Duporté hacedor de plantas y flores

Por José Veigas

Yo sé de los nombres extraños

De las yerbas y las flores,

Y de mortales engaños

Y de sublimes dolores

                             José Martí

 

Cuando varios meses atrás vi, por primera vez, las acuarelas de la serie Flora martiana, de Jorge Pérez Duporté, me sentí sorprendido, tanto por la calidad de los trabajos, y su estrecha relación con los textos de Martí, como por mi ignorancia —nuestra ignorancia— acerca de una manifestación ligada a la ciencia y el arte. Entonces me di cuenta que, de una forma u otra, todos somos responsables de la escasa difusión que recibe, en nuestro país, la ilustración científica y, en este caso particular, la botánica, situada a un nivel muy bajo con respecto al de otros países. No hablemos de aquellos donde, por tradición, este arte ha alcanzado un envidiable prestigio (Gran Bretaña, Suiza, Austria Hungría, Francia, Estados Unidos de Norteamérica y los países escandinavos) sino de otros que, a pesar de haber comenzado a trabajar tardíamente, tienen, en el ámbito internacional, buenos representantes del género.

     

A pesar de ser muy conocido, no debemos obviar el hecho de que, tradicionalmente, los grandes clasificadores del arte han encasillado todas las manifestaciones artísticas en dos grandes grupos: "arte mayor" y "arte menor". Nunca han explicado, sin embargo, qué define el valor o la relevancia de una obra. ¿Acaso la técnica empleada, las dimensiones, la firma, la moda, las críticas, los marchands...? A la Ilustración científica, con frecuencia, le reprochan ser "otra cosa" muy ajena al arte. Con criterios similares, algunos especialistas y ciertas historias del arte exaltan, por ejemplo, la obra pictórica de muchos artistas, mientras relegan, a un segundo plano, su obra gráfica o escultórica. Presentemos, también, otro aspecto del asunto: la confusión en cuanto a precisar, de forma convincente, los términos "pintor de flores" y "artista botánico". No se trata de una virtual superioridad de uno sobre otro sino que son manifestaciones diferentes.

Del arte a la ciencia

En la historia del arte pueden hallarse cientos de ejemplos de pintores que eligieron el tema floral como eje de su obra (Jan Breughel, Jan Van Huysum, Rachel Ruys), aunque una voluntad generalizada, en occidente, de plasmar artísticamente el tema sólo se registra en dos momentos: en la pintura holandesa y flamenca, entre los siglos XVI y XVIII y en los pintores Impresionistas del siglo XIX quienes, casi sin excepción lo abordaron. Pero, en ambas ocasiones, prevalecieron motivaciones de carácter económico o artístico, nunca científico.

Los holandeses y flamencos hicieron patente el criterio de que "la cultura burguesa era de manera natural, la cultura del interior" (1) y, por supuesto, una de las formas de reflejarla fue pintar abigarrados ramos de flores, donde los tulipanes —importados de Turquía—, las rosas, los iris y los pequeños insectos formaron conjuntos inusitados. Aún hoy, estas obras llaman la atención por la fidelidad de los artistas a la hora de reproducir las diferentes especies florales, con una óptica, por cierto, muy cercana a la de un ilustrador científico. No ocurre así con los impresionistas, porque estos detectaron sobre todo, las posibilidades ofrecidas por el color y, a la vez, desviaron su atención hacia la composición artística y no hacia la exactitud botánica.

     

Dos artistas, sin embargo, quedan excluidos de cualquier clasificación, porque abordaron el tema botánico con sensibilidad y, al mismo tiempo, con excepcional rigor científico: Leonardo da Vinci y Alberto Durero. Del primero, conocemos su Estudio de las plantas, donde "estableció la relación existente entre las especies vegetales, para así mostrar las modificaciones en las formas de las hojas" (2). Por su parte, en la "obra botánica" del artista alemán, apreciamos "que al lado de la belleza de la naturaleza nació la belleza propia de una obra de arte" (3).

No obstante, en el aspecto científico, los antecedentes de esta línea fueron los antiguos manuscritos herbales creados con el único propósito de servir a la ciencia médica. Según Alice Coats, la más antigua ilustración herbal conocida se remonta al 512 dne  y aparece en el Codex Vindobonensis Dioscorides, en la Biblioteca Nacional de Viena. En la historia posterior de este magnífico y verdadero arte aparecen otros nombres como Johann Jacob Walther (1600-74), Georg Dionysius Ehret (1708-70), Pierre Joseph Redouté (1759-1840), quienes bien podrían ser incluidos por sus suficientes méritos en cualquier antología del arte. Sin embargo, no puede hablarse de los ilustradores científicos como de un grupo homogéneo, de perfiles bien delimitados, porque, bajo este rubro, se congregan los más disímiles autores, quienes se expresan a través de todas las técnicas de las artes plásticas.

