahora yo recuerde, el célebre caricaturista Patricio Landaluce y el coronel Lambea, del ejército español, el que además de militar era un distinguido aficionado, cultivador de la pintura, los cuales tenían toda la confianza del Capitán General y Gobernador de la Isla, o sea el General Martínez Campos, amigo de armonizar y de aplacar los ánimos, quien quiso convencerse por sí mismo de la imparcialidad del Jurado, antes de elevar a Madrid la propuesta del nombramiento; a cuyo fin les hizo saber a los miembros de dicho tribunal que deseaba conocer personalmente, ante los cuadros, cómo se había procedido. Convenido el día y la hora, acudió Martínez Campos al lugar donde estaban estos, explicándole el Jurado que se había actuado por eliminación hasta quedar dos cuadros que se consideraron los mejores, resultando escogido finalmente, por unanimidad, el del autor que se le había propuesto, cuyo trabajo no le indicaron cuál era. Entonces el General Martínez Campos dijo que él no quería herir la susceptibilidad del Jurado; que él acataba el fallo; pero que, dadas las mortificaciones que le proporcionaban los derrotados y para su tranquilidad, quería ver si por intuición, ya que él no era perito en materia de arte, acertaba. Procedió a la eliminación, según le habían indicado, hasta dejar dos cuadros que resultaron ser los mismos escogidos por el Jurado; y de estos señaló, como el mejor a su juicio, el de Melero, o sea el mismo que le habían propuesto. El otro era de Herrera. Con esto las furias se aplacaron y Miguel Melero ocupó el puesto. Yo no sé, señoras y señores, de ningún caso, aquí ni en ninguna otra parte, en que se le haya hecho sufrir a nadie más pruebas demostrativas de su capacidad que las que se le exigieron a Melero para desempeñar el cargo que tan merecidamente le correspondía por sus excepcionales facultades. Es decir que Melero llegó a la Dirección de la Escuela: por concurso, por oposición y por examen personal del Gobernador General; más no se puede pedir. ¡Qué difícil era entonces a un cubano conseguir un puesto de alguna importancia al que aspirase un español de la Península, aunque este no tuviera aptitudes para desempeñarlo!

Miguel Melero fue, pues, el primer cubano que ocupó, en propiedad, la cátedra de Colorido y la Dirección de la Escuela de Pintura y Escultura San Alejandro, lo que unido a los nuevos rumbos que él le dio a la enseñanza, constituye, como ya dije y repito, el inicio de un nuevo período en la historia de nuestras artes plásticas.

Al llegar a la Escuela, fueron tres las primeras iniciativas de Melero: establecer la clase de modelo vivo, que no existía de hecho; ordenar la instalación de alumbrado de gas, evitando así que los alumnos acudieran con sus correspondientes velas de estearina, trabucos –que así se les llamaban por lo cortas y gruesas– trabucos, repito, que costeados por ellos se colocaban en un soporte con pantalla para alumbrar sus respectivos trabajos sin molestar a los otros condiscípulos.

En cuanto al modelo vivo quiero advertiros que estando la Escuela pobremente dotada en el presupuesto de Instrucción Pública, carecía de recursos con que atender a ciertos dispendios como este del modelo vivo, particularmente cuando se trataba de modelo de mujer, que era más caro y muy difícil de conseguir; cubriéndose la cantidad de cien pesos que costaba, con cincuenta que daba el Sr. Novoa, sucesor de Ferrán en la clase de Antiguo Griego, hombre rico; los dos o tres pesos con que podían contribuir cada uno de los diez o doce alumnos de la clase, completando Melero lo que faltara, con parte de su sueldo.

La otra iniciativa de Melero, la más trascendental, la que lo pone en plano superior como impulsor de nuestra cultura, la que señala época y que mejor muestra el espíritu progresista que poseía este artista, fue el establecimiento de la enseñanza oficial del dibujo, la pintura y la escultura a las mujeres; resolución inusitada, que pareció entonces un verdadero atrevimiento. ¿Por qué? Pues porque esa enseñanza no estaba establecida en ninguna otra parte: se la consideraba pecaminosa. Melero en este sentido fue un precursor; él, adelantándose a su tiempo y ansioso de difundir el arte, abrió las puertas de la Escuela a las mujeres cuando ni aun en París, gran centro de arte mundial, se les había dado paso. Allí se consiguió, con dificultad, diez u once años más tarde, después que una comisión, nombrada por el Consejo Superior de Bellas Artes, a la que se le encargó el estudio de la organización de la enseñanza a la mujer, de la que formaban parte miembros del Instituto de Francia y del Consejo de Estado, los directores de la Escuela de Bellas Artes y de la de Arte Decorativo, Alejandro Dumas, y otros de no inferior categoría intelectual, de los que ahora no recuerdo el nombre, informó, tras largas y acaloradas discusiones, que podía darse educación artística a las mujeres; pero a condición de que esta se verificase en locales separados. Al publicarse el decreto estableciendo tal reforma, se promovió grande escándalo y hubo muchas protestas por parte de los hombres que se oponían a que las mujeres aprendieran en los establecimientos oficiales: no las querían ni juntas ni separadas. Es decir que fue a la fuerza que se concedió ese derecho a las mujeres en Francia. ¡Parece mentira; pero así fue!

