Imaginarios: Juana Borrero (1877-1896) más allá del tiempo

Juana… Cuba; “Juana ígnea, Isolda nuestra” como dijera Cintio “¿quién eras?, ¿dónde estás?”. Y ella responde: No me he ido nunca. Soy luz, soy mar, soy isla. Responde cantando, y su largo cabello enmascara cualquier fealdad: olviden los muertos, los disparos, el incendio de su casa, sus pinturas perdidas; olviden que murió virgen, triste, llena de un amor insatisfecho; pero olviden más: olviden la crudeza de los siglos, la superficialidad de los artífices envidiosos, la mano vulgar que convierte al arte en vehículo de su mal gusto. Aquí está Juana, música, luz, Cuba trascendente, diciéndonos que basta ya de concesiones mediocres, de emociones a medias, de escondrijos intelectualoides. Se pinta a sí misma, pero dice que está pintando náyades. Se canta a sí misma en su amor lejano, perdido este en el tiempo de la creación.

Por Margarita Milián

Los Borrero

Por Fina García Marruz

Es lo frecuente que un poeta aparezca en el seno de una familia dedicada a menesteres más concretos que el de la poesía, como si ella se negara a formar parte del reino de la causalidad, propio de los fenómenos naturales, para creerse, como Ulises, procedente de un mortal y una diosa. La familia de los Bach, en que todos eran músicos, es apenas una excepción vistosa frente a la caprichosa regla que hace surgir a un gran pintor de un tendero avaricioso, o a un poeta excepcional de los mercaderes de telas de una pequeña aldea de Italia. Entre nosotros, siempre habrá algo inexplicable en el «salto cualitativo» que hay del honrado y rudo celador de policía que fue Don Mariano a la figura de José Martí. No es este el caso de nuestra poetisa. Para hablar de ella habrá siempre que referirse primero a «Los Borrero» como a una especie de feudo de la poesía cubana, como a un sello impreso en cada uno de ellos desde la cuna, aún más, desde el ancestro.

Se sabe que procedían de los Pizarro, la familia del conquistador del Perú. Muchas generaciones tuvieron que producirse, a partir de la bizarría de este origen, que por otra parte quizás haya contribuido a ese aire de imparidad que les es habitual, para llegar al humilde poeta camagüeyano Esteban de Jesús Borrero, «el fundador de la dinastía» como dice Aurelia Castillo,(2) el primero en que empieza a manifestarse el misterio de las trasmutaciones de la energía poética. «Era y fue mi padre —dice de él su hijo en su Autobiografía— de la familia literaria que pudiera llamarse arrulladora en Cuba; por el estilo de Palma».

Don Esteban de Jesús sabe de la modestia de sus versos:

Desnudos vals de galas y primores,

en las brisas del mundo, ecos perdidos.

Pero sin embargo sueña con lanzar sus sones más allá de la piedra tosca de su tumba. El deseo del que escribió: «y de tanta luz bella estudio el giro», fue oído. El humilde cantor de Marta, una Fidelia casera, logró que sus versos rodaran de familia en familia camagüeyana, como un vinillo de visita. ¿Quién no se sabía, nos dice todavía Aurelia del Castillo, todas o algunas de las redondillas que empezaban: «En la tierra de las piñas..?» La sabrosa cubanía del primero que puso una «sopa borracha», como en una dulcera de porcelana, en un octosílabo, pasó a sus tres hijos: Manuel, Es­teban y Elena, los tres poetas. No conocemos los versos de Elena, pero de Manuel, que murió como su hermana, joven, son estas cuartetas aireadas de Afinidades, tan curiosas además para los que nos interesamos en el tema del «enlace» en nuestra poesía:

El ave en la selva hojosa

oculta en las verdes ramas,

al viento da los arpegios

que modula su garganta.

 

Mi niña, la niña mía,

la tórtola de mi estancia,

inconsciente como el ave,

también como el ave canta.

 

Ave que en el bosque trinas,

niña inocente que charlas,

¿son vuestras voces un himno,

los gemidos, son plegarias?

En cuanto a Don Esteban, el padre de Juana, es, desde luego, el más extraordinario de los tres, no tanto por su verso unamunesco como por la prosa de sus cuentos extraños y por su vida dolorosa. No podemos juzgar los numerosos trabajos científicos que escribió, algunos publicados en revis­tas europeas. Hay algo de su propia alma en ese mar que aparece en uno de sus poemas nutriendo, con igual amor, perlas y monstruos en su abismo, algo de esos contrastes de luz y sombra, algo de esa fuerza contenida que no halla su verdadero empleo y que tuvo que transvasarse en varios moldes, como si uno fuera insuficiente para contenerla; moldes aún frágiles pero que guardan en sus paredes la fuerte emanación paterna: Lola, Dulce María, Ana María, Elena, Mercedes, Juana. Todas reciben en herencia la aptitud literaria, el don poético. De su hermano nos ha contado Mercedes Borrero que hacía sonetos impecables que nunca publicó. En cuanto a la madre, también hacía versos. Era hermana de la poetisa Martina Pierra de Poo y estaban emparentadas con la Avellaneda. No cabe imaginar mayor número de confluencias sobre una criatura. De ahí ese aire concentrado, demasiado fuerte para sus pocos años, de la mirada tranquila y poderosa que nos mira desde la primera página de Rimas.(3) Lucía así seguramente, la niña, el día de la primera llegada de Casal a su casa. Borrero la ha evocado en su In Memoriam, años después de la muerte del poeta. Su firma es la única que no aparece en el homenaje póstumo que le dedicaron los íntimos de Casal en La Habana Elegante. Sin embargo, nadie se sintió más desgarrado que él, en cuya casa se tenía al poeta por un miembro de la familia. Tuvo que esperar que pasara el tiempo para poder referirse a estos recuerdos entraña­bles. La distancia ha calmado el dolor y permite ahora que se presente, con una nitidez soñada, el cuadro de la visita preciosa:

Llegó a casa de improviso Casal una mañana; llegó precisamente en los instantes en que yo salía a mis ocupaciones profesionales, y no podía atenderlo como hubiera querido; me quedé con él, medio turbados los dos, en la puerta y hablamos así unos instantes. Algunas de mis niñas estaban levan­tadas ya. Niñas, dije, aquí está Casal, encárguense de él, volveré pronto! Y saqué un sillón y le hice sentar en el portal de la calle que daba al río, permaneciendo yo de frente a mi amigo, mientras venían mis hijas, alguna de las cuales había cambiado desde el interior de la casa palabras de saludo afectuosas para el poeta. Bien sé quién fue la primera que habló así con él, era su amiga más entusiasta, la que no quiero ni puedo nombrar ahora. ¡Qué recuerdos! (4)

Se siente la emoción de esta primer visita en ese recordar, sobre la conversación misma, la escena física del encuentro turbado, al pie de la puerta, que explica el olvido de algunos detalles y la precisión de otros, inexplicable, como la posición que cada uno ocupaba, el cubanísimo sillón que se «saca» al portal que da al río, el hecho de permanecer él, de frente a la casa, mientras veía bajar a las niñas, la frase familiarísima que después torna bella la imposibilidad de la muerte: «Niñas, aquí está Casal!» Se ve que sólo los ojos estaban libres y reciben la escena que la turbación de la sorpresa le impide dominar, las conversaciones vuelven a borrarse hasta la aparición «profunda y decisiva» del niño que trae «el lirio de Salomé» como homenaje a los versos del poeta que hasta el más pequeño de la familia sabe de memoria, y que, como el «Toma y lee» de San Agustín, le dice con la sencillez de las lecciones evangélicas: «Toma, Casal...», haciéndole com­prender que la pureza podía, más allá del reino abstracto y aparte de sus sueños, descender  a «la vida descorazonada», sugerencia que él toma lívido, puesto de pie de pronto involuntariamente, tocado en las entrañas, rodeado de los niños increíbles, mientras se abraza a Borrero sollozando.

