Salvador Bueno: un crítico que apuntó bien y dio en el blanco

Por Jesús Dueñas Becerra

De ver la estatura ético-moral de algunos hombres,

 nos entran deseos irresistibles de imitarlos.

José Martí

La Biblioteca Nacional José Martí (BNJM) fue sede —hace más de un lustro— de un sencillo homenaje, organizado por la doctora Araceli García-Carranza Bassetti, jefa de redacción de la centenaria revista de la BNJM, y el escritor y periodista Luis Sexto, Premio Nacional de Periodismo José Martí, para evocar la vida y la obra del doctor Salvador Bueno Menéndez (1917-2006),(1) miembro del Consejo de Honor In Memoriam de ese emblemático medio de prensa, valorado por expertos nacionales y extranjeros como enciclopedia de la cultura cubana e iberoamericana.

A dicha actividad, fueron especialmente invitados la viuda y la hija del ilustre profesor, periodista e investigador, así como colegas, discípulos y amigos de uno de nuestros mejores críticos y ensayistas literarios de todos los tiempos.

En ese contexto germinó la idea de escribir esta crónica. Además, por el vínculo que me unía al doctor Salvador Bueno: su hija, la psicóloga y profesora de enseñanza artística, Ada Bueno Roig, fue mi colega de profesión en el Departamento de Tratamientos Especializados del Hospital Psiquiátrico de La Habana Cdte. Dr. Eduardo Bernabé Ordaz, donde hace treinta y cinco años floreció una linda amistad que hasta hoy sigue y seguirá creciendo.

Desde los años cincuenta del pasado siglo, conocía al progenitor de mi amiga del alma, ya que leía —con la curiosidad con que suele hacerlo un púber— el Noticiero Cultural que publicaba la revista Ecos y confeccionaba el distinguido historiador de la literatura cubana. En ese espacio reseñaba libros, conferencias, exposiciones de artes plásticas u otras actividades culturales desarrolladas en la Ciudad de las Columnas.

En la Escuela Normal para Maestros de Santa Clara, donde estudié durante la mayor parte de mi adolescencia, el profesor de Literatura Cubana utilizaba como libro de texto Historia de la Literatura Cubana,(1)  del doctor Salvador Bueno, quien —en aquel entonces— era profesor de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de La Habana.

Con la lectura analítico-sintética de esa obra, una de las mejores y más completas que escribiera y de la que se hicieran seis ediciones, la mente y el alma de un joven se enfrentaron al rigor histórico, crítico e investigativo que caracterizó la prosa elegante, directa a la inteligencia y al espíritu humano, de quien recibió, en 1959, el premio de la Sección de Gramática y Literatura otorgado por el Colegio Nacional de Ciencias y de Filosofía y Letras a causa de su ensayo crítico Trayectoria de Labrador Ruiz. (A los 25 años de Laberinto).(2)

A partir de ese momento, caí en la cuenta de que Salvador Bueno no solo era un magnífico historiador de la literatura nacional, sino un excelente crítico e investigador de la producción literaria producida en nuestra geografía insular, porque, al igual que el Apóstol, sabía «ver (…) deducir (…) analizar, presumir, explicar»,(3)  y además, aguijonear el intelecto y el espíritu de quienes buscábamos en las páginas de ese texto el alimento cognoscitivo indispensable para crecer desde todo punto de vista.

En consecuencia, quería también convertirnos no solo en respetables profesionales de la educación, sino en buenas personas, porque no debe olvidarse que el ex presidente de la Academia Cubana de la Lengua era —ante todo y por encima de todo— un maestro que instruía y formaba a sus alumnos en el amor a la cultura cubana y universal, al idioma cervantino y a la humanidad.

Cuando incursioné por vez primera en la vida y la obra del padre Félix Varela, piedra fundacional de la martiana ciencia del espíritu, le di a leer mi artículo a Salvador Bueno, quien lo diseccionó con afilado, pero amoroso bisturí, y luego me comunicó su dictamen vía telefónica:

«Su trabajo sobre esa faceta poco conocida del padre Varela me pareció muy interesante (…), pero lo que más me llamó la atención fue la valoración integral que hace de Varela como filósofo, psicólogo práctico, profesor, sacerdote y ser humano. Sin embargo, me agradaría hacerle algunas observaciones personales».

