Una lúcida biografía nos permite asegurar que… Ya tenemos a Caturla

Por Argelio Santiesteban

Hace unos años, se me ocurrió preguntarle a un viejo remediano sobre cierto coterráneo suyo. Y la respuesta fue de las que hacen historia:

–Ah, sí, Alejandrito, el Caturla que se casó con una negra.

Auténtica joya del reduccionismo: el hijo preclaro de esa villa no merecía nuestro recuerdo por habernos regalado la Obertura Cubana o la Danza del Tambor, sino por su inclinación amorosa hacia la grey de “la color quebrada”. (Y a mi interlocutor lo traicionaba la memoria, para quedarse corto: dos fueron sus negras en achaque de amores).

Pero, bien mirado el asunto, quizás el anciano de San Juan de los Remedios del Cayo no andaba tan descaminado. Porque con su simplismo retrataba la más conspicua arista del personaje: Alejandro García Caturla fue, siempre y en todo, un heterodoxo.

Heterodoxia que se remonta hasta la mismísima infancia. Porque, vamos a ver, ¿qué tiene que hacer Nené, blanquito vástago de familia “bien”, de toque en toque, de bembé en bembé, oído atento, lo mismo en la Casa de los Congos que en la de Antonia la Lucumí? (Años después, la miopía retardataria del Diario de la Marina iba a fustigarlo —junto a Carpentier y Roldán— pues «no ven más que ñáñigos por todas partes»).

Heterodoxo habría de ser también en la vida pública. ¿A quién se le ocurre asumir el papel de juez probo cuando el relajo y la venalidad dan el pecho? Él, magistrado severo, va a automultarse el día en que llega tarde al juzgado. Él, sin que le tiemble la mano, mandará a chirona a policías fachendosos y proxenetas abusadores. Él va a ser rociado de perdigones en Palma Soriano, por perseguir a quienes lucran con el juego. Él, en fin, desfacedor de entuertos y escudo de desvalidos hasta el martirio, será tachado de “anormal”, calificativo merecidísimo donde la inverecundia es la norma, y la anomalía lo que Caturla llamaba «esta bendita rebeldía que me hincha las venas».

Múltiples han sido las aproximaciones al remediano mayúsculo: Alejo Carpentier, María Muñoz, Pedro Sanjuán, José Ardévol, Hilario González, Argeliers León, Nicolás Guillén, Odilio Urfé... Pero por mucho tiempo no contamos con una “vida” —como se llamó a la biografía hasta 1683— del gran inconforme. Ese vacío imperdonable se subsanó con el libro Alejandro García Caturla, bajo el sello editorial Unión y con la autoría de María Antonieta Henríquez.

Allí transitamos por la existencia toda del díscolo músico, desde los vagidos inaugurales en Calle José Antonio Peña número 14, hasta el par de tiros mortales y rufianescos que le dispara el Colt 425107 calibre 38.

También sabremos de sus triunfos mundiales, junto a sus tribulaciones del patio, como la sufrida cuando lo abuchean —no hay profeta en el terruño— en el remediano teatro Miguel Bru. Y nos enteraremos de los entretelones de sus pugnas feroces con quienes denostaban lo afrocubano, abogando por un “folklore de sociedad”, con Eduardo Sánchez de Fuentes como cabeza visible.

Se evidencia en el libro la amargura del compositor al verse inmerso en el prosaico mundo del foro, que le drena las energías destinadas a su arte. Ocupación-lastre que también arrastraron José Manuel Poveda y Regino Boti. Con este último podría haber escrito a cuatro manos los versos del poema “Noria”: Y mañana, como un asno de noria, / el retorno canalla y sombrío, / doblar la cabeza y escribir: / Al Juzgado / con los ojos aún llenos de lumbres, / sobre un mar de amatistas encantados.

No faltan en esta biografía los detalles íntimos, esos que por “banales” desdeñaba Herbert Spencer, pero que hacen las delicias de nosotros, simples hijos de vecino, soldados rasos de la lectura. (No hay que ser un maníaco de la chismografía para interesarse, por ejemplo, en el dato de que Caturla, consumado gourmet, en Francia se daba tremendos atracones de arroz al curry y filetes de jabalí).

Este libro documentadísimo cuenta con una virtud complementaria: a cada paso del biografiado se nos va entregando un levantamiento de época, una instantánea de su mundo. Ya Ambrosio Fornet ha señalado los contactos entre el creador y su entorno. Sobre una obra artística influyen —nos dice— desde los peinados de moda hasta las cifras del último censo.

La investigadora, al concluir su libro, quizás haya pronunciado la frase que André Maurois pone en boca del biógrafo ideal: «He aquí al hombre».