Conservo recortes de periódico de aquel tiempo y de aquella ciudad, con el informe, el decreto, los comentarios y las protestas que el mismo produjo. Entre nosotros no hubo protestas ni dificultades, sino al contrario: agrado y satisfacción. Inmediatamente, sin decreto ni otras formalidades oficiales, sino solo por la voluntad de Melero, se matricularon algunas señoritas y pronto llegaron a alcanzar número considerable. Las madres que acompañaban a sus hijas, para no estar ociosas, se pusieron a dibujar también, y así Melero vio cumplido su propósito de que las mujeres se interesaran por el arte, medio que él consideraba el mejor para la difusión del mismo, por entender que llevando el gusto y la inclinación de la mujer a su cultivo, el arte se posesionaba del hogar, medio el más seguro para su propagación. Pensaba que las entonces jovencitas llegarían a ser madres que inculcarían a sus hijos sus aficiones y sus sentimientos; y de ahí nuestro progreso artístico. Melero no se equivocó, su aspiración se ha cumplido, y prueba de ello es el crecido número de alumnas que ahora acuden a dicha Escuela, hijas unas, amigas otras, de aquellas primeras matriculadas. El pensamiento de Melero es ya realidad y tenemos lo que él anhelaba: arte cubano, en el hogar cubano, enseñado por artistas cubanos.

Miguel Ángel Melero, dibujo de Arturo Quiñones.
Tomada de Adelfas sobre la tumba de Miguel Ángel Melero, La Habana, 1887.>>

Antes de pasar adelante voy a añadir algunas palabras más relativas a la personalidad de don Miguel Melero. Era este un gran pintor, y sobre todo, un gran maestro; hombre exageradamente generoso y altruista; muy culto, de fácil palabra, lo que le permitía trasmitir con suma claridad y absoluta precisión sus vastos conocimientos. Yo, señores, he tenido de la suerte de tratar y ver pintar a no pocos artistas de la más alta reputación, en distintos países, y puedo aseguraros que nunca encontré ninguno de mayor cultura artística a la suya, sino pocos, muy pocos, que pudieran igualársele; y en cuanto a manejar el pincel, no he conocido ninguno que le superara en destreza. ¡Había que ver lo que hacía aquel hombre con la brocha y los colores cuando, libre de las exigencias circunstanciales, ejecutaba a voluntad! Con estas cualidades y los profundos estudios que había hecho de la técnica, no es extraño que dibujase y manejara el pincel con soltura asombrosa. Trabajaba sin descanso; a las siete de la mañana ya estaba en la Escuela atendiendo a su clase, y así, día y noche, a toda hora, permanecía en ella. Visitaba diariamente todas las aulas, dando consejos a cuantos alumnos lo desearan (éramos muchos los que preferíamos sus lecciones a las de los profesores titulares). Por la tarde, que eran las horas dedicadas a sus trabajos particulares, en su taller, que tenía en la misma Escuela, no importaba que no fueran horas de clase, sus discípulos podían molestarle cuantas veces lo necesitaran para consultarle sobre lo que estaban haciendo porque él, muy tolerante y paciente con los estudiantes, lo único que no consentía era que no trabajasen, que perdieran el tiempo. Su taller, como he dicho, siempre estaba abierto para hacerle preguntas o para verle pintar. Y no solo para sus discípulos sino también para sus amigos, que eran muchos, todos de gran cultura y alta significación social, por lo que aquel estudio llegó a convertirse en una sala de conferencias mientras Melero pintaba. Allí acudían frecuentemente José Silverio Jarrín, Álvaro Reinoso, Juan Vilaró, Manuel Sanguily, Manuel de la Cruz, Ramón Meza, Serafín Ramírez y tantos y tantos connotados cubanos que sería muy largo enumerarlos; era aquel lugar, pudiéramos decir, un oasis donde florecían ideas y pensamientos con la lozanía y la franqueza de lo que se habla en la intimidad. ¡Oh, qué tardes aquellas, amenas e instructivas!

Dejando a un lado la relación de lo que eran esas reuniones, porque de seguir en ellas pasaría horas y horas refiriendo cosas interesantes que allí oí, solo mencionaré, como complemento de las cualidades de Miguel Melero, una ocurrencia que demuestra la firmeza de su carácter y su valor cívico a toda prueba.

Poco tiempo después de haberse hecho cargo de la Dirección de la Escuela, falleció el profesor de la clase de Dibujo Elemental, y hubo de sacarse a oposición la provisión de la cátedra. Interinamente fue nombrado para desempeñarla Venancio González, pintor mediocre, asturiano y muy engreído por sus influencias políticas en su carácter de integrista, oseas, español rancio, de los que se consideraban ellos mismos de primera clase. Este González se presentó a la oposición con Antonio Herrera, pintor que como ya dije antes, fue el que quedó en segundo lugar, después de Melero, en la anterior oposición, cuando hubo de proveerse la Dirección, con lo cual queda evidenciado que era un pintor de mérito, con conocimientos adquiridos en Europa donde estuvo pensionado por Francisco Goiri, rico cubano muy amante de las Bellas Artes.