Casal presiente en el mundo de los Borrero esa fuerza que él rehuía y a la vez necesitaba. Es por eso que siendo, como él mismo confiesa, tan «incapaz de proponerse nada», tan apático ante cualquier gestión, de una indolencia tan incurable, se decide un día a tomar la pluma y escribir con su letra cuidadosa y redondeada de niño:

Hace mucho tiempo que tenía deseos de conocerlo, pero como no voy a ninguna parte nunca he encontrado oportunidad [...] No tengo familia y podremos hablar a gusto, pero si no puede venir pronto, mándeme a decir en qué sitio, a qué hora y qué día puedo encontrarle.

La carta está fechada: 8 de febrero de 1890. Gracias a ella puede deter­minarse que este es el año en que se inicia su amistad con Borrero. ¿Qué era lo que atraía a Casal en Borrero, hombre de vida y carácter tan diferente al suyo, con el sello de la tenacidad inscripto en el rostro apasionado? En cuanto a Borrero, la simpatía era más explicable. El médico, el maestro, el padre, que habían en él, tenían que cobrar interés por este enfermo «que no tenía familia» y que era un indudable poeta. Pero Casal ya había escogido a sus «tentadores» en materia de arte y por tanto de vida. ¿Qué tenía que ver el poeta vestido siempre de negro «como Baudelaire», según él decía, que vivía de milagro, de un sueldecillo inestable, y parecía disfrutar de los ocios de un rey, con este hombre que era un trabajador incansable y de quien decía, con su habitual delirancia, Manuel de la Cruz, que parecía «un desgarbado diplomático malayo»? Casal desde el extremo de la imaginación y Varona desde su apego a la realidad concreta, coinciden en la estimación de este singular conciliador. Varona confiesa: «Cuando empezamos a tratarnos mi educación había sido más regular que la suya, pero también más rutinaria y en el fondo puramente verbal. Aquel joven que había recogido de aquí y de allí sus primeras nociones, en libros que él acaso había puesto en sus ma­nos, pero sobre todo con la comunicación inmediata con la naturaleza que lo fascinaba sin desconcertarlo y lo llevaba no al éxtasis sino a la investiga­ción, trastornó por completo mis ideas respecto a la manera de estudiar y abrió horizontes nuevos a mis deseos de saber».

Hay que imaginar a este Borrero joven que ha regresado del trabajo glorioso de la guerra al trabajo humilde de zapatero o repartidor de pan, hay que imaginarlo llevando una «flauta» de pan, como un dios disfrazado, a las puertas de la casa de Varona que lo oye asombrado hablarle de Swift, entusiasmarse con los enciclopedistas o interesarse por una edición de Cer­vantes o de un clásico latino. Varona diría después de "él —y recordemos que Varona conoció a Martí—: es el hombre de más talento que he conocido. Es verdad que ha dicho antes: el amigo que más quise. De todos modos su juicio no estuvo influido por el cariño. Es el de todos los que lo conocieron. Tenía Borrero esa cultura desigual, fascinante, del autodidacta de genio propio, y el encanto que presta a estas aptitudes el haber tenido siempre que abandonarlas por reclamos de otra índole. El disfrute sereno de una vocación escogida no suele dar estos ejemplares relampagueantes de hombres conducidos por el destino a la guerra o al ejercicio de la ciencia y aptos por el contrario para los rarísimos regalos de la contemplación. «Ayer fui a casa de los Borrero y todavía estoy vibrando» decía Casal a sus amigos excusándose de no estar «en caja» esa mañana en la oficina, de estar tras­tornado para realizar cualquier trabajo. Siempre se refería a él como a «ese hombre fuerte y fascinante». No era Borrero, sin embargo, un seductor, como en su más alto sencido lo fue Martí, cuya voz levantaba discípulos capaces de seguirlo hasta la muerte. Debió de haber algo brusco en su elo­cuencia, con toques de humorismo amargo, iluminaciones súbitas y como arrancadas de otro sitio que justifican el juicio de Varona, que siempre partió de la ocasión singular de su conocimiento; extrañeza que provenía de las palabras de un hombre que parecía que no iba a decir cosas tan alejadas de su profesión u oficio, favoreciendo el deslumbramiento. Borrero era un trabajador ciclópeo, pues trabajó siempre en dirección opuesta a sus inclinaciones verdaderas, uno de esos «caracteres cubanos» que gustaba pin­tar Martí en sus crónicas de «En casa», destacando siempre el tesón de la voluntad o el carácter sobre los regalos de la inteligencia o el talento, uno de aquellos hombres de virtud «modesta y extraordinaria», que vivían «en el mérito y en las entrañas de la oscuridad», y que, como el Luz de su retrato, se había también «sofocado el corazón con mano heroica». Sus notables trabajos científicos lo fueron más por ser los de un poeta sin tiempo para serlo. Era de los que cavan con las propias manos en el hielo y saben levantar de las dificultades un hogar propio, el decoro de una pro­fesión. Tenía una de esas culturas robadas a la noche. Su casa de Puentes Grandes, a la que conducía un tren idílico, hay que contarla como uno de los logros de la imaginación y la poesía de la isla. La poesía de Borrero hay que buscarla, más que en las ardientes y dolorosas estrofas que dejó en su extraordinario Ciervo encantado (cuyo símbolo recorre toda la tradición poética nuestra, de Zequeira a Martí), en la atmósfera que supo crear, en el recinto como encantado de la casa de Puentes Grandes, en la enorme sugestión patriarcal y agreste de esa casa, o en las horas libres en que enseñaba historia natural a sus hijas o les leía a Shakespeare en las veladas de familia.

