Solo los poemas lo pueden saber*

Por Fernando Rodríguez Sosa

José Coronel Urtecho nació en Granada, Nicaragua, en 1906. Hizo estudios de letras en universidades de California, Estados Unidos. Gran conocedor de la literatura de este país, realizó —junto a Ernesto Cardenal— traducciones de poetas norteamericanos. Fundó la revista Semana y la página cultural Vanguardia. Fue codirector de Reacción (1934-35). Integró el consejo de redacción de la principal revista literaria nicaragüense, El Pez y la Serpiente. Desde hace muchos años vive en una hacienda a orillas del río San Juan, en la zona selvática fronteriza con Costa Rica. Entre sus obras principales se encuentran: La muerte del hombre símbolo (cuento, 1939), Panorama y antología de la poesía norteamericana (crítica, 1949), Rápido tránsito (prosa, 1953), Reflexiones sobre la historia de Nicaragua (ensayo, 1962-67), Pol-la d'anánta, katánta, paránta (poesía, 1970) y Prosa (1972).

José Coronel Urtecho, además de poeta y prosista, es un buen conversador. Tiene ese don maravilloso de mantener sujetos frente a su palabra —suelta, ligera, popular— al más exigente auditorio. Lo demostró cuando en un recital ofrecido en la Casa de las Américas —en el cual leyó Paneles de infierno, escrito luego de 20 años de silencio poético— rompió el protocolo y convirtió el encuentro en un diálogo informal.

Pero este hombre, aún vital para sus 74 años, siempre acompañado de una boina y un bastón, tiene otras cualidades —quizá mucho más importantes—, que seguramente por su modestia tratará de restarles valor. El, junto a Pablo Antonio Cuadra, Joaquín Pasos y otros escritores nicaragüenses, inició el movimiento de vanguardia en el país centroamericano. Después, con Ernesto Cardenal, creó el exteriorismo, el movimiento más importante de la poesía nicaragüense contemporánea.

—Pudiéramos comenzar hablando del movi­miento exteriorista.

— Bueno, pero voy a decirle una cosa: yo no soy el iniciador con Cardenal de la poe­sía exteriorista; el iniciador, asi consciente­mente, es Ernesto. Yo hacía una poesía todo lo contrario al exteriorismo, una poesía de­portiva, de juego, de la época de vanguardia, de descubrimiento de imágenes. Pero de re­pente, bastantes años después, vino Ernesto —quien es sobrino mío, hijo de una prima hermana mía— y me enseñó las cosas que hacía. Al principio me desconcertaba un poco, le puse alguna vez mis objeciones, pues no me convencía de que estaban muy bien hechas y recuerdo que en una ocasión le dije: "esto es una poesía exteriorista". Eso es todo lo que yo he intervenido en el exteriorismo.

—Bien, pero ¿cómo usted definiría estar movimiento?

—Exteriorista es sencillamente lo que está ahí, lo visible, las cosas, la realidad inmediata. No los elementos poéticos, no tanto ya la metáfora y lo que hay detrás, sino real, qué sé yo, las cosas, los sucesos. Y con eso hacer el poema, combinar, introducir el efecto poético. Eso, digamos, de cualquier modo, es lo que pensé que podía llamarse exteriorista. A Ernesto le pareció bien y empezamos a decirlo y luego lo comenzaron a tomar los que escriben sobre esas cosas y los profesores, aunque nosotros no estábamos tratando de establecer una escuela literaria ni un nuevo modo de poesía…

—En su recital en la Casa de las Américas cuando alguien le preguntaba qué era para usted la poesía...

—Le decía que lo único era hacer poemas. Los poemas son los que me dicen esto es poesía, esto también, esto otro. Sólo los poemas lo pueden saber.

—Le preguntaría, entonces, ¿por qué hace poesía si también ha trabajado otros géneros como el cuento, el ensayo, la crítica...?

—Más bien me preguntaría por qué hago  cuento, ensayo, critica, no poesía, porque eso es lo espontáneo. Desde niño empezaba a hacer cositas asi de pronto. Una vez escribí una estrofita y llegué donde mi madre y le dije: "mamá, mira lo que hice" y se la leí, "¡ah, pues tú hiciste eso!" me dijo mi mamá muy extrañada. Es algo espontáneo como misterioso y, si uno se va dejando  llevar, sigue, pero por qué no lo sabe, por qué habla, por qué ve, por qué camina…

—Le tomo su pregunta: ¿por qué hace cuentos, ensayos...?

