Imaginarios: José Antonio Portuondo en el recuerdo

 

El historiador cultural José Antonio Portuondo
Por Ana Cairo

El azar concurrente, que tanto entusiasmaba al poeta José Lezama Lima, posibilita enlazar dos celebraciones. Ahora, estamos festejando el centenario de José Antonio Portuondo, quien trataba a sus alumnos con la cordialidad de los verdaderos amigos. Nos aconsejaba que ejercitáramos la opinión propia, siempre fundada en una permanente praxis investigativa. En el 2012, deberemos celebrar el bicentenario del natalicio de Antonio Bachiller y Morales, quien fue el primero de nuestros historiadores culturales. Se labora en un ensayo para analizar las contribuciones desde Bachiller hasta Portuondo. Ante la necesidad de cumplir con las exigencias del evento, se ofrece un fragmento centrado en los aportes del segundo.

Portuondo en la Biblioteca Nacional José Martí, noviembre de 1983.>>

La formación

Portuondo estudió en el Colegio de Dolores, propiedad de la Orden de los Jesuitas, desde el segundo grado hasta concluir el bachillerato.

La enseñanza privada católica evitaba al máximo los temas políticos; en tal sentido, los alumnos tenían que buscar una orientación en las coordenadas familiares, o en los grupos sociales y las estructuraciones clasistas en cada ciudad, pueblo, región o provincia.

A partir de marzo de 1927, Gerardo Machado jerarquizó como plan del gobierno la reelección presidencial, la prórroga de poderes para los miembros de la Cámara de Representantes y el Senado, fundada en una alianza, y la  reforma constitucional. Ante el rechazo creciente de la población, se multiplicó la represión.

En la provincia de Oriente, el militar Arsenio Ortiz (cuyo apodo era “el chacal”) sembró el terror con numerosos crímenes y atropellos. Los adolescentes y sus familias odiaban al sicario, se solidarizaban con la rebeldía juvenil y se alineaban contra la satrapía. Portuondo fue uno de ellos.

Se trasladó a la capital en 1929. Matriculó en la Facultad de Derecho de la Universidad de La Habana. Ingresó al llamado curso prejurídico 1929-30. José Lezama Lima fue uno de los condiscípulos; Juan Marinello, uno de los profesores.

Al finalizar el curso, regresó a Santiago de Cuba para disfrutar de las vacaciones de verano. No pudo retornar a La Habana porque, después de la manifestación estudiantil del 30 de septiembre de 1930 y la muerte del estudiante de derecho Rafael Trejo, se pospuso varias veces el inicio del curso académico. En diciembre, el gobierno clausuró la Universidad, que permaneció en dicho estatus hasta octubre de 1933.

Desde 1931, ejerció el periodismo. En el Diario de Cuba, publicó los primeros textos.  Se dio a conocer como poeta vanguardista (agosto de 1932), adscrito al tema negro. “Mari Sabel”, “Rumba de la negra Pancha”, “Firulítico”, “Lance de Juruminga”, fueron poemas incluidos por el compilador Ramón Guirau en la Órbita de la poesía afrocubana. 1928-37, publicada en 1938.

A finales de 1933, conoció y ayudó a Pablo de la Torriente Brau, quien pasó por Santiago en tránsito hacía el Realengo 18, en Guantánamo, donde escribió “Tierra o sangre”, un  testimonio sobre las luchas campesinas.

Retornó a La Habana en 1934 para continuar los estudios en la Facultad de Derecho. Se ganaba la vida como maestro en escuelas privadas, en el periodismo y en espacios radiales.

Con el golpe de estado del 15 de enero de 1934, se instauró la primera tiranía de Fulgencio Batista. El movimiento estudiantil privilegió la lucha política. Durante la huelga general fallida de marzo de 1935, la Universidad fue clausurada. La vida académica no se reanudó hasta el curso 1936-1937.

Portuondo  radicalizó la afiliación ideológica. Había sido antimachadista; era antibatistiano, antimperialista, marxista y antifascista. Defendió a la Segunda República Española (1931-1939).

Hizo amistad con Emilio Roig de Leuchsenring  y Fernando Ortiz. Colaboró con el primero en la Oficina del Historiador de la Ciudad desde la fundación (1935) y en la Sociedad Cubana de Estudios Históricos e Internacionales; y con el segundo, en el resurgimiento de la Institución Hispano-Cubana (1936-1946).

Entre  el 10 de octubre de 1936 y el 9 de febrero de 1937, formó parte del grupo de intelectuales —capitaneados por Roig de Leuchsenrig— que ofreció un curso de Historia de Cuba por radio.

Probablemente, fue el disertante más joven. Intervino en todos los períodos, porque se ocupaba del desarrollo cultural. Bajo el nombre de “Proceso de la cultura cubana. (Esquema para un ensayo de interpretación)” (1938) se incluyó en el volumen del curso, coordinado por Roig de Leuchsenring.

En marzo de 1937, firmó el manifiesto “Por un Partido Democrático Revolucionario”. Acompañaba a Raúl Roa, Ramiro Valdés Daussá y a José Z. Tallet (entre otros), en la fundación de un Partido de Izquierda Revolucionaria opuesto a un pacto político con las fuerzas batistianas.

Había sido uno de los subdirectores de Mediodía, publicación del Primer Partido Comunista en 1936. Por la discrepancia con la estrategia de dicha organización abandonó el semanario. Fundó y dirigió la revista Baraguá  (agosto-octubre de 1937-febrero de 1938), vocero del Partido de Izquierda.

Decidió un cambio de carrera. Se trasladó a la Facultad de Filosofía y Letras, más acorde con su desempeño laboral. El profesor Aurelio Boza Masvidal (un italianista) lo animaba para que se especializara en la teoría literaria, disciplina que podría ser una de las cátedras nuevas imprescindibles en un proyecto de modernización.

En 1941, el marxista Portuondo defendió la tesis “Concepto de la poesía”, una de las monografías más novedosas discutidas en la Facultad de Filosofía y Letras. Años después la publicó.

En 1942, el Partido Unión Revolucionaria Comunista se trasformó en Partido Socialista Popular. Elaboró nuevos estatutos, en los que se diseñaba una política cultural. Portuondo colaboraba con dichas acciones. En 1944, era uno de los editores de la revista Gaceta del Caribe.

Por gestiones de Fernando Ortiz con Alfonso Reyes, cuatro jóvenes intelectuales obtuvieron becas en el recién fundado Colegio de México. Julio Le Riverend, Portuondo, Carlos Fontanella y Manuel Moreno Fraginals, se especializaron en diversos tipos de historia.