     

Frecuentemente se considera a la acuarela el único medio de expresión del dibujante científico, aunque —al revisar los catálogos— podremos comprobar que artistas como Elfriede Abbe (1919), Henry Evans (1918) y Erik H. Krause (1899), utilizan, también, técnicas del grabado (xilografía, linóleo, punta seca y litografía). Otros se apoyan en los lápices de colores (Boyd E. Hanna), en el dibujo a lápiz (Kaj Beckman), en el gouache (Leslie Greenwood) y en el acrílico (Henry R. Mockel). En cuanto a la preparación académica de estos creadores hay diferencias. Por ejemplo, el sueco Gunnar Norrman (1912) estudió botánica y biología en la Universidad de Lunds y se graduó más tarde, en la Escuela de Artes Gráficas de Estocolmo. Abundan, asi mismo, los artistas de formación autodidacta y aquéllos que devienen ilustradores científicos por medio de la práctica del dibujo puramente artístico, como en el caso de Jorge Pérez Duporté (Guantánamo, 1945).

Un guardián de la flora

Difícil debió ser para Duporté tomar el camino de la ilustración científica, tan mal conocida y peor apreciada. Sin embargo, su obra hecha con amor, evidencia que este trabajo no está reñido con el arte y, mucho menos, con la creación. No se trata como algunos suponen, de poner las dotes artísticas al servicio de la ciencia, sino también de crear a partir de una realidad científica imposible de falsear pero susceptible de ser enriquecida por la mano de un artista.

Jorge —ha escrito Elíseo Diego— se pasado años atento a la textura de las plantas, midiéndoles las luces, pesándoles los colores, recorriéndoles con fanático cariño los contornos. (...) El artista sólo nos entrega con toda claridad la lección de su amor a la vida y la advertencia de que todo cubano que lo sea de raíz ha de guerrear por su única, ardiente, inapreciable Flora.

En la actualidad, realiza los trabajos preliminares para emprender el "Estudio de una Flora cantada por Carpentier", donde reeditará su trabajo a través de la prosa martiana. Al mismo tiempo, conjuga la reconstrucción de su obra anterior —perdida, casi su totalidad, en una inundación— con una nueva serie que reunirá a las flores nacionales de América Latina y el Caribe, para cada día hacer suyo este pensamiento martiano.                                                            —Esto es una ley; donde la naturaleza tiene flores, el cerebro las tiene también.

4 preguntas a Duporté

1.- ¿Cómo te iniciaste en la ilustración científica?

2.- ¿En qué se diferencia esta especialidad de la pintura de flores?

3.- ¿A qué se debe, en tu opinión, el atraso de la ilustración científica en Cuba?

4.- ¿Cómo surgió la "Flora Martiana"?

1.— Me inicié, allá por 1965, en la ilustración de textos científicos, con un interés no precisamente botánico sino zoológico debido a la necesidad de personal calificado que tenían algunas Instituciones para emprender este tipo de trabajo, del cual no existían antecedentes en Cuba. Me presenté a la prueba con cierto temor, porque me enfrentaba por primera vez a este tipo de dibujo. Incluso traté de orientarme y entrenarme, pero la Información era escasa. Había realizado estudios de dibujo y pintura con los profesores Lesbia Vent Dumois, Adigio Benítez, Servando Cabrera Moreno y Fayad Jamis, pero estas enseñanzas, como es natural, no estuvieron dirigidas a este trabajo. Me orienté en los primeros tiempos, con el pintor Carmelo González, sobre todo, en el dominio de la acuarela. A los tres meses de práctica, recibí la noticia de que había sido aceptado para realizar las ilustraciones científicas de la fauna marina del Caribe. Comencé las Ilustraciones en el Acuario Nacional pero, por razones organizativas, ese trabajo —que hacía con tanto gusto— no se concluyó y, hoy, ni siquiera existen aquellas acuarelas.

Más tarde, en 1967, me llamaron de la dirección del Departamento de Botánica de la Academia de Ciencias de Cuba, con el fin de confeccionar una serie de acuarelas de la flora cubana para un libro de carácter popular. El proyecto me entusiasmó. Estas Ilustraciones se realizaban en el Jardín Botánico de La Habana y recuerdo que mi primer dibujo fue “la bala de cañón” Couroupita guianensis Aubl. de la familia de la Mirtáceas. En aquella oportunidad tampoco se concluyó el trabajo, aunque corrí mejor suerte, pues tuve la oportunidad de laborar con un equipo cubano-húngaro en la confección de los dibujos de nuevas especies descubiertas, en los últimos años, en Cuba. Espero que en alguna oportunidad estos dibujos se publiquen. Después de concluir esta serie quedé entusiasmado con esta actividad.  A partir de entonces comencé a preguntarme cuál era la verdadera función del ilustrador científico, de qué medios debía valerse para realizar un mejor trabajo, qué posibilidades reales tenía la Ilustración botánica. La respuesta la obtuve con mi participación en las actividades científicas del departamento, con el contacto directo de especialistas botánicos y la oportunidad de escuchar las opiniones de Don Tomás Roig y del ingeniero Julián Acuña sobre la función del Ilustrador en la investigación botánica.

 2. — Creo que la diferencia radica en la función que cumple el trabajo de cada uno. El pintor botánico, aunque pinte flores está obligado a destacar y conservar los caracteres que determinan la especie, porque de lo contrario no cumpliría con su función fundamental: servir de apoyo al texto científico. El pintor de flores no tiene, necesariamente, que tener esas consideraciones.