Verificada la oposición triunfó Herrera, y por tanto cesó González, quien, ya lo he ducho, venía desempeñando interinamente el puesto; pero antes, al principio de la interinatura, se presentó a dar la clase –como queriendo imponerse al futuro fallo del Jurado– vestido de capitán de Voluntarios, con espada y todos los demás accesorios correspondientes. Al enterarse Melero de lo que ocurría, lo mando a llamar ordenándole que se retirase con la advertencia de que siendo la Escuela un establecimiento civil, no estaba dispuesto a consentir que allí s presentara nadie con semejante disfraz de militar. Los que no conocieron aquella época, con dificultad podrán apreciar lo que tal decisión significaba; pero los que la vivimos y sufrimos, sabemos cuánto valor cívico era menester para oponerse a que alguien acudiera a un lugar con traje de Voluntario, de aquellos Voluntarios que habían fusilado a los ocho estudiantes de medicina, y según ellos eran los mantenedores de la integridad nacional, y de su dignidad. Prohibirle la entrada con ese traje que calificó, por añadidura, de disfraz, fue un rasgo de valor que pudo haberle costado muy caro, por significar poco aprecio a esos cuerpos armados, y por tanto desafección al gobierno colonial que los protegía.

Por otra parte, a Melero le desagradaban los sables y los distintivos; tanto que habiendo sido agraciado por el Gobierno de Madrid, varias veces, con condecoraciones, nunca se puso ninguna y solo usaba, cuando así correspondía, la medalla de Catedrático la de Amigo del País.

Al encargarse de la Dirección, melero llevó a la Escuela a su hijo Miguel Ángel, que era casi un niño, pero que no obstante sus pocos años, ya dibujaba y pintaba con rara habilidad. Inmediatamente hizo este muchacho una colección de retratos de algunos de los más famosos pintores de la antigüedad, destinados a ornar las paredes de la clase de Dibujo Elemental, cuyos trabajos aun figuran en dicho lugar, llamando la atención el vigor y la maestría con que están ejecutados, trabajados al creyón –procedimiento que, como es sabido, sufre mucho con el decurso del tiempo–, sirven todavía para acreditar las excepcionales facultades de su autor. Nadie al verlos creería, si no se lo dijesen, que esos retratos no son obra de un maestro experimentado, sino de un adolescente que escasamente contaba catorce años de edad. Esos creyones fueron las primeras manifestaciones dadas al público del que llevaba en su corazón, en su cerebro y en sus manos las cualidades del genio. Enseguida ocupó miguel Ángel el primer lugar entre los alumnos de las clases superiores, siguiéndole en el puesto José Arburu, joven también de muchísimo talento, Menocal, Sulroca, y otros de menos relieve. Miguel Ángel y Arburu trabajaban con ahínco, y, hasta cierto punto, en competencia, si bien Miguel Ángel sobresalía. Ambos se aplicaban al estudio de la pintura en todas ss manifestaciones, y de la escultura a que obligaba Melero, el director, a todos sus alumnos sobresalientes.

Posteriormente Miguel Ángel produjo algunos cuadros originales de los cuales uno, al óleo, representando a un guerrero, muy celebrado por los críticos de Madrid, fue a ocupar puesto en la selecta colección de cuadros del monarca español; y a la vez colaboraba con su padre en la ejecución de las pinturas murales que este realizó, auxiliado también por Antonio Herrera, en la Capilla de Lourdes de la Iglesia de la Merced y en la capilla principal del Cementerio de Colón, obra esta última bastante estropeada, desgraciadamente, por las injurias de la humedad, debido a la obstinación del arquitecto que, tacaño o ignorante de cómo debía de construir la cúpula, se negó a hacerla según le indicaba Melero, o sea, formando dos cuerpos: una cúpula interior, donde debía pintarse, y otra exterior, la del edificio, separadas de manera que al recibir el sol y la lluvia no se perjudicase la pintura. De los santos padres de la Iglesia, allí representados, son obras unos de Miguel Ángel, otros de Herrera y otros de miguel Melero, padre. El Juicio Final, situado sobre el altar, es también obra de Melero, padre, trabajo que se ha alterado mucho en su colorido a causa del humo y del calor de los cirios que lo han castigado demasiado.

<< El Juicio Final, capilla central del Cementerio de Colón.

Volviendo a la Escuela de Pintura, os diré que por aquel entonces se matriculó en ella Aurelio Melero, nuestro homenajeado hoy. Este muchacho de unos doce de edad, regordete, travieso, impertinente, más dado a las maldades de chiquillo que al estudio, aunque en lo que hacía demostraba buena disposición, pero él se inclinaba más al retozo que a la disciplina; no se producía algarada alguna entre los alumnos de su clase que no capitaneara él, a tal extremo que su padre, muy tolerante con las majaderías de los otros alumnos, fue severo con su hijo por considerar que daba mal ejemplo, y le prohibió que volviese a la Escuela, y así el futuro artista dejó interrumpido su aprendizaje.

Entre tanto, Miguel Ángel venía realizando los trabajos a que me he referido antes, progresando y ganándose cada vez más la admiración de cuantos le trataban. Era de gallarda figura, bella fisonomía, simpático, con mirada expresiva de hombre inteligente, elegante en el vestir y muy atildado en sus maneras, reposado y con más apariencia de hombre de la que por su edad le correspondía. He de aclarar que su nombre, Miguel Ángel, no era rebuscado en el sentido de que su padre, pintor, hubiera querido hacerlo homónimo del gran Buonarotti; nada de eso. Su nombre era el reultado del de su padre y el de su señora madre: Miguel y Ángela.