Portuondo sabía que en la Universidad de La Habana no había dinero, ni lo habría en los próximos años para crear nuevas cátedras. Llegó a la capital mexicana por un año y permaneció casi tres (1944-1946). Se preparó muy bien, porque aspiraba a ser contratado, primero, en algún departamento de español de las universidades estadounidenses; y, después, conseguir un nombramiento como permanente.

Aprovechó al máximo la posibilidad de un diálogo muy fructífero con Alfonso Reyes. Avanzó en teoría literaria, estética y literatura hispanoamericana.

Le Riverend y él funcionaron como mediadores entre los escritores cubanos y mexicanos, cuyas relaciones se habían multiplicado a partir de la década de 1920.

Le Riverend cumplía instrucciones como vocero de Fernando Ortiz. Trabajaba con el objetivo de que se fundara una organización panamericana de todos los especialistas en los temas afroamericanos.

Portuondo (con el apoyo de Reyes) logró la publicación inmediata de El contenido social de la literatura cubana (1944), que le facilitó:

Las interacciones

Mientras Portuondo impartía las conferencias, que después integraba en el Proceso de la cultura cubana. (Esquema para un ensayo de interpretación) (1938), libro en el que —por primera vez— se utilizaba una perspectiva marxista, Antonio Sánchez de Bustamante y Montoso difundía el ensayo “Las generaciones literarias” (1937) para promocionar su utilización.

Portuondo estudió la versión de Sánchez de Bustamante y propuso la suya, resumida en el ensayo “Las generaciones literarias cubanas. El proceso de las generaciones” (1943, inédito hasta Capítulos de literatura cubana, 1981). En el primer epígrafe definía el sistema de categorías y explicaba el significado de construir una historia de la literatura:

“[…] es referir el proceso seguido por todo un pueblo en busca de su propia y peculiar expresión. El estudio de la producción literaria no puede hacerse, por ende, con olvido total de otros factores —económico, político, social— que aquella expresa y toda exposición que se limita de modo exclusivo a la apreciación de los valores éstéticos, dará un solo aspecto, y aún este incompleto, sin asiento ni raíz de la literatura enjuiciada”.

“No basta tampoco la minuciosidad biográfica que pretende asomarnos, con copia de anécdotas más o menos reveladoras, a la humanidad de los escritores, porque esta ha de verse siempre en función de su tiempo, de su generación y de su clase. Aunque resulte paradójico, es lo cierto que en las historias literarias al uso —y otro tanto está ocurriendo entre los fenomenólogos de la estilística contemporánea— se suele olvidar con demasiada frecuencia la esencia historicidad del fenómeno literario. Y conviene no olvidarlo: la literatura es un fenómeno social que es parte importante y no precisamente aislada de un complejo proceso histórico que ella en cada momento expresa. La literatura no puede estudiarse con olvido de la historia general del país”.

“Pero esta no puede entenderse sino como historia de las generaciones. […]”.

“[…] El enfoque justo y severamente materialista de la historia literaria no ignora las contradicciones entre el escritor y su propia clase social, ni desconoce sino subraya los valores exclusivamente estéticos pero no incurre tampoco en el error de considerarlos aislados, sin relación alguna con los demás valores, sino que, con una visión más justa de la realidad los estudia como parte de un complicado proceso de acciones y reacciones recíprocas en que intervienen los demás valores económicos, sociales, políticos, etcétera”.  

Entre 1941 y 1943, Portuondo terminó los ensayos “Los comienzos de la literatura cubana” (1610-1790)”, “Los criollos del Papel Periódico” (1790-1820),El patriciado prerromántico”(1820-1834) y “Los románticos” (1834-1850),los cuales demostraban que él deseaba escribir una historia de la literatura, proyecto que quedó interrumpido.

En México, al publicar El contenido social de la literatura cubana (obra que tuvo una amplia difusión en América Latina)reiteró las premisas ya citadas de “Las generaciones…”.

En La historia y las generaciones (1958) desarrolló las tesis de “Las generaciones…”. En el último ensayo del libro Esquema de las generaciones literarias cubanas presentó una tabla:

Primer  período (1492-1556): Descubrimiento y conquista. Actuaban dos generaciones: 1492-1510 los descubridores; 1511-1556 los conquistadores. (No eran cubanos).

Segundo período (1557-1761): Factoría. Comprendía siete generaciones.

Tercer período (1762-1901): Colonia. Abarcaba de la octava a la duodécima generación.

Cuarto período (1902-1958): República semicolonial. Incluía la décimotercera y la décimocuarta generaciones.

En la segunda edición de La historia… (1979), incorporaba:

Quinto período (a partir de 1959): La revolución. Añadía la décimoquinta generación.

Portuondo elogiaba como un gran antecedente el Estudio sobre el movimiento científico y literario en Cuba (1890) de Aurelio Mitjáns. Reconocía que su tabla era una heredera de la confeccionada por Max Henríquez Ureña, la que a su vez había sido adaptada de la hecha por su hermano Pedro para la literatura española…

A petición de Raúl Roa, Ministro de Relaciones Exteriores del Gobierno Revolucionario, escribió Bosquejo histórico de las letras cubanas (1960),en el que reiteró los cuatro períodos mencionados e introducía la conformación del quinto.

En 1965, Portuondo, profesor de la Escuela de Letras y Arte de la Universidad de La Habana, asumió la fundación del Instituto de Literatura y Lingüística (ILL) de la Academia de Ciencias de Cuba. Ángel Augier era el subdirector.

Se aspiraba a formar equipos de intelectuales bien preparados para cumplir con dos proyectos de investigación sucesivos: un Diccionario de la literatura cubana y una Historia de la literatura cubana.

En noviembre de 1975, se consideró terminada la investigación para el Diccionario… Juan Marinello felicitó a todos los que lo habian hecho posible.

La primera versión de las fichas por letras estaba en folletos mimeografiados; al final de cada una aparecía el nombre del redactor. En el primer folio de cada folleto se indicaba quiénes habían participado en su confección.

Decenas de autores revisaron los datos en sus fichas y en otras como un aporte solidario.

Numerosos investigadores pudimos trabajar con dichos folletos en el archivo del Departamento Literario del ILL.

En diciembre del mismo año, Portuondo fue nombrado embajador ante la Santa Sede de la Iglesia Católica Romana. El 31 de ese mes, Mirta Aguirre lo remplazaba en la dirección del ILL. Augier pasaba a trabajar con Nicolás Guillén en la UNEAC.

El primer tomo del Diccionario… fue publicado en 1980 y el segundo en 1984. En ambos volúmenes fueron suprimidos autores, cuyas fichas sí estaban en la versión de los folletos. Ni Portuondo ni Augier, tuvieron responsabilidad alguna en esa errónea decisión. Los verdaderos gestores de ese hecho lamentable optaron por el anonimato.

