Imaginarios: 110 aniversario del nacimiento de Renée Méndez Capote

 

Las memorias de Renée Méndez Capote
Por Mercedes Santos Moray

Desde el espacio infinito de su memoria, así nos parecía a cuantos la conocimos, Renée Méndez Capote sabía tejer la historia y entregar el testimonio de una época, de sus circunstancias y de sus protagonistas, razones suyas que ella podía también amenizar con el ejercicio sutil de la ironía y de ese humor tan cubano, algunas veces desbordado y más vinculado al clásico choteo criollo, que no dejaba ni un fantasma libre de sus juicios y de sus valoraciones.

Respiraba vida, sencillamente, vencedora de los achaques que aquejaban aquel cuerpo mustio, por eso sé que a ella no le gustaría ser recordada de manera luctuosa, aunque se cumplan ya 20 años de su desaparición física, sino alegre y jocosa, reclamando la atención de cuantos la escuchábamos en su propio hogar, centro de todo diálogo que devenía soliloquio. Si bien aquella fabulosa memoria que la hizo escribir interminables cuartillas para la prensa y las editoriales, entre ellas ese libro suyo, un clásico, y que debería editarse para disfrute de las jóvenes generaciones, las Memorias de una cubanita que nació con el siglo,también daba espacio para la fantasía y la imaginación, enriquecida por la lógica de una anchurosa existencia, alimentada por el ingenio desde la infancia a la ancianidad.

Provenía Renée de la más alta burguesía criolla…, de un patriciado vinculado al movimiento independentista que después enrumbó hacia la política en tiempos de la república, cuando su padre llegó a ser vicepresidente de la nación, el abogado Domingo Méndez Capote, y ella, como sus hermanos, fue cultivada y educada, es decir instruida, dentro de los más estrictos cánones de una sociedad patriarcal, con cierto aire liberal, y preparada para las tareas imaginadas y destinadas a su sexo, el de ser madre y esposa, pero bien pronto Renecita demostraría su carácter transgresor, y cómo se lanzaría contra los tabúes y prejuicios de sus propios orígenes.

Se formó con institutrices suizas e inglesas y aprendió varias lenguas como el francés, el italiano y el inglés, conocimientos que más tarde se convirtieron en sus herramientas para sobrevivir cuando dejó su nido y fue una simple trabajadora sobre la que cayeron obligaciones económicas, recursos educacionales que le permitieron además ampliar su cultura y no someterse a tradiciones ni fórmulas, siempre ávida de ir más allá, deseosa de ampliar sus horizontes intelectuales.

Sabía música y también danza, además de practicar el deporte, dentro de un perfil más progresivo de la instrucción de la mujer, lo cual le permitió el disfrute del tenis y de la natación, entre otras disciplinas, pero su camino no sería el de la “bella señorita” de la mejor sociedad habanera, sino el de una mujer contestataria e insumisa que, rompiendo sus primeros vínculos matrimoniales, se inscribió como una de las pioneras dentro del divorcio, al separarse de aquel esposo que era, también, un adinerado burgués, y provocar a las buenas costumbres de una época y de una clase social.

Mas si hoy hablamos de Renée, o mejor como ella misma se llamaba de Renecita, es por su obra literaria y periodística y no por su biografía, aunque esta tiene matices de leyenda, la de aquella adolescente de solo 16 años que publicó su primer artículo en una revista escolar, Artes y Letras, la misma que, junto a su hermana Sara dirigió con 17 años.

Consecuente con el ideal patricio, y por convicción, se adentró en los cambios ideológicos y políticos que surgían a escala global y también insular en las primeras décadas del siglo XX, de ahí que estuviera desde temprano vinculada al movimiento revolucionario frente a la dictadura de Gerardo Machado, en la década de 1930, y que después y a la caída de la tiranía, trabajara en la Secretaría de Instrucción Pública y Bellas Artes y, más tarde, en la Dirección de  Cultura.