Con tan singulares prendas: talento y belleza física, no es extraño que disfrutara de buena acogida ente las señoritas de nuestra mejor sociedad. Una de ellas, Elvira Martínez, alumna de la Escuela, se adueñó de él, fueron novios y se casaron muy jóvenes.

Una de las ilusiones de Elvira y Miguel Ángel, era ir a París en busca de perfeccionamiento y reputación. Elvira, principalmente, se desvivía por conseguirlo. En cambio a Melero, padre, le contrariaba el proyecto, le parecía prematuro el viaje y, además, tenía el presentimiento de que si se realizaba iba resultar algo fatal: le temía mucho a la fiebre tifoidea, tan frecuente en la capital de Francia; temor que no era de aquel momento sino de siempre; tanto que cualquiera que le hablase de su posible visita a esa ciudad le encarecía, con marcada insistencia, gran cuidado con el agua de aquel lugar.

Pero la joven pareja no cejaba en su empeño y ponía en juego influencias y amistades –principalmente Elvira– para conseguir que Miguel Ángel obtuviera una pensión, la que al fin alcanzaron por partida doble: una de la Diputación Provincial y otra de la Sociedad Económica de Amigos del País, ambas relativamente modestas, pero que en conjunto, unidas a otras cantidades con que contribuían algunos admiradores, sumaban lo bastante para poder dedicarse al estudio con tranquilidad.

Logrado su deseo, embarcó el matrimonio alegre y animoso, con muchas ilusiones y no menos esperanzas.

Mientras todo lo narrado sucedía, Aurelio Melero había decidido dedicarse a la arquitectura, matriculándose al efecto en la Escuela Profesional, donde logró distinguirse por su aplicación y especialmente en las clases de dibujo ornamental y de dibujo lineal, fáciles para él, dados los conocimientos que ya tenía del dibujo natural.

Poco tiempo después que Miguel Ángel, embarcó para Europa Arburu, auxiliado particularmente por don Antonio González de Mendoza, y con algunos ahorros que él había podido reunir, producto de sus trabajos. Al llegar a Madrid tuvo que presentarse a oposición con otros muchos aspirantes para poder ingresar en la Escuela de Bellas Artes de dicha ciudad, obteniendo uno de los primeros lugares con el asombre de todos, opositores y miembros del tribunal, que no volvían de su sorpresa pues nadie que aquel joven procedente de las Antillas se encontrara tan bien preparado. Para que tengáis una idea del mérito de la academia del modelo vivo que para el caso pintó, os diré que yo he tenido el placer de verla en la Academia de San Fernando, de Madrid, hace algunos años, y presumo que aun hoy continuará allí, conservada y expuesta entre otras debidas a pintores tan notables como Padilla, Moreno Carbonero, Muñoz Degrain y otros igualmente conocidos como cumbres de la pintura española contemporánea. La Ilustración Española y Americana, periódico muy conocido y reputado por su importancia artística y literaria, celebró un certamen al que concurrió Arburu con un cuadro titulado La primera misa en América, que le valió el segundo premio. Con estos triunfos comprendió cuánto le debía a Melero por su enseñanza que hasta entonces no había llegado a apreciar del todo; y él, que en los últimos tiempos de su estancia en La Habana, había sido un tanto inconsecuente con su buen maestro –por ese espíritu que tenemos de no saber apreciar lo nuestro, creyendo siempre que lo mejor está afuera–, arrepentido le escribió una carta llena de gratitud, reconociendo cuánto le debía por su enseñanza, y explicándoles sus triunfos, triunfos que completaba con el hecho de haberlo llevado consigo, como compañero, el famoso pintor Manuel Domínguez, encargado de decorar el palacio del duque de Santoña. Yo, señores, he tenido ocasión de visitar repetidas veces esa mansión, por amistad con sus posteriores dueños, y debido a esa circunstancia, he podido examinar con toda calma las mencionadas pinturas y distinguir y admirar las exclusivamente ejecutadas por Arburu, cuyo estilo me era familiar.

Volviendo a miguel Ángel os diré que al llegar a París entabló conocimiento con el muy célebre pintor español Francisco Domingo Marqués, quien no gustaba de dar lecciones, o lo que es lo mismo: no admitía a nadie en su taller, pero con Miguel Ángel no fue así: simpatizaron mutuamente, al igual que las esposas de ambos, por lo que llegaron a estar en constante intimidad.

Al terminar el primer año Miguel Ángel envió a la Diputación Provincial de La Habana, el trabajo al que estaba obligado como prueba de curso, el cual consistió en una figura al óelo, de tamaño natural, representando a un gladiador romano en el momento de pronunciar el Ave Cesar moritorum te salutan, de rigor ante el emperador al comenzar la lucha. Y también remitió dos academias en una sola tela, del modelo vivo, al óleo y de unos dos tercios del tamaño natural, en una de las cuales hay un pie de escorzo, pintado por Domingo expresamente para que Miguel Melero viera la manera que tenía dicho pintor de interpretar el natural. Más tarde envió algunas pinturas imitando la factura y el colorido de Raimundo Madrazo, con quien también había intimado.