Portuondo y Augier, con gran caballerosidad y civismo, aguantaron estoicamente los reclamos y las iras, por un hecho que no habían cometido. Ellos pensaban que en algún momento se sabría la verdad, que puede comprobarse fácilmente en los ejemplares de los primeros folletos archivados en el ILL.

En el mismo acto (noviembre de 1975), donde se declaró terminada la investigación del Diccionario…, Portuondoanunciaba que comenzaba el proyecto de una Historia… La primera labor sería la de los estudios de orientación y de actualización metodológica.

En el salón de actos del ILL, se organizaron numerosas sesiones científicas, con decenas de invitados, para discutir materiales. En 1981, él contribuyó a esta fase con la circulación de los Capítulos…

Perfil histórico de las letras cubanas desde los orígenes hasta 1898 (1983) fue una idea de Mirta Aguirre. El objetivo era ofrecer un texto sintético, que enfatizara la orientación docente.

En 1985, Sergio Chaple terminó unas Bases metodológicas para la historia de la literatura cubana, las cuales fueron discutidas por especialistas e instituciones.

Entre 1986 y1996, se elaboró la primera versión de la Historia en tres tomos. Los autores se responsabilizaban con epígrafes discutidos en cada equipo. A continuación, otro grupo de especialistas se los leían y ofrecían sugerencias para reescribirlos.

Portuondo encabezó el proyecto hasta su muerte. Revisó hasta la primera versión del tercer tomo. Se decidió que la Historia tuviera como el Diccionario… un autor colectivo: el Instituto de Literatura y Lingüística, al que se le añadió póstumamente el nombre del director-fundador. 

A partir de 1999, se realizaron actualizaciones para publicarla. Cira Romero asumió la coordinación general. Salvador Arias fue el responsable del primer volumen dedicado a la Colonia (2002). Enrique Saínz, el del segundo, centrado en la República neocolonial (2003). Sergio Chaple, el del tercero, destinado a los sucesos entre 1959 y el 2000 (2009).

Los dos tomos del Diccionario… y los tres de la Historiapermiten afirmar que Portuondo fue el más importante de los historiadores culturales del siglo XX. Durante seis décadas (1936-1996) proporcionó análisis para construir la historicidad de nuestra literatura y ayudar a las de otras disciplinas.

En la Historia se diseña un contrapunteo entre el sistema de la praxis literaria por géneros y el de las instituciones culturales, muy bien enmarcado en la historia política y social.

Como cualquier proyecto científico estuvo sometido a contingencias inimaginables. Desde 1989 se desencadenó el llamado período especial, la más profunda y larga crisis económica del siglo XX.

Fue una hazaña cultural que el proyecto de la Historiano se cancelara. Sí provocó el retraso en el cronograma de publicación de los tomos, lo que incidió en un desfasaje muy notorio entre los tiempos de la gestación de los textos y los de la recepción en cada volumen.

Quizás, en las reediciones de los tres volúmenes de la Historia, podría ser conveniente ir reseñando las infinitas dificultades para que existieran. La historicidad en las esferas de la circulación y de la recepción completarían los argumentos para el realce de dicha hazaña.

La Habana, 5 de noviembre de 2011.

J

 

José Antonio Portuondo: desde el hoy, en el recuerdo de su obra
Por Cira Romero

Traspasar el umbral de su despacho, cada mañana. Verlo sentado en su silla giratoria, la de siempre, la que ya no está. Verlo entre libros y papeles, atendiendo llamadas telefónicas: podían ser de un ministro, de un embajador, de la directora de una escuela primaria. Siempre solicitándole ayuda, pidiendo orientación, invitándolo a decir unas palabras o a una cena. Para todos el sí más rotundo, la aquiescencia sin demora. Ayudar a todos fue la meta más alta que se trazó en su vida. La cumplió siempre desde el magisterio más ejemplar: el de la humildad.

Forjó su saber en las materias teóricas y literarias más actuales de su época, entrecruzando lecturas, sacando conclusiones, aportando o aplicando conocimientos. El marxismo-leninismo, al cual se acercó sin temor a comienzos de la década de 1930, militando aún en las filas del catolicismo, le dio sostén ideológico a sus convicciones políticas y también a las culturales, inseparables una de la otra si de llegar a conclusiones se trata. Por eso desde sus primeros libros —Proceso de la cultura cubana (Esquema para un ensayo de interpretación) (1938) y El contenido social de la literatura cubana (1944)— combinó sagazmente su inclinación hacia dicha teoría con sus ya por entonces asentados conocimientos sobre literatura cubana, advertidos al estudiar a nuestro poeta modernista de Bustos y rimas a través de su Angustia y evasión de Julián del Casal (1937), primer libro por él publicado.

La publicación en 1945 de Concepto de la poesía [y otros ensayos], libro todavía insuficientemente valorado por lo que significó en su momento de aparición, cuando en América Latina se estaba aún distante de una aplicación teórica de avanzada al, precisamente, concepto de la poesía, lo coloca a la vanguardia de figuras que como Aníbal Ponce y José Carlos Mariátegui se habían esforzado por encauzar el análisis del fenómeno de la creación por nuevos rumbos. Este libro fue el impulso inicial para seguir por los derroteros escogidos, impulso del cual fue guía inicial el mexicano Alfonso Reyes, mentor intelectual de Portuondo en estos años de formación, cuando fue becario de El Colegio de México.

Después vendrían nuevas experiencias, docentes sobre todo, en universidades norteamericanas tan prestigiosas como Columbia University, de Nueva York; también en la Universidad de los Andes, en Venezuela, y, por supuesto, su rendida preferencia por las universidades cubanas: primero la de Oriente, entre 1953 y 1958, como profesor de Estética; después en la de La Habana, donde, en su Escuela de Letras, impartió varias disciplinas. En ambas formó a muchas generaciones de cubanos que hoy ocupan importantes espacios en la cultura nacional. De la de Oriente fue su rector poco después del triunfo revolucionario, cargo que se vio precisado a dejar para ir a ocupar otro espacio importante en su vida: el de diplomático. Esta primera vez en México, años después en el Vaticano. Desde esta última posición tuvo el privilegio, que muy pocos desde ese cargo pueden exhibir, de haber besado el anillo a tres Papas que, consecutivamente, ocuparon el alto sitial.