—¡Ah, eso sí, eso sí! En primer lugar, no soy narrador, no sé contar cuentos. Hablar, hablo y hablo, pero en cuanto comienzan a contar  historias los demás ya no puedo porque no tengo memoria, tengo que inventarlo todo en el momento en que estoy produciendo. He escrito todas esas cosas, generalmente producto de experiencias. No me vino como poema, sino como una noveleta corta, por ejemplo. Así, he hecho toda clase de cosas, algunas muy malas, muy largas, muy pedantes, muy  pesadas y las he dejado. También me metí a historiador, pero enseguida me di cuente de  que no podía serlo y menos en las condiciones en que vivo. Por eso, una razón positiva, verdadera —como no lo he hecho para vivir, para ganar dinero, que sería una razón suma­mente concreta— no creo que exista ningu­na... Bueno, nada, usted insista, porque lo veo un poco desconcertado, hasta que nos pongamos claros, a ver si es posible acla­rarnos un poco más...

—No, es que pensaba en por qué ha dejado de escribir en estas dos últimas décadas.

—Siempre esas cosas no es posible saber por qué pasan. Creo que porque estaba aplas­tado por la vida anterior de mi país y por la mía misma. En gran parte ese era el mo­tivo para que yo enmudeciera, no tuviera voz  poética, no tuviera posibilidades de creación. La poesía es un producto tan de la vida exaltada, de la vida entusiasta —aunque sea entusiasta contra el mal—, que cuando uno está aplastado, vencido como quien dice, no puede producirla.

—¿Y después del triunfo sandinista qué pasó?

—Todos los nicaragüenses respiramos en un momento en que esperábamos esta maravilla, esto que está pasando en nuestro país. Y a mí me pasó igual, ya entonces comencé a sentir que podía escribir poesía. ¿Dónde sentí? No lo sé, sentí que lo sentí y nada más. Como un señor que está paralitico y de repente siente que puede levantarse, se llenan de fuerzas sus miembros y se levanta. Entonces hice un poema y después otro y llevo dos ya. Voy a ver si escribo una docena, ya con eso me muero tranquilo, para dejar los a los nicaragüenses y que hagan con ellos lo que quieran: que los publiquen o los rompan o los boten al basurero.

—Habla sólo de la poesía, ¿no piensa se­guir escribiendo prosa?

-No quiero escribir más prosa, eso es una cosa de castigo para mí. Mire, yo nunca he estado muy claro en este problema de la prosa y del verso. Hoy día, desde luego, el verso no es igual a cuando yo era niño. Cuan­do eso era métrico, rimado; ahora es todo lo que uno maneja y va poniéndolo ya sea con una grafía especial en la página, ya sea que de alguna manera represente la forma en que el pensamiento se presenta, ya sea la ma­nera en que uno capta la cosa, ya sea la ma­nera en que la emoción lo hace vibrar. Ya no se puede ni legislar ni reglamentar como an­tes. Verso ya no sabemos lo que es, real­mente lo que nosotros llamamos prosa nos puede servir como verso. Algunos novelistas usan la prosa asi, como se usa el verso, no como el verso tradicional porque sería ho­rrible que fuera una novela en endecasílabos, por ejemplo. También, hablamos más en ver­so que en prosa, hablamos cortadamente. Aho­ra mismo, si usted quisiera poner todo lo que estamos hablando aquí de un tirón, sale un enredo de los once mil diablos. No se puede, porque no forman frases completas, cláusulas, hay rupturas...

—Esto es casi una revolución del verso con­tra la prosa...

—Ya la prosa está resultando exagerada e innecesaria. Profetizaba un crítico norteame­ricano que el verso iba a desaparecer y que­daría sólo la prosa. Yo pienso todo lo contra­rio, que la prosa es la que tiende a desapa­recer... Ahora, me pregunto, ¿por qué estoy diciendo todo esto?, ¿de dónde partimos?, ¿del verso?

—De por qué escribiría verso y no prosa.