Intranquila de por sí, no se acomodó como otros de su generación, sino que se enfrentó al primer período del entonces coronel Fulgencio Batista, y participó en la huelga de marzo de 1935, lo cual la condujo al desempleo, variante que sufriría varias veces en su vida laboral. Casada de nuevo, con un hombre humilde y con una hija, multiplicada después en sus nietos, fue Renée Méndez Capote una mujer trabajadora dentro del perfil de la intelectualidad cubana de las décadas de 1940 y de 1950, la que en cierta medida también podemos citar en una proyección precursora dentro de aquellos movimientos feministas que, finalmente y antes que en otros países de América y de Europa, obtuvieron el derecho al voto para la mujer.

Como otros escritores cubanos, ella encontró en la radio, en la emisora CMZ entre 1943 y 1946, un lugar como guionista, y tras el golpe de Estado de Batista, en 1952, volvió a la carga esta cubanita que nació con el siglo XX, incorporándose a la lucha clandestina frente a la nueva dictadura, con la pasión que le fue proverbial.

     

Así aparecieron numerosos textos periodísticos en diversos órganos de prensa, de plurales y muy diferentes tendencias políticas e ideológicas. Después y con el triunfo de la Revolución, entre la oleada de escritores e intelectuales que nucleó, en la Biblioteca Nacional José Martí su directora María Teresa Freyre de Andrade, estaría Renée Méndez Capote para dirigir la Revista de la Biblioteca Nacional, mientras escribía e iba produciendo las cuartillas de aquellas célebres Memorias… a las que ya hice mención, y cuyo original debatía con sus colegas de trabajo, como Cintio Vitier, Fina García Marruz y Eliseo Diego, entre otros. Más tarde, secundó el proyecto de crear un sistema editorial en Cuba, y respondió al llamado que le hicieron, desde la Editora Nacional de Cuba el escritor Alejo Carpentier y desde la Editora Juvenil el escritor hispano Herminio Almendros. Así como viajaría por diversos países durante su prolongada existencia, en diversas delegaciones cubanas, por los Estados Unidos, México, Francia, España, Suiza, Holanda, Bélgica, Alemania, Austria, Hungría y la antigua Unión Soviética.

De esos años quedó su presencia también en diferentes publicaciones, como colaboradora de Bohemia, El Mundo, La Gaceta de Cuba, Revolución y Cultura, Unión y Mujeres. Pero sería en la escritura de su propia obra, donde irrumpió con un género híbrido, deudor de la literatura testimonial, de la memoria y de la historia de vida, con obras antológicas como aquel libro suyo: Memorias de una cubanita que nació con el siglo. Y, además, con sus conocimientos deotras lenguas pudo realizar traduccionesy versiones, adaptaciones declásicos de las letras universales parala infancia y la juventud cubanas comolos de Ivanhoe, de sir Walter Scott y El último de los mohicanos, de James Fenimore Cooper, entre otros autores, al tiempo que desgranaba una literatura que, solía afirmar, estaba dirigida al hombre medio, aunque de ella se han apropiado niños y jóvenes.

(Tomado de: Revista de la Biblioteca Nacional José Martí, No. 1-2, 2010)


Leyendo sus escritos en la Biblioteca Nacional de Cuba José Martí

 

Renée Méndez Capote: el recuerdo de una Cubanita
Por Niurka Alfonso Baños

Muchos han sido los epítetos, seudónimos y frases que identifican a las personas mucho más que por su legítima gracia. No voy a hablar de los descarriados del buen camino, desafortunadamente ellos prefieren ser llamados “el chino”, “caracortada”, en fin….

Tampoco quiero hablar del Bárbaro del Ritmo, de la Única, de Bola de Nieve ... prefiero hacerlo hoy de la bien llamada “cubanita”. Sí, la que nació con el siglo, exactamente un 14 de noviembre de 1901 y falleció en el año 1989. Renée Méndez Capote fue la escritora cubana que narraba con derroche de ternura. Sus crónicas junto con su aguda memoria la hicieron muy popular; sus libros nunca se estancaron en las librerías.