[…]

En París todo marchaba satisfactoriamente, y aquí miguel Melero, muy contento con los trabajos de su hijo, había llegado a tranquilizarse un tanto; su preocupación o presentimiento se había amortiguado. En esto llega una carta más tranquilizadora aun que las anteriores por lo enaltecedora que era para el padre y alentadora para el hijo. Miguel Ángel le decía que Bonat –¡el gran pintor francés León Bonat!– al verle pintar una cabeza, sorprendido, le preguntó quién le había enseñado a pintar y dónde había estudiado. “Con mi padre”, respondió Miguel Ángel, “en la escuela de La Habana, de la que él es director”. “pues joven, no busque otro maestro”, exclamó Bonat, “no lo encontrará mejor” […] Por eso la carta rebosaba alegría y satisfacción, añadiendo que no obstante lo dicho por Bonat, este, que no se prestaba a dar lecciones si no eran muy bien retribuidas, consintió en admitirlo en su taller sin abonar el alto precio acostumbrado cuyo beneficio pensaba aprovechar. La carta contenía además otras consideraciones, y entre ellas el proyecto de trasladarse a los Estados Unidos, una vez conseguida la reputación que esperaba lograr muy pronto valiéndose de las exposiciones a las que se preparaba a concurrir; y le indicaba, a su padre, la conveniencia de que para entonces renunciara a la Dirección de la Escuela de La Habana, estableciéndose los dos en New York, lugar apropiado para desarrollar grandes trabajos; idea esta que no disgustó a Melero, o mejor dicho, acogió con agrado, con la esperanza de poder ejecutar, él y su hijo, obras de señalada importancia, de esas que requieren una gran ciudad con recursos y elementos para poderlas producir y colocar.

Y así, en este estado de optimismo se encontraba don Miguel Melero, cuando, de repente, sin otro antecedente, llegó un cablegrama anunciando que Miguel Ángel se encontraba enfermo, muy grave, y tras este cablegrama, otro anunciando su fallecimiento. (3)

<< Aurelio Melero, por Manuel del Barrio, El Fígaro, 10 de septiembre de 1893.

¡El presentimiento de Melero, padre, se había cumplido en todas sus partes: Miguel Ángel había fallecido de fiebre tifoidea! ¡El genio había sucumbido! Contaba tan solo veintiún años de edad, y basta ver las obras que dejó para comprender que el calificativo de genio no es exagerado […]

El pequeño papel, anunciado de tan tremenda desgracia, fue como una catapulta que cayera sobre la cabeza de aquel bondadoso hombre que amaba a su hijo con idolatría y que lo admiraba como artista hasta lo infinito.

[…]

Aurelio Melero, embargado también por la pena, se constituyó en compañero constante de su atribulado padre; en todas partes, a toda hora, en la Escuela y en la calle, no se separaba de él un solo instante. Abandonó sus estudios en la Escuela profesional, echó la arquitectura a un lado y se puso en la Esuela de Pintura, a dibujar y a pintar con ahínco, silencioso, como queriéndole decir a su padre, con hechos y no con palabras: si has perdido un hijo que era un genio del que esperabas días gloriosos, yo estoy aquí dispuesto, si no a sustituirle, porque eso es imposible, a suplirle en cuanto de mí dependa. Aquel fue, señoras y señores, el momento decisivo de Aurelio Melero; aquel conmovedor acontecimiento fue el que lo indujo a cambiar de rumbo en la vida, decidiéndole a cultivar la pintura y la escultura como profesión, para las que indudablemente tenía aptitudes, y cuyos estudios había interrumpido sus majaderías de muchacho.

[…]

Obtenida la independencia de Cuba, cuando ya los cubanos podíamos exponer libremente nuestros sentimientos, Melero, padre, concibió la idea de llevar al lienzo –lienzo de gran tamaño– un episodio de nuestra guerra libertadora, y escogió, como el más culminante y trascendental, el de la invasión, tema que, además de su importancia histórica en relación con la guerra, reunía diversos elementos pictóricos muy adecuados para producir un buen cuadro. Pensó que en esa pintura podría él realizar su mejor obra: su obra definitiva, en la que expondría todo su saber. Hizo el boceto, en la que se destacaba, como figura principal, el Generalísimo de las fuerzas cubanas, Máximo Gómez, a caballo. Basta ver ese boceto para comprender lo que hubiera sido la obra, compuesta bizarramente, con innumerables personas, animales de distintas clases, paisaje genuinamente cubano y un ingenio incendiado a lo lejos. Por ser de tamaño natural las figuras del primer término, la tela alcanzaba proporciones desusadas –unos catorce metros de largo– por cuyo motivo no la había en La Habana; y, por otra parte, el gran tamaño del cuadro dificultaba conseguir local adecuado para pintarlo; hasta que un día hablando conmigo de esto, le ofrecí un lugar que podría servirle en mi casa, por lo que convinimos que allí se pintaría. A la sazón yo me embarcaba para Europa, con el propósito de permanecer fuera de Cuba una larga temporada, y quedamos en que él me enviaría a París las medidas exactas de la tela que necesitaba, para que yo la encargase en la fábrica, de manera que, a ser posible, resultara sin añadiduras. En esta obra, como es natural, habría de ayudarle su hijo Aurelio. En eso estábamos cuando, en Vichy, en vez de las medidas, recibí la noticia de su fallecimiento. Y así, señoras y señores, quedó sin ejecutarse esa gran obra, que seguramente hubiera sido la mejor de Miguel Melero; y sin duda, el empeño pictórico más completo realizado en Cuba.