También Casal, como Varona, adolecía de una formación puramente verbal, y también Borrero, con su mezcla de cualidades contradictorias, debía, si no trastornar por completo sus ideas, al menos interesarlo e inquie­tarlo grandemente. Aunque Borrero sentía por la ciencia moderna una fe de cruzado, tenía la misma capacidad casaliana para el frío desconocido, para la sospecha trascendente. La fuerza unida a la fascinación era una mezcla imprevista para Casal, aquel interés por la naturaleza, por las corrientes científicas, por el arte más elevado, y aquel toque amargo, aquel presenti­miento aciago de lo terrible, unido a la capacidad para sobrellevarlo y arrasarlo, para levantarse, más fuerte cada vez, de cada nuevo hachazo asestado al tronco noble. Pensemos en la vida de Borrero, cómo fueron echadas a tierra sin cesar sus ilusiones de estudiante, de combatiente, de padre.

Desde pequeño tiene que ayudar a sostener su familia, madre y hermanos. El padre ha emigrado para seguir los empeños de Narciso López y ya lo tenemos de once años ayudando a la escuela materna. ¡Un profesor de once años! A los catorce años es ya maestro experimentado que ha leído dos veces el Quijote, todas las novelas de la época, poetas cubanos y clásicos españoles. Sus hermanos, Manuel y Elena, son poetas — ¿qué Borrero no lo es?— como también lo son sus padres. Sólo él no puede permitirse el lujo de dedicarse a sus propios gustos e inclinaciones. A su hermano Manuel le llamaban en Camagüey «el vate Borrero». De carácter bohemio, tuvo que convertirse Esteban en padre y tutor del joven, en sostén de la familia toda, acallando su propia vocación. Unas pocas anécdotas nos dan idea de las situaciones típicas en que se encontró siempre. Es sacada a oposición una plaza para estudiar ingeniería en Madrid. Deja a su familia lo indispensable para vivir un mes, embarca para Santiago de Cuba y obtiene, tras difíciles pruebas, la plaza. Una vez realizado el esfuerzo agotador, enferma de difteria y se ve obligado a renunciar a la plaza y al viaje a Madrid. Abre con gran éxito económico una academia nocturna para adultos en Camagüey, una pintoresca escuela donde el profesor y los discípulos leían y comentaban juntos, más allá de la materia del curso, la Lógica de Condillac, al Padre Varela, a Locke. Parecía al fin asegurada la posición económica de la familia. Estalla la guerra del 68, y adolescente aún, se alza con todos sus discípulos al monte, acompañado de su madre y de dos hermanos más. En la guerra sirve en Najasa, pelea con las fuerzas del General Mateo Casanova y Chicho Valdés, salva una expedición, pasa de jefe de servicio de avanzadas a capitán y luego a Coronel. En el combate de Tunas es herido dos veces. Pero enferma y cae prisionero del comandante español Camilo Delgado. Sufre grandes penalidades hasta establecerse la Paz del Zanjón, en que el propio Delgado, del que ha ganado las simpatías, le facilita un salvoconducto para reunirse con su empobrecida familia. Panadero, zapatero, maestro luego en la capital, trabajando hasta dieciocho horas diarias, se hace médico y perito de farmacia, llevándose la plaza de médico municipal de Puentes Grandes. La ha ganado a siete aspirantes con poderosas influencias. Juana tiene tres años cuando se mudan a la casa. A pesar de la numerosa familia, ha logrado ahorrar una suma suficiente para asegurar el bienestar futuro de su casa. El banco quiebra, pierde todo su dinero, tiene que empezar de nuevo a levantar la roca. Tantos embates no le impiden desarrollar una labor extraordinaria. Funda la Sociedad Clínica, la Sociedad Antropológica; escribe un precioso libro para la niñez, El amigo de los niños, los relatos encantadores de Lectura de Pascuas, la penetrante sátira Aventura de las hormigas, y su cuento Calófilo; traduce un tratado de aritmética inductiva y otro de historia natural; funda varios periódicos médicos y literarios, publica estudios científicos en revistas nacionales y extranjeras.

Allí en Puentes Grandes, en un período relativamente estable de su vida, es que lo conoce Casal. Ya sabemos lo que vendrá después: la emigra­ción, el comenzar desde la raíz de nuevo para poder sostener la familia, la muerte de su hija Juana. Su capacidad para rehacerse del infortunio es asombrosa. En esas condiciones, hace la reválida de sus títulos en el extran­jero. Fundada al fin la República, vuelve a la patria como representante del tercer cuerpo del ejército en la asamblea de los libertadores, ocupa cargos decisivos en relación con la enseñanza. De todo pudo reponerse menos de la pérdida final de su esposa, que sobre la herida siempre abierta de la muerte de su hija Juana, acabó por conturbarlo definitivamente. Borrero se suicidó en un hotel de San Diego de los Baños al que había ido en busca de salud. Salvo este único y final desfallecimiento, toda su vida estuvo marcada por la lucha contra la adversidad, por la poesía del esfuerzo. A Casal lo sorprende y admira este poeta sin queja y soñador enjuto que, en lo oscuro y como una raíz, ha creado el espacio de su casa prodigiosa.

Notas

2 Prólogo a Grupo de familia. Poesia de los Borrero. Habana, Imp. La Mo­derna, 1895.

3 Juana Borrero. Rimas. La Habana, Est. Tip. La Constancia, 1895. (Biblioteca de Gris y Azul).

4 In Memoriam. En El Fígaro. La Habana, octubre 23, 1899.

Tomado de Poesías, de Juana Borrero. Instituto de Literatura y Lingüística, La Habana, 1966. Págs. 9-16.

 

Juana Borrero

Por Julián del Casal

¿Queréis conocerla? Tomad el tren que sale, á cada hora, de la estación de Concha, para los pueblecillos cercanos á nuestra po­blación, donde la fantasía tropical, á la vez que el mal gusto, os habrá hecho soñar en paisajes maravillosos, ó en viviendas ideales. El viaje sólo dura algunos minutos. Tan corta duración os preservará, si teneis gustos de ciudadano, de la contemplación, fatigosa é insípida, de los anchos senderos que parecen alfombrados de polvo de marfil, de las redes de verdura que, como encajes metáli­cos, incrustados de granates, bordan los bejucos en flor, de las quintas ruinosas que, á la trepidación de la locomotora, fingen desmo­ronarse, de los surcos de tierra azafranada en que los labriegos, con la yunta de bueyes un­cida al arado, se hunden hasta los tobillos, de las palmas solitarias que, como verdes plumeros de habitaciones ciclópeas, desmayan en las llanuras y de las chozas de guano, frente á las cuales escarban la tierra las galli­nas, hincha su moco el pavo, enroscase el perro al sol y surge una figura humana que os contempla con asombro ó pasea sobre vuestra persona su mirada melancólica de animal.