Renée era miembro de una antigua familia cubana de la más alta burguesía, en la que destaca su padre Domingo Méndez Capote, médico y oficial del Ejército Libertador que llegó a ser vice-presidente de la República y su madre María Chaple. Como era lógico recibió clases de instrucción general con institutrices suiza e inglesa, aprendió el francés, italiano e inglés. Estudió música y baile español, lo que complementó con la práctica de deportes como natación, remo, equitación y tennis.

En medio de tanto ajetreo común de toda “niña rica”, afortunadamente no le fueron ajenos los problemas políticos de la época. Su comprometida posición le trajo amargas consecuencias. Fue acusada del desastre del ferry Morro Castle (1) pues ya tenía fama de ser una “comunista agitadora”. Sufrió prisión tras la huelga de marzo de 1935 y fue cesanteada por participar en la misma. Posteriormente tomó parte en el movimiento de resistencia clandestina contra la tiranía de Batista.

Al adentrarnos en su labor literaria puede sentirse el hálito mágico del contar historias. Con verdadera maestría logra la total identificación con el lector. Sus libros llegan a cualquier público con un proverbial sentido de agudo humor, un criollismo natural, desenfadado y comunicativo. Prefirió escribir de modo claro y ameno, sencillo y natural para la gente de pueblo, en fin, cuantos construían la sociedad con la que soñó y logró ser parte de ella. Su sencillez fue su mejor perfume.

Tuvo la oportunidad de contar con la amistad de personas como Manuel Sanguily, Ana Pávlova, Lola Rodríguez de Tió y María Villar Buceta; pintores de la talla de Leopoldo Romañach y Domingo Ravenet; de damas como América Arias; del pianista y compositor Ernesto Lecuona y el poeta Gustavo Sánchez Galarraga; del escritor José Antonio Ramos; del maestro Enrique José Varona; de don Fernando Ortiz, Emilio Roig de Leuchsenring y Luis Felipe Rodríguez, Antonio Guiteras Holmes, Alejo Carpentier y tantos otros.

       

A pesar de su avanzada edad, en sus escritos no hubo cambio alguno en cuanto a su estilo. Memorias de una cubanita que nació con el siglo, publicado en el año 1963 constituye su obra insigne, a mi modo de ver, la reveladora de su alma y estirpe. Es a partir de sus páginas que Renée se conoce bajo el sobrenombre de la “cubanita”.

No cesó ni un instante de contar a las nuevas generaciones —y a sus contemporáneos— las realidades pasadas que con tanta agudeza vieron sus ojos de periodista rebelde, de soñadora. No se cansó de contar historias y en medio de personajes y conflictos la muerte tocó su puerta.

En este mismo espacio digital se publicó hace unos pocos días, un breve ensayo sobre la literatura para niños y jóvenes, bajo la autoría de Waldo Gonzalez López. Entre los escritores cultivadores del género Renée Méndez Capote, la “cubanita”, tuvo su merecida mención. Hoy pretendemos que estas líneas sean simples palmas de las manos en las espaldas de los lectores para que descubran por sí solos el porqué del homenaje. La lectura de sus libros convencerán al lector de su valía dentro de las letras cubanas. Por lo demás, me uno al reclamo de quienes hemos seguido sus escritos: bien valdría nuevas reediciones de su obra.

(1) Ferry que cubría la ruta Habana-Nueva York y que sucumbe en el mar un 8 de septiembre de 1934  después de un siniestro incendio en que murieron 134 personas de 558 que viajaban.

(Tomado de Cubarte, 14 de noviembre 2008)


Renée,jefa de despacho de la dirección de Enseñanza Primaria del Ministerio de Educación, en marzo de 1959. 

 

Renée Méndez Capote y su familia, en la colección de manuscritos de la Biblioteca Nacional de Cuba José Martí
Por María Margarita León Ortiz

Grandes personalidades de nuestra historia y nuestra cultura tienen un sitio de privilegio en las colecciones valiosas de la Biblioteca Nacional. Entre ellos no podría pasarse por alto la colección de manuscritos que de la familia Méndez Capote se conserva en la Sala Cubana.

<< Carta a María Chaple desde el campo insurrecto, 1896-1898.