—¡Porque es más fácil! En primer lugar, mucho más fácil. Y hay quienes no lo creen. Pero es así. Porque el verso no hay más que esperar que surja, que se encienda en la mente de uno, tal vez ni completo sino nada más que el tac, pero uno lo arregla. La prosa la puede ir haciendo uno, si quiere con­tar algo que ha pasado, pero el verso él mis­mo se produce.

—Usted prometió escribir dos poemas de­dicados a Cuba.

—Desde que vine, es curioso, se me ha­bía ocurrido hacer dos poemas sobre Cuba. No sé por qué dos. Ahora, hacer un poema es como hacer un milagro, indudablemente si uno anda diciendo que va a hacer un mila­gro no lo puede hacer. Vamos a ver sí los ha­go y a ver si son buenos, porque ya tengo mis años para saber si es más o menos bue­no lo que uno hace y si no son buenos los rompo.

—Ya que hablamos de Cuba, su primer via­je fue en 1948, ¿qué impresión le causó esa visita a nuestro país?

—Tenía deseo de que me hiciera esa pre­gunta. Las dos veces he estado de paso. La primera vez fue muy de prisa, porque iba para México y estuve cuatro o cinco días nada más. Me dio la idea de una ciudad muy bella —supongo que lo ha sido desde que nació, pues el lugar en que está es her­moso—, pero no sé me llevé una impresión extraña, al mismo tiempo agradable y de una inestabilidad tremenda, como una cosa de hor­miguero, de febrilidad, de inquietud, de ansiedad, de satisfacción insatisfecha, de que buscaban algo porque lo que tenían no era lo que querían en definitiva.

—¿Y ahora?

—Ahora no, ahora es completamente distin­to. Claro, vengo prevenido, pues la Revolu­ción Cubana para nosotros ha sido una gran meta, un gran ejemplo, un gran incentivo. Pe­ro al principio, decía yo, ¿dónde está la Revolución? Porque estos edificios, por ejem­plo, no son la Revolución, por más edificios que construya una Revolución, si no es ver­dadera no es Revolución. Y ustedes lo saben mejor que yo. Entonces, decía yo, la Revo­lución es invisible. Pero, de pronto, me en­cuentro con esa concentración tremenda del Primero de Mayo y como quien dice la Re­volución se me hizo visible totalmente en el pueblo, en Fidel, fue una cosa maravillosa, increíble. No solamente nunca había visto al­go igual sino que no pensaba que fuera po­sible. En toda su magnitud y en todas sus dimensiones y en todos sus horizontes no alcanzo a comprenderla. Voy a ir a pensar un poco, a meditar sobre eso, a ver sí soy capaz de darme cuenta de al­gunos de sus aspectos profundos. Por eso, denles gracias —nosotros decimos a Dios, us­tedes a quien quieran, eso no es asunto— de que tienen esto. No entiendo cómo hay algunos que se van de aquí, si debieran es­tar viniendo de todas partes del mundo. Una maravilla esto que está pasando en Cuba y lo que ha pasado ya durante más de 20 años frente a esa barbarie que está ahí a la mano.

—Una última pregunta, que tal vez debió ser la primera: ¿qué opinión tiene de la ac­tual poesía nicaragüense?

—Pocos días después de la victoria me preguntó un periodista —precisamente allá en Solentiname, en esas islas donde vivía Er­nesto Cardenal— "¿qué va pasar, ahora, con la poesía de Nicaragua?" Y yo le dije: "creo que vamos a quedar perplejos por algún tiem­po, callados, extrañadísimos de esta maravi­lla que hemos vivido y no vamos a poder decir nada". Pero no era cierto, no fue asi, fue todo lo contrario, ha habido como un re­surgimiento. Ahora esperamos que la poesía sea un bien de todos, no sólo para leerla sino para producirla. Creo, en primer lugar, que todo el mundo es poeta, especialmente los nicaragüenses y los cubanos —o los cu­banos y los nicaragüenses, como prefieran ustedes—, pero la mayoría no escribe versos porque no tiene tiempo, o porque se dedica a otra cosa o porque cree que no es poeta. Pero la poesía general es para y del pueblo. Esa es mi tesis sobre eso. ¿Qué le parece?

 

*Tomado de Revolución y Cultura, La Habana, núm. 94, junio, 1980. Págs. 48-52.