Frente al río célebre, citado por los periodistas mediocres y ensalzado por los copleros populares, que se encuentra á mitad del ca­mino, descended del ferrocarril. En su mo­rada, que se mira en las hondas, siempre la podréis encontrar. Hasta la fecha en que es­cribo estas líneas, su pie no ha traspasado los umbrales de ningún salón á la moda, yendo á mecerse allí en brazos de algún elegante, como una muñeca de carne en los de un ti­tiritero de frac, al sonido monótono de la llovizna de los valses ó al del estrepitoso que forma el aguacero de los rigodones. Tampoco se ha grabado su retrato para ninguna de las galerías de celebridades que exhiben algunos periódicos, porque no es hija de mantequero acaudalado ó de noble colonial, porque no se ha dignado solicitar ese honor y, en suma, porque, como más que talento ha revelado genio, le cabe la honra de ser indiferente al público ó paralizar la pluma de sus camaradas. Los periódicos no se han ocupado de sus producciones, más que en el folletín ó en la sección de gacetillas, sitios destinados á decir lo que no compromete, lo que no tiene importancia, lo que dura un solo día, lo que sirve para llenar renglones. En las colum­nas principales no se habla más que de lo que pueda interesar al suscriptor, de la barra­basada de algún ministro ó de la hazaña de un bandolero, del saqueamiento de un buró­crata ó del homicidio último, del matrimonio de un par de imbéciles ó de la llegada de có­micos de la legua, pero nunca de los esfuer­zos artísticos de algunas individualidades, ni mucho menos de los de una niña de doce años que, como la presente, ha dado tan bri­llantes muestras de su genio excepcional, toda vez que eso tan sólo interesa á un grupo pe­queño de ociosos, desequilibrados ó soñadores.

Yendo por la mañana, el caserío presenta alguna animación. Es la hora en que des­fila, por la calzada polvorosa, la diligencia atestada de pasajeros; en que rechinan las ruedas de enormes carretas arrastradas por bueyes que jadean al sentir en sus espaldas de bronco el hierro punzante del aguijón; en que cruje el pavimento de los puentes al paso de los campesinos que, con la azada al hombro y una copla en los labios, marchan á sus faenas; y en que las rojas chimeneas de las fábricas abiertas vomitan serpientes de humo que se alargan, se enroscan, se quie­bran y se disgregan entre los aromas del aire matinal. En tales horas, podréis encontrar á la niña, con el pincel empuñado en la diestra y con la paleta asida en la izquierda, manchando una de sus telas, donde vereis embellecido algún rincón de aquel paisaje, iluminado por los rayos de oro de un sol de fuego y embalsamado por los aromas de lu­juriosa vegetación. Llegada la noche, el sitio se llega mágicamente á transformar. Más que al borde de un río del trópico, os creeis trasportados á orillas del Rhin. Basta un poco de fantasía para que veáis convertir­se la choza humeante á lo lejos en la tradi­cional taberna de atmósfera agriada por el fermento de la ambarina cerveza y ennegre­cida por el humo azulado de las pipas; para que el galope de un caballo á través de la arboleda os haga evocar la imagen del Rey de los Alamos de Goethe ó la del Postillón de Lenan; para que el pararayos de una de las fábricas que recortan su mole gigantesca so­bre las evaporaciones nocturnas os parezca la flecha de histórica catedral; y para que el simple ruido de las ondas zafirinas, frangeadas de espumas prismáticas, os traiga al oido la voz de Loreley que, destrenzados los cabe­llos de oro sobre las espaldas de mármol, entona al viento de la noche, desde musgosa peña, su inmortal canción. Para la que ins­pira esta página, será la hora de arrinconar la tela esbozada, pasear la espátula sobre la paleta y aprisionar el color en sus frascos, dejando que su espíritu, como halcón desen­cadenado, se aleje de la tierra y se remonte á los espacios azules de la fantasía, donde las quimeras, como mariposas de oro en torno de una estrella, revoloteen sin cesar. Ella nos brindará después, en la concha de la rima, la perla de su ensueño, pálida unas veces y deslumbradora otras, pero siempre de inestimable valor. Así pasa los días de su infancia esta niña verdaderamente asom­brosa, cuyo genio pictórico, á la vez que poé­tico, promete ilustrar el nombre de la patria que la viera nacer.

No la he visto más que dos veces, pero siempre ha evocado, en el fondo de mi alma, la imagen de la fascinadora María Bashkirseff. Esta no aprendió nunca á rimar, pero su prosa encanta y sugestiona su pincel. Am­bos espíritus han tenido, en la misma época de la vida, idéntica revelación de los desti­nos humanos y análogos puntos de vista para juzgarlos. Se ve que han sufrido y han go­zado por el mismo ideal. Pero ahí debe li­mitarse la comparación. Una vivió en los medios más propicios para el desarrollo de sus facultades y la otra se enflora en mísero rincón de su país natal. Aquella fué rica y ésta no lo es. Tuvo la primera por maestros los dioses de la pintura moderna y la segun­da no ha recibido otras lecciones que la de su intuición. La hija de la estepa voló tem­pranamente al cielo

«Dans le linceul soyeux de ses cheveux dorés«

y la del trópico, por fortuna, se afirma en la tierra con toda la fuerza de la juventud.

Una tarde, al volver de su casa, esbocé su retrato por el camino en los siguientes versos:

Tez de ámbar, labios rojos,

Pupilas de terciopelo

Que más que el azul del cielo

Ven del mundo los abrojos.

 

Cabellera azabachada

Que, en ligera ondulación,

Como velo de crespón

Cubre su frente tostada.

Ceño que á veces arruga,

Abriendo en su alma una herida,

 La realidad de la vida

O de una ilusión la fuga.

 

Mejillas suaves de raso

En que la vida fundiera

La palidez de la cera,

La púrpura del ocaso.

 

¿Su boca? Rojo clavel

Quemado por el estío,

Mas donde vierte el hastio

Gotas amargas de hiél.

 

Seno en que el dolor habita

De una ilusión engañosa,

Como negra mariposa

En fragante margarita.

 

Manos que para el laurel

Que á alcanzar su genio aspira,

Ora recorren la lira,

Ora mueven el pincel.

 

Doce años! Mas sus facciones

Veló ya de honda amargura 

La tristeza prematura

De los grandes corazones.