En la actualidad me encuentro inmersa en su estudio, mediante un proyecto de investigación que tengo previsto concluir en el año 2013 y que pretende, a partir de la organización, análisis y sistematización de los contenidos de la colección de manuscritos de esta familia, evaluar su importancia y estudiar en sus documentos las peculiaridades intrínsecas y extrínsecas de sus integrantes, mediante la información disponible. De esta manera se propiciará la profundización del estudio de los miembros de la célebre familia, inserta en las raíces de la nación cubana y cuyo conocimiento se circunscribe para la generalidad de nuestros contemporáneos a la autora de Memorias de una cubanita que nació con el siglo, nuestra insigne escritora Reneé Méndez Capote (1901-1989), a quien justamente este año estamos homenajeando por el 110 Aniversario de su natalicio.

Estrada Palma 27 de agosto de 1898.>>

Una parte voluminosa de esta colección de manuscritos se encuentra completamente organizada y representada en los catálogos de la Biblioteca y otra parte está en proceso de organización. Es significativa la presencia de documentos de la autoría de Domingo Méndez Capote (1863-1934) o relacionados con su actividad, dentro de los que se destacan cartas y documentos personales o concernientes a los acontecimientos políticos y militares en los que estuvo inmerso como protagonista (llegó a tener el rango de General de Brigada, Vicepresidente de la República en Armas de 1897 a 1898, entre otros cargos de gran significación), o de los cuales fue testigo en la patria o en el exilio: la Guerra de Independencia, la Guerra Hispano-Cubano-Norteamericana, la Asamblea Constituyente de 1901, el ascenso de Gerardo Machado al poder, conmemoraciones patrióticas y la convulsa actividad política de los primeros años de la República.

     

De Renée, su hija, la colección de facsímiles, manuscritos y mecanuscritos que componen la colección, es de naturaleza muy diversa y representativa de su prolífera vida y de sus inquietudes políticas, sociales, culturales, literarias y humanitarias. En sus documentos podemos encontrar una copiosa correspondencia familiar y la sostenida con importantes personalidades políticas e intelectuales a lo largo de su vida: José White, José María Chacón y Calvo, María Villar Buceta, Diego Vicente Tejera, Eugenio Florit, Leopoldo Romañach, Nicolás Guillén, Osvaldo Dorticós, Armando Hart, por solo nombrar algunos. Nos llamó la atención las cartas dirigidas a soldados franceses en la II Guerra Mundial como Madrina de Guerra, las relacionadas con su actividad en la esfera de las bibliotecas como Jefa del Negociado de Bibliotecas en 1950, numerosas recetas de cocina con su letra inconfundible, los escritos para los programas radiales educativos Higiene Infantil y América Juvenil (este último con contenidos profundamente patrióticos, de gran cubanía y latinoamericanismo) que salieron al aire en 1948. Por supuesto, no podían faltar manuscritos o apuntes de los proyectos literarios que le dieron renombre, de sus traducciones del inglés y del francés de interesantes escritos, y de sus contribuciones literarias y periodísticas a importantes publicaciones cubanas y extranjeras.

En menor medida se encuentra representada en la colección la figura de Sarah, quien junto a su hermana Renée compartiera la dirección de la revista Artes y Letras en 1918. Algunas cartas familiares o intercambiadas con Don Fernando Ortiz y otros documentos diversos, muestran su labor social, política y literaria.

Lo que presentamos en este artículo, nos da una somera idea de que en los documentos que atesoramos en las bibliotecas, tenemos la fuente que nos permite llenar los espacios de conocimiento aún vacíos sobre las figuras cimeras, que como René Méndez Capote y su familia, han contribuido de manera significativa a la consolidación de nuestra identidad.

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La joven que agitó todo un siglo
Por Enrique Pérez Díaz

Una jovial señora de vestido largo y pelo recogido bajo una boina negra se pasea por La Habana. Su mirada es pícara y sus ojos muy vivos, pese a su avanzada edad. Ha nacido con el siglo y le sigue los pasos audaz y altanera sin dejar que el tiempo pase por encima de ella, o mejor, permitiéndole que pase y siga de largo y se aleje para que la deje ahí, detenida en un minuto mágico e ideal del nunca-jamás y el cariño de la gente.