[…]

Al fallecer Melero, padre, estando su cadáver de cuerpo presente en los salones de la Biblioteca de la Sociedad Económica de Amigos del País, el doctor Alfredo Zayas, que presidía dicha corporación y que podía influir en el Gobierno para la designación del nuevo director de la Escuela, preguntó a Aurelio Melero si deseaba ocupar el puesto que dejaba su padre, para gestionar su nombramiento; ofrecimiento que no aceptó, recordando los sinsabores y las ingratitudes que su padre había sufrido en el desempeño del mismo, a los que no quería exponerse, bastándose, como se bastaba, para vivir sin empleo oficial.

De lo que fue posteriormente, ¿qué puedo deciros yo que vosotros no sepáis? […]

La Asociación de Pintores y Escultores le debe mucho. El fue uno de los diez o doce que en una noche memorable nos reunimos en casa del señor Federico Edelmann […]

con objeto de organizar el primer Salón de Bellas Artes y dejar constituida la Sociedad que habría de continuar repitiéndolo anualmente, asociación que alcanzó rápido desarrollo, por el éxito de la primera prueba, convirtiéndose prontamente en la Asociación de Pintores y Escultores […] ¿Quién no le recuerda trabajando, como un obrero, en la preparación de nuestros salones anuales, lleno de entusiasmo y de altruismo sin igual? […] Todos conocemos el celo y pulcritud con que, pr repetidas elecciones, desempeñó el cargo de tesorero.

[…]

Y lo particular es que sus entusiasmos y sus actividades no se limitaban a nuestra Asociación de Pintores y Escultores, sino que le acompañaban a todas partes. En la Fundación Villate, por ejemplo, cuya Escuela de Artes y Oficios, a cargo de la Sociedad Económica de Amigos del país, que dirigió desde su fundación, ha dejado huellas de su saber y de sus dotes de organizador y de maestro […] por sus méritos como profesor de dicha fundación, obtuvo el honrosísimo premio “Luz Caballero”, que es una distinción de extraordinaria importancia para los que a la enseñanza se dedican.

Era un trabajador infatigable, muy solicitado para hacer retratos. Son muchos los que pintó, figurando gran parte de ellos en nuestras corporaciones oficiales y sociedades particulares, así como en mansiones de nuestras principales familias, sin contar los paisajes, marinas y pinturas decorativas, sobresaliendo entre las de este último género: el plafón existente en el vestíbulo de la Academia de Ciencias y el techo del salón principal del Diario de la Marina.

[…]

Y como escultor, dentro de las mismas tendencias clásicas, realizó no pocos trabajos de mérito, entre los cuales se encuentra el bajo relieve que representa al General Máximo Gómez, y que figura en el monumento que sobre su tumba tiene dicho General.

[…]

Muy celoso en el cumplimiento de sus obligaciones y atacado de horrible enfermedad –que él ignoraba cuál era– próximo a sucumbir y operado, siguiendo los impulsos de su carácter, se esforzaba por terminar los encargos que tenía pendientes, preocupado de lo que pensarían los interesados a quienes pedía le disculpasen por la tardanza a causa de su enfermedad: al extremo de que, en sus ansias de producir, dos días antes de su fallecimiento, cuando a petición de u familia acudió un sacerdote para confesarlo, sin él saberlo (él no se creía en trance de muerte), creyendo por el curso de la conversación que de lo que se trataba era de pintar la imagen de una santa, explicó todavía cuál podría ser la composición del cuadro, y hasta trazó en la cama algunos apuntes para que se comprendiera mejor cuál era su idea.

Mientras conservó el conocimiento siguió siendo pintor: y para que su obra fuera más completa en todos los sentidos y no se extinguiese en él la extirpe artística de los Melero, dejó dos hijas, de las cuales una, María, es hábil cultivadora también de la pintura.

[…]

Notas

(1) La Revista Bimestre Cubana se complace en publicar este discurso leído en el homenaje póstumo que rindiera el Círculo de Bellas Artes de La Habana, en la noche del 9 de abril de 1932, a su Socio de Mérito Aurelio Melero. Su autor –miembro del Círculo de Bellas Artes, presidente de la Sección de Pintura de la Academia Nacional de Artes y Letras– es Socio de Mérito de la Económica, y en este trabajo precisamente elogia la actuación de otros no menos distinguidos amigos, cuyos nombres brillaron durante muchos años en nuestra Sociedad. Esta disertación tiene, además, verdadera importancia para la historia de nuestras Bellas Artes, por los datos de primera mano que contiene, muchos de ellos vividos por el narrador que es un consagrado entre los artistas como pintor y como crítico de arte competente y concienzudo. El Sr. Gelabert antes de destacarse por sus actividades de financiero y hacendista, a las que viene dedicándose desde hace años, fue artista profesional, discípulo predilecto de D. Miguel Melero, y, después, el más íntimo de sus amigos.

