Evocación a Samuel Feijoo en el centenario de su natalicio

Por Jesús Dueñas Becerra

En esta crónica, que le debía desde hace muchos años al ilustre intelectual cubano, Samuel Feijoo (San Juan de los Yeras, 1914-La Habana, 1992), no voy a referirme a los valores éticos, ideo-estéticos, artísticos y poético-literarios, en los que se estructura su extensa obra en el campo de las letras, las artes plásticas, la investigación etno-folclórica rural y el periodismo insulares, sino a la relación afectiva, que me unió en vida al célebre autor de Juan Quinquín en Pueblo Mocho (llevada —posteriormente— a la pantalla grande como Las aventuras de Juan Quinquín).

No lo haré, sencillamente, porque la justa valoración de sus decisivos aportes al desarrollo de la cultura nacional ha sido realizada por personalidades de la talla excepcional de los doctores Max Henríquez Ureña (1886-1968), Raúl Roa García (1907-1982), Ángel Augier (1910-2010), Roberto Fernández Retamar, Medardo (1886-1960) y Cintio Vitier (1921-2009) y Mercedes Santos Moray (1946-2011), entre otras no menos relevantes.

Ante todo, relataré cómo conocí al director fundador de la cincuentenaria revista Islas, publicación insignia de la Universidad Central Martha Abreu de las Villas (UCLV), mi querida Alma Máter, cuya existencia en la región central del archipiélago cubano se conoció en casi todo el orbe, gracias a las gestiones realizadas por Feijoo desde 1958; fecha en que vio la luz de la publicidad el primer número del hoy cincuentenario medio de prensa.

El local de la revista, de la editorial universitaria y del Departamento de Estudios Folclóricos —estos dos últimos también dirigidos por él— se hallaban en el edificio que ocupaba, en aquel entonces (principios de la década del 60 del pasado siglo), la Facultad de Humanidades-Educación, donde yo estudiaba la carrera de Pedagogía.

En los tiempos libres entre clases, solía visitar el local de la revista para pedirle a la joven que trabajaba con Feijoo, el último número de la revista o alguna otra publicación editada por la universidad, porque —desde que era un «pequeño príncipe»— soy un ávido lector.

En una de mis visitas al departamento me encontré con él por primera vez, y luego de responder mi saludo, me preguntó —con amabilidad, pero con firmeza— «¿qué deseas? ¿Te podemos ser útiles en algo?». A lo que contesté —no sin cierta vacilación—: «yo solo quería saber…. si ya salió el último número de la revista Islas, porque me gusta mucho leer los artículos que en ella se publican».

Satisfecho —al parecer— con mi respuesta, se dirigió a uno de los estantes, y me obsequió el último ejemplar de esa revista especializada en arte, literatura y tradiciones culturales del país, junto con los dos tomos del libro Cuentos populares cubanos, publicado por la Dirección de Publicaciones de la UCLV, en 1960-1962.

A manera de despedida, me dijo: «cuando lo leas, quiero que me des tu opinión sincera acerca de ese libro y no dejes de seguir viniendo por aquí, ya que a mí me agrada mucho que los estudiantes visiten nuestro local».

Una vez cumplida al pie de la letra su amable solicitud, fui a ver a Feijoo y con la sinceridad que él me había pedido le expresé —lacónicamente— mi criterio: no me gusta su forma de escribir. Ante esa atrevida respuesta, Samuel se echó a reír —con el humor criollo que lo identificara y del que nunca prescindiera— y entonces me relató una anécdota, tomada de la cultura oriental (madre de la sabiduría y la espiritualidad):

«Un maestro de filosofía tenía en el grupo de estudiantes a un litigante que siempre le hacía objeciones a su discurso académico, y consecuentemente, polemizaba con el rector del proceso docente-educativo […]. No obstante, cuando falleció ese discípulo como consecuencia de un lamentable accidente, el maestro se entristeció en grado sumo, y comentó con los alumnos: hoy es un día aciago, porque acaba de dejarnos para siempre la persona que mantenía vivo el debate en este sagrado recinto».

Esa anécdota —narrada por Feijoo— devino una enseñanza que jamás olvidaré, y que me mostró —con meridiana claridad— que «[…] en lugar de considerar el debate como obstáculo en el camino a la acción, lo consideramos un paso preliminar indispensable a cualquier acción prudente».(1)

Por otra parte, me convenció —con creces— de que «la ciencia humana consiste más en descubrir errores que en descubrir verdades».(2)

Por último, citó un aforismo de Leonardo da Vinci: «en materia que desconoces, haces mal si alabas, y todavía peor si desapruebas»(3) y sin manifestar —exteriormente al menos— ningún tipo de malestar por el comentario que ingenuamente le hiciera con respecto a ese texto, dio por concluida esa clase magistral de ética, registrada con letras indelebles, tanto en mi memoria poética, como en el componente espiritual de mi inconsciente freudiano.