Esta señora es una escritora de historias sobre la propia historia de una ciudad que le vio nacer y que nunca la verá morir porque su verbo encendido se dejó escuchar entre calles, murallas y callejones y voló lejos en el tiempo y la distancia, hacia el corazón de muchos que la oirían después. Su verbo encendido, no solo de escritora audaz y verosímil, sino de agitadora política, de comunista convencida, de humanista y defensora de los derechos civiles y humanos sin igual.

Así me complace recordar a Renée Méndez Capote (La Habana, 1901-1989), quien fuera una destacada narradora, autora de textos de divulgación histórica y escritora para niños que durante muchos años trabajó en la Editorial Gente Nueva.

Me asomaba yo al mundo editorial cubano de los años 1980 y en los portales del Palacio del Segundo Cabo veía formarse cierto revuelo de amor y complacencia por su telúrica llegada. Venía bastón en mano, ojos achinados y de mirada chispeante, curiosa, vivaz e inquisitiva y una media sonrisa dibujada en sus labios.

La hija y nieta de mambises nunca se cansaba de escribir y la historia, que bordaba con primorosa lucidez de recuerdos, era su mejor fuente de inspiración, pero la historia humana y sentida, los días vividos por ella y que sus memorias tamizaban de emoción y candor, como si aún fuera la joven que nunca se dejó “enmendar” por el odioso gravamen americano sobre la política y la economía cubana, la Enmienda de Oliver Platt.

Esa cubanía irreductible la heredó de su padre Domingo Méndez Capote, quien fuera un militar y político cubano, que luchó bajo las órdenes de Máximo Gómez, pues fue jefe de su estado mayor en 1897, y luego ocuparía el cargo de vicepresidente de la república en armas (1898), además de ser presidente de la asamblea constituyente (1901) y de nuevo vicepresidente de la república (1904-1906) con el Presidente Estrada Palma y años después estuvo también como presidente de la junta revolucionaria que derribó al dictador Gerardo Machado.

Perteneciente a la más alta burguesía, Renecita, como le decían sus más allegados, recibió en su hogar una esmerada instrucción con institutrices suiza e inglesa, aprendió francés, italiano e inglés y también se aplicó a estudiar música y baile español –de lo cual años después, con su proverbial sentido del humor y la ironía, ella misma se burlaba asegurando que siempre su regordeta figura había conspirado para que descollara como tal, aunque sí se debe recordar que era una amante de los deportes y que practicó natación, remo, equitación y tenis.

Es comprensible pues que, con estos antecedentes familiares, René, quien había nacido rebelde y pícara, se mantuviera toda su vida al lado de las causas más justas y siempre a favor de los desposeídos. La habían acusado de terrorista al asegurarse que había provocado el incendio del Morro Casttle, un crucero que ardió y del cual ella pudo escapar con vida milagrosamente, creo recordar que saltando por la borda. También se cuenta que sufrió prisión tras la huelga de marzo de 1935 y fue cesanteada por participar en la misma.

Toda su vida se dedicó a la literatura, a fundar una familia y al activismo político, que desarrolló no solo en organizaciones conspirativas, sino incluso afiliada a un periodismo que ejerció en los órganos más importantes de la época, sin importarle que su nombre se asociara a las causas, que luego le traían persecución o ser objeto de censura. Por eso no le bastó haber estado encarcelada en época de Machado, sino que ya con mayor edad, lucharía también contra Batista.

Al triunfo de la Revolución se integra en cuerpo y alma al proceso cubano y es fundadora de todas las organizaciones políticas y de masas y a partir de 1964 y hasta 1966 se vinculó a la Editorial Nacional de Cuba, en especial a la Editora Juvenil y ya en los setenta fue jurado de los concursos La Edad de Oro y UNEAC en diferentes géneros y durante décadas perteneció al grupo permanente de asesores literarios infantiles y juveniles del Ministerio de Educación desde 1974.

