Francisco Calcagno y su imperecedero Diccionario biográfico

Por Leonardo Depestre Catony

Dichoso el autor cuyos 190 años se celebran y más dichoso aún el autor cuya obra mayor, a más de un siglo de haberse publicado, se sigue consultando en las áreas de referencia de las bibliotecas nacionales. Esos privilegios los disfruta Francisco Calcagno, nacido en Güines,  el 19 de junio de 1827.

Hijo de un médico italiano, don Francisco se interesó en la cultura desde joven. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de La Habana, viajó por Estados Unidos y Europa, aprendió idiomas y al regresar, abrió en Güines una biblioteca, una imprenta, una academia de idiomas  y un periódico.

Durante la guerra por la independencia emigró a España y se estableció en Barcelona. Extensa es la relación de periódicos cubanos que acogen sus colaboraciones. Publicó en la prensa y después en formato de libro —en 1878 por vez primera aunque tuvo reediciones posteriores— una colección que llevó por título Poetas de color, donde incluyó a Gabriel de la Concepción Valdés (Plácido), Francisco Manzano, Agustín Baldomero Rodríguez, Ambrosio Echemendía y Antonio Medina

De su condición de traductor también quedan numerosas huellas, en particular en obras de teatro.  Pero por supuesto que es su Diccionario biográfico cubano la obra que le otorga una permanencia en la historia de la literatura nacional. Se trata de un libro polémico, no exento de datos inexactos, pero con un caudal de información y utilidad grandes, punto de partida para otros trabajos que con posterioridad engrosarían la bibliografía cubana.

El Diccionario comenzó a publicarlo en 1878 en Nueva York, donde vieron la luz las primeras 120 páginas, impresión que se interrumpió por varios años, para continuarla en 1885 y terminarla poco después. Hojear las páginas del libro permite conocer acerca de las personalidades de entonces, lo cual nos ilustra acerca de la laboriosidad de su autor y de la enorme constancia con que debió asumir esta función de biografiar figuras vivas y muertas, de variados perfiles, actividades y desempeños dentro de la esfera de la sociedad cubana.

Calcagno emprendió solo su labor y por entonces existía un único antecedente del cual nutrirse o por el cual guiarse, el Diccionario geográfico, estadístico, histórico de la Isla de Cuba, de Jacobo de la Pezuela, editado en Madrid en el decenio del 60 del siglo XIX y contentivo de información sobre las personalidades de la Corona que prestaron servicio en Cuba  durante el período colonial que le antecedió.

Son muchos los asiduos de bibliotecas que se sienten internamente endeudados con Francisco Calcagno y quien redacta es pequeño homenaje se cuenta entre ellos. Su Diccionario biográfico cubano es una obra de perenne consulta y la mejor muestra de ello es el manoseo constante de este apreciado volumen por los lectores, investigadores y curiosos de la historia de las personalidades cubanas del pasado.

Aquellos que por requerimientos de la investigación, de trabajo o de ambas han emprendido en algún momento el quehacer de redactar, reunir o compilar biografías, de valorar la labor de las figuras incluidas en un libro, de confirmar fechas  y rectificar errores repetidos una y cientos de veces, comprenden bien cuánto tuvo que trabajar este autor para reunir una información cuyo interés se conserva a más de un siglo y cuarto de escrita y publicada.

En cuanto a su pensamiento, Calcagno fue un abolicionista y un antianexionista convencido. Dio la libertad a los esclavos suyos que recibiera como herencia, y en su folleto titulado “La República, única salvación de la familia cubana”, publicado en 1898, arremetió con argumentos sólidos contra quienes defendían la anexión de Cuba a Estados Unidos.

Calcagno murió en Barcelona el 22 de marzo de 1903, y sus restos fueron traídos a Güines, donde descansa en el panteón de la logia que lleva su nombre. Recordarlo es no solo un acto de justicia con el investigador laborioso; es también un recordatorio para aquellos que a veces no encuentran la llave para entrar al pasado y desconocen que el Diccionario de Calcagno les presta ese servicio con solo visitar la biblioteca y detenerse a hojear con admiración y respeto la obra de don Francisco.