¡Ah! Y también de las grandes inteligen­cias. Hay pocos seres que, con doble número de años, tengan percepciones tan claras de las cosas y puedan emitir juicios tan acerta­dos sobre ellas. Sin haber visto nada, dijérase que lo ha visto todo. Un simple hecho observado, rápidas lecturas de algunos libros, ligeras reflexiones emitidas en su presencia, han bastado para desgarrarle el velo negro del misterio y hacer que sus ojos contem­plen á la inmortal Isis en su fría desnu­dez. Como todos los grandes artistas, oye la voz de la realidad, pero no se aprovecha de sus lecciones. Es que esos soñadores, á la par que los espíritus más lúcidos, son tam­bién los más rebeldes. Aunque el mundo imagina lo contrario, nada pasa inadvertido para ellos, por más indiferentes que se mues­tren á todos los acontecimientos. Esa indi­ferencia no es más que la resignación al mal ó el desprecio que inspira el peligro á los fuertes. Es la confianza que adormece á la oveja extraviada en un bosque de lobos ó la osadía del águila que bate sus alas entre nu­bes preñadas de rayos. Todavía puede afir­marse que, por la delicadeza de su sensibili­dad, los hechos dejan en su carácter huella más profunda que en el de los otros. Algún tiempo tarde en descubrirse, pero se la llega á encontrar. La melancolía que destilan las primeras producciones de ciertos artistas n0 es más que la fermentación de los pesares que, día por día, les ha causado la observa­ción de las múltiples deficiencias que la vida ofrece ante sus deseos. No es imaginaria, como algunos pretenden, sino real. En unos suele ser pasajera y en otros, inmortal. De ahí ese hastío prematuro, ese profundo des­corazonamiento, ese escepticismo glacial, ese adormecimiento de los sentidos, ese apetito desenfrenado de lo raro y ese estado de catalepsia en que se encuentran por completo sumergidos á los veinte años. Los que se consuelan en algunas horas, son los que se construyen, en el campo de la fantasía, un lazareto ideal, donde esconden la purulencia de sus llagas, pero donde nadie los seguirá por temor á los contagios mortales. Allí viven con sus ensueños, con sus alucinacio­nes y con una familia compuesta de seres imaginarios. Cada vez que salen al mundo, el asco los obliga á volver sobre sus pasos. Si hubieran nacido, en los primeros siglos, hubiesen ardido, como antorchas de carne, en los jardines de Nerón; si en la época me­dioeval, sus imágenes serían veneradas sobre el mármol de los templos cristianos. Pero han venido al mundo en pleno siglo dieci­nueve y no ha encontrado ninguno su sitio al sol. Tan absoluta desconformidad, no sólo los hastía de lo que han conocido, sino de lo que no han visto, de lo que no verán jamás. Así se explica que algunos, como la niña de quien me ocupo, contemplando so­lamente el mundo desde la ventana de su hogar, se sientan ya tan adoloridos y se atre­van á impetrar su misericordia de la manera desgarradora que ella lo hace en su com­posición

                              ¡TODAVIA!

¿Por qué tan pronto ¡oh mundo! me brindaste

Tu veneno amarguísimo y letal?....

¿Por qué de mi niñez el lirio abierto

Te gozas en tronchar?

 

¿Por qué cuando tus galas admiraba,

Mi espíritu infantil vino á rozar

Del pálido fantasma del hastio

El hálito glacial?

 

Los pétalos de seda de las flores

Déjame ver y alborozada amar,

Ocúltame la espina que punzante

Junto al cáliz está.

 

Más tarde!... Cuando el triste desaliento

Sienta sobre mi espíritu bajar

Y el alma mustia ó muerta haya apurado

La copa del pesar,

 

Entonces sienta de tu burla el frió

Y de la duda el aguijón mortal....

¡Pero deja que goce de la infancia

En la hora fugaz!

Todas sus composiciones inéditas, ya las que duermen en el fondo de su memoria, como ramas de corales bajo las ondas mari­nas, ya las que oculta en sus estuches, como enjambre de luciérnagas vivas en vasos de cristal, porque esta niña, como verdadera artista, comprende la mezquindad de la glo­ria y le repugna la ostentación de sus senti­mientos, están humedecidas por ese relente de tristeza que se aspira en las estrofas que acabo de copiar. A través de esas composi­ciones, el alma de la niña parece un botón de rosa amortajado en un crespón, un ramo de violetas agonizante entre la nieve, un disco de estrella sumergido en un lago turbio. Las que irradian fulgores esplendorosos son aquellas en que revela su gran talento de artista, bosquejando un paisaje, como los de Sanz, verdaderamente ideal, ó cincelando una estatua que, por el soplo de vida que las anima, parecen sustraídas del taller de un Rodin. Ved una muestra de lo primero

               REPUSCULAR

Todo es quietud y paz.... en la penumbra

Se respira el olor de los jazmines,

Y más allá, sobre el cristal del río

Se escucha el aleteo de los cisnes

 Que, como grupo de nevadas flores,

 Resbalan por la tersa superficie;

Los obscuros murciélagos resurgen

De sus mil ignorados escondites

Y vueltas mil y caprichosos giros

En la tranquila atmósfera describen

O vuelan luego rastreando el suelo,

Rozando apenas con sus alas grises

Del ágrio cardo el amarillo pétalo,

De humilde malva la corola virgen.

 

y otra de lo segundo

 

                  APOLO

Marmóreo, altivo, indiferente y bello.

Corona de su rostro la dulzura

Cayendo en torno de su frente pura

En ondulados rizos el cabello:

 

Al enlazar mis brazos á su cuello

Y al estrechar su espléndida hermosura

Anhelante de dicha y de ventura

La blanca frente con mis labios sello.

 

Contra su pecho inmóvil, apretada

Adoré su belleza indiferente;

Y al quererla animar, desesperada,

 

Llevada por mi amante desvario,

Dejé mil besos de ternura ardiente

Allí apagados sobre el mármol frió!

 

Así tiene muchas que no transcribo por haber sido ya publicadas, sobresaliendo entre todas el soneto

                           LAS HIJAS DE RAN

Envueltas entre espumas diamantinas

Que salpican sus cuerpos sonrosados

Por los rayos del sol iluminados,

Surgen del mar en grupo las ondinas.

 

Cubriendo sus espaldas peregrinas

Descienden los cabellos destrenzados

Y al rumor de las olas van mezclados

Los ecos de sus risas argentinas.

 

Asi viven contentas y dichosas

Entre el cielo y el mar, regocijadas,

Ignorando tal vez que son hermosas

 

Y que las olas, entre si rivales,

Se entrechocan de espuma coronadas

Por estrechar sus formas virginales.

Para comprender el valor de sus cuadros, es preciso contemplar algunos de ellos. Cor­ta serie de lecciones, recibida de distintos maestros, han bastado para que, iluminada por su genio, se lanzase á la conquista de todos los secretos del arte pictórico. Puede decirse, sin hipérbole alguna, que está en posesión de todos ellos. —No me explique teorías, porque son inútiles para mí, le decía recientemente á Menocal, pinte un poco en esa tela y así lo entenderé mejor. —Y, en efecto, al segundo día, la discípula sorpren­dió al maestro con un boceto incomparable. Muchas personas lo han admirado más tarde en el Salón Pola. Era una cabeza de viejo, preparada en rojo, donde se encontraban trozos soberbios. Aquella calva amarfilada, cubierta de grueso pañuelo, bajo cuyos bor­des surgían mechones de cabellos grises: aquella frente rugosa, deprimida hondamen­te en las sienes, donde la piel parecía acaba­da de pegar á los huesos; aquellos párpados abotagados, próximos á cerrarse sobre las pupilas lánguidas, húmedas y vidriosas; aque­llos labios absorvidos que moldeaban una boca desdentada; aquellas bolsas de carne, colgadas alrededor de la barba, y, sobre todo, aquella expresión de cansancio, de sufri­miento y de mansedumbre senil sorprendían al más indiferente de los espectadores. Des­pués de ese retrato, ha hecho otros muchos, abordando de seguida el paisaje y el cuadro de fantasía. Merece especial mención entre los primeros, el que representa la salida de su hogar. Es el fondo de vetusta casa, tras cuya altura se dilata el firmamento azul. Se ve una puerta solferina, de madera agrie­tada y de goznes oxidados, encuadrada en ancho murallón, jaspeado por las placas ver­dinegras de la humedad y enguirnaldado por los encajes de verde enredadera cuajada de flores. Frente al murallón, serpentea un trozo del camino, sembrado de guijarros que chispean á la luz del sol. Tallos de plantas silvestres se siguen á trechos. Hácia la iz­quierda se estiende el río entre la yerba de sus orillas, como una banda de tela plateada que ciñera una túnica de terciopelo verde. Así tiene otros paisajes, lo mismo que cua­dros de fantasía, que producen la impresión de lo sublime en lo incompleto, pues al lado de trozos magistrales se ven algunos que sólo su inexperiencia ha dejado sin retocar.