El Instituto de Literatura y Lingüística que hoy lleva su nombre lo creó tal y como él siempre lo había soñado: un departamento de Literatura, para estudiar la nuestra, y un departamento de Lingüística, para impulsar el estudio de una disciplina inexistente entre nosotros. En ambos casos pudo materializar sus empeños. El estudio científico de la literatura cubana debía partir, en su criterio, desde dos bases sólidas: la realización de un diccionario  y de una historia de nuestro proceso literario. Ambos proyectos fueron cumplidos. Las limitaciones achacables al primero —fundamentalmente la exclusión de autores con posiciones políticas desafectas a la Revolución— no fue responsabilidad suya, en tanto que los tres tomos que constituyen la Historia de la literatura cubana, si bien perfectibles por futuras generaciones de estudiosos, constituyen hoy un instrumento indispensable para un acercamiento panorámico, pero a la vez sustancioso, de nuestro proceso literario. En ambas obras Portuondo puso en práctica un empeño que siempre lo acompañó: la necesidad de trabajar en colectivo. Fue un defensor permanente de este tipo de trabajo, pero sin desechar, por supuesto, los empeños individuales, respetados por él siempre, y de los cuales fue el mejor ejemplo a través de sus propias obras.

Martiano de siempre, José Antonio Portuondo nos legó una obra relevante de acercamiento a nuestro Héroe Nacional. El año 1953 abrió, de manera definitiva, una nueva vertiente en su labor: la consagrada al estudio de este hombre universal con la publicación de dos títulos: José Martí, crítico literario, publicado en Washington por la Unión Panamericana, y La voluntad de estilo en José Martí, editado por la Universidad de Oriente, en su Santiago de Cuba natal, este último de poca extensión. El primero es un análisis maduro y acertado sobre el método de análisis literario de José Martí en su función como crítico. En este estudio Portuondo revela sobre qué postulados da cuerpo a su prosa el cubano ejemplar y demuestra que, más allá del impresionismo de estirpe modernista en que ha sido encasillado, logra evadirlo para dar fe de una bien asentada cultura que lo traspola hacia lo universal, lo cual revela, en sí misma, una postura revolucionaria al enfrentar el acto enjuiciador. Portuondo realiza una labor de recuperación, desde dentro mismo de la obra martiana, para dejar bien establecido cuáles fueron los aspectos básicos en los que Martí asentó su personal teoría de la crítica literaria. En su estudio propone evidencias incontestables acerca del analista minucioso que fue Martí y ofrece, en justa medida, su registro como tal. Por su parte, La voluntad de estilo en José Martí lo consagra a establecer el ejercicio estilístico martiano, tanto en prosa como en verso. En este trabajo ocupa un espacio “la renuncia de las ‘letras’ en favor de las ‘armas’, vieja controversia hispánica que el autor resume en ‘la quejumbrosa suposición de que un poeta no puede realizar labor revolucionaria a menos que sacrifique a ella sus aspiraciones estéticas”, lo cual, en el caso de Martí resulta, como apunta Portuondo, una “falacia”. Precisa además cómo el cubano más universal le otorga a la literatura un carácter de espejo de su época y por la otra le exige al creador una toma de posición frente a su circunstancia. Al interpretar la posición asumida por Martí, Portuondo precisa que el autor de Nuestra América entendía debe haber una sólida unión entre la vida y el arte, pero no como vida individual solamente, sino como participación colectiva: vida de todos en la cual es necesario que el artista tome parte activa. Portuondo deja bien esclarecido que durante mucho tiempo se cometió el error de considerar que Martí sacrificó su arte a la acción revolucionaria, pero lo cierto es que fue un escritor extraordinario porque, precisamente, se consagró en cuerpo y alma a una acción tan grande que esta se trasluce en su obra. Su acercamiento a Martí se vería también en otras obras como Martí y el diversionismo ideológico, aparecida en 1973, además de numerosas conferencias impartidas en Cuba y en el extranjero.

Un ensayo poco conocido de Portuondo, La ciencia literaria en Cuba (1868-1968), publicado en ese último año, tiene un carácter panorámico, pero no impide sea un texto significativo en tanto instrumento referencial muy documentado acerca de cómo fue evolucionando en la isla el estudio científico de la literatura y las orientaciones estético-filosóficas en el lapso aludido. Asimismo, su libro Astrolabio (1973), dedicado esencialmente a la literatura policial, contiene un capítulo, “La novela policial revolucionaria”, en el cual, tras una rápida revisión sobre el estado del género a escala mundial, desde Poe hasta los cultivadores de la década de 1960, incluidos los del entonces campo socialista, se detiene en la que nace con la Revolución Cubana, caracterizada por aportar nuevas aristas, a su juicio enriquecedoras de esta manifestación, analizadas por él según el rango de importancia que les concede. También de manera tangencial alude a la literatura cubana en obras de perfiles más inclinados a la estética, como Itinerario estético de la Revolución Cubana (1979),  y en Orden del día (1979), con el capítulo titulado “Ideas estéticas de la Revolución Cubana”, insertado en este último, donde apunta de manera más directa a la política cultural del Estado cubano.

   

Otros muchos libros aportó José Antonio Portuondo al enriquecimiento de nuestro saber, pero su preferencia no se quedó solamente en autores cubanos. Se acercó al filósofo búlgaro todos Pavlov, al poeta romántico alemán Heine a través de su Encuentro cubano con Heine (1973) y a Polonia con su Polonia en la cultura cubana del siglo XIX, también aparecido en el último año citado. Asimismo, la literatura latinoamericana no le fue ajena, con acercamientos a innumerables figuras, ya con comentarios sobre sus obras, o valorándolas en su integralidad. Tal es el caso, para solo citar una, del dominicano Pedro  Henríquez Ureña, del que publicó: Pedro Henríquez Ureña, el orientador.

Intelectual orgánico, entregado a una labor vinculada muchas veces a la investigación solitaria, pero nunca alejado del mundo que lo rodeaba donde tuvo una activa participación como revolucionario, hombre de ideales emancipatorios y de posturas liberadoras, José Antonio Portuondo nos entregó una obra hija de su propio proceder ante la vida. El legado dejado permitirá que su servicio cultural a la patria, a partir de nuevas miradas, ocupe el lugar merecido en el espacio cultural cubano y le asegure la sobrevivencia, ahora que arribamos al centenario de su nacimiento.

 

En el centenario de José Antonio Portuondo
Por Salvador Arias García

El año 2011 marca el centenario de José Antonio Portuondo, profesor, ensayista, diplomático y dirigente cultural, nacido en Santiago de Cuba el 10 de noviembre de 1911. Una caracterización rápida de su obra y figura se podría tratar de sintetizar en algunas adjetivaciones precisas. Por ejemplo, puede decirse que fue un convencido y ejemplar martiano y estaremos afirmando uno de los factores claves de su vida y obra, con todo lo que significó su devoción a quien consideramos Héroe Nacional de Cuba, cuyo conocimiento más integral debe mucho a las apasionadas y rigurosas indagaciones de Portuondo, que como buen seguidor del Maestro supo encausar también sus huellas en el reino de este mundo por sendas que aquel trazara.

