La voluntad de hacer y crear. Habla el poeta repentista Leoncio Yanes*

  Por Evangelina Chió

Yo salí de tas entrañas
del valle donde la brisa
se embriaga con la sonrisa
esmeralda de las cañas.
Yo vengo de las montañas
seguras como baluartes,
yo traigo los estandartes
de los sueños campesinos,
llego de largos caminos;
yo vengo de todas partes. (1)

YO VENGO DE TODAS PARTES
  Y HACIA TODAS PARTES VOY

Hace poco conocí al poeta repentista Leoncio Yanes, un anciano de estatura me­diana, delgado, tez cetrina, rostro pensativo por donde corren sus setenta y dos años, ojos achinados y mortecinos resguardados tras los espejuelos. Habla lento y algo bajo, con voz un poco quebrada, mientras junta las manos cuyos dedos se buscan y aprie­tan entre sí constantemente.

Leoncio, campesino cuyo desarrollo cul­tural alcanzó de manera autodidacta, en li­bros y en las escaramuzas de la vida, preside la Sección de Literatura de la UNEAC en la provincia de Villa Clara, ofrece conferencias, toma parte en lanza­mientos de libros y dirige personalmente el taller de decimistas o poetas repentistas como también se les denomina. Nacido en Camajuaní, en 1908, anduvo, sin embargo, todos los senderos de su provincia en busca de una justicia por la cual tendría que lu­char largos años. Su poesía es parte y re­flejo de su vida: triste, combativa, decidida, lírica, recta, optimista, cubana. Ese andar por la pequeña tierra lo dice de mil mane­ras poéticas.

 

Yo vengo de aquellos lares
donde salta el arroyuelo,
donde es más azul el cielo
y más verdes los palmares.
Con mis sencillos cantares
siempre digo lo que soy,
nadie piense que yo estoy
con dudas, sin decidirme,
yo vengo del monte firme
y hacia todas partes voy. (2)

Muestro curiosidad por saber cuándo co­menzó a escribir poesía.

—Fue en 1922, cuando apenas tenía ca­torce años, que publiqué mis primeras poe­sías en el semanario satírico La Política Cómica, cuyas caricaturas estaban tan bien hechas que eran comprendidas hasta por los campesinos analfabetos. Aunque, tiem­po después, aprecié la falta de un ideal verdadero y definidamente progresista en ese semanario, su contenido, con alguna veta antimperialista, era utilizado por el director para obtener ventajas personales. Pero, sin dudas, contribuyó a aclararnos muchas cosas. El semanario fue clausurado por Machado, herido, profundamente por la aparición de una caricatura suya bastante cáustica.

No dejé por esa circunstancia de escri­bir décimas, incluso algunas me costaron persecuciones, pero los honores vinieron después de la gran victoria popular del pri­mero de enero. En 1971 y 1972, obtuve pre­mios en el Concurso Literario Alfredo Cor­cho Cinta; en 1972 y 1973, premio de la Décima Mural, e igual distinción ese último año en el Concurso 17 de Mayo. Mas, fue año de grandes emociones 1975, pues mi libro A la sombra de un ala, glosario de los Versos sencillos de Marti, resultó ganador en el Concurso 26 de Julio auspiciado por las FAR. Por este motivo viajé a la Unión Soviética y así pude conocer un pueblo ami­go admirable, de infinita cultura, de gran organización, todo lo cual me hizo pensar en lo bueno que sería si todo campesino pudiera ir y comprobar el resultado de un estado de obreros y campesinos en el so­cialismo desarrollado.

Otros libros de Leoncio Yanes son Tierra y cielo, publicado en 1959, y Donde canta el tocororo, editado por la Universidad de Las Villas.

Le pregunto cómo pudo hacerse de una instrucción y de una cultura tan vasta.

—No fue fácil. Imagine usted que soy el mayor de doce hermanos en una familia po­bre. Piense en los tiempos difíciles y en que yo debía contribuir al sustento familiar casi desde niño. Pero siempre, desde tem­prano, sentí una poderosa atracción por la lectura y aunque a primera hora, como to­dos los jóvenes, perdí tiempo leyendo no- velitas de amor, no perdí tanto puesto que me habitué a leer de tal manera que más tarde pude seleccionar obras de mayor ca­lidad política y literaria. Recuerdo que un día me recomendaron El Quijote y lo com­pré, pero después de leer los refranes y al­gunos fragmentos, dejé el libro. Más tarde, al conocer a otros autores y madurar más, me percaté de mi error y retomé la obra donde están muy bien caracterizadas las cualidades del ser humano.

CON LOS POBRES DE LA TIERRA

Debo saber a qué se dedicaba antes de entregarse a la poesía y me responde:

—Creo haber sido siempre un poeta; pero ocurre que, en lucha por el pan, fui cose­chero de tabaco hasta 1934 y después tra­bajé en las escogidas en Guayos y Cabaiguán. Dirigí a los cosecheros en acciones contra los desalojos y otras injusticias. En esas circunstancias conocí a líderes taba­caleros, como Joseíto Rodríguez Ramos —vivo aún—, Juan Oscar Alvarado —diri­gente campesino de Zaza del Medio— y Juan Marinello. Ellos y yo, hacia 1946, lu­chamos juntos contra los desalojos en Bella Mota.