Dentro de poco tiempo, toda vez que una artista de tan brillantes facultades no puede permanecer en la sombra, ya porque una mano poderosa la arrastre á la arena del combate, ya porque se lance ella misma á cumplir fatalmente su destino, su obra será sancionada por la muchedumbre y su nom­bre recibirá la marca candente de la cele­bridad. Entonces llegarán para ella los días de prueba, los días en que se cicatrizan las viejas heridas ó se abren las que ningún bál­samo ha de cerrar, los días en que el alma se estrella de ilusiones ó las esperanzas nau­fragan en el mar de las lágrimas, los días en que uno se siente más acompañado ó tal vez más solo que nunca, los días en que fuerzas generosas nos encumbran á las nubes ó ma­nos enemigas nos empujan á los abismos de la desolación. ¡Ay de ella si no sabe, al llegar esa época, encastillarse con su ideal, nutrir con su sangre sus ensueños, dar rien­da suelta á su temperamento, agigantarse ante los ataques, desoir consejos ridículos, aplastar las babosas de la envidia y mostrar el más absoluto desprecio, al par que la más profunda indiferencia, por las opiniones de los burgueses de las letras!

Tomado de Bustos y Rimas, de Julián del Casal. Editorial Letras Cubanas, Miami, 1993. Págs. 75-91.

 

Fragmento de obra de teatro “Juana” o “En La dicha

Autora e interperte Margarita Millian

Cuadro II: Muerte  y desagravio de Casal

Todo el cuadro propone la posibilidad de que Juana hubiera estado presente en el momento de la muerte de Julián del Casal (hecho que ocurre tras un ataque de risa, al provocar ésta una tos y devenir hemorragia por aneurisma). Juana se presenta como enfermera y enamorada a la vez. Sufre la ironía y el desprecio del enfermo  y se molesta tanto ante la impotencia de no poder evitar su muerte que llega a la violencia. Manipula una palangana con la sangre azul de Casal, desarticula la imagen del mismo [saco, máscara, paño como cabello], y la revive confundiéndose y penetrando ella misma en el rol de su paciente.

Voz en off de Casal: Ay, Juana, "yo siempre te adoro como un hermano.

No solo porque todo lo juzgas vano,

sino porque en ti veo la tristeza

de los seres que herí de morir temprano".

Juana: Eres un fiero dragón,

duro como un pedernal,

y que ha venido implacable

mi corazón a inflamar.

Al sentir en mi  frente ardorosa

la  fusión de tus manos de hielo,

y al mirarme en tus ojos sin brillo,

de pavor y de angustia me lleno.

(Juana canta "Alma mía" de Marta Grever  y "Siempre en rri corazón" de Ernesto Lecuona)

 

Cuadro  III: Juana: isla misteriosa

El laberinto blanco que sugiere la escena es desandado por Juana; quien se reafirma en su insularidad a través de la introspección de un cuadro que en vez de ser pintado es hilado. Se convierte en Afrodita naciendo del mar, de un mar-nube; donde el lanto de una sirena es el mismo llanto con que una cubana despide a su espeso o a su hijo que parte a la guerra; es el llanto, también, de Juana, ante la muerte Casal.

(Juana canta "Ojos brujos" de Gonzalo Roig y "La canción de la gitana" de Margarita Milián)

Juana: Yo soy Juana.

Nací en un país de sal.

Mi vida quedó allá

El tiempo como un fantasma

Me hace volar a ti

La risa en tu boca es una bendición,

tu pena, mi gran dolor.

No mueras, no mueras.

Sé mi salvación.

Recuerda, cántame así.

Cuadro IV: Temporal

Llega la lluvia y con ella la infancia, la inspiración filial; el padre que enseña ciencias naturales, "alas de mariposas" caen en torrentes; y es Cuba naciendo del agua fresca, es Juana y su familia recibiendo por primera vez la visita del extraño Julián en la casa de Puentes Grandes (imagen proyectada en el fondo-casa de Puentes Grandes]. Y es él sobrecogido ante una belleza natural que no llega a comprender. Todo se inunda con esta Belleza que dispone a su antojo; liderea triunfante el curso evolutivo de lo que ya no puede ser reprimido.

Juana: Mira, papá, están lloviendo mariposas.

Allá en el año noventa y cinco.

-Quiero un tomeguín cantador

-¿Del pinar o de la tierra?

 -De la tierra. Lo quiero macho y que cante bien.

-¿Quién eres?

-Soy la inocencia,

 que envuelta en níveo ropaje,

de prístina transparencia,

emprendo gozosa el viaje

de la feliz existencia.

Me acompañan los ensueños,

vaporosos y risueños,

que enciende la fantasía ¡Dios te bendiga, alma mía!

¡Oh, dulce edad de los sueños!

 

Las cartas de amor de Juana Borrero

Por Cintio Vitier

Nacida el 18 de mayo de 1877, la mayor parte de la vida de Juana Borrero transcurrió en los años de tregua que siguieron al Pacto del Zanjón, coincidiendo con los inicios del modernismo hispanoamericano. Ese período de paz, en que florecieron las letras patrias y con ellas las revistas (La Habana elegante, El Fígaro, La Revista cubana, La Habana literaria, Gris y azul), hizo posible el cultivo intenso de su sensibilidad: quiere decir que tuvo el tiempo necesario para aguzar sus facultades innatas de sufrimiento. Quince días después de conocer a Carlos Pío Uhrbach, José Martí y Máximo Gómez lanzan el Manifiesto de Montecristi, declarando los fundamentos de la guerra de independencia que había comenzado un mes antes. Paralela­mente a los amores de Juana y Carlos Pío, se desarrolla la guerra inexorable. El fracaso de Martínez Campos ante el avance de la Invasión, comenzada el 22 de octubre de 1895 en Baraguá y rematada en Mantua el 22 de enero de 1896, determina su renuncia. Como sucesor suyo se designa a Valeriano Weyler, a quien Juana en una de sus cartas desde Cayo Hueso alude como «el maestro peligroso y cruel». Este es el momento en que don Esteban, combatiente del 68, señalado desde siempre como separatista, consi­dera necesario salir de Cuba con toda su familia. La partida se verifica el 18 de enero, dos días antes de que salga de la isla Martínez Campos. Así el imperio de la necesidad se apodera del destino de los dos amantes, hasta, entonces relativamente libres dentro de su ámbito ideal, limitado sólo por las convenciones sociales y por la oposición paterna, al parecer dulcificada. En su primera carta desde Cayo Hueso, Juana hace una recapitulación de sus luchas íntimas: «Hostilizada por el medio y torturada por mi tempe­ramento, luché heroicamente contra mí misma y triunfé... definitivamen­te». Pero ahora la lucha es con deidades objetivas: el destierro, la guerra, la enfermedad oculta y minadora.

