La ciudad de Kavafis y el retorno a Ítaca de Dairán Fernández*

Por Noel Alejandro Nápoles González

…Nunca desembarcamos de nosotros…

Fernando Pessoa(1)

A menudo, la nostalgia se sienta ante el rompecabezas del ayer y, en disputa tenaz con el olvido, juega a recomponerlo en la memoria. Se dice que, primero, coloca las esquinas; luego, tantea los bordes; y al final, encaja las piezas que descifra o imagina en el centro. Entonces el pasado se ilumina, por un instante, hasta que su imagen se desvanece, como si fuese un mandala. ¡Suerte que existen personas que eternizan los ayeres, con la letra o con la imagen!

El más griego de los conquistadores griegos, Alejandro, era macedonio; el más mongol de los mongoles, Gengis Kan, era merquita; el más francés de los franceses, Napoleón, era corso; el más italiano de los comunistas italianos, Gramsci,  era sardo; el más panruso de los soviéticos, Stalin, era georgiano; y el más griego de los poetas neogriegos, Kavafis, era egipcio.

Lo que me hace pensar que hay fidelidades que van más allá del Derecho y sus leyes. A esas fidelidades no las determina ni el sol bajo el que nacemos, ni la sangre que heredamos: las define el corazón, ese laberinto de Creta en el que no valen ovillos ni Ariadnas. De modo que ni ius solis ni ius sanguinis, ius cordis.

Constantino Kavafis nació en Alejandría, Egipto, en 1863; hizo estudios primarios y secundarios en Londres y Liverpool, entre 1872 y 1879; vivió con su madre en Constantinopla, entre 1882 y 1885; y desde este año hasta su muerte, ocurrida en 1933, residió en su ciudad natal. De adulto, sólo viajó una vez a París y cuatro veces a Atenas. La última visita a la capital griega la hizo en 1932, poco antes de morir, para operarse un cáncer de garganta. Kavafis fue griego entre ingleses, turcos y árabes, no sólo porque nació y murió en la colonia griega de Alejandría, sino porque asumió como propia la herencia de la cultura helénica.

Jamás publicó un libro, sólo poemas sueltos en revistas de Leipzig, Alejandría, Constantinopla, El Cairo y Atenas o en feuilles volantes que obsequiaba a sus amigos y admiradores. Su obra madura abarca 154 poemas breves, escritos en lenguaje directo, transparente.

En 1917, Kavafis obró el milagro de convertir una inscripción antigua, hecha sobre piedra y casi destruida, en  un poema sencillo, hermoso, delicado:

(EN EL MES DE AZYR)(2)

Leo con dificultad   sobre la piedra antigua

“Se[ñor] Jesucristo”.  Un “Al[m]a” distingo.

“En el me[s] de Azys Leukio[s] se d[ur]mió”.

En la mención de la edad “Vi[vi]ó años”,

el Kapa Zeta muestra que joven se durmió.

En la parte deteriorada veo “A é[l…] Alejandrino”

Después hay tres líneas muy mutiladas;

pero algunas palabras descifro- como “nuestras lá[grim]as”, “dolor”

luego otra vez “lágrimas”,  y “duelo para [no]sotros los amigo[s]”.

Me parece que Leukios habrá sido muy amado.

En el mes de Azyr Leukios se durmió.

Dicen que hay tres vidas: la natural, la de ultratumba y la de la fama; yo no estoy muy seguro de eso, sólo sé que hay una sola muerte: el olvido.

Cierta vez –en el poema No has entendido- Kavafis cita a Juliano el Apóstata dirigiéndose a los cristianos con desprecio: Anégnon, égnon, katégnon;  lo que significa: He leído, he comprendido, he condenado. La frase en griego resulta tan bella como terrible. ¿Acaso no es terrible la belleza?. No menos diáfana y hermosa es la respuesta del propio Kavafis: “Has leído, pero no  entendido; pues si hubieses entendido, no habrías condenado”.

Particularmente profundo es el poema que le dedicó a su Alejandría natal, la ciudad que fundó Alejandro Magno en Egipto y que fuera biblioteca del mundo.  

LA CIUDAD

Dijiste: “Iré a otra tierra, iré a otro mar.

Otra ciudad encontraré mejor que ésta.

Cada esfuerzo mío es una condena escrita,

y mi corazón, como un muerto, está enterrado.

¿Hasta cuándo permanecerá mi mente en este marasmo?

Hacia donde vuelvo los ojos, por donde miro,

negros escombros de mi vida veo aquí

donde tantos años he pasado, perdido y destruido”.

 

Nuevos sitios no has de encontrar, ni encontrarás nuevos mares.

La ciudad siempre te acompañará. Por las mismas calles

errarás, en los mismos barrios envejecerás

y en las mismas casas habrás de encanecer.

Siempre llegarás a la misma ciudad. En otro lugar no pongas tus esperanzas:

no hay barco para ti, no hay camino.

Al perder tu vida aquí,

en este rinconcito, en toda la tierra la has destruido.

Lamento y respuesta. Con la pluma, escribe el poeta sus versos; con el tiempo, los versos describen al poeta. Este hombre creció en espíritu porque se arraigó profundamente en su cultura; este hombre conocía el mayor secreto de los navegantes, que viajan y viajan, sin nunca desembarcar de sí mismos.

