Una Curiosidad en la colección de impresos cubanos del siglo VIII: el “Reglamento de Policía para la limpieza y desembarazo de las calles, y plazas de la Ciudad de la Havana”.

Por Olga Vega García.

La colección de impresos cubanos producidos en el primer siglo de introducida la imprenta en la Isla aunque no es voluminosa, sí encierra algunos folletos y libros extremadamente raros por diversos factores; fundamentalmente ha de destacarse su escasez en el mercado, desconocimiento de su permanencia en los fondos de la institución, o del contenido, por parte de todo tipo de lectores de esta sección: investigadores, profesores, bibliotecarios y estudiantes universitarios, tanto cubanos como  extranjeros. En ocasiones se sabe de su existencia por citas en monografías, manuales,  libros de texto,  sitios en Internet, y se repite lo dicho por otros, sin tener un original o una buena reproducción en mano, limitando el disfrute de contar con la transcripción de lo plasmado en un importantísimo volumen de aquel entonces.

Algunos títulos por su tema captan inmediatamente la atención del lector a pesar de contar con pocas páginas,  porque mantienen su vigencia como fuentes de información aún en el mundo moderno. Se han publicado ya en Tesoros de Librínsula artículos destinados a la divulgación de obras muy especiales (1, 2, 3 y 4)

En esta oportunidad se dedica especial atención a un folleto que ofrece un panorama de la ciudad en lo que respecta a su cuidado, en particular su higiene, 230 años atrás. A modo de ilustración se ofrece imagen tomada de un grabado de época.

La Plaza del Mercado durante la ocupación británica.

Reglamento de Policía para la limpieza y desembarazo de las calles, y plazas de la Ciudad de la Havana [sic].... / Cuba. Gobierno y Capitanía General. — En la Havana : en la Imprenta de la Capitanía General, 1787. -- [2], 6 p. ; 27 cm.

Ambrosio Funes de Villalpando (1720-1780),  Conde de Ricla,  Gobernador y Capitán General y sus sucesores, entre ellos  José de la Ezpeleta y Galdeano (1740-1823),  Gobernador y Capitán General entre1785-1789, Caballero del Orden de San Juan y Brigadier de los Reales Ejércitos, brindaron especial atención entre otros muchos aspectos al embellecimiento de la Ciudad de La Habana. La Imprenta de la Capitanía General regida por Blas de los Olivos y su yerno Francisco Seguí produjo impresos de calidad, entre ellos publicaciones de gobierno donde se reflejaban los bandos emitidos por los Capitanes, como es el caso del aquí seleccionado,  y su más bella producción Descripción de diferentes piezas de historia natural llamado también El Libro de los peces.

Contiene diecinueve artículos enumerados, concisos, en los que se enuncia el problema con la sanción que corresponde en cada caso. Su introducción, aunque parca, es clarísima, porque precisa la obligatoriedad de su cumplimiento, las razones de su redacción: garantizar el decoro y la salud pública y evitar la contaminación del Puerto por el vertimiento de las inmundicias en la Bahía.

El primer artículo correspondía a la basura acumulada en las casas,  determinándose la prohibición de sacarla a la puerta y la recogida por carros propios o comunes que habrían para ese fin, el pago por ese servicio, y por supuesto la multa al incumplidor.

El frente de la vivienda debería barrerse martes, jueves y sábados, aún cuando el convecino no lo hiciese, recogiéndose lo que hubiera en la calle, incitándose a la denuncia a la policía del “inobediente” para que se le aplicase la sanción.

Las “aguas del servicio de las casas” no habrían de llegar a la calle quedando a responsabilidad del propietario establecer “servidumbres y sumideros” cuidándose de no mantener palos, huesos, lozas en ellos que impidieran el drenaje, dándose dos meses de plazo para ello a sus dueños, los responsables. El vertimiento de inmundicias y excrementos sería igualmente penado si se trataba de cuartos accesorios alquilados.  Los  animales muertos se enviaban a extramuros para que se enterraran por el Gobierno.

Los arrieros que vendiesen o tomaran cargas en casas o tabernas no dejarían a su paso “material estercoroso” ni de ninguna otra especie que hubiera producido su recua, pudiendo el vecino detenerlo hasta que lo ejecutara y en caso contrario daría parte a la Policía.

Se permitiría el empleo de los carretoneros que lo deseasen con la licencia establecida previo pago, siempre que descargaran en  el lugar prefijado. Bastaba que estuvieran bien acondicionados  y no volcaran la carga a su paso.

Para los que fabricaran o reparasen un edificio, los materiales, fuera  piedra, cal, tierras o maderas los recogerían,  sin ocupar ninguna parte de la calle a menos de tener licencia del Gobierno,  responsabilizándose a los dueños, maestros de obras y los mismos “mercenarios”, aplicándosele a cada uno la pena establecida. 