Todo el destierro se resume en estas crudas líneas, tan distantes de sus ideales ensueños nórdicos:

Estoy en una especie de desván espacioso y frío, cuyo techo oblicuo parece que me asfixia oprimiéndome... Tiene tres pequeñas ventanas con vidrieras que dan al mar y a las calles próximas. Desde aquí veo las estrellas temblar como lágrimas, y pienso en ti alma mía y en este amor tan desventurado y tan intenso que me inspiras. Aquí en esta buhardilla sombría e incómoda, junto a esta ventana angosta a través de la cual se descubre un pedazo del cielo estrellado, te escribo con el alma palpitante de dolor y de angustia... En un ángulo de esta habitación Elena duerme rendida por el trabajo del día. Yo vigilo y lloro... y te escribo. Abajo todos duermen. Yo no puedo dormir. No puedo... Oh tus cartas! Cuándo las recibiré? —Me pasaré la noche pensando en ti y caminando de un lado a otro por esta habitación que más bien parece la madriguera de un bohemio. Tengo frío. La neuralgia dorsal no me permite acostarme de espalda y la oblicuidad del techo me asfixia. En este momento comienza a llover. Las primeras gotas, gruesas y heladas, crepitan sobre la techumbre de zinc como perdigones de acero... Este ruido monótono me distrae un tanto de mi pesadumbre. Te digo que estoy casi imbécil y que no sé lo que me pasa. No me doy cuenta más que de tu ausencia. Oh qué triste noche! Qué frío en el aire y en el alma!

Desde ese desván nocturno y desolado, a donde viene a acompañarla un gato negro de enigmáticos ojos fosforescentes, Juana se enfrenta, indomable pero lúcida, con la Realidad. La guerra necesaria está ahí. Frente a ella, midiendo con el suyo el destino de Carlos Pío, Juana comprende que «los eslabones de lirios pesan como cadenas de hierro» y sobre todo —tristísima confesión en ella— que «los besos redentores no redimen, ni los ensueños absuelven». Su posición sin embargo es irreductible, por eso mismo trágica. «En estos momentos en que pesa sobre mí una acusación no formulada, me siento más que nunca grande y más que nunca heroica». La llegada de Federico solo, que ella tanto temía, la sume en la desesperación; pero además hace renacer la oposición del padre a unas relaciones que se prolongan sin base económica. «Se nos exige algo —escribe Juana— que hay que sacar de donde quiera, de las entrañas de la tierra, del agua, del aire, de tus manos». Se resiste a decir la palabra vulgar: «dinero», pero ese subrayado —de tus manos— lo dice todo. Si añadimos el quebranto de su salud, que hizo crisis al mes de su llegada, comprobamos que las tres figuras más amargas de la Necesidad —la Historia, la Economía, la Enfermedad— se plantaron como tres Erinnias frente al delirio de sus ensueños ideales. Y junto a esos sufrimientos de raíz objetiva, no le fueron ahorrados los de raíz imaginaria, como el espantoso ataque de celos provocado por la carta de una novia muerta que Carlos Pío, no sabemos por qué, le copió. De sus celos dice ella sagaz y reveladoramente: «Es lo que resta de humano en mi pasión y en ellos parece haberse refugiado la salvaje impetuosidad de los otros instintos desterrados de mí con mano heroica». Pero con las tres Erinnias y consigo misma —con sus celos, y sus fantásticos despechos, y su obsesión de la muerte— luchó Juana valientemente. El futuro, poblado de exigencias, de ilusiones y proyectos, renacía en ella siempre. Su última carta, seis días antes de morir, está veteada de esperanzas, de delicadeza, de generosidad. Y así, tan lúcida como indomable, arribó al temido, ansiado, fascinante reino donde únicamente podía consumarse su amor, un día antes de cumplirse el año de haber conocido a Carlos Pio, el 9 de marzo de 1896. En los últimos meses de su vida, el estado a que fue llegando ya no puede decirse que perteneciera a la vigilia ni al sueño, sino más bien a esa vigilia onírica o sueño vigílico que produce la lucidez del insomnio invencible, y que nos recuerda las palabras de Novalis, tan caras a los surrealistas: «Lle­gará un día en que el hombre no cesará de velar y de dormir a la vez», pero no interpretadas en un sentido metafisico, sino literalmente, con la misma literalidad con que sus ojos, ya no en el sueño sino en la muerte, según testimonio de don Esteban, se quedaron inmensamente abiertos, y así hubo que enterrarla, muerta insomne, atraída por el mismo punto que fijó durante interminables segundos los ojos de Casal.

Los estudiosos de nuestras letras encontrarán en estas cartas una enorme cantera para conocer íntimamente lo que fue el primer modernismo entre nosotros: la vida, pasión y muerte de ese movimiento que parecía tan frívolo. Los estudiosos del alma humana, tendrán a su disposición un do­cumento psicológico y espiritual de primera magnitud. A ellos y a todos los demás, al presentarles este hermoso cuento real de amor y de muerte, po­demos decirles como el trovador de Tristán e Isolda al final de su relato: Este cuento es para todos los que aman, no para los otros. «Puedan ellos encontrar aquí consuelo contra la inconstancia, contra la injusticia, contra el despecho, contra la pena, contra todos los males de amor!» El absoluto que Casal situó en el arte y Martí en la patria, Juana lo vivió en el amor: el amor como arte, como patria y como único Dios. Respondía así al linaje de su nombre, sellado por el Apóstol San Juan, Apóstol del amor. Si pensa­mos que ese nombre fue también el de Cuba, y que el sentido amoroso, por encima de todo azar histórico, en él encerrado, es el mismo que Martí veía en nuestra isla, nos parece que en un plano profundo las contradic­ciones se disuelven, y que Carlos Pío, muriendo por Cuba, murió por Juana, y que ella, muriendo en su delirio de amor absoluto, se daba a la patria enriqueciéndola con el misterio de su destino sobrecogedor. Y sin embargo nunca, ni en la muerte, pudieron unirse: los restos de él son polvo anónimo de nuestra tierra; los de ella permanecen en el exilio. Entre ambos se abre la soledad nocturna, la lejanía casta y salvaje de los pájaros del mar.