(2) El día 13 de abril de 1870 –N del A.

(3) El día 22 de febrero de 1887.

Tomado de: Revista Bimembre Cubana, Habana, 1932, vol. III, pp. 62-68, 199-219.

 

A retrato perpetuo. Una parada sobre Miguel Melero
Por Alfredo José Bravo Bauzá

<< Plana Mayor, por Miguel Melero, Sala de Uniformes Españoles del Museo de la Ciudad.

En la segunda mitad del siglo XIX cubano son varios los nombres que se destacan en la plástica, uno de ellos, sin duda, es el de Miguel Melero Rodríguez. Él, como otros tantos, representa el nivel técnico alcanzado en la ejecución pictórica y, como ninguno, encarna la conciencia de la enseñanza académica ya avanzado el siglo en que estos estudios comenzaran a organizarse con pretensiones de superar la escala del oficio. Él es, puede verse así, el colofón del modelo que en el ámbito cultural, se estableció en la sociedad habanera desde inicios de la centuria. Una estética razonada, que partía de presupuestos greco latinos y que entraba a través de una escuela, academia, como parte de una enseñanza y una educación dirigidas a un esfuerzo nacional.

A pesar de ello, su figura tiene hoy un escaso reconocimiento que cuenta más de un motivo, pero en lo que parece pesar su vínculo con las esferas del Gobierno peninsular, aunque tales relaciones fuesen de tipo profesional, como retratista de una gran parte de la oficialidad española en los años de entre guerra, sobre todo, de los Gobernadores Generales de la Isla solicitados y pagados por el Ayuntamiento de La Habana y que, a nuestro juicio, no es más que la asimilación cabal de aquella enseñanza con que se actualizara en Cuba el pensamiento moderno occidental de tránsito entre los siglos XVIII y XIX.

Aquellos primeros pasos, la primera línea de trabajo, encaminada a ganar la academia, con las incursiones de Etienne-Sulpice Hallet, Perovani Rústica y el definitivo Jean Baptiste Vermay, tienen, recordemos, su inspiración primera en la ilustración francesa que hizo derivar el rococó cortesano en el gusto neoclásico que, en las artes, dirigió Jackes-Louis David.

Aunque filtrado por la Península y la nueva latitud, es este el espíritu que gobernaba en La Habana del segundo cuarto del siglo XIX, cuando Melero comienza a desenvolverse en los círculos artísticos del Liceo y la Academia.

Según recoge la historia, Vermay, como su sucesor Guillermo Colson, trae credenciales de haber sido alumno de David. Ellos portan una noción de arte cuya acción se sustenta en la clase dominante. Esta conducta política de las artes, que en Francia cruzó reverenciando la Revolución, la República, el Imperio y la monarquía, se tradujo en Cuba en un servicio a los sectores impulsores iniciales del progreso, con marcada presencia de la alta clase criolla, y a la élite del poder español de la segunda mitad del siglo.

Fue la Real y Patriótica Sociedad Económica de Amigos del País quien puso la siembra en 1818 con la fundación de la Escuela Gratuita de Dibujo y Pintura que en 1863 pasa al Estado. Dos años más tarde Melero es aceptado como miembro de la Económica. En 1967 el Liceo lo nombra socio facultativo y, junto a la Económica, le financia un viaje de superación profesional en Europa, que realiza hasta que se suspende la pensión, cuando al año siguiente los fuegos separatistas estallan en la Guerra de los Diez Años.

General Martínez Campo, por Miguel Melero,
Sala de Armamento Español del Museo de la Ciudad.>>

La relevancia da la guerra de 1868 eclipsó, en la historia nacional, toda otra actividad de la índole que fuese, y la vida artística no fue excepción. A pesar de ello el movimiento de la plástica continúa y Melero presenta una carrera profesional en ascenso, siempre ligada a lo institucional; una vida propia desde el anonimato de una clase social inferior hasta el reconocimiento público que comparten su obra artística y su labor docente y directiva.

Para cuando Melero llegó a ser una notoria personalidad del mundo artístico, reclamada en la decoración de espacios públicos de primera importancia (en cuya inauguración se esperaba la asistencia de la sociedad regulada, católica, monárquica de la “siempre fiel”), eran asuntos políticos los que reclamaban la atención del cubano. La figura de Melero se presenta entonces, en la prensa, separada de tales cuestiones, cosa difícil de aceptar en un cien por ciento. Sobre él las noticias que salpican los diarios de la época son siempre del cuadro artístico: presidiendo jurados para exposiciones en Europa, jurado en los Juegos Florales en Matanzas, ganando la dirección de la Academia de Dibujo y Pintura de La Habana. Y así, iniciada la República, difícilmente se encontrará en su vida y obra una señal que abiertamente lo coloque del lado independentista. Otros habían dejado el pincel para morir por la independencia; Collazo había tenido que emigrar a Nueva York, Menocal concilió en el campamento mambí, el arte y el ideal patrio; en cambio, de Miguel Melero se difunde, cuando más, una actitud neutral.