Se mantenía la prohibición de tener aves, cabras,  puercos u otros animales sueltos en las calles, pudiendo ser decomisados salvo que hubiesen  roto amarres y sogas.

Los vendedores con puesto público en plazas, calles o en exterior de las viviendas  debían contar con una canasta o cajón para volcar los  restos de verduras, frutas o aves y los extraerían al momento de levantarse.

Ningún carpintero, talabartero herrero ni otro menestral sacaría  a la calle sus obras, extendiéndose a relojeros y libreros o cualesquiera otros individuos que vendieran estas obras y efectos, ni  permiría que sobresalieran  de las casas o excedieran los quicios regulares, al igual que las tejas  bajas, denominadas guardapolvos y todo lo que estorbase  el tránsito el público con  desahogo y comodidad. Igualmente se impedía la elevación del nivel del pavimento de la calle para igualarlo con el de la casa.

Tampoco se permitieron hogueras ni candeladas sin  permiso del Gobierno aunque se hicieran con la excusa de quemar el despojo resultante de los diversos oficios, ofendiendo a los que pasaran.

Las oficinas comunes no se habrían de limpiar ni conducir por las calles en barriles, si no era mezclado el material con aserrín por el derrame y hediondez  que resultaba, pudiéndose hacer de noche, durante dos horas hasta que finalizase, para lo cual se franqueaban las puertas de la Ciudad que se tuviera por conveniente, siendo del cargo del operario no dejar nada en las calles; en caso contrario sería limpiado por éste al día siguiente.

Los Comisarios de barrio serían los encargados de velar por todo, determinando a quienes serían imputables los descuidos de que no dieran  parte, y su celo serviría de mérito y recomendación.  Igualmente se exhortaba a los vecinos para reportar las contravenciones.

El dueño de la casa sería el responsable aunque los incumplidores fueran sus  hijos, criados o dependientes. El que no cumpliera la multa iría a la cárcel.

Como las calles y puestos públicos eran de uso de la sociedad se expidió este reglamento en La Habana al que todos deben obedecer un 9 de diciembre de 1787.

El ejemplar mantiene una encuadernación engrosada con papel en blanco. Aparece en una de las esas hojas un sugerente manuscrito, quizás del propio Siglo XVIII titulado Listado de Casas de la Calle de la Vida, desconociéndose quién lo inserto y por qué.

     

Tiene exlibris de la Cámara de Representantes de la República de Cuba y con anterioridad perteneció al Dr. Orestes Ferrara Marino (1876–1972), reconocido coleccionista del país quién la donó a ésta . Fue un político e intelectual de origen italiano que desarrolló su actividad en la vida pública cubana durante la primera mitad del siglo XX; representante a la Cámara por varios períodos, diplomático, secretario de Estado en el gobierno de Gerardo Machado y  delegado a la Asamblea Constituyente de 1940. Autor de ensayos y estudios sobre historia y relaciones internacionales.

Plano de la ciudad y puerto de la Habana, 1763.

 

Bibliografía citada

Vega García, Olga.  Tarifa general de precios de medicina:  punto de partida para el estudio de la imprenta en Cuba  [en línea].  Librínsula.No. 234: 3 abr. de 2009. http://librinsula.bnjm.cu/234_tesoros_1.html [Consulta  3 de abril de 2009].

Vega García, Olga.  Peces iluminados en la Cuba del siglo XVIII  [en línea] Librínsula.No.246:  25    set.2009 
http://librinsula.bnjm.cu/246_tesoros_2.html [Consulta  25 set. de 2008]

 Vega García, Olga. “Raros” impresos sobre abejas en la Cuba del siglo XVIII. [en línea] Librínsula No. 276: 19 nov. 2010 http://librinsula.bnjm.cu/secciones/276/tesoros/276_tesoros_1.html [Consulta 19 nov. 2010].

Vega García, Olga.  Impresos de Don Blas de los Olivos en la Biblioteca Nacional de Cuba José Martí. [en línea] Librínsula No. 361 http://librinsula.bnjm.cu/361_tesoros_1.html [Consulta 4 feb. 2017].

Bibliografía consultada

Fernández Núñez, Joana C.  Impresos cubanos del siglo XVIII en la BNJM / Joana C. Fernández Núñez; Olga Vega García. – 2001. – 115, [36] p. Tesis de pregrado.  (Universidad de La Habana).

Fornet, Ambrosio. El Libro en Cuba / Ambrosio Fornet. La Habana: Editorial Letras Cubanas, 1994. -- 239p.

Orestes Ferrara Marino.  [en línea] http://www.encaribe.org/es/article/orestes-ferrara-marino/596 [Consulta 19 nov. 2010].

Trelles y Govín, Carlos Manuel. Bibliografía cubana de los siglos XVII y XVIII. 2. ed. publicada bajo los auspicios del Gobierno de la República de Cuba. -- Habana : Imprenta del Ejército, 1927. -- XIX, 463 p. : il.