No es necesario decir que nuestros encuentros siguieron desarrollándose normalmente hasta 1968; fecha en que —por razones ajenas a su voluntad, y que no viene al caso explicar en este contexto— Feijoo cesó como director del Departamento de Estudios Folclóricos, de la revista Islas y de la editorial universitaria villareña, no sin antes haber dejado una huella indeleble, tanto en dicha publicación periódica trimestral (durante una década vieron la luz alrededor de 40 números), como en la editorial (que dio a la estampa casi un centenar de las más disímiles obras poético-literarias, así como hallazgos de investigaciones etno-folclóricas y educacionales realizadas en contextos urbanos y rurales).

Sin embargo, por iniciativa personal del doctor Raúl Roa García, compañero de lucha y de ideales, así como amigo del alma de Samuel Feijoo, se le creó la revista Signos, que tuvo como sede la Biblioteca Provincial José Martí de Santa Clara, capital de la antigua provincia de Las Villas (hoy provincia de Villa Clara), y que dirigió hasta su traslado —con carácter definitivo— a la Ciudad de las Columnas, donde residió hasta su lamentable fallecimiento, devenido pérdida irreparable para la cultura cubana (¿y por qué no iberoamericana?).

A partir de ese momento, cesó —para siempre— la relación afectiva que establecí con ese espíritu inquieto (recorrió los más apartados rincones de la mayor isla de las Antillas y visitó varios países europeos, socialistas y capitalistas).

Antes de finalizar esta evocación a Feijoo —alma indomable e inatrapable— habría que reseñar los reconocimientos nacionales e internacionales que recibió a lo largo de sus casi ocho décadas de fecunda existencia terrenal: el Premio Luis Felipe Rodríguez (1975), otorgado por la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC); Distinción por la Cultura Nacional (1981); el Premio Alejo Carpentier; La Medalla del Mérito Cultural (Polonia); 1300 años (Bulgaria); y Liberación (Mongolia).

El infatigable promotor cultural ejerció la noble profesión periodística, dignificada por el venerable padre Félix Varela, José Martí y el comandante Ernesto Guevara de la Serna, y percibida como fuente nutricia de ética, humanismo, patriotismo y espiritualidad. Colaboró con las revistas Bohemia, Carteles, Orígenes (integró como poeta ese mítico grupo, liderado por don José Lezama Lima), Islas y Signos, así como en los diarios El Mundo, Hoy y Granma, entre otros órganos nacionales de prensa.

La novelista, ensayista y periodista, Mercedes Santos Moray, captó —con la sensibilidad poética que la identificara— las características personográficas que definen integralmente al inolvidable poeta, escritor, artista de la plástica, periodista e investigador del folclore rural caribeño:

«[…] Samuel Feijoo [era] un ser travieso como los duendes, de incansable vitalidad. Sin embargo, […] no solo dejó la huella personal de su escritura, sino esa pasión arrolladora, y tan suya, que lo convirtió en una proeza viva, en un personaje que muy bien podríamos encontrar en cualquier espacio rural o urbano de nuestro archipiélago».(4)

Unos años antes de su lamentable deceso, cuando ya estaba herido de muerte, le pidió a la doctora María de los Ángeles Periu (fallecida), ex secretaria general del Sindicato de los Trabajadores de la Educación, la Ciencia y la Cultura, que me localizara en el Hospital Psiquiátrico de La Habana —donde laboré como profesional de la salud mental hasta mi jubilación por vejez— porque él quería consultarme antes de iniciar el viaje que lo conduciría al espacio infinito lleno de luz a donde van los buenos —como él— que aman y fundan, para dormir el martiano sueño de los justos.

Por razones ajenas por completo a la voluntad de ambos, ese encuentro final jamás pudo efectuarse y solo se materializará cuando el autor de este homenaje vaya a encontrarse con el Espíritu Universal, leitmotiv en la obra poético-literaria y periodística del Apóstol.

Cuánto lamenté —y todavía hoy lo lamento— no haber podido despedirme en vida de quien con aquella anécdota —devenida invitación a la reflexión serena y profunda— me mostró las coordenadas ético-humanistas que debía seguir durante mi trayectoria profesional: «perder el miedo [a expresar racionalmente lo que se piensa y exteriorizar con mesura lo que se siente] libera [mental y espiritualmente] al hombre, y lo hace capaz de alcanzar la verdad»,(5)  definida —desde la vertiente psicológica— como el reflejo objetivo-subjetivo de la realidad en el cerebro humano.

 

(1) Pericles (¿495?-429 a.n.e.). En Red. 119; 12 de noviembre de 2006: [p. 1] (Suplemento Científico-Técnico [dominical] del periódico Juventud Rebelde).

(2) Sócrates (470-399 a.n.e.). En Red. 144; 18 de enero de 2009: [p. 1] (Suplemento Científico-Técnico [dominical] del periódico Juventud Rebelde).

(3) Leonardo da Vinci. Citado por Javier Sierra, en La cultura secreta. La ruta prohibida y otros enigmas de la historia, Barcelona, Editorial Planeta, S.A., 2009, p. 285.

(4) Mercedes Santos Moray: “Evocación al Zarapico”, Revista de la Biblioteca Nacional José Martí, 98 (3-4), La Habana, 2007, p. 194.

(5) Matilde Asensi: Iacobus, 4ta. Ed., Editorial Random House Mondadori, S.A., Barcelona, 2004, pp. 172-173.