Puede decirse también que José Antonio Portuondo fue un consciente marxista-leninista y también estaremos afirmando una gran verdad para quien fue un lúcido militante, que supo poner sus mejores recursos intelectuales y prácticos en pro de las causas más nobles, primero desde el riesgo de la lucha contra el poder y luego, ya después de 1959, desde ese poder con que supo llevar a la práctica proyectos renovadores y básicos.

Profesor en universidades cubanas y extranjeras, sobre todo en México y los Estados Unidos, fue rector de la Universidad de Oriente. Como diplomático representó a Cuba en México y el Vaticano. Entre su amplia y fructífera labor, imposible de resumir en unas pocas líneas, se destaca la creación del Instituto de Literatura y Lingüística, que hoy lleva su nombre, en donde formó a un grupo de investigadores con los cuales, entre otros logros, consiguió elaborar bajo su dirección textos esenciales como el Diccionario de la literatura cubana y la Historia de la literatura cubana en tres tomos.

Pero si José Antonio Portuondo se define acertadamente en las mencionadas calificaciones de martiano y marxista–leninista, no creemos que esto, con ser tanto, nos complete el legado que supo dejarnos. Si se desenvolvió en doctrinas ideológicas y prácticas militantes que le ofrecieron en su momento posiciones de vanguardia, Portuondo se ubica sobre todo dentro de ese humanismo consciente que ha llevado al hombre hacia el futuro, hacia la búsqueda de una vida más plena, movimiento que desde los tiempos prehistóricos de las cavernas hasta nuestros días altamente tecnificados, tiene fe en el hombre y en su superación..

Hoy más que nunca, cuando al alborear de un nuevo siglo las crisis incuestionables del crecimiento mundial llenan de dudas y desesperanzas a ciertas capas, hay que seguir salvando la cultura en su posibilidad como mejor instrumento para alcanzar la plenitud humana. En el sentido del verdadero conocimiento del cultivo de la cabal sensibilidad para insertarnos en el entorno natural y social, no para aislamientos, falsedades y traiciones a la dignidad y el intelecto que hagan olvidar nuestra más sustancial esencia, en el amor, en el trabajo, en el sacrifico.

Por eso me atrevo a simplificar el gran ejemplo de Portuondo en dos palabras muy sencillas, pero que debemos entender en toda su profundidad. Primero, hombre, en ese sentido que Martí supo legarnos tan claramente con toda su carga de dignidad y constancia en el pensar y el actuar. Hombre de su época, en el momento cotidiano o en el trascendente. Sin mezquindades, engaños, arrivismos o prostituciones, humilde y valiente ante el desafío que la vida impone.

Y segundo, culto, en toda su dimensión, que apoye precisamente el desarrollo del hombre y que significa el estudio, el conocimiento, el rigor ante las posibilidades del intelecto y saber serlo de su tiempo, informado y capaz de tomar partido por las causas más nobles, aquellas que puedan servirnos al disfrute más pleno de este mundo en que vivimos, más allá de explotaciones y miserias.

Durante toda su vida, José Antonio Portuondo ha estado, como él quería y con sus mismas palabras, “en la entraña caliente y desgarrada de los hechos que devienen” y ha sido comprometido actor “en el proceso dramático de su nación y en el que vive el mundo”. Investigador y propagandista constante del proceso literario cubano, al cual le ha aportado valoraciones fundamentales, su madura visión le permitió vincular con acierto obras, figuras y tendencias a todo el proceso nacional. Particular interés prestó a los problemas de la periodización de la literatura cubana, con una utilización crítica y flexible del método generacional. Para no olvidar su nada tradicional concepto de lo literario, que lo llevaba a estudiar aspectos como la novela policial o la importancia de la moda.

En sus manos el ensayo ha sido un medio certero, comunicativo, con una prosa que no se pierde en quiméricos devaneos, y que nos entrega en forma amena conceptos renovadores, que sabemos producto de sólidas bases teóricas. Por eso, cuando Portuondo nos habla de figuras o momentos de la literatura, junto a la justa valoración crítica, el lector apresa también la cálida dimensión humana de lo tratado. Maestro de más de una generación de estudiosos de la literatura, hemos tenido la suerte de recibir la transmisión fecunda y “socrática” de sus saberes, que recordamos agradecidos al conmemorarse su centenario.

 

Defensa de la novela policial
Por Kaly Smith Llanes

Una legítima defensa de la novela policial lo constituyen cuatro excelentes ensayos de José Antonio Portuondo: En torno a la novela detectivesca (1946), La novela policial en Hispanoamérica (1954), Sobre la novela policíaca (1971) y La novela policial revolucionaria, cada uno como un texto independiente y revelador que a la vez funcionan juntos como una unidad, en la que uno complementa a otro. Todos muestran al lector la acertada y justa apreciación que merece el género policiaco, además de la valiosa visión de Portuondo sobre el tema.

En torno a la novela detectivesca, el más extenso de los ensayos, es un digno homenaje a las más importantes aventuras de detectives publicadas, que incita al que lea este tipo de novela a no ocultar su preferencia por miedo a una burla o rechazo de personas que menosprecian esa tipología. Organizado en ocho capítulos breves, comienza a explicar cómo funcionan las novelas policiales en tanto abunda también en su genealogía. Quizás uno de los mayores méritos del ensayo radica en los juicios de valor que Portuondo intercala con las opiniones de otros escritores, de manera desenvuelta, que en ocasiones consigue aunar criterios y en otras rebatir magistralmente las apreciaciones que considera equivocadas. Además, el ensayo une el análisis literario con un reconocimiento a los aportes que el cine ha brindado a la novela policiaca, y cómo de forma dialéctica la narrativa detectivesca permite un mejor desarrollo de las representaciones fílmicas.

Otro de los valores de En torno a la novela detectivesca son sus ideas de por qué en Latinoamérica no abundan los escritores de policiales, aunque a mi juicio no todas las opiniones de Portuondo sobre el tema son acertadas, a pesar de estar bien enfocadas, quizás porque no llegó a ver el apogeo de esta literatura y la calidad de muchas de esas obras hoy día.

