Conversar con uno mismo

  Por Rubén Ricardo Infante


http://www.uneac.org.cu/noticias/el-humano-ejercicio-de-nelson-simon-la-poesia

Fernando Pessoa es el protagonista de este libro: El humano ejercicio de las conversaciones (Ediciones Unión, 20016) de Nelson Simón. Como si fuera una novela uno va tras la huella del hombre que gustaba esconderse detrás de los heterónimos, y persigue cada escondite, por aquí pasó, -dicen- como si fuera un libro de aventuras o una novela de espionaje.

Pero El humano… es un libro de poesía. Y los pasos de Pessoa, están desde las primeras páginas, cuando la frase que abre el poemario nos alerta de sus carencias: “Tengo la necesidad, en medio de las conversaciones conmigo mismo que forman las palabras de este libro, de hablar de repente con otra persona…” y Simón se convierte en el transcriba de todo este viaje, de las conversaciones, de la humanidad del personaje…

Desde el pórtico, nos asegura que seco has de quedarte como el hueso de una fruta y debes desprenderte de todo: de los amigos, los amantes, del brazo, del país. Debes encontrar el camino que te conduce hacia ti mismo.

La primera sección del libro, titulada así: «El hueso de la fruta», compendia los estados por los que transita Pessoa: “¿Cuántos soy? ¿Quién es yo?” dice, y las interrogantes devienen motivo para ir de su mano, hasta su morada y encontrarse allí en el desorden que deja el amor: La casa vuelve a ser un sitio familiar / y no ese túnel por donde avanzaba sintiendo el peso de mi cuerpo, / de los objetos queridos, de sus voces angustiosas, / de los insoportables discursos afectivos / que intentan blanquear la memoria / con instantes que sé irrepetibles. O los derrumbes que comienzan a acechar la casa, donde: nos acostumbramos a sobrevivir en su interior, / en el espacio que abrazaban, en el círculo de cal / que nombrábamos Isla. Para al final descubrir que: La casa nunca fue nuestra casa. El amor no era el amor / y el país no era el país sino el círculo / -trazado a mano alzada- / donde creímos levantar una casa, un amor, un país. Llegar a la conclusión borgiana de que el tiempo todo lo corroe. O una más terrible: “Entre la muerte y el placer no hay límites”. Te decides por el placer de seducir extraños, pues: (de nada valdrá que traces estrategias o intentes huir de ti / mismo, de tu deseo de ser poseído por un animal que te / recuerda que la perfección existe). El sitio puede ser ese río, que semeja una historia kavafiana: Bastó un breve gesto (imperceptible para alguien / no entrenado en ciertas sutilezas) para que el joven se / adentrara en la intimidad de las cañas y, con un apetito casi / animal, poseyera al que lo observaba…o pudiera ser el río de Heráclito, por donde el agua se escapa y: “Nadie puede bañarse dos veces en un mismo río”, pero puedes perseguir una belleza inocente y lanzarte al goce del instante, para concebir después cantos rodados a piedras comunes que les ha dado la significación de joyas valiosas: Valiosas para mí cuando las recogiste y hablaste de la eternidad como de algo posible. Con esas piedras en los bolsillos decides hacer el viaje y requieres de algo que te retenga. Puede ser un amante o el tiempo, ambos feroces como el felino. En los peligros de las islas consumes tu vida y la inscribes en tu rostro, encuentras el gesto doméstico cuando vuelve a morder tus tobillos. Todos son elementos que forman el cuadro de esos perdidos sitios de la felicidad, donde solo quedan rastros en la memoria, repetidos por Delfín Prats, trazos leves que el tiempo borrará.

Un perro abandonado, la lucha de contrarios en unas breves palabras, la ofrenda a Oshún para que nos devuelva todo, las flores del mal de Baudelaire, que aquí son flores cianóticas; de fondo se escucha un danzón que bailan los transeúntes y dejan escritas notas en la libreta de apuntes.

La sección intermedia se abre con otra frase de Pessoa: “Para mí, escribir es despreciarme. Entre la vida y yo, hay un cristal tenue. Por más claramente que vea y comprenda la vida, no puedo tocarla”. Para iniciar un acápite In Vitro.

Donde puedes ver desde las ventanillas, y tu reino es una cama blanca de hospital. Durante la vida te has alimentado de ti mismo, has hecho el amor con la prisa de la costumbre, donde parecían dos soldados alemanes. Cada día botas la basura, llenas la cisterna y te cargas de la vida, planificas un suicidio y cuando ves a un perro te ves a ti mismo. O son los caballos que insisten, marcados por el aliento de Dios, el que te transmite la fuerza para seguir habitando esta Casa que no existía. Con mi mano mantenía las costumbres, propiciaba los encuentros con un joven que tenía en los ojos la tristeza del mar. Escarbas en la tierra como los cerdos, encuentras muros que detienen el paso, aunque todo mantenía la putrefacción del cadáver, donde solo las palabras salvan, pero dejan marcas: sajaduras.

El transcriba adquiere su papel, comienza las conversaciones consigo mismo: a cualquier hora, en cualquier lugar, palabras enquistadas en el tiempo. Lo intentas remediar y sueltas un grito, en la paleta de Edward Munch; dibujas una frontera para marcar los días felices y cuando dejaron de serlo, son mutilaciones al tiempo, al cuerpo y te salva una conversación con una amiga en el otro extremo de la isla, cruzas la verja del recinto cerrado junto al muchacho, es la Iglesia de San Rosendo; vas al encuentro con amigos a la hora del té, mientras los jóvenes ignoran las viejas canciones que dieron luz y nombre a la isla, junto a Gastón Baquero desconfías de la rosa, de su indescifrable olor. Comprendes como Pasolini (al borde del abismo) que el vocablo ragazzo no tiene traducción. Relees un poema innecesario a esta altura, donde quiera duelen igual las separaciones.

Te obsesionas con el consultorio familiar, las noches de sábado mantienes la fe, a pesar de los desencuentros, todos afirman que duermes con un extraño, con todo eso armas un parte meteorológico. Prometes escribir un último poema de amor para los días que vendrán, sobre los trenes de occidente para llegar hasta la calle Real.

Este humano ejercicio lo has hecho como has podido. Las conversaciones de Pessoa, los diálogos de Nelson Simón, surgidos de la madurez, del dolor y de la fuerza expresiva. Diálogos que salvan.