El humano ejercicio de las conversaciones de Nelson Simón

  Por Ricardo L. Lorente

Un hombre tendido en la calle

como un caballo cansado, no es lo que parece,

es un hombre tendido en la calle

Nelson Simón

Descripción: C:\Users\johan\Downloads\librp-nelson-simon.jpg
Imagen tomada de http://www.uneac.org.cu/noticias/el-humano-ejercicio-de-nelson-simon-la-poesia

Existe un momento en la vida del hombre que necesariamente tiene que carenar. Y para ello se detiene. Mira a su alrededor (con extrañeza). Y puede que descubra que todo cuánto ha hecho no sirve para nada. No tiene esa apetencia por llegar a alguna parte. Ni siquiera, el manuscrito que lleva bajo el brazo como si fuera una bomba. Pensando: esto es una bomba, en estas páginas existe algo puro. Lo mira varias veces antes de entregarlo, lo entrega con desconfianza, sabe que nadie mejor que él para cuidar, acariciar, mimar esas páginas. ¿Quién las leerá a voz en cuello? ¿Qué motivo encontrará el próximo lector? ¿Sabrá que esas pequeñas manchas circulares y amarillentas es sangre? Qué he sangrado.

Es precisamente en ese momento de la vida del hombre que ha arrastrado los pies hasta el café más cercano. Ha pedido uno con mucha nostalgia. Le falta un peso lateral, la ausencia de las páginas bajo el brazo le hacen (a)parecer como un hombre equilibrado. ¿Quién en esta isla conoce el equilibrio? Busca la respuesta en los ojos inmediatos como si hundiera un pico en la dócil tierra del cementerio. Obtiene respuesta, pero tan lejana del lenguaje que le hace recordar: «Hay un momento en que uno comienza a distanciarse de las cosas, en que todo empieza a hacerse ajeno y uno puede prescindir de un brazo, de un amante, de un país»(1).

El humano ejercicio de las conversaciones (Unión 2016) de Nelson Simón, tiene ese momento dibujado en cada página, pues se nota que han sido entregadas con el ansía de un poeta incapaz de desprenderse de sus imágenes. El Premio Julián del Casal 2014, que pasaron dos años para su publicación, contiene una intimidad corrosiva, una visión de la palabra como medio de transporte de algo mucho más hondo y por demás: sincero. En las 109 páginas de este libro se nota una sinceridad dicha sin ningún tipo de pudor, aunque muchos de sus poemas se atormentan con lo no dicho, con lo que hubiera querido que sucediera, con la imposibilidad por la consustancia.

Para Virgilio Piñera existen dos tipos de posibilidades de la poesía (la poesía en tanto sustancia basal de toda intención literaria), una es por el “disentimiento” y la otra por el “sentimiento”. Cada una como parte de un extremo de la sensibilidad ejercida por el poeta a la hora de enfrentarse a su exteriorización. Entre disentir/sentir se debate Virgilio Piñera cuando quiere posesionarse delante de la producción poética de su tiempo. Como se sabe Virgilio terminó por “disentir” siempre. En su infinita ironía cierta vez escribió una lista de poetas que “trabajaban” o “dormían”, lo interesante de la lista es que colegía con su proceder en ese momento y lo que habían hecho, así como ciertos autores solo tenían un libro en el que “trabajaban” (ergo “dormían”) y otros estaban “trabajando” (Lezama, Cintio, etc.), podría decir que Nelson Simón acaba de despertar un sueño profundo llamado A la sombra de los muchachos en flor y está trabajando.

Este poeta del sentimiento le otorga a la palabra un erotismo sin precedentes. No vale la pena (al menos para mí) dividirme en las diferentes nociones del erotismo o lo erótico. Digamos solo así: “Humildemente sigo confiando/ en esas manos/ que vienen a lidiar con mi pobreza”(2). Y desde allí abrir los ojos a un libro que comienza desde la intención del viaje al interior del hombre. Desde la portada, que funciona como un barandal del s. xix, se ven los barcos entre azules y blancos que traspasan la imagen, no es ni alejamiento ni acercamiento (el sentimiento es así: no se acerca ni se aleja de nada) la ruta que describirían esos barcos que pasan como si no advirtieran la isla o al menos el hombre que los mira desde la costa.

El humano ejercicio de las conversaciones de Nelson Simón no viene sellando nada. No es un libro que se declare único, ni brillante, ni popular. No es un libro que se atreva a experimentaciones, es más: no experimenta con otra cosa que no sea la sencillez, el poema casi como un rezo, la palabra desnuda (sin su cápsula). Allí toca toda realidad que puede tener el hombre bajo el brazo en el momento que tiene que carenar.

Terminado el libro se siente una especie de paz rara. La variación de la imagen del hombre que inquiere con los ojos y ha obtenido respuesta. Sabemos que lo que entregó al otro es una bomba. En realidad decimos: esto es una bomba, en estas páginas existe algo puro. Y nos levantamos del café junto a ese hombre, caminando en zigzag hasta dónde entregó aquellas páginas (¿quién en esta isla conoce el equilibrio?). Y preguntamos con los ojos y nos responden con la docilidad de la tierra del cementerio. ¿Sabrán que son esas pequeñas manchas? ¿Qué ha sangrado sobre esas páginas? Y es posible que Nelson Simón mire con candidez sabiendo que ha escrito sobre el hombre de la isla el humano ejercicio de sus conversaciones. Que el sentimiento lo tiene agarrado por la palabra más honda, que lo que sucede dentro de esas 109 páginas no es el universo por ser infinito e indiferente, son las manos que se abren sobre el teclado.

Y el teclado le habla. Las palabras le salen, cobran espacio. Las toca, acariciándolas. Primando allí la ternura del poeta que sugiere comenzar desde lo íntimo. He aquí unos poemas de cortejo, unos poemas que sitúan su verdad en espacios que al lector lo apoyan al respaldar del asiento para meditar. ¿Dónde se ha perdido la ternura de esta isla? ¿Quién irá a buscar su equilibrio?

Para cuando el Ejercicio humanos de las conversaciones depone su entereza, ya paseamos la mano por su superficie, declarándonos (a veces) culpables de no haberlos leídos antes. En estos textos se presenta un poeta romántico, pero no aliado a las formas del romanticismo, sino que, por acumulación, por la dulzura de la palabra, ha encontrado un punto frágil en el hombre.

Nelson Simón con su humano ejercicio complace a los ojos que están cansados de encontrar piedras en su lectura, para confirmarse en el espacio plano de unas imágenes incapaces de quebrarse. Es este un libro suelto también, desperdigado casi por los humores del hombre. Sus páginas retienen memoria conmutativa, pero la aspereza está moldeada por el cauce del río. Los temas son muchos, es la conversación misma lo que refiere el acto dialógico.    

(1) Nelson Simón: El humano ejercicio de las conversaciones, nota primera (s/t)

(2) Nelson Simón: El humano ejercicio de las conversaciones; “Según dicen, duermo con un extraño”, p. 99.