3. — Son muchos los elementos que conspiran contra el desarrollo de la ilustración científica en nuestro país. Entre otros, la consideración, por parte de muchas personas, de que esta especialidad es un "arte menor" y la falta de divulgación de la labor de los ilustradores científicos. No siempre se publican los resultados de una investigación y, en muchos casos, se da a conocer el texto sin los dibujos, por tanto muy pocas veces podemos ver nuestro trabajo concluido. Sería bueno recordar que, en la historia de la ilustración científica en el mundo, existen maestros como Pierre Joseph Redouté (1759-1840), los hermanos F. A. Bauer (1758-1840) y F. L. Bauer (1760-1825) y Carl Riefel (1903) —pintor nacional botánico de Austria—, entre otros muchos. En Cuba, a pesar del atraso de este arte, también hay ejemplos notables; me refiero en este caso, a Ottón Suárez de la Torre y sus aves, en el Instituto de Zoología de la Academia de Ciencias; Rodolfo Michael y sus dibujos de peces, en el Instituto de Oceanología de la misma institución y Rapi Diego, joven pintor y cineasta, quien dibujó y pintó flores en los jardines botánicos de La Habana y Cienfuegos.

4. — Me preguntan con frecuencia, cómo descubrí la posibilidad de Ilustrar la obra de Marti desde el punto de vista botánico; yo diría que el descubrimiento no fue ni fácil ni difícil,  sino producto de años de estudio e investigación. Asi, cualquier compañero, siguiendo los métodos requeridos, encontraría resultados similares. Haciendo un breve recuento es justo señalar la importancia que tuvo para mí el ciclo de conferencias sobre problemas científicos —organizado por el Departamento Botánico— y, muy especialmente, la ofrecida por el doctor Pedro P. Duarte Bello sobre José Marti y sus conocimientos botánicos, basada en los trabajos del doctor Ponce de León. A partir de ese momento comencé a estudiar los textos martianos, con la intención de localizar todas sus referencias a la flora, así como los trabajos sobre Martí y la flora, de Samuel Feijóo, Hortensia Pichardo, Silvia Bota y otros. Con estos datos, inicié la confección del fichero para la Flora martiana; luego siguió la labor de identificar las especies, la colecta de las plantas en el campo y la revisión de ejemplares de herbario para completar la información, un trabajo agotador pero fascinante. Todo este proceso investigativo me permitió emprender una serle de ilustraciones científicas (acuarelas) expuestas, parcialmente en el Taller de Cerámica del Parque Lenin.

Dar a la flor su rica filigrana

Aquel primero de mayo de 1895 estaban "meciéndose al aire, los cupeyes" como anotaba Martí en su último diario. Más de ochenta años después, alguien leía y releía las páginas históricas de este diario de campaña para recorrer, imaginariamente, los senderos martianos entre Montecristi y Dos Ríos; buscar cada planta, cada flor; investigar las especies, las familias botánicas; hacer bocetos, dibujos... Nacía así, poco a poco, la Flora martiana.

Esta serie tomaba forma sobre la mesa de trabajo de Jorge Pérez Duporté, rodeada de ejemplares de viejos herbarios, de ilustraciones científicas, de las Obras completas de José Martí, de una flor o de un fruto recién arrancados...

Un día se reunieron los trabajos y Samuel Feijóo escribió unas hermosas palabras. En las paredes blancas del Taller de Cerámica del Parque Lenin se expusieron la naranja agria, la majagua, el algodón, la ceiba, la jabilla, mientras, como en febrero de 1895, cerca del dominicano río Yaque, "hacen arcos, de un borde a otro, las ceibas potentes".

Esto ocurrió hace un año, en otro enero martiano y victorioso. Los que visitaron la galería, en aquella ocasión, no podrán olvidar fácilmente la Flora martiana. Recibió poca divulgación, el catálogo era sencillo, mas, el conjunto, fue un digno homenaje al Maestro.

Duporté había logrado unir e imponer el arte y la ciencia, el texto martiano y la naturaleza caribeña, por medio del dibujo y la composición —ambos magníficos—, así como del color aplicado con soltura y precisión. Reproducía, además, con rigor científico, hasta el más mínimo detalle de cada especie y evidenciaba el profundo conocimiento en el empleo de la acuarela. Porque, como escribiera Feijóo en sus palabras del catálogo, "su arte pictórico auxilia a la gráfica científica, minuciosa, detallista, dando a la flor su rica filigrana y al color el matiz sabio del vegetal".

 

NOTAS:

(1) Hütt, Wolfgang. El arte y la naturaleza. Editorial Gente Nueva. Instituto Cubano del Libro, Leipzig, 1976, p. 22.

(2) Hütt. Wolfgang. Ob. cit., p. 22.

(3) Guldener, Hermine van. El Rijksmuseum de Amsterdam. Knorr and Hirth Verlag GMBH, Munich y Ahrbeck / Hanóver, 1970, p. 96.