Thelvia o la multivalencia

Un esperado poemario

Por Argelio Santiesteban

Cuando transcurría 1918, en el New York Globe, Robert Ripley inauguró una sección que se llamaría Believe It or Not (“Créalo o no lo crea”).

Y de Ripley precisamente ahora yo me acordaba, en presencia de un dato tan asombroso como los que acopiaba aquel cultor del sensacionalismo: durante nuestro período colonial no hubo ni siquiera una sola mujer que se desempeñase como escultora.

Tendríamos que esperar hasta el siglo XX, y entonces surgiría la famosa tríada. Entre ellas, Jilma Madera (1915-2000), quien nos regaló ese formidable Cristo mulato que cotidianamente bendice a San Cristóbal de La Habana, y también el busto de El Homagno, tendiendo su mirada bienhechora desde los dos kilómetros de altura del Turquino.

En aquella avanzadilla de pioneras, estará Rita Longa (1912-2000), de cuyas manos salió el Grupo Familiar del Zoológico de 26 (“Los Venaditos”, según el pueblo), la ballerina que encarna al cabaré Tropicana y la Virgen del Camino, guardiana de camioneros en la carretera.

Otra pilastra en el colosal trípode de nuestra escultura femenina es Thelvia Marín (Sancti Spíritus, 1922).

Según todo parece indicar, Thelvia nació bajo el influjo de alguna estrella que cobija a los recordistas. Así, por ejemplo, es la única escultora en Cuba que tiene tres obras con la categoría de Monumento Nacional: el monumento de la reglana Colina Lenin; el Memorial Serafín Sánchez Valdivia, en Sancti Spíritus, donde el héroe insurrecto amigo de Martí aparece junto al exesclavo angolano a quien Serafín alfabetizó en medio de las balaceras; y el conjunto que incluye el monumento a Camilo Cienfuegos y el Mausoleo del Frente Norte de Las Villas.

Otro récord: en la Universidad para la Paz, creada por la ONU en Costa Rica, emplazó el Monumento al Desarme, el Trabajo y la Paz, el más grande en Centroamérica, y uno de los mayores en el planeta, dedicado precisamente a la paz. (Los que se inspiran en guerreros… superabundan).

Ah, pero doy la alarma en cuanto a respuestas facilotas, si nos preguntan quién es Thelvia Marín Mederos. Sí, pues por encima de los siglos parecería que el físico Sir Isaac Newton constantemente le hubiese estado musitando al oído su frase preferida: «La unidad es la variedad, y la variedad en la unidad es la ley suprema del universo».

¿Nos preguntábamos quién es Thelvia Marín? Pues iniciemos el inventario, con un resultado tan copioso que parece no tener fin.

Escultora (ya lo dijimos). Luchadora clandestina, estuvo a las órdenes de aquel ángel santiaguero llegado de otra galaxia. Diplomática, muy bien representados nos sentimos cuando ella transitaba por esos mundos externos. Docente, durante un lustro se desempeñó como catedrática en la Universidad Nacional de Costa Rica. Compositora, sus canciones populares han sido trasuntadas en conciertos para violín y orquesta por su hijo, Jorge López Marín. Escritora, le debemos textos como Viaje al Sexto Sol, El ritual de la Cohoba y La amante japonesa del Obispo-Kamikaze. Periodista, capitaneó la página cultural de La Tarde y de Juventud Rebelde. Psicóloga, quizás solo ella podría concertar los tornillos que a uno le bailan dentro de la caja craneana. Y un largo etcétera.

Claro está, no en vano Thelvia alguna vez confesó: «He vivido la vida, la vivo y la viviré, aplicando el precepto martiano de que es necesario “hacer en cada momento lo que cada momento requiere”; de manera que siempre peco por comisión y jamás por omisión».

Y dígase que, en el catálogo de las suficiencias de esta dama plurivalente, no puede ser omitido un desempeño cardinal: poetisa.

Thelvia nos acaba de entregar un cofre, no henchido de alhajas coruscantes, sino de palabras como balazos, aunque por los dominios de la ternura transite: Piel de sílabas. Antología poética (1957-2011), Ediciones Cubano-Canarias, 2011.

Allí, en versos tajantes como párrafos de filósofo, se transparenta el magisterio de García Bárcena. Si el güinero dijo “Eres en mí / toda una nada viva. / / Tú, inmensa, / estás clavada en mí, / sin mirada, / sin voz, / sin sonrisa, / ¡sin ti!”, la espirituna, con la misma vocación de absolutidad sin retrocesos deja plasmado: “Ahí está el universo, / no es de nadie: / ¡llévatelo si puedes!”.

Nació Thelvia allá por la cintura de la Isla, comarcas donde se asentaron abundantemente quienes los cubanos —contra toda lógica, pues también lo somos— llamamos isleños. Y la descendiente, en sus versos, no olvida a aquellos laboriosos y tozudos inmigrantes, llegados de las islas que los antiguos nombraron Afortunadas: “Canarias, hasta ti vuelo / en las alas del que adora / tu recia estirpe, y añora / el claro azul de tu cielo. / En mi ser, descorro el velo / de los que a Cuba emigraron: / mis abuelos, que entregaron / con el trabajo más duro / de sus manos, lo más puro / que de su amor, nos legaron”.

Olvidé declarar que Thelvia vino al mundo aquejada de grave trastorno endocrino: de sus poros no brota sudor, como en los demás, infelices de baja estirpe, sino puro estrógeno, extracto hormonal femenino. Con tal predisposición, ¿iba el amor a estar ausente de su poemario?

No. Y ella fustiga allí sin misericordia a quienes piensan que tal sentimiento es incapaz de hacer noticia de primera plana. Por el libro anda y desanda ese, cuyas manos son “dos vestales gemelas / que encendieron / mi lámpara de amor”, al cual reta: “..prueba a matarme, / clavando en mi fetiche / los alfileres de tu adiós; / y olvida el nombre / con el que un día tu boca / me pronunció”. Aunque, de todas maneras, quiera atesorar en la memoria a “todos los que han sentido amor / durante siglos”, los que han susurrado “un ´te quiero´ mil veces repetido”.

A modo de despedida, un obsequio, no mío sino de esa loca de la casa que llaman La Poesía:

Es demasiado el número de ausencias
para que mayo, abril o agosto
quieran dejarme sin septiembres.
De algún lugar lejano o próximo
surge el fantasma que les roba
las formas a mis células.
No es un morir,
diría:
mas bien será la noche
que se quedó en suspenso.
Hierve el cristal
que habrá de ser la copa
donde pueda quizá beber
un adiós o el color de unos ojos.