Rústicos predios labré,
ingratos por ser ajenos
y sus fértiles terrenos
de sangre y sudor bañé.
De los abusos que sé,
la remembranza me aterra,
yo sé la virtud que encierra
la moral del campesino,
yo compartí mi camino
con los pobres de la tierra. (3) 

Más recuerdos valiosos guarda Leoncio, entre ellos distingue su amistad con Jesús Menéndez, quien —machetero procedente del central Constancia— trabajó como es­cogedor de tabaco en Guayos, entre 1935 y 1936, donde comenzó a organizar la Fe­deración Tabacalera.

—Ellos todos ejercieron en mí suficiente influencia como para definirme yo mismo políticamente. Por experiencia sabía que las cosas andaban mal, pero no conocía de mé­todos de lucha en absoluto. Por 1936 me inicié en las lecturas del marxismo, las cuales me ayudaron a penetrar en la esen­cia de los hechos y fenómenos de la explo­tación, cómo terratenientes y politiqueros se aprovechaban de la ignorancia del campesino. Al tomar conciencia de la lucha nos organizamos y las condiciones subjeti­vas maduraron al punto que muchos se in­tegraron más tarde a las filas del Ejército Rebelde.

Yo mismo, al triunfo de la Revolución, dejé el sector tabacalero al considerar que todas las batallas habían cesado y nuestras de­mandas quedaban reivindicadas con la Re­forma Agraria. Así, muchos de los antiguos luchadores, nos dedicamos a partir de en­tonces a nuevas tareas. Por mi parte com­prendí que debía ofrecer mi aporte en la esfera cultural y mis experiencias anteriores las llevé a la décima.

YO SE LOS NOMBRES EXTRAÑOS

Yo sé de la edad pasada,
del error y de la merma
de la República enferma,
cobarde y mediatizada.
Yo advertí la mascarada
de los señores huraños,
supe los burdos amaños
de los tratantes mezquinos,
y de los rubios vecinos
yo sé los nombres extraños. (4)

—Todo poeta campesino fue, en su tiem­po, un revolucionario en potencia pues, ¿cuál no cantó, denunciando, al desalojo, a los atropellos, a las malas condiciones de vida? Eran tonadas lastradas por la tristeza. Entonces, su música y su poesía eran despre­ciadas, consideradas sin valor. No obstante, algunos pillos, conocedores de tantos adep­tos como tenía el género, utilizaban la dé­cima a nombre del campesino para explotar a éste y al repentista. De esa manera surgían nombres tales como "guajiro de la güira", "sinsonte habanero" y otros inventos más.

Todavía cultivo la décima. Está vigente porque nuestra poesía es dinámica, popular, cubana, aunque algunos se duelan que los llamen decimistas. Prueba de esa validez es su utilización, por poetas de la estatura de Guillén, Navarro Luna y Martínez Villena, para ser comprendidos por el pueblo.

Para las zonas campesinas más aisladas creo que existen dos formas de comunicación excelentes: una artística, el teatro, y una literaria, la décima, ambas debemos consolidarlas y enriquecerlas. Vea como modelo al grupo Teatro Escambray. Ellos incluyen décimas en algunas obras, mas fue el contacto directo con el campo lo perfecto para demostrar la efectividad de un espectáculo con décimas y viceversa.

Hábleme usted del taller de decimistas.

—Se trata de un taller literario adonde concurren también escritores de otros géneros, tanto de Santa Clara como de otros municipios cercanos. Discuten sus obras, buscan asesoría literaria, pero especial atención se dedica a las producciones poéticas de los repentistas. Pretendemos agrupar a la mayoría de los poetas decimistas, viejos y jóvenes, pues de estos últimos también hay. Eso nos alegra, porque algunos predicen la desaparición de la décima y hablan de la transformación del contenido en las tonadas. Que esto último ocurra, es natural. Responde, lógicamente, a las mismas transformaciones y al desarrollo de la cultura del campesinado. El hombre de campo es ahora más culto que el de antes y, claro, eso influye en sus imágenes. Tanto su música como sus visiones poéticas se ajustan a su cada vez más creciente nivel de vida. Desaparece el bohío, se desarrollan planes agrícolas cooperativos, sin que por ello se pierdan la característica y la personalidad del campesino. Puede afirmarse que la Revolución ha reivindicado la décima, al insistir en nuestro deber de vigorizar las raíces de nuestra cultura, sin perjuicio de las manifestaciones de otros lugares.

El taller tiene veinticinco decimistas solamente de Santa Clara, pero aspiramos agrupar de cincuenta a sesenta y crear otros talleres en el resto de los municipios. Quienes no conocieron este tipo de organización, ya ven el resultado de estos encuentros. Algunos han sido premiados en diferentes torneos literarios. Insisto sobre todo con los jóvenes, quienes han de tener en cuenta no sólo su talento, sino la voluntad de hacer y crear, de crear su futuro.

 

Notas

(1)Yanes Pérez, Leoncio. A la sombra de un ala, Premio Décima Concurso 26 de Julio de las FAR. La Habana, Arte y Literatura, 1975, p. 7-9.

(2)Ibid., p. 9.

(3)Ibid., p. 23.

(4)Ibid., p. 13.

 

Los subtítulos corresponden a los Versos sencillos de José Martí.

*Tomado de Revolución y Cultura, no. 93, mayo, 1980. Pág. 10-13