 

…Lo que vemos no es lo que vemos, sino lo que somos.               

Fernando Pessoa(3)

 

Lo mismo sucede con los gentilicios. Nosotros no somos cubanos porque estamos en Cuba; somos cubanos porque Cuba está en nosotros. Aunque sea en el recuerdo. Estamos tan hechos de recuerdos que el olvido nos mutila.

Conozco a un grabador, compatriota y contemporáneo mío, cuya obra está hecha de ayeres. El ayer es su presente. En su obra, los personajes y sus modas, los sitios y sus carteles, los aparatos y sus formas son old fashion. Nada en él rebasa la mitad del siglo XX: sus imágenes parecen salidas de antiguas fotos de familia, resemantizadas con fina ironía.

Dairán Fernández se graduó en la Academia de San Alejandro, en 1994, en la especialidad de pintura, aunque desde hace unos cinco años trabaja como grabador en el Taller Experimental de Gráfica de La Habana.

La técnica en la que prácticamente es un maestro es un tipo de xilografía que denominan “taco perdido”. Resulta interesante ver el proceso, día a día; contemplar cómo, a base de perseverancia y talento, de la plancha virgen de MDF (madera cuya fibra es de densidad media) va emergiendo la obra. Ante todo, hace el dibujo sobre ella. Más tarde, viruta a viruta, va desvastando la madera con la gubia hasta que tiene lista la superficie sobre la que aplicará el primer color. Una vez aplicado éste, hace la primera impresión. Repite esta operación con cada color, de manera que, al final, sólo le queda el área destinada al último plano cromático. Por eso se le dice “taco perdido” porque con cada paso se va perdiendo la matriz.

La elección de esta técnica, por alguien que trabaja tanto con los ayeres, parece feliz pues el recuerdo mismo es un “taco perdido”, un trozo del pasado que permanece grabado en la memoria aunque lo demás caiga en el olvido.

A pesar de su aparente serenidad, en algunas piezas de Dairán se siente una tensión entre un elemento estático y otro dinámico. Son piezas que yo titularía con un adverbio: MIENTRAS. Veamos tres ejemplos.

Una muchacha con sombrero sostiene una copa con una banderita cubana dentro, mientras un barco, detrás de ella, se aleja. ¿Se llama Cora? ¿Por qué tiene el rostro azul? ¿Es un premio la cubanía?

Una señora mayor avanza tristemente por una pradera, en la que un gato descansa en primer plano, mientras un avión despega dejando su estela en el cielo. La señora tiene los colores del paisaje del fondo. ¿Es que acaso hay un modo más sutil de sugerir su partida? Su cuerpo está en tierra, su espíritu vuela.

Una pareja que nos da la espalda despreocupadamente contempla el mar,  desde una baranda, mientras un avión se eleva sobre el horizonte.  Aunque el avión se mueve en la diagonal, a mí me parece que el elemento más dinámico de la composición, el que rompe  visualmente el estatismo de ésta, es el pie atrasado de la señora. Toda la escena anterior está enmarcada por el membrete del estudio de “J. A. Díaz y Ca”, que alguna vez debió existir en la calle O’Reilly # 64, en plena Habana Vieja. Grabado sobre grabado. Aquel hacedor de recuerdos fotográficos es él mismo un recuerdo, rescatado del olvido por otro hacedor.

Similar a ésta, es la imagen del señor grueso, de sombrero y traje, que manipula una cámara fotográfica en el estudio “Kodak” de la calle Monte # 67. Aquí también las formas tienen el color de la nostalgia.

Misterioso es el retrato del hombre adusto, que nos observa hierático desde el centro de la xilografía, con los brazos cruzados. Su postura es más enhiesta que la de los árboles: él mismo es un árbol. Ignoro quién es pero siento que me pregunta si me acuerdo de él. ¿De qué país es su atuendo? ¿En que sitio se encuentra? Y una pregunta medio capciosa: ¿de qué tamaño es el gato que reposa echado al fondo?

Testigo de una época que no conoció, salvo por testimonios o por fotos, el grabado de Dairán Fernández sugiere, en un tono parecido al de Kavafis, que dos son las Odiseas del hombre: la del que parte y regresa, la del que queda y espera. Cada una tiene sus ventajas, cada una esconde sus tristezas.

Para amortiguar las acepciones menos amables del verbo esperar, los hombres inventaron el sustantivo esperanza. Para apuntalar la esperanza, crearon la palabra fe. Y para calzar la fe, que sostiene la esperanza y suaviza la espera, invocaron la probabilidad infinitesimal del milagro. ¿Y qué milagro supera al recuerdo?

La nostalgia es siempre un regreso a Ítaca, en el tiempo.

 

* Constantino Kavafis (1863-1933): poeta neogriego más traducido y antologado.
   Dairán Fernández (1968…): pintor y grabador cubano.

(1) “Viajar”, Libro del Desasosiego, 349

(2) El mes de Azyr era el tercero del calendario egipcio, caía en primavera y su nombre provenía de Athor, diosa del amor, el placer y la muerte. Kapa Zeta o KZ es el número 27, lo que significa que el joven murió a esa edad.

(3) “Viajar”, Libro del Desasosiego, 347