El final del ensayo explica cuáles son las funciones de la literatura policial. En esta parte, la de mayor vuelo poético, Portuondo expone su creencia en la futura muerte del género cuando en la sociedad los crímenes solo existan en la mente de enfermos, de los cuales solo se ocupen los médicos: un sueño que no se ha realizado en más de medio siglo, lamentablemente para la sociedad y afortunadamente para la literatura. Y no sin cierto pesimismo afirmo que si su muerte depende de la eliminación del crimen, al parecer, no morirá jamás.

La novela policial en Hispanoamérica es un análisis del desarrollo de esa tipología en Latinoamérica. Portuondo pone el dedo sobre la herida, al demostrar fácilmente que en América Latina la producción del género es escasísima y que prácticamente todo lo que se consume son traducciones de las novelas norteamericanas y europeas. Sin embargo, elogia a los pocos autores que entregan interesantes cuentos y novelas, en los que muestran las situaciones de sus países junto con la “riqueza del lenguaje vernáculo y de los diferentes argots de los bajos fondos hispanoamericanos”. El autor parece querer resaltar en este ensayo que el mayor atractivo de la novela latinoamericana de detectives es la nota humorística de algunos personajes que funcionan como investigadores. Señala la poca intervención de la política, el sexo y la violencia brutal a veces necesarios para que sea verosímil una obra, y para que funcione como una denuncia a los problemas que atañen a la sociedad latinoamericana. Igual que en En torno a la novela policial Portuondo aboga por la vida y el amor con una escritura particularmente sabia.

Sobre la novela policíaca es la respuesta al cuestionario de Moncada y en ella se resumen muchas de las ideas de los ensayos mencionados anteriormente, pero se introducen nuevos elementos debido a que son preguntas que se deben responder. Algunas de las interrogantes provocan sorprendentes respuestas de Portuondo, que enriquecen los criterios en torno a la novela policiaca. Asimismo aparecen consejos a un joven escritor, los requerimientos propios para poder escribir obras del género o las diferencias entre una novela policial y una novela testimonial. El ensayo, además de engrandecer al policiaco, también aporta  nuevos bríos a la literatura en general.

La novela policial revolucionaria, aunque breve, constituye un agudo estudio de esta literatura luego del triunfo de la Revolución. Portuondo reconoce los aportes  que después del primero de enero de 1959 se le hicieron al género, pero critica duramente los errores que se cometieron y que llevaron a la narrativa policiaca cubana muchas veces a anquilosarse en una única manera de ser. Entre las contribuciones revolucionarias menciona el sentido de identificación de justicia y legalidad, y el concepto de realización colectiva. Sin embargo, como “mayor peligro” está el “teque”, y alerta sobre él y sus posibles consecuencias, entre ellas la esquematización de este tipo de novela.

Una vez más José Antonio Portuondo invita con su prosa a leer inteligentes criterios que se deben tener en cuenta antes de llegar a juicios de valor. Leer estos ensayos permite borrar los prejuicios sobre el género policiaco y ayuda a comprender mucho de lo que se escribió años atrás. Los cuatro ensayos constituyen importantes antecedentes de muchos trabajos investigativos que se realizan en nuestro país, y fuera de él, sobre el género policial.

 

José Antonio Portuondo y José Lezama Lima: diálogos sobre Nuestra América
Por Patricia Motola Pedroso

El destacado intelectual José Antonio Portuondo cuenta con una amplia zona dedicada a la crítica e historiografía literarias en su producción. A juicio del investigador Virgilio López Lemus, el autor de Concepto de la poesía, “[…] se afirma como voz esencial del ensayo latinoamericano, puesto que más allá del análisis de la insularidad literaria cubana, se nos presenta como un consumado  conocedor de la creación artística continental, observada con perfil latinoamericanista, incluso cuando esas perspectivas se agrandan hacia las artes y las literaturas anglófonas o europeas en sentido general”.

El mérito de su escritura, tal y como señalara López Lemus, rebasa en ocasiones el estudio textual de las obras, a tal punto, que en su análisis se constata la validación de una teoría acerca de la unidad de Nuestra América, concepción propuesta ya por nuestro José Martí. Por su parte, José Lezama Lima, figura central del Grupo Orígenes, también mostró interés por la literatura y el arte americanos. Estos dos hombres, colegas durante los años de estudio universitario y luego de trabajo en el Instituto de Literatura y Lingüística, tuvieron una formación, influencias, preocupaciones, intereses y postura intelectual diferentes. Sin embargo, en algunas de sus obras es posible encontrar puntos comunes que los acercan, ya que para ambos Cuba constituía un centro irradiador de cultura hacia el resto de los países del área. Demostrar lo anterior es el propósito del presente trabajo que, en calidad de primer acercamiento al tema, pretende estrechar los lazos de dos de los más importantes intelectuales cubanos que propusieron vías para salvaguardar la nación.

En el ensayo “La esencial unidad antillana”, publicado en 1969, José Antonio Portuondo expone la necesidad que tienen los pueblos del Caribe de autorreconocerse y hermanarse. Para ello, se apoya en aspectos históricos, políticos y culturales que han marcado un desarrollo similar en los diversos países. Así, tiene en cuenta el comportamiento de los factores humanos             —señalados antes por Fernando Ortiz—, así como la multiplicidad lingüística y las consecuencias del coloniaje, neocolonialismo, imperialismo y subdesarrollo en las islas. En su fundamentación, ejemplifica con fragmentos de las obras literarias de Jean Price-Mars, Luis Lloréns Torres, Nicolás Guillén y Aimé Césaire. Sobre estos escritores profundizará en el ensayo “Temas literarios del Caribe en los últimos cincuenta años”, publicado en 1950. El texto, de corte historiográfico y crítico, tiene el mérito de señalar algunas de las preocupaciones fundamentales de la literatura de la zona, al tiempo que orienta sobre los caminos seguidos y algunos de sus desaciertos. Las palabras iniciales muestran el pensamiento sistémico de Portuondo. Si en el ensayo antes mencionado planteaba la necesidad de la unidad caribeña y cómo algunos autores habían expresado varias de las problemáticas del devenir de los pueblos en su producción, en el presente ensayo explicita más esta idea al plantear que: “[…] los temas literarios expresan la actitud vital de los escritores y, por ende, la de porciones importantes de sus pueblos frente al quehacer que su tiempo les impone”.

Portuondo emplea el análisis histórico como método para comprender la manera de hacer literatura. El autor destaca, entre los temas más frecuentes, el paisaje, los hombres y el imperialismo. En relación con el primero, hace un recorrido, tanto por obras narrativas como poéticas, y expone cómo la naturaleza tropical es recreada, ya sea telón de fondo, ambiente o protagonista de la obra. Para ello se apoya en un gran número de escritores, entre los que se encuentran Cintio Vitier y Virgilio Piñera quienes, como es sabido, se ubicaron en la órbita del grupo orígenes. Sobre la presencia del paisaje sentencia: “El trópico brinda al escritor su ritmo y su color, los olores y sabores en cuya descripción se deleitan y coinciden artistas tan disímiles […].