Por su destacada labor literaria y compromiso político con la Revolución cubana el Consejo de Estado le había conferido la Distinción por la Cultura Nacional, la Distinción Alejo Carpentier, la Orden Félix Varela, la José Joaquín Palma por ser colaboradora destacada de la prensa, el Diploma 20 Aniversario de Gente Nueva y la Réplica del Machete de Máximo Gómez. En 1985, la Sección de Literatura Infantil de la UNEAC le concedió por primera vez el premio La Rosa Blanca.

Entre sus libros más significativos merecen destacarse Memorias de una cubanita que nació con el siglo, aparecido por primera vez en la Universidad Central de Las Villas, Santa Clara, 1963, y del cual existen numerosas ediciones posteriores, por diversas editoriales, incluso en el formato de periolibro.   

     

Otras obras hablan de su apasionado y siempre presente acercamiento a la historia patria, con tal de que las nuevas generaciones la conocieran mejor: Relatos heroicos (anécdotas de 1968 y 1995), Editora Juvenil, La Habana, 1965; Dos niños en la Cuba colonial, Editora Juvenil, La Habana, 1966; De la maravillosa historia de nuestra tierra, Instituto Cubano del Libro, La Habana, 1967; Un héroe de once años, Editorial Gente Nueva, La Habana, 1968; Episodios de la epopeya, Editorial Gente Nueva, La Habana, 1968; 4 conspiraciones, Editorial Gente Nueva, La Habana, 1972; Fortalezas de La Habana colonial, Editorial Gente Nueva, La Habana, 1974; Costumbres de antaño, Editorial Gente Nueva, La Habana, 1975; Che, Comandante del alba, Editorial Gente Nueva, La Habana, 1977; El tráfico infame, Editorial Gente Nueva, La Habana, 1977; Por el ojo de la cerradura, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1977; Lento desarrollo de la Cuba colonial, Editorial Gente Nueva, La Habana, 1978; Cuentos de ayer, Editorial Gente Nueva, La Habana, 1978; Amables figuras del pasado, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1981; El niño que sentía crecer la hierba, Editorial Gente Nueva, La Habana, 1981; A Varadero en carreta, Editorial Gente Nueva, La Habana, 1984. (Premio La Rosa Blanca); Historias de niños y animales, Editorial Gente Nueva, La Habana, 1985 y La abanderada, Editorial Gente Nueva, La Habana, 2010.

     

Refiriéndose a su creación una crítica tan certera como la destacada escritora para niños Excilia Saldaña ha asegurado: “Cuando un libro, solo sin más compañía que sus páginas se enfrenta al tiempo y lo vence, se está en presencia de un clásico: Relatos heroicos de Renée Méndez Capote es uno de esos libros. Un clásico moderno, un clásico de la literatura con tema histórico para niños y jóvenes. […] Lindo libro este que viene con voz de abuela, con la voz de la tierra cubana. Lindo libro que no envejece” (Excilia Saldaña: “Prólogo”, Relatos heroicos, Editorial Gente Nueva, La Habana, 1990, pp. 5-6).

Activa hasta el final de su vida, creo recordar que Renée siempre aseguraba en cada intervención pública que cada madrugada, cuando se levantaba a escribir, un duende tan viejo y arrugado como ella, pero con un sentido del humor a prueba de los años, la visitaba para contarle las historias más interesantes del pasado cubano: el duende de la carabela, que había venido a bordo de una de las tres naves en que arribara a nuestras costa el Almirante Cristóbal Colón.

Renée Méndez Capote fue también a su vez una especie de duende benéfico para nuestras letras, un duende abierto, libre, feliz, desprejuiciado y poco convencional, que matizó la historia de aquellas pinceladas de candor y pasión que tanto necesitan los lectores, sobre todo si son niños o jóvenes, para entenderla y quererla mejor.

En el panorama de nuestras letras queda y quedará para siempre, como una de sus voces más originales, auténticas y veraces, lo cual no es poco.

 

<< Renée Méndez Capote en la premiación de un concruso literario organizado por la Sección Sindical de la Biblioteca Nacional de Cuba José Martí, en abril de 1963, junto a Eliseo Diego, Cintio Vitier, Cleva Solís y Blanca Mesa.