Si pública era su relevancia, algunas muestras de desafección a España parecieron discretas y escasas, y ya terminada la colonia algunas personalidades de crédito se sienten en el deber de librar su imagen de las dudas. De textos dejados por sus contemporáneos Ramón Meza, Sebastián Gelabert y Ezequiel García Enseñat, quienes lo conocieron, se extrae la admiración por una irreductible integridad moral que junto a su cultura y entrega al trabajo y a lo que consideró el deber, le abrió puertas en los últimos cincuenta años de la colonia y ante el gobierno de la primera intervención norteamericana, procurando mejoras para la escuela y el ámbito cultural habanero.

Con la República cambian las instituciones a las que estuvo ligado; la Sociedad Económica, cuyo trabajo se reparte entre los ministerios de nueva creación, ya no tiene el alcance de antaño. La Iglesia católica, otra fuerte entidad colonial que dio a Melero trabajos de importancia, se vio seriamente resentida con la acentuación de sentimientos anticlericales, en buena medida debidos a la postura radicalmente anticubana del obispo Santander y Frutos y al incremento de misioneros anglicanos y protestantes durante la primera intervención de los Estados Unidos.

A cinco años de estrenada la República muere Miguel Melero, con lo que se cortan las aspiraciones de ejecutar viejos proyectos que una vez soñó junto a su hijo Miguel Ángel, grandes cuadros de tema histórico dejados en boceto o en el conocimiento de sus allegados. De la nueva iconografía de la patria, de la retratística de los pensadores de una Cuba cubana y de los líderes de la invasión se encargaron otros, algunos de ellos, alumnos suyos. De su hijo menor, Aurelio, se conserva en el Museo de la Ciudad una imagen a medio cuerpo y respetable formato, de Antonio Maceo; a Armando Menocal debemos uno de los retratos más psicológicamente profundos de José Martí, hoy en el Colegio de San Jerónimo; a Federico Martínez, el nuevo Ayuntamiento de La Habana le solicitó retratos de más de cien patriotas. Estos pintores que protagonizaron, junto a muchos más, el período conocido como cambio de siglo, representan valores de continuación y derivación de la enseñanza académica.

Pero sobre esta estética, terminado el primer cuarto de la centuria, el auge de las formas vanguardistas cayó como una maza, afectando aún más, por consiguiente, cualquier valía de la obra de Melero. Para los años treinta ya habían surgido del nuevo espíritu varias publicaciones y había una crítica en consecuencia cada vez menos preocupada por los viejos gustos, a lo que se suma, en la siguiente década, un coleccionismo interesado en el arte más reciente. No faltaron las observaciones de menosprecio a la academia, en una actitud que trasciende a períodos posteriores donde se encuentran verdaderas carnicerías con el quehacer de Melero y lo que este representa.

<< Retrato de Carlos III, Salón Verde del Museo de la Ciudad.

Los autores de las vanguardias amplían y generalizan el abanico temático, a la par que liberan las formas y rescatan para sí las artes. Pero Miguel Melero da cuentas de un nexo arte-institución, cuya práctica resultó provecho y lastre. Contó con el apoyo oficial que, a cambio, lo encadenó a sus símbolos de poder gubernamental, militar y de control ideológico. En la madurez de su carrera todavía estaba obligado a la efigie de Carlos III, el lejano monarca de la ilustración española; doce retratos de Gobernadores Generales de Cuba, con su firma reconocible, se guardan en el Archivo de Indias de Madrid; en la capital cubana, uno del General Martínez Campo, en el Museo de la Ciudad; las paredes y techos de las capillas de Lourdes en la Iglesia de La Merced y la principal del Cementerio de Colón aun muestran sus pinceladas en escenas religiosas, y en el Museo Nacional de Bellas Artes se puede ver un boceto de Colón ante el Consejo de Salamanca, otro símbolo de la metrópoli, y su pintura de tema mitológico que le aseguró el puesto de director de la Academia de San Alejandro.

Pintó, y pintó mucho, documentando en imágenes, y en su historia personal, una parte no tan visible de la vida en una sociedad que según cronistas e historiadores de entonces, se mostraba en esencia ajena a un arte verdaderamente culto, en una ciudad que, al decir de Enseñat, era “implacablemente comercial”, y que aún sustentaba una autoridad que ya se hacía igualmente ajena.

Miguel Melero cierra un ciclo indiscutiblemente importante en el desarrollo del arte en Cuba, el de la vivencia académica, el de la primera apertura e inserción social de las artes en su papel formador de una nueva mentalidad coherente con el mundo y con la idea de nación unitaria.

Bibliografía

Enseñat, Ezequiel García. “Melero”, en El Fígaro, año 24, no. 29, 18 de julio de 1908.

García-Menocal, Carlos Manuel de Céspedes. “La emancipación antillana y sus consecuencias para la Iglesia católica en Cuba”, en dialnet.unirioja.es/servlet/fichero_articulo?codigo=236274 [consulta del día 23.09.2011]

Gelabert y Ferrer, Sebastián, “Una familia de artistas: Los Melero”, en Revista Bimestre Cubana, vol III, La Habana, 1932.

Meza, Ramón, Miguel Melero. Estudio biográfico. El Avisador Comercial, La Habana, 1909.

Rigol, Jorge. Apuntes sobre la pintura y el grabado en Cuba. De los orígenes a 1927, Editorial Pueblo y Educación, La Habana, 1989.