José Lezama Lima se acercó también al espacio caribeño literario en su producción. Aunque la perspectiva desde la cual lo hizo es diferente a la de Portuondo, puesto que el autor de Paradiso no es un teórico sino, en esencia un poeta, en ambos casos se constata un interés por los escritores más relevantes del momento. Por ejemplo, en el número IX de la revista Orígenes, correspondiente al tercer año de la publicación en 1946, se publica el texto de Saint-John Perse denominado “Lluvias”, largo poema traducido por el propio Lezama. Al revisar la biblioteca personal del autor de “Muerte de Narciso”, se evidencia la casi ausencia de escritores caribeños. Sin embargo, en ella se encuentra el poema mencionado de Perse y el texto del autor del Caribe español Pedro Juan Soto, Spiks , dedicado por el autor al escritor de Paradiso el 15 de enero de 1957. Ambas obras evidencian no solo la lectura directa de los originales que circulaban, sino hasta una posible amistad y simpatía con uno de los intelectuales caribeños. Resultan interesantes el libro de Alberto Baeza Flores, Poesía V: nuevas elegías en el Caribe (1939-1945), igualmente autografiado por el autor para Lezama en junio de 1946, y la obra de Roger Garaudy, de casi obligada consulta, De un realismo sin riberas: (Picasso, Saint- John Perse, Kafka), firmada por también por el autor de Paradiso. El primer título invita a su revisión, con el fin de conocer lo considerado como Caribe, los autores y obras seleccionados, lo cual aportaría nuevas luces sobre el tema. El segundo, además de la motivación por los otros dos autores, señala una vez más el interés por la obra del Premio Nobel guadalupeño.

Por otra parte, además de la actividad como promotor cultural realizada mediante la revista Orígenes y los ejemplares encontrados en su biblioteca, existen al menos tres textos importantes escritos por Lezama y referidos al Caribe. El primero de ellos es el pasaje dedicado al viaje a Jamaica, realizado por el Coronel José Cemí en el capítulo II de la novela Paradiso. El segundo, y tal vez más conocido, es el ensayo acerca de Saint-John Perse. El tercero, es el extenso poema titulado “Para llegar a Montego Bay”, perteneciente al poemario Dador, de 1960. Dada la importancia de los dos últimos textos, me referiré brevemente a ellos.

La imagen de Jamaica se presenta en el poema “Para llegar a Montego Bay”. En él se advierten dos zonas de significado sobre las cuales llamará la atención un sujeto lírico que se muestra, la mayor parte de las veces, asombrado ante lo que ve. Los motivos fundamentales son la naturaleza y el hombre. La primera es advertida, como se planteó antes, por Portuondo en uno de sus ensayos. Así, la bahía presentada en los versos es en ocasiones testigo, otras, es el final del camino que se debe andar, durante el cual aparecerá la más diversa flora y fauna. Ellas ocupan un lugar predominante en el poema, se desbordan en toda su magnitud. Se convierten en protagonistas, se personifican en la sobreabundancia del flamboyán, la palma, el cocotero, la floresta, el oleaje vegetal, los siete ríos, las cascadas, el insecto moribundo, el antílope volador y los peces cantadores, quienes convergen alrededor de la bahía.

Aunque la presencia del hombre como tema es también señalada por Portuondo en el mencionado ensayo, a partir de la figura del indio, el negro y el campesino en la literatura, sobre todo de la vanguardia, Lezama, si bien no particulariza al ser humano del poema, se centra por momentos en él para exponer las acciones propias de quienes habitan la zona y la historia de ese pueblo colonizado. Además, en los versos se establece una dependencia entre el hombre y la naturaleza: este la necesita para vivir, pero ella es autónoma, por lo que existe una relación estrecha entre el escritor, el tema seleccionado y la realidad a la que se refiere, como señalara Portuondo, a pesar de que las maneras adoptadas disten mucho de ser realistas.

La cantidad hechizada es uno de los libros de ensayos de Lezama publicado en 1970; sin embargo, en él se recogen trabajos de fechas anteriores, como el denominado “Saint-John Perse: historiador de las lluvias”, escrito en enero de 1961, y que constituye una reseña a su poema “Lluvias” publicado en Orígenes. En él, el motivo de la lluvia es empleado por el autor de Paradiso para desarrollar sus concepciones sobre la poesía. Las consideraciones lezamianas tienen en cuenta la transformación de la naturaleza a medida que cae la lluvia. Nociones como lo visible/lo invisible, la ausencia/presencia y el azar concurrente, serán empleadas a lo largo de su trabajo para alcanzar la poesía mediante los cambios que provoca la caída del agua.

Del mismo modo, en los ensayos “Literatura y sociedad en Hispoanoamérica”, de José Antonio Portuondo, y La expresión americana, de José Lezama Lima, ambos autores coinciden en la noción sobre Nuestra América. Las diferencias más evidentes entre uno y otro radican en que el primero es un texto historiográfico y crítico acerca del desarrollo de la literatura en el área, por lo que su lenguaje es claro, analítico y reflexivo. Mientras, La expresión… es un texto más extenso, deudor del ensayo martiano “Nuestra América”, en el que se exponen de forma creativa las particularidades del ser americano como un espacio de conocimiento, lo cual se logra a partir de una profusión de recursos estilísticos y nociones propias lezamianas, como la imago y las eras imaginarias. No obstante, en ambos trabajos subyace una necesidad de apoyarse en la historia de los pueblos para comprender sus manifestaciones culturales y pensamiento que, en el caso de Portuondo, será considerada como un desarrollo lineal y progresivo y, en el de Lezama, como círculos concéntricos. Los dos autores tienen en cuenta diferentes momentos del desarrollo americano para demostrar sus ideas. Así, coinciden, por ejemplo, en la importancia del período barroco. En ese sentido, plantea Portuondo:

“[…] Desde las humildes Capitanías Generales, simples fortines o estaciones de tránsito […] del vasto imperio español, hasta los orgullosos virreinatos que compiten con la metrópoli en riqueza material y cultural, se eleva el nuevo acento latinoamericano, la voz de un hombre nuevo, producto de nuevas circunstancias geográficas, económicas, sociales, culturales, que integran el Nuevo Mundo”.

