Ezequiel Vieta, un alquimista de la narrativa desafiante e incontenible

Por Cecilia

La Habana. Convocado por la prestigiosa escritora Basilia Papastamatiu y un grupo de intelectuales cubanos junto a un nutrido público reunido en el Centro Cultural Dulce María Loynaz, en esta capital, rindieron homenaje al narrador, dramaturgo y poeta Ezequiel Vieta (La Habana, 1922-1995) a quien, como a ella misma y en palabras suyas: «aún no le ha sido reconocida la grandeza que tuvo, como tampoco la genialidad de sus obras, algunas con destellos increíbles de páginas antológicas universalmente»; entre las que enumeró a Pailock el prestidigitador, la que comparó por su valor y a modo muy personal, con Paradiso de  Lezama Lima.

<< tomada de la jiribilla

La tertulia, entre viejos amigos, investigadores, estudiosos e interesados en la obra del citado escritor, dio inicio con la lectura de una reseña del poeta y crítico cubano Luis Álvarez, quien significó que:

Resultó demasiado adelantado para su tiempo. Antes que Roberto Bolaños, Vieta configuró su novela Pailock el prestidigitador, como un entramado de líneas argumentales múltiples, fragmentadas y libres, en una estructura que ningún crítico se atrevió a identificar como propio de la postmodernidad, entre otras razones porque el gran flujo transformativo de las artes que hoy denominamos así, apenas comenzaba a columbrarse en Cuba. Absorto en su propia obra, autotélica por demás, atravesó las décadas del setenta y el ochenta como un gran desconocido. Por lo mismo, su obra no fue –ni siquiera hoy--, promovida fuera de Cuba, cuando es verdad que su narrativa cuenta entre lo más atrevido, desafiante y desaforado de la literatura cubana en la segunda mitad del siglo XX. Pailock fue el resultado de una larga labor de alquimista: en esa novela incontenible, se retrata una sociedad que, si bien es supra-geográfica, está enmarcada densamente en las últimas décadas del siglo XX, a las cuales refleja en toda su obsesión por el juego de espejos, mezcla del terror que Orson Welles anunciara para esta época en el obseso final de La Dama de Shanghai: ya no nos reflejamos en las pulidas superficies, sino que éstas nos miran, nos deforman, nos descubren […] El protagonista de Pailock, y con él el novelista, intuían que comenzaba otra era, donde el arte mismo tendría una vez más que poner a prueba su voluntad de Proteo siempre transformado. Por eso leer a Ezequiel Vieta requiere asumir este tiempo, este destino problemático del arte y del receptor, vale decir, la circunstancia agónica de la cultura orientada hacia el siglo XXI.

A continuación, jóvenes investigadores profundizaron en sus intervenciones en la vida y obra de Vieta y su trascendencia en tiempo y espacio, entre ellos Camila Medina. Seguidamente la narradora y ensayista Mirta Yañéz, dio lectura a algunos párrafos de textos publicados referidos críticamente a novelas como Vivir en Candonga (Premio Novela Cirilo Villaverde, 1965):

[…] Título que, en el momento de su publicación, se sale de todos sus carriles, en especial de aquellos en que discurrían los textos que aspiraban a expresar y reflejar los sucesos históricos de la Revolución […]  Novela que no se ubicaba en ninguno de los ardientes polos del conflicto como los de literatura realista y no realista, como términos de definición, y está escrita en una época en que comenzaban las confrontaciones que tenían como centro la conciencia del intelectual […] Vivir en Candonga, no participaba dentro de los cánones de la literatura oficial y es, sin embargo, un brillante ejemplo de literatura comprometida con los conflictos del ser humano ante el desarrollo […]  no es vivir en la evasión o en la ausencia de la conciencia social, por demás, Utiello (su personaje principal) no se aparta de la realidad […] Según Vieta, todo lo que intenté e intento es la polaridad entre dos verdades: la verdad contundente e histórica, y la contundente y estética (o individual” […] Y este es para mí el mayor aporte de Vieta en su novela: su valeroso y profundo análisis de la literatura de compromiso.

Por su parte el connotado escritor, Alberto Garrandés, acotó que:

[…] en Vieta, la construcción de su yo, fue su obra principal”, sin olvidar muchos de los momentos de su vida profesional que transcurrieron al lado de aquel escritor, sus grandes valores como persona, amigo e intelectual; su discurrir filosófico, sus vastísimos conocimientos literarios de autores universales como Dostoievsky, Strindberg, Poe, Kafka, Blake.., además de su gran diversidad de títulos apilados en un cuarto repleto de paneles, libreros […]  

Más adelante confesó que:

Ezequiel Vieta representó para mí, por su poderosa cercanía, la manera más radical posible de asumir la literatura y la existencia. En primer lugar, en él florecía la conciencia de que la vida propia es intransferible y sin más oportunidades que las que llegan, se asientan (o no se asientan) y se esfuman. La irrepetibilidad de los momentos y de las personas. Los grandes trazos de la experiencia y los trazos mínimos y destellantes, pero sin jerarquías de valor, porque en lo mínimo de la vida él encontraba cosas tan importantes como en lo máximo. Y, en segundo lugar, la conciencia de que la literatura no podía ser más que un diálogo reparador del yo con el mundo, pero siempre desde la perspectiva de un sistema de elecciones casi inapelables, en relación con la vida literaria y sus miserias […] Recuerdo que, cuando se iba a presentar su gran novela, Pailock, un libro esperado por muchas personas, a última hora renunció a asistir. Me dijo que no hacía falta, que ya el libro estaba ahí. Y me aseguró que él añadía muy poco a esa intensa y enérgica presencia. Un escritor no suele hacer eso. Son muy pocos, poquísimos, los que renuncian a la justificable vanidad de aparecer, figurar, dar la cara y entenderse con el público, firmar ejemplares, sonreír, agradecer y al final, como un actor, salir del lugar donde ocurrió aquella representación. Son muy pocos. Y él lo hizo. ¿Quién lo hace hoy, ahora? Creo que nadie. Y, sin embargo, es lo que debería hacerse. Uno publica ciertos libros y ya. No hay que prodigarse. Ni siquiera hay que comparecer. En especial si uno tiene la idea –que no se impone a nadie, por supuesto--, de que un escritor es una persona con ciertos pudores, y la literatura una actividad llena de discreción, incluso a pesar de ese entregarse potencialmente a todos que radica en los actos de publicar y ser leído.

Asimismo, reconocidos intelectuales como el narrador y dramaturgo Nicolás Dorr, rememoraron algunas facetas de la vida de Vieta. Sobre la personalidad de este último el dramaturgo comentaba:

[…] su carácter amistoso hacia los jóvenes, al lograr siempre establecer un espacio de humor junto a ellos, pues cuando le conocí yo tenía 14 años de edad, un tres de abril de 1961, y ese día estrenaba la pieza Las Pericas. Aseveró además que, en su opinión, Vivir en Candonga, se adelanta (y mucho) a Cien Años de Soledad de García Márquez. A su vez, los Premios de Literatura Nacional, César López y Ambrosio Fornet, distinguieron en Ezequiel su profunda inteligencia, cultura universal, creatividad, generosidad, bondad y, en ocasiones, su ingenuidad […] Un clásico autor cubano sin legitimar.

 Alberto Garrandés responde al Periódico Cubarte: ¿Cómo contextualizar a Ezequiel Vieta en la actualidad?

Tras casi veinte años de su fallecimiento, sería una figura absolutamente incómoda para la literatura cubana como también le exigiría a ella unas dosis de creatividad con las que aún no cuenta. Le exigiría al teatro un atrevimiento que, tal vez tendría y que él celebraría en algunos escritores y puestas en escena. Sería un crítico formidable, un referente enorme; sería como una especie de oráculo, al que mucha gente iría a pedir criterios, opiniones…Es una pena que haya pasado su momento, sin habérsele concedido un premio. El Premio Nacional de Literatura, por ejemplo, nunca se lo dieron y, realmente se lo merecía porque fue un hombre fundador. Y, a los creadores que fundan, hay que homenajearlos.

Ezequiel Vieta (La Habana, 1922-1995)
Licenciado en Derecho Diplomático y Consular en la Universidad de La Habana (1946). Profesor de la Escuela Nacional de Arte y la Escuela de Letras de la Universidad de La Habana, y de Lengua y Literatura Españolas en el Franklin and Marshall College de Pennsylvania (1946-1951), además de impartir clases de Fonética Española como asistente de Juan Chabás en la Escuela de Verano de la Universidad de La Habana (1948). En esta institución obtuvo el título de Doctor en Ciencias Sociales y Derecho Público (1949) y en la Universidad de Oriente, el de Doctor en Filosofía y Letras (1950). De 1952 a 1959 fue profesor auxiliar de Español en el Instituto de Segunda Enseñanza de Santiago de Cuba. Por esta época colaboró en Ciclón. En 1957 se diplomó en Lengua y Literatura Italianas en la Universidad de Perugia. Entre 1958 y 1959 viajó por Haití, Portugal, España, Francia y Marruecos. Dirigió el grupo de teatro experimental Letra T de Santiago de Cuba. Fue profesor de Español en el Instituto Preuniversitario Especial Raúl Cepero Bonilla (1963-1965) de La Habana. Participó en el Primer Congreso Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (1961). En 1965 obtuvo, con Vivir en Candonga, el Premio de Novela Cirilo Villaverde de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). De 1967 a 1968 dirigió la Casa del Teatro, cuyo Boletín editó. Participó en el Seminario del Teatro del Consejo Nacional de Cultura (1967). Ha sido profesor de la Escuela Nacional de Arte y de la Escuela de Letras de la Universidad de la Habana. Ha colaborado en la Revista Universidad de La Habana, Vida Universitaria, Casa de las Américas, Unión, La Gaceta de Cuba, Combate, Juventud Rebelde. Es autor del prólogo y la selección de Cuentos españoles. Prologó, además, el libro Cuestiones de dramaturgia de Peter Karvas. Tradujo, en colaboración con Beatriz Maggi, Padre, de Strindberg, que aparece en el Teatro (La Habana, 1964) de este autor.
Bibliografía activa: El hombre subterráneo de Fyodor Dostoyevski. Santiago de Cuba, Editorial Kaskara, 1953. Aquelarre. Santiago de Cuba, Manigua, 1954. Libro de los epílogos. Cuento. Nota introductoria de Beatriz Maggi. La Habana, Ediciones Unión, 1963. Pailock el prestidigitador. 1ª parte. La Habana, Ediciones Granma, 1966 (Serie del Dragón: ficción, 7). Teatro. La Habana, Ediciones Belic, 1966 (Cuadernos Girón, 8). Vivir en Candonga. Novela. La Habana, Ediciones Unión, 1966.