Tomado de Epistolario, de Juana Borrero. Instituto de Literatura y Lingüística, La Habana, 1966. Vol. I, págs. 29-31.

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Manuscritos originales pertenecientes a Juana Borrero. Colección Manuscrito BNCJM.

Juana Borrero

Por Carlos P. Uhrbach

Hace un año exacto que conocí á Jua­na Borrero. ¿Para qué? me pregunto hoy desolado. Cuando nos encon­tramos, traíamos cada cual su fardo abrumador de nostalgias, tristezas y esas aspiraciones soñadoras que cons­tituyen el patrimonio aniquilador, que ensombrece la vida, porque pugna en  desacuerdo perpétuo con la realidad, y es demasiado altivo para so­meterse a la vileza de la adaptación.

Yo no quiero, debo ni pedo, exponer la intimidad de esa grande alma que nos deja. Es un santuario inaccesible a los profanos, a los que, como yo, no la han consa­grado todo el anhelo de un espíritu, todos los afanes de dicha. 

Pero si diré lo que valía, lo que era, lo que pudo ser, donde le hubie­ra sido fácil llegar, porque sus alas eran poderosas para cernirse sobre las cimas maravillosas del arte, por­que la estructura de su pecho no estaba constituida para respirar los miasmas de la tierra. Nadie más sedienta de idealidad que ella!

 Se ha juzgado á Juana Borrero un temperamento de fuego. Están en un error los que así piensan. Ella no tenía nada de tropical; solo su aspecto pudiera hacer creer que había nacido en esta zona. Siempre soñaba con brumas; Alemania la seducía y su imaginación se desencadenaba pa­ra volar, alondra inspirada, á la Sel­va Negra, ó rasgar con el filo jamás embotado de sus alas, los cendales neblinosos que envuelven al Rhin. «Yo sueño con un clima extraño», — me decía—donde nunca haya Sol! «Ah! el Sol es mi primer enemigo» y se complacía con lujo de imágenes en desplegar á los ojos de mi mente, pa­noramas septentrionales, paisajes de hielo, castillos circundados de pinos, lejanías crepusculares, lagos helados y comarcas pobladas de abetos... Y yo, confidente de esos desvaríos ansiosos, la es­cuchaba, la escuchaba, sugestionado por la magia fascinadora de su verbo! — Oh! ¡Cuán lejanas me parecen esas palabras! Sus ecos revibrarán mientras viva en mi corazón; pero ya jamás, ja­más las volverán á escuchar mis oídos!

Juana Borrero tuvo el presentimiento de su prematuro fin. Amaba y al mismo tiempo la muerte le inspiraba horror. Este dualismo no será comprensible; pero fué un hecho real.

En las noches melancólicas de luna; cuando la naturaleza pare­cía narcotizada por la lumbre fría de los astros, recitábame las inmortales rimas que le consagró el pobre Casal y cuando llegaba al último verso «Porque en ti veo la honda tristeza -de los seres que deben morir temprano»—su cabeza hacía signos afirmativos y su voz desfallecía, desvaneciendo sus timbres flébiles, como se apagan las notas musicales en las penumbras de los templos.

Yo quiero que sepan lo que valía, repito. Quiero gozarme en la enumeración de sus aptitudes excepcionales, porque el infinito de mi dolor no puede en mi corazón dilatarse con recuerdos punzadores. Su memoria es un legado; queda en mi corazón indig­no de albergarla, pero grande, si, dos veces grande, por el infortu­nio y por encerrar su historia.

Después de muerto Casal, nadie en Cuba ha tenido un tempe­ramento tan artístico, intuiciones tan precisas, ni inspiración tan delicada. Sus últimas rimas inéditas, son una demostración pal­pable del alcance adquirido por su estro desde la publicación de Rimas hasta ahora. Ella supo no dedicar su pluma más que á colorear asuntos elevados, á cincelar versos impecables, porque su divisa literaria era «el Arte por el Arte». Su desdén por lo vulgar fué tan grande como su talento!...

Y cuántos proyectos constelaban su fantasía! Todos hermosos, levantados, excelsos, — « Mira, me dijo una vez, — tengo en prepara­ción un libro, muy curioso que titularé En la Dicha, tu escribirás el prólogo, yo las rimas, y colaborare­mos en el epílogo».... Y su faz se iluminaba y de sus labios entreabier­tos por la sonrisa, me figuraba ver surgir una aureola que se iba convir­tiendo en nimbo para circundar aquella cabeza soberbia y erguida que ya jamás encontraré.

Sus pinceles supieron conquistarle lauros. Cada cuadro era un triunfo, cada rasgo el signo de una inspira­ción. Yo soy un indocto. Yo no puedo juzgarla. Casal ya expresó su valía. Yo no he sabido más que amarla, como ya no sabré más que recordarla llorando...

Recuerdo que sus predilectos eran, por rara coincidencia, también los míos. Cristian Chalón y el gran Boticelli, la encantaban! Una oca­sión me describía la gran tela El Destino del simbolista italiano, y su semblante se animaba, traduciendo sus sensaciones de modo tan asombro­so que sus ideas iban á clavarse en mi cerebro conmoviendo toda mi red nerviosa. Sus pupilas fos­forecían radiosas como agrandán­dose en dilataciones elásticas para abarcar el conjunto de la pintura sugestiva y acabada que ponía ante ellas el poder indestructible del recuerdo.... y terminaba por dejarme profundamente impresionado, pálido, anheloso, como si hubiera puesto ante mí el cuadro y prestado su sensibilidad dolorosa por lo sutil, para apreciarlo... Después serenábase su rostro adquiriendo la expresión inteligente que le era habitual, como si aquel soplo tormentoso que cruzó por su alma, llegando de las regiones de la Belleza, no hubiese alterado su espíritu!

¿Y qué más?.... No sé; no sé! No quiero saberlo. ¿Para qué? ¿Qué importa á los más? Los que la amaron; los que su­pieron quién era: los que hayan penetrado mi alma; compren­derán que la partida de la virgen ha sido el eclipse total de mis ilusiones 

Y yo al trazar desordenadamente estas líneas, sin pulirlas, por­que son para ella y no puedo tener vanidad, siento el vértigo que producen las caídas en los precipicios y que se abre en mi alma la flor embalsamada de la fe religiosa, no sé si blanca ó negra, porque las sombras de mi espíritu me impiden percibir el ma­tiz de su corola...

Y esta mañana gris y fría, me parece radiosa y cálida; porque el invierno está en mi corazón y la noche en mi alma!

Marzo 12, 1896.        

Tomado de El Fígaro. La Habana, año 12, núm. 11, marzo, 15, 1896, pág. 121.

 

Algunos títulos de la bibliografía de Juana Borrero en los fondos bibliográficos de la BNCJM

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*todas las imágenes publicadas en este dossier pertenecen a los fondos bibliográficos de la Biblioteca Nacional de Cuba José Martí.