Lezama también expone sus criterios sobre esa etapa, los cuales amplían lo señalado por Portuondo, y me permito citar in extenso:

“Nuestra apreciación del barroco americano estará destinado a precisar: Primero, hay una tensión en el barroco; segundo, un plutonismo, fuego originario que rompe los fragmentos y los unifica; tercero, no es un estilo degenerescente, sino plenario, que en España y en la América española representa adquisiciones de lenguaje, tal vez únicas en el mundo, muebles para vivienda, formas de vida y de curiosidad, misticismo que se ciñe a nuevos módulos para la plegaria, maneras del saboreo y del tratamiento de los manjares, que exhalan un vivir completo, refinado y misterioso, teocrático y ensimismado, errante en la forma y arraigadísimo en sus esencias”.

Durante su estudio, Portuondo se apoya sobre todo en fuentes literarias para ejemplificar sus criterios, mientras que Lezama Lima emplea diferentes expresiones artísticas, como la arquitectura y las artes plásticas. El ensayo del autor de Concepto de la poesía abarca cronológicamente hasta los años 1940- 1950 del siglo XX; en cambio, el novelista no centra su interés en un período muy lejano a la culminación del siglo XIX. No obstante, los dos autores coinciden también en subrayar la importancia de la figura de José Martí para Nuestra América. Este asunto es abordado por Portuondo de la siguiente manera:

“[…] José Martí, despierta, en cambio, la pasión combativa y pone preciosismo formal al servicio de una lucha incesante por la libertad y la justicia. Toda la obra de Martí está dedicada a una lúcida batalla por la libertad de Nuestra América […] Su visión política supera los propósitos de los ideólogos democrático-burgueses que le precedieron y abre el camino hacia nuevos horizontes, convirtiendo la lucha por la liberación nacional de Cuba en una pelea más honda y amplia contra el imperialismo […] No fue marxista, pero preparó el camino a las soluciones socialistas […].

Para Lezama el mérito de la figura martiana está dado porque en ella se sintetiza toda la tradición del siglo XIX:

“[…] Pero esa gran tradición romántica del siglo XIX, la del calabozo, la ausencia, la imagen y la muerte, logra crear el hecho americano, cuyo destino está más hecho de ausencias posibles que de presencias imposibles. La tradición de las ausencias posibles ha sido la gran tradición americana y donde se sitúa el hecho histórico que se ha logrado. José Martí representa, en una gran navidad verbal, la plenitud de la ausencia posible […]

Resulta interesante constatar cómo casi al final de su ensayo, Portuondo reconoce la producción lezamiana dentro de la tendencia literaria distinguida por “penetrar en las esencias de lo nuestro, de lo nacional y, por intensificación, de lo americano”, obras “en las que la magia o lo maravilloso contribuyen a iluminar aspectos no caducos de la conciencia colectiva”. En tal sentido expresa:

“Y aquel pasmo colombino ante el barroquismo natural de nuestros grandes árboles tropicales recargados y enmascarados de plantas parásitas, ¿no anticipa, acaso, la fascinación que se desprende para el lector europeo o europeizante, de obras como Paradiso, del cubano José Lezama Lima?”.

José Antonio Portuondo y José Lezama Lima mostraron, a lo largo de su quehacer literario, interés por Nuestra América, concepción cultural propuesta por José Martí, figura de la que son deudores y a la que se acercaron ambos para reconocerlo como el intelectual cubano más importante de todos los tiempos. Los ensayos aquí referidos evidencian líneas de trabajo diferentes sobre las expresiones artísticas de los países del área: mientras que Portuondo construye una historiografía literaria, Lezama se acerca desde la propia creación. Ambos autores se muestran como lectores de la producción de los escritores de la zona y divulgan sus obras, ya sea a través de la publicación de ensayos o revistas. Lezama además, le dedica versos a uno de los países caribeños que visitó. 

Portuondo, por otra parte, establece algunas de las líneas temáticas más importantes de la literatura americana, como la presencia del hombre y la naturaleza, asuntos estos desarrollados también por el autor de Paradiso en sus textos. Cuando el escritor de Concepto de la poesía expone sus consideraciones, tiene en cuenta la relación entre la creación literaria y su relación con la realidad contextual, de lo cual Lezama no puede desasirse en tanto parte de ella para luego modificarla con su propuesta mediante nociones como la imago, los círculos concéntricos, la poesía o las eras imaginarias. Y es que los dos autores se apoyan en la historia durante su análisis. La manera de concebirla marca una diferencia sustancial en sus obras, del mismo modo que el lenguaje empleado en ellos.

En sus trabajos subyace la necesidad de reconocer la singularidad del hombre americano, de legitimarlo y, sobre todo para Portuondo, de hermanarlo frente al enemigo común avizorado ya por Martí: el imperialismo. Si bien la actitud de estos intelectuales fue diferente, en tanto uno tuvo una participación en la vida política mucho más activa, ambos fueron conocedores de la etapa que les tocó vivir y optaron por la actividad literaria y cultural desde la cual pensar y defender la nación.

“Las generaciones literarias cubanas. El problema de las generaciones” (escrito 1943), en Capítulos de literatura cubana, Ed. Letras Cubanas, La Habana, 1981, pp. 21-23.

Virgilio López Lemus: “El ensayo y la crítica marxistas en su primer momento: Mella, Martínez Villena, Foncueva. El ensayo y la crítica marxistas en su desarrollo posterior: Roa, Augier, Portuondo, M. Aguirre y C. R. Rodríguez”, Historia de la literatura cubana, t. II, Ed. Letras Cubanas, La Habana, 2003 pp. 679-696-p. 690

José Antonio Portuondo: “Temas literarios del Caribe en los últimos ciencuenta años”, La emancipación literaria de Hispanoamérica, Ed. Casa de las Américas, La Habana, 1975,  pp. 81-93- p. 81.

Ibíd, p. 85.

Pedro Juan Soto: Spiks, Ed. Los Presidentes, 1ra. edición, México, 1956, p. 109.

Alberto Baeza Flores: Poesía V: nuevas elegías en el Caribe (1939-1945), Ed. La Poesía Sorprendida en Cuba, La Habana, 1946.

Roger Garaudy: De un realismo sin riberas: (Picasso, Saint- John Perse, Kafka), UNEAC, La Habana, 1964, p. 215.

José Antonio Portuondo: “Literatura y sociedad en Hispanoamérica”, La emancipación literaria de Hispanoamérica,  Ed. Casa de las Américas, La Habana, 1975,  pp. 5-23- p. 9.

José Lezama Lima: La expresión americana, Ed. Letras Cubanas, La Habana, 2010, p. 24.

Ibídem, p. 17.

José Lezama Lima: La expresión americana, Ed. Letras Cubanas, La Habana, 2010, p.  57.

Ibídem, p. 21.

Ídem.

Ídem.