Sus señalamientos, por razones ajenas a la voluntad del maestro y el discípulo, quedaron archivados para siempre en su yo crítico.

El poeta, crítico y ensayista, Virgilio López Lemus, estima que Salvador Bueno es, sin discusión alguna:

«Un creador literario, puesto que se ha ocupado durante sesenta años consecutivos de la literatura, de estudiarla, historiarla, explicarla, divulgarla, y ha sido uno de los ensayistas literarios más fecundos del siglo XX cubano (y el primer lustro del XXI). Como el término creación —precisa el también miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba— no implica solo (…) los géneros de ficción, Salvador Bueno ha sido un creador eficiente en su área de trabajo: el ensayo y la crítica literarios, que ha cultivado con profusión. Ha sido además un periodista cultural muy destacado, con numerosísimos artículos (crónicas), reseñas, notas divulgativas y comentarios críticos publicados en revistas y periódicos cubanos, españoles, mexicanos, estadounidenses y de muchos países de Europa y América».(4)

De acuerdo con el doctor López Lemus, la función desempeñada por Salvador Bueno en el contexto crítico-literario y periodístico iberoamericano «es servir (al otro), ser útil, trabajar en silencio en las áreas de estudio para las que se siente mejor dotado»; razón por la cual «se le ha asignado el calificativo de divulgador, como si con ello se rebajase su condición de ser uno de (nuestros) principales críticos e historiadores literarios».(5)

Sin duda alguna, quienes piensan que Salvador Bueno es solo un buen divulgador cultural no conocen la impecable trayectoria de uno de los primeros cubanos que obtuvo la categoría científica de Doctor en Ciencias Filológicas, la cual defendió en una universidad este-europea cuando ya «era un intelectual prominente, reconocido en el medio (académico) y profesional de las letras y el periodismo patrios».(6)

La fuente intelectual y espiritual de la cual bebió durante su juventud, quien fuera asesor literario de la BNJM, habría que buscarla en la prosa del doctor Medardo Vitier (1886-1960),(7) a quien él percibiera como modelo (y sin duda alguna lo es), y también en los escritores hispanos que integraron la mítica Generación del 98.

No obstante todo lo que pudiera argumentarse sobre la excelencia del doctor Salvador Bueno como intelectual y como persona, y que por su magnitud no podría resumirse en esta crónica periodística, el crítico que siempre fue, es y será nos deja como legado una lección magistral de ética, humanismo y espiritualidad:

«La misión de un crítico es transmitirle al receptor un mensaje claro y preciso; ser honesto consigo mismo y con el prójimo (…), cuando lo que escribe es expresión genuina de su forma de pensar y sentir el hecho artístico-cultural que valora desde una óptica objetivo-subjetiva, sin transgredir los principios ético-humanistas sobre los cuales se estructura el ejercicio del criterio y el periodismo cultural».(8)

Para este cronista, esa declaración de principios es la mejor clase de ética periodística que un profesional de la prensa puede recibir, no importa dónde ni cuándo. Una vez más: ¡Gracias, maestro!

 

(1) Bueno, Salvador: Historia de la Literatura Cubana, 2da. ed., Editorial Minerva, La Habana, 1954.

(2) Instituto de Literatura y Lingüística de la Academia de Ciencias de Cuba. Diccionario de la Literatura Cubana, t. 1, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1980, pp. 158-159.

(3) Batlle, Jorge Sergio: José Martí: aforismos. Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2004, p. 87.

(4) López Lemus, Virgilio: «Salvador Bueno y la literatura cubana», Revista de la Biblioteca Nacional José Martí, 95(1): 103, La Habana, 2004.

(5) Ibídem, p. 105.

(6) Ibídem, p. 103.

(7) Salvador Bueno. Citado por Jesús Dueñas Becerra, en «La crítica sin la ética nula es». Disponible en: www.uneac.org.cu (Noticias).

(8) Instituto de Literatura y Lingüística de la Academia de Ciencias de Cuba. Diccionario de la Literatura Cubana, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1980, pp. 1108-1110.